Capítulo 210. Ángel y demonio

Demasiado lejos de la Senda de Oro y la constelación de Escudo, Kanon no podía saber cuál era la situación de sus compañeros, por lo que no les dedicó ni un solo pensamiento. No podía permitirse distraerse frente a aquel temible enemigo, en parte por lo fuerte que era Sariel, en parte por el modo en que estaba combatiendo contra él.

Sabía que el ángel de la Muerte tenía un poder bruto descomunal. También estaba al tanto de que podía robarle los recuerdos. Por tanto, la prioridad era mantenerse alejado, cosa imposible en el estado en que la Última Explosión de Galaxias le había dejado.

—Toda resistencia es inútil —había asegurado Sariel—. Tu cuerpo no resistirá.

—Ponme a prueba —declaró Kanon a modo de respuesta.

No hurtarás —rezó Sariel con solemnidad—. Juicio Divino.

Mediante un movimiento súper lumínico, el ángel aceleró hacia él, moviendo a la vez el brazo con engañosa tranquilidad. Pero Kanon estaba prevenido, ya habiendo ejecutado la Otra Dimensión. Pudo evadir por muy poco el ataque, de naturaleza similar al Satán Imperial y el Puño Fantasma, y ocultarse mientras meditaba qué hacer. ¿Abusar del Octavo Sentido? No confiaba en poder resistir el agotamiento físico que suponía emplear la fuerza del alma, que trascendía los límites físicos de los seres humanos. ¿Una alternativa? La teletransportación era un buen sustituto para el último de los sentidos, incluso mejor que la Otra Dimensión, cuyo verdadero propósito era otro, pero solo para desplazarse. Combatir requería mucho más que moverse de un sitio a otro. Implicaba reaccionar al enemigo, contraatacar en fracciones de tiempo imperceptibles para la mayoría de los hombres. Durante el entrenamiento con Arthur, ambos decidieron buscar su propio camino en ese respecto, hasta que los santos de bronce, héroes legendarios, empezaron a desaparecer y Kanon optó por aprovechar el icor de Atenea.

«No puedo depender de eso siempre —pensó el santo de Géminis, cabeceando.»

Tampoco podía permanecer demasiado tiempo en la Otra Dimensión, abierta desde un punto remoto del universo. No quería atraer atenciones indeseadas. Además, alguien como Sariel sin duda tendría medios para alcanzarlo allí, de modo que se apuró en repasar cuanto había ocurrido en la segunda ronda de la batalla con el ángel de la Muerte. La Otra Dimensión Alternativa había sido vuelta realidad por un poder externo, pero había sido él quien colocó ciento diecinueve soles, de cien metros de diámetro cada uno, en la posición justa para desatar la Última Explosión de Galaxias. Había sido él quien transportó materia entre pliegues que no podía ver, mientras combatía.

Abandonó la Otra Dimensión cuestionándose si podía repetir aquella hazaña.

—Quince segundos —dijo Sariel con sencillez. No se había movido de donde estaba, la anterior posición del santo de Géminis. Cruzado de brazos, no parecía preocupado porque quien acababa de huir de su primer ataque fuese a pillarlo desprevenido—. Me preguntaba si poseías la sensatez suficiente para regresar, admito que me has sorprendido. Si no lo hubieses hecho, habría tenido que ir en tu búsqueda antes de que causes más problemas. —El ángel de la Muerte aleteó, liberando soplos de un aire sobrenatural que helaba el alma, indicando de qué forma habría viajado hasta la Otra Dimensión—. Aun así, tu destino sigue siendo el mismo. Te mataré aquí. Te destruiré junto a este mundo. El universo no necesita a los seres humanos.

—También yo quería probar algo —replicó Kanon, seguro de sí mismo—. No creas que tu falsa superioridad impresiona a todo el mundo.

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Había sido un largo camino, desde aquellos primeros días en el Santuario de Atenas. Él y Saga eran huérfanos en Rodorio, recogidos por el Sumo Sacerdote como los primeros candidatos a santos de oro. Se les hizo la clase de promesas que un par de chiquillos de seis años, sin amigos y acostumbrados desde tan temprana edad a trabajar de recaderos, considerarían la providencia divina. Ser de la élite de los santos de Atenea. Cuando el maestro Shion les preguntó qué deseaban, el infante Kanon afirmó que protegería a los que no tenían nada, como ellos, mientras que Saga declaró que solo volviéndose los más fuertes del planeta podían hacer tal cosa.

