Capítulo 45
Después de que Robin despertara, el señor De Noir mandó a buscar al doctor Michaels para que revisara al chico y asegurarse de que finalmente todo estaba bien. Tras la visita, mi tío había decidido que ya era tiempo de volver, en parte, no deseando causar más inconvenientes y también dado el hecho de que Robin necesitaba aún unos buenos días de descanso para recuperarse por completo.
Cuando le informé de mi partida a mi amigo, me sentí mal y apenada por no poder quedarme por más tiempo. Le restó importancia, como esperaba, prometiendo que nos veríamos antes de lo que pensaba y que intentaría recuperarse lo más rápido posible para poder dar paseos en el bosque como tanto nos gustaba. Decía eso, pero sus ojos y su sonrisa triste me decían que él me echaría de menos. Me fui haciéndole prometer que me haría llamar si necesitara algo, que yo acudiría tan rápido como un rayo. Lo hizo tras un ataque de risa y varias réplicas de las suyas como; "me mimas demasiado, no hagas que me acostumbre a esto".
Volvimos a la mansión y dejamos que el padre de Robin se encargara de cuidarlo y sus asuntos, por lo pronto los chicos tendrían que cubrir su turno de trabajo hasta que volviera a estar a cargo.
Recuerdo esos días de manera muy extraña, o eso me transmite el recuerdo que tengo de ellos. Mi tío estaba más tranquilo, al menos ya me dirigía la palabra y se mostró más amable conmigo, como solía ser hace años. Cuando sucedió el accidente, él fue un gran apoyo para Loveday y su padre. Pensé que el señor De Noir rechazaría su ayuda, pensando que era un acto de lástima o algo parecido a una actitud falsa de su parte, pero hablaron largo y tendido durante nuestra estancia en el castillo, al menos eso me dijo Loveday. Me alegró de que, al menos por esos días, dejaran esa rivalidad estúpida y se unieran por un propósito mayor como era el bienestar de su hijo y respectivo cuñado. También me hizo muy feliz que Robin hiciera las paces con su padre. Era un gran paso para que recuperaran esa relación de padre e hijo que solían tener en el pasado.
El ambiente parecía calmarse eventualmente. Me sentí mejor, anímicamente y físicamente. Ya no me dolía la cabeza ni me encontraba tan mal como en los últimos meses. Loveday y yo nos encargamos de arreglar los desperfectos que había sufrido la casa en silencio, restaurando el lugar como debía ser. En cuanto a Marmaduke, un buen día se despertó con la sorpresa de que había recuperado su teletransportación y velocidad que lo caracterizaban.
—¡He recuperado mi entusiasmo! —gritó de felicidad, dando vueltas por toda la casa ante nuestros ojos contentos.
Poco a poco, todo volvía a la normalidad.
También esos días estaban llenos de melancolía para mí. Hacía un par de semanas que no veía o hablaba con Robin. No quería molestar o ser un incordio, tanto para él como su padre, con mi presencia constante en su casa.
Una noche, me hallaba mirando el cielo iluminado por las estrellas y la gran luna a la distancia, acurrucada en mis mantas. Sabía que esa noche era especial. El valle emanaba magia y la fecha en el calendario que nunca podría olvidar me lo decían.
Faltaba poco para el amanecer.
Habían pasado años desde que lo había visto y ahora que tenía la oportunidad de nuevo, no pensaba desperdiciarla. Dejé la comodidad y calidez que me brindaban las sábanas y me alejé hacia el armario en busca de algo de abrigo. Me coloqué mi capa y finalmente salí por la puerta del pasadizo secreto.
Esa sería la segunda vez que lo vería. Lo que diferenciaba esa noche de la primera, era la falta de compañía apreciada que experimentaba en esa ocasión.
Robin's Pov
La luna brillaba a lo lejos, anunciando la llegada del amanecer en poco tiempo. Como cada año sin falta, empezaba el invierno para el valle de Moonacre.
Miraba el bosque fuera de mi ventana con ganas de lanzarme por esta y entrar en él para perderme por un rato, disfrutando de su tranquilidad. Tanto tiempo sin poder moverme de mi habitación, postrado en la cama por orden del médico, me afectaba de sobremanera. No podía evitar ser tan inquieto, me venía por naturaleza y yo no era capaz de pasar un solo día lejos del bosque en el que me había criado.
