Disclaimer: Todo Dragon Ball pertenece al legendario Akira Toriyama (Q.E.P.D.).

Advertencia: tenemos lenguaje especialmente soez en este capítulo. Kioran es muy malhablada; culpemos a Raditz por esa boquita XD

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Capítulo 9 Gracias (por los mejores meses de mi vida)

Salmos 31:15:

«En tu mano están mis tiempos; líbrame de la mano de mis enemigos y de mis perseguidores».

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«No pienso morir aquí», masculló Kioran para sus adentros, atrapada en un torbellino de pensamientos contradictorios, «pero sería muy ingenuo creer que sobreviviré para contarlo…»

El campo de batalla, reducido a escombros y cenizas, no era el lugar más adecuado para desviar su atención. Si permanecía allí, corría el grave peligro de que los androides retomaran su macabro plan, volviendo a centrarse en Trunks. Ya había visto en el monitor cómo se movían, sus pasos calculados, disfrutando del caos mientras se acercaban a su posición. Los había visto aniquilar al hijo de Kakarot, y sabía que su siguiente víctima sería justamente él. Era un destino que no podía permitir, no importaba el precio.

Kioran afiló la mirada, sus ojos recorriendo rápidamente a ambos androides. La frustración la golpeó con fuerza: no podía percibir su ki, ni un mínimo rastro de energía que pudiera delatarlos. Eso complicaba aún más las cosas. Sin embargo, gracias a las imágenes corruptas del pergamino que había revisado antes de atravesar el portal, ya tenía un plan: centrarse en el androide Diecisiete, aquel sádico que osó atravesar el pecho de Trunks como si se tratara de gelatina. El recuerdo la hizo apretar los dientes. Si lograba distraerlo primero, tal vez ganaría suficiente tiempo como para cambiar el curso de los acontecimientos.

Un gruñido escapó de su garganta mientras sus músculos se tensaban. Desde ese momento, su objetivo estaba más que claro.

—Oye, ¿de qué agujero saliste? —se burló Diecisiete, mientras la observaba con una sonrisa torcida—. No te habíamos visto nunca por aquí.

—Se está muriendo de miedo —comentó Dieciocho entre risas, apuntándola con un dedo.

Kioran les sostuvo la mirada, sintiendo cómo el odio y el orgullo saiyajin ardían en su interior. Si eso era todo lo que tenía, los aprovecharía hasta el final.

—Jamás he tenido miedo de nada —replicó, sus labios curvándose en una sonrisa tan desafiante como la de él—, y menos de un maricón como tú —matizó, dirigiéndose directo a Diecisiete.

El androide estalló en carcajadas, como si la desconocida acabara de contarle el mejor chiste en años. Su risa sádica resonó en el aire, reverberando en las estructuras destruidas. Kioran no retrocedió; sus puños se cerraron con fuerza mientras su corazón palpitaba con rabia contenida.

—¡Qué agresiva! —Diecisiete dio un ágil salto para aterrizar frente a ella, avanzando con pasos lentos y calculados—. Una mujer saiyajin… ¿No se suponía que Gohan y Trunks eran los últimos descendientes de esa raza miserable? —comentó, observando con interés aquella cola enroscada con firmeza alrededor de su cintura.

Las palabras del androide, aunque dichas con desprecio, le brindaron una oportunidad a la que se aferró como si fuese un salvavidas.

—Al parecer, hay muchas cosas que no sabes. —Sonrió con sarcasmo—. ¿Por qué no vienes y te lo explico a golpes? ¿O acaso tienes miedo de enfrentarte a una mujer saiyajin?

Diecisiete soltó una risa estridente, sus ojos brillando con una mezcla de diversión y sadismo.

—¡Ja! Eres más entretenida de lo que pensaba —dijo, mientras estiraba el cuello con un crujido, como si se preparara para un combate que llevaba tiempo esperando—. Vamos, entonces. Veamos qué tienes para ofrecer.

Antes de que Kioran pudiera responder, la voz de la androide rubia tomó fuerza:

—Oye, Diecisiete, ¿no crees que te estás apresurando? Esto me parece sospechoso.

—¿Qué? ¿Crees que pueda vencernos? —respondió él, claramente despectivo.

—¡Claro que no! —Se cruzó de brazos—. Pero no tenemos por qué hacerle caso en todo.

