Papyrus, mostrando toda su aperlada dentadura, le sonrió. Sans le devolvió el gesto vagamente, aunque en su interior estaba un algo interesado por lo que iba a suceder en las vacaciones.
Eso no impedía que todavía le diese pereza todo.
El albino más alto aparco la motocicleta pegada a la acera, en frente de verjas de metal oxidado, que por el tiempo, se había coloreado por diferentes tonos de grises.
Justamente, cuando el motor dejó de rugir, un coche aparcó unas casas atrás suya, de él, salieron, de manera rápida, a la vez que los niños saltaban, con su bañador, cada uno de distintos colores que al moverse parecían luces de colores. Los padres se bajaron del coche también, con brillantes sonrisas sacaban diferentes juguetes del maletero, además de toallas y flotadores. Con una carrera rápida, la familia se dirigió hacia ellos, ya que dos casas abajo, estaba el comienzo del paseo marítimo y por ende, la playa.
Pasaron por su lado sin inmutarse, las risas de los niños llegaron a sus oídos, incluso con el casco todavía sobre su cabeza, sus voces sonaron fuertes y agudas, risueñas, calentado suavemente su corazón.
Sans sonrió.
Así era el verano en la playa, niños chillando de alegria, padres agotados pero contentos; colores y diversión.
¿El se contagiaría de esa emoción? No lo sabía, aunque tampoco le importaría.
Papyrus fue el primero en bajarse del vehículo, con la maleta de Sans todavía a su espalda, se quitó el casco y le sonrió. Con entusiasmo comenzó a hablar de cómo había encontrado la casa.
El ojiazul se quitó el casco con pereza, estaba más ensimismado en ver el paisaje tan diferente que ignoró casi totalmente el parloteo de su hermano.
Una corriente de aire más intensa que las demás, revolvió su indomable cabello, además, el aire no hizo más que agitar con fuerza todas los hojas de las palmeras de su alrededor, el sonido de las hojas chocando, que tan común era, que tanto desatendía en la ciudad, sonaba completamente diferente al pasar por sus orejas.
Aspiro con suavidad, así de cerca de la arena, el ambiente era mucho más húmedo, salado. El mar, causante de todo eso, lo podía escuchar con claridad, el romper de las olas en la arena, e incluso, si se prestaba atención, las conversaciones de las personas se mezclaban entre sí, ruidosas pero no agobiantes como los de las urbes.
Sans miro hacia allá, hacia donde provenía el ruido, se podía ver el mar en el horizonte, anaranjado por la caída del sol, un circulo brillante y cegador que se escondía entre las olas, oscureciendo el cielo que se volvía de colores rojizos y morados, como si el cielo fuese cuenco de frutos silvestres, moras y frambuesas. Solo faltaban minutos, quizás un par de horas como máximo, y el cielo se volvería carbó ón azabache y moteado, de pálidos luceros.
El chico se rasco con cierto pesar el cuello, al parecer aquella familia había llegado más tarde de lo que parecía. Quizás no le daría tiempo para mucho, o quizás todo lo contrario, tal como lo solía hacer Paps, exprimía al máximo toda la diversión cuando el toque de queda estaba por llegar. Él sonrió. La familia seguro que dejaría seco el mar, disfrutando del entretenimiento del balanceo de las olas.
Con pasos cortos se movió hacia la entrada, seguía con la vista pegada al mar. Cuando noto que estaba a segundos de chocarse, apartó la mirada, disgustado, se centró en entrar de una buena vez dentro de la casa que sería su hogar durante algunos días.
No era muy diferente a aquellas que había podido cotillear, un suelo repleto de césped verde y corto, dejando un trozo cementado en gris para el aparcamiento de vehículos. Palmeras largas se erguían, aferrándose a la yerba sin necesidad de ninguna maceta que la sostuviera, y, si se miraba hacia al cielo, mezclado con el celeste, se podía ver las largas hojas verdes. No eran los únicos árboles que habían sido plantado allí, entre el césped se podía observar las raíces, emergiendo y sumergiéndose del suelo, tal como lo haría el inexistente monstruo del Lago Ness. Eran raíces de otro árbol, del cual desconocía completamente su nombre, de tronco robusto con abundantes olas verdes.
Papyrus volvió a subirse encima de la motocicleta, que, con un corto bramido, se adentró en el aparcamiento. Sans lo observó, no se había fijado en él con demasiado interés, sin embargo, esta vez notó como su control con la moto había mejorado gratamente. Sus movimientos eran más seguros que cuando tenía diecisiete, sus protecciones ya no le protegían del propio vehículo, sino que lo acompañaban como si fuese su piel. Sus movimientos habían cambiado de ser indecisos a firmes, al igual que su andar.
Incluso si solo eran metros, vio la diferencia del motorista primerizo al Papyrus de hoy en día.
Mientras Papyrus aparcaba, observo el muro blanco de detrás de él. Macetas de diferentes colores brillaban con los rayos del sol, plantas y flores crecían sobre ellos, llenado de alegría aquel muro que era su lienzo en blanco. En el suelo, separado del cemento por, también, blancas piedras, separaban algunas flores más de las que solo diferenciaba a las rosas ¿sevillanas? Y si no mal recordaba, algunos claveles y margaritas entre otras.
Giro sin interés hacia el otro muro, esperaba que fuese igual o parecido. Sin embargo, alzo una ceja desconcertado.
Donde debería estar un muro lo suficiente alto para permitir la intimidad entre casas, solo había uno de un poco más de un metro. Al contrario que la homogénea pared blanca, esa estaba rodeado de enredaderas, que al igual que una cascada se caían por encima, extendiéndose por todo el blanco, manchándolo, por el anochecer,de un verde casi rojizo punteado de estrellas de cuatro puntas amarillas.
Sans se acercó, extrañado por la razón por la cual Papyrus habría decidido elegir esa casa entre otras. El sonido de las palmeras comenzó a mezclarse con el ruido del agua cayendo.
Habría una persona regando, supuso, incluso con su altura, podía ver el jardín y el portal del vecino. Quizás hubiera tenido sentido de que su hermano decidiese esta casa si su contigua, estuviese vaciada, pero, ¿con alguien viviendo allí?
Sans elevó los hombros, no le importaba mucho, Dudaba salir mucho al jardín, por pereza en su mayoría, así que la falta de intimidad no tendría porque sufrirla. Si. Lo más seguro que aquel vecino sería un amigo de Paps, si era así, podría ser la respuesta. Abandono la mirada de las flores, centrándose en Papyrus. Él, después de aparcar, se había entretenido hablando con una anciana en la puerta. Su conversación parecía animada, Paps sonreía con alegría mientras la anciana lo acompañaba.
Suspiró, y con un pequeño vistazo de más, busco en el jardín un lugar en el cual descansar. Con pereza, se desplomó en una endeble tumbona. Esperaría a Papyrus para el tour de la casa.
-¿Ah? Pues será verdad, los idiotas siempre van acompañados. ¡Que diversión!
