FRAGMENTOS
¡Hola! Al fin un nuevo capítulo.
- Kayla Lynnet: No sabes lo feliz que me hace leer tu comentario, de verdad. Siento cada emoción, cada teoría, cada grito de desesperación como si estuviera ahí contigo. Gracias por emocionarte tanto con la historia, por vivir cada giro, por sufrir y amar a estos personajes conmigo. Prometo que el próximo capítulo traerá respuestas, caos y más razones para lanzar sartenes jaja. De corazón, gracias por tanto apoyo y por hacer que escribir esta historia sea aún más especial.
- Cbt1996: ¡Mi bella! No sabes lo mucho que me emociona leer tus comentarios, de verdad. Es un honor llevarte por esta montaña rusa de emociones y verte sumergida en cada giro de la historia. Entiendo tu sufrimiento con InuKag (y créeme, yo también lo sufro), pero aún queda mucho por delante. Sobre Sango… ay, es un caso complicado, pero me encanta cómo logras ponerte en el lugar de cada personaje, incluso cuando te frustran jeje. Y de Raigo, Kikyo, Yura y Koga… bueno, solo diré que me encanta ver todas tus teorías y la pasión con la que las defiendes. No puedo prometerte paz, pero sí que la historia seguirá sorprendiéndote. Gracias por cada palabra, por sentir tanto y por acompañarme en esta locura. El próximo capítulo viene con todo, así que prepárate.
- Karii Taisho: Ayññññ, sé que la palabra traición pone los nervios de punta, pero tenía que hacerlo, jejeje. Solo te diré que hay cosas que estaban ahí desde el principio, pero que nadie vio venir. Sobre Kagome, sí, sus decisiones son duras y van a doler, pero a veces no hay otra opción más que atravesar el dolor para poder sanar. La separación se siente inevitable, pero ¿será realmente el fin o solo un nuevo comienzo? Espero que Moroha lo tome de la mejor manera, pero sabes que todo en su mundo está lleno de emociones intensas. Y tienes razón, Inuyasha siente que debe hacer esto, no solo por ella, sino para redimirse a sí mismo. Sango llegó en el momento justo, pero entiendo tu sospecha... hay muchas piezas en juego, y cada quien ha tomado decisiones difíciles por miedo o por amor. La sombra de Naraku sigue siendo una amenaza latente, y que Raigo esté ligado a él no augura nada bueno. En cuanto a Yura… sí, terminó con ella, pero su presencia sigue siendo un problema, y tienes toda la razón en temer que pueda intentar influenciar a Moroha. Lo de Koga… ay, ¡tus sospechas están bien fundamentadas! Nada ha sido casualidad en esta historia, y hay hilos que han estado moviéndose en las sombras desde hace mucho. Ahhh, me encanta que estés tan metida en todo lo que está pasando, pero también me duele ponerte en este estado de ansiedad jajaja. Prometo que todo tendrá su desenlace, aunque el camino para llegar ahí siga siendo una tormenta de emociones. Gracias a ti por seguir aquí, linda. ¡Nos vemos en el próximo capítulo!
- Rosa. Taisho: ¡Aquí estoy, mi bella! Me encanta cómo vienes con todas las teorías listas, y déjame decirte que algunas están muy bien encaminadas, pero otras… bueno, mejor te dejo con la intriga jeje. Kagome se va en un mes porque siente que necesita hacerlo para sanar, aunque no será fácil para nadie, y sobre Inuyasha, sí, su familia lo manipuló para estar con Yura, pero no fue tan simple como parece, hay muchas cosas que aún no se han revelado. La bomba con Koga y su padre es fuerte, y entiendo perfectamente tu desconfianza, ya nadie parece estar a salvo en esta historia. De tus teorías, no puedo confirmarte nada, pero sí te diré que hay más capas en este enredo de lo que imaginas, así que sigue atenta. ¡Nos vemos en el próximo capítulo, mi linda, y gracias por tu emoción y cariño! Besos.
- MegoKa: Qué emoción leerte, y vaya que tu comentario estuvo lleno de sentimientos y reflexiones intensas. Entiendo perfectamente cada una de tus reacciones, porque esta historia ha sido un torbellino de emociones para todos. Los personajes han tomado decisiones difíciles, algunas más cuestionables que otras, y eso nos ha llevado a momentos de tensión, frustración y hasta enojo, pero también a instantes de esperanza y redención. Inuyasha, Kagome, Rin, Sesshomaru… cada uno está lidiando con sus propios demonios, y las consecuencias de sus actos no han sido fáciles de afrontar. Me encanta cómo analizas cada situación y te involucras con lo que viven, porque al final, eso es lo que hace que una historia cobre vida. Gracias por seguir aquí, por compartir tus pensamientos y por esperar con ansias cada capítulo. ¡Un abrazo enorme!
