Capítulo 18

Loveday's Pov

—Benjamin, esta vez te has pasado de la raya —mi esposo se negaba a enfrentarse directamente. Tocaba el piano pasivamente, una melodía improvisada. Bastante melancólica, muy acorde a las circunstancias—. Dudo que haga la vista gorda y te perdone tan fácilmente como la última vez. Es tu sobrina y las estás echando del único y verdadero hogar que ha conocido.

—Precisamente porque es mi sobrina, creo saber lo que es más apropiado para ella.

—¿Aunque esa decisión acarree que te odie para el resto de su vida? —era mi marido, el hombre que más amaba en la vida, pero ese lado tan terco suyo me desesperaba. No dijo nada, pero sabía que no le hacía gracia la idea. Intentaba no demostrarlo, pero no hablarse con Maria, le dolía como si no se hablara con su propia hija—. Lo que no puedes aceptar es que Maria ya es suficientemente madura para tomar sus propias decisiones. No necesita que le digan lo que tiene que hacer y mucho menos a un carcelero que le dé órdenes —me acerqué, colocando una mano en el piano.

—Creo que le has dado alas cuando no era tu deber hacerlo, Loveday —esa afirmación hizo que me hirviera la sangre. Acorté la distancia entre nosotros, atrayendo su atención de golpe cuando dejé caer mi mano en las teclas, causando un ruido ensordecedor.

—Soy tu esposa, no te atrevas a insinuar que yo no tengo vela en este entierro. ¡Yo no seré su tía de sangre, pero quiero a esa niña como a mi propia familia y esta vez le has hecho mucho daño, Benjamin! Controla el orgullo que habla por ti, ya has visto que no trae nada bueno —me sostuvo la mirada lo mejor que pudo pese a mis ojos gélidos de furia—. Tan solo le he mostrado que puede volar sin deberle nada a nadie, porque tiene todo el derecho a hacerlo. ¿Es un pecado capital vivir la vida como uno desea y no como los otros quieren?

—Solo quiero que viva una vida tranquila, sin problemas. Ya has visto que aquí no la va a tener.

—Cosas malas pasan en todo el mundo, incluso en Londres, querido esposo —le recordé, intentando hacerle abrir los ojos. Su mirada se fijaba en el piano ahora. Ya había perdido la batalla conmigo—. Creo que te estás equivocando mucho. Te arrepentirás si la mandas lejos.

—Es lo mejor para ella. Sé que para nosotros no será lo mismo, pero lo importante es que ella crezca en un entorno seguro y apropiado —se había encasillado en esa idea y sabía muy bien que si algo compartían tío y sobrina, era lo duros de mollera que podían resultar ser. Le dirigí una mirada de tristeza al ver que se había rendido tan fácilmente—. Es un hecho, Loveday. Cuanto antes te hagas a la idea, más fácil será —procedió a seguir tocando, dejando el tema por zanjado.

Solté un suspiro y negué con la cabeza antes de darme la vuelta y salir de la sala. Me llevé la mano a la sien, masajeando insistentemente, intentando aclarar mis ideas. Era inútil, ya había insistido por días, discutiendo con él, razonando sin llegar a nada.

Maria se negaba a salir de su habitación. Igualmente no es como si Benjamin la dejara salir a dar un paseo, la mantendría dentro de la mansión hasta que llegara el día de su partida. Inminente, me temo, ya que ya se habían enviado las cartas a Londres y sus correspondientes respuestas habían llegado hace poco. Fue admitida en la Escuela para Señoritas más prestigiosa de la ciudad.

—Mi señora. ¿Está bien? —una voz me distrajo de mis pensamientos. Marmaduke estaba en el pasillo sujetando una bandeja repleta de comida, ladeando la cabeza con un ceño preocupado. Últimamente todos teníamos esa expresión.

—Sí, solo he tenido otra trifulca con Benjamin —suspiré, mirando por encima del hombro la entrada de la sala de piano.

—En otras circunstancias admiraría su firmeza, pero no creo que esta sea su mejor manera de enfocarla —hizo una mueca, la cual compartí. Lo conocíamos muy bien. Él estuvo presente el día que huí de esa misma casa cuando nos peleamos.

—¿Es para Maria? —señalé lo que llevaba y eso pareció entristecerlo más.

—No come apenas nada, se ha dejado casi toda la comida de anoche. Esto no puede ser bueno para su salud.

Me partía el corazón la situación. Había intentando hablar con ella, pero ni siquiera a mí me quería dejar entrar.

—Dame, intentaré que coma algo más —se la quité de las manos.

—Suerte con ello, si lo consigue ya habrá hecho más que yo. Incluso se niega a probar las galletas del desayuno —las señaló, bien colocadas en el plato junto a la leche. Posé una mano en el hombro del hombrecillo, sonriéndole tenuemente.

—Gracias por tu esfuerzo y dedicación, Marmaduke.

—Es lo mínimo que puedo hacer para levantar el ánimo. Todos apreciamos a la señorita Maria —con un asentimiento, le di permiso para volver a la cocina. Me dirigí a la torre, una vez llegué al descansillo, me detuve antes de llamar cuidadosamente a la puerta. Me preparé mentalmente para otra negativa de su parte. No escuché respuesta.

«Genial, ahora optamos por el silencio».

—Maria, sé que Marmaduke ha venido antes, pero deberías comer un poco más, querida —esperé un poco a que dijese algo. No lo hizo. Fruncí el ceño. Volví a llamar. Nada—. ¿Maria? ¿Estás dormida?

No reaccionaba. De normal, respondía al instante. Siempre nos decía que dejáramos la comida ahí y que ya la cogería ella cuando nos fuéramos. No quería ver a nadie. La entendía. Entendía su dolor. Pero eso era una cosa y otra muy distinta era la crueldad del silencio.

Tomé el pomo de la puerta, con la esperanza de que no estuviera atrancada. Lo estaba. Solté un bufido. Dejé la bandeja en el suelo. Tendría que volver a probar con el pasadizo secreto. Si no funcionaba, me encargaría de tirar la puerta abajo o demoler la pared si hacía falta.

Atravesé el jardín y me colé por el hueco escondido que conducía hacia su habitación. Al llegar arriba vi la puerta cerrada, como esperaba, pero eso no me detuvo para intentar forzarla. No fue necesario, se abrió fácilmente. Entré con cautela, asomando la cabeza. Aquello me recordó a cuando me escabullía para llevarle vestidos los primeros días que estuvo en la mansión.

Aún recuerdo la sorpresa y el pánico que me inundó al no verla en ninguna parte de su habitación. Busqué incluso en el aseo, pero no había ni rastro de ella. Registré los cajones, su ropa estaba allí, no se había llevado nada.

Empecé a pensar en lo peor. Mi respiración se tornó irregular, apenas y podía respirar bien. Quité la silla que había en la puerta principal, tirándola a un lado sin importarme si se rompía o no. Tenía cosas más importantes en las que pensar.

—¡Benjamin! ¡Señorita Heliotrope! ¡Digweed! ¡Marmaduke! —grité a todo pulmón, esperando que mi voz llegara a todas las partes de la casa. En menos de cinco minutos, cuatro personas muy nerviosas se asomaron a la estancia. En sus rostros vi consternación y el mismo miedo que sentí yo.

—¿Qué diantres pasa? —Benjamin fue el primero en atreverse a preguntar, aunque podía hacerse una idea, ya que me encontraba yo sola en aquella sala.

—Maria ha desaparecido.