Capítulo 40
—¿Crees que si les escribimos una carta a cada uno para reunirlos, como hice con Loveday y mi tío, servirá?
—Mi padre la tiraría al leer el remitente —suspiró—. Además, tu tío ya se sabe el truco —dejé salir un suspiro también, cruzada de brazos, como él, hombro con hombro los dos sentados en la cama de sábanas blancas como la nieve.
Tras leer el mensaje tan inquietante que nos mostró el libro, recogimos todo con rapidez, saliendo disparados de la biblioteca. No negaré que las palabras me atemorizaron bastante. Era una especie de profecía, avisando de que algo pasaría si no reinaba la paz de nuevo.
Volvimos al árbol donde se encontraba la morada de la Princesa de la Luna y entramos en la habitación, refugiándonos del frío de la noche que había empezado a caer en el valle. Después de pensarlo y darle vueltas, llegamos a la conclusión de que la discordia que envolvía a los clanes estaba matando la magia, así como lo hizo en el pasado, y teníamos que averiguar cómo detenerlo. Llevábamos así un buen rato, tratando de trazar un plan para lograr nuestro objetivo de reconciliarlos.
—Si saben que se van a encontrar, ninguno acudirá, su orgullo no se lo permitirá —bufé. Coeur De Noir no acudía a la mansión a no ser que fuera estrictamente necesario, como en el bautizo. En cuanto a mi tío, no pisaría el castillo De Noir ni muerto—. Tiene que haber alguna forma de que ambos coincidan en un lugar.
—Tal vez podríamos usar de excusa a Tom —alcé la vista para verlo fruncir el ceño, trazando el plan en su cabeza—. Parece ser lo único que los obliga a interactuar o al menos dirigirse la palabra por una vez —era cierto, el señor De Noir tenía gran afecto por su nieto, lo veía regularmente cuando Loveday lo llevaba al castillo de visita. Llegaron a ese acuerdo después de que naciera el pequeño, ya que el hombre no quería tener mucho que ver con la mansión o más bien con su yerno. A la mujer no le quedó de otra que ceder.
—¿Insinúas que vamos a utilizar como as a mi ahijado y tu sobrino? —una ceja oscura se alzó en mi rostro.
—Podemos decir que está un poco acatarrado y que esta semana Loveday no se lo puede llevar a casa —levantó las manos, explicando con detalle—. No podrá negarse, las ganas de ver a su nieto no le dejarán rechistar al respecto —se detuvo—. Bueno, puede que no le haga mucha gracia, pero picará el anzuelo seguro.
—¿Por qué tu plan me resulta demasiado bien planeado, como si lo hubieses hecho antes?
—Digamos que cuando era pequeño, para llamar la atención, me levantaba casualmente enfermo algunas veces —sonrió con nostalgia—. Así mi padre tenía que volver antes de sus cacerías a petición de Loveday para vigilar mi condición —rodé los ojos, divertida por la travesura del chico—. ¿Qué? No me mires así. Una mentira piadosa no hace daño a nadie.
—Sí, pero en tu caso, fue más de una —me quejé cuando me dio un toque con su hombro—. ¡Qué malo eres, Robin! Seguro que todos estaban preocupados por ti y tú haciendo el papel de tu vida —rió—. Y no dudo que lo disfrutaras.
—Bueno, al menos eso me permitía pasar más tiempo con mi padre —su sonrisa se tornó un poco más débil. Mi gesto se volvió serio y triste. En cierta manera, me recordó a cuando yo era pequeña, extrañando a mi padre en su ausencia. Se percató de mi cambio de ánimos. Levantó las piernas y posó los brazos en alto, apoyándose mientras me miraba—. Tampoco tuviste una infancia fácil —sabía mi historia, se la conté hace años, al poco de romper la maldición en uno de nuestros paseos en el bosque.
—No, pero no tanto como la tuya —miré en sus ojos marrones, sintiendo la tristeza en ellos. Me dolió verlo—. No te merecías un trato tan duro. Eras un niño —negó sutilmente con la cabeza—. Tu padre te quiere, Robin —su sonrisa era irónica—. Solo que no sabe cómo demostrarlo.
