Disclaimer: Todo Dragon Ball pertenece al legendario Akira Toriyama (Q.E.P.D.).
Excepto Kioran, quien como dijo mi querida amiga personal Ary Lee, tiene un don para hacer comentarios «matapasiones» en los peores momentos XD
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Capítulo 7 Ni mentor, ni hermano (Raditz)
Isaías 43:18-19:
«No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a memoria las cosas antiguas. He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis?».
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La risa estruendosa de Raditz, que alguna vez habría hecho que Kioran se encogiera, ahora le resultaba un ruido lejano y vacío. Se obligó a no reaccionar, porque esos meses lejos de él le habían revelado una verdad incuestionable: era alguien insignificante, indigno de cualquier emoción, fuera miedo o lástima. Un ser que, en el fondo, no valía la pena ni el esfuerzo de su odio.
«Es solo una maldita rata», concluyó mientras lo observaba. Su determinación no flaqueaba, y sintió que, al liberar ese último resquicio de odio, también se liberaría de cualquier vínculo con él. No habría arrepentimiento ni dolor. Solo un vacío muy necesario.
Eso era lo que sentía por un lado, porque por otro estaba furiosa. No valía la pena odiar a un mísero pedazo de basura como él, pero eso no significaba que no quisiera ahorcarlo con sus propias manos allí mismo.
—Raditz —pronunció su nombre con una frialdad que contradecía el fuego que ardía en su pecho.
El saiyajin de la larga cabellera, envuelto en esa siniestra aura violeta que corrompía su poder, dejó de reír de repente. Pasaron los segundos, y no hubo un ápice de reconocimiento en sus ojos. Era la mirada de un guerrero que se creía invencible, indiferente a todo lo que no fuera su propia grandeza.
—¿Recuerdas a Kondai? —preguntó Kioran en un susurro tenso, dando un paso adelante. Era la primera vez que pronunciaba el nombre de su madre en voz alta. Sus manos temblaban de rabia contenida—. ¿Te acuerdas de ella?
Por un instante, la expresión de Raditz vaciló. Frunció el ceño, como si intentara conectar algún recuerdo distante. Pero pronto, su rostro volvió a deformarse en una sonrisa burlona.
—¿Debería? —respondió con desdén.
—¡Sí, deberías! —gritó Kioran, cortando el aire con un gesto feroz—. ¡La mataste frente a mis ojos cuando yo era una niña!
Sus palabras resonaron en el campo de batalla, el eco de su furia alcanzando incluso a Goku y Piccolo, que observaban a lo lejos, desconcertados por el intercambio. Ninguno de los dos intervenía, no obstante, pues se encontraban demasiado débiles como para reaccionar.
Raditz ladeó la cabeza, su sonrisa macabra ensanchándose.
—Así que ese era el nombre de tu madre, ¿eh? —murmuró con desprecio—. Una hembra inútil y débil. ¿Y qué haces aquí, exigiendo respuestas veinte años después? ¡Deberías haberlo superado hace tiempo!
Su risa retumbó de nuevo, pero esta vez más hiriente, más cruel. Kioran sintió cómo la frustración se desbordaba dentro de ella. A pesar de sus intentos por mantener el control, la intensidad de su furia amenazaba con romper la frágil barrera que había construido para contenerla.
Su cuerpo temblaba de rabia e impotencia. Las imágenes de su madre, esas que habían invadido sus sueños una y otra vez, se mezclaban ahora con la presencia de ese hombre que le arrebató su infancia. Aquel hombre que, aunque se había convertido en su única figura de referencia durante años, no le había ofrecido más que un inmerecido desprecio.
—Quiero escucharlo de tu propia boca —le exigió Kioran, avanzando otro paso con una determinación helada en su voz—. ¡Dilo! ¡Di lo que hiciste!
Raditz, todavía riendo como si todo fuera motivo de diversión, la miró con la misma expresión despectiva que había tenido el día en que la encontró, una cría desamparada que no representaba más que una carga para él. La crueldad de ese gesto no había cambiado en todos esos años.
