Capítulo 204. Uno para todos

Cuando Margaret de Lagarto apareció en cubierta, preguntando por Ofión de Aries, no esperaba ni por asomo ver tamaña locura. Tres simios retenían el barco como un solo ser, unidos en una gran masa que solo parecía cabeza por proceder de los cuellos de los monstruos y tener una enorme boca abriéndose y cerrándose todo el rato. Además, en popa y buena parte de la barandilla abundaban otra clase de simios con cabezas de pescado de múltiples ojos, como salidos de algún depósito de residuos nucleares, y en proa la cosa empeoraba, con versiones en miniatura de los gigantes que los rodeaban, patosas de un modo hasta gracioso, y monstruos con tantos ojos en las cabezas, uno por encima de otro, que costaba distinguir que bajo aquellos había escamas.

Puesto que preguntó a unos caballeros negros agotados de batallar, presumiblemente desde que empezaron los problemas en los camarotes gracias al maldito Narciso de Venus, imaginaba que recibiría respuestas vagas y contradictorias. Que eran extraterrestres, que eran mutantes, que eran demonios… Pero aquellas no eran sombras convencionales, eran el resto del resto más capaz de Hybris, los que dieron la espalda a cinco años de cacería para defender el mundo. Todos y cada uno de los caballeros negros tenía un nombre terrible para ese no tan nuevo enemigo: horrores.

Como fuera, Margaret fue informado de que Ofión estaba dentro del enemigo más grande, que había habido muertos y también heridos, muchos. El santo de Lagarto distinguió a Zaon y Marin descendiendo en proa, donde Noesis, respaldado por tres santos de Atenea y Cristal, hacía estragos entre la horda enemiga. Entretanto, alguien comentaba que el santo de Centauro estaba a punto de morir, que ya no tenía pulso.

A Margaret le faltó tiempo para teletransportarse.

—¡Cállate, Mirfak! —gritó el caballero negro de Cuervo, llorando su impotencia.

—Solo digo que ese hombre tan fuerte… —La voz del simplón de Perseo Negro se fue apagando conforme el santo de Lagarto aparecía. No tuvo que preguntar para saber que era él el responsable de tan funestos y ridículos rumores.

—Mi amigo solo está nadando en su salsa, preparando alguna técnica milagrosa que nos salvará a todos —aseguró Margaret—. Le buscaré una cama mejor.

De una sola vez, teletransportó a Joseph, Johann y Escudo Negro, cuyos heridos brazos eran toda la prueba que Margaret necesitaba para imaginar que a él le debía la supervivencia del santo de Centauro. Actuó por instinto, sintiendo que el terror lo inundaba tras ver que el hombre más jovial y optimista del planeta no sonreía, aun estando en los tan queridos para él dominios de Morfeo, de modo que hubo de agradecer a los dioses que aparecieran en el improvisado hospital de Minwu de Copa.

Hizo muchos viajes después de ese, rescatando a todos los hombres demasiado heridos para luchar, fueran sombras o cierto tozudo santo de Perseo que se negaba a entrar en razones. Tan concentrado estaba en esa tarea que no prestó atención a la batalla.

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Conforme los refuerzos iban llegando, el santo de Mosca iba repitiendo una especie de mantra que los descolocaba a todos, sin dejar de luchar ni un solo segundo:

—Devoran nuestro cosmos. ¡Destruid las cabezas, todas las cabezas!

No necesitaron mucho tiempo para acostumbrarse. Tampoco lo tenían. Grigori, Pavlin y Mera, la última en unírseles, se vieron envueltos por los mantos sagrados, que pieza a pieza surgieron cual rayo de esperanza desde las cajas de Pandora abiertas por Lisbeth. El cosmos de los tres, acrecentado tras duras batallas contra sus demonios internos, resonó con la sangre dorada en los mantos sagrados, revitalizándolos por completo.

Como vanguardia, Mera formó un círculo perfecto de réplicas que iba creciendo en espiral, despejando el centro y dando a Makoto y Aqua la oportunidad de ir a ayudar en popa, mientras que la mayor parte de sombras iba tomando posiciones en cubierta. A fin de respaldar a los caballeros negros, Grigori desató la Tormenta, a la vez que Pavlin, tras cruzar los brazos sobre el pecho, los extendía más rápido que el rayo, desplegando las Plumas Silvestres. Ya fuera ardiendo por la electricidad, ya reventado por el proceso de congelación que iniciaba cada proyectil de hielo al atravesar algún ojo, los horrores caían al río y la ventaja iba decantándose a favor de los seres humanos.

De forma simultánea, Soma, Llama, Miguel y otras sombras siguieron la senda marcada por Lesath de Orión, el en apariencia imbatible campeón bajo cubierta.

—Hasta que aparezca el general —se aseguró de señalar Soma.