- Samudio Marlenis: Me encanta cómo analizas cada detalle y conectas las piezas para formar tus teorías. La decisión de Kagome de irse de Tokio definitivamente fue una sorpresa, y el impacto que esto tendría en Inuyasha y Moroha no es menor. Como bien dices, si se va, todo cambiaría drásticamente para ellos, y ni hablar de la posibilidad de que Inuyasha pierda la oportunidad de acercarse a Hoshi. Sobre Koga, veo que tus sospechas siguen firmes y no te dejas engañar por su aparente resignación, lo cual tiene mucho sentido considerando todo lo que ha ocurrido. Y sí, lo de Yura y su "dolor" deja muchas dudas abiertas, Inuyasha puede ser demasiado ingenuo cuando se trata de ciertos temas. ¡El final quedó en suspenso y promete mucho para lo que viene! Te agradezco muchísimo por compartir tus impresiones y espero que el próximo capítulo te sorprenda aún más. ¡Un abrazo grande y que tengas una excelente semana!
- Annie Perez: ¡Me alegra que el capítulo te haya impactado! Koga definitivamente ha dado un giro inesperado, y su verdadero motivo sigue siendo un misterio. ¿Es pura venganza, celos, o hay algo más detrás de sus acciones? Sin duda, su papel en todo esto deja muchas preguntas abiertas, especialmente sobre hasta dónde está dispuesto a llegar. Habrá que ver si su objetivo es solo arruinar la felicidad de Inuyasha o si hay una razón más profunda detrás de todo. ¡Gracias por tu comentario y por seguir la historia con tanta emoción!
- Carli89: ¡Me encanta leer tu emoción! Sesshomaru y Kagura definitivamente han dado mucho de qué hablar, y es interesante que sean tu gusto culposo (el mío también). Su historia tiene muchos matices, y el destino de Kagura sigue siendo una gran incógnita. En cuanto a Koga, su papel en todo esto es un misterio aún más grande… ¿Sabía más de lo que aparentaba? ¿Jugó un doble papel desde el principio? Solo el tiempo lo dirá. Me alegra muchísimo que la historia te tenga tan atrapada, y gracias por tus palabras sobre mi escritura :) me hace muy feliz. ¡Un abrazo y nos leemos pronto!
Desde ya les pido, por favor, que no me maten… jaja.
Gracias por el apoyo constante en cada capítulo, tanto aquí como en Wattpad, y por sus reacciones en el canal de WhatsApp. ¡Me hacen muy feliz!
Sin duda, son una de las mejores partes de esta aventura. Leerlos, compartir esta historia con ustedes y sentir su emoción en cada comentario es algo que valoro muchísimo. No tienen idea de cuánto me motiva saber que esperan cada capítulo con tantas ganas y que disfrutan (y sufren jaja) con cada giro inesperado.
Esto no sería lo mismo sin ustedes, así que, de corazón, gracias. ¡Sigamos disfrutando juntos!
Atte. XideVill
Disclaimer: Los personajes de esta historia son de Rumiko Takahashi.
CAPÍTULO 40.
INUYASHA
Cada latido de mi corazón retumbaba en mis oídos como un tambor de guerra. Mis manos temblaban sobre el volante, no de ira, sino de miedo. Un miedo profundo, oscuro, paralizante.
El camino se extendía ante mí, pero en mi mente solo había caos. Imágenes de Kagome y Moroha pasaban como destellos fugaces, momentos de risa, de ternura, de amor. Todo lo que había construido con ellas, todo lo que había luchado por tener… ¿podía desaparecer en un instante?
No era solo el miedo de perderlas. Era el miedo de volver a perderme a mí mismo. El miedo de perder a Hoshiro, cuando no había tenido la oportunidad de conocerlo a profundidad.
Ya había pasado antes.
Había visto cómo el dolor podía arrancarme la humanidad, cómo la desesperación podía convertirlo todo en sombras. Recordaba lo que fui cuando creí que Kagome me había sido arrebatada. Recordaba la furia ciega, la impotencia, la sensación de que nada en el mundo tenía sentido sin ella.
Había prometido no volver a ser ese hombre. Pero… ¿qué pasaría si mi familia también me era arrebatada?
Apreté el volante con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos.
No.
No lo permitiría.
No importaba lo que tuviera que hacer. No importaba a quién tuviera que enfrentar. Si Koga estaba detrás de esto, si había puesto un solo dedo sobre Kagome o mis hijos, lo haría pagar. Porque sin ellos, sin mi familia, ¿qué me quedaba?
Ahora lo podía ver con claridad.
Nada.
No volvería a ser un cascarón vacío. No volvería a hundirme en el abismo. El auto rugió cuando pisé el acelerador con más fuerza. No permitiría que la historia se repitiera. No esta vez. No con ellos.
El auto se detuvo de golpe frente a la casa de Kagome, pero supe que aún no podía respirar tranquilo. Mis manos soltaron el volante con rigidez, como si mi cuerpo se negara a obedecer. Salí del auto de un tirón, dejando la puerta abierta tras de mí. El aire de la tarde estaba pesado, o tal vez solo lo sentía así por la angustia que me quemaba el pecho.
Cada paso hasta la puerta se sintió más largo de lo que realmente era. Podía escuchar mi respiración, entrecortada, apresurada, mientras mis pies tocaban el pavimento. Subí los escalones con la sensación de que algo oscuro me pisaba los talones, una sombra de posibilidades aterradoras que no me dejaban en paz.
