Capítulo 42

Miré a la puerta por décima vez esa tarde, esperando a que Robin y su padre entraran en cualquier momento. Todos estábamos en el salón principal, aguardando pacientemente a que aparecieran.

Me retorcí la falda de mi vestido, ansiosa porque ya había pasado la hora establecida a la que se supone que debía llegar el chico De Noir. Sabía muy bien que su fuerte no era la puntualidad, pero también tenía la certeza de que no me haría esperar teniendo una misión tan importante entre manos.

Digweed se hallaba en el umbral de la entrada, esperando para anunciar su llegada. Al ver mi mirada una vez más en la misma dirección, negó con la cabeza, haciéndome saber que aún no había ni rastro de ellos. Mis hombros se vinieron abajo ante eso. Solté un suspiro que ni siquiera me esforcé en disimular. ¿Por qué tardaba tanto?

—Por lo que veo, la puntualidad, brilla por su ausencia —comentó el tío Benjamin. Le lancé una mirada llena de desaprobación. Yo estaba al borde de la histeria y a él solo se le ocurría tirar pullas sin importarle nada.

—Cierto es que mi familia no es conocida por su puntualidad —dijo Loveday, acunando a Tom que aún dormía en sus brazos—. Pero sabiendo las circunstancias, no creo que lo hagan a propósito. Deben haber tenido algún contratiempo —asentí, de acuerdo con su teoría. Puede que su padre no hubiera accedido al fin y al cabo, pero Robin me habría avisado. Al menos, habría ido a decírmelo él mismo. No, ahí había algo más. Algo que no encajaba.

Miré a través de la ventana de la gran sala, directa al bosque. Escruté en la distancia, esperando que apareciera en cualquier momento. No perdía la esperanza.

—Un jinete ha llegado, señor —habló Digweed desde la entrada. Mi mirada salió disparada hacia la puerta, levantándome abruptamente de mi asiento.

«Espera, ¿cómo que solo uno?» —pensé, reparando en las palabras del mayordomo. ¿Podía ser posible que Robin no hubiese conseguido que su padre acudiera?

Loveday se preguntaba lo mismo que yo, a juzgar por su mirada desconcertada. Todo aquello era muy confuso. Esperé con el aliento atascado en mi garganta, expectante.

Todo se volvió aún más extraño cuando David entró muy apurado en la sala. Su cabello rubio estaba desordenado, debido a la velocidad a la que habría estado cabalgando. Su respiración era tan irregular, que llegué a pensar que podría caer desmayado allí mismo.

Salí de la confusión en la que me hallaba cuando nos miró a todos con urgencia, como si intentara hablar pero no pudiese de alguna manera. Me aventuré a preguntar, acercándome a él.

—David, ¿qué haces aquí? —me miró, posando sus ojos azules en mí. No me gustó lo que vi en su mirada. Miedo—. ¿Ha pasado algo? —el escalofrío que sentí al verlo tan tenso y ansioso, no me decía nada bueno.

—¡Por Dios, muchacho! Di algo. Nos tienes en ascuas —demandó mi tío, quien se había acercado a él, colocándose a su lado. Estudió su rostro y habló despacio—. Por tu cara, no traes buenas noticias.

—Me temo que no, Ser Benjamin —fruncí el ceño. La incertidumbre me estaba matando. Di otro paso hacia adelante, apretando los puños a los lados.

—¿Dónde está? —le pregunté, sin rodeos. Abrió la boca, pero se lo pensó mejor, negando con la cabeza—. ¿Dónde está Robin, David?

—Maria, tienes que ser fuerte —eso hizo que me sintiera peor.

—¿Por qué? ¿Qué le ha pasado?

—No lo sé, todo ocurrió muy rápido. Coeur De Noir llegó al castillo hace medio hora con Robin, él…

—¿Qué? ¿Qué le ocurre a mi hermano? —pidió Loveday, tan nerviosa como yo, levantándose del sofá con urgencia.

