Capítulo 12


Escapismo


Durante los días siguientes, la casa se sostuvo en una paz frágil. Santana no volvió a tener fiebre ni sufrió otro cuadro tan devastador como el del jueves. El té de jengibre se convirtió en su aliado, y poco a poco comenzó a recuperar algo de color en el rostro.

Las jornadas transcurrieron entre pequeños momentos que, en otro estado emocional, quizá le habrían pasado desapercibidos.

Ver Bluey junto a Axel se hacía placentero, con él acurrucado contra su costado, riendo de algo que ella apenas entendía… aunque, después de algunos episodios, empezó a encontrarle el chiste.

Desayunar juntos, esquivando pequeños desastres, atrapando la manito de su pequeño justo a tiempo antes de que volcara el vaso de jugo.

Abrir las cajas de la mudanza que aún quedaban pendientes, sin mucho entusiasmo, pero encontrando objetos que le devolvían fragmentos de su historia...

Fue así como halló su diploma universitario, enmarcado, cubierto por papel burbuja. Tras quitarle el envoltorio de seguridad, lo sostuvo en sus manos por un momento, observándolo en silencio. Su título de psicóloga, el papel con letras doradas que en su momento sintió como un premio al esfuerzo. Ahora, en cambio, le generaba preguntas.

¿Dónde colgarlo? ¿En qué pared, de qué lugar? ¿Lo volvería a necesitar?

Las dudas apenas se asomaban antes de ser desplazadas por lo inmediato.

Axel la llamaba desde el otro lado del cuarto, señalando con entusiasmo una torre de cubos que había logrado armar. Santana lo observó, su sonrisa cansada y suave, y dejó el diploma a un lado, contra una pared, en el suelo.


El sábado por la mañana, al fin, el cielo amaneció sin nubes grises. La primera luz del día se filtró por la ventana, tibia, desvaneciendo la sombra persistente de los días anteriores.

Santana despertó con una sensación inusual: la naricita húmeda de su hijo rozando la suya.

Axel la miraba con sus ojos dulces y curiosos, expectante.

—Buenos días, mi amor —susurró, acariciándole la mejilla con ternura.

Axel parpadeó, como si procesara sus palabras. Santana se inclinó y le dejó un beso en la frente.

—Te amo —dijo, sin esperar respuesta, porque no la necesitaba. Porque su hijo aún era pequeño, y esas palabras las sentía, las entendía, pero no las decía.

Excepto que esta vez sí lo hizo.

—Te amo —repitió Axel, así, sin más.

El mundo se detuvo.

Santana se incorporó de golpe, con los ojos muy abiertos y el corazón latiéndole fuerte en el pecho.

—Ax… —susurró, con la voz atrapada entre la sorpresa y la emoción.

Axel sonrió, sin darse cuenta de la magnitud de lo que acababa de hacer. Santana sintió que algo dentro de ella se apretaba, se expandía, se desbordaba.

Quiso llamar a su madre, pero a esa hora ya estaba en el trabajo. Buscó el celular en la mesita de noche, pero entonces suspiró.

Por un instante, pensó en llamar a Quinn. O a Rachel. O a ambas. Pensó en contarles el hito que acababa de presenciar, compartir la alegría con quienes siempre habían estado ahí en cada paso importante de su vida.

Pero luego recordó que ya no se hablaba con ninguna de las dos.

El nudo en su garganta se tensó, pero cuando volvió la vista hacia su hijo, Axel simplemente la miraba con felicidad, con inocencia, sin esperar nada más que su atención.

Santana dejó el celular a un lado y lo abrazó fuerte, como si pudiera imprimir en su piel lo que acababa de suceder.

Y luego jugaron en la cama, revolviéndolo todo entre risas, entre caricias y cosquillas, felices de tenerse el uno al otro.


El domingo por la mañana, en su día libre, Maribel los sacó de casa.

Fueron juntos a un mercado cercano a una granja, en las afueras de Lima. El aire olía a tierra mojada y a fruta fresca. Los puestos exhibían hileras de verduras recién cosechadas, cajas de tomates de un rojo brillante y racimos de plátanos aún con el tallo verde.

