Capítulo 28

—¿Qué crees que sea? —coloqué una a una las flores que había recogido del jardín. Ese año fueron particularmente bonitas—. ¿Niño o niña?

—El doctor dice que no se puede saber hasta el día del parto, pero yo tengo el presentimiento de que será niño.

—¿Cómo estás tan segura?

—Instinto maternal —bromeó. Estaba tejiendo algo para el bebé en un tono beige—. Aún se me hace raro que dentro de poco vaya a ser mamá.

—Serás una madre estupenda, Loveday —dejé lo que estaba haciendo para sentarme a su lado—. Y tendrá un padre amoroso —dije, haciendo alusión a mi tío.

—No sé quién está más impaciente por conocerlo, si él o yo —reímos a la vez. El hombre era un manojo de nervios andante. Si antes ya consentía a Loveday con casi todo, en esa época aún más.

—Tiene mucha suerte de teneros —sonreí con algo de tristeza, recordando a mis padres. Yo no había tenido mucha suerte en eso, pero al menos tenía una familia que me quería. Me aseguraría de que ese bebé tuviese todo eso y más.

La mujer sintió mi ánimo decaer un poco y me dio varios toquecitos en la pierna para consolarme. Ella lo entendía perfectamente, le había pasado algo parecido.

—Y, sin duda, tendrá a la mejor madrina del mundo —sonreí con más genuinidad ante el halago—. Así como su padrino se va a desvivir por él, estoy segura —la sonrisa titubeó al sacar el tema y ver su expresión traviesa que intentaba contener. Lo único que le faltaba es echarse a reír.

—Claro —hice una pausa, dudando en si preguntar o no. Ganó mi curiosidad, por supuesto—. Y… ¿cómo está? —su sonrisa se amplió instantáneamente al oírme, haciendo que me arrepintiera al instante.

—¡Qué bien que me lo preguntes! —se acomodó el cojín, sentándose para enfrentarme más—. Por lo que sé, le va muy bien. Los negocios son un éxito y mi padre está bastante contento con el asunto.

—Me alegro —estiré la comisura de mis labios para dejar salir una pequeña sonrisa. Genuinamente estaba contenta de oír eso.

—Por desgracia, no lo he visto mucho últimamente. Intenta no acercarse mucho a esta zona, ya sabes, a tu tío no le hace gracia que nos visite —torcí el gesto.

—¿Ni siquiera por el bebé?

—No, al menos cuando él esté presente. Aunque diría que es lo mejor, se pone muy grosero y serio a su alrededor.

—Está siendo infantil e irracional. ¡Han pasado dos años, por Dios! —se encogió de hombros.

—Espero que con el nacimiento también llegue algo de paz por aquí. Una tregua, al menos —se quedó callada, mirándome con atención, examinando mi reacción—. ¿No te ha vuelto a escribir? —me mordí el interior de la mejilla, negando con la cabeza—. Ese mocoso… A saber qué le ronda por esa cabeza suya.

—A veces, no sé si querría saberlo —pensé en voz alta.

—¿Vas a hablar con él?

—Tenía la idea… Pero no sé si estoy lista.

—Querida —tomó mis hombros, atrayendo mi atención—, debes tomar las riendas de tu destino. No te acobardes ahora, Maria.

—Suenas como Evangeline.

—¿Te dijo eso?

—Algo parecido.

—Por algo nos llevamos bien —asentí al visualizarlas. Dos manzanas del mismo árbol.

—Os encanta hacerme burla.

—No nos puedes culpar por ello. ¡Es tan divertido ver como te sonrojas! —fruncí el ceño pero reí cuando ella lo hizo, contenta de tener su compañía.

Llevaba ya un par de días en la casa, ayudando a Loveday en todo lo que necesitara. Estaba en una etapa de su embarazo en la que apenas podía moverse dado el paso extra que llevaba, así que yo me encargaba de sus necesidades a pesar de sus quejas. No le gustaba que la tratáramos como una niña que no podía hacer nada. A la señorita Heliotrope y a mí nos estaba costando un mundo intentar que se estuviera quieta aunque fuera solo por un rato.

No había notado nada fuera de lo usual en la casa. Cada columna, pared o jarrón estaba en orden y en su respectivo lugar. Empezaba a pensar que había hecho tanto alboroto por nada. Al menos podía aprovechar para estar con mi familia, el viaje no habría sido del todo en vano.

Miré por la ventana hacia el bosque que se extendía a lo lejos, más allá de los jardines llenos de rosas. Tenía tantas ganas de ir a dar una vuelta, pero sabía que no podía y que seguramente a mi tío no le haría ni pizca de gracia.