Lesath no le hizo el menor caso, mucho menos se interesó en los zombis de armadura negra que tironeaban a los horrores decapitados del rabo para arrojarlos al río. La mayoría acababa despedazada, para disgusto de Michelangelo de Escultor Negro, como era natural. El enemigo podía vivir sin cabeza, gozaba de una virtual invulnerabilidad de cuello para abajo y tenían la fuerza suficiente para destruir mantos sagrados. ¿Qué iban a hacer los zombis de simples caballeros negros contra algo así? No podían contar con los muertos, ni los que estaban al borde de la muerte, como aquel mocoso al que Soma llamaba general. Necesitaban a los vivos y en proa había una buena camada.

Para empezar, Cristal de Bluegrad. En el pasado, un oficial de Hybris promedio. Ahora que volvía a ser un guerrero azul, tenía mucho que compensar. Quizá eso explicaba la intensidad del cosmos que nacía de él en el momento en que, pateando la barandilla, la congeló desde el mascarón de proa hasta cerca de donde el propio Lesath se hallaba. De toda la zona congelada surgieron, de inmediato, estacas de hielo que ensartaron más de una cabeza de los lémures, sin dañar empero a ni uno solo de los caballeros negros. Una variante mejorada de la Pared de Ébano, azul en lugar del acostumbrado negro.

—¡Eso ha sido genial, camarada Cristal! —exclamó Retsu de Lince, un guerrero por mucho más ágil de lo que Lesath recordaba, cuyo Huracán de Garras Aceradas reventaba ojos de horrores a la vez que bloqueaba contraataques con las ondas de choque resultantes de la técnica—. ¿Cómo distingues entre nosotros y ellos?

—La clave para vencer al enemigo es convertir su fortaleza en debilidad —respondió Cristal—. Esas cosas no funcionan bajo reglas convencionales, así que solo tengo que destruir todo aquello que no está vivo.

—Buen trabajo muchachos —aprobó Lesath—. Solo recordad lo que dice la Mosca de Plata —hubo de aclarar, viendo a Fly y tres Moscas Negras coordinándose con un desorejado Almaaz de Auriga Negra para hacer caer a los horrores que habían esquivado las estacas de hielo—: Absorben nuestro cosmos, destruid todas las cabezas.

—¿Destruir? ¡Yo prefiero el pescado frito!

—Todo lo que yo quiero es dormir.

Con todo y bostezando, Fang de Cerbero derramó la Triple Llamarada en conjunción con el Aliento del Sol Caído de Aerys, resultando en la barbacoa más desagradable del mundo. El olor provocaba arcadas en el santo de Orión, quien luego de dar una palmada a aquellos dos, corrió hasta el mascarón de proa, sintiéndose un verdadero tonto.

Eren de Orión Negro estaba a la altura de las expectativas que tenía sobre él. La Danza del Trueno, coordinándose con los Corceles del Sol y la Luna de Fotia y Yugo de Centauro Negro, llamaradas creadas por la fricción que por voluntad de esos hermanos adquirían la forma de dos caballos de oro y plata, estaba haciendo estragos entre los horrores. El suelo estaba embadurnado de los restos carbonizados, que Margaret, ya habiendo limpiado el barco de heridos, transportaba lejos del barco.

No tenía que hacer nada más, no quedaba nada por hacer, pues Noesis de Triángulo había sellado en triángulos de energía a dos tercios de los horrores de proa.

—Una buena camada —aprobó Lesath.

Las cosas se estaban calmando. Unidos, santos y sombras, podrían proteger el barco de cualquier enemigo si exterminaban a los que quedaban en cubierta.

«Y los gigantes —pensó el santo de Orión, viendo la enorme boca sobre sus cabezas.»

—¡Eh, señor plateado! —gritó Aerys—. ¿Se le antoja pescado frito?

Los rescoldos de las llamas empleadas para quemar a los horrores, junto al calor, se vieron atraídas por el cosmos el santo de bronce. A Lesath le pareció una idea fabulosa: el Ascenso del Hijo Pródigo alcanzaba el millón de grados centígrados, si algo así no bastaba para quemar esa piel que nadie más podía dañar, al menos los gigantes perderían la cabeza y no tendrían una enorme boca encima. Alzó el pulgar.

Así, un sol surgió sobre las manos alzadas del santo de Erídano, mientras que Lesath corrió hasta él, protegiéndolo con Amanecer de los horrores cercanos. Margaret, al tiempo, teletransportó a Fang de Cerbero, quien se había quedado dormido de pie.

—¡Quémalos, panadero! —gritaba Lesath—. ¡Quémalos con fuego!

—¿Y con qué iba a…? —Aerys tuvo que callar a media frase. El sol que había creado ya no estaba a su alcance, sino que era atraído a la boca abierta de arriba.

El propio santo de bronce estuvo a punto de ser sorbido junto a los horrores que Lesath había dejado sin cabeza. Por fortuna, Lesath tenía dos manos y podía usar una para sujetar al panadero mientras usaba el garrote de Orión para repartir algo de justicia.

