Disclaimer: todo personaje reconocible de «The Twilight Saga» es propiedad e invención de la escritora Stephenie Meyer. La idea está inspirada en la novela de Caroline Kepnes, «You», adaptada a serie de televisión por Netflix bajo el mismo nombre.
Advertencia: todos humanos.
Capítulo 1
«Llegaste a mí»
I.
Las casualidades no existen. Quien cree en ellas es ingenuo, un ciego que tropieza con su propia falta de visión. Nada en este mundo sucede sin un motivo, sin una serie de causas que conducen a una consecuencia inevitable. Así es como funciona la vida: una cadena de eventos, perfectamente orquestados, llevando a cada persona exactamente donde debe estar. Como tú, Bella. Como yo.
Forks es un pueblo muerto. No lo digo en el sentido metafórico de los escritores que buscan darle un aire poético a lo mundano. No. Forks está verdaderamente muerto, asfixiado bajo el peso de la lluvia perpetua, con sus calles grises y su monotonía inquebrantable. Nada cambia aquí. No hay emoción, no hay expectativa. Solo los mismos rostros, las mismas conversaciones vacías, las mismas costumbres que se repiten sin cesar, como un disco rayado que nadie tiene el valor de reemplazar.
Yo he aprendido a sobrevivir en esta rutina sin sobresaltos. No encajo aquí, pero tampoco necesito hacerlo. La soledad es un refugio, un escudo que me mantiene al margen de la estupidez humana. Mientras los demás se esfuerzan en forjar amistades superficiales, yo observo. Mientras ellos llenan sus bocas de palabras huecas, yo escucho.
Y entonces, llegaste tú.
Recuerdo el momento exacto. No porque fuera significativo en sí mismo, sino porque mi mente se niega a olvidar detalles. El rugido del motor desvencijado de tu camioneta, la forma en que la lluvia golpeaba el parabrisas en una cadencia hipnótica, el instante en que la puerta del conductor se abrió y tus botas tocaron el suelo mojado. Al principio no fuiste más que otra pieza del rompecabezas, una nueva ficha dentro de un tablero en el que yo no participaba. Pero luego levantaste la vista.
Y te vi.
Es curioso cómo un instante puede trastocar por completo el orden de las cosas. No estabas destinada a sobresalir. No eres particularmente llamativa. Tu cabello oscuro se fundía con la neblina del entorno, tus ojos marrones eran solo un reflejo de la humedad que envolvía todo el paisaje. No tenías la seguridad de las chicas que buscan ser notadas ni la sumisión de aquellas que se resignan a pasar desapercibidas.
Pero había algo en ti.
No lo entendí de inmediato. No podía. Sería demasiado absurdo afirmar que, en ese primer vistazo, supe que cambiarías todo. Que destruirías la calma que he cultivado con tanto esmero. Pero así fue.
Te movías con torpeza, como si el suelo mismo conspirara contra ti. Ajustaste la mochila sobre tu hombro y avanzaste hacia la entrada de la escuela, ajena a las miradas que se posaban sobre ti. No tenías miedo. Tampoco parecías cómoda. Eras… diferente.
Diferente.
La palabra quedó suspendida en mi mente, latiendo con un ritmo propio.
Me quedé observándote. No porque quisiera, sino porque no pude evitarlo. Era una cuestión de curiosidad, de instinto. Como un científico ante un fenómeno inusual, como un depredador cuando vislumbra a su presa por primera vez.
Bella Swan.
Ya conocía tu nombre. No porque lo hubiera escuchado en boca de otros, sino porque lo había leído. Lo vi en la lista de alumnos nuevos en la oficina de la escuela la semana pasada, cuando fui a entregar un formulario de asistencia. No le presté atención entonces. Un nombre más en un mar de nombres sin rostro. Pero ahora, el nombre tenía un cuerpo. Un rostro. Una voz que aún no había escuchado, pero que pronto conocería.
Y yo quería conocerlo todo.
