Papyrus regresó de la cocina con un par de platos en donde reposaban las pizzas.
Con una sonrisa alegre, Papyrus se sentó en el sofá mientras comenzaba a partir las pizzas en triángulos de diferentes formas.
No fue necesario el encender la televisión, Papyrus se encargó de mantener una amena conversación con su hermano a la vez que disfrutaban de aquella comida precocinada. El ruido de la conversación alegraba el ambiente de la casa.
Sans no pudo evitar que se le escapase una tranquila sonrisa. Su hermano era capaz de convertir aquellos sosos trozos en algo más sabroso, no con condimentos ni salsas, la propia atmósfera que rodeaba a Papyrus era lo único que se necesitaba.
La emoción del reencuentro consumió a ambos hermanos que tardaron poco en dejar en los platos solo migajas.
Terminado de comer, Sans hubiera sido capaz de quedarse ahí dormido, en el suave sillón, de mullidas almohadas de colores, que lo mecían agradablemente. Mas, el de ojos anaranjados no iba a dejarlo allí. Con gestos exagerados y palabras algo más ruidosas de las que se deberían decir en plena noche, le indicó dónde estaría su habitación.
No sin intentar convencer de manera suave a su hermano de quedarse en el salón, se dirigió hacia donde dormiría. Estaba demasiado agotado para insistir a Papyrus.
Ignoró cualquiera de las decoraciones que tuviese la escalera, el pasillo del segundo piso o el resto de las habitaciones. Él era atraído por la cama de su nuevo dormitorio como si se hubiera convertido en una pequeña polilla de alas grises y la cama fuera una potente luz, atractiva y perfecta para calentarse en ella.
Quizás para calentarse no mucho, incluso a la caída del sol, seguía sintiendo él caluroso tiempo veraniego.
Nada más entrar en su cuarto, sin ni siquiera molestarse en tener cuidado en donde dejaba su frugal equipaje, se dejó caer sobre el colchón.
Sintió como su cuerpo rebotaba escasos centímetros hacia delante, a su alrededor, una colcha fina se arrugaba formando olas que convertían su cama en un mar negro de colores platas. Sans, extrañado por la exagerada luminosidad de la habitación, abrió sus ojos azules, sin recordar en qué momentos los había cerrado.
Era una imagen digna de película de terror. La habitación era solo una mezcla de silueta tenebrosas, un enredado claroscuro se cernía sobre todo lo que podía ver, siendo el máximo foco, la brillante luna que se alzaba en el cielo. Veía diminutas estrellas, lo suficiente abundantes para compararla con un traje de feria, sevillano y de diminutos lunares, pero lo suficiente opacadas por la las luces artificiales de las farolas, para molestarse debido a la contaminación lumínica.
Al ser una habitación algo chica, por lo que una de las ventanas era capaz de ocupar una de las paredes.
Entonces, rechazó su idea de quedarse tumbado en la cama. Con un salto raramente emocionado, se acercó hacia el cristal. Delante de esta ventana, había un escritorio, alargado, vacío como contemplar el horizonte en el mar, que uso de reposacabezas al sentarse sobre una silla. Abrió la ventana con cuidado, tímido quizás, que al crearse un pequeño espacio, el aire marino inundó su habitación como una torrentosa riada.
No estaba de cara al mar, pero lo sentía a su espalda, rugiendo mientras rapaba la arena. Mas, lo que estaba en a su frente lo dejo congelado.
Cerró los ojos un segundo. Su rostro cayó completamente en una mueca todo lo cómica que su casi inexpresivo rostro podría hacer. Enarcaba una de sus cejas con repulsión y su sonrisa había mantenido su forma pero caído de una manera desorbitada.
Amaba las bromas, pero esto realmente estaba a otro nivel. Era un chiste malo, un juego de palabras poco ingenioso que cualquier niño pudiera haber descrito. Era una mofa, clara y concisa, tan desagradable como quien lo estaba mirando.