Loveday se percató de hacia dónde estaba perdida mi mirada y pareció entender lo que quería.

—¿Sabes? No va a pasar nada porque salgas un rato a despejarte. Tanto tiempo en casa no es bueno para ti. Ambas sabemos que eres tan o más inquieta que yo.

—Pero–

—¡Nada de peros! —levantó un dedo, cortando mi objeción—. La señorita Heliotrope se encargará de mí hasta que vuelvas —la mencionada asintió, de acuerdo con lo que decía. Dudé un instante, pero al ver su mirada segura, supuse que por un momento que estuviese fuera no pasaría nada, después de todo estaba en manos de la totalmente capaz institutriz.

—No tardaré —le di un abrazo rápido y me levanté.

—¡Tómate tu tiempo! —saludó con la mano. Estaba a punto de salir hasta que me choqué con alguien en mi camino. Un murmullo exasperado hizo que reconociera de quién se trataba antes de que lo pudiese mirar. Ser Benjamin Merryweather enarcó las cejas en su frente, sujetando la carpeta llena de hojas que casi le hago tirar.

—¿Se puede saber a dónde vas con tanta prisa, jovencita?

—A dar un paseo.

—¿Al pueblo?

—¿Tengo que dar parte de a dónde me dirijo cada vez que tenga que salir? —mi pregunta lo hizo torcer el gesto en una mueca molesta.

—Veo que tu temperamento no se ha podido remediar ni un poco en el estricto Londres.

—Algunas cosas nunca cambian.

—Ciertamente.

—Maria necesita despejarse, querido —intervino Loveday a nuestras espaldas—. Déjala que se vaya por un rato, no hace daño a nadie —pareció meditarlo por unos instantes en silencio, dejando la sala tensa.

—Supongo que todos necesitamos un respiro de vez en cuando —finalmente cedió, pasando por mi lado para dirigirse al sofá junto a su esposa—. Pero ve con cuidado.

—Lo tendré. ¡Hasta luego! —no esperé ni un minuto más, temerosa porque cambiara de opinión. No tenía ganas de discutir con él, ya que no pensaba ceder en mi decisión y él tampoco seguramente. Era un tira y afloja constante. Ciertamente, me agotaba.

Saliendo me encontré a Wrolf tumbado en la entrada, quien levantó la cabeza al sentir mis pasos. Antes de que me observara con sus ojos rojos, estos estaban puestos sobre los árboles de enfrente. Eso me hizo pensar.

—¿Quieres venir? —inmediatamente se levantó y salió al exterior sin más dilación. Tuve que dar pasos más largos para alcanzarlo hasta que llegamos a la linde del bosque y nos adentramos en él.

El sonido de la naturaleza era abrumador y acogedor al mismo tiempo. El lugar rebosaba vida en cualquier parte que miraras. Me encantaba estar allí. Me traía tantos recuerdos…

El león caminaba por delante de mí, liderando la marcha mientras que yo observaba todo a mi alrededor, fijándome en cada mínimo detalle; el canto de los pájaros, la tierra bajo mis botas, las hojas verdes y las flores silvestres que crecían cerca de las raíces de los árboles. Ese día el tiempo acompañaba de maravilla. El sol se alzaba alto en el cielo brillando con intensidad, tanta que podía atravesar las copas de los árboles.

Un crujido me distrajo y me obligó a posar mi mirada de nuevo en el camino. Wrolf ya no estaba delante de mí. Miré en todas partes, en su busca, pero no lo pude encontrar. Se había esfumado de repente.

—¿Wrolf? —lo llamé, recogiendo mis faldas para subirme a una roca cercana, tratando de verlo en alguna parte—. ¿Dónde te has metido?

A veces, cuando solíamos salir juntos, le gustaba perderse por el bosque a su aire, de modo que no me preocupaba demasiado su ida. Siempre volvía cuando ya estaba contento con su pequeña escapada.

Por un momento, entre los árboles creí ver la figura del león moverse discretamente. Sonreí al darme cuenta. Me deslicé ágilmente, siguiéndolo a donde quiera que fuera. Parecía tener un objetivo fijado. Se alejaba cada vez un poco más deprisa, como si temiese perder lo que estaba rastreando. Lo único que esperaba es que no fuera una pobre liebre.

Bajó un pequeño desnivel que había a la izquierda, ocultándose a la vista. Los ronroneos de la criatura se escuchaban fuertes a pesar de la distancia. Había encontrado algo. Me acerqué, siguiendo su rastro, curiosa por lo que era. Me detuve no muy lejos cuando lo vi allí, jugando con el león con una sonrisa en su rostro. Una risa escapó de sus labios cuando el animal le dio con la pata en el costado, siguiéndole el juego.

