Las crónicas de Narnia
Encrucijadas


Chapter 11

La luna se alzaba en el cielo, su luz plateada filtrándose a través de las ventanas de la gran sala de Cair Paravel. Los hermanos Pevensie, menos Susan, se encontraban reunidos con Caspian, Jill, Eustace, Rabadash, y las nuevas figuras de Sandra y Emily. Una inquietante sensación de ausencia pesaba en el aire, una que solo se intensificaba con el paso de las horas sin que Susan y Rilian regresaran.

—¿Dónde estarán? —preguntó Lucy, su voz un susurro lleno de preocupación.

—No lo sé —respondió Eustace, mirando la puerta como si esperara que se abriera de un momento a otro—. Hace horas que no los vemos. No he visto a Susan desde mucho antes del atardecer

Caspian, apoyado contra la chimenea, miró al fuego sin prestar atención a la conversación. Su rostro estaba imperturbable, pero sus ojos traicionaban una tormenta interna.

—No te preocupes Caspian, —intervino Jill, al notar la indiferencia del rey—. Estoy segura que aparecerán pronto.

—¿Qué importa? —replicó Caspian con desdén, despojando a sus palabras de cualquier calidez—. Ya son lo suficientemente grandes para cuidarse solos.

Rabadash, que estaba sentado al otro lado de la mesa, arqueó una ceja. Sus ojos brillaban con incredulidad.

—¿De verdad no te preocupa dónde podría estar tu hijo? —dijo, su voz afilada como una daga—. Rilian es aún joven, y el mundo puede ser un lugar peligroso.

Sandra intercedió con un leve movimiento de su mano, evitando que Caspian pudiera hablar y contestarle algo más a Rabastan.

—Rilian ya es lo suficientemente mayor para saber cómo cuidarse solo —aseguró, un leve atisbo de arrogancia en su tono—. Además, quizás esté disfrutando de la vida un poco… en un burdel.

El comentario hizo que la sala enmudeciera, Lucy, sorprendida, sintió que su pecho se apretaba.

—¡No digas eso! —exclamó, levantándose de su asiento—. Rilian nunca haría algo así. Él es un hombre honorable — sin embargo sus palabras sonaban inseguras, ya que Lucy recordaba la vida salvaje que Rilian llevaba antes que ellos formalizaran su relación y como el fantasma de todas esas mujeres la atormentaban en sus momentos más oscuros.

Rabadash, observando la mezcla de emociones en el rostro de Lucy y la frialdad de Caspian, decidió presionar.

—Si no te importa Rilian, tal vez deberías pensar en lo que podría estar sintiendo Susan. Han pasado años desde que ha estado en Narnia y estoy seguro que adaptarse a la vida de vuelta no ha sido fácil para ella.

—¡Cállate, Rabadash! —interrumpió Eustace, su voz cargada de frustración—. No es el momento para reclamos, eso no nos ayuda a saber donde están.

Emily cruzó los brazos, mostrando su incomodidad con el tumulto que se había creado,y sintiendo la molestia irradiar de Peter cada vez que alguien continuaba la pelea.

—Lo que todos necesitamos es un poco de calma —dijo, intentando suavizar la situación—. Tal vez están en un lugar seguro, explorando, o simplemente perdidos en la noche.

La incertidumbre continuó flotando en la sala, una sombra ominosa. Lucy miró a sus amigos, y aunque su corazón estaba lleno de miedo, no podía permitir que el desánimo se apoderara de ella.

—Vayamos a buscarlos —sugirió, levantando la mirada con determinación—. No podemos quedarnos aquí esperando cuando algo les pudo haber pasado.

El silencio se hizo profundo mientras cada uno reflexionaba sobre las palabras de Lucy. Finalmente, Edmund rompió el hechizo que envolvía la habitación.

—Tienes razón, Lucy. No podemos quedarnos aquí. Hay que dividirnos y los buscaremos. Si alguien los encuentra vuelvan a cair Paravel y toquen el cuerno de Susan para avisar a los demás.

