La noche siguiente al hallazgo fue muy difícil. Shinichi, para no variar, había decidido quedarse justo fuera de la habitación de Ran, quién aún no sabía que tenía la letra "k" de Kudo marcada para siempre en la espalda. Él no podía dejar de sentirse responsable, aunque fuera de forma indirecta, y era algo que lo estaba matando. No comía, no dormía, apenas hablaba… Sus amigos estaban muy preocupados al ver cómo su físico se deterioraba en cuestión de horas, tal y como la primera vez que ella cayó enferma. Shinichi estaba en el suelo sentado, con la espalda pegada a la puerta sin ser consciente de lo terriblemente cansado que estaba.
—No puedes dormir, eh. —Le dijo su amigo de Osaka.
—¿No deberías estar vigilando a Aoko?
—Sí, debería, pero Kaito no dejará que le pase nada —dijo echándose al suelo con él, provocando con su comentario una efímera sonrisa.
—Ya, bueno, tienes razón.
—¿Qué es lo que te pasa?
A Shinichi le sorprendió que su amigo fuera tan directo, pero él ya no tenía fuerzas para esquivar la pregunta. —Todo se ha ido a la mierda, Hattori.
Aquella voz rota, casi de llanto, hizo que su amigo frunciera el ceño mientras el de Tokio pegaba la cabeza contra la pared para contener sus emociones una vez más.
—He perdido lo único que de verdad quería salvar. No pedía tanto, de verdad. Tuve la felicidad en la palma de la mano y lo eché todo a perder por imbécil.
El de Osaka buscó sus ojos y, por primera vez, no encontró nada más que un vacío abrumador en ellos. Supo que se estaba dando por vencido. —¿Esa es la actitud del "gran detective del Oeste" ante un problema?
—¿Qué coño dices ahora? Eso es pasado, Hattori. ¡Pasado! ¡Los días en los que éramos niñatos jugando a ser detectives terminaron! ¿O no lo ves?
Justo al completar la oración, los dos al mismo tiempo, escucharon un sonido extraño procedente del interior de la habitación de Ran.
Sin perder ni un segundo y con precaución extrema, los dos agentes se posicionaron a ambos lados de la puerta para cubrir la habitación en el momento en el que Hattori girara el pomo. Un grito de Ran hizo que todo se acelerara y los dos se precipitaron por la puerta para auxiliarla. Alguien vestido de negro la arrastraba por los pies en dirección a la ventana. La sangre en el suelo indicaba que a la chica se le acababan de abrir las heridas.
—¡RAN!
Hattori no era de los que se quedaba en shock ante una situación de emergencia, pero cuando quiso reaccionar, Shinichi le había hecho un placaje al asaltante de la chica y ambos habían caído al suelo. Heiji escuchó entonces el sonido de un motor y corrió hacia la ventana para ver al conductor de una motocicleta. Todo era oscuro como el negro más puro. —Mierda —exclamó Hattori al ver que esa persona, casi seguro, una mujer, sacaba un arma de algún sitio y apuntaba en su dirección. Él se agachó justo antes de que la primera bala impactara en la fachada del edificio.
El secuestrador había intentado una vez más llevarse a Ran puesto que ahora ella no podía moverse. Shinichi usó las técnicas de lucha cuerpo a cuerpo que había aprendido durante su formación como policía y consiguió darle unos golpes, uno de ellos a la altura del diafragma cortándole la respiración por unos segundos, tiempo suficiente para posicionarse delante de ella para protegerla, aún sin poder creer que tuviera que ser él quien defendiera físicamente a la incuestionable reina del kárate de Tokio. Ella vio perfectamente que él había adoptado la postura de defensa que ella utilizaba en las peleas serias y estaba a punto de intentar levantarse para huir, pero su cuerpo no daba más de sí.
—Quédate quieta.
Los disparos continuaban y los pasos apresurados en dirección a la habitación alertaron al atacante, quién se supo acorralado y decidió escaparse por el mismo sitio por el que había entrado, no sin antes darle una patada a Kudo lo suficientemente fuerte como para hacerle perder el equilibtio y que cayera justo encima del objetivo. En apenas tres zancadas, esquivando a Hattori de un salto, el criminal se escabulló por la ventana.
—¡Cabrón! —Dijo Heiji dispuesto a seguirlo, pero sabiendo que sería imposible alcanzarlo.
Kazuha, Aoko y Kaito llegaron justo en ese momento. —¡Ran! —la llamaron desde la puerta. Intentaron acercarse, pero el agente Kuroba las detuvo. Sabía que era el momento que Shinichi estaba esperando para poder hablar con ella.
