Capítulo 16

Después de que Ran se marchara, la sala había quedado en silencio, pero Shinichi tenía que continuar haciendo su trabajo, el cual incluía, por supuesto, hacer que las chicas se sintieran lo más cómodas posible. Él suspiró. —Disculpad el numerito, chicas.

Aoko y Kazuha notaron el cansancio y la tristeza del joven agente en su voz y sintieron un poco de lástima. Evidentemente, ellas estaban de parte de Ran, pero eso no significaba que fueran incapaces de ver que él lo estaba intentando con ella, pero que nada le resultaba. Sin embargo, la empatía le duró más a la de Osaka que a la de Tokio, quien no podía evitar ver la diferencia entre Kudo y Kuroba. Ella se cruzó de brazos.

—Quiero que estéis bien las tres. No quiero que sintáis que os estoy castigando. No habéis hecho nada, pero, desgraciadamente, estáis en peligro.

—Lo comprendemos, Kudo, no tienes que explicarte.

Aoko la miró sorprendida, igual que Shinichi. Si no recordaba mal, ella había sido la que le había dicho que no se acercara a ella. ¿Qué había cambiado? Heiji sonrió. Él sí sabía que la Kazuha de siempre había vuelto.

—Podéis pedir todo lo que necesitéis o queráis. Si está en mi mano, la respuesta será "por supuesto".

—Gracias —le agradeció la de Osaka con una sonrisa que el de Tokio respondió al instante.

Aoko no entendía nada de lo que estaba pasando. Se molestó un poco por la actitud de Kazuha hacia el ex de la otra amiga. No conseguía comprender por qué motivo estaba actuando con él de esa manera sabiendo lo que había pasado.

—Va también por ti, Nakamori —le dijo Hattori, intentando integrarlos a los dos en la conversación, como si quisieran que ella también la traicionara.

—Sí, vale, tengo que irme.

La hija del inspector Nakamori dejó la habitación sin mirar a nadie, confundida y sin saber qué hacer. Kazuha miró a Heiji, quien miraba a su vez a Kaito, y dijo "iré a hablar con ella". La enfermera sabía que tenía mucho que explicarle a su amiga, pero no sabía qué decirle, así que tampoco se apresuró demasiado, gesto que el de Osaka notó al instante.

—¿Seguro que está todo bien?

—Sí, claro, no te preocupes. Yo lo arreglaré.

Shinichi esperó a que Kazuha se retirara para continuar con la conversación. Notó que los chicos esperaban con cierta impaciencia; sabía que Hattori querría volver con Kazuha a la piscina, por lo que se anotó mentalmente que debía recordarle que las únicas habitaciones sin vigilancia eran los baños, pero no sabía qué era tan interesante para su primo, porque dudaba mucho que estuviera relacionado con Aoko.

—¿Y bien?

—Volvamos al tema de la custodia nocturna. Había pensado mover a las chicas a…

—Yo tengo una pregunta —los de Tokio se miraron. —¿Qué? ¿Qué pasa?

—No entiendo que tengas una pregunta, aún no he dicho nada.

—Es respecto a las cámaras.

—Hattori, hay cámaras en todos los lugares excepto en los baños —dijo sonriendo el mago.

—No me refería a eso, pervertido —contestó con cara de fastidio, arrepintiéndose de haberse dejado llevar por la emoción de arreglar las cosas con Kazuha. —¿También hay cámaras en nuestras habitaciones?

—¿Estás sordo o qué? ¡En todas las habitaciones!

—Buena pregunta —dijo Shinichi con una sonrisa de medio lado. —Efectivamente, aún no tenemos asignadas nuestras habitaciones. ¿Por qué? Porque no vamos a tener habitaciones propias.

—Lo sabía…

—¿Qué? ¿Qué cojones?

—Vamos a compartir habitaciones con las chicas. Esta misión requiere de vigilancia constante, las veinticuatro horas del día. Tenemos que ser agentes incluso cuando estemos dormidos.

—¿Y qué propones?

—Quiero que hagamos parejas. Había pensado que Hattori fuera con Aoko, Kuroba con Ran y yo con Kazuha.

—¿Vas a dejar al pervertido con Ran? ¿Los dos solos?

—¿Qué quieres decir, imbécil? ¿Cómo que "al pervertido"?

—¿Y qué quieres que haga? Parecen haberse llevado bien. De hecho, es el más cercano a ella ahora mismo. Además, no va a hacerle nada.

—¡Claro que no! ¿Quién os habéis creído que soy?