El grupo, ahora unido por la preocupación, se preparó para enfrentarse a la noche, decididos a desentrañar el misterio que había llevado a Susan y Rilian lejos de ellos.


En el lado más recóndito de Narnia, en el corazón de una pequeña aldea, donde las luces de las farolas danzaban con la brisa nocturna, se alzaba una taberna bulliciosa conocida como "Las Mil Rosas". Ruidos de risas, conversaciones animadas y el tintinear de copas llenaban el aire, creando una atmósfera vibrante que contrastaba con la solemnidad de Cair Paravel.

Rilian empujó la puerta de la taberna, y un torrente de sonido los recibió. Al ver la diversidad de personas que se mezclaban, sonrió ampliamente y se volvió hacia Susan.

—Bienvenida a Las Mil Rosas —dijo, su voz llena de entusiasmo mientras la guiaba al interior.

Susan, al observar el desorden del lugar, frunció el ceño. Las mesas estaban ocupadas por campesinos, comerciantes y aventureros que reían y conversaban animadamente. Un grupo de músicos en un rincón tocaba una melodía alegre, y la fragancia de comida recién hecha llenaba el ambiente.

—Rilian, este no parece el lugar para alguien como nosotros —replicó, una ligera preocupación en su voz. Recordó las responsabilidades que conllevaba su estatus y la necesidad de comportarse de manera ejemplar.

—¿Y qué hay de malo en un poco de diversión? —respondió Rilian, desafiando su inquietud—. Esta taberna es uno de los pocos lugares donde no tenemos que preocuparnos por eso. Aquí, nadie se fija en si eres príncipe o princesa.

Susan vaciló, mirando a su alrededor. La libertad y la despreocupación que emanaba de los presentes parecían tentadoras, pero el peso de sus deberes aún la mantenía en su lugar.

—Pero, Rilian, tenemos que dar el ejemplo. ¿No deberíamos ser responsables?

Él se acercó, capturando su mirada con la suya. Había un brillo travieso en sus ojos.

—Susan, solo estamos aquí por una noche. Necesitas soltarte un poco y divertirte. La vida no se trata sólo de deberes y responsabilidades. A veces, es bueno recordar que también somos jóvenes.

Ella suspiró, luchando con su propia indecisión. La idea de dejarse llevar por un momento de alegría era tentadora, pero la voz de la razón en su cabeza la mantenía cautelosa.

—Está bien, acepto, pero… —dijo, su tono aún titubeante—. No puedo prometer que me sienta completamente cómoda aquí.

Rilian sonrió, tomando su mano y guiándola hacia una mesa vacía en un rincón.

—No tienes que preocuparte. Solo piénsalo como una pequeña aventura. Un respiro de la realidad. Te prometo que no nos quedaremos mucho tiempo.

Susan, aunque aún llena de reservas, no pudo evitar sonreír ante su entusiasmo. Quizás, solo quizás, podría permitirse disfrutar de esta noche. Mientras se acomodaban, se dio cuenta de que incluso en los lugares más inesperados, podía encontrar momentos de felicidad.

Mientras Susan y Rilian caminaban hacia una mesa vacía, Susan no podía evitar notar algo sorprendente: a nadie parecía importarle quién era ella. La atmósfera despreocupada de la taberna contrastaba con la formalidad que a menudo acompañaba su vida en Cair Paravel. Se sintió ligera, casi como si hubiera dejado atrás las cargas del deber.

Mientras se sentaban, observó cómo muchos de los clientes saludaban a Rilian como a un viejo amigo. Las sonrisas eran genuinas, y el ambiente cálido la envolvía.

—¿Cómo conoces este lugar? —preguntó Susan, asombrada. Su curiosidad era palpable.

Rilian sonrió con picardía.

—Antes que nada, necesitamos un trago. —Alzó la mano y llamó a una mesera que se acercó rápidamente.

—¿Qué les traigo? —preguntó ella con una sonrisa amistosa.

—Dos cervezas, por favor —respondió Rilian, sin perder el ritmo de la conversación.

