- ¿Ma... matrimonio? - pronunció Rin, con sus ojos ampliamente abiertos.
- Es lo mejor para todos. - respondió Hoshiyomi. - Además, bajo la protección de los Taisho, ustedes estarán más seguras.
- Pero... ¿es necesario el casamiento para tener su protección? - pronunció una dubitativa Kagome.
- Yo no me opongo. - todos miraron a Inuyasha, mientras Tsukiyomi esbozaba una sonrisa. - Si es la mejor manera de poder cuidarla, tienen mi consentimiento.
- Inuyasha... - murmuró. - Sólo digo... que no me parece que, algo tan sagrado como el matrimonio tenga que ser por este motivo.
- Inuyasha no lo hace solo por eso, ¿verdad? - el híbrido desvió la mirada.
- Entiendo que ellos estén enamorados, madre... - intervino Rin. - Pero, ¿Qué hay de mi? Nosotros no tenemos el deseo de estar juntos.
- Pues tendrán que buscarlo. - respondió Hoshiyomi. - El destino de los dos se selló en el momento en que las espadas los eligieron como sus nuevos dueños.
- ¡Es injusto! - gritó. - ¡Yo no pedí a Tsuki! - la tomó, elevándola. - Y para ser honesta, no la hubiese aceptado de haber sabido esto.
- Rin. - su madre trataba de sonar paciente. - Ustedes deben encargarse de romper el odio que hay entre las almas de los dueños de sus armas.
- Pero, madre, ¿Cómo se supone que van a hacerlo si no hay sentimientos entre ellos?
- Es verdad, además, ¿Qué pasaría si nosotros terminamos odiándonos? ¿no incrementaríamos el problema?
- Entonces deberán aprender a quererse. - repitió el hombre. - Lo lamento por ti, hija, pero esta vez no tendrás elección.
- ¿Y cuando le tuvimos, padre?
Kagome.
La expresión de Tsukiyomi se endureció, a sabiendas de que su hija no trataría de contenerse.
- ¿Recuerdas cuando me encerraste en el castillo? - el semblante del hombre se ensombreció. - ¿Acaso tuve la libertad de decidir?
- Eso fue completamente diferente, tenía que protegerte.
- ¿Dejando a Kikyo desprotegida?
- Kagome. - su padre apretó sus puños.
- Debí imaginármelo, ¿Qué iba a importarte? después de todo no es tu hija.
Lo siguiente sucedió en cámara rápida. En un parpadeo, Inuyasha se encontraba sosteniendo la mano de Hoshiyomi, la cuál había quedado a centímetros de su rostro.
- Ni se te ocurra tocarla.
- Inuyasha...
- ¡¿Qué demonios estas haciendo?!
- Si le pones un dedo encima, te destrozaré la mano, ¿me escuchaste? - lo empujó, colocándose al medio.
- ¡Soy su padre! - gritó.
- ¡Pues no me interesa! - respondió en el mismo tono. - Mientras yo este aquí no te dejaré que te le acerques... no tienes el derecho a golpearla.
- No es momento para peleas, Hoshiyomi. - intervino su esposa. - Debemos concentrarnos en los preparativos de la boda.
- ¡No! - nuevamente la voz de Rin tomó la palabra. - ¡Me niego a aceptar esto!
- Lo siento, hija. - la compasión en la voz de su madre sólo hacía que su enojo incrementara aún más.
- Van... van a arruinar mi vida. - sus ojos se humedecieron, al mismo tiempo en que la joven comenzaba a correr.
- ¡Rin!
- Déjala, Kagome... ella necesitará tiempo para procesar todo esto.
Mientras tanto, Sesshomaru y su padre aún permanecían frente a los cuadros de sus antepasados.
- ¿Acaso es una broma de mal gusto?
- ¿Tengo cara de estar jugando?
- Primero me obligas a ser niñero y ahora quieres que la despose, hm... si no es una broma, no se que es.
- Es tu destino, Sesshomaru.
- Mi destino, es el que yo decido que sea. - lo miró. - Y esa niña no se encuentra en el.
- Tu destino ha estado marcado desde tu nacimiento, sin embargo, no podíamos saberlo hasta que las espadas manifestaran su voluntad.
- En ese caso... - tomó a Tenseiga, lanzándola al suelo. - No la quiero.
- Sesshomaru...
- Me dijiste que la entrenara para que pudiese sobrevivir por sus propios medios...
- Jamás mencioné lo de sus propios medios, eso fue algo que tú mismo asumiste.
- Eso es lo único que estaba dispuesto a hacer por ella, padre. - volteó, comenzando a caminar hacia la salida. - Si quieres utilizar a alguien para aplacar el odio de esas estúpidas almas corrompidas, vas a tener que buscarte a otro.
- Kikyo y tú jamás van a estar juntos. - el peliplata se detuvo. - Cuando dos personas no están destinadas a estar juntas, la misma vida se encarga de separarlos.
Y lo se por mi propia experiencia.
El rostro de Izayoi pasó por su mente.
- ¿Y quién te dijo que ella es el motivo por el me estoy negando?
- Lamento que no te agrade, hijo, pero no podrás escapar de todo esto...
Sin responder, el joven salió del cuarto, adentrándose en la oscuridad del pasillo.
Su aroma se esta alejando, ¿habrá tomado la noticia de la misma manera?
Pensó, siguiendo el olor de la joven yokai.
Recluta.
El moreno se adentró en la parte más alejada del bosque, a sabiendas de que se encontraría con ella tarde o temprano.
- Pensé que no vendrías nunca. - sonrió Zero, mirándolo por sobre su hombro.
- Espero que tengas un muy buen motivo para hacerme venir hasta aquí.
- Por supuesto que lo tengo... ¿Cuándo no he tenido uno?
- Zero. - sus ojos se encontraron con los de él. - Quiero recordarte que... sólo sigo tus estupideces porque no deseo que vuelvas a fastidiar a mi gente.
- Oh... lo lamento, no pensé que la muerte de tu padre, a manos del mío, aún te doliera tanto.
El lobo apretó sus puños, sin embargo logró contenerse.
- Habla de una maldita vez.
- ¿Conoces el clan Shizen?
- ¿Crees que nací ayer? Todo el mundo los conoce.
- Necesito que me traigas la espada de Kagome.
- ¡¿Acaso te volviste loca?! - gritó. - ¡Esa niña podría matarme sin más!
Sobre todo si es la portadora de la espada de la gran Kiyomeru.
- Vaya, parece que conoces la historia completa. - sonrió. - No me interesa... o traes esa arma o tu manada pagara las consecuencias. - volteó, caminando en su dirección. - ¿Comprendiste?
Extendió su mano, con la intención de acariciar su mejilla, sin embargo, este se alejó.
- No me toques, me das asco.
- El sentimiento es mutuo. - su sonrisa se amplió. - Tienes 7 días, Koga, ni uno más.
Volteó, comenzando a caminar y desapareciendo en la penumbra, mientras el joven emitía un sonoro suspiro, tratando de tranquilizar su deseo de asesinarla en ese instante.