Extendí la mano y presioné el timbre. El sonido pareció retumbar en el silencio de la casa.
Esperé.
Uno.
Dos.
Tres segundos.
Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas. Si no respondía, si nadie abría la puerta… ¿qué significaba eso?
Apreté los puños, luchando contra el impulso de llamar a gritos, de derribar la puerta si era necesario. Pero entonces, el picaporte giró.
Y allí estaba ella.
Kagome abrió la puerta con su expresión tranquila de siempre, con una pequeña sonrisa en los labios y los ojos llenos de ternura y sorpresa. Como si nada malo pudiera ocurrir. Como si el mundo no se estuviera cayendo a pedazos dentro de mí.
Por un instante, todo se quedó en silencio.
Ella estaba bien.
Ella estaba aquí.
Sin pensar, sin cuestionarme si era lo correcto o no, cerré la distancia entre nosotros y la abracé.
Sentí su cuerpo cálido contra el mío, el suave latido de su corazón, el aroma familiar de su cabello.
Apreté los brazos a su alrededor, necesitando sentir que esto era real, que ella no se desvanecería en el aire como un mal sueño.
No importaba si ella entendía o no lo que pasaba. No importaba si tenía que explicárselo después. Solo importaba que estaba aquí.
Que estaba a salvo. Y que, al menos por ahora, yo también lo estaba.
–Inuyasha…
Abrí los ojos solo cuando escuché su voz. De pronto, la realidad me golpeó con fuerza, y tuve que soltarla lentamente, aunque una parte de mí se resistía a hacerlo.
–¿Ocurre algo? –preguntó, mirándome fijamente a los ojos, su expresión reflejaba una preocupación que no había estado allí un segundo atrás.
–Tenemos que hablar –murmuré, sintiendo la tensión en mi propia voz.
–¿Qué…?
–¿Koga está dentro? –la voz de Sesshomaru sonó a mi espalda, cortante como una hoja afilada.
Giré el rostro con fastidio.
–Sesshomaru, ¿qué haces aquí? –preguntó ella.
–Te hice una pregunta.
–No le hables así –espeté con molestia, sintiendo el instinto de protegerla incluso de mi propio hermano.
–¿Está Koga? –repitió, esta vez con menos hostilidad, pero sin perder esa urgencia en la voz.
Kagome pasó la mirada entre nosotros, intentando descifrar la tensión en el aire.
–¿Pasa algo…? –me susurró con preocupación, y yo asentí lentamente.
Su expresión cambió de inmediato, sus labios se entreabrieron como si fuera a hacer otra pregunta, pero se contuvo.
–No, Koga no está –respondió finalmente, mirando de nuevo a Sesshomaru.
Él asintió con un gesto casi imperceptible.
–Bien, entremos.
Kagome tardó un momento antes de apartarse para dejarnos pasar. Pude sentir su mirada sobre mí, llena de preguntas que no podía responder todavía.
Pero no había tiempo. Algo estaba pasando. Algo que no podíamos ignorar.
–Inuyasha…
Me detuve en seco al escuchar su voz.
–Tengo miedo… necesito saber qué está pasando.
–Y lo sabrás –aseguré, mirándola con firmeza–. Pero no temas, Kagome. Esta vez no dejaré que algo te pase… ni a ti, ni a nuestros hijos.
–¿Quieres que vaya por ellos?
–¿Dónde están?
–En mi habitación, con Rin y Sango…
Fruncí el ceño.
–¿Sango está aquí? –pregunté, desviando la mirada hacia las escaleras.
–Sí… vino con sus pequeñas.
–Llamaré a Miroku.
Kagome entrecerró los ojos.
–Dijiste que no tuviera miedo… Entonces, ¿por qué vas a llamar a Miroku?
Bajé la voz, eligiendo mis palabras con cautela.
–Kagome… –susurré–. ¿Confías en Koga?
–¿Qué…?
–Kagura desapareció con Kanna.
–¡¿Qué?! –exclamó, su rostro palideció en un instante.
Tomé sus manos entre las mías antes de continuar.
–Escúchame… La única persona que sabe dónde están es Koga.
–¿Koga? –susurró, como si el nombre le pesara en los labios.
–¿No lo sabías?
–¿Saber qué, Inuyasha? ¿Qué es lo que tengo que saber?
Tomé aire antes de soltar la verdad.
–Koga se llevó a Kagura y a Kanna de la mansión. Se supone que vivían juntos… o algo así.
Kagome negó lentamente con la cabeza, como si intentara ordenar sus pensamientos.
–Pero Koga no me dijo nada… La última vez que hablé con él fue ayer cuando Rin vino a la casa.
–¿Lo notaste tranquilo o…?
–No… Koga era él mismo, no había nada extraño. Hablamos y…
–¿De qué hablaron?
–No lo sé… –su voz tembló con desesperación–. De… de ti, de lo que pasó en el parque, de lo que significa retomar nuestras vidas después de lo que vivimos… Lloré… él me consoló y… me pidió perdón…
Fruncí el ceño.
–¿Por qué?
–¿Qué? –me miró, confundida.