Tras un breve momento, la mesera regresó con las bebidas y se sentó a su lado, dejando las cervezas en la mesa. Rilian levantó su vaso.

—Por un momento de tranquilidad —brindó, y Susan le siguió, sonriendo mientras chocaban sus copas.

Después de dar un sorbo a su bebida, el ambiente se tornó más relajado. Un silencio cómodo se instaló entre ellos, pero no duró mucho. Rilian rompió la calma con una voz más seria.

—Ser un príncipe es difícil —comenzó—. Pero ser el príncipe hijo de Caspian X es aún más complicado.

Susan lo miró con atención, intrigada por la sinceridad en su tono.

—¿Por qué lo dices? —preguntó, animándolo a continuar.

—Mi padre siempre ha sentido la presión de ser un buen rey —dijo Rilian, sus ojos mirando más allá de la taberna, como si recordara momentos pasados—. Caspian siempre ha querido ser digno del legado que les dejaron los reyes de antaño.

El peso de sus palabras hizo que Susan se sintiera más cercana a él, comprendiendo el peso que llevaba su nombre.

—Él espera que yo también sea un digno heredero, y eso significa ser estricto. A veces, me siento más como un proyecto que como su hijo.

Aunque el final de la confesión de Riian no fue más que un susurro, Susan lo pudo escuchar y la revelación la dejó en silencio, dándole un nuevo contexto a la relación de padre e hijo.

—Debes ser muy fuerte para cargar con el peso de esa responsabilidad—preguntó, queriendo entender mejor.

—Exactamente —asintió Rilian—. Caspian quiere que aprenda lo que es ser un rey, pero a veces parece que olvida que soy solo un joven que también quiere ser libre. Cada consejo y cada regla a menudo se sienten como una carga.

Susan reflexionó sobre lo que decía. Entendía la presión que sentía Rilian, porque ella misma había enfrentado expectativas como reina.

—Es difícil encontrar el equilibrio, ¿verdad? —dijo finalmente—. Entre ser tú mismo y ser lo que los demás esperan de ti.

Rilian sonrió, agradecido por su comprensión.

—Exactamente. Por eso necesitaba este momento. Para recordarme que, aunque las responsabilidades son importantes, también es fundamental disfrutar de la vida y ser quien realmente soy. Y sentí que de cierta forma, tú también lo necesitabas.

Susan se quedó en silencio por un momento, reflexionando sobre las palabras de Rilian. Su corazón latía con fuerza mientras se atrevía a plantear una pregunta que la inquietaba.

—¿Es por eso que me odias? —preguntó, su voz apenas un susurro.

Rilian la miró, su expresión cambiando de sorpresa a incomprensión.

—¿Odiarte? ¿Yo? —replicó, levantando las manos—. No te odio, Susan.

—Todas nuestras interacciones han demostrado lo contrario —dijo ella, la confusión reflejada en su rostro.

Rilian suspiró, visiblemente frustrado.

—No puedes esperar que me comporte de otra manera después de lo que hiciste.

—No tengo ni idea de lo que hice para ofenderte —respondió ella, sintiéndose cada vez más desconcertada—. Después de todo, te acabo de conocer.

Él se inclinó hacia adelante, su mirada intensa.

—Por tu culpa, Caspian no fue capaz de amar a mi madre

El aire se volvió pesado ante la revelación. Susan sintió una punzada en el pecho, la tristeza de Rilian era palpable.

—Lamento mucho lo que pasó con tu madre —dijo Susan, suavizando su voz—. Pero no tengo nada que ver con las decisiones que tomó Caspian. Yo no estaba allí, no tenía control sobre su corazón.

Rilian tragó saliva, digiriendo sus palabras. Aunque su lógica le decía que Susan tenía razón, la emoción era más complicada.

—Lo entiendo —admitió, su voz un susurro cargado de dolor—. Pero es más fácil el culpar a alguien. Ver a mi madre triste porque mi padre no la amaba, no realmente… fue devastador.

Susan sintió su corazón romperse un poco al escuchar su confesión. La tristeza en los ojos de Rilian era un reflejo de un pasado que ella no podía cambiar, pero que ahora podía entender.