Lo que otros santos de oro aprendían en un año, ellos ya lo dominaban en seis meses. Sin embargo, Saga siempre iba a un paso por delante, siendo celebrado por el maestro Shion como un guerrero con tanto potencial como los vencedores de la última Guerra Santa. Frente a esa revelación, los roles se invirtieron. Mientras que la sed de lucha y poder de Saga se iba saciando según comprobaba lo fuerte que era, Kanon desechaba la virtud por el cinismo. ¿De qué Guerra Santa hablaba el maestro? ¿Para qué se estaban preparando? Proteger a la reencarnación de Atenea sonaba muy lejano si no había una diosa aún, defender la Tierra se le antojaba una ambigüedad del mismo cariz de los discursos de los políticos de la ciudad, de los que siempre se quejaban los mayores en Rodorio. Necesitaba algo concreto y el Sumo Sacerdote respondía con un silencio sepulcral. Habiendo llevado esa carga por más de trece años, el ya adulto Kanon comprendía ahora que Shion prefería reservarse la información crucial por si los santos de Atenea cedían a la tentación de unirse a las filas de Hades, incluso en su soledad pudo haber llegado a desconfiar de su amigo, quien al sentir lo que era vivir durante siglos, acaso podría haber cambiado. El infante Kanon, en cambio, ni pensó en eso, ni podía saber el desastre que tanta prudencia acarrearía. Solo sintió una furia creciendo día tras día, hasta que a las puertas del año de entrenamiento, estalló.

Fue la primera y última vez que venció a su hermano en combate, allá en el coliseo, bajo la luz de la luna llena. Solo los dioses fueron testigos de ese triunfo. Solo ellos pudieron ver a Kanon deteniendo el puño frente al rostro ensangrentado de Saga.

—¿Por qué? —cuestionó Kanon—. ¿Por qué no evitaste este golpe?

Si su hermano le hubiese respondido que confiaba en que nunca le golpearía, sin duda el niño que fue lo habría matado. No sentía odio por él, todo lo contrario, pero sí furia.

—Porque debo ser el más fuerte de este mundo —dijo Saga, bebiéndose la sangre del rostro al sonreír—. Más fuerte que el maestro, más fuerte que los héroes que admiramos y más fuerte que tú. Si huyo de tus golpes, ¿cómo podría cumplir nuestro sueño?

—¿Nuestro? —El infante Kanon temblaba de ira. No había bajado el puño.

—Nacimos bajo la misma estrella —respondió Saga, sentándose y teniéndole la mano—. Nuestro objetivo es el mismo: cuidar de este planeta.

Fueron las palabras justas en el momento justo. Kanon pudo recordar el niño que fue antes de que el entrenamiento le obligase a dejar atrás la infancia. Los sueños que lo impulsaron a fortalecerse más y más. Tomó la mano de su hermano.

—Está bien —dijo Kanon, vencedor en la fuerza, vencido en la virtud—. Pero no creas que tu falsa superioridad impresiona a todo el mundo.

—Qué buena frase. —Riendo, Saga se apoyó en su hermano menor para levantarse—. Me la apunto. Oye… ¿Qué le diremos al maestro Shion? —Un candidato a santo de oro no se partía la cara cayéndose de unas escaleras, o de una montaña, para el caso.

Idearon una muy elaborada historia sobre unos fantasmas devoradores de cosmos en la Otra Dimensión, que por entonces podían abrir si trabajaban juntos, pero no tuvieron ocasión de contarla. Porque al día siguiente llegó Aioros, el nuevo y excepcional discípulo del maestro Shion. Todo lo hacía bien: hablaba con corrección, vivía con corrección y hasta luchaba con corrección. Quizá era por eso que venció a Saga en el primer combate singular que tuvieron, quizá Kanon lo había dejado molido de verdad la noche anterior. Como fuera, aquel perfecto ángel caído del cielo destruyó lo que los hermanos habían conseguido: Saga, tan seguro de sí mismo, se transformó en un virtuoso influenciado por la bondad antinatural de Aioros; Kanon, ahora un tercero en discordia, dejó que la sombra de la envidia lo apartara del camino para convertirse en santo de oro. Tal y como el maestro Shion había planeado.

—No puede haber dos santos de Géminis —lamentó el entonces Sumo Sacerdote, como si regañara al tercer manto zodiacal, o a su antiguo portador—. Tienes que decidir. —Por supuesto, Shion estaba al tanto de la batalla entre los hermanos en el coliseo. También intuía las dudas del manto de oro sobre cuál portador escoger desde ese duelo, razón por la que forzó la presencia de Aioros como una particular Prueba de Armadura.

Lo que debía ocurrir, ocurrió. Saga se transformó en el más fuerte de los hombres sin que ello lo envileciera, centrándose en forjar el poder que había soñado: la Explosión de Galaxias, la mayor potencia de combate entre su generación de santos de oro. Kanon optó por otro camino, el de realizar la Otra Dimensión por sí solo, pero cuando en el combate final por el manto de Géminis descubrió que su hermano era también capaz de abrir el portal, si bien no con tanta eficacia, perdió el control. Volvió a dejarse llevar por la ira, el único estado emocional que impulsaba su fuerza por sobre la de Saga, solo que en esa ocasión apenas pudo equiparársele. En fuerza, no en técnica combativa.

La vida entera de Kanon se convirtió en un entrenamiento constante desde ese día nefasto, donde era Aioros y no él quien celebraba el ascenso de Saga de Géminis.