—Joder —decía Lesath. Entre golpe y golpe, llegó a ver cómo el Ascenso del Hijo Pródigo se extinguía en la oscuridad de esa boca que los atraía a todos—. ¡Joder!

—¡Tened fe! —pidió Noesis a todos los que pudieran oírle.

Los numerosos triángulos de energía, seguras prisiones para los horrores, se alzaron a los cielos formando por voluntad del santo de Triángulo los vértices de una estrella. El tirón de gravedad se redujo el tiempo justo que tardó en aparecer el más improbable de los enemigos, exterminando como una estela de luz las prisiones y los horrores.

—¿Qué demonios hace el jodido Azrael vistiendo una jodida armadura de ángel? —preguntó Lesath, en el punto medio entre la ira y la más absoluta confusión.

—Tú también eres un problema para mis mechas —observó Azrael.

Con una sola mirada, Aerys le indicó que podría resistir el tirón, ya reiniciado. Lo dejó en el suelo, cargando hacia Noesis justo a tiempo de bloquear la patada aérea con la que Azrael pensaba reventar al santo de Triángulo. Todo el cuerpo del santo de Orión resintió el impacto, pero, cosa rara, el manto de plata resistió y pudo contraatacar.

—¿La espada de Orión, eh? —Azrael había sujetado Amanecer con una sola mano, claro—. Un poco fría para mi gusto. —Aumentó la presión de los dedos, extrañándole que el metal no cediera de inmediato—. Yo viajo por el espacio —prosiguió, sonriendo satisfecho ante el sonido del crujir del metal—, conozco el calor de las estrellas.

—¡Aparta, Lesath! —gritó Makoto, anunciándose como el novato que ya no era.

Azrael lo recibió con un simple movimiento de la mano libre, que generó una serie de tajos invisibles. Desde los pies hasta la cara, todo el cuerpo del santo de Mosca se abrió en numerosos cortes, de modo que su compañera, la santa de Cefeo, se detuvo a curarle.

—Muy lenta —dijo Azrael al oído de la santa de Cefeo.

La nereida atacó muy rápido, el propio Lesath, quien acababa de ser soltado, no habría podido actuar igual, y sin embargo Aqua solo golpeó al aire.

Azrael ya sostenía a Makoto del cuello.

—Lárgate, Lesath. Esta no es tu lucha.

—Sí, ya veo lo bien que te defiendes —soltó el santo de Orión, sabiéndose el único del lugar que podía socorrer a ese insensato—. Mira, iba a esperar a entender qué carajos hace el finado secretario de la finada jefa aquí, pero creo que podrá responder igual de bien sin dientes —declaró, ignorando los daños en el sólido brazal de plata.

Coordinándose con Aqua, alrededor de la cual giraba la Muralla Real, Lesath inició un doble ataque con el objetivo de rescatar a la mosca más escurridiza del planeta.

No imaginó hasta el momento final que era un triple ataque. ¡Makoto había aprovechado el contacto entre el brazal del ángel para sorber algo de cosmos, sangre del espíritu! Con ese extra de fuerzas, logró liberarse y desatar el Asedio del Señor de las Moscas a la vez que el Sello del Rey y Amanecer. Un combo tremendo que solo los más avezados guerreros habrían podido evadir. Por desgracia, Azrael se contaba entre ellos.

—Podría seguir así todo el día —aseguró el ángel.

Y le habrían creído, sin lugar a dudas, si al siguiente nanosegundo no hubiese caído Ofión de Aries estampándole en plena cara la Justicia de Atenea.

Aqua se apuró a envolver al malherido santo de Mosca con la Muralla Real, cerrando las heridas causadas, si bien eso no cambiaba la pérdida de sangre. Lesath, por su parte, hizo amago de impedir que el ángel se alzara, pero ni él ni la técnica del reaparecido santo de Aries, que invocaba de forma engañosa como Estrella Fugaz, pudieron atraparle. Azrael levantó y evitó por poco un estallido de energía que venía desde el suelo de madera sagrada, reduciendo esta a astillas ensangrentadas.

—¿Por qué rayos sangraría un barco? —se cuestionó Lesath por primera vez. El puñetazo del santo de Aries había sido duro, así lo atestiguaban el casco reventado y la sangre manchándole media cara desde alguna herida en los cabellos, pero eso no lo explicaba todo—. ¿Y de dónde has salido tú, Ermitaño? ¡Joder, no entiendo nada!

—No hay nada que entender —rio Makoto, recuperado y chocando palmas con Aqua. Un veterano actuando como novato, sin duda—. Él es un santo de oro.

—La élite —asintió Aqua, como si hubiese olvidado lo que era el orgullo.

Desde luego, tenían buenas razones para ello. Arriba, no solo el tirón de gravedad había sido suprimido, sino que la masa que unía a los tres gigantes ya no unía nada. Era un pedazo de carne mutilado por las vibraciones energéticas del Arca.

