SS-Echidna

Una Reunión Inesperada.

El aroma del té se enrosca en el aire como un susurro cálido, danzando en espirales antes de desvanecerse. Mis dedos juegan con el borde de la taza, sintiendo la delicadeza de la porcelana contra mi piel.

He vuelto.

O, mejor dicho, por primera vez toco la realidad.

Aun así, la ironía es evidente: soy prisionera de mi propia torpeza, un ave en una jaula de seda. No fui cuidadosa, y ahora mi voluntad ya no me pertenece.

Llevo una cucharada de pastel a mis labios. Su dulzura se deshace en mi lengua, pero no mitiga la amargura de mi situación. No imaginé que sería así. Quise recorrer este mundo, probar sus sabores, sentir la brisa antes de que todo comenzara.

Pero en lugar de ello, me encuentro atrapada en esta encrucijada, en este juego de voluntades donde cada movimiento debe ser calculado. La opción más obvia es doblegarme, permitir que mi mente se adapte a su nuevo amo.

Pero esa no soy yo.

Aun en mi desesperación, el anhelo de conocer más quema en mi interior.

«Él tiene control de mi alma.»

Chasqueo la lengua y exhalo con tedio, llevando la taza a mis labios. La calidez del líquido se desliza por mi garganta, una sensación efímera de consuelo.

—¡Tsh! Todo es culpa de esa bastarda.

El líquido caliente acaricia mi garganta. Casi obtuve el cuerpo ideal. Si tan solo ella hubiese comprendido su lugar...

«Dona es muy tonta», Typhon resuena en mi mente, su voz un chillido de desdén.

«Igualmente, no habrías tomado su cuerpo», Carmilla susurra con dulzura envenenada. «Lo que sientes por él...»

Sonrío.

—Soy una dama, no puedo dejarme llevar solo por eso.

Mi reflejo en la ventana me devuelve una mirada burlona. Codicio los secretos de este mundo y, aunque podría apropiarme de ellos con facilidad, hay un deleite especial en descubrirlos por mí misma.

Y él lo sabe.

Sabe que me gusta la investigación, que mezclar la lógica de dos mundos distintos es la más exquisita de las distracciones.

—Fue casi como una propuesta de amor.

Apoyo las manos en mis mejillas, regodeándome en la idea. Entonces, una voz interrumpe mi ensueño.

—¿Una propuesta de amor?

El aire cambia. Mis instintos se encienden. Mi cuerpo responde antes de que mi mente lo haga, liberando un aura letal que podría matar a cualquiera que me viera.

Pero él no es cualquiera.

—¿Quién podría proponerte algo tan romántico?

Los ojos azules de Hermod emergen de la nada, su figura materializándose con una serenidad irritante.

Se me había olvidado su magia.

—Vaya... pensar que visitarías a tu casi madre.

Sonrío, pero mi cuerpo ya se prepara para la fuga. Si interrumpo el flujo de maná y entro en semi-hibernación, podré desaparecer sin dejar rastro. Pelear con él ahora sería un error.

«No creo poder ganarle.»

—Mi única madre está muerta.

Su voz es un filo de hielo. Me toma del mentón con una delicadeza casi tierna, pero sus ojos arden con una acusación silenciosa.

—¿No fuiste tú quien la mató?

Mi risa es suave, calculada.

—Qué broma. Echidna está muerta.

Sus ojos se entrecierran. Suelta mi rostro con un suspiro y se desploma en el sofá, dirigiendo su mirada a los planos sobre la mesa.

—Veo que te has interesado en él.

—Tu humano era un ignorante. El mío parece saber mucho.

Lo miro fijamente, disfrutando la forma en que su expresión se ensombrece. Hermod chasquea los dedos, conjurando un copo de nieve que titila en el aire. Su magia le permite inspeccionar almas.

—Vaya, parece que no estoy solo contigo.

Su sonrisa crece, afilada.

—Es un placer verle con vida, Lady Carmilla.

«¿Lady? ¿Cómo podría?» Carmilla murmura, pero Hermod no reacciona.

—No se preocupe…

Le corto la magia de golpe, mi paciencia agotándose.

—No debes molestarla.

—Mejor hablemos. Es interesante, pero hay muchas versiones de ti deambulando por el mundo. ¿Debería matarlas a todas?

Me encojo de hombros.

—Es tu decisión. Acabo de salir, soy completamente inocente.

Sus dedos se crispan. Su intención asesina se filtra en el aire como un veneno invisible.

—Tu odio hacia mí es injusto. Está grabado en mi mente, pero no puedo recordarlo.

Su maná se torna turbulento. Parece a punto de explotar, pero entonces se detiene.

—Será más divertido matarte cuando la verdad sea revelada. No falta mucho.

Escupe al suelo.

—Traicionaste a la humanidad, bastarda.

Sonrío.

—Ya veo. Suena interesante.

—¿Qué harás si le cuento todo a Marco Luz?

Mi cuerpo reacciona antes de que mi mente procese sus palabras. Una mano de maná se forma en el aire y se lanza contra él, pero la corta sin esfuerzo.

«Sekhmet, detente.»