—¡Ran! ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo?
Su voz era áspera y reflejaba preocupación al mismo tiempo que se quitaba la camiseta para taponar las heridas de su espalda. Podía sentirla temblar. ¿Estaba llorando?
—Vamos a curarte, ¿vale? —dijo tendiéndole la mano, con una sonrisa apaciguadora, invitándola a volver a confiar en él.
Ella levantó la mano en su dirección, sorprendiéndolos a todos, aunque por motivos diferentes. El corazón de Shinichi latía con fuerza, tal y como lo hacía la primera vez que sintió ganas de besarla, pero, para su asombro, la chica la despejó de un manotazo.
—¿Por qué siempre que estás tú cerca tengo que pagar las consecuencias?
Aquella pregunta fue como un puñal en su corazón. Se sintió ridículo, humillado y derrotado.
—Siempre igual. No te importan los demás. Solo piensas en ti y en tu estúpida carrera.
—Solo quería protegerte —dijo con un hilo de voz, enterrando los ojos en el subsuelo.
—¿¡Protegerme!? ¡De lo único que necesito protección es de ti!
Aquél grito resonó en la casa entera, quizás porque todos estaban manteniendo la respiración para no interrumpir aquella conversación tan necesaria. Él no dijo nada. Ella no pudo contenerse más.
—Llevas años destrozándome una y otra vez, y en el momento en el que estoy empezando a ser feliz, vuelves a entrar en mi vida, importándote todo una mierda, para volver a hacerme daño.
Ran estaba llevando las cosas demasiado lejos, y todos los espectadores de la escena lo vieron. Intentaron cortar la conversación, pero Shinichi les hizo un gesto para que no intervinieran. —Sabías que no te quería volver a ver. ¿Qué coño haces otra vez aquí? ¿Qué más quieres de mí?
El silencio absoluto se instaló entre ellos durante unos segundos, pero cuando Shinichi levantó la mirada para enfrentarla con rabia hacia ella en sus ojos por primera vez en su vida, todos se estremecieron.
—¿Quieres que renuncie al caso, Ran?
—¿No me has oído? ¡Te he dicho que…!
—Puedo firmar una renuncia al caso —su voz se sobrepuso a la de ella, haciéndola callar— alegando motivos personales. Y lo haría encantado. ¿Sabes por qué? Porque soy perfectamente consciente de que me odias y que quieres castigarme por todo lo que te he hecho pasar. ¡Lo entiendo! ¡Es normal! Pero yo también estoy empezando a cansarme de que actúes como una puta niñata consentida.
—¿Cómo te atreves…?
—¿Qué es lo que piensas hacer? —De nuevo, el tono alto, imperativo, la hizo callar. —¿Piensas que puedes defenderte de un ataque así tú sola en este estado? ¿O, quizás, ir a que te protejan tus padres? Si es eso lo que planeas hacer, y si tanto me odias, piensa si prefieres que sea tu padre o sea yo el que acabe con una puta bala en la cabeza por intentar protegerte, ¿eh?
Ella no respondió y nadie se atrevió a decir nada. Por primera vez en su vida, Shinichi había decidido que ya estaba bien de aguantar estoicamente todos los reproches, insultos y amenazas que quisieran hacerle.
—Vas a hacer las cosas como yo diga de ahora en adelante. Si te empeñas en negarte, no tendré más remedio que detenerte.
—¿Estás hablando en serio? —Kaito tragó saliva. Él mismo la había advertido con detenerla, pero sabía que no lo haría ni en el caso más extremo. Shinichi no parecía decirlo de broma.
—Totalmente, Ran. No quieras tentarme. Tú ya no me conoces ni sabes…
—No serás capaz —esta vez fue ella la que se impuso.
Él se acercó y la miró directamente a los ojos, sin un atisbo de duda o vergüenza en ellos, algo que a ella la intimidó lo suficiente como para decidir que era mejor estar callada. Para su sorpresa, y la de todos, él se acercó a su oreja y le susurró.
—De momento, vas a estarte quietecita mientras te miramos la espalda, ¿eh?
Ella sintió cómo se le ponía la piel de gallina. Por un momento, su voz seductora y la cercanía con él hizo que cerrara los ojos, pero los abrió al instante y quiso reaccionar escondiendo sus brazos para que no viera la piel de gallina que él seguía produciéndole al menor roce, pero no se dio cuenta de que Shinichi se las estaba aprisionando entre las esposas.