—¿Y eso es el planteamiento de todo el tiempo que dure la misión? Es que…

—No, no voy a hacerte eso —le dijo con los ojos cerrados, ignorando el hecho de que le daba bastante envidia su situación. —Lo único que quiero es que nadie se quede solo. Si necesitáis cualquier cosa, decidlo. Si las chicas necesitan cualquier cosa, decidlo también.

—De acuerdo —dijo Kaito mientras se retiraba a la cocina a por dos cervezas, momento que Heiji aprovechó para acercarse sigilosamente a su amigo.

—Oye, Kudo, ¿estás seguro de lo de Kuroba y Ran?

—¿Qué quieres que haga? ¿Que la obligue a dormir conmigo?

—Visto lo visto, quizás es lo mejor.

—No me conviene estar cerca de ella, Hattori —zanjó el asunto el detective de Tokio. —No sé cuánto tiempo aguantaría.

Por supuesto, él mismo tampoco sabía cuánto iba a poder aguantar viendo a Kazuha en bikini y haciéndole masajes. De hecho, estaba planeando echar placas de hielo en la piscina para que estuviera tan fría que la sangre no bajara hasta allí, pero necesitaba primero una excusa.

—Hattori, ¿puedo hablar contigo?

Ran había llegado en un momento horrible, porque se estaba acordando de la ropa de baño de su amiga de la infancia y tuvo que esconderse tras la isleta de la cocina mientras fingía cortar un poco de fruta. Shinichi se alejó de su amigo en cuanto supo que quería hablar con él. La chica se molestó con ese gesto. "¿Ahora encima va a evitar mirarme? Será imbécil", pensó fastidiada, dándole un segundo a Heiji para tragar saliva.

—¿S-sí?

—Necesito que me hagas un favor. Uno muy grande.

Heiji vio cómo ella se aproximaba contoneando sus caderas con un bikini que dejaba poco a la imaginación y no pudo evitar imaginársela desnuda, aunque fue solo un segundo. —¿Eh? ¡No, no puedo, mujer! Y mira que ahora mismo me está costando, pero no puedo.

—¿Qué? ¡Si aún no te he pedido nada!

—¿Eh? ¡Ah! Pero yo me refería a que estoy un poco liado ahora mismo.

—Ah, vaya…

—¿Qué necesitas?

Kaito apareció justo por la cocina y le sonrió. Traía dos cervezas, una para él y otra para ella, puesto que pensaba ir a buscarla de todas formas, pero la chica no la tocó. Hattori sentía como que estorbaba, algo que no le gustaba en absoluto; sencillamente, ese no era el orden natural de las cosas: Ran tenía a Kudo y él tenía a Aoko. Fingió trabajar en la tablet mientras escuchaba la conversación.

—Oh… Pues necesito estar mañana en Tokio a primera hora. Mis clientes han tenido un contratiempo y no puedo solucionarlo por teléfono.

Mierda, así que eso era lo que quería Ran. Les había dado la excusa perfecta para pasar la noche solos y fuera de la vigilancia. En resumen, acababa de meter la pata hasta el fondo. Abrió la boca para decir que había olvidado que él también tenía asuntos en Tokio, pero Kaito se le adelantó.

—Ah, pues yo te llevo.

—¿Sí? ¿De verdad? —él asintió a ambas preguntas con una sonrisa demasiado dulce, según la perspectiva de Hattori. —¿Estás seguro? No quiero molestarte.

—No, no, no me importa. De hecho, creo que prefiero perder de vista esta casa de locos por unas horas.

—Kuroba —interrumpió la conversación el de Osaka, visiblemente molesto por cómo estaba actuando—, no sé si recuerdas que Kudo es el responsable de la operación. Igual deberías consultarlo antes de decidir nada.

—Ah…

—No es problema. Yo hablaré con él, tú ve a cambiarte.

—¡Muchísimas gracias!

Kaito y Heiji se quedaron en silencio mientras ella desaparecía por las escaleras, camino a su habitación. El mago apuraba la lata de cerveza cuando sintió unas manos agarrándole del cuello de la camiseta y casi se atraganta.

—¿Qué haces, imbécil?

—¡Eso mismo debería preguntarte yo a ti, capullo!

—¿Pero qué dices?

—¿A qué estás jugando, Kaito?

—¿Qué dices? ¿Te has vuelto loco o qué?

—No te hagas el tonto conmigo. Estás ligando con ella para poner celosa a Aoko.

—¡Eh! ¡Esas son unas acusaciones muy graves!

—¡Pues es lo que estás haciendo, imbécil!

Hattori soltó el agarre después de haberle dado la charla al mago de Tokio. No estaba de broma, y se notaba por su tono de voz y su mirada, por lo que Kaito tampoco quería arriesgarse a hacer un comentario fuera de lugar.

