Disclaimier:Los personajes son de S.M, yo solo los tomo prestados para hacer esta historia y salir un poco de la vida cotidiana.

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Paparazzi

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Entre empujones, me dejo arrastrar por Edward. Al entrar al lobby del edificio, sigue tirando de mí hasta llevarme a una de las oficinas en la planta baja. El ambiente es frío y profesional, pero tan pronto como cruzo la puerta y me encuentro dentro de esas cuatro paredes, todo cambia. El aire se vuelve denso, casi sofocante, y recuerdo de golpe lo que ocurrió ayer. La urgencia de escapar de este lugar se apodera de mí.

Miro al techo, tratando de parecer distraída para evitar mirarlo a él. Si lo hago, temo que perderé el control, igual que ayer.

—¿Estás bien? —su pregunta me devuelve a la realidad, y finalmente, lo miro.

Me quedo inmóvil como una estatua, observándolo por un par de segundos. Siento cómo el espacio parece reducirse, y algo dentro de mí comienza a revolotear: una mezcla de ansiedad y deseo que apenas puedo contener. Asiento un par de veces, confundida por lo que estoy sintiendo.

—Sí, estoy bien —comento. Me obligo a pensar en otra cosa, y al parecer funciona, porque el recuerdo de aquella mujer y sus comentarios sobre Rosalie me invade, llenándome ahora de una mezcla de miedo y coraje—. Sin embargo, si no recuerdo mal, dijiste que las habladurías iban a parar.

Edward me observa detenidamente, su expresión imperturbable.

—¿Qué dijeron? —cuestiona.

—Por alguna razón, se han enterado de mi familia. No sé hasta qué punto, pero sospecho que saben dw lo que le ha sucedido a Rosalie—respondo con molestia, cruzando los brazos con fuerza.

Él no dice nada, pero su rostro se vuelve serio, retomando esa expresión impenetrable del "señor cara de piedra" que conocí desde el principio.

—Eso es lamentable, pero, a decir verdad, solo estás cosechando lo que sembraste —murmura en voz baja.

Le doy una mirada poco agradable, aunque no dura mucho porque sé que tiene algo de razón. Más tarde tendré que llamar a Rose para saber si la noticia ha llegado a ella. Respiro profundamente y decido cambiar de tema. Es mejor enfocarme en lo que vine a hacer aquí.

—Bien. Estoy aquí. ¿En qué consiste mi trabajo?

Edward camina hacia la puerta, y noto, sorprendida, que hoy no lleva traje. En cambio, viste ropa informal: unos vaqueros negros, una camiseta azul oscuro y un saco negro que resalta sus hombros. Cuando me mira, aparto la vista rápidamente, intentando que no note que lo estaba observando.

—Acompáñame —dice, abriendo la puerta y saliendo primero.

Eso me da la ventaja de echarle un vistazo rápido a su trasero. No es el mejor que he visto, pero al menos no lo tiene tan plano.

Intento no sonreír ante mi pensamiento y lo sigo en silencio, esforzándome por mantener la compostura profesional.

Mientras caminamos por los pasillos del edificio, me doy cuenta de que este trabajo, este ambiente, es algo completamente nuevo para mí, y no puedo evitar sentir cierta incertidumbre.

De repente, Edward se detiene y me indica una sala amplia donde varias personas están trabajando en algunos escritorios. El ambiente es tenso, serio, y de alguna forma entiendo que este lugar no permite errores. Trago saliva, preparándome mentalmente; sé que este será un reto, pero también una oportunidad para demostrar de qué estoy hecha.

Edward me presenta al equipo de trabajo y después se marcha. El equipo me da la bienvenida y me explica en qué consistirá mi labor. Poco a poco, el tiempo transcurre mientras me sumerjo en mis tareas, descubriendo, para mi sorpresa, que realmente disfruto lo que estoy haciendo.

El día se me pasa en un abrir y cerrar de ojos. Cuando al fin termino, una mujer, que deduzco es un par de años mayor que yo, me informa que hemos concluido por hoy. Entrego el equipo, y mientras me dirijo a la salida del hotel para esperar a Seth, el tipo grandote llamado Emmett aparece de repente frente a mí. Lo miro con una ceja levantada.

—¿Ahora tú vas a ser mi niñero?

Él solo niega con la cabeza, impasible.

—Estoy aquí para supervisar que todo vaya bien. Te acompañaré afuera para evitar problemas y que puedas regresar a la casa de los Cullen.