—Yo hago lo que quiero, hermanita. Ahora estoy intrigado —explicó con un encogimiento de hombros, sin apartar la vista de Kioran—. ¿Vamos?

Ella no dudaba del poder descomunal que los androides poseían; Chronoa se lo había advertido suficiente antes de cruzar el portal, y Trunks también lo mencionó en alguna ocasión mientras le contaba sobre su vida. Pero retroceder no era una opción. Mostrar debilidad, aún menos. Sin decir nada, salió disparada hacia el otro extremo de la ciudad en ruinas, sintiendo la presión del aire a medida que aumentaba la velocidad. A cada vistazo rápido por encima del hombro, confirmaba que los androides la seguían, sus figuras deslizándose a su espalda con inflexión inquietante.

Aprovechando el momento en que Diecisiete y Dieciocho empezaron a mostrar signos de impaciencia, Kioran aterrizó en lo que alguna vez fue un cruce de caminos, junto a los restos de un enorme centro comercial, ahora solo una estructura destrozada igual al resto de la ciudad. Se giró lentamente y, con una sonrisa sarcástica, flexionó un dedo, haciéndole una señal a Diecisiete para que se acercara.

—Será mejor que termines con ella rápido. Qué fastidio —dijo Dieciocho, disimulando un bostezo con poca convicción.

—¿Cómo es que no te da curiosidad? ¡Es una saiyajin! Supuestamente ya no quedaban más —volvió a decir el muchacho, sin apartar la mirada de Kioran.

—¿Y eso qué?

—Pues que el viejo asqueroso del doctor Gero no tenía idea de que existía. ¡Eso es lo interesante! ¡Podemos divertirnos un poco con ella! Este planeta ya no nos supone ningún desafío. Necesitamos salir de la rutina alguna vez, mujer.

—Sí… puede que tengas algo de razón —admitió Dieciocho, clavando sus ojos celestes en Kioran, cargados de desprecio—. Pero no parece ser fuerte… Solo viéndola, estoy segura de que no supera el nivel de pelea de Son Gohan.

—Tendré que contenerme para no acabar con ella demasiado rápido —murmuró Diecisiete, suspirando como si ya estuviera aburrido.

—¡Oye, payaso afeminado! —gritó Kioran, que escuchó más o menos algunas partes de la conversación y percibió cómo la rabia le recorría las venas—. ¿Vas a seguir escondiéndote detrás de la rubita o vas a pelear de una vez?

—Vaya, qué falta de educación —espetó Dieciocho con desdén. Retrocedió unos pasos, acomodándose sobre una roca derruida, lista para observar la pelea sin demasiado interés. Había preferido mil veces estar en algún parque de diversiones, jugando a cazar humanos.

Diecisiete esbozó una sonrisa macabra. Antes de que Kioran pudiera reaccionar, se lanzó hacia ella con una velocidad vertiginosa. El impacto de su ataque fue tan brutal que apenas tuvo tiempo de esquivarlo. A pesar de sus esfuerzos, sentía cómo la fuerza arrolladora del androide desbordaba sus habilidades.

El viento silbaba a través de las ruinas, marcando el ritmo implacable de cada ataque. Kioran jadeaba, su respiración cada vez más agitada mientras intentaba mantenerse en pie. Cada vez que intentaba lanzar un golpe, Diecisiete lo esquivaba con una facilidad humillante, como si estuviera jugando con ella. Y cuando la golpeaba, el dolor atravesaba su cuerpo como un cuchillo; sentía cómo cada golpe rompía algo más en su interior.

El androide Diecisiete se movía como una sombra, rápido, preciso y brutal, pero sin mostrar el menor esfuerzo. Era como si la batalla fuera un simple juego para él, algo que no requería más que su atención mínima. Esa superioridad despreocupada, esa facilidad con la que esquivaba sus ataques y se burlaba de ella, hizo que Kioran lo odiara todavía más con cada fibra de su ser.

—¿Eso es todo lo que tienes? —se mofó Diecisiete, con una sonrisa maliciosa mientras evitaba otro de sus golpes y le propinaba una patada en el estómago. El impacto la lanzó hacia atrás, estrellándola contra una muralla de cemento, que se desmoronó en una nube de polvo.

El dolor recorrió su cuerpo como un latigazo, pero se obligó a levantarse, ignorando el temblor de sus músculos. No podía ceder por ningún motivo. Cada segundo que lograba mantenerlo ocupado era un segundo en el que lograba desviar su atención de Trunks.