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Un entrenamiento, en verdad. Año a año, década a década, fue desentrañando los entresijos del espacio-tiempo. Con incentivos cada vez mayores. En las filas de Poseidón, perfeccionó la Otra Dimensión a través del estudio del Triángulo de las Bermudas. Sirviendo a Atenea, aprendió la técnica de su hermano para doblegar la mente del enemigo, ganando con ello la resistencia mental necesaria para profundizar más en la materia que le interesaba. Entrenando a Arthur, vio en el espacio entre espacios algo mucho más útil en combate que un laberinto sin salida para los no versados en el viaje dimensional, pasando de ser un mero agujero negro a escala a un medio de transporte más. Como testigo de la batalla contra Caronte de Plutón y la apertura de las Puertas de Yog-Sothoth, acrecentó sus conocimientos sobre el universo más allá de lo que habría imaginado. Y ahora, habiendo pasado por la convivencia con una entidad alienígena, completaba el largo viaje con una idea tan sencilla como eficaz. Eso era lo que lo diferenciaba de guerreros más impetuosos, como Shaula: él no exploró los límites de la Octava Consciencia hasta dominar por completo el Séptimo Sentido.

Esperando alguna clase de ardid, el ángel de la Muerte miraba a Kanon desde la distancia con aquellos ojos que parecían ver más allá de la coraza de los hombres, fuese de metal o de carne. Fue por eso que el primer puñetazo que recibió fue en la cara.

—¿Qué ha sido eso…? —cuestionó Sariel, con el rostro ladeado por un golpe invisible.

—Demasiado rápido —asintió Kanon—. ¿Qué tal ahora?

El ángel se apresuró a cubrirse con los brazos cruzados. Tarde. Un triple puñetazo ya le había impactado en las mejillas y bajo el mentón, haciéndole retroceder, confuso.

—¿Telequinesis? —Confuso era el adjetivo adecuado para describir a Sariel, porque el yelmo de este no había cedido ni un ápice ante cuatro certeros ataques—. Es imposible, tu mente es débil, no podría lograr algo así ni en mil años.

La idea más predecible pasó por la mente de aquel guerrero: si no podías defenderte de tu atacante, bastaba con matarlo antes de que atacase. Para ello, se propulsó mediante las alas de su espalda, empleando la técnica destructora de recuerdos.

Pero a medio camino, una patada en pleno abdomen lo detuvo, seguida de otras dos en los costados y un golpe de codo en la espalda que enterró al ángel contra el agua por un más que satisfactorio segundo. Esta vez, empero, Sariel sí que pudo ver los movimientos: Kanon daba puñetazos y patadas a la velocidad de la luz, solo que estos no cruzaban la distancia habitual, ni ninguna otra. Gracias a un creativo uso de la Otra Dimensión, los ataques del santo de Géminis ignoraban la distancia entre él y su oponente, equiparando por ello cada golpe la magnitud de aquellos ejecutados bajo el místico estado del Octavo Sentido, sin el cansancio que este suponía.

—¿Eso es todo? —cuestionó Sariel, alzándose una vez más indemne—. Mi gloria puede resistir ataques más rápidos que la luz.

—Hay golpes y golpes —replicó Kanon—. Entre nuestra orden, hay varios que aprovechan la superior velocidad que otorga el cosmos para ejecutar el mayor número de ataques posible. —Marin de Águila, Seiya de Pegaso y el finado Aioria de Leo eran buenos ejemplos de ese estilo combativo, aunque no los únicos. La técnica de Mera de Lebreles seguía un principio similar, si bien combinando velocidad combativa y de desplazamiento para funcionar como un ejército de un solo hombre—. El inconveniente es que no pueden poner toda su fuerza en cada uno de esos ataques, es una elección de cantidad sobre calidad. —Para un número cuantioso de enemigos, tales técnicas valían la pena; para uno solo, la cosa cambiaba, de ahí que existiesen técnicas como el Cometa y el Rayo que concentraban el poder de cien a cien millones de golpes en uno único y portentoso—. Yo no tengo que tomar esa decisión. Te invito a comprobarlo.

No te harás… —empezó a recitar Sariel, recibiendo una nueva tanda de ataques. Diez puñetazos, en concreto, solo que todos eran el mismo: una vez se rompía el espacio-tiempo, volver múltiple una técnica de un solo objetivo resultaba tan sencillo como ignorar la distancia—… escultura ni imagen… —seguía hablando, a pesar del sinfín de impactos que recibía. Cada paso que Kanon daba hacia él se volvía una patada, pues el pie, una vez transportado, adquiría una aceleración infinita que solo podía resultar en fuerza infinita—… ni semejanza… —Receloso, el santo de Géminis ejecutó un centenar de ataques simultáneos que hicieron volar al ángel de la Muerte hasta más allá del horizonte, a donde no dudó en viajar mediante la Otra Dimensión—… de lo que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo en la tierra.

Había aterrizado al final de aquel lago, a la sombra de una de una formidable estructura cristalina de tres mil metros de altitud que recordaba a las montañas terrestres. El incesante rezo terminó con el ángel escupiendo sangre.