–¿Por qué te pidió perdón?
–Yo… bueno… tal vez solo lo dijo sin pensar.
Sus manos temblaban entre las mías.
–Tranquila –murmuré, apretándolas con suavidad–. Sesshomaru sospecha de Koga.
–Eso es imposible… Koga no…
–Kagome…
–¡No! –gritó, apartando sus manos y retrocediendo un paso, con los ojos llenos de negación–. ¡Koga fue el único que estuvo conmigo! ¡Él es mi apoyo! No pueden venir y decir todas esas cosas de él esperando que me las crea…
Su mirada se llenó de desesperación, buscando en la mía alguna señal de que todo era una equivocación, de que sus palabras podrían borrar la realidad que yo le estaba revelando. Pero no podía mentirle. No ahora.
Di un paso hacia ella, con cautela, como si temiera que se rompiera en mil pedazos.
–Kagome… –murmuré–. No quiero lastimarte con esto, pero necesito que me escuches.
Ella apretó los labios y negó con la cabeza.
–No… No puede ser verdad… Koga no haría algo así. ¡Él me salvó, Inuyasha! Cuando me sentía perdida, cuando pensaba que no había salida… él estuvo ahí. ¿Sabes lo que eso significa?
Cada palabra me atravesaba como un filo invisible.
–Lo sé… –susurré con esfuerzo–. Sé que estuvo contigo… Pero eso no significa que no pueda estar involucrado en algo más grande, algo que ni siquiera tú viste venir.
Kagome respiró con dificultad, sus ojos empañados por la confusión.
–No entiendo… ¿De qué lo están acusando?
Suspiré pesadamente.
–Sesshomaru cree que Koga es el responsable de la desaparición de Kagura y su hija. Y eso es cierto, Kagome, entonces… puede que también esté involucrado…
–No… –murmuró ella, con su voz quebrándose.
Tragué saliva con dificultad. Sabía que cada palabra que decía la hería, pero no podía detenerme ahora.
–Koga podría haber tenido algo que ver con lo que pasó hace cinco años –continué, midiendo mis palabras–. Solo es cuestión de analizarlo. ¿Quién más, aparte de mis padres, sabía dónde estábamos?
Kagome parpadeó con confusión antes de responder:
–Koga… pero…
–¿Quién más sabía dónde estaba Kagura escondida mientras estaba embarazada de Kanna? –insistí, observando cómo su expresión se tornaba aún más tensa. Ella negó con la cabeza, como si intentara no quebrarse.
–Koga la ayudó… pero eso no significa que…
–¿Quién aseguró que Hoshiro no era mi hijo? –solté con más firmeza.
Kagome se estremeció.
–Kikyo lo obligó…
–¿Puedes estar completamente segura? –pregunté en voz baja, dándole espacio para procesar lo que le estaba diciendo.
Ella me miró, con los labios entreabiertos, como si la respuesta estuviera en su mente, pero se negara a salir.
–No… –susurró, y su respiración se volvió errática–. No lo sé…
La incertidumbre flotó en el aire, llenando el silencio con una tensión insoportable. Sus manos temblaron levemente y, por un instante, vi en su mirada el reflejo de mis propios miedos.
Koga había sido su refugio cuando todo se derrumbó. Pero… ¿y si todo lo que ella creía sobre él no era más que una mentira?
–Inuyasha.
Ambos giramos al escuchar la voz de mi hermano, quien salía de la sala con el rostro impasible.
–Tenemos que regresar a la mansión.
Su tono no admitía discusión.
–¿Qué ocurre? –pregunté con el ceño fruncido.
–Nuestro padre llamó. Dijo que Naomi está con él ahora.
–¿Mi madre? –la voz de Kagome se alzó levemente mientras daba un paso hacia Sesshomaru.
–Quiere que llevemos a todos allá –continuó él, mirándola con seriedad.
–¿Qué…? –Kagome soltó con angustia–. ¿Qué está pasando?
–Señora.
Nos giramos para ver al hombre que había visto en el parque.
–Su madre llamó y…
–Lo sé, Bankotsu –lo interrumpió Kagome, con la impaciencia creciendo en su mirada–. Pero ¿te dijo algo más? ¿Explicó por qué tenemos que dejar la casa?
–No, solo recalcó que era urgente –respondió él con un tono grave.
Kagome asintió con la mandíbula tensa y, sin decir nada más, se dirigió apresurada hacia las escaleras.
–Iré por mis hijos.
–Kagome, espera –la detuve, tomándola suavemente del brazo.
Ella me miró con el corazón en la garganta.
–Quédate aquí. Yo iré por ellos.
–Pero… –protestó con preocupación.
–Ahora estás nerviosa –susurré con suavidad–. Y ellos lo notarán en seguida.
Ella apretó los labios y asintió con resignación.
–Tienes razón –dijo al cabo de un momento, con la voz más baja–. Tienes razón, yo… esperaré aquí. Tú ve por ellos.
Le di un último vistazo antes de subir las escaleras. No podía culparla por estar inquieta. Algo en todo esto no encajaba, y la sensación de que algo grande estaba a punto de suceder me erizaba la piel.