—¿No te has parado a pensar en cómo se puede sentir Aoko? ¿O Shinichi? Está claro que la hija del inútil de Mouri está buscando también ponerlo celoso, y tú, su amigo, estás haciendo lo que ella quiere.

—Tú estás fatal de la cabeza. ¿Por qué querría yo hacer eso?

—¿Hacer qué?

Shinichi había aparecido de nuevo en la habitación con varias carpetas con información que le acababan de llegar desde el FBI y esperaba que sus amigos estuvieran de humor para investigar.

—Exacto, Kuroba, ¿hacer qué?

—Justo quería hablar contigo.

—¿Qué quieres ahora?

—La señorita Mouri necesita volver a Tokio.

—¿Qué? Acabamos de llegar y ya está diciendo que se quiere ir. Dile que no y que si tiene quejas, puede venir a trasladármelas —dijo sabiendo que su ex novia solo le dirigiría la palabra en caso de emergencia extrema, cosa que, entonces, justificaría la autorización para volver.

—No, no lo entiendes, es por trabajo.

—¿No puede solucionarlo de forma remota?

—Al parecer, no.

—Vaya… En ese caso, Hattori, ¿te importaría acompañarla?

—Le he dicho que yo iría con ella.

Al detective le sorprendió y le molestó la respuesta tan rápida porque sabía que Kaito no era el tipo de persona con iniciativa en estos casos. Además, ya había visto varios gestos que indicaban cierto interés por parte de ambos. Y no le gustaba.

—Y… ¿Por qué?

—Bueno, tú dijiste que Ran era mi pareja, ¿no?

—De vigilancia.

—¿Eh?

—Es solo tu pareja de vigilancia.

—Ah, pues eso.

—¿Cuándo os vais?

—Se está cambiando.

—Ah.

—No te importa, ¿no?

—¿A mí? ¡Qué va! ¿Por qué iba a importarme?

—No, por nada, claro que no —dijo notando lo mal que disimulaba su primo. —Bueno, pues voy a decirle que nos vamos.

—Muy bien.

—Hasta mañana.

Shinichi se dejó caer en el taburete que antaño había ocupado Ran y abrió la lata aún fría. Hattori lo miraba aparentando indiferencia, pero era muy divertido verlo celoso. Pese a eso, estaba del lado de Kudo en aquella ocasión.

—¿Seguro que no te importa?

Él se tragó la cerveza, aplastó la lata y la tiró para encestarla en el cubo. Miró a Hattori y recogió todo lo que había llevado hasta allí al que se suponía que iba a ser el despacho de trabajo de su padre. Hattori suspiró.

Ya en el coche, Kaito seguia dándole vueltas a la conversación con Shinichi, que no parecía estar de broma. Sabía que quería que se alejara de ella, pero era cierto que se sentía muy cómodo cuando solo estaban ellos dos. No era que le gustara, simplemente parecía una chica que encajaba muy bien con él. Ella, por su parte, lo notaba muy callado, sin hablar ni mirarla. Conocía el tipo de hombre que era Kaito, sabía que no servía intentar sacar información; pero también sabía que cometería algún error en algún momento.

Shinichi estuvo investigando a solas en su nuevo despacho todo el día, sin parar para comer ni molestarse en salir. Estaba cansado, pero estaba aún más enfadado. Unas horas atrás había escuchado unos nudillos suaves en la madera de la puerta y había supuesto que sería Heiji listo para hablarle y soltar una frase filántropa digna de un sobre de azúcar, por lo que decidió ignorarlo. Cuando volvió a levantar la cabeza, era noche cerrada.

—Mierda, ¿cuánto tiempo llevo aquí?

El joven detective salió de su habitación solo para comprobar que, en efecto, la casa estaba sumida en un silencio sepulcral. No quiso molestar a las chicas, así que echó un vistazo a la tablet y descubrió que Hattori estaba dormido en la cama de Kazuha, aunque ella no estaba allí.

—Será posible…

El calor húmedo le hizo sudar y decidió refrescarse un poco en la piscina. Dado que no había nadie, se quitaría la ropa y metería los pies en el agua. Su camisa estaba empapada en sudor. Suspiró. Kaito aún no le había avisado de que habían llegado a Tokio y por eso no podía quedarse dormido. Pensó en Ran, en lo diferente que estaba, en cómo había cambiado su personalidad, y le dio rabia no poder quitársela de la cabeza incluso a sabiendas de que ella le ignoraba completamente.