—¿Qué? ¿Qué estás haciendo?
—Te he dicho que te estés quieta.
Shinichi había fijado a Ran a uno de los barrotes que componían el viejo soporte de la cama ante las miradas de horror de las chicas. Kazuha le dio un codazo a Heiji para que reaccionara e intentara frenarlo.
—Kudo, ¿no crees que estás yendo demasiado lejos?
La chica forcejeaba para liberarse de las esposas y mascullaba maldiciones, algo que nunca había hecho, al menos, delante de los chicos.
—Lo único que vas a conseguir es hacerte daño, Ran. Para de una vez.
—Déjame en paz.
—Muy bien, como quieras —le dijo posicionándose detrás de ella para que no pudiera verle y hacerle un gesto a Hattori de que todo iba a ir bien. —Voy a mirarte la espalda.
—¡No te atrevas a tocarme!
—No creo que necesite tu opinión. —Ella se revolvió violentamente en cuanto sintió el tacto de la mano de él sobre su ropa. —¡Eh, ya vale!
—¡No me vuelvas a poner una mano encima!
Él suspiró. —Aoko-san, siento pedirte esto, pero, ¿podrías revisarla tú? No creo que esté bien que lo haga yo a la fuerza.
Aoko se acercó a paso rápido, con lágrimas en los ojos, sabiendo cómo debía estar sintiéndose su amiga en ese momento. Se arrodilló para abrazarla y notó cómo ella hundía la cara en su cuello, incapaz de devolverle el abrazo.
—Voy a revisarte esas heridas, ¿vale? Hay mucha sangre en el suelo.
La chica, de rodillas en el suelo y encadenada a la cama, asintió, intentado controlarse las ganas de llorar. O, al menos, hacerlo delante de él. Aoko, por algún motivo, sintió que estaba traicionándola y miró a Kazuha, quien comprendió al instante lo que estaba sucediendo y corrió hacia las chicas.
—Dejadnos atenderla a nosotras.
Shinichi leyó la situación y se retiró en seguida de detrás de Ran. Salió de la habitación sin decir una palabra y sus compañeros lo siguieron sin saber bien hacía dónde se dirigía. —¿A dónde vas?
—Necesito tomar el aire.
—¿Nos vas a contar de qué coño iba todo eso? —le preguntó Kaito encarándose con él.
—¿Qué es "todo eso"?
—¿Por qué estás actuando como un gilipollas con ella?
—¿Ahora vas a echarme en cara mi forma de tratar a los demás? ¿Tú, precisamente?
—Pensaba que querías recuperarla.
Él no dijo nada, pero intentó esquivarlo a él y a la pregunta, aunque, en esta ocasión, fue Hattori el que lo paró.
—No voy a decirte cómo tienes que hacer las cosas, Kudo, pero creo que…
—Has dicho que no vas a decirme cómo hacer las cosas ¿no? —El chico se soltó del agarre de su amigo de un tirón. —Yo sí os voy a decir qué vamos a hacer. Nos vamos a ir de este sitio ahora que podemos, así que id recogiendo lo que necesitéis. Estaré fuera.
Aoko salió unos minutos después en busca de Kudo, pero casi se dio de bruces con Kaito, que llevaba en sus brazos una pila enorme de ropa.
—¡Perdón! ¡No te había visto! —exclamó pensando que estaba Kazuha detrás de aquel muro infranqueable de tela.
—¿Quieres que te eche una mano?
La voz de Aoko le hizo perder el habla. La última conversación entre ellos había sido un completo desastre, pero, por algún motivo, su tono era completamente diferente.
—No es necesario. Gracias —le dijo el mago esforzándose en que sus ojos no se cruzaran con los de ella.
—¿No quieres hablar conmigo? Solo quería darte las gracias. Por salvar a Ran la primera vez.
A Kaito le dolió que el único motivo que tuviera ella para darle las gracias fuera ese y apretó la tela con ira, aunque ella no lo notó.
—De nada, solo hacia mi trabajo.
—Sí. Supongo que sí… No tardes mucho en volver a la cama, ¿vale?
El asintió con la cabeza sin querer mirarla, detalle que ella percibió. No era una situación fácil para ninguno de los dos; se habían hecho mucho daño el uno al otro y tenían mucho que recriminarse. Sus sentimientos eran muy complejos, muy profundos y apuntaban en todas direcciones. Quizás lo mejor era dejarlo todo como estaba. Aoko suspiró. ¿Cómo era posible que sintiera todo aquello tan solo con mirarlo?
