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Jusenkyo Assault Unity
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« Capítulo 7: Apunta y dispara »
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Sus uñas eran verdes, quizás azules o algo parecido. Ranma no entendía tanto de colores de laca. No es que le importara, las uñas de colores no interferían en la capacidad para disparar, aunque sin duda resultaban llamativas, casi hipnóticas.
Al menos tanto como sus manos y esas pequeñas tiritas que aún conservaba. Ranma no era un mirón, eso lo tenía claro, pero hasta eso resultaría más fácil si ella no se empeñara en estar siempre de por medio, con su melenita oscura suave y sus ojos castaños enormes y desafiantes.
Así que en ese momento, mientras la cadete Akane Tendô apuntaba a un blanco móvil en la sala de tiro absolutamente concentrada, él estaba allí como instructor y aventajado observador, y para nada estaba aprovechando para mirar su delicado perfil, sus labios apretados en un gesto de determinación. Esa boca contestataria, jugosa y llena de palabras hirientes.
Sintió un hormigueo lacerante en la punta de los dedos, un impulso nacido de una necesidad sin forma.
Quería tocarla, aunque fuera un roce inocente, aunque fuera un agarre brusco en busca de su atención. Ya lo había hecho antes, de hecho llevaba haciéndolo desde ese día en el que ella cruzó la línea del estricto grado de separación entre un superior y su subordinado, solo que hasta el momento no había sido plenamente consciente de ello.
Akane se giró súbitamente y se quitó los cascos amortiguadores de sonido, después se levantó las gafas protectoras y le miró ceñuda.
Ranma se apresuró a quitarse también los auriculares.
—Aquí nadie hace un mantenimiento adecuado de las armas —dijo exacerbada, dejando la semiautomática en la mesa delante de ella. El capitán torció el gesto.
—Se ocupa Ryu cuando tiene tiempo.
—Se pueden encasquillar durante la misión si no están bien engrasadas, me gustaría ocuparme de mis propias armas —declaró señalando la pistola que había estado usando—. Además se nota que son restos de otros batallones. La mayoría tienen desviaciones en el cañón o están rígidas.
—Tu estabas disparando bien… —dijo contrariado, porque Akane no había fallado un solo tiro.
Ella le tendió su pistola desafiante.
—¿Quieres comprobarlo por ti mismo?
Y Ranma amaba un desafío.
Tomó el arma y volvió a ponerse los cascos amortiguadores, ella hizo lo propio mientras le observaba crítica, con una ceja alzada. El capitán apuntó y disparó, un buen tiro sin duda, apenas unos centímetros desviado del centro. Akane sonrió sabiéndose vencedora de la discusión.
—¿Lo ves? Desviada —dijo volviendo a quitarse los cascos, él sopesó el arma y sin previo aviso volvió a disparar, esta vez acercándose mucho más al blanco. Akane chascó la lengua mientras se tapaba las orejas con las manos—. ¡Si vas a hacer eso al menos avisa! —dijo fastidiada.
Ranma dejó el arma en la barra y flexionó los dedos, dándose cuenta de la rigidez del gatillo, de la fuerza descomunal del retroceso. Ella debía tener muy buenos músculos en los brazos y en la espalda para soportar aquella presión sin desviarse del objetivo. La miró con un nuevo tipo de admiración abriéndose paso, y más que nunca quiso comprobarlo por sí mismo.
—Vuelve a disparar —pidió, no lo hizo amablemente, pero ella tampoco era delicada en sus formas y palabras. Akane volvió a tomar el arma, se puso los cascos y fijó el tiro. Ranma se situó tras ella, y se inclinó hasta su altura, casi rozando la barbilla con su hombro. Mirando su postura, sus brazos fuertes y los codos ligeramente flexionados.
La sintió envararse sin desviar la mirada, tensa mientras él no podía resistirse a degustar aquel aire que parecía embebido del perfume de sus cabellos.
No acaba de olerle el pelo, solo estaba fijándose en su técnica.
Akane disparó, la bala quedó a varios centímetros del blanco. El capitán frunció el ceño y ella se dio prisa en retirarse los cascos y dejar el arma.
—Está desviada —dijo esquivando su mirada y quitando el cargador automático—. La desmontaré y alistaré para la intervención.
Ranma se alejó de ella y se aclaró la garganta, mientras sus ojos no perdían detalle de sus dedos moviéndose de forma habilidosa en borrones de azul verdoso.
—Bien, hazlo —dijo alejándose, metiéndose las manos en los bolsillos de su chaqueta porque los dedos aún le hormigueaban, y no iba a ceder a ese estúpido impulso, eso sería lo último que haría.