Maribel escogía cada producto con la precisión de quien lleva toda la vida haciendo esto. Detrás de sus lentes Ray-Ban, Santana la veía de reojo, aún sorprendida por lo natural que le resultaba a su madre moverse en estos espacios, regateando precios sin esfuerzo, charlando con los vendedores como si fueran viejos amigos.

Pero la morena no tenía la mente en los vegetales.

Estaba enfocada en Axel.

Porque su hijo, de su mano, iba señalándolo todo con fascinación.

—¡Mamá, mamá! —llamó, señalando un corral donde había gallinas y pollitos.

Santana bajó la vista y vio la emoción en su rostro.

—Mira eso. ¿Te gustan? Se parecen a nosotros.

Axel asintió con entusiasmo y luego, sin previo aviso, comenzó a imitarlos.

—¡Pío, pío, pío! —exclamó con una vocecita aguda, agitando los brazos.

Santana rió con fuerza, sorprendida por la ocurrencia.

A su lado, Maribel también sonrió, sacudiendo la cabeza con diversión. Ambas se miraron de reojo, compartiendo una complicidad silenciosa.

El sonido de los pollitos quedó atrás cuando siguieron caminando entre los puestos, pero la sonrisa de Axel se mantenía intacta.

Entonces tropezó.

Santana sintió el instante exacto en que su hijo perdió el equilibrio. Un paso en falso, el cuerpito inclinándose hacia adelante…

Pero ella estaba ahí.

Su mano lo sostuvo con rapidez, lo enderezó antes de que pudiera caer.

Axel parpadeó, confundido, pero luego siguió caminando como si nada.

Fue como si supiera, con la certeza inquebrantable de un niño pequeño, que su mamá lo sostendría si tropezaba.

Y de eso se trataban esos días para Santana: de ser el pilar de su hijo.

De sujetarlo cuando trastabillara.

De darle algo estable, algo seguro, incluso cuando ella aún sentía que se tambaleaba.

Santana apretó con suavidad la mano de Axel.

Y siguieron caminando juntos mientras la tarde los empujaba con la calida brisa de las últimas semanas de primavera.


Había pasado una semana desde que el mundo se le puso de cabeza a Santana con la pelea con Quinn, su encuentro con Finn y con su ex novia de la adolescencia.

A media tarde, Maribel volvió del trabajo y cerró la puerta con un leve chasquido y, por primera vez en días, se encontró con algo inquietante.

Silencio.

Frunció el ceño.

Se había acostumbrado demasiado rápido a la presencia de su nieto y de su hija en la casa. Axel solía recibirla con un abrazo torpe y su hermosa alegría, sus manitos extendidas en cuanto la veía entrar. Y Santana… bueno, Santana no era de las efusivas, pero al menos la saludaba desde el sofá, medio enredada en una manta, con la mirada perdida en la televisión o en la pantalla de su celular.

Pero hoy, nada.

Dejó el bolso en el sofá y las llaves sobre la mesa, sintiendo una punzada de inquietud.

—Axel —llamó, en un tono más bajo del habitual, como si temiera romper el equilibrio de la casa.

No hubo respuesta.

Suspiró y se quitó los zapatos, avanzando en silencio por el pasillo y subiendo las escaleras con cautela. Tal vez estaban durmiendo la siesta juntos. O, tal vez, había pasado algo más. Temía toparse con su hija en una mueva crisis.

Al llegar al pasillo del piso superior, la vio.

Santana salía del baño, ajustándose un pendiente en la oreja izquierda. Llevaba ropa limpia, algo más arreglada de lo habitual por esos dias, y el cabello suelto, aún húmedo en las puntas.

Maribel entrecerró los ojos.

—¿Y tú qué traes? —preguntó con esa perspicacia que nunca perdía.

Santana hizo un gesto de silencio, llevándose un dedo a los labios.

—Axel duerme —susurró.

Maribel alzó las cejas. Bueno, eso explicaba la ausencia de ruido.

Pero su mirada se deslizó nuevamente sobre su hija.