No puedo recordar los eventos que me condenan, pero Sekhmet sí. Intenté romper su sello, pero necesito materiales que solo podría recuperar en mi casa en el aire.

Hermod se incorpora y se dirige a la puerta.

—Disfruta el poco tiempo que te queda. Te mataré cuando la verdad sea revelada, quiera o no Marco Luz.

Se marcha. La habitación queda en silencio. Camino hacia la ventana, observando el cielo.

Sonrío.

—Fu~, el mundo se vuelve más interesante. —Miro hacía los libros, sonriendo tras descubrir el hechizo de mi hija—. Un concepto interesante.

Me transporto a la biblioteca prohibida. El ambiente es tenso y el silencio pesa, saturado por la energía residual de antiguos hechizos. Camino directamente hacia los estantes que tienen, y veo el estante sellado, con una magia similar a las armas.

Sé que estos estantes se activan únicamente mediante un rito con la sangre del portador; un acto que une el saber al sacrificio personal. Sin embargo, no es un impedimento para mí.

Mi alma y la de Marco están vinculadas por un contrato inquebrantable. Esa conexión me otorga un control absoluto sobre los detalles de su alma, solo necesito un activador.

Detengo mi marcha.

—Pero si uso esto... —digo en un tono bajo, sin vacilación ni remordimiento.

Saco un pequeño frasco con la sangre de Marco y, con determinación, vierto el líquido sobre el metía.

—Mi hija es inteligente —comento en voz baja, con una mezcla de orgullo calculado y desapego—. Desarrollar este artefacto ha sido un logro que merece reconocimiento. La felicitaré cuando la vea.

El metía se ilumina discretamente. Sin demora, descubro mi pecho y expongo el contrato marcado en mi piel, el cual brilla al acercarlo al candado. Tras un día de análisis y pruebas, he descifrado su mecanismo; es suficiente para abrir el sello.

Cuando se libera el candado, se revela una colección de libros sin inscripciones convencionales. Cada volumen muestra un conjunto de letras.

—Veamos ese secreto.

La satisfacción de lo desconocido me envuelve.

Estoy a punto de descubrir su secreto.

Mis ojos se abren con un interés, analizando cada palabra como si se tratara de datos precisos. Las descripciones, exactas y marcadas por una melancolía calculada, revelan fragmentos de una línea de tiempo que desconocía.

«Está es su historia interesante, ¿Subaru Natsuki vivió esta historia?»

Constituyen información que encaja en mis pensamientos, la aparición del error.

El mundo que se supone es real.

—Vaya, así que eso es lo que sucedió —susurro, enunciando la información con precisión. La forma en que Marco Luz actuaba, con su arrogancia contenida y una familiaridad demasiado anormal, no me conmueve; despierta, en cambio, un interés más profundo.

«¿Será que tiene las mismas habilidades?»

«No creo, no se habría rendido de ser ese el caso.»

Cada detalle de su historia se convierte en un dato que suma a mi alegría, conectando un pasado distanciado con un presente que manejo a mi favor.

Todo se dispone con una exactitud que apenas deja lugar a sorpresas.

Subaru Natsuki... Quizás estos sean los inicios de ese hombre. Subaru Natsuki ha construido una realidad basada en falsedades, utilizando fragmentos de la realidad para sostener sus deseos.

Una vez que su diseño se complete, bastará con reemplazar su esencia para reescribir la historia. Sin embargo, mi análisis detecta una variable imprevista, un elemento que desafía mis proyecciones.

—Resulta irrisorio, ¿no crees? Esa sensación de estar a un paso de descubrir lo prohibido, de desvelar un gran secreto —digo en un tono medido, dejando escapar una risa que es el eco de un pensamiento que no es escuchado por nadie. Con un gesto preciso, me limpio la boca y deslizo mi mano hacia el siguiente libro, examinando sus páginas con exactitud—. ¡Vaya! Parece que Marco Luz estará en problemas.

Mis ojos se abren en sorpresa mientras leo.

La magia presente en los libros es inconfundible; deja claro que Roswaal encontró una forma de introducirse. Resulta extraño, pues no debería dominar la magia Yin tan eficazmente. «¿Lo habrán ayudado?»

—Su magia está en todos los libros siguientes, como si le hubieran indicado exactamente dónde buscar —comento, apoyando mi mentón mientras termino de leer—. Espero que su plan se ejecute a la perfección; de lo contrario, dudo Marco Luz que sobreviva.

«Será una buena prueba para saber si tiene el llamado retorno por muerte.»

«Y si muere, seré libre

Retiro la magia, ocultando que alguien ha examinado ese detalle. El retorno por muerte podría o no residir en su cuerpo; el miasma que lo envuelve parece ser la manifestación de un proceso inevitable, distinto a cuando apareció en el mundo de los sueños.

Sonrío, cuestionándome cómo logrará mantenerse en pie.

«¿Debí haberme aliado con ellos? No, sería demasiado arriesgado.»

«Ahora debo actuar con cautela.»

—Tienes demasiados enemigos. Solo espero que no interfieras en mis planes —declaro, colocando los libros en su lugar mientras observo los planos sobre su mesa de trabajo—. Te ayudaré por un tiempo, Marco Luz.

Mis ojos se entrecierran y mi pulso se acelera.

