Capítulo 41
—¿Entendido?
—No quiero ser aguafiestas, pero no creo que Ser Benjamin caiga en la trampa —dijo la señorita Heliotrope, removiéndose en su asiento, nerviosa por no poder probar aún la comida que tenía delante y por el plan que les había contado.
—Puede ser muy listo cuando le conviene —asintió Digweed, de pie junto a la mesa del comedor.
—Estoy de acuerdo —comentó el cocinero cruzado de brazos.
—Si no quiere meterse en serios problemas conmigo, tendrá que creer en mi palabra —Loveday se mostraba bastante segura.
—Siento haberos involucrado en todo esto —pasé mi mirada de uno a otro.
—Oh, querida —la rubia alcanzó mi mano—. Me alegro de que nos lo hayas contado. No siempre podrás hacer las cosas por tu cuenta y no tiene nada de malo pedir ayuda.
—Siempre contarás con nuestro apoyo —sonrió la institutriz.
—Con tal de que dejen de lado ese estúpido orgullo suyo y el valle pueda reestablecer su magia, vale la pena el esfuerzo —apretó su agarre sobre mi mano, dándome ánimos. Los miré con una expresión de inmenso agradecimiento. Tenía suerte de tener una familia como ellos.
—¡Oh, ya está aquí! —Digweed alertó, clavándose en su sitio, rígido como una estatua para recibir a mi tío, quien caminaba por la entrada en nuestra dirección. Lo saludamos de la manera más casual.
—Buenas tardes —saludó a todos, cuando llegó a mí pasó de largo sin dirigirme una mirada siquiera, sentándose presidiendo la mesa. Reprimí un suspiro. Tras nuestra discusión, se negaba a dirigirme la palabra. Tampoco es que tuviese muchas ganas de conversar con él, pero si quería que la maldición se rompiera, tenía que hacer mi mayor esfuerzo.
—¿Qué tal en el trabajo, querido? —preguntó Loveday con amabilidad. El hombre le dio una seña a Digweed y Marmaduke para que se sentaran a acompañarnos en la comida y así poder empezar. Sentí a la señorita Heliotrope suspirar de alivio al oírlo, hincándole el diente a todo lo que había a su alcance. Comía más que David, y eso ya era decir.
—Bien, nada interesante que decir. Los negocios son, cuanto menos, aburridos—habló sin mucho ánimo, cortando la carne. Levantó la vista para enfocarla a su alrededor.
—¿Qué ocurre? —alzó una ceja su esposa, alentándolo a que compartiera la razón de su inquietud.
—¿Dónde está Tom?
—¡Oh! He conseguido que se duerma por un rato, no parecía encontrarse muy bien esta mañana —mi tío dejó de lado su comida, aún con la boca llena, y ladeó la cabeza ante lo que le estaba diciendo.
—¿Está enfermo? ¿Qué tiene? ¿Has llamado al doctor para que lo revise? —formuló una pregunta tras otra tan deprisa que casi ni se entendía lo que decía.
—Es un pequeño catarro. Son muy comunes en esta época del año —intenté tranquilizarlo, me dedicó un momento para fijarse en mí, pero luego volvió su mirada preocupada a Loveday, quien no dejaba que su sonrisa decayera en ningún momento.
—Es una suerte que aún no se hubiese resfriado, querido. Además, es muy leve, en unos días se le pasará. No te preocupes.
—Más tarde subiré para ver cómo está —dicho esto, continuó con su comida, visiblemente perturbado. Miré a Loveday, ella me devolvió la mirada, asintiendo sutilmente.
—Benjamin —hizo un sonido con la boca cerrada, esperando a que continuara—. Sabes que una vez a la semana, voy a casa de mi padre para que vea a Tom, ¿verdad? —asintió, tornándose su expresión un poco más tensa ante el mencionado—. Bueno, he decidido que lo mejor sería que viniese a ver al pequeño Tom, ya sabes, para no exponerlo mucho al clima frío —ante esto, dejó de lado una vez más su comida y la miró casi petrificado.
—¿Coeur De Noir, en mi casa, hoy? —masticó cada palabra, mordiéndola cuidadosamente.