La morena se veía diferente. Había vuelto a vestirse bien, incluso se había maquillado. Sutil, pero estaba ahí. Como si algo dentro de ella estuviera despertando.

—Ajá… —murmuró la mayor, sin apartar los ojos de ella mientras bajaban las escaleras juntas.

Entraron a la cocina, donde Santana ya tenía su computadora portátil abierta sobre la mesa, junto con su agenda y su teléfono. Maribel se cruzó de brazos, apoyándose contra el marco de la puerta, expectante.

—¿Y esto? —señaló con la barbilla.

Santana se sentó y deslizó los dedos sobre la tapa de su agenda.

—Estaba pensando en salir un rato —dijo, sin mucho preámbulo—. Ir a una cafetería, despejarme un poco. Aprovechar para organizar algunas cosas que tengo en pausa.

Maribel ladeó la cabeza.

—¿Ah, sí? ¿Como cuales?

—Trabajo—comentó Santana—. Ya recibí mails de algunos clientes que estan dispuestos a seguir sus sesiones en línea. Pero no tengo nada estructurado aún. No puedo dejarlos en espera por siempre.

Su madre asintió, cruzándose de brazos. Ya le había expresado sus opiniones a su hija respecto a su trabajo. Pero, por otro lado, si eso la mantenía algo más activa…

—Cierto. No deberías posponerlo por mucho más—apoyó aunque solo hacía dos semanas desde que vivian juntos.

—Lo sé. Por eso necesito que te quedes al pendiente de Axel por una hora o dos.

Maribel hizo una mueca, como si considerara la propuesta.

—Más tarde tengo mi clase de yoga con las vecinas —dijo—. Tengo que limpiar el gimnasio y organizar todo antes de que lleguen.

—Te prometo que no me tardo, mamá.

—Sí, sí…

Maribel le echó otro vistazo.

Definitivamente, Santana estaba mejorando. El asunto era no perderla de vista por mucho rato.

Pero antes de responder, Maribel tuvo un recordatorio súbito.

—¡Ah! —exclamó, dándose un leve golpe en la frente—. Me olvidé de algo antes de volver a casa.

Santana se cruzó de cejas.

—¿Qué cosa?

—Un trámite.

La morena frunció aún más el ceño.

—Puedo hacerlo yo, si quieres —ofreció, con una leve sonrisa—. Lo que sea con tal de salir un poco de casa.

Maribel la miró con duda.

—Bueno… Es un trámite sencillo. No debería tomarte mucho tiempo, pero no estoy segura de que te agrade hacerlo.

Santana apoyó un codo en la mesa y la miró con curiosidad.

—¿Qué es?

Maribel soltó un leve suspiro.

Y entonces, con cautela, le dio la respuesta.

—Un par de veces al año le pago a uno de los trabajadores del cementerio para que mantenga en condiciones la tumba de tu papá. Ellos suelen ocuparse del césped, pero si les das un incentivo, también limpian las lápidas y retiran las flores secas —explicó Maribel con naturalidad, extendiéndole un par de billetes a su hija.

Para ella, era un trámite más, una cuestión de mantenimiento. Algo práctico y necesario que alguien tenía que hacer.

Para Santana, no tanto.

Sintió que el aire empezaba a pesar.

Que una de sus primeras salidas después de días de encierro fuera al cementerio tenía algo de irónico. Un humor negro que no le hacía ninguna gracia.

Aun así, tomó el dinero con dedos inseguros.

—No pongas esa cara —insistió Maribel—. Si no quieres, no vas. No pasa nada. Pero te quiero aquí antes de las cinco.

Santana se humedeció los labios.

—No, está bien. Lo haré.

No era gran cosa. No tenía por qué complicarlo más de lo necesario.

Era solo un trámite.

No tenía que caminar más allá de la oficina de administración. No tenía que ir hasta la lápida de su padre.

No tenía que ver su nombre grabado en piedra.

Sintió algo similar a las náuseas al pensarlo.

La idea de enfrentar esa verdad, de poner los pies en ese suelo, la inquietaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. Pero, a la vez…

A la vez, ¿cómo negarse?

Maribel la observó con agudeza, notando la lucha interna que se reflejaba en su expresión.