—Fueron atacados en el bosque. Un lobo huargo, por lo que tengo entendido —mis ojos se abrieron. ¿Atacados? ¿Por un lobo?—. Robin no salió bien parado del enfrentamiento —respiró entrecortadamente—. Llegó muy herido, estaba inconsciente. Nada más enterarme vine aquí. Creí que debíais saberlo.

Dejé de escuchar la conmoción que se empezó a formar a mi alrededor. Mis oídos se taponan, dejándome repentinamente sola, asimilando lo que había dicho David.

«No… No puede ser. A Robin no… No a él» —esos pensamientos se repetían una y otra vez, entrelazándose, causando que la ansiedad aumentara ante las posibilidades. Me paralicé, mi cuerpo entumecido. Juraría que incluso dejé de respirar por un momento.

Volví a la realidad con la voz de Loveday, exigiendo saber más. La pobre estaba al borde del colapso. La señorita Heliotrope se encargó de Tom mientras mi tío trataba de tranquilizar a su esposa, él también parecía consternado. El pequeño lloraba, como si percibiera lo que estaba sucediendo.

Me giré hacia David, quién seguía delante de mí, aunque yo hubiese dejado de verlo allí parado. Me devolvió la mirada y pude ver que estaba tan angustiado como todos en el lugar. Mi voz salió firme pese a que yo por dentro estuviese a punto de quebrarme.

—Iré contigo —como si lo hubiese estado esperando, tan solo me dio un leve asentimiento. Fui a marcharme junto a él para ir en busca de Periwinkle. Si quería llegar lo más pronto posible, tenía que montar y cabalgar hasta el castillo con ella.

—Digweed —me detuve ante la voz de mi tío a mis espaldas. Sujetaba a Loveday por la cintura, apegándola más a él, frotando sus brazos como manera de reconfortar—, ve a por el carruaje, ¡rápido!

El mayordomo pasó junto a mí a toda prisa, David ya había ido a por su montura. Observé a mi tío Benjamin desde el umbral de la puerta. Su mirada se detuvo en mí por un momento. Me dio un asentimiento, aunque no parecía ser para autorizar mi ida, sino que se asemejaba a un gesto comprensivo. No me detuve mucho más a analizar su expresión. Corrí lo más rápido que pude, cabalgué a todo lo que podía ofrecer la pobre yegua. El carruaje nos seguía de cerca, todos dentro excepto Marmaduke, que se quedó al cuidado de Tom, y David, quien cabalgaba a mi lado.

Desmonté de un salto, corriendo tras el rubio, quién lideraba el camino. Los guardias que había en la puerta nos dejaron pasar, no sin antes lanzarme una mirada de desconcierto a mí y a los que nos acompañaban, intentando no perder nuestro rumbo.

Caminamos con rapidez a través de los oscuros pasillos. Subimos las escaleras hasta el piso donde se encontraban los dormitorios. Los criados no paraban de ir y venir con toallas, vendas y baldes de agua. Sentí mi estómago y corazón revolverse al ver la sangre que empapaba las blancas telas. David tiró de mí hacia delante, invitándome a continuar. Aparté la vista enseguida para ver a Henry y Richard parados frente a una puerta cerrada. Al vernos sus rostros se aliviaron un poco pero nunca dejaron la preocupación de lado. Extendieron los brazos y los recibí en un abrazo grupal.

—Menos mal que estás aquí, Maria —dijo Henry en un murmullo tembloroso. Me eché hacia atrás para ver sus rostros demacrados por las lágrimas. Richard se frotó los ojos con fuerza, no dejando que se notara mucho.

—¿Cómo está? —logré decir a pesar de la conmoción.

—Tiene varias heridas, pero la peor es la que le hizo en el torso —explicó Henry. Miré a la puerta cerrada, percibiendo murmullos dentro. Entre ellos pude distinguir la estruendosa voz de Coeur De Noir. Obviamente, estaba muy alterado.

—¿Cuánto llevan ahí?

—Desde que llegó con Robin a cuestas.