Parte de Kanon quería saber qué significaba eso, pero el tiempo había templado al niño que fue en un hombre práctico. Con la misma falta de misericordia del enemigo, desató sobre Sariel quinientos puñetazos simultáneos, y habrían causado estos un gran daño en el vulnerable guerrero celestial si las alas de este, llenas de un secreto poder, no lo hubiesen cubierto antes, protegiéndolo mientras se ponía de pie.

—¡Eso no te salvará! —exclamó Kanon. Si las alas de un ángel podían rechazar incluso ataques que ignoraban el espacio, él solo tenía que desplumarlo.

Mil veces impactó el puño de Kanon sobre la formidable barrera, provocando en esta una notoria agitación. Así transcurrió el segundo que Sariel necesitaba para terminar su conjuro mediante sus labios ensangrentados:

No habrá para ti otros dioses delante de mí. Juicio Divino.

La Otra Dimensión se cerró de inmediato, cortando de improviso la última y acaso decisiva tanda de diez mil puñetazos. Cuando el ángel de la Muerte se descubrió, las alas ya no estaban intactas, sino que lucían diversos huecos por toda su envergadura. Un logro tan grande como inútil, si ya no podía recurrir al mismo truco.

—¿Qué has hecho? —cuestionó Kanon.

La Otra Dimensión no solo se había cerrado, sino que le era imposible volver a abrirla. Se le pasó por la cabeza que quizá no había sido Sariel el responsable, sino uno de los Astra Planeta. De ser ese el caso, no le quedaría más remedio que usar toda su fuerza, a pesar del agotamiento que ello supondría, a pesar de las mentiras sobre las que tal regalo robado estaba construido. A pesar de todo eso, lo usaría si no le quedaba más remedio.

—Las palabras no son necesarias —dijo Sariel—, mas las digo por tu bien. Es el primer mandamiento que traje a esta Tierra impura en nombre del Olimpo.

—¿Mandamientos? —cuestionó Kanon, aún tratando de romper el sello. ¡Él era el santo de Géminis, señor del espacio-tiempo, tenía que poder lograrlo!

—Leyes que los hombres debían seguir. A diferencia de mis compañeros, yo no creo en la ley del Talión, ni en el simple eludir de los nueve pecados capitales. La bondad no es la ausencia del mal, el mal es la ausencia del bien —declaró Sariel, guardando pese a todo las distancias—. El primer mandamiento debía ser contra la idolatría.

—Deliras. —Kanon era un hombre culto, conocía las principales religiones monoteístas y sus variantes—. Los mandamientos no encajan con los dioses del Olimpo.

Sariel bufó. Un simple sonido, lleno de desprecio.

—Ya un dios único, ya una miríada de dioses, la divinidad es lo mismo. Un poder más allá de lo terrenal, incognoscible para la humanidad, imposible de someter. Los hombres no merecen ningún control sobre el mundo. Por eso, cuando ocurre lo que no debe ocurrir, mi Primer Mandamiento hace que el mundo se vuelva en su contra.

Kanon no pudo menos que sonreír.

—Los guerreros sagrados llevamos miles de años imitando la naturaleza de la Tierra y el universo. Nadie hace caso de tus Mandamientos, ángel de la Muerte.

Aquello molestó a Sariel en grado sumo; empezó a avanzar.

—Los guerreros sagrados. Las Guerras Santas. La mezcla de lo divino y lo terrenal. Todo es un error que debo corregir, que puedo corregir. Soy el único que queda de los Jueces del Hades, los auténticos portadores de la justicia divina.

Ya para ese momento Kanon tenía clara una cosa: no podía abrir la Otra Dimensión. Ni para escapar, ni para mandar a algún enemigo a errar por la eternidad. ¡Ni siquiera por un espacio infinitesimal de tiempo, como cuando la abría para realizar aquellos ataques simultáneos e inmediatos! Así que le convenía provocar al enemigo, asegurarse un cuerpo a cuerpo. Si debía luchar como Saga, lo haría, ya estaba acostumbrado; de hecho, él había incluso mejorado el estilo combativo de aquella encarnación de Pólux.

—No tomarás el nombre de Dios en vano —lanzó, pues, el santo de Géminis—. ¿Ese era el Segundo Mandamiento, verdad? Creo que aplica sobre ti.

Aquella fue la gota que colmó el vaso celestial. Aun las alas dañadas de Sariel podían impulsarlo lo bastante rápido como para que un santo de oro no tuviera tiempo a reaccionar. Por fortuna, Kanon ya había decidido para ese entonces hacer uso de la Octava Consciencia, así que logró esquivar el ataque que acaso le habría robado más recuerdos. ¡Por muy poco! El puño del ángel le rajó el lado quemado del rostro.

No matarás —recitó Sariel—. Juicio Divino.