Se inclinó para escupir sangre al suelo mientras se sostenía el costado con una mano. Alzó la mirada para ver cómo Diecisiete la observaba con las manos en los bolsillos, su expresión la de un espectador fastidiado. A pesar del miedo que se enroscaba en su estómago, una chispa de júbilo recorrió su cuerpo: era el rival más poderoso que había enfrentado hasta ese minuto, y aunque probablemente iba a ser el último, morir de esa manera no estaba nada mal.

—Eres incluso más débil de lo que imaginé —dijo Diecisiete, antes de desaparecer en un parpadeo. Kioran sintió que se posicionaba detrás de ella un instante antes de que sus dedos se cerraran como una garra alrededor de su cabeza, estrellándola contra el suelo con fuerza brutal.

El dolor se transformó en un estallido en su rostro que la desconcertó por un segundo. «¡Joder!», masculló en su fuero interno al sentir cómo su nariz se rompía con un crujido. La sangre caliente le corría por la boca, y al escupir nuevamente al suelo, comprobó con un retorcido alivio que no había perdido ningún diente.

—Oye… quiero de… al… —balbuceó Kioran, con la boca tan hinchada que sus palabras se perdían en un murmullo casi ininteligible.

Diecisiete alzó las cejas con curiosidad. «Quiero decirte algo», eso parecía ser lo que intentaba comunicar, supuso. Y, porque le resultaba gracioso, decidió acercarse lo suficiente para escucharla.

—Que… jo… por el… —farfulló ella.

—No te entiendo —le preguntó en tono burlón—. ¿Puedes pronunciar como corresponde, por favor?

—Dije —y se tomó su tiempo, para que no se perdiera ni una palabra—: que te jodan bien por el culo.

Desde su posición, Dieciocho se rio a carcajadas, disfrutando del espectáculo. Sin embargo, Diecisiete no lo encontró tan gracioso; en realidad, le resultó insultante que una mujer en semejante estado se atreviera a hablarle de esa manera, con el lenguaje vulgar esperable en un camionero.

—Qué señorita tan grosera. —Pronunció «señorita» con marcada repulsión—. Vamos a tener que lavarte bien esa boca tan sucia que tienes.

Acto seguido, le propinó un bofetón de revés tan fuerte que Kioran sintió cómo su cabeza giraba violentamente, casi al punto de dar una vuelta completa. El dolor era insoportable, un impulso eléctrico que recorría cada parte de su cuerpo. Cayó de rodillas ante él, con un hilo de sangre corriendo desde su boca hasta el suelo, sus manos apoyadas sobre la tierra, tratando de sostenerse.

Respiraba con dificultad, el pecho subiendo y bajando con cada jadeo, mientras esperaba el próximo golpe. En ese momento, lo comprendió: cualquier cosa que hiciera Diecisiete a partir de ahora podría ser el golpe de gracia.

Su mente se llenó de pensamientos desordenados, imágenes que destellaban como fragmentos de una vida pasada. Recordó los últimos meses como Patrullera del Tiempo: los entrenamientos con Trunks, las misiones en conjunto y aquellas en las que participó en solitario, enfrentando peligros y desafíos. Gracias a él, había descubierto lo que era formar parte de algo más grande, lo que significaba luchar por un propósito que iba más allá de sí misma.

«Gracias, príncipe heredero». Sin duda, habían sido los mejores meses de su vida. Pocos, sí, pero alucinantes, superando con creces los años oscuros junto a Raditz, aniquilando razas para vender planetas al emperador Freezer. Desde que Trunks la reclutó, mirar hacia atrás se había convertido en un ejercicio diferente: su pasado ahora se veía como una vieja proyección en blanco y negro, sin vida, como aquellas grabaciones antiguas que revisó en los archivos de ciudad Conton, donde aprendió sobre la vida de los humanos en épocas pasadas. Ahora, en cambio, cada recuerdo se sentía como un espectáculo lleno de colores vibrantes y matices nuevos. Si su vida terminó de esa manera, era gracias a Trunks.

Y por él, porque literalmente le debía todo, no iba a dejarse vencer sin pelear hasta el último aliento. ¡Claro que no!