La puerta principal de la escuela se abrió y desapareciste en el interior. Yo seguí en mi lugar, inmóvil, con la lluvia empapando mi sudadera. No me importó. El frío era irrelevante. Lo único que importaba era la certeza que se instalaba en mi pecho como un peso insoportable. Nada en Forks cambia. Pero hoy, algo cambió.
Hoy, llegaste a mí.
Y no voy a dejar que te vayas.
II.
Algunas personas creen en el destino. En almas gemelas, en encuentros predestinados, en el hilo rojo que une a dos personas a lo largo del tiempo y la distancia. Yo no soy una de esas personas. No creo en el destino. Creo en la inevitabilidad. Y tú, Bella, eres inevitable para mí.
Entré al edificio con calma, permitiendo que la corriente de estudiantes me envolviera sin que ninguno me notara realmente. Esa es la clave para moverse sin ser visto: no tratar de desaparecer, sino volverse parte del paisaje. Un rostro más en un mar de rostros sin identidad. Es fácil, demasiado fácil.
Forks High es pequeño. No tiene pasillos interminables ni cientos de aulas desperdigadas en un laberinto de corredores como los institutos de las grandes ciudades. Aquí, todo está comprimido en unos cuantos edificios conectados por senderos al aire libre, donde el musgo crece en los ladrillos y las ventanas siempre están empañadas por la humedad. Esto hace que sea imposible que alguien pase desapercibido.
Y menos alguien como tú.
Te vi en la oficina principal. La secretaria, una mujer mayor con gafas gruesas y un tono de voz empalagoso, te entregaba tu horario. Observé cómo asentías con cortesía, cómo agradecías en un murmullo apenas audible. No sonreíste. Eso fue lo que más me llamó la atención. Cualquier otra persona en tu lugar —una chica nueva, en un pueblo pequeño, con toda la atención sobre ella— habría fingido una sonrisa, habría intentado integrarse. Pero tú no.
No intentabas agradar.
Me quedé lo suficientemente cerca como para escuchar cuando preguntaste por la dirección de tu primer salón. La secretaria te dio indicaciones, pero me bastó con el simple gesto de tus ojos recorriendo el papel para saber que no las recordabas.
Torpe.
Dubitativa, saliste de la oficina, caminando con un ritmo que oscilaba entre la determinación y la inseguridad. Yo ya sabía a dónde ibas. Conocía la distribución de este lugar mejor que nadie. Si tomabas el pasillo a la izquierda, llegarías al aula correcta. Si girabas a la derecha, te perderías.
Giraste a la derecha.
Lo supe antes de que lo hicieras. Lo supe porque había algo en tu expresión, una ligera contracción en tus labios, una tensión en tus dedos al aferrar tu mochila, que indicaba que estabas tratando de proyectar una confianza que no sentías. Ese es el problema de la gente como tú, Bella. Quieren ser invisibles, pero el mundo no les permite pasar desapercibidos.
Te seguí.
No inmediatamente, claro. Me detuve frente a los casilleros, fingiendo estar interesado en la combinación del mío. No guardaba nada en él. No necesitaba hacerlo. Pero el gesto era convincente, lo suficiente como para que cualquiera que me viera asumiera que simplemente estaba ocupado con mis propios asuntos. Tú, en cambio, avanzabas sin notar que estabas yendo en la dirección equivocada.
Hasta que te detuviste.
La duda cruzó tu rostro.
Miraste a ambos lados del pasillo, como un animal atrapado en un espacio desconocido. Te mordiste el labio, un gesto inconsciente, frustrado. Aún no lo sabías, pero yo ya lo había decidido. Intervendría. No podía ser abrupto. No podía simplemente acercarme y ofrecer mi ayuda sin que pareciera extraño. No tenía amigos. No hablaba con nadie en la escuela. Si de repente aparecía para guiarte, levantaría sospechas. Y eso no podía permitirlo.
Así que esperé.
