Capítulo 23

16 de agosto de 1843

Querida princesa;

Me da que vas a tener que enviar más dulces de los que me regalaste. Son mejores que las galletas de Marmaduke y no bromeo. Henry, Richard y David le hincaron el diente a traición y ahora no paran de pedirme que te diga que también quieren para ellos. Seguramente te escriban sobre ello.

La fiesta fue ruidosa, como predijiste, la celebramos en el castillo. Loveday acudió acompañada de la señorita Heliotrope junto con Digweed. Tu tío se excusó en que no se encontraba demasiado bien y por eso no vino. Tampoco habría sido muy buena idea, mi padre anda mosqueado con él. El cual, por cierto, tomó toda la noche y casi me toca llevarlo a su recamara. No se da cuenta de que se hace mayor y ya no está para estos trotes.

Siento decirte que no pudimos evitar por ninguno de los medios que Richard se bebiera hasta el agua de los floreros. Según él: "Una fiesta no es una fiesta sin tener las consecuencias del dolor de cabeza al día siguiente". Tu institutriz casi le hace la competencia, no sé ni cómo pudo caminar hasta el carruaje al día siguiente.

Fue una gran fiesta, pero no fue lo mismo sin ti.

Pero míralo de este modo; habrá más cumpleaños. Así que borra esa sonrisa triste que estás esbozando ahora mismo. Lo celebraremos tú y yo, te lo prometo.

Con cariño, Robin.

La luz de la vela tembló por el suspiro que salió de mis labios al leer esa última frase. Sostuve la carta cerca de mi pecho, como si pudiese abrazarlo a él en ese momento.

Ya habían terminado las vacaciones de verano y por tanto, tenía que regresar a Londres para seguir con mis lecciones, aunque no las hubiese dejado en ningún momento. Para mi sorpresa y agrado, me habían dado más tiempo junto a mis compañeras para poder explorar el pueblo donde residimos en Escocia. Así que no se me hizo tan largo el mes y estuve un poco más entretenida.

Los meses pasaron poco a poco, tediosamente y el único bálsamo eran las cartas que enviaba y recibía. Por otra parte, intentaba mantenerme siempre ocupada con las lecciones, sobre todo me interesaba la historia, aunque muchas de las chicas en clase preferían aprender lecciones de etiqueta para organizar bailes cuando llegara el momento y la edad de poder hacerlo. Me gustaba bailar y la música, no por nada siempre aprovechaba para practicar con el piano de la sala llena de instrumentos que tenía la escuela, pero mis intereses eran un poco más peculiares y a menudo era juzgada por ello. Las ignoraba cuando me sugerían que debía intentar hacer algún esfuerzo por aprender cosas básicas con el fin de dirigir mi propia casa, ya que eso ayudaría a encontrarme un marido cuando mi familia me presentara en sociedad.

No podía importarme menos.

Tenía claro que en un futuro quería casarme, vestirme de blanco y tener una boda preciosa como la de Loveday, pero a mis quince años no pensaba mucho en el casamiento tan temprano. También esperaba que a mi futuro marido le importara tan poco como a mí todas esas frivolidades.

Me coloqué el sombrero de Robin sobre mi cabeza, cerrando los ojos e imaginando lo histérico que se pondría al ver que no lo dejaba ni a sol ni a sombra. Agarré la pluma que venía en la caja junto al bombín y con una sonrisa me dispuse a escribir mi respuesta.

Pronto llegó octubre y con él mi estación favorita del año. Podía usar mis vestidos de manga larga y sentarme junto al fuego de la chimenea a leer por horas. Como aquel día, que me encontraba tan tranquila leyendo en una de las butacas de la biblioteca, hojeando un libro de historia de la literatura inglesa cuando Evangeline entró con su semblante risueño.

—¿Por qué tan contenta? —alcé una ceja, pasando de página despreocupadamente.

—Adivina —se echó hacia delante con las manos entrelazadas, frotándolas más por nervios que por el frío que pudiese sentir.

