Disclaimer: Todo Dragon Ball pertenece al legendario Akira Toriyama (Q.E.P.D.).
Si estuviera en mis manos, de alguna manera eliminaría por completo Dragon Ball GT de la faz de la tierra XD solo me quedo con el opening y el ending. Nada más.
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Capítulo 6 Príncipe heredero (del planeta Vegeta)
Proverbios 16:9:
«El corazón del hombre traza su rumbo, pero sus pasos los dirige el Señor».
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El ambiente estaba como para cortarlo con un cuchillo. Kioran observaba a Trunks de arriba abajo con un deseo evidente, teñido de curiosidad. Había algo en él que la atraía, algo que no lograba comprender del todo. Desde el entrenamiento, esa sensación solo se había intensificado. No era solo su rostro, su cuerpo o su manera de moverse... había algo más profundo, algo en su presencia que despertaba su interés de una forma casi visceral.
Trunks, que había estado tratando de concentrarse en cualquier cosa excepto en el recuerdo de esa saiyajin desnuda (y fallando miserablemente), dio un respingo tan brusco ante su sugerencia que casi perdió el equilibrio. La pregunta lo tomó completamente desprevenido y, por un segundo, no supo si había escuchado bien.
—¿Apa... qué? ¡¿Quééé?! —chilló finalmente, apretando todavía más los párpados mientras un rojo brillante invadía su rostro.
Kioran soltó una carcajada ante su reacción, disfrutando el desconcierto que le había causado. Su incomodidad la divertía, lo que solo incrementaba el impulso de provocarlo más.
—Oh, por dios, no seas infantil —declaró en tono condescendiente, como si le hablara a un niño—. Aparearse es lo más natural del mundo, ¡todas las razas lo hacen! Supongo que los terrícolas también.
Completamente ruborizado, Trunks tartamudeó buscando formular una respuesta coherente. No sabía si estaba más desesperado que avergonzado, y esa mixtura de emociones lo hacía parecer mucho más joven de lo que realmente era.
—¡N-no tengo por qué hablar de estas cosas c-contigo! Es algo p-privado... —balbuceó, cada palabra saliendo más forzada que la anterior, como si su cerebro estuviera atrapado entre dos impulsos contradictorios.
Entretenida por su reacción, y por la forma en que sus puños tiritaban, Kioran puso los brazos en jarra para seguir provocándolo.
—¿Privado? —repitió entre risitas—. Si solo estamos tú y yo aquí… ¡Ah, ya sé!, seguro que nunca lo has hecho, ¿verdad? —aventuró, ahora con un toque de curiosidad.
Aunque realmente no se trataba más que de un blufeo, puesto que ella tampoco tenía experiencia… Es solo que siempre se espera de un macho que sepa lo que hace, ¿no?
Trunks abrió la boca para responder, pero no pudo articular palabra. La vergüenza lo envolvía por completo, y cada intento de defensa solo terminaba por hundirlo más.
—¡Eso no es de t-tu incumbencia…! —trató de replicar, pero su voz temblaba, traicionando cualquier intento de seriedad.
La mirada de Kioran se tornó aún más intensa. Seguía analizándolo, buscando en él una respuesta de por qué sentía ese deseo tan repentino e irracional, sobre todo porque su aparente inocencia era un obstáculo y no algo encantador. «Esto es ridículo», resopló para sus adentros. ¿En qué gastaban su tiempo los terrícolas, entonces? Según lo que sabía, no eran una raza guerrera destacada, no producían alimentos dignos de exportación, y su tecnología no tenía nada impresionante. Por lo visto, aparearse tampoco estaba entre sus prioridades.
—Te prometo que seré gentil —se burló, dejando que la diversión se filtrara en su voz.
Trunks, al borde de la implosión por la manera en que ella lo trataba, intentó controlar el calor que subía por su cuello. No solo era desesperante lo que Kioran le decía, sino cómo se lo decía. Esa mezcla de burla y seducción lo descolocaba de una manera que no podía controlar, hecho que le frustraba aún más.
—No me trates como a un crío —respondió finalmente, el enfado claramente reflejado en su voz—. Además, para hacer... eso, al menos deberíamos llevarnos bien.
Kioran volvió a reírse, claramente entretenida con la situación. «¿Llevarnos bien?», pensó con sarcasmo. Como si eso tuviera algo que ver con su propuesta...
—No hablo de ser amigos, solo de pasar un buen rato. ¡Qué dramático eres! —respondió, sin perder la sonrisa provocativa.