Todo a mi alrededor desapareció y tan solo podía concentrarme en la imagen que tenía frente a mí, sin poder creer que estuviese allí de verdad. Temía que fuera otra ilusión.

Pero ese temor se desvaneció cuando sus ojos se clavaron en los míos al advertir mi presencia. Todo el aire que tenía guardado se esfumó, dejándome ahogada bajo su mirada.

Dios mío, tantos años después y mi corazón se desbocaba casi tanto o más de lo que ya lo hacía en el pasado.

Me permití analizarlo mejor desde mi lugar. Era alto, mucho más que yo, pero no lo podía saber dada la distancia entre nosotros. Su cabello rizado se veía igual pero extraño a la vez sin su típico sombrero adornándolo.

No había cambiado demasiado en apariencia, seguía vistiendo con colores oscuros y llevando las plumas al cuello. Su piel bañada por la luz del sol resaltaba la madurez de su rostro. Algo en lo que solo me habría podido fijar dado al tiempo sin vernos, otros no lo habrían ni siquiera notado. Él siempre había tenido rasgos que lo hacían aparentar más edad de la que tenía.

Lo que tampoco cambiaba era lo guapo que era. En ese momento me lo pareció aún más, incluso. Luché para que no notara el rubor de mis mejillas.

No me había dado cuenta de que Wrolf había ido a buscarme y llamó mi atención con su cabeza rozando mi mano, ayudándome a salir del trance en el que había entrado sin querer. Le agradecí en silencio por eso.

Por su parte, no dejaba de mirarme, ni por un segundo. Aparentaba tranquilidad y no podía leer su expresión con claridad. Diría que estaba consternado, pero no lo dejaba entrever. Tal vez no me reconociera, pese a que yo tampoco había cambiado demasiado. Como mucho estaba más alta y el rostro lo tenía más perfilado, pero poco más a resaltar. Estudié sus ojos, buscando algún signo que me dijera algo en particular.

El silencio entre nosotros empezaba a pesarme cuanto más tiempo pasaba.

«¡Di algo!» —mi voz interior gritaba, no sabía muy bien si a él o a mí misma.

—Hola —me di una bofetada mental al escuchar mi saludo tan escueto que quería sonar casual.

«Genial, Maria ¿Eso es todo lo que se te ocurre de entre las miles de cosas que tienes en mente?» —me regañé, haciéndome sentir más estúpida de lo que ya me sentía. Su falta de respuesta no me ayudó en nada.

—Has vuelto.

Su voz grave llevó escalofríos que me recorrieron de arriba abajo. No era una pregunta, por mucho que lo pareciera. En cierto modo, saber que me había reconocido me relajó un poco.

—Sí… Llegué hace unos días —no sabía muy bien cómo tomarme ese intercambio tan sobrio. Esperé a que dijese algo, pero como no lo hizo, proseguí—. Ha pasado un tiempo, ¿no? —sabía que había entendido a lo que me refería por el fugaz destello que surcó su mirada, luego volvió a tornarse ilegible por completo.

—Bastante —su escueta respuesta era tan fría que sentí que me congelaba pese al calor del ambiente—. No deberías estar por aquí —señaló a nuestros alrededor—, puede ser peligroso —fruncí el ceño.

—Conozco la zona, no hay lugar más tranquilo que este —dije con obviedad, sin entender por qué me decía eso.

—Este no es lugar para una dama de ciudad —aquello me dejó de piedra. Nunca, jamás, se había referido a mí de ese modo, excepto los primeros días de mi estancia en Moonacre, cuando los dos nos detestamos a muerte.

—¿Perdón?

—Wrolf te acompañará a casa para que llegues sin problemas. He de irme, tengo trabajo que hacer. Que tenga una buena mañana, señorita.

—¿Señorita…? —no me dejó terminar la frase cuando se dio la vuelta y marchó en dirección contraria a la mía. Quedé congelada en mi sitio, sin saber muy bien lo que estaba pasando. Debía estar soñando. Un sueño de esos surrealistas de los que te ríes al despertar. Debía ser eso, porque sino no me explico por qué estaba sucediendo esa situación.

Salí de mi trance, caminando tras él sin detenerme a pensar antes de hacerlo. Su paso era rápido, como si quisiera huir lo antes posible, pero yo no lo dejaría ir tan fácilmente.

—¡Robin! Espera —lo llamé para que se detuviera. Obviamente no lo hizo y aceleró el paso. Con un gruñido de exasperación, recogí la falda de mi vestido y aumenté la velocidad, llegando a correr tras él. ¡El muy cobarde trataba de darme esquinazo!—. ¡Robin, para! —cuando mis esfuerzos me llevaron justo a su lado, lo agarré del brazo y lo detuve frente a mí, impidiendo que diera un paso más—. ¿No me has oído? Tenemos que hablar.