Kazuha y Ran estaban en la habitación sin hablar. No sabían qué decirse ni cómo reaccionar: por una parte, la chica de Osaka no podía mirarla sin querer llorar de impotencia; por la otra, la de Tokio no podía decirle que todo iba bien. El silencio entre ellas nunca había sido tan pesado.
Afortunadamente para ambas, alguien llamó a la puerta suavemente. Agradecieron que Aoko llegara para distraerlas un poco.
—Pasa —dijo Ran con voz tranquila.
Para su sorpresa no fue la tercera amiga quien entró, sino Hattori, aunque se refugiaba de la mirada de las chicas usando la puerta como escudo.
—Heiji…
—He venido a quitarte las esposas.
Ran se sorprendió y lo miró directamente mientras él avanzaba hacia ella con paso rápido e inseguro. Se notaba que estaba avergonzado y no quería enfrentar a la que antaño fue también amiga suya. El chico se arrodilló al mismo tiempo que sacaba una llave de repuesto.
—Pensaba que solo habría una —comentó Kazuha mirando cómo él la metía en el hueco.
—No, sería muy mala idea si se perdiera y no hubiera copias —contestó sin mirarla. —Ya está.
Ran se llevó la mano izquierda a la muñeca derecha y se la acarició para aliviar el dolor que sentía. Hattori suspiró sin atreverse a mirarla, aunque sabiendo que dos pares de ojos estaban clavados en los suyos, esperando a que dijera algo. —Oye… Siento que haya pasado todo esto.
—¿Umm? Bueno… N-no es tu culpa.
—Sé que pensarás que no es buena idea quedarte aquí, pero… —Hattori hizo una pausa para armarse de valor y suspirar— Es cierto que estás en peligro.
—Sé cuidarme yo solita.
—No lo dudo, pero no creo que por mucho tiempo.
—¿Qué?
—Este ha sido un ataque muy torpe. No es en absoluto lo habitual tratándose de quien se trata. Han cometido el error de hacernos saber que se están reorganizando. No cometerán ese error dos veces.
Kazuha tragó saliva y miró a Ran sintiendo miedo por su integridad. La ex-karateka sabía que el detective del este no estaba marcándose ningún farol.
—Sé que es difícil, pero tienes que confiar en nosotros. Estamos preparados como nadie más en el mundo para hacerles frente.
—Yo… No sé…
—Piénsalo, al menos. Te doy mi palabra de que voy a protegerte cueste lo que cueste. A las dos —añadió mirando a Kazuha a los ojos.
La enfermera vio de nuevo al Heiji del que se enamoró siendo una niña y supo que había cometido un error colosal el día que se apartó de su lado.
—Descansad, chicas. Dejadlo en mis manos —dijo levantándose para irse.
Ran miró a Kazuha y vio brillo en unos ojos que habían permanecido apagados todos esos años. Le hizo una señal para que fuera detrás de él; ella dudó al principio, pero su amiga asintió con energía y una sonrisa, dándole fuerzas.
—¡Heiji! —lo llamó mientras echaba a correr detrás de él.
Ella se quedó allí sola en la habitación, con una sonrisa triste. Durante muchos años, Kazuha había negado lo que sentía solo por no hacerla a ella dudar. Se colocó en una esquina, abrazándose a sí misma y sintiendo ganas de llorar. ¿Por qué estaba pasando todo aquello?
El sonido de unos nudillos hizo que se quitara las lágrimas de los ojos y que intentara aclararse la voz para recibir a su amiga, aunque no fue ella, sino Kaito, quién ingresó en la habitación.
—He venido a quitarte esas esposas que… ¿Estás llorando?
—No.
—¿Seguro? —Insistió, sabiendo la respuesta de antemano. Ella ya no contestó y fue él quien se acercó y se puso a su lado. —¿Puedo?
—Haz lo que quieras.
Sabiendo que no iba a recibir ninguna otra respuesta más afirmativa que aquella, el mago se sentó a su lado. No dijo ni una palabra en unos minutos, y Ran comenzó a ponerse nerviosa.
—¿Querías algo?
—No, nada.
—¿Entonces?
—¿Entonces qué? Solo te estoy acompañando.
—Ah…
Estuvieron un par de segundos más en silencio, hasta que ella fue la que rompió el silencio.
—Tu nombre es Kaito, ¿verdad?
—Sí.
—¿Y nunca antes nos habíamos visto?
—No, la vez en la puerta del hospital fue la primera.