Por ese camino sólo podía esperar problemas.
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…
—¿Encontraste lo que buscabas? —preguntó Mousse dándole alcance a Akane tras acabar otro de los repasos de estrategia con el instructor Hibiki. Akane miró a los lados, asegurándose de que nadie les prestaba atención.
—Pensé que no querías saber nada de eso —dijo bajito, y él se encogió de hombros y le sonrió ligeramente, como si aquello fuera también una excusa para establecer una conversación.
—Encontré algo… Aunque no exactamente lo que estaba buscando.
—¿Interesante?
—Diría que más bien triste.
Mousse pareció aún más interesado, Akane volvió a mirar alrededor sintiendo los nervios en la boca del estómago.
—¿Sabes qué pasó exactamente con el antiguo equipo y en qué fechas?
El hacker alzó las cejas con un deje de emoción.
—¿Crees que hay algo que no nos han contado?
—Sí, mucho más.
—Eres peligrosa, señorita Tendô —dijo con una sonrisa taimada, y ella le dio un codazo cómplice para que guardara silencio.
—Hay demasiada documentación, me va a costar mucho tiempo leerla y poner los datos en orden sin un lugar en el que trabajar.
—¿Estás diciendo que quieres ocupar mi despacho? —Frunció el ceño, como si la idea de alguien enredando entre sus cosas le desagradara profundamente, ella también lo miró con fastidio.
—No todos los días, ¿una vez por semana?
—Bien, supongo que eso es tolerable.
—¿Te han dicho alguna vez que eres un poco freak? —preguntó ofendida por el hecho de ser nada más que "tolerable" para su amigo, y él se rio como si le acabara de contar un mal chiste.
—Freak es mi segundo nombre —respondió guiñándole un ojo.
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…
Era esa noche, ya no había lugar para más ensayos.
La información no dejaba dudas, el intercambio se produciría en el puerto de Yokohama a las dos de la mañana, al amparo de las sombras.
Con los nervios agarrados a la boca del estómago el equipo se dividió en tres grupos y se montaron en diferentes vehículos, para no llamar la atención con la gran furgoneta.
Ryoga, Shinnosuke, Ukyo y Kuno iban en un primer coche utilitario, Ryu, Azusa y Tarô en una camioneta de reparto, y Ranma, Mousse y Akane en un tercer vehículo de gama media con un maletero grande y lleno de armas.
Se situarían en puntos estratégicos y esperarían de forma paciente para poder efectuar la operación con la máxima discreción. Aparcaron en los puntos indicados por Ryoga y se dispusieron a dividirse siguiendo el plan. Cuando Akane bajó del vehículo y se echó al hombro la mochila en la que había preparado las armas de larga distancia Ranma la retuvo.
El chico de la trenza miró discretamente a Mousse, el cual revisaba su propia mochila con ordenadores, y se aclaró la garganta.
—Escucha… —empezó antes de tomar aire y adquirir de pronto un tono mucho más impersonal—. Tendô, ten cuidado —concluyó cuadrándose de hombros y pies, y Akane no pudo más que asentir.
—Sí, capitán —dijo dirigiéndole una última y extraña mirada antes de ajustarse la mochila y encaminarse hacia el lugar designado, oculta entre varios contenedores de transporte.
Akane sabía que su implicación en el plan era menor, sólo labores de vigilancia y cobertura en caso de ser descubiertos. Ella no correría peligro, a no ser que fuera estrictamente necesario que entrara en acción. Las personas más expuestas eran sin duda los que iban a trabajar en campo, como Ukyo, Kuno, Shinnosuke o el propio Ranma.
Ellos tenían que mantener la mascarada como guardias de seguridad y marítimos, al tiempo que Ukyo conseguía información sobre la ruta de navegación y entre Azusa y Tarô colocaban un rastreador en el cargamento.
Mousse controlaría las comunicaciones junto con Ryoga, que supervisaba todo el plan. Al parecer el estratega tenía una facilidad fascinante para perderse en cualquier localización que se encontrara en tres dimensiones, cosa que no le ocurría con los mapas.
Ryu estaba dentro de uno de los vehículos, por si necesitaban una evacuación rápida.
Con el plan en mente Akane sacó el pequeño transmisor que le había dado Mousse y se lo ajustó en el oído derecho.
—Bbbbzzzzzzzzzzzzzzzzz —La estática le hizo chirriar los dientes mientras se sentaba entre los contenedores y comenzaba a montar el arma que llevaba a pedazos dentro de la mochila—. Akane, ¿me recibes?