—Este mundo… ¿será capaz de liberarse de las garras de ese hombre? Quiero ver qué decisiones tomará.

Después de todo, el amor es solo una herramienta.


SS-Luan

Lo que Dejó la Guerra.

Los disparos retumban por todos lados, mezclándose con gritos de dolor y órdenes que nadie para de gritar. No siento nada, ni dolor, ni paz… ni siquiera puedo ver bien.
No sé dónde estoy, pero el olor a sangre me inunda y los ruidos son lo único que tengo.

—¡Mi pierna! ¡Médico!

—¡Mataron a Samuel!

Esos gritos, de gente con la que entrené, de personas a las que ni conocía bien, pero que compartían el mismo objetivo: proteger a la nuestra. Yo solo quería una vida normal, abrazar a mi mamá, comer la comida de mi papá… quería ser feliz.

Mis manos se cierran alrededor de algo metálico, y entre disparos y el retroceso, el campo de batalla vuelve a mi mente. La tierra fría en mis manos, el olor a pólvora y sangre.

—¡Ah! —grito, disparando a esos bastardos que siguen apareciendo, a esos semihumanos que no tienen fin.

Disparo y disparo, pero mis balas parecen no hacerles nada.

Mis ojos se abren de par en par mientras veo morir a todo el que me rodea.

—¡Capitana! ¡Huya! —grita Hubert, mirándome justo antes de que una flecha le atraviese la cabeza.

Él cae al suelo y unas pocas lágrimas se mezclan con las bolas de fuego. Mi mirada se ensancha, mi cuerpo se calienta, y lo único que puedo hacer es mirar. Viví con ellos, entrené con ellos.

«¿Tienen que morir así?»

Camino entre un mar de cadáveres, viendo cómo todo se deshace.

Los monstruos que se han vuelto locos ya no son demihumanos. Extiendo mi mano, pero no puedo hacer nada; me siento completamente inútil. Me salvaron varias veces, pero mi grupo, yo no pude salvarlos.

Dicen que tengo potencial, que con mi poder puedo proteger a la gente.
Tapo mi nariz para dejar de oler la sangre y la carne quemada.

—¡Ayúdame!

—¡Me duele!

—¡Me estoy muriendo!

Eran gritos de aquellos que prometieron proteger a su gente.

Y yo, tirada en el suelo, sin poder hacer nada.

Entonces, me encuentro en el santuario.

Siento mi cuerpo arder. Mis pulmones arden y mi sangre hierve. Mi visión se vuelve roja, pero él sigue sonriendo, mirándome con una especie de interés repulsivo.
Allí, frente a mí, está ese bastardo, ese hombre que pensé era solo un marqués fuerte.

Miro a Ram por un segundo, recordando las quemaduras que le causé cuando no pude controlar mi poder.

«Soy una inútil.»

Mi familia murió, y ahora mi otra familia también se va a ir.

Y no pude hacer nada.

Un chorro de agua me golpea la cara y mis ojos se abren. La habitación está llena de vapor; mi poder se activó mientras dormía otra vez. Gracias a las mejoras que hizo Marco en la habitación está no se quemó.

Solo porque me siento inútil.

Me siento en la cama, mirando mis manos mientras el vapor se escapa por la ventana. Ellos ya se fueron, siguen trabajando, como la gente aquí.

Yo, sin hacer nada.

—Madre… —murmuro, tapando mi rostro para no ver las lágrimas—. Otra vez, tengo que seguir.

Limpio mi cuarto y, después de cambiarme, cambio el lamicta de agua por uno nueva. Salgo a la ciudad y tomo una carroza para ir a la base militar. No puedo quedarme sin hacer nada; mis heridas ya sanaron, pero si quiero hacerme más fuerte tengo que entrenar.

No quiero herir a la gente que me importa.

Entro al edificio y voy hacia mi sala de entrenamiento. Marco la construyó para que no destroce todo cuando uso mi poder. Está reforzada con acero y varios cristales de protección, así puedo usar mi poder sin preocuparme por las consecuencias.

Frente a mi sala, veo a una elfa de cabello rosa, una de esas copias que sirven a Emilia.

Le dijeron que debía estar en el campo, ayudando a los heridos y a los sanadores.

«¿Qué hace aquí?»

Su mirada se posa en mí, y su sonrisa enigmática me dice que no es como las demás.
Parece que ella también piensa por sí misma.

—¿Tú eres la que usa esta sala? —dice caminando despacio, y de inmediato mi instinto se pone en alerta.

Siento que es peligrosa.

—¿Eres Luan, verdad? —su pregunta me deja claro que me conoce, pero no puedo hablar, estoy tan presionada.

Entreabre sus ojos y se ríe levemente.

—Lo siento, todavía me cuesta controlar este cuerpo —dice, y la presión en mi cuerpo se calma—. Aunque es increíble que aún estés de pie.

—¿Quién eres? —pregunto, conteniendo la respiración para calmar mi corazón que late a mil.

Si ella es peligrosa, si viene a hacer daño, tendré que pelear. No puedo confiar solo por su apariencia.

—Soy… la sirvienta de Marco Luz, puedes llamarme... —dice, tomando su mentón como si estuviera pensando—. Dona, sí, ese nombre te servirá.