—Eso es horrible —dijo, sintiendo la necesidad de ofrecerle consuelo—. Pero no puedes cargar ese peso solo. La tristeza de tu madre no fue tu culpa ni la mía.

Rilian miró al suelo, luchando con sus emociones. La rabia, la tristeza y el resentimiento parecían entrelazarse en su mente, haciendo que se sintiera atrapado.

—A veces pienso que si mi padre hubiera sido diferente, si hubiera amado a mi madre como se lo merecía, tal vez las cosas habrían sido distintas. Pero lo que más me duele es que nunca me sentí lo suficientemente bueno para él.

Susan se sintió conmovida. Se dio cuenta de que la relación entre Rilian y Caspian era más compleja de lo que había imaginado.

—Rilian, tú eres más que un título o un legado. Eres tú mismo, con tus propias esperanzas y sueños, y estoy segura que algun dia sera un gran rey. No dejes que el pasado defina quién eres.

Sus palabras parecieron resonar en él. Rilian levantó la mirada, buscando en sus ojos una chispa de comprensión.

—Es difícil —confesó—. La presión y la culpa son una sombra constante. Pero quizás, en este lugar, por una noche, pueda dejarlo ir un poco.

Susan sonrió, sintiendo que la conexión entre ellos se fortalecía.

—Entonces, brindemos por esta noche —dijo ella, levantando su vaso—. Por dejar atrás las sombras, al menos por un momento.

Rilian sonrió, alzando su cerveza en un gesto de camaradería.

—Por esta noche —repitió, y juntos chocaron sus copas, permitiendo que la risa y la música los envolviesen nuevamente, aunque fuera solo por un instante.


De vuelta en Cair Paravel todos se dividieron en dos grupos para salir a buscar a Susan y Rilian, dejando a Emily en el Castillo por en caso que ambos volvieran mientras los demás seguían afuera buscandolos.

El grupo formado por Peter, Eustace, Jill y Rabadash se adentró en los alrededores de la aldea principal, con la esperanza de encontrar alguna pista sobre el paradero de Susan y Rilian. La brisa nocturna era fría y la ansiedad crecía con cada paso.

—No hay rastro de ellos —dijo Eustace, mirando a su alrededor con frustración—. Ya hemos revisado cada rincón.

—Quizás deberíamos haber explorado más allá del pueblo —sugirió Jill, sintiendo que el tiempo se les escapaba.

—No podemos seguir vagando sin rumbo —intervino Rabadash, su tono impaciente marcando su descontento—. Necesitamos un plan.

—Si no los encontramos nosotros esta noche, mañana saldrá la guardia real para ayudarnos —dijo Peter, su voz firme, tratando de infundir un poco de confianza en el grupo.

Mientras tanto, el equipo 2, conformado por Caspian, Sandra, Edmund y Lucy, había estado recorriendo las aldeas secundarias. Habían preguntado a varias personas, pero nadie había visto a Susan o Rilian.

—Creo que deberíamos cambiar de dirección —propuso Caspian, su voz tensa—. No estamos avanzando.

Sandra, con un gesto de desdén, intervino.

—Si no los encontramos en los caminos principales, tal vez deberíamos considerar los burdeles.

La sugerencia de Sandra dejó a Lucy atónita.

—¡¿Qué?! —exclamó, indignada—. ¿Cómo puedes pensar eso de Rilian? No está en un lugar como ese.

—Si estás tan segura de que no está allí, ¿por qué no podemos comprobarlo? —arguyó Sandra, su tono desafiante.

Lucy sintió que su sangre hervía, pero, recordando la urgencia de la situación, trató de mantener la calma.

—Está bien —dijo finalmente—. Si vamos, será solo para demostrarte que estás equivocada.

Edmund, observando el creciente conflicto, decidió intervenir antes de que la situación se volviera más tensa.

—Quizás sea mejor si todos nos dirigimos a la zona donde se encuentran esos negocios —sugirió—. Al menos así evitaremos peleas innecesarias y podremos descartar más lugares.

