Capítulo 39
El paisaje se hallaba nevado completamente. Miré los copos de nieve caer fuera de mi ventana. Aún estaba en cama. Nadie había ido a despertarme aquella mañana. Tampoco les habría dejado entrar. No quería hablar, ni que vieran el desastre que había en el techo.
Llevaba pensando todo el día de ayer y parte de la noche en lo que había pasado. Preocupada por lo que había sucedido con mi habitación, mi dolor de cabeza que no parecía querer irse jamás, el libro, el problema con Marmaduke, pero sobre todo estaba angustiada por mi discusión con el tío Benjamin.
Me arrepentía mucho de haberle hablado así, de haberle dicho eso. No lo sentía de verdad… Pero cuando pensaba en bajar para disculparme, el recuerdo de sus reproches brillaba en mi mente, deteniéndome de hacer tal cosa. A mí también me había lastimado.
Suspiré, sacando una mano de debajo de las mantas para frotar mi sien dolorida. No tenía ni idea de cómo parar todo lo que estaba pasando. Tras tanto pensar, llegué a la conclusión de que la magia de Moonacre estaba desfalleciendo lentamente. Algo la estaba matando.
Mis ojos se clavaron en la cúpula, luego en el libro que reposaba en mi escritorio junto a las cajas que había traído Digweed de Londres al regresar de llevar a Eva y George de vuelta.
Todo estaba conectado, de eso estaba segura. Pero, ¿a causa de qué pasaba todo aquello?
Un relinchido lejano rompió la cadena de pensamientos que tiraba de mí. Me incorporé en la cama, curiosa por saber quién habrá llegado o si el mayordomo tenía planeado salir a algún lado. Agarré la bata y me refugié en ella, colocándome junto al ventanal, mirando fuera sin que nadie se percatara de que estaba allí espiando.
Para mi sorpresa, no había ningún carruaje ni nadie bajo la torre o más allá de la entrada.
Fruncí el ceño, asomándome un poco más para abarcar todo el rango de la zona, pero seguía sin ver nada.
«Juraría que lo había escuchado… —me encogí de hombros—. Tal vez el dolor de cabeza y la falta de sueño me haga alucinar».
Estuve a punto de volver a la calidez de mis sábanas hasta que volvió a sonar más cerca que antes. Mi cabeza se disparó a la línea de árboles que separaba el jardín del bosque.
Allí fue dónde lo vi.
El caballo blanco me miraba desde lejos, casi camuflado en el blanco de la nieve que cubría el suelo. Jadeé, sorprendida por la visión. Hacía años que no se me aparecía en persona. No lo había visto desde mi sueño. El pensamiento me dejó con muy mal cuerpo.
Tenía un muy mal presentimiento.
En un abrir y cerrar de ojos, se esfumó, como si de una bruma se tratara, desintegrándose en el aire. Lo seguí buscando con la mirada, pero ya no regresaría. Esa sería la única advertencia de que algo estaba ocurriendo. Una alerta para mí.
Me llevé la mano al pecho, sintiendo mi respiración bastante agitada. Me obligué a calmarme. Ya eran muchas señales. Tenía que actuar, hacer algo.
Pero, como la última vez, necesitaría ayuda.
Me apresuré hacia mi escritorio, agarré la pluma y un papel. Escribí las palabras a tropezones, pero esperaba que fueran lo suficientemente claras para que las entendiera. Cerré el papel y lo sellé correctamente.
Necesito hablar contigo, es urgente. Nos vemos esta tarde a primera hora, ya sabes dónde.
Maria.
Volví a la ventana. Tomé aire antes de silbar una melodía que conocía a la perfección. Esperé por un momento hasta que el batir de unas alas llegó de entre los árboles. Sonreí al ver al halcón posarse en mi hombro, con cuidado de no hacerme daño con sus garras. Con un par de cabezaditas, me hizo saber que estaba contento de volver a verme.
