Capítulo 30

Como esperaba, no se presentó.

El día fijado para reunirme con los chicos, salí supuestamente a dar una vuelta al pueblo, en busca de varias cosas que necesitaba. Me uní a ellos donde siempre, en un claro no muy alejado de la mansión dentro del bosque.

Por mucho que lo hubiese pensado y ya tuviera la ligera idea de que Robin no estaría esperando junto a la pandilla, no hizo que me apenara menos.

Los chicos dijeron que no se encontraba en el castillo cuando fueron a buscarlo para ir todos juntos. Seguramente quería evitar tener bronca con ellos y por eso decidió desaparecer convenientemente.

Pasamos el día sin hacer mucho en particular, tan solo visitando los sitios que solíamos frecuentar en el bosque, charlando y poniéndonos al día sobre todo lo que había pasado en mi ausencia. Las cartas no eran suficientes, necesitábamos comentar los acontecimientos entre risas compartidas y bromas espontáneas. La jornada pasó fugaz, pero me despedí de ellos con la promesa de hacer un picnic otro día que tuviesen libre en el trabajo.

No volví a saber del chico De Noir por días.

Un día me encontraba en la cocina con Marmaduke, cocinando aquellos dulces tan buenos que había aprendido a hornear en Escocia. La sala desprendía un olor dulce y embriagador.

—Van a quedar fantásticos, señorita Maria —me animó el chef con una sonrisa. Estaba más que contento de que quisiera compartir la receta y el tiempo con él. Decía que cocinar solo era muy aburrido y que tener compañía en la faena era mucho más reconfortante.

—Espero no haberme equivocado con las cantidades —dije mientras removía la mantequilla y la mezclaba con la leche mientras el hombrecillo le vertía el azúcar.

—Nunca he hecho este tipo de dulces, pero estoy seguro de que estarán estupendos —esbocé una sonrisa como respuesta.

—Ahora hay que ponerlos a congelar —una vez vertí la mezcla en el molde cuadrado.

—¿Por cuánto?

—Unas cuantas horas —cerré la puerta donde estaba el hielo, sacudiendo mis manos, satisfecha.

—Pues, ¡a esperar! —dio una palmada con entusiasmo. Me apoyé en la mesa, cogiendo una de las galletas que habían sobrado de mi desayuno. Alzó un dedo, señalando hacia mi mano—. No te las comas todas, las voy a necesitar —mastiqué despacio, frunciendo el ceño.

—¿Para qué?

—¿Marmaduke? —una voz interrumpió lo que estaba a punto de decir el chef. Alguien subió las escaleras del pequeño invernadero donde teníamos las frutas y verduras cultivadas. Casi escupo la galleta que aún tenía en la boca al ver a Robin ajustar su sombrero cuando llegó a la cocina.

«¿Qué hace él aquí?» —esa fue una de las mil preguntas que me rondaban la cabeza. No fue una sorpresa verlo tensarse cuando se percató de mi presencia.

—¡Robin, por fin llegas! Te estaba esperando, muchacho —el chef se acercó a él con una gran sonrisa, ignorando la incomodidad que se instaló en el aire—. Supongo que has venido a por la ración semanal, ¿me equivoco?

—Sí, pero si vengo en mal momento, puedo volver más tarde —señaló hacia atrás, mirando la cocina que estaba patas arriba y a mí a su vez. Otra excusa para salir corriendo a la primera de cambio.

—¡Tonterías! Tengo casi todo listo para que te lo lleves a casa.

—Gracias —mostró una sonrisa sincera hacia el hombre.

—¿Tienes con qué llevarlo? —el chico señaló la alforja que reconocí como el regalo que le hizo Loveday la última Navidad que pasé en Moonacre—. ¡Perfecto! Voy por las cosas a la despensa —antes de irse, me miró sin romper la gigantesca sonrisa que brillaba en su rostro—. Oh, Maria. Si no te importa, ¿puedes recoger esas galletas y meterlas en un tarro? Las había apartado para Robin, son sus favoritas después de todo —tan solo asentí varias veces, moviéndome de mi lugar y tragando el pastoso alimento que aún tenía entre los dientes—. ¡Enseguida vuelvo! —con eso salió corriendo pasando junto al chico, dejándonos solos en la cocina.

Me negué a mantener contacto visual con él, dedicándome a la tarea que me había encomendado mi amigo. El silencio era tenso y podía cortarse con cualquiera de los cuchillos que había allí.

Una vez ordené todas las galletas y las puse dentro del envase de vidrio, me acerqué para darle el tarro, enfrentándolo muy a mi pesar. Me obligué a recordar y tener presente la voz irritante de la señorita Heliotrope diciendo; "un buen anfitrión es amable con sus invitados". Pero eso no significaba que tuviese que ser tan amigable, solo lo justo.

Lo agarró, rozando sutilmente sus dedos en los míos al retirar el objeto de mis manos. Lo vi colocarlo cuidadosamente en la alforja, volviendo su atención a mí.

La ligera sonrisa que tiraba de las comisuras de sus labios me dejó totalmente desconcertada.