Caspian asintió, sintiendo que era un enfoque sensato. La preocupación por Susan y Rilian era más importante que las disputas personales.

El grupo se dirigió hacia el distrito más lejano de Narnia, a pesar que Narnia es un país mayormente pacifico, aun así hay reportes de violencia o peleas de personas con tragos de más, y todos siempre parecen venir de este distrito. El ambiente cambiaba rápidamente; cada vez se encontraban menos casas o Negocios en su camino.

Mientras avanzaban, Lucy sentía una mezcla de nervios y determinación. A pesar de confiar y defender a Rilian, aún tenía el miedo que Rilian volviera a ser el chico rebelde que conoció.

—No podemos juzgarlo sin pruebas —dijo, tratando de reafirmar su confianza en él—. Solo quiero encontrarlo y asegurarme que esté bien.

El grupo avanzaba, cada uno con sus pensamientos. Las sombras de la noche se alargaban a su alrededor, y la tensión en el aire era palpable. Las calles cada vez están más llenas de tabernas y licorerías. Las luces parpadeantes por las velas iluminaban el camino, y la música resonaba en el aire, mezclándose con las risas y los cánticos de los borrachos.

—Esto se está saliendo de control —murmuró Lucy, observando cómo la gente caminaba un poco ebria, con las caras sonrojadas y los brazos alzados en celebración.

—Es más de lo que esperaba encontrar —añadió Caspian, frunciendo el ceño ante la falta de orden.

De repente, notaron una pequeña multitud congregada frente a una taberna llamada "Las Mil Rosas". La curiosidad les llevó a acercarse, empujando suavemente a través del grupo de personas que reían y cantaban.

Cuando finalmente lograron abrirse paso, lo que encontraron los dejó sin palabras. Allí estaban Susan y Rilian, bailando y cantando a todo pulmón junto con la multitud. La energía era contagiosa; todos se movían al ritmo de una melodía, el tipo de danza muy diferente a la que suele resonar en los salones de Cair Paravel.

Susan parecía tan ebria que no era completamente consciente de lo que sucedía a su alrededor. Su risa resonaba, iluminando su rostro mientras giraba y saltaba, disfrutando de cada momento sin preocupaciones.

Por otro lado, Rilian, igual de ebrio, no parecía notar a un grupo de chicas que se acercaban a él, coqueteando y lanzando miradas coquetas. Él se reía, absorto en la diversión y el bullicio, sin reparar en su atención.

El alboroto se detuvo abruptamente cuando Edmund, incapaz de contenerse, exclamó en voz alta:

—¿Qué está pasando aquí?

El bullicio de la taberna se apagó como un apagón súbito, y todas las miradas se volvieron hacia el grupo. La música cesó, y la multitud quedó en silencio, observando la reacción de Susan y Rilian.

Susan giró sobre sus talones, su rostro iluminándose al ver a sus amigos.

—¡Edmund! —gritó, sin perder el ritmo—. ¡Ven a unirte a nosotros!

Rilian, reconociendo la voz de su amigo, se volvió con una sonrisa amplia.

—¿Qué hacen ustedes aquí? —preguntó, su voz un poco más alta de lo habitual—. ¿Vinieron a celebrar ustedes también?

Caspian, en estado de shock, finalmente habló, su tono más serio que nunca.

—¿Celebrando? ¿Es esto lo que han estado haciendo? ¿Ustedes dos?

La multitud observaba, algunos sonriendo, otros burlándose, disfrutando de la escena entre la realeza que había llegado a interrumpir su noche. El rostro de Caspian se oscureció aún mas cuando noto como la mano de un joven estaba en la cintura de Susan, para así aydarle a estar de pie. Había algo en la mirada de Susan que le preocupaba y la culpa que sentía por las palabras que le dijo, volvió con 10 veces más intensidad.

Mientras la multitud comenzaba a murmurar nuevamente, la tensión en el aire era palpable. La realidad comenzaba a hundirse en el corazón de todos, y la diversión de la noche se tornaba en algo más complicado.


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