—Hola, Raiden —acaricié sus alas con cariño. El animal me conocía bien. Era parecido al que estaba al servicio de Coeur De Noir, pero Raiden lucía alas de un tono marrón casi rozando el dorado que lo hacía brillar como el sol. Loveday lo dejó en libertad en su momento, pero siempre se quedaba alrededor de la casa y con gusto era nuestro mensajero cuando lo necesitábamos. Alcé el sobre y se lo mostré. Lo inspeccionó, curioso—. ¿Puedes llevar esto al castillo De Noir? —el animal era muy inteligente, sabía perfectamente lo que debía hacer incluso si no se lo decía. Lo guardé en el estuche que coloqué en su pata y con un movimiento rápido, voló hacia el bosque, justo en la dirección que le había dicho.
Rezaba para que le llegara sin ningún problema.
Ajusté la capa un poco mejor a mi alrededor, sintiendo el frío calar en mis huesos. El aire salía de mi boca en un vapor tenue frente a mí. Miré a mi alrededor, sentada en las raíces del gran árbol. Aún nada. Froté mis manos, impaciente, la alforja moviéndose hacia un lado por el movimiento. El libro de Moonacre descansaba dentro, a refugio del clima y la humedad del bosque.
Pasos apresurados sonaron en el claro. Al verlo correr en mi dirección, me incorporé, aliviada de que estuviese allí después de todo. Sonreí cuando se plantó frente a mí, jadeante en busca de aire para sus pulmones. Su sombrero estaba cubierto de nieve, seguramente alguna caída de camino debido a las prisas. Su cabello rizado también tenía restos de copos de nieve. Resistí el impulso de pasar la mano para retirarlos.
—Perdona, he venido lo más rápido que he podido y en cuanto me ha llegado tu mensaje —alzó la vista del suelo, posándose en mí con disculpa.
—Gracias por venir —se incorporó, quitando las manos de sus rodillas para mirarme con atención.
—¿Qué ha pasado?
—Es largo de explicar —reiré la capucha de mi capa, dejándola caer en mi espalda—. Pero te lo puedo contar mientras vamos de camino al castillo.
—¿Al castillo? —frunció el ceño, su rostro visiblemente perplejo y alarmado—. Con perdón, pero este no es el momento más idóneo para una visita de cortesía, princesa. Mi padre está que echa humo desde el bautizo.
—Vaya, eso que tiene en común con mi tío —solté una risa irónica.
—¿Por el baile? —asentí, reservándome los detalles para mí—. Lo suponía —murmuró con resignación. Hice una mueca. Tampoco le había pasado desapercibido el rechazo que aún sentía por él. Se detuvo por un momento, preocupado—. ¿Estás segura de que quieres ir?
—Necesito ir —hice énfasis en la palabra—. Por favor, Robin. El único que puede ayudarme eres tú —lo pensó por un momento, dudoso. Después de un largo silencio, asintió despacio. Suspiró antes de pasar junto a mí y hacerme un gesto para que caminara junto a él. Sonreí, contenta por poder contar con él.
—¿Este valle se ha vuelto loco o qué demonios? —maldijo en voz alta cuando le terminé de contar todo lo que había sucedido en los últimos meses—. Marmaduke sin poderes, el techo se cae a pedazos, tu habitación ya no tiene magia y ahora el dichoso caballo se vuelve a aparecer —refunfuñó, pateando la nieve a nuestros pies—. Por no hablar de ese dolor de cabeza tuyo.
—Ya se me está pasando —desde que había salido de casa, noté como aminoraba el dolor poco a poco hasta no sentirlo más.
—Es igual. Esto no me gusta ni un pelo, Maria. El otro día te desmayaste, ¿qué es lo próximo? No contestes, prefiero no pensarlo —alzó la mano cuando fui a replicar.
—No te preocupes por mí, Robin —sonreí tenuemente ante su agitación—. Lo que de verdad importa es arreglar lo que sea que está pasando con Moonacre.
—¿Y crees que en el castillo vamos a encontrar la solución?
—La primera Princesa de la Luna perteneció al clan De Noir, por tanto, vivió allí durante muchos años hasta el día de su boda, cuando escapó con las perlas —asintió, no muy seguro de a dónde quería ir a parar—. He pensado que allí podría haber algo que me ayude a resolver el misterio. Pasé días buscando en la biblioteca de la mansión y no encontré nada. Tal vez haya algún libro en la vuestra que aclare algo de lo que está pasando.