—Ya le hemos enviado la carta para notificarle lo sucedido, estará aquí junto con Robin después de comer —su mirada se volvió puntiaguda cuando hablé. Podría haberme encogido en mi asiento, pero elegí sentarme regia e implacable ante su temperamento.
—¿Con qué permiso?
—Con el mío, que soy la madre de Thomas y su abuelo tiene derecho a verlo cuantas veces quiera —la voz de Loveday sonó solemne, sin dejar ni un ápice de duda en su decisión.
—Y yo soy su padre —replicó el hombre, tornándose cada vez más molesto—. Al menos merezco que me avisen con antelación.
—No creo que una visita informal sea para tanto. ¡Ni que viniera el rey en persona!
—Pues no cuentes con mi presencia —refunfuñó.
—Por supuesto que cuento con ella. No vas a hacerles un gesto tan grosero a nuestros invitados, quienes son mi hermano y mi padre. Ten un poco de decencia y deja de portarte como un niño pequeño —lo regañó, sus ojos gélidos por la ira contenida. Decidí que era tiempo de sacar las armas pesadas.
—¿Harás eso? —parpadeó en mi dirección. Me mostré pacífica, calma como el agua de un estanque.
—¿Hacer qué? —cuestionó.
—Dejar que vean que su presencia te incomoda tanto que ni siquiera puedes permanecer en la misma sala que ellos —alcé una ceja—. Pensaba que tú, Benjamin Merryweather, no le temías a ningún De Noir. Mucho menos huyes despavorido de ellos a la mínima oportunidad.
—¡Por supuesto que no les temo en absoluto! —frunció el ceño, ofendido.
—Pues no lo estás demostrando con tu actitud —lo tanteé, sabiendo muy bien que eso sería la gota que colmara el vaso.
—Yo no me acobardo ante nadie, ¡ni hoy ni nunca! —dejó caer su servilleta con brusquedad. Juntó sus manos y apoyó los codos sobre la mesa, pensando por un momento, tratando de mantenerse sereno. Suspiró antes de volver a hablar—. Está bien. Me quedaré con la dichosa visita.
Interiormente salté y vitoreé nuestra victoria. Loveday guiñó el ojo desde su asiento, felicitándome por la astucia. La señorita Heliotrope no dijo nada, pero sabía que aplaudía mentalmente que todo estuviese saliendo como lo planeado. Digweed y Marmaduke intercambiaron miradas y las alternaban con el hombre al otro lado de la mesa, quien aún seguía enojado por lo que tenía que hacer, empujado por su orgullo y soberbia.
Solo restaba esperar a que Robin y su padre llegaran. Todo se aclararía aquel día, de una vez por todas.
Robin's Pov
—¿No podía ponerse enfermo otro día?
—Eso no es algo que se pueda controlar.
—¡Ojalá! De lo contrario no estaría caminando de buen grado hacia esa maldita casa —rodé los ojos. Llevaba todo el camino quejándose. Era un suplicio.
Caminábamos por el bosque, directos hacia la mansión Merryweather. Me había costado más de lo que esperé que mi padre accediera a ir conmigo a visitar a Tom, con la excusa del supuesto catarro y que Loveday no podría venir al castillo. Hasta que no vio la nota firmada por el puño y letra de mi hermana, no se resignó. Era bueno saber que su nieto le importaba lo suficiente como para que hiciera ese gran esfuerzo en ir a las "líneas enemigas", como las llamaba él.
Estaba bastante molesto y a la mínima aprovechaba para despotricar. El que lo haya llevado todo el camino a pie, en vez de tomar los caballos como me dijo, creo que lo enfadó aún más. Murmuraba que ya no estaba para los trotes del bosque, subir colinas, saltar rocas o arroyos. Ya se hacía mayor para esas cosas.
—A ver si alguien se apiada de mí y contribuye a que el estúpido de Benjamin Merryweather no esté. No tengo ganas de verle esa cara con expresión permanente de altivez que trae siempre.
—¿Cuándo váis a dejar esta estúpida rivalidad de lado, padre? Es ridículo —sus ojos oscuros se iluminaron, relampagueando de ira.