Se sintió como cuando eran adolescentes y él estaba completa y absolutamente enamorado de ella mientras que la chica parecía no darse cuenta de nada. Él la miraba y la miraba, pero ella nunca lo miraba a él. Sin embargo, de adolescentes sí que había experimentado los celos de Ran hacia otras chicas, llegando a ser muy posesiva con él, algo que lo había vuelto loco en más de una ocasión (¿por qué actuaba así si parecía ignorarlo por completo?); ahora, en cambio, solo había enfado y rechazo en sus ojos. La echaba de menos. Muchísimo.

—Así que era cierto lo que decía Heiji.

En otra época de su vida, el hecho de que la novia de Hattori lo viera en ropa interior habría sido un auténtico escándalo, pero ahora había pocas cosas que consiguieran ponerlo mínimamente nervioso.

—¿Y qué es lo que decía?

—¿Puedo?

—Claro.

Kazuha se sentó en el bordillo de la piscina junto a él. Llevaba dos refrescos en la mano, quizás uno para Heiji y otro para ella, pero, para su sorpresa, se lo tendió. ¿Significaba que quería hablar con él? Él lo aceptó con una suave reverencia con la que le daba las gracias. Ella se rió.

—Heiji dice que solo hay tres cosas en las que te refugias: el trabajo, el gimnasio y en ti mismo.

—Bueno, no ha mentido —dijo riéndose, haciendo que ella lo imitara.

—Oye, Kudo… Quería pedirte perdón.

—¿Pedirme perdón?

—No fui justa contigo —dijo mirándolo a los ojos. Él vio lágrimas en ellos y se incorporó de un salto.

—Kazuha, no tienes que…

—Déjame seguir, por favor.

Él se calló al instante y la miró. Por segunda vez desde hacía muchos años, Kazuha sintió compasión y empatía en los ojos de un hombre, y la hizo querer llorar aún más, pero se controló. Se tomó un segundo y se limpió las lágrimas.

—Todos estos años he vivido prácticamente odiándote, a pesar de no tener tu versión de los hechos. Te he echado la culpa de todo lo malo que ha ocurrido en mi vida y… Veo que no la tienes. No he sido justa contigo, Kudo.

—Te repito que no tienes que disculparte. Te entendí esa noche igual que te entiendo ahora mismo. Por favor, no llores.

—Ran no es así.

—¿Qué?

—No sé por qué actúa así… Supongo que es porque no quiere dejarte acercarte a ella porque sabe que… bueno, creo que es algo que debería decirte ella. El caso es que la Ran que tú conoces sigue ahí. Tienes que hacer que vuelva… Por favor.

—Kazuha, yo ya no puedo…

—Eres el único que puede. Te lo aseguro. Ella… —Suspiró con pesadez, como si hablar de todo aquello revivara algo que la de Osaka quería enterrar a como diera lugar. —Ella ha tomado muy malas decisiones, ¿sabes? Con los chicos… Ha sido un desastre. Ha conocido a buenos, pero siempre ha hecho algo para joderlo todo. Es lo único que la asusta de verdad: ser feliz.

—¿Por qué me cuentas todo esto?

—Porque eres el único que no ha tirado la toalla con ella. Y… bueno… Porque creo que puedes hacerla muy feliz.

Él la miró. No sabía si era porque se alegraba de haberla recuperado a ella como amiga o porque todo lo que estaba escuchando le estaba dando unas esperanzas que necesitaba más que el aire para respirar, pero Shinichi sintió ganas de llorar.

—¿Un Airbnb? ¿Estás de coña?

—¿Qué querías que hiciera? ¿Has visto la hora que es? Ningún hotel decente nos dejaría entrar ya.

—¿Y no había otra cosa?

—Pues había pensado en una suite, pero me parecía demasiado para una noche de sexo ocasional.

Ran lo miró con una mirada de incredulidad y Kaito le sonrió con picardía. Ella exhaló un "¡hombres!" con una mueca de disgusto mientras rodaba los ojos, justo antes de bajarse del coche. Aún no lo sabía pero el mago disfrutaba mucho el hecho de rozar los límites de lo que no podía hacer, sobre todo cuando se trataba de Kudo; ¿había algo más codiciado por él que Ran? No lo creía, pero le iba a hacer pagar años de haberle fastidiado rollos con chicas.

La de Tokio observó por fuera el piso y aprovechó para mirar las fotos en la web del anuncio. Era cierto que era pequeño y que no tenía muchas cosas, pero estaba muy bien ubicado, estaba limpio y el dueño les había dejado algunas frutas y galletas de desayuno según el mensaje de bienvenida.

—Al menos, súbeme la maleta, ¿no?

—Me temo que solo has conocido a niñatos que te consienten, princesa. En la vida real, cada uno se ocupa de sus cosas.

—¿Y para qué querría un hombre si no es para que me consienta? Anda, sube la maleta, yo voy a ducharme.