—¿Dona? ¿Eres del grupo de Ryuzu's? —me acerco, colocando mi mano en mi arma—. ¿Por qué no estás en los centros de sanación?

—Soy solo una sirvienta, pero Marco Luz me dejó moverme libremente. —Se acerca despacio, mirando mi pistola—. No te preocupes, solo estaba dando un paseo.

Su mirada recorre mi cuerpo, como si viera más allá de lo obvio.

—Tu maná es interesante, parece que tienes algo especial. —Su sonrisa se ensancha, pero no sé qué quiere decir—. ¿Sabes quién eres?

Niego con la cabeza.

—Bueno, ya lo sabrás. —dice, dándose la vuelta y alejándose.

Parece que ella sabe algo de mí, que conoce mi verdadero yo. Si puedo descubrirlo, si puedo aprender a ser más fuerte…

—¡Espera! —tomo su mano y la miro con firmeza—. ¿Sabes algo de mí?

—Fu, fu. Marco Luz tiene un don para atraer gente interesante —dice, señalando mi cuarto de entrenamiento—. Vamos, déjame ayudarte un poco.

No importa lo que tenga que hacer, si eso me hace más fuerte.


EX-La vida de un Médico en Irlam.

—¡Traigan más cristales lamicta! —grito a mis aprendices, concentrado en extraer los restos metálicos incrustados en el abdomen del paciente.

La guerra se acerca a su fin, pero los heridos solo aumentan, y el hedor a sangre y desechos se cuela, a pesar del cubrebocas de hierbas que uso para mitigar olores. Sé que, incluso con el conflicto acabando, nuestro trabajo apenas comienza.

La magia de sanación es poderosa, sí, pero requiere más que un simple imbuir de maná; demanda un talento excepcional y una compatibilidad que pocos poseen. Frente a mí, un hombre con los intestinos expuestos me reta a salvarlo. Gracias a la maestra, tengo fe en que aún es posible. Con decisión, ordeno:

—¡Traigan un lamicta de fuego!

Mientras sostengo el cristal, extiendo mi mano para recoger el intestino perforado. Las infecciones se pueden combatir, pero curar múltiples heridas requiere precisión; mientras mi magia repara el estómago, el intestino, tan delicado, se resiste a mi toque.

—¡Más magia para calmarlo! —exclama mi ayudante, inyectando su maná para aliviar el dolor. En ese instante, empleo el fuego del lamicta para sellar la abertura, formando una capa similar a una corteza que une las dos partes. Aunque con agujas sería más sencillo, necesito la capacidad de desinfectar la herida en su totalidad.

Con voz firme ordeno:

—Bien… Martha, toma al paciente y limpia la herida con alcohol mientras lo estabilizas; no podemos permitir que se envenene.

La miro y asiente sin titubear.

Dentro de mí, una voz me recrimina: «No tienes talento para curar personas.»
Y, por un instante, la duda me invade. Pero maldita sea, sé que puedo hacerlo. Esos bastardos del gremio de sanadores se conforman con su compatibilidad innata, sin comprender que la magia de sanación no es infalible; su eficacia depende de mucho más que el simple talento.

Quizá yo no sea el más compatible, pero poco a poco he aprendido a utilizar mi magia de forma más eficiente, gracias a los libros y las lecciones de mi maestra, aunque el alcalde considere mi nivel deficiente.

Las investigaciones y el conocimiento anatómico que he adquirido han facilitado este arduo trabajo.

Con el estómago ya estabilizado, procedo a drenar la sangre.

—Se va a desangrar a este paso —murmuro mientras siento cómo su pulso se acelera.
Aunque poseo el conocimiento para inducir la producción de sangre, mi habilidad no alcanza a profundizar en ese proceso vital.

—¡Mierda! ¡NECESITO MÁS SANADORES AQUÍ! —grito, observando cómo su respiración se desvanece.

—¡Traigan el respirador! —ordeno, mientras otro sanador intuba al paciente, improvisando un respirador con una bolsa de cuero.

En mi mente resuena: «La médula ósea produce sangre, pero ni idea de cómo lo hace». Aquellos afortunados, por su pura compatibilidad, pueden lograrlo sin esfuerzo ni profundo conocimiento.

Y yo, a este paso, temo que se apague la vida de este hombre.

Con rapidez, cierro las heridas menos críticas con hilo y dejo que mi magia selle las lesiones sangrantes. La hemorragia se detiene, pero el paciente sigue sin mejorar.

«No puedo» pienso en mi interior, repitiendo la frase como un eco amargo.

No tengo la compatibilidad necesaria, y la culpa recae sobre mí: seré el responsable de su destino. Mis aprendices hacen lo que pueden, pero fui yo quien se presentó con la experiencia; otros se refugiaron en la ignorancia.

«Fui arrogante.»

—¡El paciente no está respirando! —exclama mi ayudante, subiendo junto a él y utilizando impulsos mágicos para intentar reanimar su corazón.

Por mucho que lo cure, ya ha perdido demasiada sangre. Mi propio corazón late con fuerza; no puedo dejar que otra vida se apague. Siempre he soñado con ser un sanador, un sueño casi arrebatado, pero que en Irlam resurge con toda su fuerza.