—¡Por supuesto que la maté! —exclamó con indiferencia, como si se tratara de la cosa más natural del mundo. Agitó las manos en el aire, ridiculizando la gravedad de sus propias palabras—. ¡Era débil! Igual que tú. No has aprendido nada en todo este tiempo. ¡Nada!
Kioran apretó los puños con tanta fuerza que sintió cómo sus uñas se clavaban en las palmas de sus manos. La sangre caliente corrió entre sus dedos, pero no le importaba. «Mátalo», le gritaba cada fibra de su ser. «Acaba con él de una vez por todas». Sin embargo, algo la retenía, un eco de duda que resonaba desde lo más profundo de su interior. Una voz suave, apenas perceptible, que le recordaba que, por más despreciable que fuera, Raditz había sido el único lazo que tuvo en su pasado. Era la figura a la que, en su infancia, había intentado aferrarse en su desesperación por encontrar una conexión, por ser reconocida, por no estar completamente sola.
—Si tanto me desprecias, ¿por qué demonios me llevaste contigo todos esos años? —preguntó, cargada de resentimiento.
Raditz soltó una carcajada salvaje, completamente insensible al dolor que sus palabras podían causar.
—¡Porque peor es nada! —respondió con desprecio, como si su vida hubiera sido una simple opción en ausencia de algo mejor.
Y, como ya se le había acabado la paciencia, cargó un ataque directo hacia ella. Pero Kioran, con una agilidad que Raditz no esperaba, lo esquivó sin esfuerzo, colocándose apenas a unos centímetros de su rostro.
—No... —susurró, su tono tan bajo que Raditz apenas pudo escucharlo—. No soy la hembra débil que tú moldeaste, ¡soy mucho más que eso!
Y en un instante, con un movimiento rápido y brutal, conectó un puñetazo devastador directo a su estómago. El impacto fue lo suficientemente fuerte como para hacerle retroceder varios pasos, mientras un gemido de dolor se escapaba de sus labios. La fuerza del golpe lo había tomado completamente por sorpresa. Aun así, no tardó en recuperar su postura, limpiándose la sangre que se deslizaba lentamente por la comisura de sus labios con el dorso de la mano. Sus ojos, a pesar del dolor momentáneo, seguían destilando esa arrogancia inquebrantable que lo definía. Para él, seguía siendo inferior, una hembra inútil.
—Vaya, parece que has aprendido un par de trucos nuevos —gruñó con una mueca burlona, enderezándose y adoptando una postura de combate—. Pero sigue sin ser suficiente.
Kioran, aún con el puño cerrado y temblando por la intensidad de la energía que acababa de liberar, lo miró fijamente, frustrada por haber sido su instrumento por años como por comprender que no tenía siquiera una pizca de bondad en su interior… y, todavía peor: darse cuenta de que esperaba algo más de él. Qué absurdo.
—Eres un hijo de puta —rugió, su voz cargada de un veneno que no había dirigido hacia él nunca antes—. ¡Ibas a matar a ese crío, tú… bastardo! —señaló con un dedo tembloroso hacia donde yacía el niño, como si su furia misma lanzara chispas.
Raditz dejó escapar una risa áspera.
—¡Tú y tus estúpidos escrúpulos! —espetó, con una sonrisa retorcida—. Por eso dejé de llevarte a las misiones de conquista. Siempre te asegurabas de matar rápido y sin dolor. ¿Crees que no me di cuenta? ¡Esas tonterías no tienen lugar entre los saiyajines! Eres patética y débil… igual que tu madre. —Repitió las palabras por enésima vez, enfatizando el desprecio.
Kioran avanzó un paso más, cada uno de sus músculos vibrando con la necesidad de atacarlo. Quería destruirlo, quería borrar su existencia de la misma manera en que él había destruido lo único que ella podría haber amado. Sin embargo, algo en su interior la detenía. No podía ignorar los años que había pasado a su lado, por crueles que hubieran sido. A pesar de todo, él había sido la única figura que había conocido.