Trunks no pudo más. Entre la incomodidad y esas provocaciones, su frustración aumentaba en niveles insospechados. Frunció el ceño y gritó con desesperación:
—¡¿Por lo menos puedes vestirte?! —exigió, porque estaba seguro de que seguía desnuda, y no iba a arriesgarse a abrir los ojos para comprobarlo.
—Es que tengo calor… —expresó con marcada malicia, adoptando una pose más relajada—. Y por lo que veo, tú también —añadió, señalando con un gesto divertido hacia la parte inferior de su cuerpo.
Trunks se giró inmediatamente, dándole la espalda para ocultar su creciente vergüenza.
—No soy de piedra —murmuró. Solo eso le faltaba…
Ella se echó a reír con todas sus ganas, logrando una interesante resonancia en las paredes de la habitación. Quitándose la toalla del cabello y arrojándola al suelo, decidió que no iba a presionarlo más… solo por ahora. Sabía que lo había llevado al límite, y aunque le parecía entretenido, en ese momento sus prioridades eran otras. Tenía hambre, y su estómago iba a manifestarse en cualquier momento. Sin más, cogió una bata que había dejado sobre la cama antes de bañarse, y se la colocó rápidamente.
—Que sepas que esto es solo una tregua —le advirtió, colocándose justo delante y poniéndole un dedo bajo la barbilla para obligarlo a mirarla.
Trunks abrió lentamente los ojos, y al notar que ya no iba desnuda, se enderezó, aunque el enojo y la vergüenza aún se reflejaban en su rostro. Ella seguía riéndose por dentro, disfrutando la satisfacción de haberlo presionado al punto de… bueno, de hacerlo reaccionar tan visiblemente. Pero justo en ese momento, algo en su mente pareció hacer clic.
Esos rasgos definidos y angulosos, la firmeza de su mandíbula, la intensidad de sus ojos cuando fruncía el ceño... Había algo inconfundiblemente familiar en él. Algo que, hasta ahora, no había logrado identificar, pero que, de repente, comenzaba a cobrar sentido.
Entrecerró los ojos para lograr observarlo con más detenimiento. Trunks notó el cambio en su mirada, y una nueva incomodidad lo invadió.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó en tono cansino, todavía tratando de recuperar el control de la situación.
—Tu rostro... se me hace conocido, pero no logro entender por qué... —murmuró, su mirada fija en él, cada vez más intensa.
Él dejó escapar un suspiro. Sabía exactamente a lo que se refería, pues no era la primera vez que alguien notaba el parecido, y aunque hubiera preferido revelarlo bajo otras circunstancias, no es que tuviera mucha opción.
—Seguro te recuerdo a Vegeta —dijo finalmente, frunciendo ligeramente el ceño.
Kioran se quedó en blanco por un segundo, y luego, como si hubiera recibido un golpe inesperado, su expresión cambió por completo. Retrocedió dos pasos, fulminándolo por su atrevimiento.
—¡Príncipe Vegeta para ti, plebeyo ordinario! —exclamó, consternada—. ¿Cómo se te ocurre nombrarlo de esa forma tan casual? ¡Llamarlo así, como si lo conocieras de toda la vida...!
Pero entonces, mientras procesaba lo que acababa de escuchar, encajó otra pieza en su cabeza. Aquellas palabras, pronunciadas con demasiada seguridad, le dieron forma a una nueva sospecha.
—Espera un segundo... —murmuró, ahora incrédula—. ¿Cómo adivinaste? ¿Lo conoces?
Trunks inclinó la cabeza levemente, evitando su mirada por un instante. Sabía que este momento llegaría eventualmente, el de explicarle a la mujer saiyajin que él también tenía sangre de aquella raza guerrera por su vínculo con Vegeta…
—Lo supe porque es mi padre —murmuró tras un breve rato, asegurándose de que Kioran lo escuchara con claridad.
La palabra «padre» resonó en los oídos de Kioran como si el mundo entero se hubiera detenido de golpe. Durante unos segundos, todo a su alrededor pareció volverse borroso, mientras su cerebro intentaba procesar lo que acababa de escuchar. El impacto fue abrumador, golpeándola como una onda expansiva que le robaba el aire.
—¿P-padre? —logró articular, aunque su voz sonaba débil y temblorosa—. ¿Tu... padre?
Él asintió, todavía sin mirarla directamente, como si la reacción de Kioran fuera algo que preferiría no ver de frente.
—Sí, Vegeta es mi padre —repitió, como si estuviera agotado de decirlo.