—Ajá, estupendo —aplaudió Lesath con hastío—. Las cabezas nos las cargamos todos.

En lugar de responder con alguna bravata, el santo de Aries alzó la mano con la que había golpeado al ángel. Mediante un giro teatral e innecesario, precedió la mágica desaparición de los tres gigantes decapitados.

Una vez más, el Argo Navis Negro volvió a navegar por el río corrompido, mientras que atrás el espacio se hinchaba por alguna razón que Lesath no comprendía.

—Gracias, Ermitaño —dijo Makoto—. Ahora, déjame esto a mí.

—Eres tú quien debe dejármelo —replicó Ofión, cuyos ojos rasgados se clavaron en Azrael. De repente, el ángel no tenía ganas de respuestas ingeniosas, ni sonrisas, ni nada. Quería irse y una fuerza invisible, sin duda la del santo de Aries, se lo impedía—. Yo tengo el poder para vencer a un guerrero celestial. Tú no.

—También tiene el poder de hacer otras cosas —insistió Makoto—. Cosas que solo usted… ¡Que solo tú puedes hacer! ¿No es cierto?

Aquella réplica golpeó con más fuerza en Lesath que en Ofión, quien no apartaba la vista del ángel. Allá donde mirara el santo de Orión, vería a alguien haciendo lo que solo él podría. Marin atacaba desde el aire, Margaret engañaba a los horrores con el truco de la proyección astral, las sombras se mantenían firmes en la barandilla, los santos de bronce y de plata purgaban la cubierta de enemigos… Noesis de Triángulo, solitario en el mascarón de proa, respondía a los horrores que saltaban desde la oscuridad con tal concentración, que cualquiera que lo atacase por la espalda lo mataría.

Echó un último vistazo a Makoto, maldiciendo por lo bajo. Sería de más ayuda al santo de Triángulo que a ese portento entre los santos de plata, ¡incluso sin manto sagrado!

El ángel no se molestó en impedir a Lesath socorrer a Noesis. No movía ni un solo músculo, decidido a no perder contacto visual con el santo de Aries.

—Escúchame, Makoto —decía Ofión—, las habilidades sanadoras de Aqua son excelentes. —La nereida dijo gracias con una voz entrecortada, porque el dorado brazo de Aries se había alzado—. Pero necesita tiempo para atender tus lesiones internas. Si sigues así, morirás. Deja que yo luche esta batalla, es mi deber.

—Tu deber es defendernos del tirador —replicó Makoto.

Si Indech no había atacado en todo ese tiempo, tenía que ser porque el cruce de ceto y gerión bien pudo haber devorado un tiro del Inagotable. Ahora, con suerte, estaría buscando una buena posición para disparar. Sin ella, ya la habría encontrado.

De algún modo, Margaret de Lagarto encontró espacio entre la generación de proyecciones para aparecerse a la diestra del santo de oro, diciendo:

—Señor, tengo un mensaje de la Dama Blanca.

—¿Qué…? —Ofión hubo de hacer un esfuerzo sobrehumano para no perder la compostura—. ¿Shizuma está viva?

—La mente es un lugar más —prosiguió Margaret—. Eso es todo lo que sé, señor.

Y extinguió esa imagen, una proyección más.

—Claro. La mente es un lugar más. —Ofión sonrió—. ¡Puedo arreglarlo!

Tan entusiasmado estaba con lo que fuera que hubiese pensado, que ya daba un paso al frente antes de echar un último vistazo a Makoto, a quien con un gesto silencioso le encomendó la protección del barco. Ahora él sería el único despierto al Séptimo Sentido allí. Makoto no sabía qué pensar de eso. ¿Quién levantaría un nuevo Muro de Cristal si el Ermitaño se marchaba, tal y como hizo la Silente? Sin embargo, decidió confiar en su superior tal y como esperaba que los demás confiaran en él, e hizo un gesto de asentimiento tardío. Ya el santo de Aries se había marchado, como una estela de luz.

Poco después, en la lejanía destelló el Muro de Cristal, combándose hacia atrás y hacia adelante mientras reflejaba un tiro del Inagotable. El santo de Aries había decidido combatir a Indech uno a uno, sin poner en riesgo a los tripulantes del barco.

Y no solo eso.

Hola —oyeron todos en el barco—. Soy Ofión de Aries, guardián del primer templo zodiacal del Santuario de Atenea. No soy tu enemigo.

Era una onda psíquica, liberada justo cuando el tiro era regresado por el Muro de Cristal. ¡El Ermitaño estaba tratando de contactar con el ángel de la Tierra! Una idea descabellada que empero podía cambiarlo todo, si tenía éxito.

—¿Yo también debo irme? —preguntó Aqua, incómoda.

Team Azrael —dijo Makoto, sonriéndole. La nereida soltó un suspiro de alivio—. Vamos a tener que darlo todo, no tendrás tiempo de curarme.

—Dalo por hecho —dijo Aqua, tronando los nudillos—. ¡Tengo un nuevo truco!