—Nunca, hasta que se le bajen los humos y deje de creer que son mejor que nosotros. ¡A Coeur De Nor, nadie lo desprecia de esa manera! ¿Se te olvida cómo te trató en el pasado? Nos mira como si fuésemos perros. ¡No! Peor que eso, como si fuésemos alimañas del bosque. No lo soporto.
—Todo esto es un gran malentendido, por no hablar las cosas en su momento. ¡Míranos! Años después y hemos vuelto a la misma situación que antes de que se rompiera la maldición del valle —se detuvo junto a un árbol apoyando la mano para descansar. Su mirada no perdía fuerza aún así.
—No me digas que te estás poniendo de su parte. ¿Tan poco orgullo tienes, hijo? —se detuvo por un momento—. Esa chica te ha hecho un blando. Lo pensé en su día y lo sigo viendo a día de hoy —mi expresión se tornó seria. Detuve mis pasos, decidido hace un momento a reanudar la marcha, y lo encaré.
—Maria no tiene nada que ver en que crea que vosotros dos sois unos orgullosos. ¿No has aprendido la lección aún?
—¿Qué insinúas?
—Creo que ya es hora de que hagáis las paces. Hoy —sentencié. No le gustó la idea.
—Jamás —negó con la cabeza, afirmando su sentencia solemne. Reprimí un suspiro. Lo vi darse la vuelta. En un abrir y cerrar de ojos, me planté enfrente suya. Yo era más rápido y no huiría con facilidad.
—Por favor, padre —supliqué—. ¡Abre los ojos y ve más allá de la ira que te ciega!
—¿Por qué debería? ¿Y a qué viene todo esto de la reconciliación de repente? —dio un paso amenazador hacia mí. Me mantuve firme, no dejaría que me doblegara. Ya no—. Ya veo. Esa joven te ha vuelto a meter cosas en la cabeza que no deberías tener, ¿no? —torció el gesto con una sonrisa irónica, pero en realidad destilaba veneno—. Creí haberte dicho que te alejaras de ella, Robin. Pensé que te había quedado claro que lo que sientes por esa chica no te llevará a ninguna parte. Pierdes el tiempo. ¿Acaso no viste cómo os miraba su tío el día del bautizo?
—¡Me da igual! —estallé. Lo silencié de golpe. Ahora era mi turno de estar furioso, años de culpa y pesadumbre salieron a flote—. Mis asuntos con Maria no tienen nada que ver con vosotros. ¿Tan malo es que la quiera? Ya me alejaste de ella una vez, padre, y fui un estúpido al hacerte caso porque casi la perdo por eso. No la voy a dejar ir de nuevo. Ni por ti, ni por nadie —mi firmeza no lo contuvo para contraatacar.
—Apuntas muy alto, Robin, aspirando a estar con esa chica algún día. Ya tiene edad para que la cortejen. Por lo que he visto, el hijo del capitán de la guardia estaba muy interesado en ella —al oírlo mencionar a Rogers, se me heló la sangre en las venas. Apreté los puños. Sería un estúpido si no me hubiera dado cuenta de que Maria despertaba el interés de muchos a su alrededor, de diferentes clases y estatus. Algunos de ellos, mucho más aceptables socialmente que yo. Mi fama como ex ladrón no la podría borrar ni pasando mil años—. Algunas cosas no están destinadas a ser —sus palabras eran como puñales en mi alma, recordándome lo que me había dicho a mí mismo durante dos años. Día y noche, antes de acostarme, antes de levantarme—. Te digo esto para que no te hagas ilusiones, luego me lo agradecerás —esas últimas palabras las quiso decir con más empatía, a pesar del tono áspero que usó finalmente.
«No eres suficiente» —era lo que en realidad escondía su expresión. El coraje que había reunido hace un momento, se desmoronó dentro de mí, como si fuese un muro que se caía ladrillo a ladrillo.
Pero en mi cabeza, una voz que conocía muy bien, gritaba con todas sus fuerzas para que la reconociera y la escuchara, desesperada porque le hiciese caso.