La realidad de lo que eso significaba la golpeó como un mazazo. Kioran sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones, y su corazón comenzó a latir con fuerza descontrolada. «¿El hijo del príncipe Vegeta?», pensó, incapaz de asimilarlo del todo. Trunks no solo era un guerrero muy fuerte, ni un Patrullero del Tiempo... ¡era el primogénito del príncipe del planeta Vegeta! Pero lo más sorprendente y perturbador era que no había visto venir cierto detalle crucial: ¡también era un mestizo saiyajin!
El cabello lavanda, los ojos azules... todo en él gritaba lo contrario a los rasgos distintivos de su raza, donde el cabello negro y los ojos oscuros eran una regla de oro. ¿Cómo podía alguien con ese aspecto ser un saiyajin? Nunca lo hubiera adivinado.
—¡Carajo! —exclamó, llevándose una mano al pecho por la sorpresa.
El silencio que siguió fue casi insoportable. Kioran se quedó mirándolo, pero todo en su interior parecía un caos: la admiración que había sentido por Vegeta, la atracción confusa que ahora se mezclaba con esta nueva información, y la conmoción de saber que Trunks era un mestizo. Llevaba en sus venas su herencia.
De repente, una nueva idea la golpeó como otro mazazo: ¡estuvo tratando de seducir al heredero legítimo de su raza como si se tratase de un guerrero de clase baja igual que ella!
—¡Y yo…! —murmuró, agarrándose ahora la cabeza como si intentara mantener todo en su lugar y que no explotara como una granada—. ¡Lo siento mucho, príncipe heredero! —dijo de golpe, haciendo una profunda reverencia, cargada de respeto.
El cambio en su actitud fue tan brusco que Trunks apenas pudo reaccionar. Kioran, criada para adorar a la realeza de su especie, se encontraba ahora ante el mismísimo sucesor del príncipe Vegeta; una figura divina, omnipotente. Sus instintos la empujaron a reverenciarlo de forma automática.
Era tal la humildad en su inclinación que las puntas de su largo cabello rozaban el suelo. La burla, el desdén y la actitud desafiante que solían caracterizarla habían desaparecido por completo. En su lugar, solo quedaba un profundo respeto.
Trunks, sin embargo, estaba completamente desconcertado. La brusquedad con la que su actitud había cambiado lo tomó por sorpresa. Apenas un segundo antes estaba provocándolo, ¿y ahora se inclinaba ante él como si fuera una figura intocable?
«¿Príncipe heredero?», se preguntó, sin poder creerlo. La incomodidad comenzó a teñirle las mejillas y dio un paso atrás, claramente abrumado por la escena.
—¿Qué... estás haciendo? —preguntó, con el ceño fruncido, tratando de entender el cambio radical en el comportamiento de Kioran.
—Sepa perdonarme, no sabía que usted era el hijo del príncipe Vegeta —respondió, hablando de una manera muy formal—. Esta guerrera de clase baja no es digna de mirarle a los ojos, príncipe heredero.
La reverencia seguía siendo tan exagerada que Trunks se sintió incómodo solo de mirarla. «¿Pero qué demonios está pasando?», se quejó por dentro mientras extendía una mano hacia el hombro de Kioran, tocándola suavemente con la intención de que se levantara.
—No me llames así —le pidió, casi un ruego—, y deja de inclinarte de esa manera. Soy Trunks, nada más. No quiero que me trates como si fuera alguien especial.
Kioran se enderezó lentamente, pero en su rostro seguía pintado el respeto casi absoluto. El impacto de lo que acababa de descubrir seguía pesando en su interior, y aunque él insistiera en no aceptar su linaje como algo importante, para ella lo cambiaba todo.
—Pero... —comenzó a decir, su voz aún temblando ligeramente—. Usted es… eres el hijo del príncipe Vegeta —se corrigió, tuteándolo porque tenía cara de querer salir corriendo—. Eso significa que yo... no puedo tratarte como a alguien común. Es mi deber respetarte.
Trunks resopló con fuerza, pasándose una mano por el cabello en un gesto que reflejaba una gran frustración. Al parecer los saiyajines, especialmente aquellos de clase baja, mantenían esa devoción ciega hacia la realeza. Para Kioran, su linaje debía parecer algo sagrado. Pero, para él, no tenía ninguna importancia.
—Deja de decir esas cosas, por favor —demandó, mirándola directamente a los ojos mientras volvía a empujar suavemente su hombro para que se irguiera del todo—. No soy un príncipe, ni heredero de nada. Solo soy Trunks —reiteró, rezando para que le entrara la información en el cerebro—. Y prefiero que me trates como lo has hecho hasta ahora, con toda tu impertinencia incluida.