Esperé hasta que tu desesperación fue lo suficientemente evidente. Hasta que giraste sobre tus talones, dispuesta a volver a la oficina, resignada a admitir que estabas perdida. Y entonces, como si fuera una casualidad más en este mundo de ilusos, me aseguré de que tropezaras conmigo.
—Lo siento —mi voz sonó medida, con la cantidad exacta de indiferencia y cortesía.
Tú alzaste la vista, sorprendida por el choque.
Y me miraste.
Por primera vez, realmente me miraste. Fue un instante. No más de un par de segundos. Pero en ese breve lapso, sentí algo nuevo. Algo que no había sentido en mucho tiempo. La anticipación. No me reconociste. Era obvio. Para ti, yo era solo un estudiante más. Un desconocido con el que habías tropezado por accidente. Pero eso cambiaría.
Te apartaste con una disculpa apenas audible y te preparaste para continuar tu camino errante. Fue entonces cuando hablé de nuevo.
—Si buscas el aula de Literatura, es en la otra dirección.
Vi el momento exacto en que mis palabras hicieron impacto. Tu ceño se frunció levemente, como si procesaras si debías confiar en mí o no. No te di tiempo de dudar.
—También voy para allá. Puedo acompañarte.
Dicho así, sonó casual. Sin intención. Como si realmente estuviera en mi camino y no hubiera modificado mi ruta solo para asegurarme de que llegaras bien.
Dudaste. Lo vi en la forma en que bajaste la mirada un segundo, en la ligera contracción de tus labios. Pero luego asentiste. Y con eso, sellaste tu destino.
Caminamos juntos. No hablaste, pero eso estaba bien. No necesitaba palabras. Cada paso que dabas a mi lado, cada metro que avanzábamos en silencio, era una victoria. Era la confirmación de que todo estaba en marcha.
Bella, acababas de entrar en mi mundo.
Y yo no iba a dejarte salir.
III.
Existen momentos insignificantes que, con el tiempo, se vuelven puntos de inflexión. Pequeñas decisiones que parecen triviales, pero que cambian el rumbo de una vida. Elegir un asiento en un aula, responder o no a un saludo, aceptar la compañía de un extraño en un pasillo vacío. Tú aún no lo sabes, Bella, pero este instante, este simple trayecto juntos, será el primero de muchos. El primero que nos unirá, aunque aún no lo entiendas.
No hablaste.
Podría haberlo tomado como un desaire, pero no lo hice. No era un rechazo, sino un reflejo de tu carácter reservado. Vi la manera en que caminabas, con la mochila colgando de un solo hombro y las manos escondidas en los bolsillos de tu chaqueta. No tenías la expresión insegura de alguien que busca desesperadamente la aprobación de los demás. Tampoco la arrogancia de quien disfruta de ser el centro de atención.
Eras diferente. Y esa diferencia fue lo que captó mi interés desde el primer momento.
No podías ver cómo te observaba con el rabillo del ojo, memorizando cada uno de tus movimientos. La forma en que pasabas los dedos por el borde de tu suéter cuando pensabas, la manera en que tus labios se apretaban levemente cada vez que el pasillo se llenaba de murmullos y miradas curiosas.
Te incomodaba la atención. Eso me fascinó.
Podía escuchar a algunos estudiantes susurrando tu nombre. Las noticias en un pueblo como Forks viajaban rápido, y tú, la hija del jefe de policía, eras el tema del momento. Me pregunté cuántas de esas miradas eran auténticas y cuántas disfrazaban la intención de convertirte en un simple pasatiempo, una historia para contar en la cafetería.
Apreté la mandíbula.
Ellos no te merecían. A diferencia de los demás, yo no quería saber de ti por simple curiosidad. No buscaba entretenerme con la novedad de la chica nueva. Mi interés era genuino. Mi interés era absoluto.
—Gracias —murmuraste de pronto, rompiendo el silencio.