Un grito de furia escapó de sus labios mientras cargaba contra Diecisiete con todo lo que le quedaba. Sus puños atacaron el aire vacío cuando el androide se desvaneció con una facilidad insultante, reapareciendo a su lado en un parpadeo para lanzarle un codazo directo a las costillas. El dolor fue punzante, pero Kioran se negó a caer.

¡Dame tu mejor golpe, maricón! —gruñó entre dientes, doblada por el dolor, pero con la guardia aún en alto.

Diecisiete rio, una carcajada fría que resonó en las ruinas que los rodeaban, tanto por la diversión que sentía como por haber tenido que adivinar sus palabras. Se acercó lentamente, disfrutando del momento.

—Eso sería aburrido —dijo con una voz suave, casi indiferente—. Prefiero ver cuánto tiempo puedes seguir en pie antes de que finalmente te derrumbes. ¿No es eso mucho más interesante?

Kioran jadeaba, cada respiración un puñal clavándose en sus pulmones. Sabía que estaba jugando con ella, disfrutando de su sufrimiento como si se tratara de una función barata. Eso solo hacía que su determinación se aferrara con más fuerza, pero su cuerpo estaba al borde del colapso.

Por puro reflejo, alzó su mano derecha y comenzó a acumular lo poco que le quedaba de energía. La electricidad chisporroteó alrededor de sus dedos, iluminando su rostro ensangrentado. Era la técnica «Shining Friday» de Raditz, y le repateaba tener que usarla, pero no se le ocurría otra forma de seguir ganando tiempo.

¡A ver si ya te mueres! —chilló, tratando de provocarlo.

Diecisiete ni siquiera parpadeó. Permaneció inmóvil, con una expresión aburrida en su rostro de adolescente mientras la técnica impactaba de lleno en su cara. Cuando el resplandor se disipó, Diecisiete se pasó una mano por la mejilla, indiferente.

—Me hiciste cosquillas —dijo, en tono mortalmente hastiado—. Pero gracias por no apuntar a mi ropa. Hay pocas cosas que me enfurecen más que me estropeen la ropa…

Antes de que Kioran pudiera reaccionar, Diecisiete se movió con una velocidad imparable, desatando una tormenta de golpes. Para ella, todo se volvió un borrón; no pudo distinguir de dónde venían los ataques, ni en qué parte de su cuerpo iban a aterrizar. Solo sentía los huesos rompiéndose, uno tras otro, mientras el dolor la paralizaba. Respirar se convirtió en una tarea imposible; estaba segura de que sus pulmones se habían llenado de sangre, por la manera en que percibía el silbido en su garganta al intentar inspirar sin lograrlo.

«Parece que esto es todo», pensó mientras su cuerpo caía pesadamente de espaldas al suelo. Su visión se tornó borrosa, no lograba retener el aire en su pecho. Pero ¿qué más daba? Estaba a punto de morir.

Una sonrisa débil se dibujó en sus labios. Con suerte, su encuentro habría desviado la atención de los androides lo suficiente como para que se olvidaran de Trunks. Si su muerte servía para eso, se quedaba satisfecha.

Escuchó una explosión a lo lejos, pero la ignoró. Este momento era suyo y de nadie más.

«Príncipe», pensó, agradecida, «tienes que vivir, cumplir tu destino… tienes que…»

Y entonces, todo se volvió negro.

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El viento rugía con violencia mientras Gohan y Trunks entrenaban en las afueras de la ciudad en ruinas. Ambos se movían con agilidad, sus cuerpos una ráfaga de movimientos rápidos, intercambiando golpes y esquivándolos al mismo tiempo con precisión. Sin embargo, la diferencia de poder entre maestro y aprendiz era innegable. Gohan, con su paciencia y dedicación, mostraba una calma casi imposible de creer en un mundo tan devastado como el que habitaban. Aventajaba a Trunks en fuerza, técnica y experiencia; no obstante, siempre le complacía comprobar esa mirada decidida de su pupilo; en esos ojos azules se hallaba una mezcla perfecta entre el fuego y obstinación de Vegeta con la inteligencia y sagacidad de Bulma.

—Mantén tu centro de gravedad estable —le indicó Gohan, observando con atención cada movimiento—. No te precipites al atacar; eso es justamente lo que los androides esperan.

Fue en ese momento que ambos sintieron algo que los hizo detenerse en seco. Trunks fue el primero en reaccionar audiblemente.

—¡Gohan, esa energía…! ¿De quién será?

