Capítulo 43
Pasaron horas hasta que finalmente el doctor Michaels nos dió permiso de entrar a verlo. Loveday y su padre habían dado bastante cantidad de sangre, la suficiente para subsanar la que había sido perdida. Solo restaba esperar y rezar para que su cuerpo no la rechazara y mejorara en las siguientes horas, las cuales serían cruciales para determinar si sobreviviría o no.
—Verlo tan quieto… Es raro.
—Está tan pálido… —dije, viendo su rostro, carente de su tono ligeramente bronceado.
—Eso es porque necesita tomar más el sol —comentó en broma Richard, sonándose la nariz con el pañuelo que le había dado antes de entrar. Reímos un poco ante eso. Él siempre sabía cómo sacar una sonrisa, incluso en el momento más crudo.
—Tendremos que hacer otro picnic cuando esté mejor para remediarlo, ¿no os parece? —asentimos con la sugerencia de David.
Mientras el señor De Noir y Loveday descansaban en la sala de al lado por órdenes del doctor, nosotros estábamos en la habitación de Robin, observando cómo dormía plácidamente, sin inmutarse de nada de lo que sucedía a su alrededor. Casi reí al recordar sus burlas cuando se trataba de mis largas horas de sueño y lo excesivas que le parecían.
El recuerdo envió dagas a mi corazón, recordándome también, que aunque quisiera, no podía hacerle llegar la burla que tenía preparada para él.
—Robin no puede morir —pensé angustiosa en voz alta. Los tres se giraron para verme con el ceño fruncido. Se relajaron ligeramente al ver mi rostro, contraído por todas las emociones que me invadían. Se acercaron a mí, Henry pasó un brazo por mi espalda, Richard revolvió mi cabello y David me sacudió por los hombros con cariño.
—Pues claro que no, aún tiene mucha guerra que dar este desgraciado —rió el moreno.
—Seguro que está haciendo todo esto para librarse de trabajar esta semana. Ya sabemos que es un vago de mucho cuidado.
—Cuando se despierte tendrá tanto trabajo que no podrá volver a dormir en días.
Sus palabras, los comentario sarcásticos, irónicos y divertidos, aligeraron el peso de mi corazón. Era como colocar una tirita en la herida. Persistía, pero te protegía de dañarte aún más. Los abracé fuerte, los cuatro sintiendo que la pandilla no sería la misma sin el chico que yacía tumbado en la cama.
El sonido de la puerta al abrirse rechinando captó nuestra atención, el doctor entró con gesto cansado, no había parado de trabajar desde que uno de los hombres de Coeur De Noir había ido al pueblo a buscarlo a toda prisa.
—Creo que es hora de que os toméis un descanso, chicos, lo necesitáis —señaló a Robin—. Y él también. Mandaré que alguien del servicio venga a vigilarlo.
—Perdone, doctor —hablé antes de que se fuera. Parpadeó en mi dirección, invitándome a seguir—. ¿Puedo quedarme con él? —se lo pensó un poco—. Por favor —junté las manos, rogándole. No quería separarme de Robin. No quería ni pensar en si pasaba algo y yo no estaba junto a él para hacer algo al respecto.
—Venga, señor Michaels —azuzó Richard.
—No creo que quiera contrariarla, se pone histérica cuando le impiden algo —comentó David, haciendo que sonriera. El doctor frunció los labios, mirando al chico dormido y luego a mí. Finalmente asintió con una sonrisa, aliviándome al instante.
—Está bien, pero si ocurre cualquier cosa, avisame —agitó la cabeza en dirección a la puerta para decirle a los muchachos que ya era hora de abandonar la habitación. Pasaron por mi lado, sonriendo con complicidad antes de seguirlo y cerrar tras ellos.