—Ni siquiera tienes que ir a verlo si no quieres —dijo, con un tono más suave.

Santana soltó el aire con discreción.

Eso ayudaba.

No había querido ir en todo este tiempo. ¿Por qué sería diferente ahora?

Ya se había dejado invadir por demasiadas culpas como para sumarle una más.

Respiró hondo y asintió.

—Bien —murmuró—. Iré.

Maribel la estudió un segundo más y, finalmente, le dio una palmada en el hombro.

—Gracias, hija.

Santana guardó el dinero en el bolsillo de su chaqueta.


No era gran cosa.

Sin embargo, ser consciente de esto no impedía que la morena reviviera una y otra vez sus últimos momentos junto a su padre mientras conducía rumbo al cementerio. Si cerraba los ojos, todavía podía verse a sí misma llorando con la cabeza gacha frente a él, mientras Carlos deambulaba nervioso por su antiguo estudio, con las manos entrelazadas en la espalda y el ceño fruncido con una dureza que nunca antes había dirigido hacia ella.

—¿En qué nos equivocamos con tu madre…? —preguntó, sin molestarse en ocultar su enojo—. Te lo dimos todo, Santana. Las mejores cosas, todo lo que pedías. Y ahora me sales con semejante capricho.

—Esto no es un capricho, papá.

—¿Ah, no? ¿Entonces qué es? ¿Una fantasía?

—Estamos enamoradas.

Carlos soltó una risa breve y amarga, sin rastro de humor.

—Tonterías. No tienes la menor idea de lo que dices.

—¡Claro que sí! Amo a Brittany y ella me ama. Es tan simple como eso, no estamos cometiendo ningún crimen.

—¿Y cómo se lo explicarás a la familia? A tu madre, a la abuela… Dios mío, nadie dejará de hablar de esto.

—¡Qué importa lo que piensen los demás! Lo único que me interesaba era que lo supieras tú. ¿No puedes entender lo importante que es esto para mí? Lo feliz que ella me hace, los sueños que tenemos...

El hombre exhaló con fuerza, frotándose la frente con los dedos temblorosos.

—Yo ni siquiera… —Carlos se interrumpió, con la respiración agitada. Por primera vez en toda la conversación, titubeó. Luego cerró los ojos, como si eso pudiera evitar la realidad—. Ni siquiera puedo verte a los ojos en este momento.

Santana sintió que algo se rompía dentro de ella. Pero no dejó que su voz vacilara.

—Papá, por favor… —susurró, acercándose para tomarlo del brazo con suavidad.

Carlos se detuvo, pero no se giró a verla.

—Sigo siendo tu niña —insistió ella, con una súplica silenciosa en la mirada—. La misma con la que siempre hablaste, a quien siempre incitaste a ser valiente.

Él se tensó bajo su toque, como si sus palabras lo atravesaran. Pero no se permitió flaquear.

—Ya déjate de estupideces —soltó al fin, con un tono seco—. Y mejor ponte a pensar en tu futuro.

Se apartó de un tirón, obligándola a soltarlo. Caminó hasta la ventana y se quedó allí, de espaldas a ella, con las manos cruzadas detrás.

Santana tragó saliva con dificultad.

—Bien. Volveré más tarde —murmuró, dirigiéndose a la puerta.

Pero la voz de su padre la detuvo.

—No.

El peso de esa única palabra fue como un martillazo.

—Mientras sigas con esta tontería con tu amiga, no quiero ni que te me acerques. Y ni una palabra más sobre esto a nadie, ¿está claro?

A Santana le temblaban las manos, pero inspiró hondo, obligándose a mantener la compostura.

—Ella no es mi amiga —murmuró entre dientes, con la mandíbula tensa.

—Basta, Santana, te lo advierto.

—¿Por qué de repente estás siendo tan injusto?

El silencio se rompió de golpe.

—¡Porque me decepcionaste!

La voz de Carlos estalló en la habitación como un trueno.

Santana sintió el golpe de esas palabras, pero antes de que pudiera responder, él retomó el control de su tono, volviéndolo grave, pausado, como si cada sílaba le quemara la lengua.