—¿Qué? —pregunté casi a la defensiva al ver su gesto, mordiéndose ligeramente el labio inferior para controlar la mueca divertida. Sus ojos estaban fijos en un punto en concreto de mi rostro—. ¿Qué es tan gracioso? —coloqué mis manos sobre mis caderas, frunciendo el ceño hasta juntarlo del todo.

—Nada, solo qué —levantó la mano y señaló con el dedo su mejilla, haciendo movimientos circulares, tratando con mucho esfuerzo de no reír— tienes harina en la cara.

Abrí un poco los ojos, llevándome rápidamente la mano al sitio donde señaló, descubriendo que efectivamente tenía el rostro manchado. Maldije para mis adentros a Marmaduke por no haberme avisado, sabiendo que Robin iba a aparecer aquella mañana. Agarré el delantal que llevaba colgado en la cintura y me lo quité como pude, lanzando miradas de advertencia al chico para que se abstuviera de hacer algún comentario de los suyos tan sarcásticos.

Casi suspiré de alivio al oír los pasos alegres del cocinero, sacándome de esa situación tan embarazosa.

—¡Ya estoy aquí de nuevo! —canturreó.

—Gracias a Dios —murmuré, apartándome para dejarle paso, volviendo a la mesa para limpiar el desorden, teniendo una excusa para mantenerme alejada. Ese chico es como un imán para mí, aunque no quiera acercarme, no sé como siempre termino a su alrededor.

—Esto es para tus amigos —señaló una bolsa a parte—. Sobró más de lo que esperaba y pensé que podrías compartir con ellos.

—Estoy seguro que lo apreciarán mucho y harán buena cuenta de ello —sonreí al imaginarlos pelearse por la comida. Cuando se trataba de la comida de Marmaduke, nadie quedaba indiferente una vez la probaban—. Bueno, tengo que irme ya —alcé la vista de reojo para atraparlo mirando, inmediatamente se volvió al chef e hizo su camino hacia el invernadero—. Hasta luego.

—¡Adiós! —despidió el hombrecillo, tornando hacia donde estaba yo, aún ocupada con mi tarea. Cuando dejó salir un pesado suspiro, lo miré con la ceja levantada inquisitivamente—. ¿Por cuánto tiempo más vais a estar así? —bufé audiblemente.

—Hasta que deje de actuar como lo hace.

—Ese orgullo vuestro… No nos llevará a nada bueno.

—¿"Nos"? Mi problema con Robin es algo entre nosotros. Que yo sepa, que no quiera saberse nada de mí y que yo esté enfadada por su comportamiento, no le afecta a nadie más —refunfuñé.

—Bueno, la riña entre las familias era solo entre ambas partes y casi destruye el valle entero —me detuve en mi labor, confusa por la repentina comparación.

—¿Qué quieres decir con eso? La maldición se rompió hace ya muchas lunas.

—En efecto e hiciste muy buen trabajo con ello.

—¿Entonces? —no estaba entendiendo nada de lo que quería decir. No había notado nada extraño desde que había llegado a Moonacre. Todo estaba en orden, me había asegurado de ello. Ya hacía días que me había olvidado de mi sueño, creyendo que había sido tan solo eso.

Luego me fijé en un pequeño detalle. Me detuve por un momento, pensando en ello, dándole vueltas.

—Marmaduke — fijé mi atención en mi amigo, quien no dijo nada y tan solo esperó a lo que tuviese que decir—, ¿por qué no usas tu teletransportación? —mostró una sonrisa tirante, casi triste. Muy poco típico de él.

—Últimamente estoy teniendo algunos problemas con ella, así que me las tengo que apañar por mi cuenta —pasó junto a mí para vigilar una olla que estaba a punto de desparramar el caldo de su interior. Si no se hubiese dado cuenta, seguramente se habría echado a perder—. Al principio no le di importancia, pero cuando ya dejé de ser capaz de usarla…

—¿Desde cuándo? —pregunté, la preocupación creciendo en mi interior.

—No lo sé, meses, quizá.

—¿Por qué nadie me ha dicho nada?

—Porque no se lo he contado a nadie, querida —limpió sus manos en un trapo—. No quería preocupar a la señora, su estado es delicado y no debe alterarse por nada.

—Esto es grave —me acerqué a él. Marmaduke siempre había tenido ese poder tan peculiar, hacía años que no le sucedía una cosa así. Su magia había vuelto una vez me mudé a la mansión cuando tenía trece años. Consideré esto con cuidado—. ¿Tiene algo que ver con que me fuera a Londres?

—No lo creo, señorita. Puede que solo sea el hecho de que me hago mayor —rió, pero no me convenció para nada su intento de quitarle importancia.

—¿Has notado algo raro en el valle?

—No, por lo demás, todo está como lo dejaste, no tienes que preocuparte por eso—removió el caldo con un cucharón grande—. ¡Esto ya está! ¿Puedes avisar a todo el mundo de que la comida se servirá dentro de nada? —asentí despacio. Noté que no quería hablar más del tema, así que por el momento lo dejé ir. Salí de la cocina, pasando por el gran espejo que ahora estaba colgado apropiadamente en la pared.

Tendría que averiguarlo por mi cuenta.