—¿George te ha invitado a salir? —inquirí causando que su emoción se tornara en nerviosismo y se moviera en su asiento, avergonzada. Reí por lo bajo al verla así. George Crowe era el hijo de una vieja amiga de la madre de Evangeline, se conocían hace casi tanto años como nosotras dos. Cuando se enteró de que había regresado a Londres, quiso organizar un encuentro, pero no se me escapó la sutil intención del moreno. Se notaba a leguas que estaba enamorado de la chica de ojos verdes. Quien los viera diría que eran una pareja que recién estaba empezando a cotejar.

Lo conocí en una de las fiestas que organizaban las familias pudientes de la sociedad, una de las pocas veces que mi padre estaba en Londres. El padre del chico se dedicaba a la economía, por tanto él seguía sus pasos para poder llevar el negocio familiar, como era lo más común en esa época.

Fuimos buenos amigos los tres durante años hasta mi partida, ahí nuestros caminos se separaron por un tiempo, pero las amistades de verdad no mueren a pesar del tiempo y la distancia.

Pasábamos las tardes que teníamos libres juntos, aunque bastante de vez en cuando me inventaba alguna excusa y me escabullía para dejarlos solos por un rato. Más tarde mi amiga fingiría enojo conmigo pero en el fondo era un gesto de gratitud. Sabía perfectamente que en otras circunstancias no se les permitiría estar solos los dos.

La familia de George era de las más importantes de la ciudad, mientras que la de Evangeline era una noble más de las que invitaban a los eventos dado al ilustre apellido que poseían, pero nada más. La gran fortuna la albergaban los Crowe. Los Anderson en esa época buscaban probar suerte en América. Puede que algún negocio les sirviera para aumentar su estatus, dado que en Inglaterra poco habían conseguido.

—En parte, pero no era eso lo que te venía a contar —se recompuso, aunque un leve sonrojo teñía aún sus mejillas pecosas—. Madison ha oído decir a la señora Wilson que la directora McNulty nos va a dar un permiso para que puedan venir a visitarnos nuestros familiares —dejé el libro en mi regazo, prestando suma atención de repente.

—¿Cuándo?

—Dentro de tres semanas, ese mismo domingo. Puede que nos lo digan mañana en clase de literatura.

Sonreí con emoción, me levanté apresuradamente y caminé deprisa a través de las estanterías. Si la señora Wilson me pillaba corriendo me regañaría por mi comportamiento impropio de una dama.

—¡Espera! ¿Dónde vas?

—¡Tengo que escribir un par de cartas! —agité un brazo sin girarme, despidiéndome de ella antes de doblar la esquina y subir las escaleras hasta mi habitación. Saqué papel y pluma del cajón bajo mi escritorio y no demoré más en informar sobre las buenas nuevas que había recibido.

8 de octubre de 1843

Querida Loveday;

¡Tengo permiso para recibir visita dentro de tres semanas! Me lo acaban de decir hace un momento. Tengo muchas ganas de verte, así que si no es mucho pedir, ¿podrías venir? Espero tu respuesta muy pronto.

Con cariño, Maria.

13 de octubre de 1843

Querida Maria;

¡Qué gran noticia! Por supuesto que voy a ir, cuenta con ello. Se lo he comentado a la señorita Heliotrope y también le gustaría asistir. Tu tío se ha ido a un viaje por negocios con sus arrendatarios, no vuelve hasta el mes que viene. Siento que no pueda asistir, querida.

Pero nos aseguraremos de que a la próxima esté presente, te lo prometo. Parece que la carta que le enviaste hace tiempo hizo mella en él, está menos irritable, aunque sus palabras sonaran frías sobre el papel. Tu tío puede llegar a ser muy orgulloso, como ya sabes.

De todas maneras, nosotras dos iremos con Digweed y aprovecharemos el tiempo contigo al máximo, ya lo verás.