Incrédula, Kioran parpadeó repetidamente, como si estuviera luchando por reconciliar las dos imágenes en su mente: el guerrero con quien había entrenado y discutido poco rato atrás, y el hijo del hombre que había admirado toda su vida. ¿Cómo podía alguien con la sangre de Vegeta en sus venas pedir que lo tratara como a un igual? La nobleza saiyajin debía respetarse por encima de todo.
—¡De ninguna manera! —respondió rápidamente, volviendo a la formalidad—. Yo le debo completa obediencia. Siempre.
—¿Qué tengo que hacer para que me hagas caso? —gruñó cansado de la conversación.
—¿Qué tengo que hacer para que usted entienda lo que esto significa, príncipe? —retrucó, su voz cargada de reverencia y terquedad.
—¡No soy un príncipe! —estalló, harto de tanta estupidez—. ¡No tengo un reino, no hay súbditos y, maldita sea, tampoco quiero nada de eso! ¡Solo quiero que todo siga igual que hasta ahora y ya! —Frustrado, dejó escapar una risotada amarga y habló en tono irónico—. ¿Quieres que te dé una orden? Ahí va: te ordeno que me trates como a cualquier persona. ¿De acuerdo? —finalizó, su paciencia por completo agotada.
Kioran, en respuesta, se cuadró como un soldado frente a un superior, golpeando con fuerza sus talones.
—¡De acuerdo! —exclamó, su postura rígida y su mirada seria—. Haré lo que me pidas, príncipe heredero.
Trunks se dio otra palmada en la cara, sin saber si reír o llorar.
—Ay, mierda… —masculló, sintiendo cómo su frustración iba mutando lentamente hacia la resignación.
Y, una vez más, estaban discutiendo. Era como si sus caracteres estuvieran destinados a chocar en una colisión constante. Trunks, a estas alturas, se sentía sobrepasado, casi ultrajado, por no ser capaz de hacer que Kioran volviera a hablarle como lo había hecho antes. Ver el brillo respetuoso en sus ojos negros le provocaba una incomodidad que no sabía cómo manejar. De hecho, pensó con ironía que casi preferiría volver a verla desnuda y provocándolo... casi.
La discusión continuó escalando hasta que Kioran, con bombos y platillos, anunció que le importaba una mierda lo que él creyera mejor. Iba a seguir tratándolo como lo que era: el heredero de un planeta extinto y de una raza extinta. Y si no le gustaba, pues mala suerte, se aguantaba.
—Haz lo que quieras —cedió Trunks, agotado. Ya no le quedaba energía para enfrentarse a su obstinación… Al menos, no ese día.
Ambos respiraron profundamente, intentando recuperar la compostura. Después de aquella discusión y de la tensión acumulada, necesitaban un respiro.
—Mañana a primera hora nos encontraremos en la cámara de entrenamiento —sentenció el patrullero, ya más sosegado—. Tienes que aprender a controlar tu nuevo nivel de poder. Además, voy a enseñarte nuevas técnicas de pelea.
Kioran lo miró por un momento, evaluando sus palabras. A pesar del choque constante entre sus personalidades, había algo en la forma en que le hablaba, en su convicción, que despertaba en ella una extraña sensación de respeto... y algo más, algo que no necesariamente estaba relacionado a su parentesco con Vegeta. ¿O sí? No sabía.
—De acuerdo. —Estiró los brazos por encima de su cabeza y luego, los cruzó detrás de la nuca—. No sería bueno que el líder de los Patrulleros sea aplastado por una hembra, ¿verdad?
Trunks dejó escapar una sonrisa burlona, como si por un momento olvidara la intensidad del enfrentamiento anterior.
—Claro, qué vergüenza.
Con esas últimas palabras, Trunks se giró para marcharse, claramente aliviado de que la discusión hubiera terminado. Sin embargo, antes de dar el primer paso, volteó hacia Kioran una vez más, sus ojos azules atrapando brevemente los negros de ella.
—Nos vemos mañana, entonces. —Sonó igual a una promesa. Y se dirigió a la salida sin esperar respuesta.
Kioran lo observó alejarse hasta que desapareció por completo de su vista. Cerró la puerta apenas salió, apoyando la espalda contra el metal mientras dejaba escapar un largo suspiro. Sin poder evitarlo, su mente reprodujo una y otra vez la imagen de Trunks caminando hacia la salida, y una leve sonrisa curvó sus labios.
—Uff... —murmuró, su rostro adquiriendo un tono rojizo mientras sus ojos divagaban con pereza por el entorno—. Me va a volver loca.