—Vaya manera de querer —jugó con sus manos—. Parece que nada de lo que hago le parece bien —tomó aire pesadamente. Me moví en mi asiento, atrayendo su atención. Lo encaré, tomando sus manos en las mías. Lo miré con determinación.
—Tú eres suficiente —apreté mi agarre. Pude ver por su expresión que no se esperaba mis palabras—. Eres más que eso. Y quién no lo vea es que está ciego. Tienes todo lo que los demás desearían tener. Podrías estar todo el día enumerando todas las cualidades que tienes, pero no me creerías —negué con la cabeza, riendo ligeramente—. Ojalá pudieses ser yo por un momento, para que vieras a través de mis ojos, que eres la persona más extraordinaria que he conocido, Robin. Nunca dudes de lo que vales, porque te estarás fallando a ti mismo —sonrió cuando terminé, parpadeando, aún confuso por mi arrebato. Sus ojos oscuros brillaban de una manera especial.
—Cómo lo he echado de menos —ladeé la cabeza.
—¿El qué? —miró nuestras manos, acariciando el dorso de la mía, antes de mirarme de nuevo.
—Tu espíritu, princesa —mi corazón vibró de conmoción y se estrelló contra mis costillas del salto que dio cuando tiró de mí en un abrazo apretado. Envolví mis brazos alrededor de su cuello, correspondiendo el gesto. Susurró palabras de agradecimiento tras plantar un beso en mi coronilla. Acarició mi cabello suavemente, y yo me dejé llevar, deseando quedarme en ese abrazo para siempre. Él era el lugar dónde podía acudir cuando me sentía insegura, sabiendo que me curaría con tan solo su presencia. Respiré ese olor a madera que me embriagaba. Me transportaba al bosque. Su bosque, el mío, dónde tanto habíamos pasado.
—Yo también te he echado de menos —susurré tras lo que parecieron años en esa posición, antes de quedarme dormida en sus brazos.
Robin's Pov
Acaricié el cabello rojizo ligeramente despeinado que se escapaba del agarre de su cinta. Podría estar así eternamente y no me cansaría. Descansaba, su cabeza apoyada en mi hombro, su respiración tranquila y pausada, sumida en un sueño profundo. Su agarre se aflojó en mi cintura, pero no lo suficiente como para dejarme ir.
Estaba agotada, todo lo que estaba sucediendo la estresaba mucho, hasta el punto de no dejarla dormir bien, podía decirlo al ver las ojeras oscuras bajo sus ojos. Pasé mi mano libre por su mejilla, retirando varios mechones que ocultaban su rostro. Suspiró, pero no se movió, tampoco quería que lo hiciera.
No hacía mucho que había despertado a causa de los sonidos de la mañana característicos del bosque. Por un momento no sabía dónde estaba, hasta que giré la cabeza al notar peso a mi lado y la vi tumbada junto a mí. Deseé que todos los despertares fueran como ese. Que lo primero que viera en mi mañana al abrir los ojos fuera el plácido rostro de Maria, ver sus cabellos desordenados en la almohada, haciéndome cosquillas en el rostro.
«Si tan solo me viera como algo más que un amigo».
Dejé de enredar mis dedos en el espesor de su cabello, embelesado, cuando la sentí removerse ligeramente, despertando poco a poco. También pareció desconcertada al mirar a su alrededor y no encontrarse en su habitación. Al notarme a su lado, alzó la vista para verme saludarla con una sonrisa que se hizo más ancha al verla enrojecer como el fuego, un tono más vivo que su cabello.
Muy a mi pesar, se alejó de mí, dándome los buenos días. Cuando preguntó por la hora y yo le dije que seguramente era bastante pronto en la mañana, reí cuando su rostro se arrugó en un ceño profundo, claramente molesta por no haber dormido más. Las carcajadas no faltaron cuando le dije que era demasiado dormilona para su propio bien, molestándola aún más.
Mi corazón dolió ligeramente cuando le dije que debíamos marchar antes de que alguien advirtiera su ausencia en la mansión y su sonrisa flaqueó por un momento. Si por mí fuera, me quedaría allí con ella, en el único lugar que parecía que teníamos un poco de paz para nosotros. Pero sabía muy bien que no podía ser. No por mi parte, mi padre tardaría en darse cuenta de que no estaba, demasiado ocupado en los negocios, pero en su casa la buscarían hasta por debajo de las piedras si no aparecía antes de la hora de comer.