Gohan dirigió la mirada hacia el horizonte, donde una columna de humo se alzaba como un oscuro presagio. Una explosión sacudió la lejanía, y un ki desconocido apareció de la nada, acompañado de otras presencias más pequeñas que, para su desconcierto, desaparecieron por completo en cuestión de segundos.

«Fue como un estallido», pensó el único heredero de la familia Son, sus cejas fruncidas en una mueca de concentración. «Esa energía surgió de repente, pero las otras presencias… se desvanecieron». Los androides estaban allí, no le cabía ninguna duda. En esa dirección se encontraba una ciudad.

La fuerza de un presentimiento le gritaba que algo andaba terriblemente mal…

Gohan sintió un cambio repentino en el ki más grande, y su mandíbula se tensó de inmediato.

—No puede ser —murmuró, intentando contener la preocupación en su voz—. Está empezando a disminuir.

—¡Tenemos que hacer algo! —exclamó Trunks, haciendo ademán de alzar el vuelo.

—Sí, pero tú te quedas aquí, Trunks —ordenó Gohan con firmeza, cortándole la intención—. No puedes enfrentarte a los androides. Iré solo.

—¡No, Gohan, déjame ir contigo! ¡Te prometo que no te estorbaré!

—¿Estás dispuesto a tirar todo el entrenamiento por un impulso? —le gritó, apelando a su autoridad. El parecido de ese muchacho con Vegeta hacía que, en ocasiones, le costara controlarlo.

—¡Escúchame, por favor! —insistió Trunks, agitando las manos con desesperación—. Quienquiera que esté peleando allá va perdiendo, ¡y tú no podrás ayudarle solo! Si está malherido, necesitas que alguien más le aparte para que puedas distraerlos.

Gohan machacó las muelas con frustración. No podía negar que Trunks tenía un punto, por más que le costara admitirlo.

—He practicado mucho moverme con sigilo —añadió el chico, sus ojos brillando con determinación—. No voy a interponerme en tu camino, te lo prometo.

Gohan, contrariado, intercaló miradas entre él y la enorme columna de humo que se alzaba en la distancia. Sabía que debía tomar una decisión rápido, así que, tras unos instantes de deliberación, meneó la cabeza y dijo:

—Vamos a acercarnos con cuidado para observar qué está pasando. Pero, Trunks —matizó en tono firme—, si te digo que te vayas, me harás caso sin rechistar. ¿Está claro?

—Sí, Gohan.

—De acuerdo. Sígueme.

Gohan salió volando con Trunks siguiéndolo de cerca, ambos en su estado base para no llamar la atención. Redujeron la velocidad a mitad de camino y optaron por correr, desplazándose con cautela mientras ocultaban sus presencias para no ser detectados por los androides. Aunque estos tenían sentidos agudos, su arrogancia los llevaba a ignorar muchas veces lo que sucedía a su alrededor, y eso les daba una ligera ventaja.

Los guerreros se acercaron con rapidez y sumo cuidado, quedando lo suficientemente cerca como para observar sin alertar a los enemigos. En completo silencio, se encontraron con que el androide Diecisiete golpeaba repetidamente a… ¿una mujer? Era pequeña, delgada y con un oscuro cabello largo hasta la cintura que el androide tenía cogido para que no se le fuera a escapar.

—Esa armadura… —murmuró Gohan, frotándose la boca con la mano mientras intentaba identificarla. Era idéntica a las que utilizaban en el ejército de Freezer, pero su diseño le resultaba extrañamente familiar, casi como…

—¡Mira, parece que tiene una cola! —exclamó Trunks en un susurro, manteniendo el tono bajo para no ser oído.

«¡Eso es!» pensó Gohan, con el asombro reflejándose en sus ojos.

—¡Es una saiyajin! —confirmó en voz baja. Ante la mirada confundida de Trunks, añadió—: Los saiyajines tienen cola.

—¿Yo también?

—No, tú naciste sin cola —explicó Gohan, con un leve mohín nostálgico—. Yo la tuve cuando era pequeño, hasta que me la cortaron definitivamente.

Trunks asintió, procesando la información mientras seguían observando la escena.

«¿De dónde salió esa saiyajin?», se preguntó Gohan afilando la mirada. Aunque, quizás la pregunta más importante en ese momento no era exactamente esa, sino «por qué» era de dicha raza.

