Nada es más engañoso que una verdad aparente.
(Edgar Allan Poe)
¡No puedo creerlo!
Mi mente se niega a aceptarlo, pero mi corazón grita que es verdad: la carta podría ser suya. Es mi deseo más profundo, casi perverso, queriendo aferrarse a esa idea, como un náufrago a un pedazo de madera en medio de un océano tempestuoso. Hoy, mientras revisaba los documentos, lo vi: su firma, inconfundible, trazada con esa elegancia y firmeza que tanto lo caracteriza. Era la misma. ¡La misma!
Desde el momento en que encontré esa carta, su letra quedó grabada en mi memoria como un eco constante. Cada línea, cada trazo… no he podido deshacerme de ella, aunque lo he intentado. No la tiré al fuego ni la dejé olvidada en algún rincón. Está conmigo, escondida como un tesoro prohibido, y ahora no puedo evitar compararla con lo que vi en esos documentos.
¿Cómo no me di cuenta antes? Bueno, claro, él siempre se encarga del papeleo, y yo, enfocada en mis tareas, jamás presté atención a algo tan mundano. Pero hoy, en un momento de descuido, dejó los archivos sobre la mesa, y al verlos… lo supe. Una verdad inquietante que se incrustó en mi pecho como una daga afilada: ¡Esa firma es suya!
Pero, ¿y si no lo es? ¿Y si alguien más copió su letra con tanta precisión, con tanta perfección, solo para jugar con mi mente? No tiene sentido. ¿Quién podría tomarse tantas molestias solo para confundirme, para desestabilizarme de esta manera? ¿Quién?
Y si es de él… si realmente es de él… ¿qué significa? ¿Podría ser posible que él sienta lo mismo que yo? ¿Que me ame con la misma intensidad, con esta locura que no me deja respirar? Pero entonces, ¿por qué no ha dicho nada? ¿Por qué esa distancia fría, profesional, como si yo fuera sólo otra más de las guerreras bajo su mando? Seguro me considera una niña, seguro considera que no he madurado lo suficiente, simplemente, por no tener la experiencia que él tiene. o… ¿pretende protegerme? ¿De quíen? ¿De él? Entiendo que como un santo de oro, su destino está marcado con sangre y fuego, al ser un importante guerrero, y aunque mi participación no ha sido tan activa en las últimas guerras, reconozco y él debería reconocer que marcho por el mismo sendero que él.
Las preguntas no me dejan en paz. Mi corazón late tan fuerte que parece querer salir de mi pecho. Siento que estoy perdiendo la cabeza. Necesito respuestas. ¿Debería enfrentarlo? ¿Debería preguntarle directamente? Pero solo pensar en sus ojos profundos, en esa expresión inescrutable que lleva como una armadura, me paraliza.
El miedo me consume… porque si descubro que mis deceso son solo un espejismo, si todo esto no es nada más que una cruel coincidencia, entonces, ¿cómo seguiré adelante con este sentimiento que se niega a morir? ¿Qué haré si lo niega todo? ¿Y si me equivoco? Dioses, estoy al borde de la locura… pero si es cierto, si realmente me ama… ¿podría mi corazón soportarlo?
¡Vamos, Marín, concentrate…! ¡Deja de pensar en eso!
Continuará…