KAGOME
Me quedé en silencio, sintiendo cómo todo mi mundo y lo que alguna vez creí inquebrantable se desmoronaba frente a mí, pieza por pieza.
Koga.
Mi Koga.
Mi amigo.
Mi más grande apoyo en los momentos más oscuros.
El único que permaneció cuando todo parecía perdido.
¿Y ahora?
Ahora era un completo desconocido para mí.
Mi mente luchaba por procesarlo, por encajar cada pieza de este rompecabezas que de pronto parecía teñido de sombras. ¿Cuánto de lo que sabía era real? ¿Cuánto de nuestra historia, de su amistad, de su consuelo… había sido sincero?
Una punzada de angustia se alojó en mi pecho. ¿Cuánta verdad había detrás de todo esto?
Si todo lo que decían era cierto, entonces… ¿había confiado en la persona equivocada todo este tiempo? ¿Había estado ciega a señales que se negaban a ver la luz?
El peso de la incertidumbre se hizo insoportable. Porque si Koga no era quien creía, si en verdad había estado involucrado… entonces, ¿qué más estaba a punto de derrumbarse? ¿Ya no podía confiar en nadie?
No sé en qué momento me perdí. No sé en qué instante dejé de procesar lo que ocurría a mi alrededor, pero cuando volví a la realidad, me encontraba sentada en el asiento trasero de un auto.
Junto a mí, sentí el cuerpecito cálido de Hoshi, quien sujetaba mi mano con fuerza, como si buscara asegurarse de que todavía estaba allí. Del otro lado, Moroha miraba por la ventana, ajena a todo lo que pasaba.
Inuyasha subió al auto y tomó el volante. Sus ojos se encontraron con los míos a través del retrovisor, y me dedicó una sonrisa suave. Supongo que intentaba transmitir calma, no por mí, sino por los niños.
–Está todo listo –aseguró–. Sesshomaru irá con Rin y Sango en el auto de Bankotsu.
–¿Y Bankotsu?
Justo en ese momento, el hombre subió al auto y se acomodó en el asiento del copiloto.
–No la dejaré sola, señora –afirmó con seriedad.
Inuyasha encendió el motor y se incorporó a la carretera.
–Mami, ¿a dónde vamos?
Bajé la mirada hacia Hoshi, quien abrazaba su pequeño oso de peluche con fuerza.
–Iremos a casa de tu hermana, cariño –dije acariciando su cabeza.
–Papito, ¿eso es verdad? –preguntó Moroha, girándose hacia él con curiosidad.
–Así es…
–¿La tía Kagura y Kanna también estarán allá?
Inuyasha y yo intercambiamos una mirada fugaz por el espejo retrovisor.
–No lo sé, princesa –respondió él con cautela–. Lo sabremos cuando lleguemos.
–¡Qué emoción! –soltó ella animada–. Hoshi, vas a conocer a nuestra prima.
Hoshi abrió muy grandes los ojos, intrigado.
–¿Se parece a ti?
–No, más bien se parece a ti –dijo ella con seguridad–. Tienen la misma edad, el mismo color de cabello…
–¿También nuestros ojos?
Moroha negó con la cabeza.
–No, Kanna tiene los ojos de la tía Kagura.
Hoshi frunció el ceño, pensativo, como si intentara imaginar a su prima en su cabeza.
–Ya quiero conocerla…
–Vamos rápido, papito –insistió Moroha con impaciencia.
–Voy lo más rápido que puedo.
Y no mentía.
El auto se deslizaba con velocidad, y aunque el sonido de los neumáticos contra el asfalto me parecía más ruidoso de lo normal, no estaba segura de si realmente lo era… o si solo era mi nerviosismo creciendo con cada segundo que pasaba.
El estruendo llegó primero, seco y contundente, como un trueno inesperado en un cielo despejado. Un instante después, un agudo zumbido se instaló en mis oídos, ahogando cualquier otro sonido. El tinnitus me nubló la audición por completo.
Apenas distinguí voces, distorsionadas, lejanas… como si el mundo se hubiese vuelto borroso.
–¡Mami, mami…!
El pánico se apoderó de mí antes de que pudiera pensarlo. Por instinto, envolví a mis hijos en mis brazos. Hoshiro escondió el rostro en mi pecho, temblando, mientras Moroha se aferraba a mi abrigo con fuerza.
¿Qué fue eso?
–Nos están siguiendo –informó Bankotsu con frialdad, sacando su arma en un solo movimiento.
El aire se sintió más denso, cargado de peligro.
Sin pensarlo, cubrí los ojos de mis hijos. No quería que vieran. No quería que supieran.
–Inuyasha… –murmuré, con el miedo atenazándome la garganta.
Porque sí.
Aquello había sido un disparo.
–¡Agáchate! –demandó.
No tuve tiempo de reaccionar, solo de obedecer.
Inuyasha pisó el acelerador con tal fuerza que el auto rugió en respuesta, lanzándonos hacia adelante. Bankotsu se inclinó fuera de la ventana, su silueta apenas era un borrón en mi visión periférica.
Uno.
El estruendo perforó el aire, un eco sordo que se fundió con el rugido del motor.