El silencio llenó la habitación por un instante, pero dentro de ella, el torbellino de emociones y pensamientos seguía ardiendo. No quería reconocer que la anticipación por el siguiente entrenamiento comenzaba a crecer dentro de ella. Y por primera vez en mucho tiempo, esa anticipación no era solo por el combate en sí.
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Trunks resultó ser un gran maestro, y durante los siguientes tres meses, se dedicó a explotar al máximo el potencial de Kioran. No le dio tregua. Cada vez que tenía un momento libre en sus deberes como Patrullero de élite, se reunían en la cámara de entrenamiento para saiyajines. Señalaba con precisión cada uno de los defectos en su defensa y ataque, y aunque ella se esforzaba por corregirlos y hacerlos parte de su técnica, había algo que le impedía avanzar más rápido: llevaba demasiados años peleando con la instrucción que Raditz le había inculcado. Su cuerpo respondía casi automáticamente a lo que había aprendido de él, y cambiar eso se le dificultaba un montón.
Sin embargo, había otro problema más ligado a lo… visceral: la dinámica entre ella y Trunks estaba cargada de tensión, y no precisamente por el entrenamiento. La atracción sexual que sentía por él no desaparecía en absoluto. De hecho, las chispas de electricidad entre ellos parecían hacerse más intensas en los momentos menos apropiados. Mientras practicaban, Kioran encontraba difícil concentrarse, especialmente cuando notaba cómo el sudor resbalaba por su cuello, bajando por la curva de su manzana de Adán. Era un maldito problema.
—¡Concéntrate de una vez! —le ordenó Trunks un día, lanzándole una esfera de ki que ella apenas esquivó, jadeando por el esfuerzo.
Kioran se enderezó, tratando de recuperar el aliento. Estaba agotada, pero no iba a permitir que lo notara.
—Estoy concentrada —gruñó, clavándole una mirada que exigía guerra.
—No lo suficiente —retrucó él al punto, usando un tono severo que ya se había vuelto familiar entre ellos—. Puedes hacerlo mucho mejor. Si no te esfuerzas de verdad, no verás resultados.
La frustración de Kioran crecía con cada corrección. Trunks siempre la empujaba al límite, exigiendo más de lo que ella creía que podía dar. Eso la irritaba tanto como la motivaba. Sí, de cierta manera agradecía que la empujara siempre más allá, pero otra parte simplemente quería estrellarle el puño en la cara… o empotrarlo contra la pared, heredero de la monarquía de su raza o no.
—De acuerdo, príncipe heredero —espetó con sarcasmo, usando el apodo que le había quedado como si fuese su nombre—. Pero no esperes milagros.
Trunks rodó los ojos, visiblemente cansado de su actitud desafiante, pero decidió no caer en la provocación. Sabía que, si se dejaba llevar, la discusión no terminaría bien.
—Hoy te voy a enseñar una nueva técnica—señaló, sin hacerle ningún caso—, se llama Masenko.
—¿Masenko? —repitió con una mueca—. Suena… raro.
El patrullero se apartó unos metros de un salto, adoptando una postura firme mientras cruzaba las manos por encima de su cabeza.
—Fíjate bien —le indicó, antes de gritar—: ¡Masenko!
Una bola de energía brillante salió disparada de sus manos, rasgando el cielo con una potencia que dejó a Kioran boquiabierta. La fuerza y velocidad con la que se lanzó la técnica eran impresionantes. Trunks bajó los brazos y esbozó una ligera sonrisa, satisfecho con su demostración.
—Impresionante, ¿no?
«Pues sí, no puedo negarlo», pensó disimulando su entusiasmo. La técnica que el bastardo de Raditz le heredó, el Shining Friday, no se comparaba en lo más mínimo con la energía devastadora del Masenko.
—No está mal —respondió, haciendo un esfuerzo por sonar indiferente.
—¿Quieres intentarlo? —le preguntó como si no estuviera seguro de que pudiera hacerlo.
Kioran frunció el ceño, sintiendo el desafío implícito en su voz.
—Por supuesto que quiero intentarlo —replicó, con la mandíbula apretada y los ojos ardiendo de determinación.
Trunks se acercó y comenzó a guiarla con paciencia, indicándole cómo canalizar su energía de manera más eficiente, ajustando la postura de sus brazos y corrigiendo pequeños detalles que marcarían la diferencia. Sin embargo, mientras seguía sus indicaciones, Kioran se encontró luchando por mantener la concentración. Su mente vagaba hacia otros pensamientos: la forma en que Trunks movía las manos al mostrarle los movimientos, la cercanía de su cuerpo al guiarla...