—Hace años que nadie baja a la biblioteca, seguramente los libros estén hasta podridos a este punto.
—Habrá que intentarlo —insistí. Bufó en respuesta, no tan optimista.
Tras caminar durante un buen rato, llegamos a nuestro destino. El castillo de ladrillos negros cubierto de nieve se ergía con solemnidad por encima del bosque. Seguí de cerca a Robin, quien me indicó que no me separara de él. Debíamos tener cuidado con los guardias que vigilaban las entradas. Por suerte mi amigo sabía todos los trucos para entrar y salir sin ser advertidos.
Llegamos a la parte de atrás del castillo, justo a un muro un poco más bajo que el de la entrada. Miré su altura, claramente dudosa de que pudiese llegar al peldaño que había más arriba. Mi estatura no me permitía alcanzarlo.
—Yo te empujo y tú saltas, ¿de acuerdo? —lo miré con incredulidad.
—No me vas a aupar como si fuera una niña pequeña.
—¿Se te ocurre otro plan mejor, princesa? —ladeó la cabeza. Resoplé cuando vi una sonrisa juguetona en sus labios ante mi falta de respuesta. No me quedaba de otra, no había más opciones para entrar sin que nos viera toda la guardia. Entrelazó sus manos y las colocó a la altura de su rodilla. Asentí, dándole la señal que necesitaba para hacerle saber que estaba lista—. Uno, dos, ¡tres! —posé mi bota en su mano y me levantó en un movimiento rápido.
Me agarré a la cornisa y tiré de mí hacia arriba. Jadeé al sentarme arriba. Le dejé espacio para que pudiera subir también y le ofrecí ayuda con mi mano para impulsarlo junto a mí.
—Después de tantos años, seguimos formando un buen equipo, al parecer —sonreí cuando habló con falta de aire. Sujetó su sombrero antes de dejarse caer repentinamente hacia delante. Ahogué un grito cuando cayó de pie sobre el frío suelo. Era tan ágil como lo recordaba, como si de un gato se tratara.
Mi turno. Me quité la correa del cuello y le hice señas para que cogiera la bolsa. El muro era mucho más alto que el de la entrada al valle. Cuando salté de él, no tuve mucho reparo, ya que no era tan grande la caída. Robin seguramente lo había hecho tantas veces que lo hacía parecer fácil, pero a mí me causó un poco más de impresión. Pareció notar mi inquietud y dio un paso adelante, extendiendo los brazos hacia mí, sonriendo con una cabezada, dándome ánimos.
Se me lo pensaba mucho, no lo haría, así que cerré los ojos y me arrojé hacia adelante para ser atrapada en la seguridad de los brazos del chico, quien me sostuvo cerca y firmemente a pesar de casi caer hacia atrás por el impacto. Suspiré de alivio, alzando la vista hacia el muro hecho de ladrillos.
—¿Estás cómoda? —giré la cabeza para encontrar su rostro muy cerca del mío, luciendo una sonrisa de lado—. Si quieres puedo llevarte todo el camino, no me importaría —me eché hacia atrás ante su impertinencia, confiando en que mi cabello rojizo ocultara el tono aún más rojo que teñía mis mejillas. Se rió y me dejó libre, mis pies tocando la nieve de nuevo.
Torcí el gesto en una falsa mueca ofensiva y agarré la bolsa que estaba tirada a su lado, colocándola de nuevo en mi hombro. Su risa se hizo más pronunciada ante mi obstinación, negando con la cabeza antes de guiarnos hacia una puerta pequeña de madera que daba a una especie de sótano. Una vez dentro, descubrí que se trataba de la despensa.
Subimos unas escaleras de piedra que llevaban a un pasillo pequeño. Lo cruzamos para ir a parar a lo que debían ser las cocinas del castillo. En un movimiento casi imperceptible, Robin tomó un par de manzanas que había en el frutero y las guardó en el bolsillo de su chaqueta de cuero. Se me escapó una sonrisa. No había cambiado nada.