Además, ahora tenía una misión por cumplir. Un propósito que iba más allá de ellos.
—Podría matarte ahora mismo… —susurró, su voz un tenue eco en el aire, mientras sus ojos lo perforaban con desprecio—… pero no lo haré.
Por primera vez, Raditz se mostró algo confuso. Sus cejas se juntaron al medio de su frente, incapaz de procesar lo que estaba escuchando. ¿Qué clase de guerrera saiyajin era esa, que no podía ni siquiera rematar a su enemigo? No importaba de quién se tratara, Kioran tenía que aniquilar a quien fuera que se le cruzara por delante… incluyéndolo a él. Así la había formado. Raditz iba a luchar, manipular, engañar, y lo que fuera necesario para sobrevivir, pero eso no significaba que aceptara un comentario indigno como ese.
—¿Estás diciendo que no tienes el valor? —la desafió.
Ella no respondió inmediatamente. Cerró los ojos por un segundo, suspirando muy hondo, llenándose de oxígeno para dejar atrás todos los sentimientos negativos… al menos hasta que terminara con su cometido.
—Lo que haré —su voz recobró firmeza mientras sus ojos volvían a abrirse, llenos de determinación— es dejarte tan debilitado que no podrás levantarte cuando ellos te ataquen. Y sí: hoy te mueres. Besa las llamas del infierno por mí, cabrón.
Raditz no tuvo tiempo de reaccionar. Con la rapidez de un relámpago, le acertó un nuevo puñetazo. El impacto resonó con un crujido seco en su mandíbula, enviándolo directo al suelo, de rodillas. El suelo tembló bajo él cuando cayó, jadeando, sorprendido por el dolor y la fuerza que acababa de demostrar.
Kioran retrocedió un paso, su respiración agitada mientras el aire frío llenaba sus pulmones. Su cuerpo temblaba, pero no era de furia, sino de una tristeza que la abrumaba por completo. Había esperado sentir satisfacción, una victoria que sanara las cicatrices del pasado, pero en su pecho no encontraba más que ese vacío amargo.
El eco de su promesa a Chronoa resonaba en su mente. No interferir, solo debilitar. Lo dejaría vivo, para que sufriera el peso de su fracaso y enfrentara las consecuencias de su debilidad…
No quería fallar en su primera misión, por orgullo y por agradecimiento a Trunks, que la fortaleció en esos meses sin saber que llegaría ese momento clave en su vida.
Dándoles un vistazo breve tanto a Kakarot como al namekiano del que había olvidado el nombre, señaló hacia el suelo en donde Raditz continuaba de rodillas.
—El placer es todo suyo —indicó, con una frialdad distante, dando la espalda a la escena. Su voz, tan apagada como sus emociones en ese momento, apenas se alzó por encima del viento que barría el campo.
No necesitó ver cómo terminaba todo, porque ya lo sabía. Había cumplido su misión y los recuerdos de su pasado ya no la ataban a ese lugar.
Y sin darle siquiera una última mirada a Raditz o a los guerreros que la observaban perplejos, se desvaneció en el mismo portal que llegó.
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Al regresar a la base, Chronoa pudo intuir de inmediato el caos que se agitaba en su interior. La felicitó por haber hecho lo correcto, por haberse mantenido fiel a su promesa de ceñirse a la misión sin dejarse llevar por sus sentimientos. Sin embargo, su respuesta fue apenas un murmullo vago, desganado; solo unas pocas palabras, por cumplir.
—Tengo hambre —masculló Kioran tras unos segundos, aunque su tono insinuaba que pensaba en algo completamente distinto.
Chronoa alzó ambas cejas, sin perder la sonrisa.
—Es una buena señal que quieras comer —respondió, añadiendo una nota de aliento en su voz—. No te preocupes, antes de que te fueras ya estaban reponiendo las neveras de todos los patrulleros. Encontrarás mucha comida en tu habitación.