Dos.
Un cristal se resquebrajó. Los niños gritaron, y se sintió como si me estuvieran arrancando el corazón.
Tres.
Perdí la cuenta.
El caos era absoluto. Hoshiro sollozaba contra mi pecho, su cuerpecito sacudido por el miedo. Moroha me sujetaba con tanta fuerza que sus dedos se clavaban en mi brazo.
El pánico me oprimía, me ahogaba. Pero solo podía pensar en una cosa.
Inuyasha, por favor, no vayas a detenerte.
El auto zigzagueó en la carretera, esquivando lo que fuera que intentara alcanzarnos. Sentí un impacto en la parte trasera, un golpe seco que hizo que el vehículo temblara.
–¡Nos están embistiendo! –gritó Bankotsu, volviendo a meterse en el auto para recargar su arma.
Inuyasha maldijo por lo bajo, sus nudillos estaban blancos sobre el volante. El zumbido en mis oídos seguía ahí, envolviéndolo todo. Y entonces, los faros de otro auto aparecieron en el retrovisor, acercándose demasiado rápido.
Nos habían acorralado.
El auto que nos seguía aceleró aún más, cerrándonos el paso. Las luces altas me cegaron por un segundo y el corazón me martilló en el pecho.
–¡Sujétense! –gritó Inuyasha, y sin darme tiempo a procesarlo, giró el volante con violencia.
El auto derrapó en el pavimento, el chillido de las llantas se mezcló con los gritos de mis hijos y el estruendo de otro disparo. Mi cuerpo se fue de lado, pero me aferré a ellos con toda la fuerza que tenía.
Bankotsu disparó sin dudar, su expresión era la de un hombre acostumbrado a la guerra.
–¡Maldición! –soltó–. No podemos perderlos.
Inuyasha entrecerró los ojos, calculando algo. Sentí el cambio en la velocidad, la brusquedad en su agarre.
–No es la idea, Bankotsu –gruñó él–. Vamos a llevárnoslos con nosotros.
El otro auto se emparejó con nosotros. Vi de reojo la ventanilla bajarse y un brillo metálico asomarse.
–¡Cuidado! –grité.
Demasiado tarde.
Un disparo.
El cristal del copiloto se hizo añicos, y Bankotsu maldijo mientras se cubría con el brazo.
–¡Me alcanzaron! –gruñó, apretando los dientes mientras la sangre goteaba de su hombro.
–¡Maldición! –Inuyasha golpeó el volante con frustración, pero no perdió el control ni por un segundo.
El otro auto volvió a embestirnos, esta vez con más fuerza. El impacto sacudió todo el vehículo y un alarido de terror salió de mi garganta.
No. No así. No aquí.
Vi la carretera dividirse más adelante. Un cruce.
Inuyasha también lo vio.
Y entonces, tomó una decisión.
Aceleró.
El rugido del motor se hizo más fuerte cuando Inuyasha aceleró al máximo, con su mandíbula apretada y sus ojos clavados en la carretera. Pero el otro auto también lo hizo.
El cruce estaba a pocos metros. Una oportunidad. Una última oportunidad.
Bankotsu, con el rostro tenso por el dolor de su hombro herido, recargó su arma.
–Si tienes algo bajo la manga, ahora es el momento, Taisho.
Inuyasha no respondió. Sus nudillos estaban blancos en el volante.
Cinco metros.
Cuatro.
Tres.
El otro auto se adelantó en el último segundo y nos cerró el paso.
–¡No! –Inuyasha giró bruscamente el volante en un intento de evitar el impacto.
Demasiado tarde.
El golpe fue brutal.
Todo se sacudió violentamente. Mi cuerpo fue lanzado hacia adelante, solo detenido por el cinturón de seguridad. Hoshiro gritó, Moroha también. El auto derrapó, girando sin control hasta que un segundo impacto lo hizo detenerse abruptamente.
Silencio.
Solo el zumbido en mis oídos y la respiración entrecortada de mis hijos me anclaban a la realidad. Entonces escuché…
El sonido de puertas abriéndose.
Pasos apresurados acercándose.
Intenté moverme, pero algo me pesaba en el pecho. El miedo.
–No hagan nada estúpido –la voz de un hombre grave y áspera cortó el aire.
Alguien abrió la puerta del conductor y jaló a Inuyasha con violencia.
–¡Papá! –chilló Moroha, estirando su mano.
Otro par de manos forzaron la puerta trasera.
No. No. No.
Un hombre enorme, con el rostro cubierto por una máscara negra, me miró fijamente antes de aferrarse a mi brazo.
–Sal. Ahora.
Apreté los labios, rodeando con más fuerza a Hoshiro y a Moroha.
–Déjenlos… por favor.
–No estamos negociando.
Me jaló con fuerza.
Hoshiro gritó. Moroha forcejeó.
Bankotsu intentó moverse, pero otro golpe lo dejó fuera de combate.
Me arrancaron a mis hijos de los brazos.
No.
Dios, no.
La desesperación me rompió la garganta cuando vi a Moroha patalear y a Hoshiro sollozar. Entonces una pistola se apoyó contra mi sien.