Volví la mirada hacia ti. No habías elevado la voz más de lo necesario, pero me aseguré de captar cada matiz en tu tono. Era un agradecimiento real, sin rastro de segundas intenciones o cortesía forzada.
Asentí levemente.
—No hay problema.
¿Eso fue todo? ¿Una conversación fugaz y superficial, sin más profundidad que el simple intercambio de palabras?
Quizás para ti, sí. Para mí, no.
Para mí, fue el inicio de algo que no podría detenerse...
Llegamos al aula de Literatura sin contratiempos. Me aseguré de que lo hicieras antes que yo, permitiéndote entrar primero, sin prisa, como si nuestro breve encuentro no significara nada. Era crucial no parecer ansioso.
La mayoría de los asientos ya estaban ocupados. Observé cómo escaneabas el salón en busca de un lugar donde sentarte. No tardé en notar la vacilación en tu postura cuando reconociste a una chica de cabello oscuro y corto, que sonreía con cierta familiaridad desde la segunda fila.
Alice Brandon.
Me sorprendió verla allí. No porque fuera inusual encontrarla en una clase de Literatura, sino porque su expresión al verte no era la de alguien que simplemente observa a una desconocida.
Alice ya quería acercarse a ti. Eso me molestó.
No me malinterpretes. No siento celos. No de Alice. No de nadie. Pero lo que me inquietó fue la facilidad con la que ciertas personas creen que pueden entrar en la vida de los demás sin permiso. Como si tu atención les perteneciera. Como si tu tiempo pudiera ser compartido.
Vi cómo dudabas antes de moverte en su dirección. En otro contexto, en otra vida, tal vez habrías aceptado su invitación silenciosa y te habrías sentado junto a ella, iniciando una amistad que podría durar años.
Pero yo estaba aquí. Y no iba a permitirlo.
Con movimientos calculados, tomé asiento en la última fila, donde siempre me colocaba, y fingí no estar prestando atención mientras tú te detenías a mitad de camino, como si algo invisible te empujara a cambiar de dirección.
Fue un instante. Apenas una pausa de dos segundos. Pero fue suficiente.
Optaste por sentarte unas filas más atrás, lejos de Alice y de cualquier posible conversación. Lejos de cualquier distracción. Cerca de mí. Sonreí para mis adentros. Si creías que esa elección había sido tuya, estabas equivocada.
El profesor entró al aula poco después, y la clase comenzó. Pero yo no escuchaba. No porque la materia me resultara irrelevante —de hecho, disfrutaba la literatura más que la mayoría de mis compañeros— sino porque mi atención estaba fija en ti.
Observé la forma en que inclinabas ligeramente la cabeza cuando algo te interesaba. Cómo mordisqueabas el extremo de tu bolígrafo mientras anotabas, con una expresión de concentración que parecía ajena al bullicio del resto del salón. Eras meticulosa en tus movimientos, pero también impulsiva en ciertos gestos.
Cuando el profesor mencionó a Emily Brontë y Cumbres Borrascosas, noté cómo tus dedos se tensaron sobre la mesa por un instante, como si el título evocara algo personal. Ese fue el primer libro que leíste por voluntad propia, ¿verdad?
Tal vez cuando eras niña. Tal vez fue un regalo. Lo averiguaría.
Porque ese era el siguiente paso.
No bastaba con observar. No bastaba con estar cerca. Tenía que conocer cada pieza de ti, cada recuerdo, cada hábito. Tenía que convertirme en la única persona en este mundo que realmente te entendiera.
Así que esperé. Esperé el momento perfecto.
Y cuando la clase terminó, cuando te levantaste para salir y guardaste tus cosas en tu mochila con movimientos lentos y pausados, aproveché la oportunidad.
Me incliné ligeramente hacia adelante, permitiendo que mi voz flotara en el aire con la naturalidad de una conversación inofensiva.
—¿Te gusta Brontë?
Te detuviste. La pregunta te tomó por sorpresa.