—Y en cuanto a vosotros dos —añadió Makoto, mirando a un extrañado Azrael—, solo os pido que me ayudéis a no pensar en nada más que esta batalla. Proteged a la gente.

La sombra de dos canes se manifestó a lo largo del área en que estaban Aqua, Makoto y Azrael. Cuatro ojos brillaron con intensidad, reflejo del alma de los hermanos Bianca y Nico que llevaban un buen rato buscando el mejor momento para atacar.

—¿Estás seguro? —dijo Nico—. Este enemigo no tiene aberturas.

—Es más fuerte que Hipólita —afirmó Bianca—. Más fuerte que tú.

—¿No habéis oído a la diosa? —replicó Makoto—. Tenemos un plan.

Los hermanos se deslizaron a través del suelo, manifestándose uno en proa, ayudando a Retsu, Cristal y los demás pateando horrores, y la otra en popa, destrozando a dentelladas a los geriones que se formaban a partir de los restos de la batalla en el centro. Todo había adquirido un relativo orden, justo lo que Makoto necesitaba. No podía luchar con Azrael y preocuparse por todos, tenía que elegir una u otra cosa.

—Estás muy servicial hoy —comentó Aqua—. Diosa aquí, diosa allá. ¿Piensas que voy a olvidar con tanta facilidad que…? Oh, rayos, creo que lo olvidé de verdad.

—Gracias —dijo Makoto, sin más—. Por todo.

Los compañeros saltaron contra el ángel, quien se elevó en el aire, listo para irse.

Pero la providencia tenía otros planes. El cuerpo del guerrero celestial se difumó, apareciendo y desapareciendo a intervalos irregulares. Innumerables estrellas, residuos del Tritos Spuragisma, se manifestaron de forma tenue; sin duda era esa la razón de que el ángel desapareciese de vez en vez, para recuperarse. Makoto lo alcanzó.

Y empezaron un intercambio brutal de golpes y contragolpes en la fracción de segundo que Aqua tardó en unírseles. El Asedio del Señor de las Moscas era peligroso para un ángel, por eso Azrael hacía uso simultáneo de su técnica combativa, la solidez de la gloria y el vasto cosmos que poseía para que aquella mosca no pudiera picarle. Con una impecable habilidad marcial, desviaba todos los ataques hacia fuera. En contraste, el estilo de Makoto era de una ofensiva total, de modo que los puñetazos del enemigo los recibía todos y cada uno, siendo apenas la Muralla Real la razón de que no le hubiesen roto ya unos cuantos huesos. Se sabía inferior a ese oponente, a nivel cósmico y en cuanto a capacidad combativa, por tanto no podía confiar en un duelo a largo plazo.

Aqua intervino justo después de que Azrael le encajara el canto de la mano contra la garganta, otorgándole valiosos segundos para recuperarse. El modo en que lo logró, empero, lo dejó sorprendido. Se trataba del Sello del Rey, o más bien, una versión sombría del mismo que le hizo preguntarse si había un Cefeo Negro por ahí.

—¿Se puede ser más vulgar? —cuestionó Azrael, molesto incluso cuando las siete cadenas de agua oscura ni tan siquiera lo rozaban.

—Este río sigo siendo yo —dijo Aqua, dando una patada alta que el ángel esquivó con holgura—. Puedo controlarlo. ¡Rayos, soy la hija de Nereo y Doris, puedo controlar cualquier forma de agua que quiera! —Para demostrarlo, hizo que de cada eslabón del Sello del Rey surgiese la Pulsión Hídrica de repente. El ángel pudo esquivar nueve mil novecientos noventainueve disparos, pero el último, desde el dedo de la nereida, le rasgó la mejilla—. Voy a ensuciar tu mente, tu alma y tu cuerpo hasta que te arrepientas de haber robado la identidad de Azrael y el sentido común del mundo. ¿Listo, Makoto?

—¿Quieres ensuciar a Azrael? —cuestionó Makoto, haciendo una mueca.

El modo en que Aqua ladeó la cabeza le dijo todo: no había entendido el chiste.

—Si tú no te tomas esto en serio —dijo el esquivo Azrael—, tendré que hacerlo yo.

Importándole poco las siete cadenas de agua oscura, el ángel acometió contra los dos santos, estampándose empero contra la Muralla Real.

—¡Te tengo! —celebró Aqua, a la vez que el Sello del Rey caía sobre el enemigo, quien luchaba contra un remolino de agua inteligente. Brazos, piernas, cuello y pecho quedaron aferrados en menos de lo que dura un parpadeo.

Makoto ya golpeaba el peto del ángel incluso antes de que terminara de ser atrapado, por eso le fue imposible reaccionar a tiempo.