«¡Tú eres suficiente! —mi corazón dio un vuelco al acordarme de sus palabras—. Eres la persona más extraordinaria que he conocido, Robin. Nunca lo dudes» —la calidez y el sosiego que me brindó, no lo puedo explicar con palabras, pero me sentí fuerte de nuevo. Levanté el mentón, enviando a mi padre una mirada inquebrantable, como la que le di cuando le puse la daga en el cuello, incitándolo a que me desafiara si quería. No me daría por vencido. Tenía que hacerlo, por mí, por Maria. Porque ella merecía la pena. Lucharía porque hubiese un "nosotros".
Las familias se renconiliarían. Arreglaría las cosas con Ser Benjamin. Dejaría de ser el cobarde que había sido todo ese tiempo.
—Vamos a ir a la casa de los Merryweather, te guste o no.
—Estás loco, chico. Te desconozco, Robin. ¡Nunca me has desobedecido, y últimamente lo haces como si lo que yo dijera te importara un bledo! —elevó su tono, asustando a algunos pájaros y animales que pasaban por allí.
—No pienso contribuir a tus caprichos. No tienes ningún poder sobre mí. Podrás ser mi padre, el líder del clan De Noir, pero no mandas en mi corazón —lo miré a los ojos, evidente sorpresa los inundaba—. Intento ayudarte, a liberarte de la carga que llevas, de la oscuridad que una vez te mencionó Loveday. ¿No deseas vivir en paz? ¡Estoy harto de esta riña absurda que no nos llevará a nada bueno!
—No sé de qué hablas. La maldición se rompió hace muchas lunas. Nada puede ocurrir por un desacuerdo entre dos familias —le restó importancia, agitando su mano.
—No lo entiendes. No es solo una "riña" sin más. ¡Es el orgullo y la soberbia! Esa es la cruz de nuestra existencia y la de los Merryweather —respiré hondo, tratando de calmarme—. Por favor, padre. ¿Tanto te cuesta hacerme caso por una vez en tu vida? ¿No ves que tu odio también me afecta a mí? —sus ojos se suavizaron por un mínimo instante, flaqueando y quebrando su fachada—. ¿Por qué no podemos ser una familia?
—Somos una familia.
—No, no lo somos —negué, sin molestarme en ocultar mi mueca triste—. Nunca lo hemos sido. Desde que murió mamá, hasta el momento en el que echaste a Loveday de casa. La única que se esforzaba por unirnos, la exiliaste sin pararte a pensar en nada más. En sí a mí me afectaría o no. En si le romperías el corazón a ella —a ese punto, sus ojos estaban ligeramente nublados por las lágrimas contenidas—. Nunca te ha importado nada más que tú. Tú y ese orgullo que nos ha destrozado a todos, a nuestra familia —tomé aire, necesitando quitarme el peso que tenía en el pecho—. ¿Es mucho pedir, que quiera dejar de sentirme huérfano, teniendo un padre con vida?
No dijo nada, se quedó sin palabras. Boquiabierto, mudo. Yo ya había dicho todo lo que tenía que decir. Me había quitado el peso de encima, un peso muerto que llevaba a cuestas desde que era niño. Me moví del lugar en el que estaba parado por lo que parecieron años. Pasé por su lado, dispuesto a ir por el camino que nos llevaría a la mansión.
—Venga, nos están esperando —pasé la manga por mi rostro, retirando una que otra lágrima traicionera que había salido a relucir tras alejarme de él. Oí pasos lejanos, dándome a entender que me seguía sin rechistar. Un alivio después de toda la tensión.
Pero aún no se había terminado.
Un gruñido alertó mi oído de cazador experto. Un gruñido que sonó muy cerca, demasiado, de nosotros. Miré a mi alrededor, buscando entre los árboles. Quedándome sumamente quieto. Mi padre se detuvo atrás, confundido por mi repentina actitud.
—¿Robin? ¿Qué pasa? —levanté una mano sin mirarlo, acallando lo que estaba diciendo. Estábamos siendo observados, podía sentirlo. Busqué inconscientemente en mi chaqueta la daga que siempre llevaba conmigo. Me maldije al no encontrarla. La había dejado en mi alforja junto a mis utensilios de caza. Mal día para no tenerla a mano.
Porque de haber sabido que un lobo huargo se me presentaría en medio del bosque, caminando hacia mí a pasos lentos, mirándome como si fuese su aperitivo favorito, habría llevado conmigo todo lo que tenía.
Y aún así, no habría sido suficiente.