Me llevó a través de la penumbra alumbrada por las antorchas que había en los pasillos por doquier. El castillo era enorme, de haber estado yo sola seguramente me habría perdido. Unas voces graves retumbaron en las frías paredes, haciendo eco en todo el lugar. Robin agarró mi mano y tiró de mí hacia otro pasillo, escondiéndonos de los guardias que pasaban entre risas y bromas.
El chico asomó la cabeza para asegurarse de que se habían marchado y que no volverían por allí. Me hizo una seña y reanudamos la marcha, pero esta vez no me soltó la mano en ningún momento, haciendo que el ritmo de mis latidos se descompasara al verlo.
Tras dar muchas vueltas, tantas que había perdido la cuenta, se detuvo frente a una puerta majestuosa. Era tan antigua que me planteé cuántos años tenía la estructura en la que vivía mi amigo.
Empujó la madera con fuerza. Debía pesar una barbaridad. Me uní al esfuerzo y finalmente logramos abrir un hueco por el que pudimos pasar. Fuimos recibidos por el polvo que levantamos al mover la puerta. Tosí un poco al aspirarlo sin querer, agitando la mano para esparcirlo.
No podía ver nada, el lugar estaba completamente a oscuras. El aire se quedó atorado en mis pulmones por el nerviosismo. Ni una luz se filtraba más que la ranura por la que habíamos conseguido colarnos.
—Espera aquí, buscaré un candelabro. Tiene que haber alguno en este lugar —entré en pánico cuando empezó a alejarse. No. No quería quedarme sola en la oscuridad. Lo agarré a tiempo de la manga, evitando que diera un solo paso más. La sostuve con fuerza, acercándome a él. No podía ver su rostro, y agradecí que no pudiera ver el mío, lleno de temor por la oscuridad. Nunca superaría esa fobia.
—No me dejes sola —le susurré. Lo sentí moverse, su mano agarrando la que tenía en su chaqueta, aún sin soltarlo. Entrelazó sus dedos en los míos, juntando las manos en un apretón que me envió una reconfortante calidez.
—Nunca —quise suspirar ante el tono suave con el que pronunció esa palabra, pero tan solo apreté su mano en el agarre, agradeciéndole en silencio.
Buscó a tientas en lo que parecía una mesa pegada a la pared. Finalmente encontró lo que buscaba y rebuscó en su ropa, antes de que una luz tenue iluminara esa esquina de la sala en la que estábamos. Me dio el candelario, aún sosteniendo el mechero en su mano. Con la brillante llama cerca de mí, ya no temí cuando se alejó para encender las antorchas que colgaban de las paredes, cerca de las estanterías.
Ahora que todo estaba mejor iluminado, el lugar tenía cierto encanto a la vista. La biblioteca era mucho más grande que la de la mansión, con incontables estanterías hechas de madera oscura. Al fondo de la sala había varios sofás junto a una pequeña mesita. En el centro, creando una especie de sala a parte, una mesa larga con varias sillas polvorientas y gastadas permanecían rodeadas de estantes llenos de libros, algunos de ellos cubiertos de telarañas.
«Parece una casa encantada» —como las de las novelas que me gustaba leer.
—Siento el desorden, ya te dije que no suele frecuentarla mucha gente —llegó a mi lado después de terminar de alumbrar todo el lugar.
—¿Ni siquiera Loveday cuando vivía aquí?
—Puede que se haya escabullido alguna que otra vez, pero si lo limpiaba mi padre se enteraría de que alguien había estado merodeando por aquí. Supongo que se cansó de estar entre tanto descuido y dejó de venir, ya sabes como es —asentí, a sabiendas de lo que hablaba. Loveday odiaba el desorden.
—¿No quiere que venga nadie? —me paseé, observando todo con curiosidad.
—Tengo entendido que a mi madre le gustaba mucho. Desde que ya no está, supongo que fue como una prohibición no pronunciada para todos —me detuve a mirarlo—. Mi padre suele hacer eso para no tener que recordar el pasado. Supongo que es como su armadura contra el dolor.