El simple corte estalló en una explosión de sangre, como ocurrió con todas las heridas que Kanon hubo recibido desde que iniciara el combate. Pero no sintió dolor por ello, no le era posible, pues justo cuando Sariel terminó el nuevo conjuro los sentidos del santo de Géminis colapsaron por un sufrimiento inenarrable que llenó su mundo entero. No matarás. El Quinto Mandamiento. Él era ahora Kanon de Géminis, él había sido Kanon de Dragón del Mar, responsable del despertar de Poseidón y la muerte de un millón de personas bajo un castigo divino adelantado a su tiempo. Veinte años después, en el Hades, sintió que era su destino morir por ello. Creyó oler el aroma de los muertos, llevándole de la mano hacia el poderoso Radamantis de Wyvern. No sintió odio, ni envidia, cuando el manto de Géminis quiso regresar con su legítimo portador. Tampoco la sintió al principio de aquella larga noche, tras vestir por primera vez el tercer manto zodiacal y conocer qué llevó a Shion a actuar como actuó. Estaba en paz con el mundo por primera vez y consideró lo justo morir para por fin cumplir ese deseo infantil de defender el mundo, de velar por los que nadie velaba. Pero, una vez más, Atenea se interpuso entre él y la muerte, salvándole de la explosión que exterminó al Juez del Inframundo, si bien pasó un largo tiempo inconsciente. Mucho, en verdad. Abandonó el Hades en el mismo estado que los héroes legendarios, aunque a él no le estuvo permitido el honor de ir a los Campos Elíseos a defender el mundo.

«¿Eso es lo que esperas de mí, Atenea? —cuestionó Kanon, de cuerpo y manto carmesí, mientras forzaba una sonrisa—. Nada de muertes heroicas. Nada de huir con valentía. Yo dije que quería defender el mundo y todavía no lo he hecho.»

Tan solo había pasado un nanosegundo, dos a lo sumo, y ya estaba para el arrastre. Las piernas le flaqueaban, el alma estaba siendo aplastada por el karma de tantísimas muertes causadas por él. Ni siquiera recibir las Agujas Escarlata se comparaba a ese dolor, ningún sufrimiento causado por hombre alguno en la Tierra podría. Pero él no era solo un hombre, sino uno de los héroes que bajaron al infierno a decirle al mismísimo Señor del Inframundo que la Tierra era para los vivos, no para los muertos. Con esa misma voluntad, bloqueó con el hombro un nuevo ataque de Sariel y contraatacó con un gancho en la mandíbula, seguido de una patada en el estómago.

La gloria se cuarteó, ablandada por los previos ataques, revelándose los oscuros huesos sobre los que se formó su segunda versión en cuanto sacó las alas.

«Es ahora o nunca —decidió Kanon, ejecutando la Explosión de Galaxias

No codiciarás los bienes ajenos —dijo Sariel—. Juicio Divino.

Las palabras trascendieron el tiempo y el espacio, siendo pronunciadas en el diminuto lapso de tiempo entre que un santo de oro ejecutaba una técnica y esta era liberada en el mundo. Frente a los muy abiertos ojos de Kanon, la Explosión de Galaxias se comprimió en un diminuto punto que Sariel tomó y aplastó enseguida. Después, con ese mismo puño Sariel golpeó el rostro del santo de Géminis, ladrón de la identidad del Dragón de los Mares, a fin de extinguir su propia personalidad.

—Ha terminado el juego —advirtió Sariel, escupiendo sangre una vez más. El último golpe había dolido en verdad. Era un hombre fuerte—. Eres una criatura vil. No hay ley divina que no hayas ultrajado, desde la idolatría hasta la codicia de los bienes de tu propio hermano. Yo, el ángel de la Muerte, pondré fin a tu perversa existencia.

—No —renegó el hombre alguna vez llamado Kanon, cuya mente colapsada dejaba tras de sí un rostro fiero, salvaje y ensangrentado—. Yo no soy malvado.

No darás falso testimonio ni mentirás —replicó Sariel—. Juicio Divino.

La maldición que el ex-santo soltó fue cortada con la misma celeridad que su uso indebido del espacio entre espacios y esa técnica robada a su propio hermano. Acorde al Octavo Mandamiento, el derecho de hablar había sido despojado de aquella bestia que andaba sobre dos pies como una ofensa más a los dioses. El resto de los sentidos serían arrastrados por ese castigo divino, a fin de que el culpable no pudiera engañar a nadie de alguna otra forma. Los pecadores eran las criaturas más creativas del universo, por desgracia. Sajarles la lengua no bastaba, poco importaba lo que pensase Adremmelech.

—Yo no soy malvado —dijo una voz, latiendo a través del cosmos aún encendido de la bestia alguna vez llamada Kanon—. Yo no soy malvado.