Tampoco ayudaba el hecho de que no había visto a Maria desde que se fue del castillo. Unos pocos días sin verla hacían que mi ánimo decayera por cada hora que pasaba en su ausencia. No sé cómo pude estar dos años completos sin ella. Seguramente, los peores y más desperdiciados años de mi vida.
Jugué con la cinta azul en mis manos. La tela, aunque desgastada por el paso del tiempo, aún tenía su encanto y brillo que la caracterizaban. La enrollé en uno de mis dedos distraídamente, mirando por la ventana, justo al otro lado del valle, posando la mirada en el mar que se extendía a lo lejos.
«¿Se acordará?» —no pude evitar pensar. Yo en cambio, lo recordaba todo muy bien, como si hubiese pasado ayer.
La duda y la indecisión se atascó en mi cabeza, martilleando hasta que no pude soportarlo más. Me levanté en busca de mi ropa. Me puse una camisa negra sobre las vendas que aún escondían mi cicatriz que ya había mejorado considerablemente. Guardé la cinta en el bolsillo de mi chaqueta antes de salir sigilosamente por el pasillo, no me arriesgaría a bajar por la ventana con la herida aún reciente.
La oscuridad me ayudó a ocultarme a la perfección y mimetizarme con el entorno. Estaba a punto de entrar al comedor principal para subir las escaleras que me llevaría a la puerta trasera hasta que una voz grave habló en el pasillo repentinamente, haciendo que diera un respingo.
—Es un poco temprano, ¿no? Incluso para ti, hijo —me giré para ver a mi padre vestido con su ropa de noche, apoyado en la pared. Empezaba a dudar de si mi viejo tenía algún tipo de poder o alarma que le avisara de todo lo que se cocía en el castillo o simplemente tenía un oído privilegiado.
—Necesito tomar el aire —dije simplemente, teniendo la esperanza de que no cuestionara mucho mi actitud.
—Ya, tanto tiempo encerrado debe ser duro para ti —asintió despacio. Me miraba con comprensión, un brillo sabio en sus ojos oscuros—. Abrígate bien cuando estés fuera, Robin. Hace frío —dijo simplemente. Lo miré por unos segundos, observando la ligera sonrisa en su rostro. Había algo más, algo que no había dicho, pero que yo sabía de alguna manera.
—Lo tendré en cuenta, padre —le devolví el gesto antes de que se perdiera por uno de los pasillos que llevaban a las habitaciones. No me quedé por mucho más tiempo, pero pensé en cómo las cosas estaban cambiando rápidamente. No me molestaba, la vida estaba llena de pequeños y grandes reveses. Nunca se sabe cuanto te puede sorprender.
Esa noche sería especial, lo podía sentir.
Maria's Pov
Caminé hacia el acantilado observando el cielo detenidamente, retirando la capucha de mi cabeza.
Me asomé con cuidado para ver las olas del mar chocar contra las rocas constantemente. El lugar seguía igual que siempre, tan enigmático y pacífico como lo recordaba la última vez que estuve allí.
Me senté al borde de la cornisa, mis piernas cayendo suspendidas en el aire. Empezaría dentro de poco, en cualquier momento amanecería y la luna se fusionaría con la luz del sol, creando esos rayos brillantes tan hermosos.
Junté mis manos en mi regazo, esperando pacientemente a que sucediera.
—La luna es preciosa, ¿no es así?
Me di la vuelta inmediatamente con el corazón en mi garganta. Inmediatamente sonreí a pesar de la sorpresa de encontrarlo allí, bajando las escaleras del anfiteatro, dirigiéndose hacia mí. No procesé muy bien por qué estaba allí, tan solo me fijé en la mueca que hizo al bajar el último escalón, posando su mano sutilmente en su abdomen. Me levanté a trompicones, corriendo hacia él.
—¡Robin! No deberías estar aquí, necesitas descansar —rió en voz baja—. No tiene gracia. ¡Se te podrían abrir los puntos!
—Ya estoy mejor. Aunque agradezco que te preocupes por mí, no es necesario, soy más fuerte que un roble —guiñó un ojo en mi dirección. Negué con la cabeza.
—Eres un cabezota.