Asiento. Comenzamos a caminar hacia la salida, pero a mitad de camino me detengo.

—¿Dónde está Edward? Necesito hablar con él antes de irme.

No era algo de vida o muerte, pero ya que estaba por aquí, necesitaba decirle que me iría de su casa en un par de días, y que podía enviar a Seth a recogerme a mi edificio. O, si lo prefería, yo misma podría venir aquí en mi coche.

Emmett niega con la cabeza.

—Se lo diré, y él te buscará más tarde.

No. Porque eso significaría que Edward iría a la casa, y no quería encontrarlo ahí. Al menos no por lo que restaba del día. Así que pienso que lo mejor es hablar con él ahora mismo.

—Quiero verlo ahora. Y tú tienes que llevarme con él —demandé.

Emmett suspira, claramente irritado, pero al final accede y me guía hasta el ascensor. Subimos al mismo piso en el que estuve el otro día. Toca un par de veces antes de que Edward abra la puerta.

Edward parece sorprendido al verme, pero no dice nada. Sin esperar invitación, me adentro en la oficina y, para mi sorpresa, descubro que no está solo: Tanya se encuentra ahí también. En cuanto me ve, una sonrisa maliciosa se dibuja en sus labios.

Le devuelvo la sonrisa, con una satisfacción retadora. No me agrada para nada por lo ocurrido con anterioridad, así que no voy a ponérselo fácil mientras dure mi estancia.

Al principio vacilo un poco, pero después me armo de confianza y miro a Edward, dándole una amplia sonrisa.

—Hola, cariño —digo, acercándome a él. Me pongo de puntillas y busco su mejilla para plantar un beso; no me atrevo a ir más allá por el momento. Sin embargo, para mi sorpresa, Edward coloca sus manos a cada lado de mi rostro y me besa de forma profunda. Me retiro de su alcance tan rápido como puedo, sintiendo las piernas un poco débiles.

Miro a la rubia, y aunque intenta ocultarlo, sé que está furiosa por dentro.

—Hola, Tanya —saludo, intentando mantener un tono despreocupado.

—Isabella... —responde ella con frialdad.

Ignorándola, me giro hacia Edward.

—Necesito hablar contigo. A solas, por supuesto —suelto. Aunque ahora no estoy tan segura de que eso sea buena idea.

Edward me mira a mí y después a Tanya.

—Claro —responde él, y luego vuelve a mirarla a ella—. Hablaremos después, Tanya.

Cuando Tanya se va, el silencio se instala entre nosotros, uno lleno de tensión latente. Maldigo por lo bajo, sintiendo cómo Edward me observa de una manera que desarma cualquier barrera que trato de mantener.

Respiro profundamente, todavía sintiendo cómo mis labios hormiguean por su beso. Cierro los ojos con fuerza y respiro hondo. Cuando los abro, él está a solo unos centímetros de distancia.

Me levanto de puntillas y paso mis manos por su cuello. Nos besamos en un gesto salvaje, apasionado, sin reservas. El mundo se desvanece a nuestro alrededor, y por un instante solo existimos él y yo, enredados en esta guerra de emociones encontradas.

Caminamos juntos por la habitación, nuestros cuerpos pegados como si no quisiéramos separarnos nunca. Tropiezo con el borde de una cama, y me detengo. Mi respiración está desbocada, y la de él no es diferente.

—¿Quieres esto? —su voz ronca me envuelve.

Sin decir nada, mis manos buscan los botones de su camisa, desabrochándolos con rapidez, aunque mis dedos tiemblan un poco.

—Sí —susurro, tan bajo que casi no me escucho.

—Bien —dice él, y la intensidad de su mirada me hace estremecer.

Volvemos a besarnos, desesperados, mientras nuestras manos intentan deshacerse de cada prenda que nos separa. No sé cómo, pero acabo cayendo sobre la cama, quedando solo en ropa interior. Él se quita los pantalones con movimientos rápidos y seguros, como si no pudiera esperar ni un segundo más. Cuando sube a la cama, lo hace con la elegancia y la fuerza de un depredador que se acerca a su presa.

Coloco mis manos en su pecho, deteniéndolo.

—Espera. Quiero que esto quede claro. Si vamos a hacer esto, quiero que sepas que es porque que lo quiero y no por Dinero.

Sus ojos oscuros me buscan, y su expresión se suaviza un instante.

— Bien—responde, inclinándose para besar la comisura de mis labios.