Ran se adelantó y dejó a Kaito solo en el coche. Él se quejó aprovechando que no estaba con él y le envió un mensaje a su primo para que supiera que ya estaban en la casa, aunque él no le contestó.

—Será imbécil…

Subió la maleta de Ran, que pesaba y abultaba demasiado. En teoría, solo iban a estar en la ciudad dos días, ¿qué cojones había metido ahí? ¿Llevaba un muerto o qué? Kaito suspiró cansado y se recostó en el sofá. Llevaba dos días sin haber dormido prácticamente y el cansancio le estaba jugando una mala pasada. Ran salió del baño con el pelo recién lavado y una bata que le recordó a la que ella llevó en el hotel la noche que lo confundió con Shinichi. Se incorporó de un salto para desterrar el recuerdo de ella besándolo.

—¿Qué haces?

—¿Qué? ¿Yo? ¡Nada! —no esperaba que ella lo hubiera visto.

—¿Cómo nos organizamos para dormir?

—Quédate tú en la cama, yo duermo en el sofá.

—¿Estás seguro?

—Sí, no te preocupes, tú descansa, que mañana tenemos que trabajar.

—Sí, claro. Ah, una cosa, ¿mañana podemos pasar antes por la oficina de mi madre? Dejé mi coche en el aparcamiento privado.

—Ah, claro, sin problema.

Kaito se despertó con el horrible sonido del despertador y un olor a café intenso que inundaba el pequeño piso. El sofá era incluso más incómodo de lo que parecía, y el calor apenas le había permitido pegar ojo. —Joder…

—Buenos días —los tacones altos de Ran resonaron en la madera vieja.

—Buenos… días —A Kaito le sorprendió la belleza y el estilo de la de Tokio, que parecía superarse por momentos. Tacones finos, traje de chaqueta femenino en un tono tierra, labios rojos, perfume suave… Todo en ella era glamour.

—¿Quieres café?

—¿Cuánto tiempo llevas despierta?

—Unas dos horas —contestó ella mirándose el reloj.

Él lo supo al instante porque había tenido entre sus manos cosas muy caras. Ese reloj no era uno normal que pudiera comprarse con un sueldo normal; era un reloj de edición limitada de Bulgari de hacía máximo dos años y que superaba los 40.000$, ¿de dónde había sacado ella ese reloj?

—¿Un café?

—Sí, gracias.

Miró con atención la ropa y los complementos, pero solo dio con algo muy caro que le llamó la atención: un bolso de Hermès que sabía que había visto en algún otro sitio, aunque no se atrevía a ponerle un precio. No tenía sentido.

Sin embargo, la mayor sorpresa que se llevó fue cuando sacó del garaje de la abogada un coche Maserati blanco. La miró incrédulo, aunque ella le hizo una señal para que subiera rápido, ya que iban un poco ajustados de hora.

—¿Y este coche? No sabía que una wedding planner tuviera tanta pasta.

—Solo la mejor wedding planner —dijo en forma de evasiva que no hizo más que despertar su curiosidad. —Por cierto, quiero cambiarte la identidad.

—¿Por qué?

—Lo entenderás cuando lleguemos… El caso es que vas a llamarte Taeda-san.

—¿Y el nombre?

—No sé, elige el que quieras.

Efectivamente, al cruzar las puertas, Kaito entendió perfectamente por qué: aquella era la casa de Sonoko, la amiga multimillonaria de Ran. Sería ella la que le había comprado esas cosas tan caras, aunque no se le ocurría ninguna situación en la que una amiga le regalara un coche a otra. "Cosas de ricos, supongo", pensó él.

La más joven de las hermanas esperaba en la puerta rodeada de un montón de gente que no paraba de hacerle preguntas y proponerle soluciones a los contratiempos que habían surgido, aunque ella no sabía qué decir. Cuando avistó el Maserati de Ran, Sonoko les dijo a todos que se apartaran, justo a tiempo para el momento en que su amiga/dama de honor/wedding planner salía del coche.

—¡Ran! —chilló corriendo escaleras abajo mientras su amiga le daba las llaves al aparcacoches privado de Sonoko.

Kaito miró la casa estupefacto. El clan Suzuki era inmensamente rico, pero se notaba que habían ganado incluso más en los últimos años. Se preguntó si había un tope en el dinero que esa familia podía ganar.

—Sonoko, ¿qué tal?

—¡Ran! ¿Dónde has estado? ¡Pensaba que me habías abandonado!

—¡Qué va! A ver, cuéntame, ¿qué ha pasado?

—¡Ran! ¡Es horrible!