—Ya… —Kaito estaba a punto de decir que tenía que irse cuando ella volvió a hablar. —Y…
—¿Sí?
—¿Cómo sabías mi nombre? Gritaste: "Ran se muere", lo escuché antes de desmayarme. ¿Cómo sabías que era yo si nunca antes nos habíamos visto?
"Mierda, mierda, mierda", pensó Kaito. La ex de Kudo lo acababa de poner entre la espada y la pared, pero, exteriormente, no lo aparentaba.
—Había escuchado de ti.
—¿Y me reconociste incluso con el pelo rubio?
Él no dijo nada y ella supo que no quería decirlo, lo cuál le resultó respetable, así que no preguntó más. No era tonta y sabía que el único motivo era porque él había sido Kaito Kid, aunque no lo dijo.
Shinichi tenía muchísimos pensamientos contradictorios que le corrían por la cabeza. Sabía que acaba de ser un imbécil con una persona con la que nunca debería serlo, aunque había funcionado. Suspiró. No quedaba más remedio que llamarla y ver qué podían hacer por ellos.
—¿Diga?
—Soy Kudo.
—¡Oh, cool guy, —el cambio de cuerpo había traído un cambio en el apodo— cuánto tiempo! ¿Qué puedo hacer por ti?
—Supongo que el FBI no tiene constancia todavía, pero la Organización se está reorganizando.
—No puede ser… ¡Apenas quedan miembros y los que quedan son todos de los rangos más bajos!
—Alguien los está moviendo.
—La única que escapó de los miembros importantes fue Vermouth…
—No, no es ella. Ha sido Gin.
—¿Cómo lo...?
—Hay que encontrarlo e interrogarlo.
—Haré un informe y lo elevaré a instancias superiores.
—Una cosa más, Jodie-san.
—Go ahead.
—Necesito una casa grande. Para seis adultos.
—¿A dónde estamos yendo?
Heiji miró a Kazuha por el retrovisor central un momento y luego volvió a fijar sus ojos en la carretera. Kaito sacó un cigarro, lo encendió y bajó un poco el cristal de la ventana para que el humo tuviera salida.
—¡Eh! ¡He hecho una pregunta! —Ran estaba empezando a enfadarse por el hecho de que todos en esa minivan parecían ignorarla.
—Pudiste haber renunciado a la custodia de la policía y no lo has hecho —le dijo Shinichi cansado de tener que discutir con ella una vez más.
Efectivamente, tras la charla con Heiji, Ran había aceptado que fueran ellos quienes las protegieran, aunque con ciertas condiciones que Shinichi le había dicho que no iba a respetar.
—Nos quedan aún dos horas más y ya está resultando insufrible contigo chillando cada dos minutos.
—¡Serás! ¡No tendría que haber venido!
—Hattori, para el coche.
—¿Qué? ¿Aquí?
—La señorita Mouri se ha arrepentido de su decisión y desea volver a casa.
—¡Por fin!
—Pero no tenemos tiempo de llevarla a Tokio, evidentemente. La dejaremos aquí y avisaremos a los familiares para que vengan a buscarla.
Ran lo miró con los ojos muy abiertos. ¿De verdad iba a dejarla sola en el costado de una carretera por la que no pasaba nadie a las cuatro de la madrugada?
—Esas son las condiciones. Tú decides.
—Eres un psicópata…
Kaito le ofreció el cigarrillo a la chica. Ella lo aceptó y él se encendió otro. La tensión podía cortarse con un cuchillo dentro de esa minivan.
—¿Por qué no intentas dormirte? —le preguntó Kuroba a la chica, señalándole con la cabeza para que viera que sus otras dos amigas ya estaban dormidas profundamente. —Debes de estar agotada.
—Ya dormiré cuando lleguemos a donde sea que nos estéis llevando.
Ran estaba comenzando a quedarse dormida justo cuando Hattori aparcó en las afueras de una casa de campo. Había pasado mucho más de dos horas, de hecho, el sol ya estaba completamente fuera. Kazuha se abrazó a su amiga mientras escondía la cara de la luz y le preguntaba que dónde estaban.
—Chicas, ya estamos aquí, despertad —dijo zarandeándolas suavemente y con voz dulce.
—¿Dónde estamos?
—Ya hemos llegado.
—¿Qué hora es? —preguntó Aoko molesta, echándose sobre el regazo de la otra de Tokio.
—Las 9 —rió ella mientras le acariciaba el pelo con cariño. —Venga, chicas, vamos a ver la casa.