—Te recibo —dijo ella enroscando el cañón y terminando de ajustar el cargador.
—Tendô, no te muevas de tu localización a no ser que te lo indique —escuchó decir a la voz de Ryoga, seria y potente.
—Sí, señor —respondió de inmediato, comenzando a otear usando la mirilla como catalejo.
Enseguida localizó a Shinnosuke haciendo guardia en la barrera del puerto, y a Ranma alejado unos cuantos metros, perfectamente enfundado en un uniforme de vigilante.
Le quedaba bien, parecía hecho para llevar ese tipo de ropa, con sus hombros rectos y su poderosa espalda. Sintió un nudo en el estómago y se alejó de la mirilla, confundida. Tragó saliva sabiendo que ese tipo de pensamientos invasivos no podían más que perjudicarla, pero es que su maldito capitán parecía tercamente decidido a colarse en su cabeza.
Ella no tenía tiempo que perder en cosas tan tontas como citas o intereses románticos. Los hombres solo eran una maldita molestia, y para ejemplo el jodido policía costero, que ni siquiera parecía acordarse de su cara después de haberse revolcado con ella en un hotel.
Obvio tenía orgullo y se había propuesto no darle más importancia, era una mujer adulta, una perfectamente capaz de manejar emocionalmente una aventura con un desconocido.
Y ya tenía bastante con eso como para que además el capitán de su equipo se dedicara a decirle que tenía los dedos bonitos, o a acercarse de forma indecente mientras usaba un arma, a ponerle tiritas, quitarle las botas o a remangarse la camisa. Mierda.
Akane apretó los dientes, dejó el arma y se arrebujó en su chaqueta mientras la noche caía sobre la bahía, se metió las manos en los bolsillos, no podía permitirse estar acalambrada cuando iniciara la misión. Así que en su oscuro escondrijo se percató de que sólo tenía tiempo de pensar.
Tomó aire lentamente y lo exhaló en forma de vaho. Ranma la había llamado por el apellido, ¿por qué lo había hecho? ¿Sería porque estaba delante Mousse? O quizás… Quizás solo estaba siendo profesional antes de una peligrosa misión, marcando los límites que de ninguna forma deberían traspasar, pero con los que él saltaba a la comba cuando le venía en gana.
No iría a ninguna nueva cita con su madre, de ninguna manera. No estaba bien y punto.
Ya se había resarcido con creces por la broma, y él lo sabía. Pero entonces, ¿cómo serían sus comidas del domingo? Imaginó a madre e hijo, los restos de una familia rota intentando sobreponerse a su pérdida, y aquella imagen le encogió el corazón.
Tampoco es como si él no pudiera buscarse una novia de verdad, en todo caso esa pantomima le estaba perjudicando. O puede que hubiera otra razón, ¿pero por qué un hombre evidentemente apuesto iba a fingir una relación con una mujer?
Akane contuvo el aliento cuando la más lógica de las conclusiones la golpeó con la potencia de una maza.
—Dios mío, ¿podría ser que él…? —jadeó en voz alta, y en ese momento el auricular de su oreja volvió a zumbar.
—Tendô, en posición —escuchó la voz de Ryoga, y Akane sacó las manos de sus bolsillos y tomó su rifle, cambió la mirilla a visión nocturna.
Chasqueó la lengua porque funcionaba bastante mal, se veía todo granulado y destacando demasiado los colores claros, que deslumbraban en un verde que daba dolor de cabeza.
—Lista —confirmó ella, y entonces volvió a hacerse el silencio. Llegaba un coche.
Observó cómo Shinnosuke cumplía a la perfección su papel y pedía la documentación a la entrada del puerto, después de intercambiar unas cuantas palabras dejaba entrar al vehículo con aparente normalidad. Ranma también hizo lo propio, expectante, vigilante.
Todo fluía según el plan. Akane vio cómo el vehículo se detenía cerca del muelle y de él bajaban cuatro tipos, uno de ellos elegante, casi espléndido en un traje de sastre y con un abrigo de lana evidentemente caro, los otros tres, guardaespaldas.
No le daba la impresión de que fueran narcotraficantes, más bien parecía un tipo de negocios desubicado. Esperó y nuevos vehículos se unieron a la comitiva. Iba a producirse un intercambio, aunque no sabían de qué naturaleza.
Otra persona se bajó de un vehículo de alta gama, alguien envuelto en pieles y con zapatos de tacón. Una mujer.