La histérica novia le daba detalles de todos los problemas que había tenido a lo largo de esos días en los que su wedding planner había estado indispuesta, aunque en realidad ella no tenía ni idea del motivo de su retiro. Estaba tan absorta en sus problemas que ni siquiera reparó en el acompañante de la chica hasta casi llegar al despacho que había designado para planear su boda.

—¿Y este quién es? —dijo señalándolo. —¡Ran! ¡No puede ser! ¿Es tu nuevo novio?

—¿Eh?

—Por eso no me has cogido el móvil estos días, ¿no? —dijo echándose en sus brazos para susurrarle algo más. —¿Cómo es en la cama? ¡Cuéntamelo todo!

—Que no, que es mi ayudante, Taeda-san.

—¿Cómo? ¿Ayudante? Qué aburrida…

—Soy Taeda Hifumi, encantado.

—¿Hifumi? ¿Como Hifumi, Hifumi?

Ran suspiró, sin poder creer cómo era posible que, de entre todos los nombres que existían, Kaito hubiera elegido precisamente ese. Sonoko comenzó a hacerle preguntas como que si sabía algo más de él, a la vez de que la informaba de algunas cosas que habían pasado en su vida, dejando al ayudante atrás.

Él disimuló su molestia centrándose en la decoración exteriormente aunque preguntándose cómo era posible que Sonoko estuviera loca por su alter ego, pero lo ignorara a él. Revisó su móvil en busca de algún mensaje por parte de Shinichi o Heiji, pero ambos parecían estar ignorándolo. ¿Qué estarían haciendo?

Con Ran fuera de la casa, Shinichi podía bajar la guardia y mostrarse un poco tal y como era él realmente, así que hicieron un desayuno especial que comieron al lado de la piscina. Aunque Aoko al principio no estaba segura de cómo tratarlo, el agente resultó ser un hombre divertido, humilde y con un gran sentido de la responsabilidad. Era como si se hubieran reunido cuatro amigos en una casa rural para pasarlo bien: música, comida, una piscina enorme… Todo era maravilloso.

Kaito aprovechó la orden para escabullirse. Aunque era cierto que parecía fría y calculadora, con sus amigas la chica mostraba una cara dulce y atenta, la que él recordaba a la perfección de las veces que la había visto. Algo le decía que no era la profesional mandona y gruñona que demostraba, pero no quería dejar que nadie se acercara lo suficiente como para hacerle daño, y él la comprendía perfectamente.

El mago salió de la mansión Suzuki casi corriendo. No quería volver a oír nada relacionado con flores, decoraciones o pasteles en lo que le restaba de vida, por lo que el hecho de que la chica le hubiera dicho que fuera a por algunas bebidas le había hecho derramar metafóricamente una lágrima de emoción. Fue andando hasta una franquicia de café cercana, aunque algo le llamó la atención: un coche exactamente igual al de Ran, pero en negro.

—¿Y esto?

Las matrículas eran muy parecidas también, así que supuso que eran del mismo año de matriculación. Ambas cosas tenían que estar relacionadas, y él iba a averiguarlo en seguida. Kaito se pidió una bebida y le mandó una foto a su recién estrenada compañera junto a un mensaje en el que decía "no pienso llevarte nada, pero te invito a lo que quieras". Ran lo leyó y le contestó con un icono de un corte de manga. Él se rió y supo que ella aparecería. Y no se equivocó: diez minutos después, la chica apareció por la puerta, ganándose todas las miradas del café, incluso la del hombre del Maserati, que la reconoció al instante y se apresuró a colgar la llamada para reunirse con ella.

—Uh, así que has venido.

—No tengo tiempo para tus jueguecitos. Entiendo que no quieras facilitarme las cosas, pero te pido que, al menos, no me las dificultes.

—Que sí, que sí, ¿qué quieres beber?

—Un bubble tea. Té negro con leche.

—Marchando.

Kaito se levantó y se apartó un poco, lo justo para que el hombre se acercara a ella y él pudiera descubrir qué hacían juntos. No se equivocó. El chico la había visto en cuanto había puesto un pie en la cafetería y había aprovechado que su acompañante se había alejado para hablar con ella.

El agente de policía podía decir que la ropa que llevaba era carísima, al igual que sus zapatos, su reloj y un maletín que llevaba. Parecía un político o alguien muy importante, ¿seguro que había sido buena idea darle la oportunidad de acercarse?

—¿Ran? ¿Eres tú?

Ella levantó la cabeza con cara de pocos amigos. No le hacía gracia que los hombres la reconocieran porque eso significaba que o la conocían de su vida en Tokio o la conocían por su vida en Aomori. La primera era que conocían a una niña sin amor propio; la segunda significaba que, muy probablemente, se había acostado con él, cosa de la que, seguramente, tampoco estaría orgullosa. Sin embargo, su sonrisa amable y su perfume tan conocida borraron cualquier marca de mal humor.