–Baja la voz –escupió el hombre–. Si no quieres que esto termine peor.
–¡Mami! –la voz de Moroha me hizo temblar.
Durante cinco años, había anhelado escucharla llamarme así, pero… no de esta manera, no en esta situación.
Forcejeé con todas mis fuerzas, mis uñas arañaron la piel de quien me sujetaba, pero fue inútil.
–¡Déjenla! –gritó Inuyasha, luchando contra los dos hombres que lo retenían.
Uno de ellos le propinó un puñetazo en el rostro con tanta fuerza que su cabeza se inclinó bruscamente hacia un lado.
–¡Papá! –Moroha gritó con desesperación, intentando liberarse de los brazos que la sujetaban.
Otro golpe. Esta vez, un rodillazo en el estómago de Inuyasha lo hizo doblarse sobre sí mismo, jadeando de dolor.
No… no, por favor…
Hoshiro temblaba junto a Moroha. Ambos tenían las mejillas empapadas por el llanto.
–¡Basta! ¡Por favor, basta! –rogué, pero solo recibí una carcajada en respuesta.
–Esto no es nada personal, Kagome –susurró el hombre junto a mi oído, su aliento fétido rozó mi piel–. Solo un castigo.
Mi estómago se revolvió.
–Llévenlas.
–¡NO!
Los gritos de Inuyasha y Hoshiro se mezclaron con los de Moroha cuando nos separaron a la fuerza.
Corrí y me aferré a Hoshiro con todas mis fuerzas.
No, no, no. No me lo quiten.
Pero un puño brutal golpeó mi rostro, nublando mi visión y soltando mi agarre.
Me arrebataron a mi hijo.
–¡HOSHIRO!
–¡Ma… mamita…!
Lo vi estirar sus pequeños brazos hacia mí, su rostro estaba empapado de lágrimas, mientras me arrastraban hacia otro vehículo junto a Moroha.
Inuyasha intentó levantarse, pero otro golpe lo dejó de rodillas. Sangre goteaba de su boca y yo no podía hacer nada.
–No tan rápido, Taisho –murmuró uno de los hombres antes de patearlo con fuerza en las costillas.
Se escuchó un crujido. Y el grito ahogado de Inuyasha me desgarró el alma.
Lo vi desplomarse, con los ojos desorbitados por el dolor.
–Déjalo –dijo otro con burla–. Ahora tiene algo más de qué preocuparse.
Las puertas del auto se cerraron de golpe.
–¡KAGOME! ¡MOROHA!
Vi a Inuyasha arrastrarse por el suelo, intentando llegar a nosotras.
No. No. No.
Moroha golpeaba la ventana con todas sus fuerzas.
–¡Papito! ¡Hoshi!
La última imagen que tuve fue la de mi hijo, de rodillas en el suelo, sollozando mientras se aferraba al cuerpo herido de su padre.
Y luego… arrancaron.
Dejándolo atrás.
A los dos.
El auto avanzó a toda velocidad, sacudiéndonos con cada curva cerrada. Mi mente estaba nublada, el miedo atenazaba mi pecho con cada segundo que pasaba sin saber por qué nos habían tomado solo a nosotras.
Miré a Moroha.
Mi niña temblaba, su pequeña figura estaba encogida contra la puerta, con el rostro pálido y los labios apretados para contener el llanto. Sus ojos estaban fijos en el vidrio, como si aún esperara ver a su padre aparecer de la nada para rescatarnos.
Pero no lo haría.
Inuyasha estaba herido.
Hoshiro estaba solo.
Nos habían separado.
Tragué saliva con dificultad, intentando que el pánico no me dominara.
–Mami… –su voz era un susurro quebrado.
Se giró hacia mí, sus grandes ojos dorados estaban llenos de terror.
–¿Por qué nos llevaron? ¿Por qué dejaron a Hoshi y a papá?
No supe qué responder.
No tenía una respuesta.
El hombre que manejaba soltó una risa seca.
–Porque así van a sufrir más.
Moroha se estremeció y yo sentí como si me hubieran hundido un cuchillo en el pecho. La tomé en mis brazos sin pensarlo.
–Shhh, tranquila, mi amor, estoy aquí –susurré, aferrándola contra mí mientras su cuerpecito se sacudía con sollozos silenciosos.
–Tengo miedo, mamá… –murmuró, enterrando su rostro en mi cuello.
Mis propias lágrimas amenazaban con salir, pero no podía permitirme derrumbarme. No ahora. Le acaricié el cabello con suavidad, sintiendo su respiración agitada contra mi piel.
–No va a pasarnos nada… –le aseguré, aunque ni siquiera yo podía creerlo.
No sabíamos a dónde nos llevaban.
No sabíamos qué harían con nosotras.
Pero lo que sí sabía era que Inuyasha haría lo imposible por encontrarnos.
Solo tenía que resistir… hasta que él lo hiciera.
INUYASHA
El mundo se desmoronaba a mi alrededor.
El dolor en mi costado era un fuego ardiente, cada respiración era una punzada insoportable, pero lo ignoré. No podía darme el lujo de sentirlo.
No cuando Kagome y Moroha ya no estaban.