Estaban a escasos metros uno del otro, su ventana algo pronunciada hacia delante quitaba varios centímetros de distancia que deseaba tener en esos momentos. Su vecina, Chara, lo miraba con ojos fríos, que, incluso con su casa sin ninguna luz, relucían en rojo como si dos rubíes se tratasen.
No veía con claridad su rostro, sin embargo, la claridad de la luna era lo suficiente para poder ver que tenía una sonrisa molesta. Aunque ella estuviera molesta, él también lo estaba.
Que el dormitorio de Chara estuviese en frente del suyo, en diferentes casas, pero que parecía que perfectamente que si ambos alzasen sus brazos, sus dedos rozarían entre ellos, tenía que ser una horrorosa befa. Idóneo para un cuento de terror.
-Genial, ¿tendré que ver al Comediante día tras día? ¿No es suficiente con ver al descabezado?
Su voz sonaba irritada, apantallada por la distancia, pero lo suficiente clara para escuchar cada una de las palabras.
-Realmente una sádica. ¿Incluso quieres verme agonizar de temor después de envenenarme con las flores? ¿Eh?
La contestación salieron de los labios de Sans sin que lo hubiera pensado. Fonema tras fonema, rápido, sin apenas complicaciones. Era un engranaje bien engrasado que había funcionado a su antojo.
Para él, hubiera sido más fácil ignorar sus palabras, cerrar la ventana y bajar las persianas. Rechazar todo lo que tuviese que ver con ella.
Hablar, pensaba que era agotador, mantenía pocas conversaciones con sus compañeros de trabajo que no fuese relevante, algún chiste quizás porque eso estaba en sus huesos, pero ¿más de allí? No. Todo se volvía una odisea que le daba pereza hacer el esfuerzo por mantener.
Entonces, ¿que hacía él comenzando una conversación?
Los ojos de ella se fijaron en él, ya no era a la luna, sino en él.
Sintió un extraño regocijo por ello. Un suave calambrazo, que recorrió sus espina nerviosa, rápido y molesto, que había alterado por su paso todo su cuerpo. No sentía cansancio, nada, cero por ciento. Estaba tan activo como recién levantado de una buena siesta entre semana, un café que volvía a dejar en pleno funcionamiento su cerebro.
Se apoyó en una de sus manos mientras echaba un vistazo furtivo hacia el suelo, la luz lunar había pintado en plata las flores amarillas.
¿Volvían a ser las plantas las causantes de su caos interno?
No obstante, Sans, apenas las miró con detenimiento. Tenía enfrente una asesina que disfrutaba con su sufrimiento, que lo miraba y miraba con sus ojos profundos. Ya que tenía la mirada sobre él, no quería que se desviase a sus propias flores.
El solo imaginarse escapar de su visión parecía un sacrilegio, era más desagradable que haberse conocido. Le hacían querer arrancar las flores, una por una y sin dejar ningún pétalo a la vista. Quizás si se acercara y alzara el rostro de la chica con sus manos, así, agarrándola suavemente del mentón. Además de que estaría solo él en su campo de visión, podría tocar su piel.
¿Sería cálida como tocar una llama roja ardiendo o sería fría como su mirada?
Desechó su hilo de pensamiento, se estaba saliendo de la estratosfera. Y cómo se sentía que estaba volando, seguro que era causado por el aroma de las flores
Mas no mostró nada, Sans quería pensar que su rostro seguía tan tranquilo como siempre.
-Comediante...
Chara lo miró casi sorprendida o Sans lo vio así. Sus ojos se agrandaron como dos grandes lunas llenas de sangre, y sus labios se cerraron en una fina línea. No podía ver su posición, ni su cabello, ni su cuerpo. Era como una pequeña diablilla que le pillan causando caos entre las tinieblas.
Sonrió por la comparación. Quizás no era solo una asesina, era el mismo demonio.
-... ¿Que? ¿La estupidez es de familia?