—Mira quién fue a hablar —ladeó la cabeza con esa expresión divertida tan suya. Miró más allá de mí, observando el cielo que se esclarecía por momentos—. Ya casi está —asentí, entendiendo a lo que se refería—. Hace tiempo que no lo veo —clavé mis ojos en él, atrayendo su atención ante mi pregunta.
—¿No vienes? ¿Desde cuándo?
—Desde que te fuiste —soltó, tornándose un poco más serio.
—¿Por qué? —fruncí el ceño.
—Porque verlo por mi cuenta solo sería un recordatorio de que podía existir la posibilidad de que nunca lo pudiera volver a vivir contigo —sus palabras fueron dichas con tanta sinceridad que calentaron mi corazón, derritiéndome en el interior—. ¿Por qué has venido, Maria? —la pregunta me tomó un poco desprevenida. Se había acercado más a mí. Sus ojos marrones no dejaban los míos, atraídos por alguna razón que no pude explicar. Yo tampoco podía dejar de fijarme en cada punto negro en su iris, los diferentes tonos claros y oscuros que se fusionaban.
—Quería ver el comienzo del invierno —hice una pausa—. Me trae buenos recuerdos.
—A mí también —suspiró, dejando de mirarme para enfocar su atención a nuestro alrededor—. Todo era más fácil en esa época. Sin maldiciones, malentendidos, riñas, obstáculos…
—Pero puede volver a ser como antes —lo interrumpí—. Las familias parece que han llegado a un punto intermedio. La magia está volviendo al valle, ¡mira! —señalé el cielo, el cual ya dejaba entrever luz dorada y blanca que bañaba el agua—. Se ha arreglado. Ya ha pasado todo.
—Puede que se hayan reconciliado, pero yo hay asuntos de los que no me puedo olvidar, Maria —su rostro denotaba tristeza cuando lo volví a enfrentar.
—¿Cómo cuáles? —lo vi dudar, estaba teniendo un conflicto interno en ese momento, lo conocía bien.
—Hay cosas que no sabes y nunca te he contado.
—¿A qué te refieres? —la intriga que se estaba generando en mí podía conmigo. Se volvió para mirarme con una sonrisa triste que hizo temblar mi corazón. ¿Sería algo malo?
—Te he echado mucho de menos, ¿sabes? Sé que te puede parecer extraño o no me creas cuando lo digo —miró en mis ojos oscuros, tuve que hacer mucho esfuerzo por no perderme en los suyos—. Te dejé sola, no te escribí, ni te visité. Fui un mal amigo.
—Robin, eso está en el pasado. Yo no te guardo rencor.
—Lo sé, eres demasiado buena para tu propio bien, princesa —sus labios se curvaron un poco más—. Pero yo sí me guardo rencor y me culpo por eso.
—¿A qué viene todo esto? —estaba intentando entender a qué se debía que sacara el tema a relucir. Llegados a ese punto, toda mi atención estaba puesta en él, dejé de percibir el cielo, el mar e incluso el anfiteatro. Solo estábamos los dos.
—Creo que mereces una explicación de lo que ocurrió, de por qué nunca llegué, por qué nunca escribí —agarró aire, como si fuese a estar un buen rato sin respirar. Apretó los labios mientras me miraba con intensidad—. No llegué a ir a Londres porque pasó algo que no tenía previsto —mi yo interior sintió el alivio al oír esas palabras. En el fondo siempre lo había sabido. Me regañé mentalmente. ¿Cómo pude dudar de él?—. Al ir saliendo, me encontré con mi padre y tuvimos una conversación —fruncí el ceño.
—¿Qué clase de conversación?
—Digamos que me hizo "entender" algunas cosas con su charla de moralidad —hizo comillas con las manos, algo irritado y entristecido a la vez.
—¿Qué te dijo? —tardó un poco en responder, pensando muy bien en lo que iba decir. No hacía falta que respondiera inmediatamente para saber que la conversación no había sido de las mejores entre padre e hijo—. ¿Te prohibió ir?
—Ojalá hubiese sido eso. No, yo tomé esa decisión, aunque gracias a él —hizo una mueca—. Me dijo que estaba siendo un egoísta, por relacionarme contigo después de lo que había ocurrido. Después de que tu tío me despreciara a mí y a mi familia —quise replicar pero me detuvo cuando alzó su mano, indicándome que lo dejara continuar. Por algún motivo, no me miraba a los ojos, como si se sintiera avergonzado—. En ese momento pensé que tenía razón, que estaba pensando en mí cuando debía tener en cuenta lo más importante que era para mí —se me quedó enganchado el aire en los pulmones cuando habló y fijó sus preciosos ojos marrones en mí—. Tú. Debía pensar en ti, en lo que sería mejor para ti. Ya sabes como es mi familia. No son las mejores personas con las que uno se quiera relacionar.