Me acerqué a la cama, colocando la silla del escritorio cerca de ella. Miré a mi alrededor, fijándome en la decoración. Era la primera vez que estaba en la habitación de Robin. Su sombrero y chaqueta descansaban en una estaca de madera, colgadas en la pared cerca de su lecho. La sala era oscura, hecha de ladrillos, el techo con vigas de madera que parecía que en cualquier momento se caería sin avisar. La decoración era sencilla, en tonos marrones de madera oscura. Algunos de los muebles estaba segura de que eran obra de Robin, su estilo era similar al de la caja que me hizo en nuestra primera navidad.
Sonreí al ver la bufanda en la mesita, bien doblada y colocada. La tomé, sintiendo el suave tacto de la lana en mi mano. Le eché una mirada, aún dormía, sus rizos alborotados en la almohada. Pasé una mano por su cabello, quitando algunos mechones que le cubrían el rostro. Lo observé por un momento, fijándome en su semblante tenso, la herida de su abdomen, ahora vendada. Una imagen que no olvidaría jamás. Ver a la persona que más querías allí tumbada, sin poder hacer nada para que se sintiera mejor, queriendo intercambiar y ocupar su lugar si fuese necesario con tal de que estuviese bien. No puedo describir el miedo, el terror que sentía constantemente, pensando en lo que pasaría en las siguientes horas.
Dejé de acariciar su mejilla, llevando la mano a mi rostro, retirando las lágrimas que no podía frenar. Acallé mi sollozo, ocultando mi cara en la bufanda que aún tenía en mi poder.
—Por favor —susurré, dirigiendo mis ojos hacia él, esperando que abriera los suyos para mirarme—, por favor, Robin. No te puedes ir. No así. Todavía tienes muchas cosas que hacer, muchos logros que conseguir —agarré su mano, entrelazando mis dedos con los suyos, los cuales no me devolvieron el apretón, ni acariciaron el dorso de mi mano trazando formas en ella—. Todos están esperando a que despiertes; tu padre, Loveday, Henry, David, Richard, Tom… yo —incliné la cabeza, tragando saliva, me ahogaba en mis propias lágrimas. No hizo ningún movimiento—. Espero, por tu bien, que no te estés haciendo el dormido para que tenga toda mi atención puesta en ti, pajarito —sonreí levemente, recordando las travesuras que me confesó en la morada bajo el árbol, esperando que reaccionara, burlándose. No lo hizo—. Porque si es así, lo has conseguido, Robin De Noir. Aquí me tienes, asustada hasta la muerte por ti —enjuagué mi rostro, intentando calmarme. Pasé mis dedos por la cicatriz de su mano, recordando todos los momentos que pasamos juntos. Me quemaban la mente. Me agaché a su altura, lo suficientemente cerca de su rostro para que me pudiese escuchar, si es que podía—. No me dejes, Robin. Yo… Te necesito. No sabes cuánto. Y… Me gustaría poder hacértelo saber. Pero para eso tienes que despertar —le di un casto beso en la mejilla, llevando su mano más cerca de mí.
Y así permanecí por horas, sentada junto a su lecho, vigilando su sueño como él había hecho conmigo cuando yo lo necesitaba. Porque siempre me tendría a mí, pasase lo que pasase, así como yo lo había tenido a él.
—Maria —alguien agitó mi sueño. Fruncí el ceño, aún dormida—. Mi niña, despierta.
Abrí los ojos, confusa por dónde estaba en primer lugar. Todo volvió a mí cuando vi a Robin a mi lado. No recuerdo en qué momento me había acostado a su lado, pero verlo tan cerca con su rostro en mi dirección, hizo que me sonrojara un poco. Me incorporé, buscando a quién me había llamado.
—Loveday —me sonrió tenuemente, de pie junto a la cama—. ¿Qué pasa?
—Nada, querida —negó con la cabeza rápidamente—. El doctor vino hace un rato, para asegurarse de que todo estaba bien —mi rostro se calentó aún más al saber que alguien más había visto la escena—. Los dos creemos que deberías descansar de tu guardia, estás agotada. Estoy aquí para relevarte, sé que no quieres ni oír hablar de dejar a mi hermano, pero creo que necesitas despejarte un rato. Te hará bien —iba a replicar, pero me cortó—. Si hay novedades, serás la primera a la que busque, te lo prometo —la miré un momento antes de asentir. Me levanté, mirando hacia atrás antes de que la rubia me acompañara a la puerta y con una última sonrisa, me dejara en el pasillo.