—No pinta bien —dijo Richard, estremeciéndose ligeramente—. He visto muchas heridas en mi vida, algunas muy feas, pero…

—Pero, ¿qué? —lo miré, temiendo lo que fuese a decir.

—Es como si nunca dejara de sangrar. Si sigue así, podría–

—¡No! ¡No lo digas! —grité, negando con la cabeza, mis ojos se llenaron de lágrimas—. Robin es fuerte, saldrá de esta —me giré para ver a Henry y David, quienes miraban cabizbajos—. ¿Verdad?

Un grito aún más fuerte y angustioso que el mío no les dejó responder. Nuestras cabezas salieron disparadas hacia la puerta, en busca de la fuente de ese sonido que casi podía haberse oído por todo el castillo.

Hubo mucha conmoción, todo pasó muy rápido y muy lento al mismo tiempo. Loveday estaba a mi lado en un momento, mi tío a su izquierda, mirando la puerta con expectación y preocupación por lo que estuviese pasando dentro.

La puerta finalmente se abrió y varios hombres llevaban casi a rastras a Coeur De Noir, sacándolo pese a sus esfuerzos por quedarse dentro. Tuve unos segundos para mirar dentro antes de que alguien volviera a cerrarla. Había alguien en una cama, tumbado, reconocí la figura del doctor Michaels agarrar cosas de su maletín con rapidez.

El techo, el cielo, el mundo, el universo entero se me cayó encima al reconocer a Robin, quieto, inerte mientras el médico lo sacudía bruscamente en el pecho.

Me lancé hacia delante, alguien me atrapó por la espalda a tiempo para que no pudiese dar un paso más. Me revolví, le grité a quién fuera que me tenía sujeta. Pedía, imploraba, que me dejaran ir. Quería ir con él. Estar con él.

Oí a Henry y Richard hablarme, tratando de calmarme. No funcionó y eso me agitó aún más. Casi escapo al retorcerme en el agarre, tuvieron que mantenerme en mi lugar los tres, usando la fuerza suficiente como para no hacerme daño pero asegurándose de que no tuviese salida.

El padre de Robin también intentó entrar, usando la fuerza en su caso. El tío Benjamin se interpuso en su camino e intentó, con ayuda de Digweed, detenerlo, ganándose varios insultos entre ira y desesperación del hombre. La señorita Heliotrope abrazaba a Loveday, consolando su llanto.

Ese simple pasillo se había convertido en un infierno para todos.

Me desmoroné en los brazos de Henry, rompiendo a llorar por fin, deslizándome hacia el frío suelo de piedra. En ese instante, me hallé rezando a quien quisera escucharme, para que lo ayudara. A Dios, a la Madre Naturaleza, a la magia de Moonacre que moría a cada día que pasaba, a la Primera Princesa de la Luna. Cualquiera que pudiera oír mis súplicas.

Para mí pasaron siglos hasta que alguien salió al pasillo, alertando a todos, era el doctor Michaels. Lo miré entre lágrimas desde abajo, mi mano sobre mi boca, la otra en el estómago, donde sentía una presión y un vacío angustiante. Me incorporé rápidamente, David y Richard ayudándome tirando de mis brazos hacia arriba.

—¿Y bien? —mi tío fue el primero en preguntar. Todos los demás demasiado temerosos de hacerlo por sí mismos. El doctor soltó un suspiro a la vez que dejó ver una mueca de preocupación.

—¿Está…? —no me atreví a terminar la frase, la voz me falló. Negó la cabeza con rapidez, levantando una mano, aliviándome instantáneamente. Posé una mano sobre mi corazón, tan agitado que pensé que explotaría.

—Hemos logrado estabilizarlo —sentí la tensión disminuir a mi alrededor. David murmuraba sus agradecimientos al cielo en voz baja—, pero ha perdido mucha sangre. Necesitamos donantes, cuantos más mejor —todos asentimos. Haríamos lo que fuera necesario. Daría toda la que tenía con tal de que Robin volviera a despertar, a sonreír de esa manera tan suya, a reír, a sus travesuras—. Aunque, no puedo garantizar que eso sea suficiente, todo dependerá de su estado en las próximas horas —el ánimo se evaporó nada más decir aquello. Apreté el collar que colgaba de la cinta roja en mi cuello.

