Capítulo 44

Más de veinticuatro horas pasaron y con ellas, lo peor de la situación en la que se encontraba Robin. La morfina que le había suministrado el doctor tendría aún bastante efecto hasta que las heridas se curaran lo suficiente hasta que el resentimiento del dolor no le afectara.

Coeur De Noir había ordenado que preparasen habitaciones para nosotros, ya que quería que permaneciéramos allí hasta que el chico despertara. Algunos De Noir en el castillo se mostraron incómodos ante nuestra estancia, pero no les quedó más remedio que acatar sus órdenes, eventualmente con el tiempo se irían acostumbrando a la presencia de los Merryweather.

Yo no hice uso de la mía en los días que estuve allí. Pasaba todo el tiempo junto a Robin, en la silla más cómoda que me había podido conseguir Richad al verme una vez dormida de mala manera en el asiento. El dolor de cuello que me persiguió después seguramente se debía a eso.

Estaba sentada, mirando por la ventana la nieve que se extendía a lo lejos, brillando en todo el valle reflejada por la luz del sol. Ya quedaba poco para que empezara el invierno. Robin aún dormía en su cama, arropado por las mantas que le coloqué al percibir cierto frío filtrarse aún a pesar de los ladrillos que protegían bien el castillo del clima de fuera. Me encogí, refugiándome en la manta que tenía sobre mis hombros.

Henry estaba fuera, haciendo su turno de guardia mientras vigilaba el pasillo y los alrededores por si necesitaba algo.

Eché un ligero vistazo al chico tumbado en la cama, comprobando que todo seguía en orden, antes de volver a mi lectura. Una de las veces en las que me habían obligado a relevarme, había vuelto a la biblioteca en busca de un libro que me llamara la atención para poder pasar el rato mientras esperaba.

—Maria.

Levanté bruscamente la vista de las páginas amarillentas, buscando la fuente del sonido que se oyó de repente, sobresaltándome. Sentí que me quedaba sin respiración cuando vi sus ojos marrones mirarme desde la cama.

Robin's Pov

Me costó un mundo abrir los ojos. Llevaba queriendo hacerlo desde hace un buen rato, pero los párpados me pesaban tanto que se me hacía imposible aunque quisiera.

Tenía todo el cuerpo entumecido y dolorido. El torso me quemaba especialmente. Recuerdo que ahí fue donde el condenado animal se cebó conmigo. Seguramente me quedaría una gran cicatriz de recuerdo.

Alguien se movió a mi lado, no muy lejos, haciendo rechinar lo que me pareció madera vieja. Navegaba en un mundo sin sueños, percatándome de lo que sucedía a mi alrededor solo en algunas ocasiones. Era como caminar en un túnel, la oscuridad me rodeaba. Nunca le tuve miedo, pero en esos momentos, he de confesar que sí. Temía no poder abrir los ojos de nuevo. No ver a nadie nunca más.

Me obligué a hacer el esfuerzo, necesitaba hacerlo. Quería volver a la calidez que la luz me brindaba. Allí hacía demasiado frío para mi gusto. Pensé en toda la gente que quería ver al otro lado de aquel pasadizo. Los rostros de la gente que más apreciaba se dibujaron en mi mente. La pandilla, mi hermana, mi padre… Maria. Me detuve en ella, queriendo alcanzarla aún estando lejos. Pensé en su cabello rojizo, en sus ojos oscuros. Necesitaba verla, aunque solo fuera una vez más. Nunca me perdonaría dejarla sin haberle dicho cómo me sentía. No me marcharía como un cobarde que no se había confesado a la chica que amaba.

Después de lo que me parecieron siglos, por fin una tenue luz me recibió al abrir los ojos. Parpadeé, molesto por el exceso de claridad a su vez. Reconocí dónde estaba. Mi habitación era particularmente llamativa. Miré a mi alrededor, quejándome para mis adentros por el dolor en mi abdomen, algo con lo que tendría que lidiar durante un tiempo hasta que sanara del todo.

Mis ojos se detuvieron en la persona que había a mi lado, sentada leyendo tranquilamente sin que se percatara de mi consciencia. Estaba allí, conmigo. No pude evitar notar las ojeras debajo de sus ojos y su cara que denotaba cansancio. Por un momento me olvidé de todo, de mis heridas y lo que había ocurrido. Tan solo lograba enfocarme en ella. Para mí no había nada más.

—Maria —murmuré. Mi voz sonó grave, casi ronca. Sus ojos se dispararon hacia mí, como si de dos imanes se tratasen. Aún no podía creer que estuviese conmigo. Pensé que podría estar soñando pero cuando vi lágrimas y una sonrisa en su rostro, supe que no lo estaba. Se levantó a toda prisa, acercándose a la cama.

—¡Robin! Gracias a Dios —me estremecí de sorpresa y de gratitud cuando me agarró el rostro con ambas manos, examinándome—. ¡Henry, llama a Loveday! ¡Está despierto! —llamó, sin quitarme de su vista. Fuera se oyó a alguien correr por los pasillos. Me incliné en su toque, sintiendo la calidez de sus manos y sus dedos acariciando mis mejillas—. Menos mal que estás bien… Ya temía lo peor.