—¿Quién eres tú? —cuestionó Sariel—. Sigo viendo los pecados de un hombre que ya no existe. —La identidad de Kanon de Géminis había sido destruida a través del Séptimo Mandamiento. Lo que tenía enfrente era más animal que humano—. ¿Quién…? —Los ojos del ángel de la Muerte, bendecidos por Hades para conocer la verdad que escondían los humanos, le dieron la respuesta. Quien hablaba no era Kanon, por supuesto, sino el manto de Géminis—. Abandona ese cuerpo, Pólux de los Dioscuros, tu indigno portador será enviado al infierno que le corresponde. —En ese estado, no podría defenderse del Segundo Mandamiento. Iría a Cocito sin que nadie pudiera evitarlo—. No es necesario que sigas su mismo destino —añadió, extrañado de que el manto de oro no lo hubiese abandonado ya. Se suponía que Atenea había tomado las medidas necesarias para que algo como el alzamiento de los falsos dioses no se repitiera—. ¡Abandónalo! —exigió, irritado. Lo divino no debía ensuciarse con lo terrenal.

—Yo no soy malvado —dijo la voz, de pronto más ronca—. Tampoco soy bueno.

Sariel no habría podido detenerlo incluso se hubiese visto el futuro. Un muerto en vida pasó de un estado de reposo a aquella velocidad que otorgaba el Octavo Sentido, en un espacio de tiempo imposible. Antes de parpadear siquiera una sola vez ya estaba chocando contra la enorme estructura cristalina, estremeciéndola hasta los cimientos debido al impacto. Al instante siguiente, estando él con la espalda arqueada y viendo las gotas carmesí que flotaban frente a sus ojos, apareció el demonio de rubios cabellos, golpeándole con una violencia desmedida, carente del refinamiento de los guerreros sagrados. Así, recorrieron aquella curiosa elevación natural, pura magia materializada por alguno de los Grandes Espíritus, hasta que en la cima, harto de tantos bloqueos y esquives el enemigo pateó la montaña en sí, iniciando su inmediato colapso.

«De un puntapié, abrían grietas en la tierra.»

Aprovechando la destrucción, el ángel de la Muerte enterró las alas en los costados del demonio y lo pateó con fuerza, para después girar y rodar ladera abajo. Si el cristal era lo que pensaba que era, un miembro de la élite de la Segunda Orden de Ángeles, comparable a la finada Seiros, aparecería para castigar a aquel demonio y él no podía descubrirse ante los Grandes Espíritus. Llegó a bajar la montaña sin percances, pero de los restos que caían emergió como una estela de luz la irracional bestia a la que Géminis se negaba a abandonar. Aun si pudo frenar el impacto con el brazo, el rebote le sacudió todo el cuerpo hasta los huesos, impidiéndole evadir un gancho alto que le hizo cruzar todas las capas de la atmósfera del planeta a la velocidad de la luz.

«De un puñetazo desgarraban el cielo.»

El ángel pudo estabilizarse antes de chocar con la luna. O una de ellas, pues eran tres las que orbitaban en torno a aquel mundo, la natural y otras dos con una apariencia mecánica que incomodaba a la vista. Era raro, los espíritus sentían un desprecio universal por la tecnología que llevara a los hombres más allá de su planeta de origen, consideraban que eso estaba en contra de los dioses. Y a pesar de eso, según comprendió con un solo vistazo, aquellos portentos no podían ser obra de ninguna raza mortal. Los satélites artificiales estaban regulando el flujo del tiempo en el área rodeada por la órbita lunar, valiéndose de los cristales en la superficie como catalizadores.

Poco tiempo pudo reflexionar en las implicaciones de ese experimento, pues un cosmos inmenso, mayor al que había sentido hasta ahora en su rival, viajó desde la superficie del planeta hasta él, trascendiendo la velocidad de la luz y apresándole. La bestia, pues no había mejor palabra para describir a ese salvaje, se aferraba a él con la violenta determinación de un animal para empujarlo hacia abajo como un velocísimo meteorito, ruina de toda civilización planetaria. ¡A ese ser no le importaba nada! ¡Nada en absoluto, salvo matarle y destruirle, en venganza por lo que le había arrebatado! Así lo sintió Sariel en su mirada, ardiente de una ira infinita. Ya no le quedaba nada, ni técnicas, ni recuerdos, solo la sed de venganza de un auténtico demonio.

Todos los intentos por defenderse eran contrarrestados por el salvajismo instintivo del humano. No tenía que pensar lo que hacía, solo actuaba, siendo la Octava Consciencia el sentido que suplía a todos los demás. A diez mil metros de impactar contra la costa occidental del único continente del planeta, Sariel pudo, por fin, adelantarse a uno de los movimientos del enemigo, deteniéndole el puño con la mano. Y encajándole tal rodillazo en el estómago, que el dorado metal de la zona estalló en mil pedazos, pero ni así Géminis murió, o abandonó al hombre primitivo. ¡Al contrario! Siguió apoyándolo en su locura de un modo que Sariel no vio venir: el brazo inutilizado por la Última Explosión de Galaxias voló a velocidad súper lumínica contra el rostro del ángel una y otra vez, acelerando más en cada ocasión hasta que el yelmo fue hecho pedazos, destino que compartió con el propio puño de aquella bestia descerebrada.

«Me equivoqué, no has dejado de ser un hombre —pensaba Sariel, el instante antes de chocar contra la tierra—. Es ahora que lo eres en verdad. Sin los regalos de los dioses, esta es tu auténtica naturaleza, la de los hombres de la era mitológica.»