Suspiré y decidí que lo mejor sería dar un paseo con tal de distraerme aunque no pudiese quitarme de la cabeza al chico. De nada serviría quedarme en la puerta, solo haría que Loveday se molestara conmigo por no hacerle caso.
En mi camino por el castillo, exploré todos los lugares en los que no había estado nunca. Llegué a un punto en el que no sabía ni dónde estaba. Creo que subí varios pisos, llegando a lo que debía ser la buhardilla. El lugar estaba lleno de muebles cubiertos por sábanas. Me desconcertó el hecho de que estuviese tan ordenado. No encajaba muy bien con la estética del castillo.
Curiosa, caminé en aquel laberinto hasta llegar al final de la sala. Un piano descansaba, el único mueble que no tenía sábana. Me acerqué al taburete, sentándome en el asiento de cuero. Parecía bien cuidado, a pesar de verse muy antiguo.
Deslicé mis dedos en las teclas blancas y negras, sintiendo la suavidad de las piezas. Decidí empezar a tocar, sintiéndome atraída por el instrumento. Me era imposible no hacerlo cada vez que veía un piano en cualquier lugar. Su melodía me daba consuelo. Esa sería mi manera de distraer mi mente de todos los acontecimientos ocurridos en las últimas horas.
Tras un buen rato tocando, un carraspeo hizo que diera un respingo y girara mi cabeza hacia atrás. Justo en la puerta, allí estaba Coeur De Noir, caminando despacio entre los muebles hacia mí. Inmediatamente dejé caer las manos del piano a mi regazo, agachando la cabeza con respeto cuando se colocó a mi lado.
—Siento si lo he molestado, señor —dije, temiendo haberlo despertado mientras descansaba, al fin y al cabo, aún era tarde. Por la ventana el cielo esclarecía, anticipando el amanecer que no tardaría en llegar.
—No, no, tranquila —levantó la mano, agitándola en el aire. Estudió el instrumento con un halo de melancolía en sus ojos marrones, muy parecidos a los de Robin—. Es solo que, al oír el sonido del piano, creí que podía tratarse de mi hijo. Le encanta tocar esta condenada cosa a cada momento libre que tiene —sonreí, recordando su promesa de aprender a como diera lugar—. Esa melodía debe ser su favorita —hizo alusión a la pieza musical que tocaba justo cuando entró. Era la canción que bailamos en la boda de su hermana, la que estaba tocando a su vez cuando me sorprendió en la sala de piano. De alguna manera, la concebía como nuestra canción—, siempre martirizaba a todo el castillo con ella —rodó los ojos, pero pude ver una mueca de diversión al recordar. Nunca había visto al señor De Noir así de relajado a mi alrededor. Siempre parecía tenso, desconfiado, su carácter rudo en todo momento acompañándolo a donde fuera. Tampoco lo había escuchado hablar de su hijo, ni para bien ni para mal—. ¿Qué haces aquí, niña?
—Loveday me ha relevado. Creyó que sería bueno para mí descansar un poco.
—No creo que descansar sea tocar el piano hasta la saciedad —su tono no era acusador, sino llano. Esbocé una pequeña sonrisa torcida.
—No puedo hallar descanso, tan solo consuelo en la música. Me gusta pensar en ella como un bálsamo que puede curar hasta la más profunda tristeza —acaricié la madera oscura.
—Eso solía decir Claire —levanté la vista para verlo un poco más cerca del piano, mirando una inscripción que había grabada en la madera, al lateral del objeto—. A mi mujer le gustaba mucho la música, por eso le regalé este piano, como regalo de bodas —una sonrisa curvó sus labios—. Era muy buena, la mejor pianista que he conocido.