Todo estaba compuesto de átomos. La Muralla Real, hecha de agua sagrada; el Sello del Rey, formado a partir del río corrompido; el dedo de Makoto, de carne y hueso bajo el velo del cosmos argénteo. El poco contacto que el santo de Makoto tuvo con la verdadera identidad de Azrael, le hizo comprender que el poder de este era capaz de destruirlo todo, de alguna forma, incluyendo a la terrible legión de Aqueronte. Ahora sentía esa realidad en carne propia, percibía la agitación en la estructura atómica de todo lo que hacía contacto con el dorado cosmos del guerrero celestial. Como un terremoto.

—¡Mierda! —gritó Makoto, presa de un dolor doble. El dedo había perdido toda la piel y la uña, rezumando sangre a pesar de que lo apartó en cuanto sintió la destrucción. Pero por encima de eso, estaba una comprensión absoluta.

De algún modo, el hombre que tenía enfrente, aquel que sin ningún movimiento había desintegrado las técnicas de Aqua, era Azrael. Mismo cosmos, misma forma de luchar, misma apariencia, mismo propósito. ¡Era él, sin duda alguna! Siendo así, él solo podía escoger un camino, aquel que había estado evitando todo este tiempo.

—Has visto lo que puede hacer mi cosmos —dijo Azrael, desviando con el brazal una patada alta de la nereida—, ¿qué tan tonta puedes ser?

—¡Ni te lo imaginas! —Una plataforma de agua se formó bajo los pies de la nereida, permitiéndole dar una nueva tanda de patadas y crear justo la abertura que Makoto necesitaba para golpear, de verdad golpear, a aquel hombre.

Podía ser una locura. Era una locura. Aun el manto de Cefeo vibraba con mayor intensidad cada que esta pateaba, salvándose apenas de la completa destrucción por la fugacidad de los golpes y que los intercalaba con nuevas cadenas y esporádicos disparos; él no iba a aguantar tanto, ni en broma. Lo supo cuando cerró el puño con todo y dedo despellejado, lo sintió al encajar ese mismo puñetazo contra la mejilla de Azrael.

Y eso que solo era el primero.

—¡Quién! —Bloqueó el segundo puñetazo con el brazal, recibiendo una patada en la cabeza—. ¡Te dio! —Esquivó los ataques de ambos dando un giro, alejándose un par de metros—. ¡Permiso! —Una andando por el cielo mediante plataformas de agua, el otro corriendo a la velocidad de la luz, lo alcanzaron justo cuando pensaba alzar el vuelo—. ¡Para! —Las estrellas del sello de Noesis aparecieron en el momento justo, retrasando los movimientos de Azrael; no pudo bloquear ni el puñetazo en la cara ni la patada en el costado—. ¡Morirte! —Aún enlazados, los dos santos de plata se coordinaron de un modo jamás visto, golpeando al ángel como un solo guerrero mediante una andanada de puñetazos y patadas—. ¡No tenías! —El río, inagotable fuente de poder para Aqua, disparaba el Sello del Rey, distrayendo al limitado guerrero celestial; no era fácil bloquear millones de puñetazos a la velocidad de la luz mientras evitabas siete enormes cadenas de agua corrompida a la par que a quien domeñaba toda el agua de la atmósfera—. ¡Ningún! —La batalla los transportó hasta más allá del centro—. ¡Derecho! —Una sonrisa se formó en el rostro de Azrael, quebrándose en el momento en que su cosmos, ya habiendo mitigado la presencia del sello, tan solo desintegró la Muralla Real que protegía el puñetazo que iba enfocado hasta el montón.

Puso en aquel último golpe toda la rabia que sentía, quizá por eso vio al ángel salir volando y caer al suelo, después de haber resistido todos los anteriores.

—Ahora sí —dijo Aqua—. ¡Eres mío!

Tras un simple gesto de la nereida, el Sello del Rey se transformó en siete mil cadenas microscópicas, atando al derribado ángel a la cubierta.

—No tenías ningún derecho —repetía Makoto, lacónico. Tenía los puños, reventados, todavía listos para seguir una eternidad más—. Ningún derecho.

—Me das lástima —dijo Azrael, cerrando los ojos.

—¿Qué?

—Mira a tu alrededor.

Aqua asintió, dejándole claro que esta vez el truco del terremoto atómico no funcionaría. Mientras estuviesen conectados, podía reconstruir el Sello del Rey todas las veces que hicieran falta a la velocidad de la luz. Makoto, pues, miró.

Había muchísimas más sombras que santos de Atenea, como era de esperar. Suficientes, a pesar de los muertos y heridos, como para proteger todo el barco en proa y popa, en babor y estribor, ahora que solo quedaban los horrores del río. Numerosos en cualquier caso. Había mujeres desenmascaradas, como Luna de Sextante Negro, Shaun de Andrómeda Negro y Rebecca de Casiopea Negra; hombres violentos como Güney de Delfín Negro, Spear de Dorado Negro y Argo de Pez Volador Negro; y hombres honorables, como Luciano de Norma Negra y Kazuma de Cruz del Sur Negra. Algunos tenían remordimientos por el pasado que cargaban encima, otros solo se habían dejado llevar por el momento cuando el mundo entero estuvo en riesgo. Todos tenían el alma manchada de un asesino, sin excepción. Todos tenían pecados con los que cargar.