Si antes había luchado con el divino Pólux, ahora quien tenía enfrente, quien lo golpeaba con la fuerza de los antiguos héroes, no era otro que…

—¡Cástor de los Dioscuros! —gritó Sariel en medio de una atronadora explosión. Una nube de polvo cegó los cielos mientras se escindía del continente la primera isla del planeta. El ángel y el demonio, pues no había mejor título para ese ser alejado de los dioses con el que luchaba, acabaron en el oscuro abismo abierto más allá de la tierra y el océano. Allí siguieron luchando, sin descanso, sin tregua. Una batalla eterna.

Tal y como en los relatos de los terrestres sobre las batallas de los dioses, basados en realidad en los combates de los guerreros sagrados de los inmortales, la faz del planeta cambió en ese duelo terrible. El continente fue dividido en dos y luego en cuatro pedazos. Los cielos fueron cegados por el polvo levantado desde las profundidades a la superficie. La tierra del este se desgajó formando islas que arrastraba un mar embravecido. El suelo se hundió en el norte, donde abundaban los bosques de vegetación única, formándose profundos valles que servirían de refugio para el calor sofocante. En el sur, en cambio, se elevaron montañas por sobre las dunas de un desierto interminable, hecho de arena blanca, como cristal en polvo. Sobre la cima de una de estas, alzada más allá de los dos mil metros de altitud, Sariel pudo al fin frenar los dos puños de Kanon, comprendiendo el oponente con el que combatía.

—Ni malvado, ni bueno —decía Géminis, el sagrado manto zodiacal cuyo brillo era apenas ahora una sombra. La mayoría de los pedazos dorados habían sido regados con sangre en la superficie de todo el planeta, antes de que la refiguraran—. Ambos.

—Sí —dijo Sariel, apretando los puños reventados hasta sentir el crujido de los huesos. El hombre no respondió, hacía muchísimo que superó el umbral de dolor—. Ese siempre ha sido el sino de los nacidos bajo la constelación de Géminis. —Los santos de Atenea debían ser hombres de justicia. De otro modo, el Olimpo no habría permitido a Atenea seguir con su juego, así fuese la hija favorita de Zeus. Libra, heredero del único de los primeros santos de oro que no se proclamó como un dios, se encargaría de que no volviese a ocurrir el peor de los escenarios, mientras que Géminis estaba, en cierto modo, exento de esa exigencia. El mal y el bien vivían en el corazón del guardián del tercer templo zodiacal, no importaba la época de la que se hablara. Siempre era así—. Yo no luchaba con Pólux, ni Cástor, estuve combatiendo contra ambos.

Cada lasca perdida por la gloria de la Muerte era la prueba de que tenía frente a sí al auténtico santo de Géminis. No una criatura vil que codiciaba desde la niñez cuanto le correspondía a su hermano, sino a quien aquel pasó el testigo. Saga de Géminis había perdido la vida por su propia mano, aplastado por la culpa, pero al sacrificarse junto a sus compañeros para derribar el Muro de los Lamentos, cayendo su alma sin fuerzas en el río de las lamentaciones, lo hizo porque sabía que dejaba el Santuario, la Tierra y Atenea a buen cuidado. Saga creía en su hermano, así como Pólux creía en Cástor. Ahora ambos eran uno, el semidiós y el hombre, o más bien, lo habían sido.

—No tenías derecho —advirtió Géminis, condenatorio.

—No lo tenía —reconoció Sariel—. Mas debía hacerlo.

Estuvo luchando contra un hombre digno de ser llamado el más fuerte. Pero los pecados de Kanon eran demasiados y la oportunidad de pagar por ellos se le escurría entre los dedos ocasión tras ocasión. Contra Radamantis. Contra Caronte. Contra él. Atenea siempre mediaba para que la tormentosa vida de un héroe prosiguiera. Como de costumbre, Sariel no entendía por qué, pero empezaba a cuestionarse si estaba obrando la voluntad de los dioses. ¿No había cometido él un pecado terrible, arrebatando aquello que una diosa decidió que debía conservarse? Tras recibir el Primer, Quinto, Séptimo, Octavo y Décimo Mandamiento, todo lo logrado en el ciclo de reencarnación se había vuelto cenizas. También lo que el propio Kanon había logrado.

El resultado lo sintió en cada golpe recibido. La estructura muscular de la gloria estaba desgarrada en un sinfín de cortes. Muchos de los huesos de ébano se habían fracturado. Las alas visibles eran ya más bien un esqueleto. ¡Incluso lo había hecho sangrar! Resultaba todo un logro, considerando que la mentalidad de Kanon era la misma que la del niño que pudo haber dado muerte a su hermano. Al tiempo, la fuerza era la del verdadero Kanon, sin limitantes. La Otra Dimensión estaba sellada, así que él rompía el espacio-tiempo a punta de velocidad. Fue desposeído de la Explosión de Galaxias, la técnica insigne de Saga de Géminis, de manera que concentraba todo el poder en los puños, liberando auténticas explosiones de poder a escala subatómica. Se había convertido en todo un santo de Atenea sacado de la era mitológica.