Muchos años atrás, durante la expedición a Namek, Vegeta espetó que ellos eran los últimos que quedaban. No había más… no hasta el nacimiento de Trunks. Pero si eso era cierto, ¿qué hacía esa mujer saiyajin peleando contra el androide Diecisiete? ¿Sería mestiza como ellos? Que fuera de sangre pura no le hacía sentido…

—Trunks, voy a crear una distracción —le indicó Gohan, hablando a toda velocidad—. Tienes que escabullirte, tomar a la chica y sacarla de ahí enseguida. No enfrentes a Diecisiete, ¿está claro?

—¡Sí!

Gohan dio un gran salto y desapareció entre las ruinas de los edificios semi derruidos. Trunks esperó en silencio, conteniendo la respiración mientras sus ojos seguían atentos cada movimiento. Supo que era su momento cuando detectó una serie de explosiones de ki en distintos puntos, los destellos iluminando los restos de la ciudad.

«¡Ahora!», exclamó internamente, lanzándose a toda velocidad hacia donde yacía la mujer, cubierta de sangre y con la armadura hecha pedazos. Se la echó al hombro rápidamente, con todo el cuidado que podía bajo esas circunstancias. Sin perder tiempo, salió volando a toda velocidad, agudizando los sentidos para detectar cualquier señal de peligro mientras se alejaba de la zona de combate. Gohan lo alcanzó a los pocos segundos, ubicándose a su lado.

—Me parece que no respira —dijo Trunks con urgencia.

Gohan se posicionó detrás de él para evaluar la situación; primero le puso la mano sobre la boca hinchada, y al no sentir nada, le tomó la muñeca. Fue en vano, no sentía su pulso. La preocupación del chico no resultó infundada.

—No podemos parar ahora —le explicó en susurros rápidos—. Le haremos masaje cardíaco cuando lleguemos con tu mamá. Hay que acelerar, Trunks.

Ambos aumentaron la velocidad al mismo tiempo, rompiendo la barrera del sonido en su frenético vuelo hacia su destino.

A kilómetros de distancia, en los restos donde Kioran había enfrentado a los androides, Diecisiete y Dieciocho permanecían de pie, con los brazos cruzados y miradas de satisfacción.

—¿No vamos a seguirlos? —preguntó Dieciocho, su tono frío y desinteresado.

—¿Para qué? —respondió Diecisiete, con una sonrisa ladina—. Es más divertido así. Les daremos la ilusión de que han logrado algo… Se confiarán, y la próxima vez que los veamos, los destrozaremos a todos juntos.

Intercambiaron una mirada diabólica y, acto seguido, soltaron una carcajada que resonó en las ruinas vacías, ya pensando en cuál sería el próximo punto del planeta que se dedicarían a aterrorizar.

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Gohan había calculado con precisión el tiempo que les tomaría llegar a la casa de Bulma sin que la mujer muriera en el camino. Tan pronto aterrizaron, Trunks la recostó sobre la hierba marchita del patio sin siquiera entrar a la casa. Comenzó a practicarle un masaje cardíaco con movimientos precisos y respaldado por pequeños impulsos de ki, mientras Gohan se inclinaba sobre ella para hacerle respiración boca a boca. Se veía realmente mal; sus labios estaban no solo en extremo inflamados, sino de un color oscuro e impregnados con el sabor metálico de la sangre. Sin embargo, la suerte estuvo de su lado: al poco tiempo, comenzó a respirar por su cuenta, aunque de manera débil y entrecortada.

Bulma salió corriendo de la casa, inicialmente preocupada por Trunks, pero su mirada rápidamente se posó en la mujer que yacía en el suelo frente a ella, al borde de la muerte. Se cubrió la boca con ambas manos. Como no había visto a alguien con cola hacía muchos años, una cruda punzada de nostalgia le atravesó el pecho.

—¿Es saiya…?

—Sí —la interrumpió Gohan, confirmando que el pulso de Kioran iba en camino a estabilizarse—. Tenemos que llevarla a la cámara de recuperación, conectarla y cruzar los dedos.

Sin perder tiempo, Trunks volvió a cargarla en brazos y se dirigieron al lugar mencionado por Gohan.

La cámara de recuperación era una habitación adaptada por Bulma, demostrando una vez más su asombroso ingenio, incluso con los limitados recursos que tenía a su disposición.