—¿Hifumi?

—¡Cuánto tiempo, Ran! —dijo abrazándola.

Kaito se llevó las manos a la cabeza, sabiendo que se iba a formar una buena si Shinichi se enteraba. ¿Quién coño era ese tío y por qué parecía que la chica lo abrazaba tan fuerte?

Heiji y Kazuha parecían ya no molestarse siquiera en ocultar mínimamente su relación incipiente. Estaban todo el tiempo juntos, con contacto leve pero constante, y parecía que en cualquier momento iba a llegar el beso que habían guardado desde niños.

Shinichi los miró mientras jugaban en la piscina. Hattori agarraba a Kazuha de las manos y le daba vueltas alrededor de la piscina mientras ella se reía. No pudo evitar sonreír, contento por ellos y porque hubieran podido superar algo tan complicado.

El agente Kudo desvió la mirada para vigilar a Aoko, sentada en una hamaca abrazándose las rodillas. Estaba preocupado por ella, sabía que estaba muy triste y se sentía muy sola ya que Ran no estaba y Kazuha estaba todo el tiempo con Hattori. Suspiró, suponiendo que le tocaba a él intentar calmarla.

—Aoko-san, ¿estás bien?

—Ajá —mintió ella sin despegar el mentón de sus rodillas.

Estaba claro que no iba a confiar en él así como así. Sabía perfectamente lo que sentía y lo que le preocupaba, pero también quería saber si su actitud era debido al comportamiento de Kaito con su ex novia.

—¿Echas de menos a Ran?

—Ajá… —En esa ocasión, Aoko giró la cabeza para esquivar sus ojos, aunque notó que su respiración se agitaba.

—Yo también la echo de menos —dijo sin saber si iba a arrepentirse de haberle confesado algo tan fuerte como eso.

Para su sorpresa, ella se echó a llorar. Sus gemidos ahogados y su temblor se lo hicieron saber. Él se acercó preocupado, sintiéndose muy culpable y queriendo aliviarla. No soportaba ver a las mujeres llorar, y eso era algo que lo había hecho hacer muchas cosas que no quería haber hecho, como conocer a los padres de una chica que lo consideraba su novio, o retrasar una ruptura con otra que no le interesaba.

—Ey, ¿qué pasa? —dijo agachándose junto a la hamaca.

—Vete, déjame.

Shinichi sabía que Aoko no decía que se fuera porque quisiera estar sola. Sabía que le daba vergüenza llorar por Kaito, pero no podía hacer nada si ella seguía sin confiar en él. Lo lógico sería pensar que ella no se abriría a él, aunque su corazón le decía que sí lo haría.

—¿Qué es lo que pasa?

—Es que… Es que nada tiene sentido, Kudo.

—¿A qué te refieres?

—No sé por qué Kaito está actuando así, ni por qué ahora de pronto le gusta Ran, ¡ni siquiera sé si le gusta de verdad o solo lo hace por fastidiarme!

—¿Por qué dices eso, Aoko?

—¡Porque se lo he preguntado!

Shinichi sintió cómo su corazón bombeaba con fuerza. ¿Acababa de mandarla a ella a solas con él cuando le había confesado a su mejor amiga algo tan fuerte? Él miró a Heiji, que escondió la mirada, por lo que supo que él sí lo sabía y por eso estaba siendo tan insistente.

—No sé por qué te estoy contando todo esto, pero ni siquiera tú eres como esperaba —dijo antes de levantarse del asiento para encerrarse en su habitación.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Kazuha saliéndose de la piscina.

—¿Tú lo sabías, Hattori?

—Yo no puedo decir que eso sea verdad. A mí no me ha dicho que sienta nada por ella.

Kudo se levantó y fue directamente a por su móvil para contactar con su primo y decirle que los quería de vuelta ya.

—Hifumi…

—Pero qué guapa estás, Ran —le dijo con cariño, haciendo que ella se sonrojara y le devolviera el cumplido.

Kuroba no daba crédito a lo que estaba viendo: ¿cómo era posible que los ojos de la chica brillaran tanto como cuando lo miraba a él mientras se hacía pasar por Shinichi? ¿Ran estaba enamorada del tal Hifumi? Sin poder controlarse más, fue directamente a interrumpir la conversación.

—Toma, tu bubble tea —dijo poniéndolo sobre la mesa y ganándose la mirada del hombre, aunque fue una de tristeza, más que de curiosidad —Disculpad, ¿os he interrumpido?

—Supongo que él es tu novio, ¿no?