—Y… pensaste que, por ende, tampoco debía relacionarme contigo —terminé por él, dando en el clavo cuando vi que asentía silenciosamente. Apreté los puños a mis lados—. Sabes perfectamente que siempre me dio igual lo que hicieras en el pasado o como sea tu familia.
—Pero a mí no me da igual. No cuando se trata de ti —cada palabra se clavaba en mi alma al igual que su mirada que se tornaba cada vez más intensa—. Casi te ocurre algo por estar relacionada conmigo, no quería mantenerte atada a mí sabiendo que podía ocurrirte algo grave. Conmigo no estás segura.
—Robin —di un paso adelante, reduciendo la distancia entre nosotros. Miré hacia arriba, mi cabeza a la altura de su pecho—, nunca, nadie, me ha hecho sentir más segura que tú. Jamás —sentí que se me humedecían los ojos—. ¿Sabes lo vacía que me sentí todo ese tiempo en Londres sin ti? Nunca me había sentido tan sola, ni siquiera cuando murió mi padre.
—No estabas sola, tenías a Evangeline y a George. Tienes gente que se preocupa por ti.
—Pero yo te quería a ti —lo corté, un nudo se instaló en mi garganta. No pude leer su expresión, demasiadas emociones juntas—. Quería que estuvieses conmigo, como siempre. Pasear los dos por el bosque, hablar de lo que fuera, me daba igual. Por eso me devastó que no me escribieras. Las cartas nos mantenían en contacto, hacía que todo fuera más llevadero. Cuando dejaste de hacerlo… Mi vida se silenció también, porque ya no estabas en ella —agachó la cabeza con culpa, pese a que no lo estaba regañando.
—Creí que era lo mejor —murmuró.
—No, no lo fue. Ni para mí, ni para ti —le di un vistazo de arriba abajo. No me gustaba verlo tan triste—. Solo hizo que todo fuera a peor.
—Pensé que estarías mejor sin mí. Sin problemas.
—Si estar contigo conlleva llevarme a un mundo lleno de problemas, montañas y obstáculos, lo aceptaría con gusto, Robin —sonreí, sintiendo mi corazón alterarse por lo que estaba diciendo—. Sabes que siempre me han gustado las aventuras y las complicaciones.
—No creo que merezca la pena tanto sacrificio por alguien como yo —se intentó apartar pero yo le agarré de la mano, estrechándola en la mía con fuerza.
—Te lo dije una vez hace no mucho y te lo vuelvo a repetir ahora; eres la persona más extraordinaria que he conocido. Lo arriesgaría todo por ti, como hiciste una vez, como siempre estás dispuesto a hacerlo. Robin —las palabras querían salir todas juntas. Me sentía ansiosa. Quería hacerle entender que estaba equivocado—, nunca me he sentido mejor que cuando estoy contigo.
Le sorprendieron mis palabras pero me sonrió cuando vio nuestras palmas juntas, nuestros dedos entrelazados y apretados. Apartó el cabello de mi rostro, como solía hacer. Dejó caer la mano hasta mi mejilla, trazando formas sobre ella. Sentí el contacto, enviándome calor al instante.
—Gracias.
—No se merecen.
—Claro que sí. Tú siempre estás aquí, conmigo. Cuando yo no siempre he estado junto a ti.
—En realidad, sí lo estabas —señalé mi pecho, justo donde se encontraba latiendo mi corazón—. Siempre te he llevado aquí —su sonrisa se curvó aún más. Buscó en el bolsillo de su chaqueta, sacando la cinta azul de dentro.
—Yo también —sonreí, intentando que no se notara mi emoción—. ¿No vas a preguntar por qué la conservo? —alzó una ceja, casi divertido.
—¿Porque te encanta guardarte mis cintas en el bolsillo? —negó con la cabeza, riendo en voz baja. Sentí su aliento suave en mi rostro.