—Me decepcionaste tanto que, si pudiera volver atrás y encontrar el punto exacto en el que me equivoqué contigo, tendría que volver al punto cero, donde tú no habías nacido.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Santana se cubrió la boca con una mano, sintiendo como si su propio padre la hubiera sentenciado a desaparecer.

No lo entendía.

No esperaba que todo fuera fácil, pero nunca imaginó que él diría algo así.

No significaba que fuera a detenerse. Nada ni nadie lo haría.

Con la barbilla en alto, sujetó la perilla de la puerta.

Y entonces, un estruendo la hizo volverse de golpe.

—¿Papá?

El horror se apoderó de su cuerpo cuando vio a Carlos desplomado en el suelo.

—¡¿Papá, qué pasa…?!

Corrió hacia él y se arrodilló a su lado, sosteniéndole la cabeza sobre sus rodillas. El médico la miró con pánico, llevándose las manos al pecho, luchando por respirar.

—¡Papá, dime qué hago! ¡Voy a llamar a una ambulancia, resiste!

Pero Carlos solo jadeaba, sin poder emitir palabra.


Dentro de su auto, en las afueras del cementerio, Santana negaba con la cabeza, apretando el volante.

A pesar de todo, a pesar de los años, todavía le indignaba no haber hecho más.

Nunca supo por qué su padre había rechazado con tanta vehemencia su relación con Brittany. Aún se lo preguntaba a veces, aunque sabía que era tan inútil como el tiempo que perdió sintiéndose culpable.

Ella no quiso que su padre se infartara. Nunca fue su intención.

Lo entendió hace años. Creyó haberlo superado.

Entonces, ¿por qué revivir esos remordimientos? ¿Para qué revolver el pasado si lo único que ganaba era amargarse?

¿Qué otra verdad no estaba viendo?

Una figura masculina pasó junto al Honda Accord de Santana, que aún no se atrevía a ingresar al cementerio. Reconoció al instante esa forma de caminar:

—¡Hey! —exclamó, abriendo la puerta del auto—. ¡Hudson!

Un par de bocinazos hicieron que Finn despertara de sus pensamientos y girara hacia ella, entrecerrando los ojos.

—No puede ser… ¿Santana? —preguntó, con sorpresa.

La morena sonrió con malicia al notar el pequeño ramo de rosas en sus manos.

—¿Qué pasa? ¿Le traes flores a tu amigo el sepulturero?

Finn bajó la mirada, sosteniendo el ramo con más fuerza.

—Hoy es nuestro aniversario con mi esposa.

El comentario la golpeó de inmediato. En su afán de molestarlo, había olvidado que Finn era viudo. Su postura se tornó más seria.

—Entonces no deberías llegar tarde —dijo, haciendo un gesto con la cabeza—. Vamos, sube.

Los siguientes minutos transcurrieron en silencio mientras recorrían el cementerio. Había más caminos de los que Santana recordaba. Finn le indicaba la dirección con monosílabos, hasta que finalmente llegaron a una lápida bajo un viejo cerezo japonés. La brisa hacía que los pétalos rosados cayeran sobre el césped iluminado por la tarde soleada.

—Bonito lugar, ¿no crees?

—Sí… —respondió Santana, sin saber muy bien qué más decir—. Bueno, yo debo seguir. Tengo que hablar con uno de los encargados.

—Ah, sí. Sé dónde están a esta hora —dijo Finn, desabrochándose el cinturón—. Espera, te llevaré con ellos.

—No es necesario, Hudson. Puedo arreglármelas sola.

—He dicho que esperes, mujer —sonrió el castaño—. Sé que Mía sabrá entenderlo.

Bajó del auto antes de que Santana pudiera insistir. Ella lo observó desde su asiento, sintiéndose un poco cohibida. Finn se paró frente a la lápida y, con naturalidad, comenzó a hablar. No era la primera vez que lo hacía. Tampoco sería la última.

Santana apartó la vista. Era un momento que no le pertenecía.