—No, qué va, es solo un conocido.

—Soy un compañero de trabajo. Taeda Hifumi.

—Oh, qué casualidad, yo también me llamo Hifumi, aunque mi apellido es Kimura. Encantado.

Kaito le estrechó la mano intentando leer qué era lo que estaba sintiendo él respecto a ella, pero no parecía haber nada más que cordialidad. ¿Qué significaba todo aquello?

—Me temo que no había escuchado hablar de usted, Kimura-san, ¿de qué se conocen?

—Oh, Ran y yo estuvimos juntos hace un par de…

—Quizás podamos ir a tomar un café algún día, Hifumi —dijo ella como hipnotizada, interponiéndose entre los chicos.

—¡Claro que sí! Me encanta verte, ya lo sabes. De hecho, y aunque pueda parecer mentira, llevo buscándote una semana aproximadamente.

—¡No me digas!

—Sí, pero no contestabas y supuse que habías cambiado de teléfono.

—Sí, tuve algunos problemillas con la compañía —mintió para evitar decirle que había destrozado el móvil en un ataque de nervios que sufrió cuando lo dejaron. —¿Y bien? ¿Qué necesitabas de mí?

—Ah, pues… No sé cómo decírtelo.

—Te escucho —el corazón de ella latía con fuerza mientras intentaba reprimir la emoción.

—Lo cierto es que quería que organizaras mi boda. Me caso el año que viene.

Ran sintió cómo su corazón se rompía en mil pedazos, aunque mantuvo el tipo. Kaito sí lo notó y se sintió fatal por ella. La chica había pensado que él quería volver a hablar para recuperar la relación, pero le acababa de arrojar un balde de agua fría en la cabeza.

—¿Te casas? ¿Con quién?

—Es normal que te pille por sorpresa. Entiendo si no quieres, es lo más normal.

—La verdad es que no creo que pueda…

—Lo entiendo perfectamente… Ten mi tarjeta, ¿vale? Por si cambias de opinión.

Ran dudó unos segundos, pero finalmente la aceptó. Él se despidió diciendo que estaba invitada, que se alegraba muchísimo de verla y que esperaba que todo le fuera como se merecía, pero ella parecía congelada y tan solo pudo sonreír y asentir. Él le dio un beso en la mejilla con sabor a último adiós, y ella no pudo evitar llorar. Kaito miraba la escena con una tristeza desoladora mientras se preguntaba qué podía haber pasado entre ellos dos.

—¿Estás bien? —le preguntó después de ver que no se movía del sitio.

—Vámonos, por favor, esto es humillante —susurró ella con el corazón roto mientras se colocaba unas gafas de sol muy grandes para ocultar sus lágrimas. Él asintió y fueron hasta la mansión Suzuki sin hablar ni mirarse.

Al llegar, la wedding planner dijo que estaría en el despacho y que quería estar sola. Kaito se sentó junto a la puerta mientras la escuchaba trabajar a contrarreloj mientras lloraba. La novia, que acababa de volver de arreglar unos asuntos familiares junto a su futuro marido, supo que algo iba terriblemente mal en cuanto se acercó.

—Creo que no es buena idea entrar ahora mismo.

Sonoko se paró junto a la puerta, con el picaporte aún en la mano, no sabía lo que había pasado, pero sí sabía que la ex karateca solo lloraba de esa forma por amor, y que ella supiera, solo se había enamorado de verdad dos veces.

—¿Qué ha pasado?

—Nos hemos encontrado con Kimura.

—Ya… —suspiró la chica. —Supongo que necesita estar sola ahora.

—Sí, supongo.

—Volveré más tarde, ¿vale? Tiene mi teléfono por si necesita algo.

—Gracias.

La segunda heredera de la familia Suzuki parecía mucho más calmada y mucho más mujer que la última vez que la vio, y se alegró genuinamente de verla tan feliz.

El móvil le sonó indicando que estaba recibiendo una llamada de Shinichi. La peor opción en el peor momento, seguro, pero no tenía más remedio que contestar si no quería que las cosas se complicaran aún más.

—¡Por fin te dignas a responder!

—¿Dónde estás?

—¿Yo? En la mansión Suzuki, estamos arreglando…

—Me da igual cómo, pero os quiero a ambos aquí esta noche.

—¿Qué? Pero no creo que Ran pueda…

—¿No me has oído? Esta noche. De lo contrario, tendremos problemas tú y yo.

Sin dignarse a despedirse, su primo colgó, dejándolo confuso y de mal humor. No podía entrar a decirle a Ran que tenía que darse prisa cuando estaba trabajando en unas condiciones tan terribles. Decidió que se enfrentaría a Kudo más tarde.