—Está bien, doctor. Se hará cómo lo diga usted —mi tío pareció ser el que tomó el rol de portavoz de todos nosotros.

—¿Podemos verlo? —inquirí. Me dio una mirada comprensiva, pero negó, dejándome aún más hundida.

—Tiene que descansar por ahora —posó una mano en mi hombro, luego miró detrás de mí—. Señor De Noir, señora Merryweather, dado que son familiares directos de Robin, existen altas posibilidades de que la sangre sea del mismo tipo y, por tanto, compatible. Acompañadme —con un gesto de cabeza, les indicó que pasaran junto a él a la sala de al lado.

Loveday tomó mi mano con rapidez al pasar, dándome ánimos. La apreté a su vez, haciéndole saber que estaría allí cuando terminara. El señor De Noir me miró de pasada pero no se detuvo mucho en ello, entrando primero en la habitación.

Dirigí mi mirada una vez más a la puerta. Detrás de esta se encontraba mi mejor amigo, la mejor persona que haya conocido, el chico del que estaba enamorada.

Ni siquiera se lo había dicho.

El pánico me inundó una vez más ante la realización de ese pensamiento. ¿Y si nunca podría decírselo? Esa despedida en el bosque, ¿sería la última vez que lo hubiera visto? ¿Esas eran las últimas palabras que le dije?

El remordimiento y la culpa me llenaban poco a poco, ahogándome en un mar de pesar y arrepentimiento. Las palabras no dichas, los actos no realizados… Pesaban tanto justo en ese momento…

Todo era mi culpa. Si no hubiese recurrido a él para pedirle ayuda, si no hubiese accedido al plan, si no estuviese en ese bosque en ese preciso instante. Tal vez… Tal vez, nada habría sucedido. Él estaría a salvo, bien, sin ningún rasguño. Sentí ganas de llorar de nuevo, aunque mi llanto no solucionaría nada, no podía detenerlo.

Alguien se colocó en frente de mí. Miré hacia arriba para encontrarme con la mirada entristecida en los ojos oscuros del tío Benjamin. Colocó una mano en mi hombro. Miré su gesto, descolocada al principio. Cuando le devolví la mirada y vi la sincera angustia en él, solté un sollozo y me lancé a sus brazos, rompiendo en llanto de nuevo. No se demoró en rodearme y murmurar palabras optimistas, animándome como pudo.

En ese momento, donde ambos nos volcamos el uno en el otro, pude volver a sentir esa conexión con él que ya daba por perdida hace mucho tiempo. Con las emociones a flor de piel, le dije que lo sentía, por lo que le dije. Negó con la cabeza. Mi llanto fue a peor cuando oí sus palabras.

—Siento haber sido tan duro contigo, mi niña. Solo que, creo que no estoy llevando bien que ya no eres "mi niña", sino una mujer hecha y derecha. No puedo terminar de creer que te has hecho mayor, que ya eras mayor cuando te fuiste —sentí las lágrimas en su voz, aunque no pudiese verle la cara.

—Siempre lo voy a ser, tío —logré formar una pequeña sonrisa—. Así como tú siempre serás el padre que debería haber tenido. Por mucho que nos peleemos, por mucho que no nos dirijamos la palabra o no estemos juntos por años. Eso no cambiará nunca —me apretó con más fuerza—. Tengo miedo, tío —confesé entre sollozos.

—Lo sé, Maria. Todos lo tenemos —me reconfortó su mano en mis hombros, ahora ambos mirando hacia la habitación—. Pero si algo he aprendido de los De Noir, es que son como las malas hierbas, nunca mueren —reí débilmente, enjuagando las lágrimas de mi mejilla—. Es un chico valiente, seguro que encuentra la forma de librarse de esta, ya lo verás.

Asentí, esperando que tuviese razón.