He estado pensando… ¿no quieres que nadie más vaya a Londres con nosotras? Es una sugerencia, aunque supongo que ya sé la respuesta.

Con amor, Loveday.

18 de octubre de 1843

Querido Robin;

Te voy a librar de la tensión e iré directa al grano. No sé si te lo haya dicho Loveday, pero el internado ofrece un día especial de permiso para que los familiares vengan a vernos. ¡Tengo un día completo para recibir visitas!

Dado que mi tío no está en Moonacre por un viaje de negocios, si no tienes mucho que hacer me gustaría que vinieras junto con tu hermana y la señorita Heliotrope.

Ojalá digas que sí.

Con cariño, Maria.

23 de octubre de 1843

Mi querida princesa;

Sabes que no me perdería verte por nada del mundo. Arreglaré todas las tareas de ese día y las dejaré hechas para que no tenga nada pendiente que me pueda retener. Además, los chicos se han ofrecido a cubrirme las espaldas mientras no estoy.

He hablado con Loveday y partiremos temprano en la mañana, siento decirte que tendrás que madrugar bastante más de lo que ya lo haces.

«¿Más? Creo que eso es imposible» —me detuve en la lectura para pensar con ironía.

Hemos quedado frente a las puertas de Moonacre, es más discreto que esperar frente al castillo o la mansión. Como ves, está todo fríamente calculado, como le gusta a mi hermana.

Siete meses, solo un día de visita. Me parece que voy a tener que sugerir un par de cambios a la directora del internado en el que vives. A veces pienso seriamente que es más una cárcel que una escuela.

Tal vez puedas enseñarme el parque del que tanto me hablas en tus cartas, podríamos dar una vuelta. Aunque el lugar sea indiferente, me basta con pasar tiempo contigo, como lo hacíamos antes.

Nos vemos pronto, princesa.

Con afecto, Robin.

Una sensación cálida revoloteaba en mi estómago cuando terminé de leer la carta. Pronto nos veríamos de nuevo… Me había parecido una eternidad ese medio año sin vernos.

Pasé la semana tan emocionada que iba de un lado para otro sin prestar demasiada atención a lo que hacía. Por las noches me costaba conciliar el sueño y apenas descansaba, pero me quedaba energía de sobra y los ánimos nunca me dejaron, tenía una buena motivación.

Y por fin llegó el tan esperado día.

Me había despertado inusualmente pronto, aún más de lo que estaba acostumbrada desde que llegué a la escuela. Los nervios y la emoción me controlaban sin yo poder hacer nada. Pasé mucho más tiempo del que solía tomar para arreglarme, elegir el vestido que quería usar ese día, el baño que tomé antes de sentarme frente al espejo, eligiendo qué tipo de peinado quería lucir. No sabía qué me pasaba exactamente, pero estaba eufórica.

Terminé por ponerme uno de los vestidos que me hizo Loveday. El color verde claro resaltaba mi cabello rojizo, el cual había decidido trenzar sutilmente para dejarlo reposar sobre mi hombro. Las cintas no faltaron, así como mi collar favorito. Sonreí satisfecha al verme en el espejo. Estaba lista.

Un golpe en la puerta llamó mi atención, una de las criadas, cuyo nombre era Diana, se asomó cautelosamente por el hueco de la madera. Le hice un gesto para que pasara sin timidez y acabó por abrir del todo la puerta, colocándose recta en su postura, sonriendo antes de hablar.

—Señorita Maria, sus invitados ya han llegado y la están esperando en la sala de reuniones.

No pude contener una sonrisa tan amplia que hizo que casi me dolieran las comisuras de mis labios y con un asentimiento rápido, pasé por su lado murmurando mis agradecimientos y previas disculpas por mi comportamiento. Corrí sin poder evitarlo más, directa a la sala donde me estaban esperando. Mi corazón daba vueltas en mi pecho, por el ritmo de mis pasos y la emoción que me nublaba el juicio.