Por un segundo, sus ojos se desviaron hacia él, y el calor que proyectaba su torso hizo que su corazón latiera más rápido. «Cálmate», se ordenó a sí misma, tratando de ignorar la creciente distracción. No podía permitirse que sentimientos como el deseo se interpusieran en su entrenamiento. Claro, pero del dicho al hecho…
Cerró los ojos, respiró hondo y se enfocó en la técnica. Debía dominarla, no solo porque él esperaba que lo hiciera, sino porque su orgullo como guerrera no le permitía menos.
—Levanta las manos —le indicó Trunks, posicionándose desde atrás, corrigiendo su postura—, crúzalas aquí… más arriba… Bien, ahora siente cómo el ki comienza a concentrarse en las palmas. El truco está en mantenerlo contenido antes de liberarlo, así puedes usarlo tanto como un ataque letal como una distracción.
Kioran asintió, jadeando por el entrenamiento y por el deseo. Cerró los ojos por un segundo, bloqueando todo a su alrededor, y se concentró en la energía que comenzaba a arremolinarse entre sus manos. El calor del ki pulsaba, y ella podía sentirlo, una fuerza viva que respondía a su llamado. La sensación de poder que recorría su cuerpo era indescriptible.
—¡Masenko! —gritó, lanzando la onda de energía hacia el cielo.
La explosión de energía no fue tan poderosa ni tan precisa como la de Trunks, pero la técnica había funcionado. Una sonrisa de satisfacción cruzó su rostro, algo inusual en ella. ¡Lo consiguió!
—Nada mal para ser la primera vez —comentó el joven, aunque su tono seguía siendo crítico—. Con práctica, lo perfeccionarás.
Kioran esbozó una sonrisa ladina, el desafío que siempre brillaba en sus ojos se intensificó.
—Ya verás cómo te supero de aquí a un mes —aseveró.
Él reaccionó soltando unas risas, como si la idea le resultara entretenida.
—Para eso, lo primero es que te mantengas concentrada —le recomendó, volviendo a la seriedad—, porque hasta ahora te he visto más con la cabeza en las nubes que aquí. No puedes negarlo.
Kioran puso los ojos en blanco, admitiendo en su fuero interno que tenía razón. Su mente se desviaba constantemente, sobre todo cuando él estaba cerca. La distracción, el deseo… eran obstáculos que tenía que superar si realmente quería mejorar en su técnica de pelea. Había hecho progresos decentes durante esos tres meses de entrenamiento intenso, pero aún tenía puntos muy importantes de los que hacerse cargo. Era como si se obstaculizara a sí misma, de forma involuntaria, con tanta distracción.
Pero en cuanto a lo positivo, gracias a las enseñanzas de Trunks había perfeccionado su control del ki, aumentando su velocidad y resistencia, y prácticamente logró superar su dependencia de los Scouters. Aunque todavía le costaba detectar energías más débiles, como la de los civiles, había aprendido a distinguir sin problemas un ki hostil de uno amigable.
Lo respetaba como maestro, sí, pero no podía negar el ardor que seguía creciendo dentro de ella. Le dio un vistazo mientras se afanaba explicándole nuevamente la importancia de mantener el ki concentrado en las manos. Se preguntaba cuánto tiempo más pasaría antes de que él admitiera lo evidente: también la deseaba. Lo sabía, lo veía en la manera en que sus ojos la seguían a veces, en los silencios extraños que se colaban entre ellos. ¿No debería eso ser suficiente para que se aparearan?
Sin embargo, Trunks seguía tratándola igual. Paciente al principio, pronto agotado, hasta que ambos se enfrascaban en alguna discusión ridícula. Claro que, para Kioran, esas peleas comenzaban a parecerle menos enfrentamientos y más una especie de preliminares para… hacer eso, como le había dicho Trunks aquella vez, todo ruborizado.
—Vamos de nuevo —indicó el patrullero tras una pausa, posicionándose nuevamente a su espalda—. Esta vez, vas a apuntar a la roca de allá. —La señaló con el índice.
Ella tomó aire, tratando de enfocar su mente en la tarea. Pero mientras se preparaba para intentarlo otra vez, no pudo evitar preguntarse cuánto tiempo más podrían seguir ignorando la deliciosa electricidad que se acumulaba entre ellos.
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Después de cinco largos meses desde que había abandonado su línea temporal, Kioran sentía que estaba por subirse a las paredes de pura rabia, ¡porque todavía no la enviaban a ninguna misión!