Desde la distancia a Akane le resultaba imposible verle la cara, y menos con la triste definición de su arma de tercera mano. Comenzaron a charlar y al rato parecieron llegar a un acuerdo satisfactorio para ambas partes. Un barco de transportes esperaba cerca de su posición, así como una embarcación rápida.
Se dieron la mano, la mujer regresó rápidamente al coche mientras sus segundos se encargaban de intercambiar varios maletines.
Akane confiaba en que sus amigos hubieran podido llevar a cabo su misión con la máxima discreción.
Continuó observando la aparente tranquilidad, hasta que escuchó unas sirenas. Akane alzó la cabeza y se alejó de la mirilla solo para ver dos embarcaciones de la policía cercando al barco con los contenedores, con sus luces blancas y azules inundando la quietud nocturna.
—Oh joder —gimió ella inquieta.
—¡Tendô! —escuchó a Hibiki gritar por el auricular, evidentemente afectado—. Apunta a la policía.
—¿Señor?
—¡Haz lo que te ordeno si no quieres mandar todo el plan al carajo! —dijo Ryoga que cortó la comunicación a toda prisa dando órdenes como un loco.
Los dedos de Akane temblaron mientras apuntaba hacia los efectivos de la guardia costera tokiota, quienes evidentemente no tenían idea alguna del lío en el que acababan de meterse. Se suponía que ellos eran los buenos, ¿verdad?
Luchó contra su propia moral mientras ante sus ojos los efectivos de la policía se desplegaban en lo que habían identificado como una salida de puerto no autorizada. Comenzaron a desembarcar, y entonces Ranma y Shinnosuke entraron en escena, intentando calmar los ánimos.
Akane apretó los dientes mientras sus dedos se enganchaban al gatillo y apuntaban a la cabeza del tipo que se acercaba arma en mano a su capitán. Ranma mantenía una actitud afable, con las manos en alto y hablando, Shinnosuke se mantenía unos pasos detrás de él.
Joder. Joder. Joder.
¿Que no se suponía que la policía no sabía nada? ¿Justo hoy iba a empezar a controlar las salidas del puerto? No podía ser casualidad.
Los dos coches de lujo se habían evaporado de la escena, derrapando hacia la salida del puerto y tomando rápidamente la ruta hacia la carretera principal. El policía que apuntaba a Ranma bajó ligeramente el arma, Akane se permitió respirar, y justo entonces escuchó el disparo.
Las voces se alzaron en la noche mientras cundía el caos.
—¡Tendô! ¡Tendô! —La voz de Ryoga le llegó jadeante y entrecortada a través del auricular—. ¡Fuego de cobertura! ¡Hay que sacarlos de ahí YA!
—¡No tengo tiro, señor! —chilló ella intentando adivinar figuras en las sombras verdes resplandecientes que le devolvía el visor, los nervios atravesando su cerebro, helando su corazón.
—¡Dispara!
Hibiki no lo entendía, él no tenía el arma entre las manos. Allí abajo había un maremagnum de cuerpos corriendo, cubriéndose y disparando, no podía estar segura de no darles de forma accidental a Shinnosuke o a Ranma. Los contrabandistas del propio barco de transporte se habían unido o quizás incluso habían iniciado el tiroteo, por lo que el número de implicados era cada vez mayor.
Akane apretó los dientes y disparó contra uno de los barcos a modo de advertencia, rezando por recibir nuevas órdenes o al menos la confirmación de que todos se encontraban a salvo. Ranma estaba en mitad de todo cuando empezaron los balazos, y Shinnosuke justo detrás.
¿Qué había dicho el muy imbécil? ¿Que ELLA tuviera cuidado cuando el que iba a vérselas con contrabandistas era él?
Joder. Joder. Joder.
Continuó con el fuego de cobertura mientras miraba por el visor, intentando encontrar alguna pista del capitán. Y entonces atisbó una sombra agazapada, un brillo verde difuso que se movía de forma conocida.
En la oscuridad y con el visor defectuoso Akane apenas tenía campo de visión para adivinar de dónde le venían los disparos, o hacia dónde estaba apuntando él. Movió el cañón espídica, sintiendo el sudor a pesar del frío, los dedos agarrotados en una tensión que no había sentido como tal en toda su vida. El brillo verde se movía con determinación, debía facilitarle una vía de escape, debía..
Se escuchó otro disparo, el brillo cayó al suelo y ella lo supo con todas y cada una de las fibras de su ser.
—¡RANMAAAA! —chilló descontrolada, dejándose la garganta.
El transmisor volvió a zumbar, con órdenes inconexas y gritos al otro lado.
—...herido…¡Ryu sácal…! ¡AHORA!