Estaba de rodillas en el suelo, mi cuerpo tambaleándose mientras mis manos ensangrentadas se aferraban con desesperación al pequeño cuerpecito de Hoshiro. Mi hijo temblaba entre mis brazos, sollozando contra mi pecho, su mano se aferraba a mi ropa como si temiera que también fuera a desaparecer.
Mis oídos zumbaban, la sangre caliente me corría por el rostro, mezclándose con el sudor y la tierra. Pero nada, nada de eso dolía tanto como el vacío que acababan de arrancarme del pecho.
Kagome. Moroha.
Las vi forcejeando, las vi gritar, las vi estirar los brazos hacia mí antes de que las metieran en aquel auto negro y desaparecieran en la oscuridad. Y yo… yo no pude hacer nada.
Otra vez.
Un rugido de pura rabia y desesperación se atascó en mi garganta. Intenté ponerme de pie, pero el dolor me obligó a caer sobre una mano, jadeando con furia.
–¡Maldita sea! –escupí entre dientes, sintiendo el ardor de las lágrimas que no quería soltar.
Hoshi gimió en mi pecho y lo abracé con más fuerza, temblando.
Me lo habían dejado a él. A propósito.
Para castigarme.
Para que sintiera el peso de mi fracaso.
Para que cada vez que lo mirara supiera lo que había perdido.
Porque si se hubieran llevado a los tres, habría muerto con ellos.
Pero así… así era peor.
El sonido de las sirenas perforaba el silencio, su eco rebotaron en las paredes de los edificios. Luces rojas y azules destellaban a lo lejos, acercándose rápidamente mientras el mundo a mi alrededor se desmoronaba.
Sesshomaru llegó primero, el rechinar de los neumáticos de su auto me sacó de mi aturdimiento. Lo vi descender con la frialdad de siempre, pero su mirada se clavó en la mía con una intensidad diferente. No dijo nada al principio, solo recorrió la escena con la vista: el auto baleado, la sangre en el asfalto, el pequeño cuerpo tembloroso de Hoshiro aferrándose a mí.
Sabía lo que veía. Sabía lo que significaba. Yo había fallado.
Cuando la policía llegó, las preguntas se amontonaron, pero no tenía respuestas para darles. Nada importaba. Lo único que quería era salir corriendo tras ellas, encontrarlas, traerlas de vuelta. Pero no podía ni ponerme de pie.
Sesshomaru me sujetó del brazo cuando intenté levantarme, pero el dolor en mi costado fue como una puñalada que me cortó el aliento.
–No seas un idiota –gruñó, ayudándome a mantenerme en pie–. Necesitas atención médica.
–¡No me importa! –espeté, con la voz rota, sintiendo mi rabia a punto de estallar.
Pero no tenía elección. Mis piernas cedieron y todo se volvió negro.
.
Cuando desperté, las luces blancas del techo me cegaron.
El olor a desinfectante me hizo saber dónde estaba antes de ver nada más. La clínica. La maldita clínica de mi familia.
Intenté incorporarme, pero el dolor me atravesó como fuego y un gemido escapó de mis labios.
–No te muevas –la voz de Sesshomaru resonó a mi derecha. Giré la cabeza y lo vi, de pie, con los brazos cruzados, y la expresión pétrea.
–¿Dónde están? –mi voz era áspera, llena de desesperación contenida.
Sesshomaru suspiró, su mirada bajó por un instante.
–Aún no lo sabemos.
Cerré los ojos con fuerza. Dios…
El médico llegó poco después y recitó su diagnóstico con indiferencia.
–Costillas rotas, un fuerte golpe en la cabeza y varias contusiones. Nada que no sane con tiempo y reposo.
Me reí sin humor. ¿Reposo? ¿Cómo demonios iba a quedarme quieto sabiendo que Kagome y Moroha estaban en algún sitio, solas y asustadas?
No. No podía.
–Voy a salir de aquí… –murmuré, con la mandíbula tensa.
–No vas a ir a ningún lado –intervino Sesshomaru.
Quise discutir, pero entonces la puerta se abrió de golpe.
Mis padres y Naomi entraron.
El corazón me martilló el pecho al verlos. Naomi tenía los ojos rojos, su expresión era un reflejo de mi propio dolor.
–Inuyasha… hay algo que necesitas saber –fue mi madre quien habló primero.
En su mano sostenía una carta.
Una maldita carta.
Supe en el instante en que la vi que no era una carta común.
Naomi tragó saliva y dio un paso adelante.
–Sabemos quién está detrás de todo esto –su voz era frágil, pero decidida–. Es Kikyo.
La información golpeó como una descarga eléctrica.
–¿Qué? –mi voz apenas salió.
Mi madre me extendió la carta.
La tomé con manos temblorosas, la abrí y leí. Las palabras bailaron frente a mis ojos, cada oración perforaba mi pecho más y más.
Cuando terminé, mi mirada subió lentamente hasta Naomi.
No podía ser cierto.
No.
Pero la pregunta escapó de mis labios antes de que pudiera detenerla.
–¿Kagome… Kagome es hija de Naraku?
Continuará...