El fastidio la corroía por dentro. Había entrenado arduamente alcanzando un nuevo nivel como guerrera, incluso logró aprender lo suficiente como para aprobar (a duras penas) exámenes de conocimientos como cultura general de la Tierra, o de qué manera lidiar con los saltos temporales sin confusiones, exigencias básicas para un Patrullero del Tiempo. Sin embargo, allí estaba, atrapada en esa ciudad confusa, sin más acción que el entrenamiento diario. Sentía que todo su poder acumulado se desperdiciaba con el correr de las horas.
—Estoy segura de que muy pronto llegará tu momento, Kioran —le aseguró Chronoa portando una amplia sonrisa, un día que la vio haciendo guardia prácticamente embalsamada.
La saiyajin solía permanecer con los brazos cruzados frente a la torre de control, como si esperara que algo sucediera, cualquier cosa que la sacara de esa interminable espera. Tenía el ceño tan fruncido que asemejaba la letra «v» tallada en su piel.
—No entiendo por qué príncipe heredero no me ha llevado a alguna misión para probarme —gruñó, con la irritación brillando en sus ojos oscuros.
Chronoa soltó una risita, como si en ese comentario hubiera omitido una parte muy importante.
—¿Es que no te has dado cuenta? Trunks se preocupa por ti —arguyó, en un tono que parecía explicarlo todo.
Ella chasqueó la lengua, incrédula.
—¿Y qué tiene que ver eso? Si me sacó de aquel planeta fue para cumplir con un trabajo, no para que me quede aquí mirando cómo los demás se llevan todo el crédito.
Aunque, en el fondo, las palabras de la pequeña deidad hicieron eco en su mente. Una parte de ella se sintió feliz, pero ese calor que empezaba a subirle al rostro fue rápidamente sofocado.
«¡No, no estoy feliz! ¡Quiero ir a pelear!», se corrigió a sí misma, y el leve rubor en su cara desapareció tan rápido como había llegado.
Lo que no comprendía aún era que el origen de la preocupación de Trunks estaba en los peligros que representaba el «Imperio Oscuro» del que tanto le había hablado. Por eso, Kioran no podía esperar el momento de enfrentarse a esos malditos, ponerles las manos encima y acabar con ese juego interminable en el que aparecían solo para fastidiarles la vida. En su opinión, la mejor estrategia era atacar primero, tomar la ofensiva sin dudar. Trunks le había explicado que, a veces, observar y esperar el momento adecuado era la mejor manera de trazar un plan efectivo. Y aunque ella más o menos entendía eso en teoría, en la práctica, su impaciencia natural le jugaba malas pasadas.
Pero no hay mal que por bien no venga, ni plazo que no se cumpla. Finalmente, el momento que tanto había esperado durante meses llegó. Le asignaron una misión en uno de los pergaminos del tiempo. El resultado de una batalla crucial había sido corrompido, y su tarea era asegurarse de que el resultado original se mantuviera.
Kioran se preparó con entusiasmo, vistiendo una versión más moderna de su clásica armadura saiyajin y que le fabricaron en la armería de ciudad Conton. Tenía importantes mejoras en su resistencia, flexibilidad y ligereza; también estaba hecha a medida, por lo que se ajustaba a la perfección en su cuerpo.
Tras colocársela enrolló su cola alrededor de la cintura y chocó los puños entre sí, sintiendo cómo la energía sacudía su interior, lista para estallar.
Había una razón para esto… una muy poderosa razón.
—¡Ya era hora! —exclamó con una sonrisa triunfal, mirando a Chronoa, que la esperaba junto al portal al pergamino del tiempo ya abierto.
Una pequeña punzada de decepción la atravesó. Le habría gustado que Trunks estuviera allí para verla partir, aunque sabía que estaba cumpliendo otra misión en ese momento.
—¿Estás segura de querer hacer esto? —preguntó la Kaio-shin, sin disimular la preocupación en sus ojos.
—Sí. Necesito hacerlo —respondió con firmeza. No había espacio para dudas en su mente.
Chronoa apretó los labios, su mirada seguía siendo cautelosa.
—Recuerda que no debes interferir directamente en la batalla. Solo debilita al enemigo lo suficiente como para que el resultado original se cumpla.
Kioran asintió con determinación, su cuerpo ya encaminado hacia el portal, impaciente por enfrentar a esa persona.
—¡Dile a príncipe heredero que se perdió mi debut! —fue lo último que exclamó antes de atravesar el umbral.