Akane no podía moverse, no podía pensar, apoyó la espalda contra el contenedor e intentó respirar, pero era inutil, el aire se negaba a entrar en sus pulmones. La cabeza le daba vueltas mientras el transmisor emitía órdenes que su cerebro no interpretaba.
—¡Tendô! —Eso no fue el transmisor, Akane giró la cabeza para encontrarse cara a cara con Kuno, quien había estado en el perímetro y jadeaba notablemente—. ¡Vamos!
Y sin pararse a pensar tomó su mano. La militar se colgó el arma a la espalda y echó a correr mientras seguían las detonaciones, escuchó las balas rebotar sobre la posición que había ocupado solo unos instantes antes. Se tiró por el borde del contenedor junto a su compañero y, cuando echaron a correr un vehículo les salió al paso, Mousse les abrió la puerta y se precipitaron de cualquier forma en los asientos traseros.
Las ruedas del coche chirriaron cuando abandonaron el muelle, Akane se echó contra la parte delantera mientras Kuno conseguía cerrar la puerta a duras penas. Ryoga conducía.
—¿¡Le han dado!? —preguntó Akane tirándose encima del asiento del copiloto en su afán interrogativo, con el rifle atravesado a su espalda, golpeando a Kuno sin piedad con la culata. Ryoga metió la tercera marcha y apretó los dientes mientras la berlina tomaba la rampa de salida a toda velocidad y atravesaba la reventada barandilla.
—¿¡Cómo demonios se ha enterado la policía!? —gruñía Mousse desde el asiento trasero, luchando por mantenerse en su sitio y no volcar sobre Kuno, quien aún intentaba encontrar una postura digna, revolcado y pisoteado en el suelo de los asientos.
—¿¡Él está bien!? —volvió a preguntar Akane a un concentradísimo Ryoga, quien no parecía tener tiempo de contestar preguntas mientras huían de la nefasta misión.
El coche salió a la carretera principal entre bamboleos y gritos, y el segundo al mando aceleró mientras intentaba recuperar la respiración.
—No lo sé —contestó al rato, y Akane sintió que toda su sangre abandonaba su rostro y caía a plomo sobre sus tobillos. Se dejó caer poco a poco, sentándose encima de Kuno, al que no pareció importarle lo más mínimo.
—Ha sido culpa mía… —Se encontró diciendo la militar, temblando, a punto de romper en lágrimas. Aquello no era propio de una profesional bien entrenada, con años de experiencia. Aquel arrebato pusilánime era más bien algo que brotaba desde su interior, desde su desmigado corazón.
Si Ranma estaba… si le había ocurrido algo era sin duda por su nula puntería, por sus dudas durante la misión, por su falta de pericia y entrenamiento. Si le había ocurrido lo peor no podría mirar a su madre a la cara. Ser la culpable de la muerte de su capitán le pesaría, pero ver a Ranma Saotome sin vida la destrozaría a un nivel que jamás se había planteado hasta el momento.
—No ha sido culpa tuya, Tendô. Las misiones se van a la mierda a la más mínima eventualidad, y él estaba preparado para eso. Ryu se está ocupando, tendremos noticias pronto —Ryoga sí mantenía la calma, ahora mientras conducía parecía el profesional que se esperaba que fuera, Akane tragó saliva e intentó aguantar las lágrimas.
—Eso espero… —dijo con sinceridad, intentando recomponerse, manteniendo encendida la llama de la esperanza. Se pegó un par de golpes en las mejillas ganando entereza, despabilándose a base de sus propios golpes—. ¿A dónde vamos?
—Regresamos al punto de encuentro para reagrupación de los efectivos.
Akane dejó el arma a un lado, pisoteó a Kuno sin cuidado y se sentó en el asiento del copiloto, se ajustó el cinturón.
—Entrenador Hibiki… —dijo señalando hacia la carretera.
—No me digas así, es vergonzoso. Ryoga está bien —dijo él sonrojándose ligeramente.
—Está bien, Ryoga, creo… creo que vamos en dirección contraria.
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Por suerte todos los demás se encontraban sanos y salvos, era casi un milagro. Shinnosuke había conseguido ocultarse en el último momento antes de que las cosas pasaran a mayores, y Tarô y Azusa habían escapado discretamente en cuanto consiguieron anclar localizadores a varios de los contenedores. En cuanto a Ukyo, ella simplemente había saltado del barco tras interceptar la información que se le había pedido. Rápida, eficiente y empapada.
Los cuatro juntos habían conseguido llegar hasta otro de los vehículos de emergencia que estaba situado a varias calles del puerto, en la zona comercial de Yokohama. Se habían reunido en una apartada gasolinera abandonada en una vía secundaria.