Kioran apenas registró la información, ni reparó en que no era el día habitual para esa tarea. Estaba demasiado ocupada manteniendo su expresión impasible, empeñada en ocultar lo que realmente sentía. Hizo un gesto vago de despedida y salió de la Bóveda con los hombros ligeramente encorvados, como si cargara un peso invisible. Chronoa se limitó a observar cómo abandonaba la estancia, su preocupación creciendo al ver su estado de ánimo y preguntándose cómo lograría canalizar lo que estaba sintiendo.
Trunks le había explicado que los saiyajines como Kioran tenían la molesta costumbre de jamás mostrar lo que realmente sentían. Para ellos, los sentimientos no eran más que una debilidad que debían enterrar bajo siete capas de orgullo y obstinación, y sabía que llegar a ella no sería fácil. Aun así, el patrullero confiaba en que Kioran no sería tan inquebrantable como Vegeta; después de todo, en los meses que llevaban compartiendo juntos había logrado acercarse un poco —muy, muy poco— a la persona que realmente era, más allá de la fachada de dureza que solía mostrar. Pero también era consciente de que aún le quedaba mucho por recorrer.
Chronoa compartía esa misma esperanza y, por ello, decidió esperar pacientemente a que Trunks regresara de su misión para informarle que Kioran había enfrentado su primer gran desafío como patrullera del tiempo.
—¿Fue hoy? Me lo perdí —respondió Trunks, sorprendido.
Chronoa asintió, llevándose una mano a la mejilla en un gesto pensativo.
—El pergamino que contiene la historia de cómo Goku y Piccolo derrotaron a Raditz fue corrompido...
No necesitó decir nada más. Trunks la miró mientras asimilaba la información, su mente ya procesando la situación. Raditz estaba allí… Frunció el ceño.
—¿Y la dejaste ir?
—Ten un poco más de confianza —lo regañó, con una mano en la cintura y la otra agitando el dedo índice—. Era importante que le diera un cierre a ese asunto. Y cumplió su trabajo, porque no lo mató.
Él movió la cabeza en señal afirmativa, pero se le veía claramente distraído en sus propias reflexiones. Sí, definitivamente se trataba de un cierre que necesitaba, pero ¿a qué costo? No podía evitar preguntárselo.
—No sé… ¿debería ir a verla o espero a mañana para saber cómo está? —pronunció tras unos segundos, aunque era más retórico que una pregunta real.
La Kaio-shin, no obstante, captó enseguida la inquietud oculta en sus palabras.
—Creo que le hará bien tenerte cerca. Kioran confía mucho en ti.
No necesitó más incentivo que ese. Trunks le dedicó un gesto de despedida y salió de la Bóveda del Tiempo.
Mientras volaba hacia la habitación de Kioran, trató de acallar las muchas preocupaciones que rondaban su mente. Recordaba lo que había visto en los pergaminos sobre su vida: la indiferencia y el desprecio con los que Raditz la había criado y cómo ella había soportado todo en un silencio resignado. Ahora, tras haber tenido que enfrentar esos mismos recuerdos en una misión tan crucial, Trunks sabía que debía estar hecha un lío por dentro, aunque seguramente se esforzaría por ocultar cualquier indicio de vulnerabilidad… igual que cuando descubrió el destino de su madre.
Por un momento, volvió a dudar en su decisión de acompañarla. ¿Sería lo correcto? Kioran probablemente alzaría un muro de inmediato si intentaba hablar del asunto. Sin embargo, también sabía que, bajo esa fachada de obstinación y sarcasmo, había alguien que buscaba… algo más. Por eso, cuando la conoció, lo primero que hizo fue darle un propósito, y entrenarla se había convertido en un puente entre ellos.
Mientras volaba, buscaba las palabras adecuadas en su mente. ¿Qué podía decirle en un momento así, que no sonara torpe o fuera de lugar? ¿Existía alguna frase que funcionara siempre con alguien tan difícil de tratar como ella?