Con ayuda de las descripciones proporcionadas por Gohan, había logrado replicar una versión rudimentaria de las cápsulas de recuperación originales utilizadas por el ejército de Freezer. Sin embargo, en lugar de sumergir a la persona herida en líquido medicinal, la científica modificó el diseño para administrar las propiedades regenerativas directamente a través de las venas por medio de una vía, con lo que el beneficiario comenzaba su curación «de adentro hacia afuera», y no al revés. El compuesto medicinal utilizado era una fórmula creada por la misma Bulma, específicamente diseñada para reactivar y acelerar la regeneración celular.

Gohan insistía en que la cámara era fundamental para su supervivencia, especialmente porque las semillas Senzu se habían agotado años atrás. Aunque el proceso de recuperación no era tan rápido como el de las cápsulas originales o las semillas, era lo suficientemente eficaz como para salvar vidas y tratar heridas graves en un tiempo considerablemente menor al que tomaría sin su existencia. Bulma lamentaba no haber podido hacer nada por el brazo de Gohan, y tanto por esa razón como para proteger a su hijo, trabajó día y noche hasta lograr un resultado medianamente satisfactorio para ella. Claro que no cumplía con sus propios estándares de «calidad», mas tuvo que tragarse el orgullo y obligarse a aceptar que, bajo esas condiciones, no podía hacer mucho más.

Bulma y Trunks trabajaron en sincronía, conectando todas las vías intravenosas requeridas en tiempo récord. Gohan los observaba en silencio, con el ceño fruncido, sumido en sus pensamientos.

—¿Crees que funcionará? —preguntó el chiquillo, notoriamente inquieto.

La científica levantó la mirada un instante, captando la ansiedad en los ojos de su hijo. Sabía cuánto le pesaba la frustración de no ser aún lo suficientemente fuerte como para hacer más por la humanidad, o cualquiera que necesitara ayuda. Le ofreció una pequeña sonrisa, marcada por la incertidumbre, pero llena de determinación.

—Haremos todo lo posible —respondió, mientras activaba el tanque que comenzaba a administrar el compuesto medicinal—. Siendo saiyajin, seguro que es muy resistente y logrará recuperarse.

Trunks dirigió su mirada hacia Gohan, buscando una señal de confianza. Este asintió en silencio, intentando transmitirle la calma que él mismo necesitaba.

El único sonido en la habitación fue el del líquido medicinal fluyendo a través de las vías intravenosas, acompañado por el insistente pitido del monitor que registraba los signos vitales de la mujer en la cama, su vida colgando de un hilo. Tres pares de ojos fijos en las pantallas, esperando cualquier cambio, cualquier indicio de mejora.

El silencio se hizo más denso, y por un momento, pareció que el tiempo se detenía. Cada segundo que pasaba era un eco de incertidumbre. Finalmente, el monitor emitió un leve bip, y un pequeño pico se reflejó en las líneas que mostraban el ritmo cardíaco de Kioran. No era mucho, pero era algo.

—Ahí está… —murmuró Bulma, sin despegar la vista del monitor—. Es una señal…

Gohan y Trunks intercambiaron una mirada cargada de alivio, pero nadie se permitió bajar la guardia.

Ese era solo el primer paso. Lo demás dependía de su fuerza de voluntad.

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N. de la A.:

¡Gracias a todos por sus votos y comentarios! Su apoyo ha mantenido esta historia en el número uno de la etiqueta Dragon Ball Xenoverse, ¡y en el top de otras etiquetas relacionadas! La tía Stacy está feliz.

Y abran paso al protagonista de esta historia, el Songoanda, el Arroz cocido, redoble de tambores… ¡Son Gohan del «futuro futuroso»!, como dijo mi querido lector Abelardo y me tuvo como una semana riéndome XD

Al final, Kioran cumplió con su objetivo: entretuvo a Diecisiete lo suficiente como para que la corrupción del pergamino no se activara y así no matara a ese Trunks joven. Claro que lo detuvo a costa de su nariz, su boca, y buena parte de su cuerpo que ahora está todo quebrado, pero «un alma por otra alma» XDDDDD

Si te gustó el capítulo de hoy, ¡no seas tímido/a! Muéstrame tu entusiasmo con comentarios, estrellitas y kudos. ¡Incluso si solo me saludas, estaré muy feliz!

Nos vemos en el siguiente…

Amor y felicidad para todos.

Stacy Adler.