—Ains…
Kudo tosió para poner un poco de seriedad a todo aquel asunto, haciendo que la espalda de Ran se tensara. Aoko suspiró con pesadez y abrió la puerta del coche.
A las chicas se les pasó la molestia en cuanto vieron la casa: tres plantas, una piscina, un jacuzzi, un jardín con hamacas… Era una casa de ensueño.
—¿Pero qué…? —Las chicas se quedaron boquiabiertas al ver la casa por fuera.
—¡Vamos a elegir habitaciones! —exclamó Kazuha echando a correr hacia el interior.
—¡Espéranos! ¡Kazuha! —dijo echando a correr detrás de ella intentando alcanzarla. —¡Ran, date prisa!
—¿Quién tiene las llaves?
—Estará abierto.
Shinichi suspiró y le tiró las llaves a Kaito para que se adelantara y dejara a las chicas elegir cuarto. Hattori cerró el maletero y estiró la espalda. Su mejor amigo parecía estar escribiéndole un mensaje a alguien, gesto que le dio el tiempo suficiente para echar un vistazo al exterior.
—¡Cómo se lo montan los del FBI!
—¿Eh? Ah, no es del FBI, es una mansión propiedad de mi familia. Jodie-san nos está preparando otro sitio, pero no era seguro quedarse allí —dijo antes de echar a andar en dirección a la entrada.
—¿Cuánto dinero tiene tu familia?
Él se encogió de hombros. —El suficiente para permitirse algún que otro capricho.
—¿Capricho? —preguntó enarcando una ceja. —¡Eh! ¿No vas a ayudarme a sacar las maletas?
—Tengo cosas que organizar.
—¿Quéééé?
Las chicas estaban contentas. Había más de siete habitaciones, tres de ellas con baños completos privados, un gimnasio, una sala de recreo y una de las cocinas más grandes y mejor equipadas que hubieran visto nunca.
Decidieron quedarse cada una con una habitación con servicio, aunque no eran contiguas.
—¡Las camas son comodísimas! —exclamó Aoko dejándose caer en la de Ran, que estaba registrando los armarios, aunque todos estaban vacíos.
—¿Qué es este casoplón?
—¿Casoplón? ¡Esto es un palacio en toda regla! —exclamó Kazuha corriendo a tirarse en la cama junto a su amiga. —Me pregunto de quién será esta casa.
—Ni idea…
—¿No os parece raro? —preguntó Ran. —No hay nada en ningún sitio. Es como si acabaran de terminar de construirla.
—Tienes razón…
—Bah, ¿a quién le importa? —dijo Kaito desde el marco de la puerta, sin atreverse a invadir el sitio seguro de las chicas. —Lo importante es que aquí estaremos todos a salvo.
—Sí, supongo.
Kazuha vio cómo Aoko contenía la respiración. Sabía que esos dos se habían encontrado en el pasillo porque Ran y ella los habían escuchado intercambiar algunas palabras; habían deducido que algo malo había ocurrido entre ellos porque la hija del inspector Nakamori no había vuelto a entrar en la habitación.
Vio que su amiga jugueteaba con sus manos mientras evitaba mirar al agente Kuroba. "Aoko, eres monísima", pensó con una sonrisa en su rostro, aunque no le duró mucho. Su rostro se ensombreció cuando miró al frente. Kazuha la imitó y se sorprendió muchísimo.
Ran y Kaito hablaban animadamente, incluso podrían decir que estaban coqueteando, aunque fuera sutilmente. El cuerpo de ella le daba el espacio necesario a Kaito para que se acercara; la postura relajada de él, que estaba apoyado con un brazo en el armario, reflejaba comodidad.
—¿Qué significa esto? —susurró Aoko sin saber si lo había dicho en voz alta o solo en su cabeza.
—¡Ran! —la llamó Kazuha demasiado alto, interrumpiendo la conversación abruptamente y ganándose la mirada sorprendida de ambos. —¿Te importaría ayudarme con la maleta?
—¿Eh?
—Es que no puedes moverte, así que, he pensado que sería divertido si me ayudaras a guardar mi ropa y luego yo te ayudo a guardar la tuya.
—Ah… Sí, claro, ¿cómo no?
Kaito la miró mientras ella se iba, pareciéndole a Aoko que le estaba mirando el culo descaradamente. Él suspiró, incómodo por verse de nuevo a solas con ella.
—Bueno, yo… Creo que mejor voy yo también a deshacer mi maleta.
—¿Ahora te gusta Ran?
La voz era de enfado contenido, Kaito lo sabía. Le parecía increíble que ni siquiera eso hubiera cambiado en ella. La miró a los ojos y decidió ver hasta dónde podía llegar.