—¡No mueras! —grito, imbuyendo mi maná en su médula ósea, a pesar de mi incompatibilidad. Debo estimular la producción de nuevas células, debo lograrlo.
A mi alrededor, el tiempo se ralentiza y el silencio se hace abrumador.

«¿Acaso soy tan inútil?»

De pronto, escucho mi nombre:

—¡Marc!

Alzo la mirada y encuentro a la maestra, tomando mi mano con firmeza. Sus ojos amatista recorren el cuerpo del paciente, y con una determinación que me inyecta coraje, me dice:
—La coloración del cuerpo es demasiado baja; te dije que me llamaras para estos casos. —Su tono, inicialmente lleno de enojo, se torna resoluto al concentrarse en el enfermo—. Sigue haciendo RCP, y cuando te indique, dejarás de usar la magia de sanación.

Con la mirada puesta en el aprendiz, me instruye:

—Primero, analiza el estado de sus órganos: la médula ósea y el bazo. —Su mirada parece triste, como si se culpase por mi inutilidad.

Ella lo está haciendo, con total naturalidad.

Dentro de mí, la voz crítica insiste: «No, maestra, esto es culpa del inútil aprendiz», pero sé que fui yo quien juzgué erróneamente su apariencia desde el primer instante, sin ver la inmensa bondad y el deseo de sanar que ocultaba.

Te juzgué, te juzgué y odié desde el momento en que te vi, pues tu apariencia es todo lo que destruye; tus ojos, tu rostro, todo me parecía horrible y repulsivo.

Para todos, nuestro primer gran reto era superar eso.

Pero, maestra, tú nos abriste los ojos. Tu apariencia destructiva y horrenda fue algo minúsculo a comparación de tu bondad y tu deseo de sanar personas, de construir oportunidades.

Fuimos ciegos, tengo que admitirlo.

—¡Marc! Pon tus manos en mi espalda —me ordena, y me acomodo junto a ella—. Concéntrate en entender.

Asiento, mirando su espalda.

—¡Detengan la RCP! —exclama, y en ese instante un aura envuelve su cuerpo. Su magia especial, que en lugar de usar maná de manera constante, lo canaliza en un único y poderoso impulso, permite que el maná residual se absorba en las áreas dañadas, manteniendo el control absoluto.

—Cierra los ojos —me dice, apoyando su mano en la parte final de las costillas del paciente, justo en el lado izquierdo, donde reside el bazo.

«¿Qué quiere hacer?» pienso mientras su voz se vuelve serena:

—El maná no debe fluir indiscriminadamente hacia el paciente. Su bazo está en mu~~y buen estado, lo que implica que la producción de sangre debe depender de la coordinación entre la médula ósea y la función reguladora del bazo. La médula es la fábrica de las células sanguíneas; mientras que el bazo actúa como un filtro y reservorio, liberando sangre de emergencia y eliminando células dañadas. Si aceleramos la producción sin control, corremos el riesgo de sobre estimular y dañar el cuerpo.

—Tienes que ser mu~~y cuidadoso.

Puedo sentir cómo, poco a poco, la magia reactivada comienza a incentivar a la médula a producir células nuevas, como si en mi mente escaneara cada línea y conexión de su organismo.

Sin embargo, esta estimulación debe ser medida: forzar un aumento abrupto podría saturar el sistema circulatorio, provocar la liberación excesiva de mediadores inflamatorios y desencadenar la formación de coágulos.

Estos coágulos, además de entorpecer el flujo sanguíneo, podrían ocasionar fallos en órganos secundarios, como el hígado o los riñones, que no están preparados para soportar una sobrecarga repentina.

«Entiendo ahora.»

—Entonces, ralentiza la activación de aquellos órganos que no requieren atención inmediata —me indica mi maestra. Con cada latido, siento que el corazón comienza a trabajar a un ritmo acelerado, presagiando el esfuerzo que su cuerpo aún debe realizar—. Debes moderar la forma: la magia debe reanimar la hematopoyesis sin descompensar la función bazo-sanguínea. Solo así se puede asegurar que, a pesar de la pérdida masiva de sangre, el paciente no entre en un estado de shock irreparable.

Miro su rostro concentrado, a pesar de estar trabajando tiene la bondad de explicarme.

El reto radica en calibrar el flujo de maná para que actúe como un estímulo progresivo, permitiendo que la médula reemplace gradualmente las células perdidas y que el bazo pueda regular y liberar la sangre de forma controlada.

La reanimación del corazón se hace al mismo tiempo, rápidamente el color vuelve y su respiración comienza a normalizarse.

—Vigila alguna secuela o si empeora; deben alimentarlo e hidratarlo, sus cuerpo necesita energía.

Al abrir mis ojos, la maestra suspira con una leve sonrisa, que se desvanece al contemplar las montañas.

—Cada persona da lo mejor de sí; como sanadores, nuestro deber es concentrarnos en salvar vidas sin distracciones. Nadie debe morir —declara, clavando su mirada en la mía—. Estoy mu~~y orgullosa de ustedes.