Lo detengo otra vez, dejando que nuestras miradas se encuentren.

—Y si estoy aquí, si hago esto, es porque solo quiero sexo.

Asiente despacio, como si entendiera exactamente lo que quiero decir.

—Lo comprendo.

Un momento de silencio nos envuelve, como si quisiéramos recordar esto para siempre. Pero la pasión vuelve a tomar el control, y lo siguiente que sé es que estoy sobre él, cambiando nuestra posición. Con dedos firmes, llevo mis manos al broche de mi sostén y lo desabrocho. Su mirada está fija en mí, ardiente y hambrienta. Cuando lo dejo caer a un lado, él se inclina hacia adelante y toma uno de mis pezones en su boca.

El placer es tan abrumador que no puedo evitar arquear la espalda. Dios, esto es increíble. Comienzo a mover las caderas, buscando más fricción entre nosotros.

Sus manos descienden por mi cuerpo, lentas y seguras, hasta llegar al elástico de mis bragas. Cuando tira de ellas, levanto mis caderas para facilitarle el trabajo.

Estoy desnuda ante él. Totalmente expuesta. Sus manos recorren mi piel con una mezcla de ternura y deseo que me hace estremecer.

—Mierda... —murmuro, perdiéndome en la intensidad del momento.

Edward nos gira, y ahora estoy debajo de él. Sus labios comienzan un camino de besos desde mis senos hasta mi pelvis, dejando un rastro de calor en cada lugar que tocan. Mi corazón late con tanta fuerza que temo que él pueda escucharlo.

De repente, se baja de la cama y me arrastra con él hasta el borde. Me apoyo sobre los codos, observándolo mientras se acerca. Sus ojos no se apartan de los míos, y cuando su lengua roza mi sexo, un gemido escapa de mis labios antes de que pueda contenerlo.

Él me observa mientras trabaja con precisión, explorándome como si quisiera memorizar cada rincón de mi cuerpo. La presión en mi vientre crece, y siento que estoy al borde de explotar.

—Oh, Dios... ¡Más! —gimo, mis caderas moviéndose por sí solas contra su rostro.

Introduce un dedo en mi interior mientras succiona mi clítoris, y eso es todo lo que puedo soportar. Mi cuerpo se arquea y tiembla mientras me pierdo en un orgasmo tan intenso que me roba el aliento. Apenas puedo escuchar su risa de fondo mientras mi mente trata de volver a la realidad.

Cuando por fin recupero el control, lo veo sobre mí. Su mirada se encuentra con la mía mientras se acomoda entre mis piernas.

—No estoy usando... —comienzo a decir, pero él me interrumpe con un beso.

—Ya me puse un preservativo mientras volvías.

Una sonrisa divertida aparece en mi rostro.

—¿Siempre tan precavido, señor Cullen ?

Arquea una ceja, pero no dice nada. En lugar de eso, presiona la punta de su pene contra mi entrada y comienza a adentrarse.

Hace mucho que no hago esto, y mi cuerpo necesita un momento para adaptarse. Ambos gemimos cuando finalmente está completamente dentro de mí. Se queda quieto, permitiéndome ajustarme a él.

—¿Estás lista? —pregunta, su voz cargada de deseo.

Muevo mis caderas en respuesta, y él sonríe antes de comenzar a moverse. Sus movimientos son lentos al principio, pero poco a poco aumentan de ritmo. Una de sus manos encuentra mi clítoris, y cuando lo acaricia, mi boca se abre en un gemido sorprendido.

—Ah... ahí —susurro, incapaz de contenerme.

Cada embestida es un recordatorio de cuánto necesito en este momento, y el placer no deja de crecer. Estoy hiperventilando, y los sonidos que salen de mi boca son completamente nuevos para mí.

Cuando su ritmo se vuelve frenético, llevo mis manos a sus glúteos y los aprieto con fuerza. Mi cuerpo entero está al borde del abismo.

Finalmente, todo explota. Mi cuerpo tiembla, retorciéndose bajo él mientras el orgasmo me consume. Apenas un momento después, él también llega al clímax, dejando escapar un gruñido profundo que me hace sonreír entre jadeos.

Velo así, perdido en el placer, es increíblemente sexy.

Cuando todo termina, Edward se levanta para ir al baño y deshacerse del preservativo. Me recuesto en la cama, intentando recuperar el aliento. Mi plan es vestirme e irme, pero mis párpados pesan demasiado, y antes de darme cuenta, me quedo profundamente dormida.


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