—¿Y qué si me gusta?
—Entonces, te gusta.
—No creo que deba darte explicaciones de nada, Aoko.
—¿Explicaciones? ¡Já! ¡Esto es el colmo!
—¿Qué dices?
—¿Quién te está pidiendo explicaciones?
—¿Estás celosa?
—¿Qué?
—¿Estás celosa?
—¡No! ¿Celosa? ¿Por qué?
—Entonces, te da igual si lo intento con ella, ¿no?
Aoko estaba luchando con todo lo que tenía para que Kaito no leyera sus sentimientos, pero él era un maestro en eso, así que no pudo lograrlo. Por supuesto que estaba celosa, ¡a ella ni siquiera la miraba!
—¿A mí? ¡Exactamente igual! —le dijo intentando no sonar demasiado exagerada, haciendo que Kaito tuviera que esforzarse para no reírse. —¡Puedes follártela si quieres!
—Genial.
Aoko se levantó de la cama y pasó por su lado dándole con el hombro. Kaito sonrió mientras miraba cómo el vestido se le había enganchado en la ropa interior hasta prácticamente mostrársela. El orgullo le llenaba el pecho tanto que andaba incluso pavoneándose. Por un momento, la montaña rusa de su relación tenía sentido para él, aunque solo duró un instante. Al salir, se encontró frente por frente con Hattori, que lo miraba fijamente.
—¿Qué?
—Como Kudo se entere de lo que has dicho, te mata.
—No tiene por qué. Yo respeto a las novias de mis amigos como si fueran mis hermanas.
—¿No decías que lo mejor era no buscarlas? ¿Has cambiado de opinión?
—Para nada, eso… eso solo ha sido un juego.
—Ya… "Un juego".
—Eh, Hattori, pensaba que te había dicho que buscaras a Kuroba —Shinichi estaba subiendo las escaleras cuando los vio a los dos juntos. —¿Qué hacéis ahí pasmados? Vamos a la biblioteca.
Ran salió de la habitación y le lanzó una mirada fría a Kaito, golpeándolo cuando pasó por su lado como si fuera una regañina. Aoko la siguió e hizo exactamente lo mismo, ante la mirada desconcertada de Shinichi y la divertida de Heiji.
—¿Y eso a qué ha venido?
—Es una historia larga.
—Perdonad… —los tres agentes se giraron para mirar a la única que colaboraba activamente con ellos.
—¿Necesita algo, Kazuha-san? —le dijo Shinichi.
—No es necesario que seas tan formal, Kudo-kun… Veréis, quería preguntar si podemos salir.
—Oh, ¿salir? ¿Dónde quieres ir?
—No necesitamos vuestro permiso, siendo sinceras. Vamos a salir —Ran miraba a los chicos de forma desafiante.
—¿Por qué te empeñas en hacer las cosas difíciles, Ran?
—Mouri-san, para ti.
Shinichi resopló. No quería llegar a los extremos de la última vez pero sabía perfectamente que ella estaba probando su paciencia.
—¿A dónde queréis ir, Kazuha? —preguntó dándole la espalda a su ex.
—Pues necesitamos bikinis y algo más de…
No hizo falta que la chica terminara la frase, de hecho, no tuvo que hacerlo, ya que Shinichi habló, un poco sonrojado, haciéndole saber que ya lo había deducido.
—Hattori, acompáñalas, por favor.
—¿Eh?
—Tienen que estar vigiladas en todo momento.
Hattori lo miró con el ceño fruncido. ¿De verdad Kudo lo iba a mandar a un centro comercial con tres mujeres para que compraran lencería y ropa de baño después de toda la noche sin dormir?
—Estoy cansado, ¿no puede ir Kaito en mi lugar?
—Necesito a Kuroba en casa.
Por un momento, el aludido dio las gracias a Dios por haberse librado de algo así en un momento tan delicado. Hattori resopló y fue a buscar las llaves de la minivan mientras las chicas hablaban animadamente.
Shinichi y Kaito esperaron a que el grupo saliera por la puerta para ir a la biblioteca para hablar. Kuroba miró a su primo sabiendo que le iba a pedir algo muy importante debido a que estaba demasiado callado.
—¿Y bien?
—Quiero que me ayudes a esconder cámaras en todas las instancias de la casa.
—Un momento, ¿qué?