—Robin me ha hablado de ella. Era una gran mujer —asintió, de acuerdo conmigo.
—Si te hubiera conocido, le habrías caído muy en gracia —fruncí el ceño.
—¿Usted cree? —volvió a asentir, despegando su mirada de las letras y enfocándose en mí esta vez—. Ojalá la hubiese conocido.
—Si ahora estuviese aquí, estoy seguro de que me despreciaría, por lo que ha pasado, porque no he sido capaz de cuidar de mi hijo como es debido —su expresión se tornó triste.
—Sus hijos son las mejores personas que he conocido. Debió ser difícil para usted criar a Loveday y Robin por su cuenta —intenté consolarlo, negó con la cabeza, apoyando las manos en la madera. A ese punto, se veía totalmente abatido.
—Podría haberlo hecho mejor. Robin no tuvo ni siquiera infancia desde que ella murió. Si no fuera por Loveday, ni sabría escribir —sonrió con ironía, una mueca disgustada—. Cuando se hizo un poco más mayor, empecé a volcar mis fracasos en él, exigiendo mucho, para que en un futuro fuera mejor que yo. Lo he presionado demasiado —no dije nada, guardé silencio, porque tenía razón. Nunca estuve de acuerdo en la manera que había elegido para criar a Robin, como lo trataba como si fuese un simple peón y no su propio hijo—. Por no hablar de que eché a mi hija de casa por el simple hecho de haberse enamorado. Si hubiese sido de un mal hombre… Por muchas diferencias que tenga con tu tío, no puedo negar que es una buena persona —asentí. El tío Benjamin tenía su carácter, pero amaba a Loveday con toda su alma, eso no se podía poner en duda—. Sí, Claire estaría decepcionada, por decir lo menos —agachó la cabeza. Lo miré por unos segundos, dudando en si hablar o no. No sabía cómo tomaría lo que tenía que decir.
—Nunca es tarde para remediarlo —alzó la vista, sus ojos nublados por las lágrimas y la culpabilidad que lo asolaban—. Aún puede arreglar las cosas con sus hijos. Dígales cómo se siente, abra su corazón. Si no lo hace, puede llegar el día, cómo hoy, en el que se arrepienta de no haber dicho lo que de verdad pensaba en el momento en el que lo hacía. Decir que apreciamos a los nuestros no nos hace menos fuertes, al contrario, es un acto de valentía, porque le estás haciendo saber tus pensamientos más profundos, confiando en que los acepte sin segundas intenciones. Cuando Robin despierte, porque lo hará —puse énfasis en esa frase, intentando convencerme a mí misma también de ello—, hágale saber que lo quiere más que a nada en el mundo, por encima de la soberbia, incluso. Sé que es verdad, puede que él no lo sepa, pero no veo mejor momento que ese para hacérselo saber de una vez por todas y empezar a hacer las cosas bien, ¿no cree? —sonreí, dándole ánimos y confianza. Me observó sin decir nada, parecía haber perdido la capacidad de hablar. Al salir de ese pequeño trance, retiró alguna lágrima perdida e intentó recomponerse con algo de timidez. Un hombre tan grande, avergonzado por mostrar sus sentimientos o vulnerabilidad.
—Ahora empiezo a entender por qué eres tan especial para Robin. Tu espíritu es admirable. —ladeé la cabeza ante el cambio de tema. Sonrió ante mi confusión—. Mi muchacho tiene suerte de tenerte en su vida.
—La afortunada soy yo. Robin tiene un alma valiente que dudo que pueda encontrar en otro lugar —le devolví el gesto. Asintió, pasando por mi lado hacia la salida, seguramente con intención de ir a la habitación de su hijo para hacerle compañía. No me estremecí cuando posó su amplia mano en mi hombro dándole un apretón y luego alejarse hacia la puerta, dejándome sola de nuevo.
Sonreí, contenta de saber que por fin las cosas parecían estar cambiando para mejor.
