De Dalila a Queen
Aún en el techo, los dos titanes compartían un momento de calma, sumidos en su propio mundo. Pero la titánide, con la travesura pintada en el rostro, se acercó sigilosamente a King. Con un ágil movimiento, le arrancó la corona de la cabeza y echó a correr.
—¡Oye! ¡¿Qué demonios haces?! —gritó King, atónito, viendo cómo ella escapaba en dirección al mercado.
Sin pensarlo dos veces, se lanzó tras ella, saltando entre los puestos y el bullicio de Huesosburgo. La titánide giró la cabeza y, con una risa burlona, soltó un sonoro:
—¡ÑAAAA!
La persecución continuó hasta que, en un rincón apartado, la titánide se detuvo de golpe. Frente a ellos, un guardia del Aquelarre del Emperador esperaba con los brazos cruzados. Su mirada fría y severa lo decía todo.
—Justo a tiempo —murmuró el guardia, observando la corona en las manos de la titánide.
Sin dudarlo, ella se la entregó.
King sintió cómo el aire se le atascaba en los pulmones.
—¡¿Q-Qué?! —balbuceó, viendo al guardia tomar su preciada corona y darle a la titánide una pequeña bolsa de caracoles a cambio.
El guardia asintió con aprobación.
—El Guardián Wrath hizo bien en contratarte. Buen trabajo, pequeña Dalila.
—¿Dalila…?
King sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. ¿Acaso todo había sido una trampa? ¿Ella lo había engañado solo por dinero?
—¡No, no, no, no, no! —chilló, su voz quebrándose—. ¡Dime que no es cierto!
Pero la titánide abrazó su bolsa de caracoles con una expresión de pura satisfacción y, sin un ápice de remordimiento, respondió con una ligera risita:
—Ñaaa.
Acto seguido, le sacó la lengua y salió disparada en cuatro patas, sujetando su tesoro con la boca.
—¡Maldita seas! —rugió King, con los ojos llenos de lágrimas.
Antes de que pudiera reaccionar, el guardia lo agarró por el collar que siempre llevaba al cuello y lo atrajo hacia él con fuerza.
—Si quieres recuperar tu corona, dile a la Dama Búho que se entregue.
Y sin más, lo arrojó sin miramientos dentro de un basurero viviente. La boca del contenedor lo devoró de inmediato y, con un sonoro pffft, lo escupió con desdén.
Cubierto de desperdicios y con el orgullo hecho trizas, King emergió del montón de basura. Caminó sin rumbo entre la multitud, sollozando suavemente. No podía comprender lo que acababa de suceder.
Desde su escondite, la titánide lo observaba mientras mordisqueaba un cupcake. Algo en su interior se revolvió al verlo así. La imagen de King, roto y solitario, con lágrimas en los ojos, despertó en su pecho una punzada desconocida.
Remordimiento.
Su instinto le gritaba que había hecho lo correcto. Ella necesitaba comer, después de todo. Pero…
¿Por qué se sentía así?
Por primera vez, dudó.
Sin pensarlo demasiado, se impulsó hacia adelante y corrió tras él, llamándolo con un tono suave, casi dolido:
—Ñañaa…
King alzó la vista y, al verla, la ira estalló en su interior.
—¡BASTARDA!
Se lanzó sobre ella con furia, derribándola al suelo. La acorraló, alzando su garra derecha en el aire, temblando de rabia.
—¡¿QUÉ ESPERAS?! ¡DEFIÉNDETE! ¡¿O ES QUE TE DA IGUAL QUE TE ARRANQUE LOS OJOS?!
La titánide no hizo nada. Solo lo miró con lágrimas corriendo por su rostro y cerró los ojos, aceptando su destino.
King dudó.
Algo dentro de él hizo clic.
—Bella, seductora y manipuladora…
Se apartó de ella con un suspiro pesado, dejándola levantarse.
La titánide se sacudió el polvo, rebuscó en su espalda y sacó un cupcake, ofreciéndoselo.
King lo tomó, desconcertado. La observó mientras sacaba otro para ella y comenzaba a comerlo en silencio.
—La mujer digna de un dictador…
Ella tragó el último bocado y, con una leve risa, murmuró:
—Ñañaaa.
King no pudo evitar reír también. Le dio un mordisco a su cupcake, disfrutando del sabor antes de preguntar:
—Así que… ¿Te llamas Dalila?
La titánide soltó otra risita y negó con la cabeza.
—Ñañañaaa.
King rió de nuevo.
—Ok… Entonces, como sigues siendo mi reina, eres Queen.
La titánide, ahora nombrada Queen, volvió a lagrimear, pero esta vez de felicidad y…
—¡ÑAAAAAA!
Se abalanzó sobre King con entusiasmo, haciendo que ambos rodaran por el suelo enredados en un torbellino de risas y juego.
Cuando finalmente se detuvieron, Queen, con la curiosidad brillando en sus ojos, inclinó la cabeza y preguntó:
—¿Ñañañaña...?
King adoptó una expresión confiada antes de responder:
—¿Mi corona? No te preocupes, la Dama Búho y yo nos las arreglaremos para recuperarla.