—Porque es lo único material que me recordaba a ti —abrió la boca, intentando continuar. Su expresión se tornó un poco seria, como si necesitara estarlo para decir lo que quería—. Quería decirte una cosa, algo que te iba a decir cuando llegara a Londres —ladeé la cabeza, esperando a que continuara—. Lo he estado posponiendo por años, pero me he dado cuenta de que no puedo hacerlo por más tiempo. Casi muero hace unos días —agarró aire—, no podía irme sin que lo supieras.
—¿Qué–?
—Me di cuenta de que no podía marcharme de este mundo sin que supieras lo mucho que te aprecio, a ti, a esta amistad. No quiero perderte, pero necesito que lo sepas, porque este sentimiento me lleva persiguiendo desde que saltaste del acantilado. Cuando sentí que la única persona que supo ver a través de mí, la única que había confiado en mí sin segundas intenciones, se había ido para siempre. Luego creció y se tornó parte de mí cuando empezamos a vernos más. Nuestros paseos eran como una brisa reparadora para mí. Me das paz, me entiendes y me aceptas como soy. Siempre te he admirado, a ti y a tu espíritu, a lo terca que eres, a lo valiente que puedes volverte si se trata de dar la cara por la gente que te importa —su respiración se agitaba con cada palabra, supongo que en contraste a la mía que se iba tornando inexistente—. He aprendido varias cosas en todo este tiempo, una de ellas es que no puedo desperdiciar más el tiempo de lo que ya lo he hecho. Dios no me tiene en tanta consideración para concederme una tercera oportunidad. No puedo seguir siendo un cobarde que se niega a confesar que, —levantó mis manos a la altura de su pecho. A esas alturas la distancia era inexistente apenas—. te quiero, Maria.
Esas tres palabras, esas palabras que nunca pensé escuchar de sus labios, salieron con una suavidad que me acarició el alma, acarició mi corazón antaño roto y lo reconstruyó en un segundo, como si nunca se hubiese quebrado.
—Siempre lo he hecho, aunque no me hubiese dado cuenta hasta que te marchaste. Lo demás ya lo sabes, fui un idiota y lo siento tanto —se detuvo, esperando mi reacción. Al ver que solo lo miraba, sin decir ni una palabra, creo que entendió mal mi silencio prolongado—. Entiendo que tú no sientas lo mismo. No estás obligada a nada. Solo… quería que lo supieras —sus ojos querían ocultarlo, pero vi dolor en ellos. Temía el rechazo—. Entiendo si no quieres volver a tener ningún tipo de–
No pude soportarlo más, tanta disculpa suya. Mis labios encontraron los suyos en un segundo, antes de que pudiese llegar a asimilar lo que estaba ocurriendo. Yo había colocado mis brazos alrededor de su cuello, bajando su cabeza para poder alcanzarlo. Por un momento se quedó petrificado, sin hacer nada. Luego fue como si saliera de un trance, enroscando sus manos en mi cintura, apretándome más a él. Sus labios se movieron sobre los míos, haciendo que me derritiera de amor.
Lo había esperado por tanto tiempo, que apenas podía creer que estaba sucediendo.
Robin De Noir estaba enamorado de mí. Yo estaba enamorada de él. ¿Quién lo hubiese dicho?
La niña de trece años que llegó a Moonacre una tarde de otoño, jamás lo hubiese pensado, ni mucho menos imaginado.
—Yo también te quiero, pajarito idiota —susurré cuando nos separamos. Rió, juntando su frente con la mía—. Me has hecho esperar por mucho tiempo.
—No más que tú a mí —hice una mueca de falsa ofensa ante su impertinencia—. ¿Desde cuándo?
—Supongo que desde que me ayudaste con las perlas, solo que no lo sabía entonces —me abrazó más, si cabía la posibilidad.
—Vaya par de ciegos —reí, asintiendo ante su comentario. Giramos la cabeza para ver el espectáculo que habíamos obviado, demasiado perdidos el uno en el otro. Sentí que aquel paisaje combinaba a la perfección con el hermoso sentimiento que estaba experimentando en ese preciso instante.
Y allí nos quedamos, viendo el amanecer sentados en el mirador, cogidos de la mano. Por fin me sentí completa después de tanto tiempo buscando esa parte de mí que había dejado atrás en el valle.
Una Merryweather y un De Noir. Una princesa y un ladrón. Un alma pura y un espíritu valiente.
El destino era caprichoso, sin duda.