Estaban inquietos, todos se atropellaban intentando contar su propio periplo, mientras Ryoga intentaba con toda su alma organizar la información sin la autoridad de Ranma ni Ryu.
—Calmaos de una vez, ahora debemos replegarnos. Hay que regresar a la base.
—¿Y el capitán Saotome? —preguntó Shinnosuke rápidamente, él también estaba preocupado, y Akane le dedicó una mirada de agradecimiento, sobre todo por no haber tenido que sacar ella el tema a pesar de que no podía pensar en ninguna otra cosa.
—Sigo esperando noticias, de momento debo confiar en vosotros para que os dirijáis con las armas y el equipamiento hacia la base, ¿alguno puede conducir? —preguntó mirando en primer lugar hacia Shinnosuke, que le parecía la opción más fiable.
El guardacostas asintió y Ryoga les indicó a todos que se marcharan en la furgoneta de reparto, lo cual les abocaba a un muy incómodo viaje, apiñados en un espacio diminuto entre pistolas, ordenadores y una ninja llena de algas.
—¿Y tú, Ryoga? —preguntó Akane inquieta, removiéndose en el sitio, resistiéndose a irse sin tener noticias de su capitán.
—Voy a reunirme con Ryu, os veré en la base.
—Yo… ¿podría acompañarte? Me siento responsable por lo ocurrido, no disparé cuando me dijiste, solo hice fuego de cobertura y… si algo le ha pasado al capitán… —Akane se quedó en el sitio, tiesa, pálida, Ryoga no pudo más que asentir y suspirar mientras el resto de los reclutas asistían a la conversación con curiosidad.
Casi pudo sentir los ojos aguzados de Ukyo en su nuca, pero le dio igual. Se subió al coche con Ryoga y se ajustó el cinturón del copiloto. El hombre le dedicó un sentido gesto de entendimiento, y regresaron a la carretera.
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…
Más de una hora después Akane y Ryoga estacionaron en las instalaciones de un hospital militar. La chica se bajó del vehículo mareada, con la sensación nefasta de que habían dado demasiadas vueltas para llegar a un lugar que no distaba tanto de donde se encontraban en un principio.
En todo caso miró hacia el feo edificio llena de congoja, Ryoga apoyó una mano en su hombro intentando infundirle un ánimo que él tampoco sentía.
—¿Vamos? —preguntó, y Akane le siguió sin dudar. Entraron en el espartano lugar, bastante desangelado aunque limpio. Las luces eran fuertes y el suelo resplandecía demasiado. Era viejo, frío y funcional.
—Seguimos teniendo algunos contactos —inició de nuevo Ryoga la conversación, como si quisiera romper el hielo ante la tensa atmósfera—. Obviamente ante cualquier imprevisto contamos con asistencia médica para todos vosotros.
Akane asintió, no era algo que se hubiera planteado en ningún momento, pero agradeció que hubieran pensando en todo. Por el camino se encontraron con algunos militares ante los que Akane intentó bajar la cabeza y pasar desapercibida, también se cruzaron con sanitarios y camilleros, todos lo suficientemente ocupados para no fijarse en sus caras cansadas, en sus ropas negras de intervención, en sus pasos acelerados.
Se detuvieron en una vacía sala de espera, Ryoga llamó a Ryu por teléfono mientras Akane sólo podía retorcer las manos en agonía. Le habían dado, estaba herido, por su culpa Ranma había acabado en el hospital. Por sus malditas dudas, por desobedecer una orden directa. Ahora más que nunca regresaban a ella sus duras palabras sobre la importancia del respeto, del rango y la disciplina. No era una niña, no quería romper a llorar, culpable y llena de remordimientos.
¿Qué iba a decirle? ¿Acaso bastaría con pedir perdón? ¿Con decirle que había tenido razón en todo?
Ryoga regresó con el ceño fruncido pero evidentemente más tranquilo.
—Está bien, ha sido una cirugía fácil.
—¿¡Cirugía!? —estalló Akane, ahora sí con el alma en los pies, el hombre asintió manteniendo la compostura.
—Un tiro limpio, sin afectación de órganos, pero sangraba mucho.
—Oh, Dios mío… —gimió Akane sintiendo las piernas temblar. Por supuesto que no bastaría con una maldita disculpa, si el capitán Saotome quería volver a sus castigos físicos, a machacarla en la lona o a arrastrarla por el bosque aceptaría de buena gana con tal de pagar su error.