Deslizó el dedo por la pantalla de su celular, revisando los últimos mensajes que había intercambiado con Rachel antes de la pelea con Quinn. Se trataban, en su mayoría, de fotos y emojis: imágenes de Axel enviadas por ella, selfies de Iker y Rachel haciendo muecas en respuesta. Entre los mensajes, encontró un video del pequeño López haciendo un dibujo. Rachel había comentado:

"Todo un artista. Eso lo heredó de mi lado de la familia!"

Santana sonrió apenas. Un chiste interno que solían compartir.

De a ratos, le daban ganas de tantear el terreno. Ver cómo estaba todo después de la discusión con Quinn. Aunque aún no quería retomar el tema, el paso de los días le hacía creer que lo peor ya había pasado. Con toda la conmoción de haber vuelto a ver a Brittany aquella tarde, una semana atrás, ni siquiera tuvo oportunidad de contarle a Quinn que también se había reencontrado con Finn. Aunque, pensándolo bien, eso último tal vez no sería de su agrado.

¿Y qué…?

Volvió la vista hacia el hombre a unos metros de distancia. Finn estaba hincado frente a la tumba, con la postura de alguien a punto de pedir matrimonio. La comparación le provocó un escalofrío. La morena se frotó el brazo derecho y encendió la calefacción, intentando distraerse. Intentando no angustiarse.

¿Qué importaba que ella nunca tendría a alguien que le llevara flores en su aniversario de bodas? ¿Para qué pensar en eso?

Quizás, reflexionó, para no pensar en su padre. Ni en Brittany. Ni en lo que Quinn se había atrevido a ocultarle respecto a esa rubia. Porque si Santana se había afligido tanto por todo ello, también era para no enfrentarse a la verdad más cruda de todas: Finn le había confesado, casi por accidente, que Blaine la había engañado prácticamente desde el inicio de su matrimonio.

Daría lo que fuera por nunca haberse cruzado con aquel ojos verdes. Por no haberle abierto tantas puertas en su vida. Por más que tratara de mostrarse entera, le resultaba imposible ocultar la rabia y la angustia de haber amado a alguien que, al final, la había dejado. Otra vez.

Y eso ni siquiera era lo peor.

Lo más terrible era presenciar las consecuencias de esa ausencia en Axel. A veces era doloroso, incluso, mirarlo a la cara. Su pequeño hijo, a tan corta edad, con un padre que le dio la espalda... Ella sabía lo que era eso, vivir con eso. Pero con Axel no. A él no se le lastima ni mucho menos se le deja con una herida que ni siquiera puede nombrar aún.

Ella podía estar rota, pero no iba a permitir que su hijo lo pague. Podía sentirse perdida y sin rumbo, pero Axel tendrá estabilidad.

Blaine la destrozó, sí. La dejó con el peso de un matrimonio que fue una farsa. Pero no le quitará más.

No le quitará a su hijo.

No le quitará la oportunidad de ser la madre que Axel merece.

Tenían que seguir adelante. En especial ella.

Si había un lugar donde se aprendía que nadie en la vida era imprescindible, era un cementerio.

El amor se acaba. Se muere. Esa era la realidad. Y sí, la habían dejado. La habían engañado. ¿Qué ganaba con negarlo? No tenía por qué tirarse al abandono. Ni tiempo para hacerlo. Lo único que podía hacer era sostenerse a sí misma con algo de respeto y dignidad. Porque eso ni Blaine ni nadie se lo había llevado.

Pues ya estaba. Se acabó.Tocaba dejar de lamentarse. De boicotear su propio avance con culpas y dudas insulsas.

Ahora, nada la detendría.

Y tampoco volvería a amar a nadie lo suficiente como para arriesgarse a ser lastimada así otra vez.

Santana apoyó la frente en el volante y suspiró, sintiendo el peso de su propio cansancio.

No estaba corriendo como solía hacerlo. No físicamente, al menos. Pero la huida seguía ahí, agazapada en cada distracción, en cada nuevo problema que elegía atender antes que enfrentar lo que de verdad la carcomía por dentro.

Y lo sabía.

Pero lo peor de todo… es que aún no estaba lista para detenerse.

Encendió el motor. Ya quería salir del cementerio, sin mirar atrás.