Vi la ligera confusión en tu mirada cuando giraste el rostro hacia mí, como si recién te dieras cuenta de que estaba allí.
Sonreí, con la misma calma de siempre. Sabía que, a partir de este momento, ya no podría ser invisible para ti.
Y eso era exactamente lo que quería.
IV.
Las primeras palabras son como anzuelos invisibles. Una pregunta, una observación, un comentario casual… todo forma parte de un delicado entramado diseñado para crear un vínculo, para insertar una idea en la mente de la otra persona sin que lo note. «¿Te gusta Brontë?» no fue una pregunta al azar. Fue una llave. Y tú, Bella, acabas de abrir la puerta sin darte cuenta.
Tu mirada se fijó en la mía por primera vez. Fue un instante breve, no más de un segundo o dos, pero suficiente para que viera la vacilación en tus ojos. No esperabas que alguien te hablara. No así. No con interés genuino. Porque no era simple curiosidad. Era otra cosa.
Tus labios se separaron apenas, como si dudaras en responder. Era fascinante observar cómo tu mente procesaba la situación. Por supuesto, no me conocías. Tal vez ni siquiera habías registrado mi presencia antes de que habláramos en el pasillo. Pero ahora, de repente, yo estaba aquí, mostrándome interesado en algo que te gustaba.
Tú lo notaste.
Y fue suficiente.
—Sí —dijiste finalmente, con un tono neutral, sin revelar demasiado.
Asentí, como si la respuesta fuera la que esperaba. Porque lo era.
—Cumbres Borrascosas —dije, sin apartar la vista de ti—. ¿Es tu favorito?
Vi la leve contracción en los músculos de tu mandíbula, la forma en que tu mano se cerró un poco más fuerte sobre la correa de tu mochila. Era un gesto sutil, pero lo noté. No querías hablar de ello. No con alguien que acababas de conocer. Pero lo hiciste de todas formas.
—No exactamente —desviaste la mirada por un segundo, como si intentaras encontrar las palabras adecuadas—. Es complicado.
Sonreí para mis adentros.
Oh, Bella.
Complicado.
Eso era exactamente lo que esperaba escuchar.
Tu respuesta no fue la de alguien que menciona un libro en una conversación superficial. No fue un «sí, me gusta» vacío, sin emoción. No. Fue un reflejo de algo más profundo. De algo personal. Algo que necesitaba entender.
—¿Complicado? —repetí, fingiendo interés casual.
Te encogiste de hombros, incómoda con la dirección que había tomado la conversación.
—Es un libro extraño —admitiste—. Todos lo ven como una historia de amor, pero no lo es realmente.
Eras inteligente.
No era algo que me sorprendiera, pero me complació confirmarlo.
—Entonces, ¿qué es? —pregunté, inclinándome ligeramente hacia ti, como si realmente necesitara saber tu respuesta.
Observé cómo bajabas la vista, mordiendo tu labio en un gesto inconsciente. Era un hábito tuyo, lo sabía ya, y lo seguiría viendo muchas veces en el futuro.
Pero en ese momento, aún no lo sabías.
—Es una historia sobre obsesión —dijiste finalmente, con un tono más bajo.
Mi sonrisa se ensanchó, aunque tú no la viste.
Obsesión.
La ironía casi me hizo reír.
Sí, Bella.
Sabías de lo que hablabas.
Pero no tenías idea de que estabas describiéndome a mí.
No insistí más. Sabía que si presionaba demasiado, retrocederías. Así que simplemente asentí, fingiendo que la conversación había sido un intercambio fugaz, sin importancia. No necesitaba más por ahora. Las semillas estaban plantadas.
Salimos del aula juntos, aunque fingí que no era intencional. Caminamos a la misma velocidad, sin que ninguno de los dos acelerara el paso para alejarse o acercarse demasiado. Lo había calculado todo con precisión. Mis movimientos, mis palabras, incluso mis pausas. Sabía cómo parecer lo suficientemente interesante como para despertar tu curiosidad, pero no lo suficiente como para resultar intimidante.