—Tus pecados son incontables —advirtió Sariel—. Aun si los dioses te perdonan, yo no lo haré. —Esa clase de hombre era la base sobre la que inició el alzamiento de Pirra de Virgo. Más aún: era justo la verdadera naturaleza de cualquier ser humano—. No consentirás los pensamientos ni deseos impuros —rezó—. Juicio Divino.

xxx

La mente de Kanon de Géminis había sido enterrada en lo más profundo de su alma, en el núcleo mismo de la Octava Consciencia. Desde ese lugar, que no era un lugar en absoluto, fue testigo de cada golpe, dado y recibido, en la batalla contra el ángel. Comprendía a aquel viejo yo que nada sabía de los dioses y que construía su propio camino con sus manos desnudas, anhelando la fuerza de un semidiós sin poder recordar que ese era el sueño de su hermano Saga y no el suyo. Él no tenía ninguno.

—Quiero proteger a los que no tienen nada —dijo Kanon, el niño—, como yo.

—Tu virtud ni siquiera se mantuvo a lo largo de la infancia —replicó Kanon, el hombre—. Claro que los santos de Atenea no somos niños mucho tiempo.

¿Sería esa la clase de batallas que se libraban en la era mitológica? Jóvenes desarmados cambiando la faz del planeta con su poder sobrehumano. ¿Cuántos de los mitos de la humanidad eran fieles a la leyenda original y cuántos habían sido distorsionados por algún ejemplo humano? Para los hombres comunes, la diferencia entre un dios y un guerrero sagrado no era clara. En ese sentido, el Primer Mandamiento de Sariel, que volvía al mundo, al universo, enemigo de quienes se apoyaban en él, era el más necesario de todos. Ponía un límite, sí, pero era un límite necesario. Cuando un hombre trataba de convertirse en dios, solo traía la destrucción a todo y todos.

Él había querido ser un dios, porque solo un dios podía superar a su hermano, aquel guerrero sin par reverenciado como un semidiós. También había asesinado, robado y usurpado un lugar que no le correspondía. Ni era el verdadero Dragón de los Mares, ni era el auténtico santo de Géminis. No era más que un sustituto. Por eso, cuando todo le fue arrebatado, sintió paz, quizá porque todo el odio y la envidia de su juventud se habían derramado sobre todas las células del cuerpo que ya no dirigía. Por primera vez, tras vivir una vida entera como la sombra de otro mejor que él, podía pensar por sí mismo, como cuando era un niño y aún no estaba todo decidido. Podía juzgar desde la distancia cada uno de sus actos, y comprender, al fin, que nunca necesitó el perdón del Santuario, ni el de su hermano, ni el de Atenea, que nunca había dejado de confiar en él. No necesitaba que nadie le perdonara más que él mismo.

«Me he estado engañando todo este tiempo —reflexionó el santo de Géminis—. Todos mis pecados, todos mis logros. Son solo aquello que pude hacer, según mis circunstancias. Y solo yo me condeno por ello.»

Tampoco era como si pudiera dejar de hacerlo. Había sentido el dolor de cada muerte causada por él, pero mientras podía soportar el sufrimiento causado por el castigo divino de Poseidón, había otras por las que aún no había pagado. Considerándose indigno del trono papal, no dudó en apoyarse en Arthur de Libra para que Akasha de Virgo, esa valiente muchacha capaz de luchar contra sus demonios internos sin perder la fe en el género humano, lo sustituyese. Él le dio la pesada carga de la toga sacerdotal, él le legó el mundo antes de inmolarse junto a Caronte. El resultado era que él vivía, también el regente de Plutón, mientras que quien debería haber seguido protegiendo la Tierra había sido asesinada por la persona en quien más confiaba. Una verdad terrible, que a todos los que se unieron a él y Gestahl Noah en el barco había ocultado.

«Soy el cómplice de un mentiroso —sonrió Kanon—. Por eso ya no puedo hablar.»

Por encima de todas las cosas, él, en esa batalla y desde hacía trece años, había sido…

—Un cobarde —dijo el santo de Géminis, antes de que su alma empezara a arder.

Notas del autor:

Shadir. ¡Me alegra mucho saber eso! Encuentro muy interesantes a los dioses de la mitología griega y es sabido que muchos, o no aparecen en las adaptaciones de los mitos, o tienen un papel muy secundario. Poder escribir sobre mitologías, con Tetis como protagonista (re-imaginando algunas cosas, como el pago que Hefesto exige por el famoso escudo de Aquiles), ha sido toda una experiencia. Tetis es, después de todo, un personaje que por un lado ha cobrado importancia con el pasar de los arcos, y por otro, una deidad que ha vivido muchísimo tiempo, una barbaridad a decir verdad.

FFnet es incorregible, al parecer, pero agradezco mucho que esté ahí para poder seguir subiendo esta historia.