La reverencia que siento por ella es inmensa, un sentimiento contradictorio, pues en un principio la veía solo como una criminal cuya apariencia me repugnaba.

Pero en Irlam, he aprendido a ver más allá de lo superficial, a valorar su inquebrantable bondad y su deseo de construir oportunidades.

—Por el dragón... —murmuro.

«El conde Marco es afortunado por contar con ella.»

—De inmediato continuaré —digo con determinación, mientras ella asiente y corre a socorrer a otro paciente. La señorita Emilia, sin duda, se convertirá en alguien grandioso, quizás incluso más que un simple rey.

Ella, sin saberlo, es la precursora de un cambio en este mundo.

La emoción de salvar vidas vuelve a inundarme.

—¡Tráiganme al siguiente paciente! —grito, corriendo de nuevo a la labor de sanar.
Quizá no seamos los mejores, quizás no poseamos el talento innato o la conexión con la magia que otros tienen, pero tenemos la fuerza de voluntad para superarnos.

Nadie nos quiso, pero aquí, en Irlam, se nos ha dado la oportunidad de brillar.

No permitiré que otra vida se pierda.


Ex-Petra

El Destino de una Gran Maga

Estoy mirando por la ventana de mi cuarto, y pienso en mi papi, que ahora mismo está luchando. No entiendo del todo por qué sucede esto, pero la señorita Rem me explicó que las cosas se han complicado. En lo que antes era un pequeño pueblo, lo único que soñábamos era poder salir de aquí e ir a la capital.

Y yo me pregunto:

«¿Cómo vamos a competir con una de las grandes ciudades?»

Recuerdo al alcalde, a Marco, quien arriesgó su vida para salvarme, aunque terminó herido y con secuelas. En algún momento creí sentir algo especial por él, pero ahora todo se me confunde.

«Me duele.»

—Mami, ¿crees que papi esté bien? —le pregunto, mirando a mi mami, que sigue cocinando con una sonrisa serena.

Aunque me sonríe, yo ya no soy tan pequeña; quiero saber la verdad, esa que no me cuentan solo por ser niña.

—Tu papi estará bien, él es mu~~y fuerte —me dice, abrazándome con ternura.

Esa voz me reconforta, y aunque mi corazón late rápido, trato de creerle.

—Jeje, hablaste como Lía. —La forma en que habla me recuerda a Lia, la señorita Emilia, siempre tan peculiar y tierna. Recuerdo también que ella fue también quien aprobó la guerra…

«La posible futura reina de Lugunica.»

—¿Pasa algo? —pregunta mami con preocupación, apartando lo que hacía para abrazarme fuertemente.

En ese abrazo, siento un calorcito, pero una lágrima se me escapa.

—¿Y si él no vuelve? —le digo, aferrándome sin saber cómo ayudarla.

Sé que ya debería ser más fuerte, que debo apoyarla y decirle palabras que la calmen, pero el miedo me tiene sin palabras.

Ya soy grande, pero en los brazos de mi mami me siento pequeña.

—Ay, hija… —dice mami, y en su abrazo encuentro la fuerza que me hace sentir un poco mejor.

—Yo no quiero que muera —confieso con la voz temblorosa.

—No digas eso, papi es un hombre fuerte, ¡un coronel del ejército! —me asegura, acurrucándome en su pecho—. Él encontró la manera de seguir adelante, y nosotras debemos apoyarlo.

Mami me toma de las mejillas y me mira con ternura:

—Tu papi y yo hacemos todo para que puedas alcanzar tus sueños —dice, mientras una lágrima se desliza por su rostro—. Cuando seamos viejitos y arrugados, queremos que la mejor diseñadora de Lugunica nos visite.

Aunque mis lágrimas siguen cayendo, en mi interior comienza a dibujarse una pequeña sonrisa.

—La señorita Emilia y papi me contaron lo que pudieron, y aunque ahora no lo entiendo bien, cuando todo se calme les pediré que me expliquen mejor. —Infla su pecho, sonriendo enormemente—. ¡Imagínate! Tu mami es amiga de una futura reina, y además, es esposa de un coronel del poderoso ejército de Irlam. También es dueña de uno de los grandes restaurantes de Irlam.

Me acaricia suavemente la cabeza.

—Además, será madre de una de las mejores diseñadoras, o de lo que quieras ser cuando seas grande. —Me besa suavemente en la frente—. Ese sería mi mayor alegría, verte cumplir tus sueños.

Mami siempre ha sido tan fuerte y buena.

—Todo esto es gracias a ti, porque nos abriste los ojos a la fuerza —mientras me besa en la frente, y por un momento, todas mis preocupaciones se desvanecen—. Si no fuese por ti, por tu gran corazón, nunca habría intentado conocer a Emilia.

He oído que hay quien la juzga por cómo se ve, pero a mí nunca me ha importado eso.

Siento un miedo que no termino de entender, pero cuando la vi actuar, no comprendí por qué la odiaban. No tiene una voz fuerte ni es grosera; al principio parecía triste, como si hasta ella tuviera miedo. Yo sé la historia de la bruja de la envidia, algo que nadie perdona, pero ella fue vencida por los tres más poderosos.

Emilia no es ese monstruo, por lo que quise acercarme a ella.