No tenía prisa. No era necesario. Forks era un pueblo pequeño. Nos veríamos todos los días. Lo que realmente importaba no era la velocidad con la que sucedían las cosas, sino la certeza de que sucederían.
Y lo harían.
Cuando llegamos al pasillo principal, el bullicio del almuerzo comenzó a rodearnos. Los estudiantes caminaban en grupos, charlando, riendo, intercambiando bromas sin sentido. Me resultaba insoportable.
Tú también lo notaste.
El fruncimiento en tu ceño, la forma en que tus hombros se encogieron ligeramente cuando alguien pasó demasiado cerca de ti.
No te gustaba la multitud. Otro detalle que guardé para después.
—¿Vas a la cafetería? —pregunté, con un tono casual.
Tu reacción fue inmediata. No querías ir. Lo supe antes de que respondieras, antes de que abrieras la boca o hicieras el más mínimo gesto. Pero no me sorprendió cuando, en lugar de decirme «no», simplemente miraste hacia otro lado y dejaste que el silencio respondiera por ti.
—Es ruidoso ahí —respondiste finalmente, como si necesitaras justificarte.
No lo necesitabas. No conmigo. Yo entendía. Demasiado bien.
—Entonces, ¿a dónde vas?
Fue una pregunta simple, sin carga emocional. Pero me interesaba la respuesta. Porque si te ibas a algún lugar tranquilo, significaba que querías estar sola. Y si querías estar sola…
Eso significaba que podía encontrarte más tarde, sin la interferencia de los demás.
Vi la indecisión en tu rostro. No querías responderme. No porque desconfiaras de mí —todavía— sino porque no estabas acostumbrada a que alguien te prestara atención. Pero lo hiciste de todas formas.
—No estoy segura.
Esa fue tu respuesta. Y yo la tomé como una invitación.
No te seguí de inmediato. No.
Había un arte en esto, una ciencia precisa en cada uno de mis movimientos. Si te seguía ahora, levantaría sospechas. Pero más tarde…
Más tarde, cuando estuvieras en algún rincón solitario, lejos del ruido, lejos de los demás…
Entonces podría encontrarte. Por casualidad. Porque, después de todo, las casualidades existen, ¿verdad?
Sonreí levemente mientras te alejabas. No lo sabías aún, Bella. Pero ya estabas en mi red.
Y yo nunca dejo escapar lo que es mío.
V.
El destino no existe. Lo que las personas llaman «coincidencias» son, en realidad, movimientos premeditados disfrazados de azar. Una mirada que se cruza en el momento adecuado, un encuentro en el lugar preciso, una conversación que parece surgir de la nada… Pero nada es casualidad, Bella. Nada.
No te seguí.
No porque no quisiera, sino porque la paciencia es la clave de todo. Hay cosas que deben desarrollarse con tiempo, como la tinta sobre un papel mojado, expandiéndose lentamente hasta impregnar cada fibra.
Y tú…
Tú eras un papel en blanco, esperando ser llenado.
Así que me dirigí a la cafetería sin prisa, caminando entre los grupos de estudiantes sin que ninguno me notara realmente. Nadie lo hacía. Era fácil ser invisible cuando no encajabas en ningún lado. Los sonidos me resultaban molestos. Risas falsas, conversaciones sin sentido, cuchillas de plástico chocando contra bandejas de comida barata. Todo el lugar olía a aceite rancio y cartón húmedo.
Vi a Alice Brandon sentada con un grupo de estudiantes. Sus gestos animados, sus sonrisas exageradas. No me sorprendió. Alice era el tipo de persona que hacía amigos con facilidad, el tipo de persona que intentaría acercarse a ti si le dabas la oportunidad.
Me aseguraría de que no lo hicieras.
Caminé hacia la fila para recoger una bandeja, sin prestar atención a lo que ponían en mi plato. No tenía hambre. La comida en este lugar siempre sabía igual: insípida, sin sustancia.