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Era un escenario de pesadilla. Goku yacía casi sin fuerzas sobre la fría hierba, jadeando por aire; un poco más allá, su hijo Gohan estaba inconsciente, mientras que Piccolo, con un brazo menos, intentaba desesperadamente elaborar alguna estrategia que pudiera detener al poderoso contrincante que les aguardaba, debilitado, pero aún poderoso: Raditz, el saiyajin, que alzaba su imponente figura como una montaña de poder. Sin embargo, un golpe directo en el plexo solar lo había dejado trastabillando, y el causante de ese daño, irónicamente, había sido el pequeño Gohan, su sobrino. Enfurecido por la humillación, Raditz lo mandó a volar con un brutal golpe a modo de venganza.
—¡Detente! —gritó Goku, arrastrándose por la hierba con una expresión de pánico absoluto. La mirada asesina de aquel tirano, fija en su hijo, lo aterrorizaba—. ¡Por favor, detente! ¡Él es solo...!
—¿Solo un niño? ¡¿Eso ibas a decir?! —lo interrumpió con una risa salvaje, mientras se llevaba una mano al pecho adolorido—. ¡Eres un imbécil, Kakarot! ¡Ese mocoso tiene un nivel de pelea mucho más alto que ustedes dos juntos! Voy a matarlo ahora, antes de que aprenda a usar su poder…
Regodeándose en su superioridad, avanzó lentamente hacia Gohan, listo para darle el golpe final. Pero entonces, algo cambió. Su aura empezó a oscurecerse, tiñéndose de un inquietante color violeta, y una energía extraña lo envolvió, llenándolo de una euforia peligrosa.
—¡Ohhh! —exclamó, apretando los puños mientras sentía el poder fluir por sus venas—. ¡Este poder… es increíble! ¡Ya nadie podrá vencerme! Primero el mocoso, ¡después ustedes!
Su risa resonó por todo el campo de batalla, un sonido siniestro que aumentaba con cada segundo, alimentado por la oscura energía que lo rodeaba. Cegado por su propio delirio de poder, no vio lo que venía.
Un portal brillante se abrió repentinamente, cortando la atmósfera de la escena. Una figura femenina se materializó justo frente a él, con los ojos encendidos de odio puro. Su armadura saiyajin relucía bajo la luz, y su cola, orgullosamente enrollada alrededor de su cintura, la marcaba como una guerrera de su misma sangre.
Kioran había llegado.
La risa de Raditz se le cortó en seco apenas puso los ojos en ella y en el odio que identificó en su semblante, tan palpable que parecía quemar el aire a su alrededor.
—Tú… —murmuró Raditz, con marcado desprecio—. ¿Qué demonios haces aquí? Escuché que el soldado Zarbon iba camino al planeta donde te dejé y di por hecho que te acabaron…
Kioran no respondió. Solo dio un paso al frente, con los puños apretados y la determinación brillando en cada fibra de su ser. Este era el momento que había esperado, el enfrentamiento que había deseado desde que conoció la verdad.
El silencio que siguió fue casi insoportable. Y entonces, Kioran habló, con una voz baja pero cargada de veneno:
—Vine a acabar contigo.
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N. de la A.:
¡Gracias a todos por sus votos y comentarios! Me encanta ver cómo esta historia, que está recién empezando (de verdad, le falta muchísimo xD), ya tiene mucha aceptación. De hecho, me encontré con la sorpresa de que está en el #1 de Dragon Ball Xenoverse.
¡Me hacen muy feliz!
La verdad es que iba a subir este capítulo el sábado, pero no hubo tiempo :')
Desde ahora bajará el ritmo de publicación de los capítulos, porque estamos entrando a una nueva etapa de la historia y estos tienen una mayor duración. Creo que nos veremos viernes o sábado (dependiendo de cómo vayan mis trabajos de programación, ay-ay)
¡Y en la sección más pedida (XD) «Si este fic tuviera japoñol», hoy tenemos lo siguiente:
- Kioran, al saber que Trunks es hijo de Vegeta, le llama «Kōtaishi Denka», que literal significa «príncipe heredero».
Fin de la sección (lol)
Alguien me preguntó por qué hay una cita bíblica al comienzo de cada capítulo. La razón no es religiosa, ya que soy agnóstica; sin embargo, como la canción insignia de esta historia es Unmei no Hi (la de Gohan cuando alcanza el SSJ2), y esta comienza con una cita bíblica e incluso frases en hebreo, se me ocurrió esto y dije «Ok, entonces cada capítulo tendrá una cita bíblica que me guste para la trama».
Si te gustó el capítulo de hoy, ¡no seas tímido/a! Muéstrame tu entusiasmo con comentarios, estrellitas y kudos. ¡Incluso si solo me saludas, estaré muy feliz!
Nos vemos en el siguiente…
Amor y felicidad para todos.
Stacy Adler.