Con el tiempo, descubrí que es increíblemente agradable, como si tuviera otra amiga con la que pudiera hablar, y además, es muy fuerte y capaz.

—¡Incluso la golpeaste! —exclamo, mirando a mami, que muestra una expresión triste.

Pensó que Lia estaba tratando de hacerme daño, y entonces mami se interpuso y la golpeó para que se alejara. Después, Lia solo pudo sonreír tímidamente y disculparse, como si pesara que su culpa era por haber nacido así.

«Ya soy una adulta, me di cuenta al instante.»

Algo se encendió dentro de mí, y la confronté, le hice el silencio y hasta amenacé con irme de la casa. No fue lo más maduro, pero gracias a eso, ella aceptó cenar con nosotros para pedir perdón.

Al oír la historia de Lia, papi también se conmocionó y se inclinó para disculparse por todo; ella también había salvado mi vida y la de muchos. Poco a poco, se hicieron amigas, pues Lia es de esas personas con las que se puede hablar y que se hacen querer fácil.

—Todos cometemos errores. Gracias a ella y al alcalde, ahora podemos crecer sin tener que salir de la ciudad —dice mami, y yo los admiro de verdad.

Ellos han superado tantas dificultades y siempre están dispuestos a ayudar.

—Seguramente, también ellos están preocupados —digo, tomando la mano de mami, y ella sonríe.

—Sí, el alcalde también está luchando, así que nuestro deber es apoyar en lo que podamos —responde.

De pronto, escuchamos un golpe en la puerta.

Toc, toc.

Mami abre, y un soldado del ejército se asoma. Su mirada triste y cansada se posa en nosotras, y sin dudar, saca un documento.

—Mi nombre es Carlos, sub-capitán del ejército de Irlam —dice, mirándonos con seriedad—. La guerra ha terminado, Irlam ha vencido.

Siento que mi corazón se aprieta y una emoción creciente me inunda. Las lágrimas vuelven a caer, y lo primero que me sale es:

—¿Mi papá, el coronel Lucas? —murmuro, mientras mami se apresura, preocupada. Pero el soldado mantiene su rostro serio.

—El coronel Lucas sufrió varias heridas, pero ahora se trata con un grupo de sanadores. Su vida ya no está en peligro, así que pueden estar tranquilos —afirma, fijando su mirada en mí—. Un soldado vendrá a llevarlas cuando todo se estabilice; por ahora, les pedimos comprensión.

Luego, el soldado me muestra unos cristales.

—El señor Zhuo pidió expresamente la ayuda de la hija del coronel Lucas, Petra Leyte, para el segundo campo de batalla. —Se inclina y entrega el documento a mami—. Necesitan su cooperación de inmediato; la escoltarán y protegerán, pero es vital que nos ayude a salvar Irlam.

Siento que mi mente da vueltas, entre lágrimas y una mezcla de miedo y esperanza, mientras todo en mi vida cambia en un abrir y cerrar de ojos.

Miro hacía mami, y sus ojos tiemblan, mirando a todas partes.

—Mi esposo prohibió su participación en el ejército. La producción de balas fue una cosa, pero actualmente ella se encuentra recibiendo clases y perfeccionando su magia. Además, es una niña. —Ella se pone en frente de mi—. ¡Debe haber una error! ¡Pedirle a una niña de doce años que entre al campo de batalla! ¡Llama a Oslo, el puede abogar por ella! ¡Incluso puedes llamar al alcalde, fue el quien personalmente me lo dijo!

La voz de mi mama resuena en mi mente, pero la mirada del soldado no cambia.

—El coronel Oslo también aprobó. Necesitamos la ayuda del discípulo directo del señor Zhuo. —Nos mira con tristeza—. No hay enemigos con vida. El coronel Oslo personalmente estará al lado de su hija para escoltarla, asi como la traerá a casa. De momento se encuentra esperando en el campo de batalla, yo fui enviado en su nombre.

Mami aprieta los dientes, pero no puedo quedarme de brazos cruzados.

—Yo iré. —Mis manos tiemblan, pero la sensación de miedo es mucho peor si no hago nada.

Mami me mira con firmeza, esperando que me retracte, pero no lo haré.

—Papi y los demás se esforzaron por nosotras. —Agarro su mano con fuerza—. Debo devolver aunque sea un poco. Quiero ayudar.

Sus labios tiemblan antes de que me abrace.

—Iré contigo. Es mi única condición. —Su determinación se endurece, y el hombre asiente de inmediato.

Afuera, un carruaje de color verdoso se detiene frente a nuestra casa. Subimos, y en cuanto llegamos, lo escucho.

Los gemidos.

Personas heridas, suplicando entre murmullos, algunas respiraciones ahogadas, otras apenas perceptibles. Instintivamente, busco la mano de mami.

—Mi niña, trata de ser fuerte. —Su abrazo me envuelve, pero no puede alejar lo que hay afuera.

El viaje es corto.

Apenas descendemos, nos colocan cubrebocas hechos especialmente para nosotras. El aire tiene un olor perfumado, pero debajo de esa fragancia, hay algo más. Sangre. Pólvora.

Y los cuerpos.

Carpas alineadas por una larga distancia. Algunas cubren personas que se retuercen de dolor. Otras no contienen movimiento alguno.