También los santos de Atenea. A pesar de la máscara, la ferocidad con la que Pavlin de Pavo Real golpeaba a los horrores que trataban de pasar entre las sombras, no solo mediante la Ventisca y las Plumas Silvestres, sino también a puñetazos y patadas, lo decía todo sobre el infierno que debió pasar allá abajo. Mera estaba en la misma línea, combatiendo en todo punto del barco ahora que el centro estaba asegurado, como un genuino ejército de mil santos de plata que luchaba sin descanso, ignorando las sonrisas de agradecimiento de los caballeros negros. La cara de Grigori de la Cruz del Sur, ajada por la maldición del Hades, era una máscara más, pero con los autoritarios gritos que daba a Michelangelo de Escultor Negro y Lisbeth de Cincel Negro, quienes se unían a Fly, Komachi, Naoko y Reiko de Mosca Negra, dejaba escapar la ira contenida.

Todos tenían demonios internos con los que lidiar. Marin ora luchaba en popa, ora en proa, gracias a lo diestra que era en combate aéreo. Eren y Almaaz, mutilados al inicio de la batalla, seguían luchando sin claudicar, allá donde ardían el fuego de Aerys y el hielo de Cristal, allá donde Noesis, protegido por el capaz Lesath de un ceto que corría de forma paralela al navío, transpiraba el cansancio de haber sellado a miles de enemigos. Retsu y Soma se habían marchado de proa, prometiéndole a su amigo Nico que ayudarían a Bianca. Parecía una tontería, que dos santos de bronce pudieran socorrer al enorme perro del inframundo que era el principal baluarte de popa, pero Mirapolos de Lince Negro creyó en ellos y juntos cayeron sobre un nuevo grupo de enemigos caído sobre el barco en medio de una ola de aguas oscuras. Ocurrió en el mejor momento posible. Los defensores de popa estaban al límite: Tokisada de Reloj Negro apoyaba a Yoshitomi de Lobo Negro, incrementando la velocidad de este a la vez que ralentizaba la de los horrores; las sombras de Flecha, bajo el mando de Archon, lugarteniente del veterano Sham de Flecha Negra caído en la segunda campaña en el continente Mu, cegaban a los horrores con una interminable salva de proyectiles; Bianca devoraba y escupía todo cuanto estaba a su alcance. Si dedicaban un solo segundo a matar a ese argos, la distracción habría sido fatal para los más débiles, muchos habrían muerto, cosa que no pasaba desde hacía rato. La otra cara de la moneda era de una lógica igual de aplastante: esos tres, juntos o separados, eran insignificantes frente a una guerrera de la talla de Can Mayor; de hecho, aun antes de superar tantas luchas y crecer como santa de Atenea, Bianca había sido la clase de ser al que meras sombras como Soma y Mirapolos jamás alcanzarían. Y luchaban contra un monstruo cuyo poder psíquico era una amenaza hasta para ella.

Makoto dio un paso a un lado, decidido a ayudarles. Un sacrificio noble seguía siendo un sacrificio, seguía implicando la muerte inútil de tres camaradas.

El poder del argos no frenó a los tres valientes.

La Flecha de Mirapolos, cinco medias lunas energéticas arrojadas desde la mano derecha a modo de proyectiles, se unió al Huracán de Garras Aceradas de Retsu, un ataque doble que en el último momento fue inflamado por una gran bola de fuego.

Otros habrían celebrado la victoria. Los tres, en cambio, se separaron para atacar desde tres flancos distintos aun antes de que se disipara el humo de la explosión.

—Las sombras se acercan a la luz —alabó Makoto, impresionado por lo que aquellos tres estaban consiguiendo—. Es increíble.

O más bien, normal. Era el campo de batalla lo que templaba a los santos, no la paz.

—Ninguna sombra humana alcanzará jamás la luz del sol —aseveró Azrael—. Observa.

Incluso si podían superar los traumas que esos ojos malditos despertaban en cualquier hombre, un argos gozaba de un poder mental vasto y el trío no tardó en verse paralizado por la presión telequinética. Marin, quien luchaba entonces por la zona, cayó cual águila a toda velocidad sobre el monstruo, reventándole la cabeza.

—Buen trabajo, chicos —aprobó Marin de todas formas. El horror sin cabeza intentó atraparla con la cola, que esta agarró para al segundo siguiente arrojarlo lejos.

—No os sintáis mal —dijo Retsu, dando unas palmadas a los chicos—. Ella es Marin de Águila, subcomandante de la división Pegaso. No es una cualquiera.