—Comprendo —hubo un silencio mientras lo veía acercarse a paso lento, deteniéndose en algunos libros que veía—. Debió dolerle mucho perder al amor de su vida.
—No habla de ello, pero sé que la echa de menos —sonrió tenuemente—. Parece que no, pero incluso alguien como él tiene corazón —reí en voz baja. Seguí inspeccionando, en busca de algo que nos pudiese ayudar—. ¿Qué tenemos que buscar, exactamente?
—Cualquier leyenda, historia o libro que tenga que ver con Moonacre —abrí la alforja y le di el libro que me heredó mi padre—. Este libro narra la maldición de las perlas. El problema es que sigue escribiendo sus páginas. Debemos averiguar si otra maldición ha despertado y afecta a la mansión —asintió, abriéndolo para inspeccionar mientras yo seguía paseando entre las estanterías.
Encontramos varios ejemplares que decían relatar la historia desde los inicios de Moonacre, mucho antes de la existencia de las perlas y la Princesa de la Luna, cuando aún la magia no era un hecho en el valle.
Pasamos tanto tiempo leyendo que las velas empezaban a consumirse hasta agotarse. Robin tuvo que recurrir a las velas que había en las otras habitaciones abandonadas del piso.
—Cualquiera que me viera así, pensaría que me he vuelto loco —comentó. Alcé la mirada de las páginas para verlo señalar la pila de libros y el que descansaba en su regazo.
—Robin De Noir leyendo el primer libro de toda su vida. Soy afortunada de poder presenciar tal hecho histórico —bromeé.
—No te haces una idea. Loveday intentó inculcarme el "amor por la lectura", pero desistió al ver que era un caso perdido —rió.
—Preferías estar vagueando en el bosque. No me extraña —mordí la manzana que me había dado hace un rato, sintiendo que tenía hambre tras no haber comido en todo el día. Solté una carcajada cuando me dio un codazo. Le saqué la lengua en respuesta.
—Muy maduro de tu parte, princesa.
—Mucho más que tú, seguramente —reímos al mismo tiempo. Era agradable volver a estar así con él, como si nada hubiese pasado y nunca me hubiera ido.
Aparté los mechones que se interponían en mi visión, colocándolos tras mi oreja, pero mi pelo rebelde no parecía querer colaborar. Solté un suspiro, haciendo volar los hilos rojizos ante mi rostro. Me maldije por no haberme puesto las cintas ese día. No se podía hacer nada bien con prisas.
Por el rabillo del ojo percibí que el chico se movía, sacando algo del bolsillo de su chaqueta. No pude ver claramente qué era antes de que se acercara, aún sentado, y retirara el cabello de mi rostro con ambas manos. Lo colocó en mi espalda y sentí que se detenía para atarlo en una cola de caballo.
Cuando terminó, lo observé, desconcertada por la acción. Apartó la mirada y la devolvió a su libro. Alcé la mano y mis dedos rozaron lo que parecía ser una cinta, algo desgastada por lo que pude notar. Coloqué mi cabello en mi hombro. Mis ojos se abrieron en sorpresa al reconocer el tejido azul que adornaba mi coleta improvisada.
Volví a clavar mis ojos en él, esta vez no me apartó la vista y tan solo observó con una expresión que había visto antes en varias ocasiones.
—Aún la conservas —dije sin aliento, tirando de mis labios en una sonrisa. Sonrió a su vez, asintiendo. Mi corazón saltaba de alegría. Después de tanto tiempo, aún tenía mi cinta. Y la llevaba consigo en el bolsillo. Creí que la habría desechado o perdido en algún momento.
Me dieron unas ganas tremendas de echarle los brazos al cuello y llenarlo de besos de la alegría que me invadía.
Me contuve como bien pude, esperando que dejara de poner su atención en mí para morderme el labio con euforia. Palpé mi cabello atado varias veces durante esa tarde.
Una vez terminamos todos los libros, nos sentimos bastante frustrados de que no encontramos nada que nos sirviera en absoluto. Apoyé la cabeza en la estantería que tenía tras de mí, sentada en el suelo, sin importarme si estaba sucio o no.