—Se pondrá bien —Insistió de nuevo el estratega, el cual ya había comenzado a quitarse capas de ropa y a quedarse en manga corta, como tenía por costumbre.
Ryu fue a buscarlos unos instantes después, y al ver a Akane no pudo evitar pegar un respingo.
—¿Tendô? ¿Qué haces aquí?
—Yo… ¡fue culpa mía! —exclamó haciendo una profunda reverencia, Ryu la observó severo y Ryoga se encogió de hombros, haciéndole entender que no le había quedado más opción que traerla.
—Eso no es cierto. Seguramente la policía recibió un chivatazo —intentó tranquilizarla Kumon, pero ella no estaba dispuesta a dejarlo estar.
—¡No disparé a tiempo! ¡No le cubrí bien!
—Tendô, Ranma se encuentra bien, de veras.
Ella se atrevió a alzar la cabeza apenas unos centímetros, aún cubierta de vergüenza, pero ligeramente esperanzada.
Sus dos entrenadores la observaban con diferentes grados de curiosidad.
—Acaban de llevarlo a la habitación, supongo que puedes verlo por ti misma —concluyó Ryu haciéndole un gesto con la cabeza, y guiándolos por varios pasillos y ascensores.
Akane se quedó un instante en la puerta, retorciéndose las manos.
—Solo será un momento —dijo a los dos hombres, después tomó el picaporte, cogió aire y entró de golpe.
Allí estaba él, de un color pálido extraño, con los ojos cerrados, dormitando. La teniente cerró despacio la puerta a su espalda y se acercó a su capitán, cauta, con el corazón en un puño mientras atisbaba el apretado vendaje en su desnudo tórax, que subía y bajaba al ritmo de su pausada respiración.
Parecía en paz, y aún así ella no podía dejarlo estar. No podía quedarse allí con todos aquellos alborotados pensamientos.
—Ranma… —susurró con miedo de tocarlo, y él despertó de su sueño narcótico, con la mirada perdida hasta que sus errantes iris se encontraron con los suyos.
—Ey, hola —sonrió a pesar de la palidez y las ojeras, una sonrisa cansada y hermosa.
Akane sintió que algo revoloteaba dentro de ella, cálido, fulgurante.
—Ha sido culpa mía — Se apresuró a disculparse—. Si hubiera abierto fuego desde buen principio esto no habría pasado.
—¿El qué? —dijo él confuso.
—¡No te habrían disparado! —exclamó la pequeña teniente frunciendo el ceño.
—¿¡Me han disparado!? —preguntó alarmado, incorporándose ligeramente en la cama.
Akane pestañeó ante la cara de confusión del capitán. A pesar de todo estaba condenadamente guapo, con su cabello suelto y esa cara de bobo.
—Capitán… ¿sabe quién soy? —tentó acercándose al borde de la cama, no creía que tuviera nada parecido a la amnesia, pero había escuchado historias de soldados que perdían la cabeza después de ser heridos en una batalla. No era ni mucho menos una preocupación menor.
—Eres mi novia —concluyó con una sonrisa de borracho orgulloso.
Esa era la explicación, iba hasta arriba de morfina.
Akane se armó de paciencia, a pesar de que le resultaba ligeramente chistoso… y vergonzoso.
—No, no tenemos ese tipo de relación —dijo apurada, el pobre seguro que estaba mezclando cosas en su mareada cabeza hueca.
—¿Quéeee? —preguntó haciendo un puchero—. ¿Por qué no?
—¡P-pues porque no! —se descubrió sobresaltada, azorada y jadeante. ¿Ese estúpido no podía dejar de sacarla de sus casillas ni habiendo estado al borde de la muerte?
Ranma no parecía nada convencido, fruncía el ceño como un niño al que le arrebatan su juguete tras portarse mal.
—E-en todo caso sólo he venido a disculparme —continuó Akane apartando la mirada, sintiendo que esa faceta de Ranma era aún más peligrosa que su cinismo habitual.
—Oh —jadeó complacido—. Entonces…
Se suponía que estaba convaleciente, y que no tendría tanta fuerza. Pero Akane se encontró de pronto sorprendida por sus manos, por sus brazos fuertes que la alzaron y arrastraron hasta la cama, sobre él.
—Quiero un beso —dijo altivo, y ella oyó un grito de terror dentro de su cabeza, un galope extenuante que no podía ser más que su corazón explotando en pedazos, como una granada de mano.
Ranma se acomodó en la cama sin soltarla, atrayéndola sobre su cuerpo y Akane no pudo más que jadear, atrapada en ese lazo de brazos enormes y manos rudas. El muy imbécil parecía tan pagado de sí mismo que merecía un puñetazo, de hecho se hubiera llevado un puñetazo de no ser porque no estaba en sus cabales.