Llevaban apenas veinte minutos en el centro comercial y Heiji ya había maldecido a su amigo unas cuarenta veces. ¿Qué era lo que Kaito sabía hacer que él no? Para colmo, la única cosa que le había alegrado un poco era el saber que iba a ver qué tipo de ropa interior cogía Kazuha y los bikinis que se probaba, pero ni siquiera se había acercado a ninguna prenda. Él suspiró al ver cómo las otras chicas soltaban una risilla al verlo en un banco rodeado de bolsas de ropa interior.
—Siento que hayas tenido que venir con nosotras.
—Kazuha… No, no, no pasa nada, no te preocupes.
—Pensaba que íbamos a poder ir solas.
—Te digo que no es nada, mujer.
La conversación no daba para mucho más, pero Heiji no quería que eso terminara ahí. Por otra parte, Kazuha se estaba armando de valor para decirle lo que tenía en mente.
—Oye… —dijeron los dos al mismo tiempo, provocando una sonrisa en sus caras.
—Perdón, te he cortado.
—No, no, tú primero —dijo ella mirándole a los ojos directamente.
De nuevo, la cara de Kazuha mirándolo con atención lo cautivó de sobremanera, tanto que se arrepintió de no haberla buscado antes y de no poder decirle que seguía enamorado profundamente de ella.
—Yo… Verás…
—¿Sí?
—He… he notado que no has comprado nada. ¿No hay nada que te guste?
Heiji se sintió estúpido por haber dicho semejante tontería en lugar de hablarle con el corazón pero, por algún motivo, ella no parecía decepcionada.
—Yo tengo todo lo que necesito. He venido solo a acompañarlas a ellas.
—Ah…
—Bueno, si te digo toda la verdad, también quería buscar un momento en el que estuviéramos los dos solos.
—¿Los dos solos? ¿Tú y yo? —ella asintió. —¿Por qué?
—Quería pedirte perdón por todo —comenzó. —Aquel día cometí un error del que me arrepiento de corazón. No debí dudar de ti nunca, Heiji… A decir verdad, yo correspondía completamente a tus sentimientos.
—¿Entonces por qué…?
—Creo que fue la rabia —suspiró ella, sentándose a su lado. —No sé decir exactamente el qué, pero hubo algo que no…
Kazuha se calló de repente. Estaba haciendo mal las cosas; no podía llegar después de años sin verse y soltarle todo eso. No era justo para él. No después de todo lo que había pasado.
—Lo siento… Yo no debería haber…
—¡Lo entiendo, Kazuha! —le dijo él cogiéndola por las muñecas y agachándose delante de ella para encontrar sus ojos. —Lo entiendo todo. No tienes que decirme nada, yo también te pido perdón por haberte hecho daño.
A la chica se le escapó una lágrima que él limpió suavemente con sus manos. El roce de su piel en la suya la hizo sentir que todo lo que habían pasado, juntos y separados, había tenido sentido porque estaban en el momento y en el lugar en el que deberían. A ella se le escapó otra lágrima.
—No llores, tonta —le dijo apoyándose en sus rodillas y dirigiéndole una sonrisa llena de amor.
—No estoy llorando, idiota —dijo entre risas, aprovechando para evitar una mirada que la estaba poniendo demasiado nerviosa.
Notaba que Heiji había tenido muchísimo más contacto con mujeres que cuando era un crío. Se notaba en su tono, en la forma que modulaba su voz y cómo cuidaba mucho más la selección de palabras. En cambio, ella se sentía tan torpe en el amor en su presencia que casi se percibía como su aprendiz.
—Oye… Hay algo que tengo que contarte.
—¿Sobre qué?
—Sobre mi pasado.
—Kazuha, no te ofendas, pero no me importa tu pasado. Me importa tu ahora. Quiero que me des una oportunidad para redimirme.
—¡Pero!
—¿No puede esperar ni siquiera a que decidamos qué hacer?
Aquella pregunta implicaba muchísimas cosas, tantas que Kazuha no sabía muy bien a qué se refería. Pero no quería romper el ambiente. Al menos, por el momento.
Estaba a punto de decir algo, pero fueron sorprendidos por los brazos de las dos chicas. Aoko abrazaba a Kazuha, mientras que Ran, para la sorpresa de la pareja, abrazaba por la espalda a Heiji.
—¡Chicas! —gritó Kazuha con la cara roja por la vergüenza, sabiendo que los habían estado mirando.
—¡Qué bien que os hayáis entendido! —exclamó la de Tokio con cara de felicidad genuina. Heiji sonrió y se dijo a sí mismo que tendría que intentar hablar con Ran alguna vez.