—No me creo que no haya nada de nada. Algo se nos tiene que estar pasando por alto —oí a Robin decir, entre abrí los ojos para ver cómo pasaba las páginas del libro de la maldición, rehusando a darse por vencido.
Alcé la cabeza para mirar a nuestro alrededor. Todo estaba hecho un desastre, más de lo que ya lo era antes. Pilas de libros se alzaban aquí y allá. Algo se nos estaba escapando. Algo que no podemos ver con claridad. Cerré los ojos con fuerza, pensando en todo lo que sabía.
La maldición de las perlas se originó debido a la codicia de ambos clanes, cuando las dos familias se perdonaron y las perlas fueron devueltas, la maldición se rompió. Ya no existían las perlas. No existía discordia causada por la codicia. Nada material origina el problema. Era otra cosa menos trascendental.
Años después, la mansión sufre un deterioro notorio, haciendo que la magia sea débil, afectando a los que viven en su interior y a la misma infraestructura. No podía ignorar el hecho de que todo eso sucedió en mi ausencia y empezó a agravarse con mi regreso.
¿Estaba Moonacre queriendo decirme algo? ¿Y si me estaba rechazando como su princesa?
—Maria, ¿has visto esto? —la voz de Robin hizo que volviera a centrar mi atención en él. Se inclinó hacia mí con el libro en mano—. Hay cosas extrañas, es como si el libro quisiera enviarnos un mensaje —miré lo que me señalaba. Era la página que narraba la discusión entre mi tío y yo, en la que decidió enviarme a Londres—. La tinta es ligeramente más intensa, ¿lo ves? —señaló algunas letras en el papel. Tenía razón, era más oscura en comparación a la página anterior. Pasó las páginas, señalando nuestro reencuentro en el bosque. Se detuvo un momento. Allí también había un ligero cambio—. También el día que te desmayaste y en la más reciente —señaló la última hoja, la cual mostraba mi discusión con mi tío el día anterior. Todos los cambios estaban en las discusiones, en los desacuerdos. ¿Qué significaba eso?
Un golpe seco hizo que nos sobresaltáramos, incorporándonos enseguida sobre nuestros pies. Robin colocó una mano protectoramente frente a mí, mirando a nuestro alrededor, en busca del ruido repentino.
No muy lejos de nosotros un libro yacía entre una neblina de polvo a su alrededor a causa de la caída de la estantería.
Se había caído solo.
—Esto es cosa de brujas —murmuró el chico. Me acerqué con cautela al objeto—. Maria, espera. ¿No crees que esto es muy raro? —sonó inquieto mientras seguía mis pasos. Observé la madera de los estantes. No podía haberse caído por sí solo de ninguna de las maneras existentes.
—Por eso mismo, quiero averiguar de qué se trata todo esto de una buena vez —lo tomé, quitándole el polvo que tenía en la cubierta para ver el título.
No tenía. Tan solo una cubierta de cuero marrón con detalles en grabados era todo lo que lo adornaba.
Lo abrí por la primera página, estaba en blanco. Aquello me inquietó más de lo que ya lo estaba. Empecé a buscar en su interior pero no había más que páginas amarillentas.
De repente, el libro empezó a pasar las páginas solo, frenéticamente. Casi lo dejo caer al suelo del susto.
—Brujería —negué con la cabeza ante lo que dijo Robin entre murmullos, tan asombrado y asustado como yo.
—Magia —rectifiqué. En ese momento, el libro detuvo su movimiento y se quedó abierto en una en específico. Una frase, la primera que veía en su interior, escrita con tinta negra como la noche en medio de su página.
"El orgullo hiere, incluso puede llegar a matar. Unas palabras mal utilizadas, causan daños irreparables. El odio amarga, encierra un corazón herido".
Jadeé por la falta de aire que sentí al leer las últimas líneas. Sentí la respiración de Robin cerca de mí, leyendo sobre mi hombro a su vez. Cerré el libro de un golpe, esperando que así se solucionara el problema que teníamos encima.
"La verdadera maldición de este valle es la soberbia. Ella os despojará de aquello que más queréis, tarde o temprano, si no estáis dispuestos a remediarlo y no sucumbir a su tentación".