—No hay nada de qué hablar —intentó zafarse de mi agarre pero lo apreté aún más. Empezaba a molestarme su actitud.

—¡Por supuesto que sí! Muchas cosas, de hecho —solté las palabras con incredulidad y rabia contenida—. Empezando por el hecho de por qué demonios no respondiste a las últimas cartas que te mandé. ¿Por qué no fuiste a verme cuando dijiste que sí lo harías?

—Cambié de parecer —dijo sin más, como si no fuese gran cosa. La ira afloraba en mi interior como una espiral.

—Ah, ¿sí? —mi rostro se contrajo en una mueca, sonriendo irónicamente—. Pues podrías haber tenido el detalle al menos de escribirme para avisarme. De haberlo sabido no te habría esperado como una idiota.

—Siento haberla hecho perder su tiempo, señorita Merryweather.

—¡Deja de llamarme así! —grité, desatando todo lo que llevaba dentro. Quise llorar de la impotencia, por su arrogancia y despotismo. Pero no le daría ese gusto—. ¡Mi nombre es Maria! ¿Qué te pasa? Apenas te reconozco…

—El tiempo pasa para todos.

—¿Y puede llegar a cambiar tanto a una persona como para volverlo un completo idiota que falta a su palabra? —calló ante mi pregunta—. Podrás ser muchas cosas, Robin De Noir, pero mentir bien nunca ha sido una de tus mejores habilidades. Sé que sucedió algo en mi ausencia, porque de lo contrario, no me explico cómo te fue tan fácil echar a perder nuestra amistad —le reproché, mirándolo con fuego en mis ojos, esperando a que se atreviera a soltar cualquier cosa que se le viniera a la menta.

—La distancia lo mata todo, Maria —su mirada se posó en la mía, sin emoción—. Tarde o temprano también acabaría con nosotros.

—¿Y decidiste acelerar el proceso de la manera más cruel, verdad? ¡Qué detalle de tu parte, señor De Noir! —escupí la ironía como si fuera veneno atascado entre mis dientes—. Nunca pensé que te dieras por vencido tan rápido o que fueras tan cobarde. Qué decepción, Robin —se zafó por fin de mi agarre y yo no lo detuve. Dio un paso hacia atrás, alejándose de mí como si tuviese la enfermedad más contagiosa.

—Por muy Princesa de la Luna que seas, no tienes derecho a juzgarme.

—No te hablo como Princesa, te hablo como la amiga que creía que era para ti —un nudo se instaló en la garganta al recordar los momentos que pasamos juntos y me dolió el corazón vernos así, tan distantes cuando solíamos estar siempre tan cerca el uno del otro. Desconocidos el uno para el otro—. Pero ya veo que dejaste de considerarme como tal —vi como apretaba los puños a sus lados, desconozco si por rabia o frustración—. Tenía la esperanza de poder recuperar el contacto. De que volviéramos a estar tan unidos como antes —la tristeza hablaba por mí—. Qué iluso de mi parte… —me maldecí mentalmente cuando sentí una lágrima solitaria bajar por mi mejilla. Ya no había vuelta atrás a partir de ese punto. Busqué al león negro con la mirada. Estaba observando el intercambio entre ambos sentado junto a un árbol. Juraría que parecía hasta desolado, incluso —. Vamos, Wrolf —le dediqué una última mirada al chico frente a mí. Su rostro permanecía escueto, aunque menos que antes gracias a la tensión que empleaba su mandíbula apretada—. Ya no hay nada más que hacer aquí.

Dicho esto, pasé por su lado y no se movió ni un centímetro cuando me alejé. No hizo ademán de seguirme ni tampoco de llamarme. Algo que agradecí pero también me entristeció más de lo que ya estaba. Tapé mi boca para ahogar un sollozo mientras caminaba de regreso a la mansión.

«Idiota. Eres un idiota, Robin de Noir».

Todo lo que había dicho… Me costaba creer que lo pensara de verdad. Él no era así, mezquino y cruel. Pero como había dicho, el tiempo es caprichoso. ¿Podría haberle afectado tanto?

Sentí algo suave rozar mi mano de nuevo, bajé la vista acuosa para encontrar a la criatura a mi lado. En algún momento había detenido mis pasos y me había echado a llorar libremente. Su contacto me reconfortó. Acaricié su melena, limpiando las lágrimas de mi rostro.

Ojalá nunca me hubiese marchado.