Aviso: Escuchar "Dicha Feliz" de Virus mientras se lee este fanfic.
Iba siendo bastante tiempo que Stolas despertaba todos los días viendo el rostro de Blitzø, quien dormía acurrucado en un precario puf. Él era lo primero que veía por las mañanas. A veces el imp ya estaba hace rato levantado, haciendo el desayuno al mismo tiempo que tarareaba alegremente por lo bajo pegajosas melodías pop. El que en un pasado fue un respetado príncipe Goetia, ahora exiliado, se quedaba mirando la reptiliana cara de su compañero de piso, cuyas escamas brillaban como joyas cuando entraba un rayo de sol por la ventana. Así el demonio pájaro se quedaba, admirándolo, hasta que Blitzø despertaba o se percataba de su presencia, entonces Stolas de la impresión no podía evitar desviar la mirada por los nervios, sintiendo como la sangre le quemaba en la cara y el vientre se le llenaba de mariposas. Había días que la cascarrabias hija sabuesa de Blitzø, Loona se les unía para comer, aunque acostumbraba a desayunar sola más tarde en el trabajo, o levantarse más tarde los fines de semana.
Las primeras horas del día eran especiales porque eran las más "íntimas", si se podían llamar así. Era increíble lo poco que conocía al diablillo, a pesar que físicamente se conocían hasta los orificios.
Descubrió que Blitzø podía pasar horas y horas charlando de sus intereses, entre ellos su fascinación por los caballos, o que más allá de su gastada ropa de trabajo tenía un amplio repertorio en prendas, variando de trajes decentes masculinos a vestidos extravagantes. Cuando ambos tenían tiempo libre solían salir a comprar ropa, lo que hacían a menudo porque Stolas no tenía una colección muy amplia ahora que era más pobre que las ratas que Blitzø le conseguía para comer.
Incluso la Pecavidad pasada el imp le contó acerca de la distante relación que tenía con su hermana, quien rechazaba sus acercamientos desde hace años. Blitzø sabía sobre su compleja situación familiar, Stolas no se sentía todavía listo para abrir su corazón. Le bastaba con conocerlo más y pasar tiempo al lado del demonio que amó desde que ambos eran niños.
Blitzø podía ser una verdadera caja de sorpresas. Lo que no era una sorpresa para nada era lo que estaban haciendo ahora. Tarde o temprano pasaría. Estaban todo el día juntos, tanto en casa como en el trabajo y no habían roto lo que sea que tenían por incompatibilidad sexual. Un poco el hacer vida doméstica y la dinámica que tenían en el trabajo de Blitzø como el flamante jefe y Stolas como el secretario inexperto les había inflamado a ambos el deseo. Era cuestión de tiempo y un día en el cual quedasen solos en el departamento que aquello ocurriría.
Los dos tenuemente iluminados por la luz del televisor, el demonio pájaro tenía al imp encima, cubriéndole el cuerpo de besos. Stolas solo tenía un pensamiento peregrino en la cabeza y era el recuerdo de esa desastrosa noche en Ozzie's cuando Blitzø le rechazó un avance romántico.
"Solo abrazarnos" le había pedido, ante lo cual el diablillo le respondió con amargura que no actuase como si lo que tuviesen se tratase de algo más. Antes de eso ya se habían besado varias veces, pero ahora, los dos arriba del sofá que le había prestado Blitzø como cama, ambos con un par de manos entrelazadas mientras el otro par restante recorría el cuerpo del otro por debajo de la ropa: plumas contra escamas, todo se sentía nuevo y viejo al mismo tiempo.
A pesar de la tardanza, Blitzø estaba correspondiendo sus anhelos.
— Oh Gabriela, te extrañé tanto... —decía la voz con acento exótico de un demonio desde el televisor. Stolas apenas había abierto los ojos desde que se habían puesto a juguetear. Gimió cuando sintió los dientes de Blitzø mordisquear su cuello, del mismo modo que había hecho la primera vez que habían estado juntos de esa forma. La cola del imp se enroscó en uno de sus muslos y sintió cómo las mariposas de su estómago se hacían líquidas entre sus piernas, entre las garras de Blitzø que se adentraron en su cavidad.
Fue en ese instante, producto de la impresión vio por encima de los cuernos del imp una silueta familiar, cerniéndose sobre los dos como una jueza cruel y despiadada.
"Espero tengas una puta vida feliz con él, papá..."
Nunca había reparado en lo parecida que era en lo físico Octavia a su madre, era algo que había quedado opacado por su encanto natural. Estaba seguro que ese carisma era de ella misma, no lo había heredado de ninguno de sus progenitores. Desde que su hija le había reprochado haberla abandonado para rescatar a Blitzø que todas las noches soñaba con su mirada acusadora, la misma mirada que le devolvía la figura escuálida y derrotada que se le aparecía en el espejo todas las mañanas.
Despierto podía evitar verse a sí mismo, pero en sus pesadillas era imposible. Las pupilas blancas de sus ojos rojos se habían vuelto permanentes desde que Satán le había arrancado los poderes, lo que le hacía sentir inseguro, desnudo, y no de una forma placentera como sabía hacerle sentir Blitzø, sino como si todos pudiesen leer sus pensamientos a través de sus ojos, ahora expresivos.
En un pasado había sido un príncipe demoniaco a cargo de legiones enteras, para ahora ser un pajarito ansioso y vulnerable.
Hoy la sombra de Octavia no solo se parecía más que nunca a Stella, sino que sus ojos rencorosos eran los del propio Stolas, una quimera monstruosa, no su hija, sino el engendro que siempre quiso la familia Goetia.
Lanzó un quejido de angustia mientras cerraba de golpe las piernas y tapaba sus ojos con las manos, ante el desconcierto de Blitzø.
— ¿Stolas? —preguntó preocupado el imp, al mismo tiempo que se apartaba, arropaba a su compañero en el sofá y sobaba su hombro, acomodando sus plumas, limpiando las lágrimas que resbalaban de sus mejillas. Stolas sollozaba en un suave ulular, no por ello menos desconsolado.
Blitzø sabía el porqué de su reacción, no hacía falta preguntar.