Asintió, de acuerdo conmigo, incoporándose para tomar su capa que yacía olvidada colgada en el cabezal de la cama junto a mi sombrero. Lo miró por un momento antes de alargar la mano para dármelo. Me puse la chaqueta de cuero nego y me detuve un momento, sonriendo de lado. Rió cuando se lo puse en la cabeza, teniendo que elevarlo para mirarme sin que obstruyera su vista. Y pensar que a Richard casi le corto la mano hace años por ponérselo tan solo un segundo.
Cuando salimos de debajo del árbol, la luz de la mañana se filtraba clara y brillante a través de las copas de los árboles. Por suerte no nevaba, así que el camino de regreso sería menos escabroso. Pero no dejé que eso fuera un impedimento para atrapar su mano en la mía una vez más con la excusa de que podía resbalar con el hielo que se formaba en el suelo. Estoy seguro de que no se lo creyó, a juzgar por la mirada que me lanzó, sonriendo de lado.
Después de caminar y charlar durante un buen rato, sentí mi ánimo desvanecerse cuando vi el edificio no muy lejos. Nunca sería suficiente el tiempo que pasábamos juntos, de alguna manera u otra, siempre nos separábamos al final.
Me sentí vacío y con frío cuando dejó ir mi mano y se plantó en frente de mí, la mansión justo detrás de ella, yo parado en la linde del bosque. Era tan pronto que incluso el servicio dormía, ningún movimiento aparente en su interior.
—Nos vemos mañana después de la comida, será cuando mi tío se quede en la casa después de volver del pueblo —me dijo, recordándome nuestro plan. Al día siguiente debía llevar a mi padre a la mansión Merryweather, allí ambos hablarían y resolverían sus diferencias. O al menos eso esperábamos.
—Cuenta con ello —guiñé en su dirección. Se quitó el sombrero de la cabeza y dio un paso hacia mí, alzándose de puntillas para colocarlo sobre la mía. Lo acomodó, apartando mis rizos, deteniéndose en esta tarea por un momento. Me quitó la respiración de un plumazo al sentir sus labios tocar mi mejilla, plantando un tenue beso antes de alejarse.
—Gracias, por ayudarme una vez más.
—No se merecen —toqué la parte de atrás de mi bombín, tratando de que no se me notara el sonrojo que afloraba en mi piel.
—Claro que sí. Esto significa mucho para mí —sonrió. Incapaz de hablar, solo le di un asentimiento. Recogió sus faldas, lista para dar la vuelta e irse, pero algo la detuvo. La vi llevarse la mano al pelo, retirando la cinta que lo ataba, dejando su cabello castaño rojizo libre una vez más. Se acercó, tomando mi brazo para levantarlo. Sentí el tacto tan familiar de la tela en mi mano. La miré con confusión, ella tan solo me brindó una sonrisa algo tímida.
—Esto es tuyo —dije con obviedad. Ella negó con la cabeza.
—No fue un préstamo, sino un regalo —rió un poco antes de continuar—. Además, sé que te gusta guardarte mis cintas en el bolsillo —su guiño me revolvió el estómago de manera agradable. No era la primera vez que lo sentía. Se alejó antes de que pudiese decirle nada a cambio, agitando la mano felizmente en mi dirección—. ¡Te espero mañana!
En un abrir y cerrar de ojos, dejé de ver su cabello agitarse mientras corría al interior de la casa. Suspiré, pensando en lo difícil que era mantenerme detrás de esa delgada línea que nos separaba, tanto física como psíquicamente. No quería sopesar la posibilidad de que alguna de las dos nunca podría llegar a cruzar.
Abrí la mano para ver la cinta azul. Di un último vistazo a la mansión antes de dar la vuelta y adentrarme en el bosque, guardando la tela en el bolsillo de mi chaqueta, donde siempre me gustaba conservarla, cerca de mi corazón.
Un corazón que dejó de pertenecerme hace mucho tiempo.