La santa de Águila sonrió bajo la máscara mientras Soma y Mirapolos refunfuñaban que no eran ningunos críos, pero no por eso se distrajo. Un ceto emergió en medio de un géiser de agua corrompida y horrores más comunes, buscando agarrar el barco; Marin no podía dañar a esa cosa, así que se limitó a golpear mediante el Puño Meteórico las largas extremidades el tiempo justo para que el Argo Navis Negro saliera del alcance del ceto. Después, se impulsó desde abajo hacia arriba para patear el mentón de la criatura, cerrándole la boca con tal violencia que varios colmillos saltaron por los aires. Desde esa posición vio que el resto de enemigos en proa habían sido rechazados.

También vio a un segundo ceto alzarse, quedando entre dos de aquellos enemigos. Habría podido con eso de no ser por la carga que traía el nuevo monstruo.

Cien horrores colgaban de los pelos del ceto, con cabezas de cien ojos que se inclinaban hacia los lados de tal forma que era una imposibilidad que el resto del cuerpo no cayera. Todo ese poder psíquico se centró en ella, transmitiéndole un horror inenarrable.

—No… por segunda… ¡Vez! —Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Marin pudo descender unos diez metros, de modo que los dos cetos chocaron entre sí al intentar morderla. Desde esa posición, decidió que era demasiado peligroso dejar que esas cosas persiguieran al Argo Navis Negro con semejante carga; debía detenerlos, así se arriesgara a nunca volver. Los dientes perdidos del primer ceto serían una buena entrada. En eso pensaba cuando emergía un tercer ceto, encorvado y con el lomo lleno de geriones que a duras penas podían mantenerse erguidos. Estos abrían y cerraban las bocas con ansiedad, y los argos, centrados en ella, se decidieron a ofrecerla como banquete—. Creo que he pecado de arrogante —hubo de reconocer, dejándose arrastrar empero por los argos para dar un golpe decisivo en el momento oportuno. Podía destrozar a todos los geriones y evitar el contacto visual con los argos usando al tercer ceto. Esa clase de lucha, de desgaste, era lo que necesitaba. Retrasar al enemigo.

Una vez llegó al tercer ceto, y mientras con una explosión de cosmos que encendió todavía más la ansiedad de los geriones se libraba de la parálisis, si bien no del dolor, siete cadenas de agua sagrada ataron a los dos primeros cetos. La atención de los argos pasó de la santa de Águila, aniquiladora de geriones, a los eslabones del Sello del Rey. Tanta presión ejercieron los horrores de cien ojos sobre las cadenas, que los órganos visuales iban explotando por decenas y decenas, logrando a apenas deformar la poderosa técnica de Aqua en algunos puntos. Insuficiente para liberarse.

«Solo necesitan unos minutos. Cinco, tal vez diez —calculó Marin, victoriosa sobre los horrores de tres cuerpos—. No puedo permitirlo.»

Impulsándose desde el lomo del tercer ceto, saltó hacia los argos haciendo llover sobre estos el Puño Meteórico. Necesitaba moverse muy rápido, no solo al atacar sino también al volar alrededor de los cetos aprisionados, y a ello ayudaba el dolor. La obligaba a ser más fuerte de lo que nunca había sido, pues era eso o morir. Los argos eran todo lo contrario: ellos no ofrecían ninguna resistencia, ni la atacaban siquiera, centrados en destruir el sello. Gracias a ello fue destruyéndolos uno a uno, mientras que la presión psíquica sobre las cadenas, en vez de disminuir, se incrementaba de forma exponencial. ¡El Sello del Rey estaba a un paso de licuarse!

«Se están sacrificando —dedujo Marin. Algunos de los argos que ni siquiera había rozado perdieron la cabeza entera en una sola explosión.»

Para colmo, el tercer ceto ya estaba por arrojarse hacia ella, de modo que tuvo que alejarse a toda velocidad. Viendo de lejos a esos tres monstruos, no pudo sino maldecir en su fuero interno al ángel que había usurpado el rostro de Azrael. ¡Todo habría sido mucho más fácil con el escudo de Medusa! Zaon era el perfecto enemigo para esos monstruos; un Perseo moderno para unos cetos modernos, o antiguos, o lo que fueran.

«¿Y desde cuándo tú esperas que las cosas sean fáciles? —Ella era Marin de Águila. Cuando todos los santos de plata escogían entre servir dóciles al Sumo Sacerdote o esconder la cabeza como avestruces, ella quiso buscar la verdad.»

Gran Inundación —dijo la conocida voz de Aqua, naciendo del deshecho Sello del Rey. Lo que fueran siete gruesas cadenas, se tornó en una corriente de agua sagrada lo bastante amplia como para abarcar a los tres cetos. Una pizca de ese acuoso y sagrado pilar que aplastaba a los monstruos adquirió la forma del rostro de la santa de Cefeo, enmascarado, por supuesto—. ¿Qué haces todavía aquí? ¡Te necesitan en popa!

El rostro desapareció, y Marin, sintiendo que esa deidad nunca dejaría de sorprenderla, recorrió el oscurecido canal hasta aquel barco alumbrado por más de cien cosmos.