Y porque Akane sentía los brazos tan flojos que no se veía capaz de hacer ni la fuerza de un gatito.
—Ranma, no… No es…
—No qué —protestó él, con sus ojos ahora prácticamente grises, velados por la medicación, mirando atento el movimiento de sus labios.
— …adecuado… —susurró mientras sentía el vértigo en el estómago, la sangre en las mejillas y el asfixiante y absolutamente delicioso calor reptando por su bajo vientre.
Ella también miró su boca, estaba a apenas un palmo, tan gruesa y apetecible.
Akane se sintió caer del precipicio, sin cuerda ni paracaídas, se sintió flotar a la deriva un instante antes de entrar en razón. Ranma no quería besarla a ella, solo estaba intoxicado de sedantes.
Liberó su mano derecha y sin cuidado ninguno se la puso en la cara, apoyándose completamente sobre su cabeza, hasta hundirle en la almohada ante su sonora protesta. El capitán gruñó pero terminó por liberarla y ella se arrojó desde el borde de la cama hacia el suelo, cayendo con un sonoro golpetazo.
Se apoyó sobre las manos, intentando encontrar su dignidad que ahora debía estar en algún piso subterráneo. Ryu y Ryoga entraron en la habitación al escuchar el golpe, y Akane no pudo más que recomponerse y salir a toda prisa por la puerta, intentando disimular su propio sonrojo, sus piernas temblorosas. Intentando excusar que Ranma Saotome estuviera en la cama retorcido tras llevarse un codazo en mal sitio a causa de su huída.
—Esperaré en el coche —murmuró mientras ambos hombres la miraban salir, interrogantes.
Akane se precipitó por los pasillos, sus pasos se volvieron rápidos hasta casi rozar la carrera, después de perderse en varios giros consiguió alcanzar una de las salidas laterales del monstruoso edificio sin saber siquiera cómo.
No aguantaba más emociones por un día, pero se alegraba de que él estuviera bien, se alegraba muchísimo. Tomó un hondo suspiro y se dejó caer de cualquier manera contra la fachada, terminando sentada en el suelo, mesándose los cabellos. El sol apenas aparecía por el horizonte, iluminándola con sus débiles rayos vespertinos.
Por supuesto que ese idiota no le gustaba. No, a ella le gustaba otra persona, y si Akane no hubiera tenido el desacierto de estar ahí cuando despertó, el muy estúpido sin duda habría intentado coquetear con alguna incauta enfermera.
Se auto convenció de que, obviamente, Ranma no había querido besarla, y si lo había intentado era porque los médicos le habían tostado el cerebro. Lo que estaba claro es que sus suposiciones iniciales sobre él quedaban descartadas.
No era gay. Qué estúpida haberlo supuesto, y qué manera más bochornosa de averiguarlo.
Intentó sobreponerse a los nervios, a la sensación de anticipación, a su piel erizada. Intentó con toda su alma ignorar ese golpeteo insistente en su pecho.
Mandó al orden todos los pensamientos que se agitaban en su cabeza como en un avispero. ¿Cuántos hombres podían ponerse de acuerdo para hostigarla de aquella manera?
Necesitaba comer, una ducha y dormir, no necesariamente en ese orden.
Se puso en pie y se dirigió hacia el vehículo, solo para maldecir cuando se dio cuenta que no tenía las llaves. Sin nada mejor que hacer se sentó en el capó, mientras observaba el ir y venir del personal sanitario en el cambio de turno.
Un vehículo aparcó no muy lejos de donde se encontraba, era un coche caro, negro y reluciente. De la parte de atrás se bajó una mujer, una de esas que no puedes dejar de mirar, por más que lo intentes.
Akane observó pasmada como la despampanante mujer corría sobre sus tacones rojos, hacia la entrada principal. Para disimular su evidente popularidad no llevaba más que unas enormes gafas de sol.
—Esa es… ¿Shampoo? —preguntó la militar en voz alta, perpleja.
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¡Muchísimas gracias a todos por leer!
Espero que estéis disfrutando de este fic, y que las escenas de acción se entiendan bien.
Este capítulo me gusta mucho, y es que Ranma siendo sexy de forma insconsciente es demasiado tentador...
También queria agradecer especialmente a mis betas SakuraSaotome y Lucita-chan por sus correciones en todos los capítulos, y por siempre estar ahí pese a toda la lata que les doy, ¡sois las mejores!
Besos
LUM