—¿Tan blando y debilucho me crees, princesa? —le di mi típica sonrisa ladina. Negó con la cabeza, entre incrédula por mi broma en un momento como ese y aliviada de que fuera capaz de tomármelo con el humor que me caracterizaba. Enjuagué una de las lágrimas que surcaban su mejilla, ocasionando que sonriera—. Aún vas a tener que soportarme por un buen rato, para tu desgracia.

—Oh, Robin —palmeó mi mano aún en su piel.

—Siento no haber podido llegar a la mansión —negó rápidamente—. Se me complicó el asunto —me dio un golpe en el hombro. Me quejé por la brusquedad. Pareció acordarse súbitamente de mi estado y se disculpó repetidas veces, aunque seguía sin dejar ese ceño fruncido de molestia.

—¡Eso ahora no importa! Además, no fue tu culpa.

—Me alegro de que no me odies por haber faltado a mi palabra una vez más —hice una mueca.

—¿Odiarte? Robin, has estado a punto de morir, ¿y lo único que te importa es saber si estoy enfadada por algo que ni siquiera podías controlar tú? —la incredulidad teñía su voz. No respondí, tan solo la observé. Retiré un mechón rojizo y lo coloqué tras su oreja. La mirada que me lanzó me dejó un poco descolocado. Estaba nerviosa pero a la vez sus ojos me miraban con una intensidad que solo me dejaba ver pocas veces.

—¿Has estado cuidando de mí? —señalé la silla. Eso la puso aún más nerviosa, mirando hacia todos los lados menos hacia mí. Evité reírme lo mejor que pude. Su reacción se me hizo adorable. Asintió tímidamente—. Qué suerte tengo. La Princesa de la Luna desvelada por mí. No muchos pueden alardear de eso.

—No seas tan engreído —soltó una risa junto a un resoplido y yo sonreí, contento de poder escucharla una vez más.

La puerta rechinó al abrirse y ella se alejó, dejándome con una sensación fría al dejar de sentirla tan cerca. Vi a Loveday detrás de su figura correr hacia mí con lágrimas de alegría en su cara. Después de que Maria se levantara para dejarle espacio y me abrazara hasta casi romperme la espalda, vi a mi padre de pie a mi lado.

Me miraba con ese cariño de padre que recordaba de cuando era pequeño. Esas veces en las que volvía a casa lleno de barro por haber estado jugando en el bosque con Loveday. Cuando mi madre aún vivía y ambos se reían de las pintas que traíamos.

Se sentó junto a mi hermana, la cual había decidido que ya era tiempo de dejarme respirar. Antes de que pudiera darme cuenta, mi padre había tirado de mí en un apretado abrazo, desconcertándome en el acto. Palmeó mi espalda varias veces. Me congelé por un momento, sin saber muy bien cómo reaccionar a la muestra de afecto tan inusual. Le devolví el apretón como pude pese a mi herida.

Me sorprendió pero también me alegró volver a ver a mi padre ser el mismo hombre afectuoso, el que mostraba sus sentimientos, que creí muerto hace décadas atrás.

Con la cabeza apoyada en su hombro vi a Maria de pie junto a su tío. Nos miraba con una mano en su pecho y una expresión de alivio y felicidad infinita. Me sonrió y río cuando mi padre se apartó casi atropellado por David, Richard y Henry, quienes palmearon sin miramiento mis hombros, cabeza y espalda, haciendo sus típicos chistes malos. Podía decir que me habían echado de menos.

Digweed y la señorita Heliotrope también estaban allí. La institutriz tenía en brazos a Tom, el pequeño me saludó al instante en el que me fijé en él. Le saqué la lengua en respuesta, sabiendo que se partiría de risa.

—Es bueno verte de vuelta, chico —la voz de Ser Benjamin me sorprendió. Asintió en mi dirección con una leve sonrisa. Le devolví el gesto al notar la ingenuidad de sus palabras.

—Hace falta algo más que esto para librarse de mí, señor —rió ante la broma.

—Mala hierba nunca muere —fallé en mi intento de golpear a David por el comentario. Llevaba mi sombrero en la mano, el cual había tomado de alguna parte, jugueteando con él descaradamente. Le cortaría la mano más tarde por atreverse siquiera a tocarlo.

Para mi suerte, Maria fue rápida y con astucia le arrebató el bombín al chico. Antes de que se percatara ya estaba colocándolo sobre mi cabeza. Palpé la tela suave mientras la miraba. No pude evitar sonreírle como estúpido. El estúpido enamorado que era, había sido y siempre sería por ella.

Eché un vistazo a todos los que estaban allí. Mentiría si dijera que no me hizo sentir querido y apreciado ver a todo el mundo tan feliz por verme de vuelta.

Es en momentos como ese que nos damos cuenta de lo importante que es la familia y que las riñas y peleas quedan relegadas a un segundo plano, olvidadas ante lo que de verdad importa.