¿Qué le diría? ¿Sería apropiado saludarlo dándole un abrazo? ¿Le molestaría? Me moría de ganas de que me estrechara entre sus brazos y no me dejara ir. Quería hacer y decir tantas cosas que mi mente empezó a colapsar cuando llegué frente a la puerta de madera oscura. En un suspiro todos mis pensamientos se esfumaron y solo quedó el sonido de mi respiración, el golpeteo de mi corazón contra mi pecho y yo, parada como una estatua.

Tomé aire entrecortadamente y con la valentía que sabía que tenía, abrí la puerta sin más dilación. Las tres figuras que había dentro se giraron instantáneamente en mi dirección, sonrisas adornando sus rostros algo cansados por el viaje.

Pero la mía fue decayendo por segundos, quedándose en una mueca congelada que antes había sido gesto de gran felicidad.

—¡Maria! ¡Oh, cuánto te hemos echado de menos, querida! —Loveday se lanzó para abrazarme. A duras penas pude corresponder su gesto. La señorita Heliotrope entró en mi rango de visión.

—¡Mi niña, mírate, estás preciosa! La ciudad te ha sentado bien —puso una mano en mi mejilla y yo le di media sonrisa.

—Nos alegramos mucho de verla bien, señorita —saludó Digweed, colocándose al lado de la institutriz.

—Y yo a vosotros —les dije genuinamente, a lo que ellos asintieron. Miré alrededor, explorando la habitación. Buscando y no encontrando nada. Los miré con mil incógnitas en mis ojos. No dijeron nada, tan solo esperaron a la inminente pregunta—. ¿Dónde está Robin?

Digweed bajó la mirada, estrujando su sombrero con nerviosismo. La señorita Heliotrope levantó los hombros en ese gesto de desconcierto que tanto usaba cuando algo no entendía. Loveday, por su parte, dio un paso hacia mí y tomó mi mano en la suya. Incluso ella, que siempre sabía y tenía algo que decir, no encontraba las palabras.

—¿Dónde está? —volví a preguntar, esa vez con más vehemencia. Suspiró, tragando saliva pesadamente. ¿Por qué le costaba tanto decirlo? ¿Le habría pasado algo malo? Un agujero me vació el estómago, una sensación horrible me recorrió al pensarlo.

—No ha acudido al encuentro.

Dejé que mi cerebro registrara esas palabras, que las absorbiera para poder entenderlas.

—No es posible. Me dijo que vendría.

—A mí también. Al principio pensé que le había ocurrido algo que le hubiese impedido venir a la hora acordada, por eso le dije a Digweed que se dirigiera al castillo. Necesitaba saber lo que había ocurrido —me llevó con ella al gran sofá, sentándose frente a mí.

—¿Y? —casi tenía miedo de preguntar.

—Los guardias dijeron que no lo vieron salir del castillo —hizo una pausa—. Me negué a irme sin una respuesta contundente, así que yo misma entré para comprobarlo. En los pasillos me encontré con Dulac, la mano derecha de mi padre. Me dijo que no había salido de su habitación en toda la mañana. Llamé a su puerta varias veces, exigiendo una explicación, no me quiso abrir ni hablar conmigo —eso último lo dijo con notable enfado en su voz. Me mantuve callada hasta que volví a hablar en un tono de voz monótono, sin emoción.

—Entonces, ¿no va a venir? —pude ver como intercambiaban miradas entre ellos, pero la señorita Heliotrope fue la más valiente para contestar.

—No, Maria, lo siento mucho —le di un leve asentimiento, dejando que mi mirada se perdiera a través de la ventana. No podía entenderlo, por mucho que me esforzara. La tensión aumentó en ellos ante mi falta de habla, pero yo simplemente no sabía qué decir. Mis pensamientos eran una maraña de hilos, imposibles de desenredar.

"No me perdería verte por nada del mundo".

Ese 30 de octubre del año 1843 siempre lo recordaré como el día en el que mi corazón se rompió por primera vez.

Oh y cuánto me dolió…