Fue en ese momento cuando te vi.
Tú.
Sentada sola, en una mesa en la esquina más alejada de la cafetería. No mirabas a nadie. No intentabas interactuar. Te habías sumergido en un libro —uno que no pude identificar desde donde estaba— y de vez en cuando llevabas un trozo de manzana a tus labios, sin siquiera notar el bullicio a tu alrededor.
Podría haberme acercado. Podría haber tomado mi bandeja y caminar directamente hacia ti; sentarme frente a ti con una sonrisa y fingir que era una coincidencia. Pero no lo hice. Porque no era el momento.
Te observé en silencio mientras avanzaba en la fila, registrando cada uno de tus gestos. La forma en que jugabas con el borde de las páginas, el ritmo pausado de tu respiración, la inclinación de tu cabeza mientras leías. Eras diferente a los demás. Ellos hablaban por hablar, llenaban el espacio con sonidos inútiles solo para evitar el silencio. Pero tú…
Tú estabas cómoda en el silencio.
Y eso me hizo querer conocerte aún más.
Salí de la cafetería sin tocar la comida de mi bandeja. Nadie notó mi ausencia. Nadie se preguntó por qué me iba sin haber comido. Como siempre.
El aula de la biblioteca estaba vacía cuando entré. Era un lugar al que rara vez venían los estudiantes; la mayoría prefería perder el tiempo en la cafetería o en los pasillos, donde podían alimentar sus egos con interacciones vacías. Yo, en cambio, tenía algo más importante que hacer.
Me acerqué a los estantes de libros, recorriendo con los dedos los lomos de los ejemplares más usados. Buscaba algo en particular. Algo que confirmara lo que ya sospechaba. Y entonces lo encontré.
Un ejemplar antiguo de Cumbres Borrascosas.
Lo tomé con cuidado, sintiendo el peso del libro en mis manos. La edición estaba gastada, con las esquinas dobladas y el papel amarillento por el tiempo. Pasé las páginas con calma, buscando anotaciones en los márgenes, algún indicio de que alguien había dejado su huella en él. No encontré ninguna. Pero no importaba. Sabía que eventualmente descubriría tu relación con este libro. Sabía que, tarde o temprano, entendería por qué habías dicho que era «complicado».
Porque todo en ti era complicado. Y yo estaba decidido a desentrañarte.
Guardé el libro bajo mi brazo y salí de la biblioteca.
El resto del día transcurrió sin incidentes. Las clases fueron irrelevantes. Los rostros a mi alrededor, insignificantes. Lo único que importaba era la certeza de que esto apenas comenzaba.
Cuando salí del instituto, la lluvia había comenzado otra vez. Caminé hasta el estacionamiento con paso tranquilo, observando cómo los demás estudiantes se apresuraban para no mojarse. Fue entonces cuando te vi.
Otra vez.
Tú.
Parada junto a tu camioneta, con la llave en la mano y el cabello húmedo pegado a tu rostro. Te detuviste un momento, mirando la lluvia como si esta fuera un obstáculo del que no podías escapar. No me viste. No notaste que te observaba. Pero yo lo hice.
Y en ese momento, mientras te subías a tu camioneta y encendías el motor con un estruendo mecánico, supe algo con absoluta certeza.
Estabas en mi vida ahora.
Y yo no iba a dejarte ir.
Nunca.
Nota de autor:
Nada ni nadie me sacará de la cabeza que Edward siempre fue un acosador obsesivo enfundado en la piel —brillosa, eso sí— de un vampiro caballeroso. Es por eso que he decidido explorar esa faceta suya tan controvertida, inspirándome en Joe Goldberg de «You». A fin de cuentas, en el multiverso de la locura todo es posible. Si lo pasaron por alto, en esta historia todos son humanos; no hay vampiros ni metamorfos.
Gracias por leer.
Hasta el próximo capítulo.
CW.