«¿Esto es la guerra?»

Unas lágrimas corren por mis mejillas, pero las seco rápido. No quiero que mami me vea así.

—¡Señorita Leyte! —La voz del tío Oslo irrumpe cerca, seguida de un sonido seco. Una bofetada.

—¿Cómo se atreven a hacer venir a una niña aquí? —gruñe.

Pero es demasiado tarde.

Ya estoy aquí.

—Lamentamos haber llegado a este punto, pero Irlam está en una situación crítica. —Tío Oslo se pasa la mano por la cara. Su traje está rasgado y sucio, con manchas oscuras esparcidas por la tela.

—¿Dónde está el alcalde, Marco Luz? —pregunta mami con ansiedad.

El tío niega con la cabeza.

—No lo sabemos. El general Marco partió al campamento del ejército para asegurar una victoria rápida, pero no hemos recibido noticias de él. —Su mirada delata lo que su boca no dice.

—No puede ser… —Mami se tapa la boca con ambas manos.

«Lia debe estar muy preocupada… No solo por esto, sino por Marco.»

Somos dirigidas por el tío hacía una carpa. Dentro de la carpa, veo los cristales de piroxeno que tantas veces usé en práctica.

—El señor Zhuo está en el campo de batalla principal. Propuso usar magos de magia Yang para establecer un círculo de protección de emergencia.

Mis ojos se agrandan.

«¿De verdad tengo que usar eso? Incluso le dije al maestro que era innecesario…»

—¿Cómo pudo suceder algo así?

—Lo siento, hija. Eso es confidencial. —Tío Oslo desvía la mirada hacia los cristales—. Pero trajimos los materiales que el señor Zhuo indicó y un grupo de magos que pueden canalizar la magia Yang.

Asiento de inmediato.

Si quiero ver a papi pronto, debo apurarme.

—Tío Oslo, ¿papi está bien?

Su expresión cambia. Hay algo en su mirada que no entiendo.

—Tu padre es fuerte. —Me toma del hombro y se inclina hacia mí—. Nuestra mejor sanadora lo está atendiendo.

Una sonrisa se me escapa.

—Si es Lia quien lo cura, no hay de qué preocuparse. ¡Vamos!

Cuando llegamos, tío Oslo me detiene antes de bajar del carruaje.

—Tu padre no querría que vieras esto. Y como su amigo, yo tampoco quiero que lo hagas. —Pone su mano sobre mi cabeza—. No te fijes en los detalles. Solo crea los círculos mágicos y luego iremos a verlo.

—Sí, tío.

Mami no baja.

Tío dice que lo que tenemos enfrente es la razón por la que desarrollé las balas. No entiendo del todo, pero sé que es peligroso.

El problema es que ya lo vi.

Cuerpos.

Cubiertos por una sustancia viscosa de un color púrpura oscuro. Se filtra de ellos como si los devorara. Se levanta en un gas tenue que se disuelve en el aire.

Nadie habla.

Los magos se organizan con precisión silenciosa.

«Quiero irme.»

«No quiero estar aquí.»

«Quiero ver a papi.»

Cierro los ojos un segundo.

No puedo fallar.

Si quiero que el círculo mágico cubra todo, debo seguir las indicaciones de Marco. Él enseñó a Zhuo cómo hacerlo, y Zhuo lo perfeccionó para emergencias.

Rápidamente, coloco los cristales en el suelo y dibujo la forma necesaria.

—Deben repetir esto diez veces, cada diez metros, hasta cubrir todo el campo. Yo haré este primero.

Respiro hondo.

«Papá, espérame un poco más.»

La magia Yang tiene propiedades caloríficas, pero también representa la forma más pura de manipular el maná. Normalmente se usa para atacar, pero su poder contra el miasma es indiscutible.

El maestro siempre decía que el miasma era incoloro e inodoro.

Pero aquí… aquí lo veo con mis propios ojos.

—Voy a empezar. Magos, disparen rayos Yang sobre cada cristal.

Voy a proteger a quienes lo necesiten. No importa lo que tenga que hacer.

Tan pronto como termino, una sensación extraña recorre mi cuerpo. Es como si mi mente se despejara de golpe, como si toda la fatiga se desvaneciera. Entonces, escucho las voces a mi alrededor.

—Es una genio.

—Bien hecho, Petra.

Oslo me mira con orgullo, pero yo solo puedo devolverle una sonrisa débil.

Seguimos con el resto de los círculos, repitiendo el proceso una y otra vez. No miro a los lados, solo me concentro en mis manos. No quiero ver más. No quiero recordar lo que ya vi.

Yo quiero ser una gran diseñadora, crecer como lo hace Rem.

Pero también quiero ayudar a mi ciudad.

«¿Qué camino debo escoger?»

Cuando finalmente termino, un leve mareo me sacude. Usé demasiado maná.

Oslo me carga en sus brazos, y lo único que puedo hacer es mirar el cielo.

Entonces lo veo.

Un globo, avanzando a toda velocidad hacia el bosque.

«¿Ese no es el globo que creó Marco?»

El pensamiento apenas se forma en mi mente antes de que mis ojos se cierren.