Antes de que sus pensamientos pudieran seguir distrayéndolo, se detuvo. Estaba frente a la puerta de Kioran. Inspiró profundamente y golpeó dos veces, un simple aviso. En ese momento, decidió dejar a un lado cualquier reparo: aunque le dijera que quería estar sola, no pensaba irse sin pasar un minuto a su lado. Todo el mundo tenía derecho a sentirse acompañado, especialmente después de cerrar un ciclo tan doloroso. Si Kioran no quería compañía, él lo aceptaría, pero antes de eso, iba a demostrarle que estaba ahí para ella.
No hubo respuesta. Trunks aguzó el oído, pero el silencio detrás de la puerta continuó. Así que la abrió con cuidado y la cerró enseguida al ingresar, sin permitirse dudar más.
La habitación estaba sumida en la oscuridad, y tuvo que esperar unos segundos para que sus ojos se acostumbraran. Finalmente la vio, acurrucada en una posición que ya había presenciado una vez antes, cuando supo la verdad sobre su madre. Estaba sentada en el suelo, con las piernas recogidas contra el pecho y la cabeza hundida entre las rodillas. No necesitaba mirarla a la cara para sentir el dolor y la rabia grabados en cada línea tensa de su cuerpo, en la forma en que su respiración se entrecortaba.
Con un suave suspiro, Trunks se acercó y se quedó de pie junto a ella, sin invadir su espacio, pero lo bastante cerca para que supiera que no estaba sola. Kioran no se movió, pero la tensión en sus músculos pareció aflojarse lentamente, como si el simple hecho de sentir su presencia aliviara, aunque fuera un poco, el peso que llevaba encima.
Sin hacer ruido, se dejó caer al suelo a su lado. El silencio entre ellos no era incómodo; era un silencio cargado de significado, de todo aquello que no necesitaba ser dicho en palabras. Aunque ella no cambió su postura, su respiración empezó a volverse más regular, más calmada, como si algo en su interior finalmente consiguiera un poco de paz.
Fue en ese momento que Trunks supo lo que debía decirle, por mero instinto. En voz baja, sin romper la quietud, murmuró:
—Lo hiciste muy bien.
Eran solo cuatro palabras, pero en ellas se concentraba todo el reconocimiento que Kioran no había podido darse a sí misma. No era un elogio vacío, sino la confirmación de que, a pesar del caos y el dolor, había superado algo mucho más grande que una simple batalla. No obtuvo respuesta, pero sintió cómo su postura rígida se relajaba levemente, como si las palabras hubieran aflojado la opresión en su pecho.
Y fue tal el alivio que se quedó dormida sin darse cuenta, tan brusco como si la hubieran noqueado. Trunks, que no lo había notado hasta escuchar un leve ronquido, enarcó una ceja y estuvo a punto de reír, pero suprimió el impulso para no despertarla. Ella se merecía ese descanso.
Mirando hacia la puerta, puso los ojos en blanco y sonrió. Para ser la primera vez que conectaban a nivel personal —de una forma extraña y silenciosa—, el resultado había sido mejor de lo que esperaba.
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N. de la A.:
¡Gracias a todos por sus votos y comentarios! Su apoyo ha mantenido esta historia en el top, ¡son lo más!
Como el que subí el miércoles era del sábado anterior, hoy retomo el ritmo que seguirá el fic desde ahora en adelante, con un capítulo a la semana.
Estamos cerrando el primer miniarco de la trama. ¿Hay algún fan de Trunks y Kioran por aquí? Demás que por ahí encontramos alguno XD jajajajaja
Jodido Raditz… Y esa relación de codependencia emocional es algo que retomaremos en un tiempo más. Inevitablemente, Raditz fue la única figura que tuvo Kioran en su infancia, así que toda la rabia que siente por él está mezclada con algo más. Lo vamos a explorar más adelante.
Si te gustó el capítulo de hoy, ¡no seas tímido/a! Muéstrame tu entusiasmo con comentarios, estrellitas y kudos. ¡Incluso si solo me saludas, estaré muy feliz!
Nos vemos en el siguiente…
Amor y felicidad para todos.
Stacy Adler.
