Disclaimer: Todo Dragon Ball pertenece al legendario Akira Toriyama (Q.E.P.D.)

¡Los invito a seguirme en Instagram! stacy_adler_ff

Allí siempre estoy subiendo historias, publicaciones, reels, e imágenes de mis historias (hechas por el genial artista Salvamakoto). ¡No se las pierdan!

.

.

Capítulo 11 Fue el guerrero que lideró la resistencia (Gohan)

Isaías 41:10:

«No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia».

.

Horas antes…

El aroma de la comida llenaba la cocina y el comedor, inundando el aire con su efluvio cálido y reconfortante. A pesar de que muchos alimentos se habían vuelto cada vez más difíciles de conseguir con el paso de los años y la devastación, Bulma siempre se las arreglaba para improvisar con lo que había. Trunks sabía cuánto le gustaba a su madre ir al mercado, aunque fuera una tarea peligrosa. Vivía quejándose de lo complejo que era encontrar ingredientes decentes, sin embargo, ir a comprar representaba una manera de sentir que aún tenía algo de control en un mundo donde casi todo se había perdido.

Trunks, en cambio, detestaba esas expediciones. No solo porque pasar la mañana en el mercado le parecía una tarea mortalmente aburrida, sino también porque la preocupación por la seguridad de su mamá lo carcomía cada vez que salía sola. Pero Gohan, con más experiencia en la vida, le había explicado que quitarle ese pequeño gesto de independencia sería arrebatarle su libertad y tampoco estaba bien. Así que llegaron a una especie de acuerdo: Bulma seguiría yendo al mercado cercano, mientras él y Trunks se encargarían de mantener la seguridad a distancia, en secreto, escaneando su ki constantemente y los alrededores para reaccionar con tiempo ante cualquier eventualidad.

Por fortuna, alimentos básicos como el arroz y el pescado aún se producían gracias a los esfuerzos de los pocos agricultores y pescadores que seguían resistiendo. A pesar de los estragos de los androides, la humanidad continuaba en pie, rehusándose a rendirse. La última palabra aún no estaba dicha ni por lejos.

De pie junto a una gran ventana, Gohan observaba el exterior con aire distraído. A lo lejos, el cielo se veía despejado y sin nubes. Frunció el ceño cuando captó la energía de la guerrera moviéndose en dirección al oeste. Así que había decidido escapar...

Meneó la cabeza al tiempo que suspiraba. La naturaleza saiyajin estaba impregnada de una necesidad instintiva de independencia. No le sorprendía que se hubiera marchado sin decir nada; de hecho, lo esperaba. Aun así, no mencionó nada de inmediato. Dejarla sola un tiempo era probablemente lo mejor. Su comportamiento al despertar había sido brusco y evasivo, y él intuía que presionarla no haría más que empeorar las cosas.

Además, aunque seguía algo débil, ya no corría peligro inmediato. Mientras permaneciera en los alrededores, los androides no la encontrarían. Gohan había terminado por dilucidar cómo era que estos operaban: cuando les daba la gana, atacaban ciudades cercanas a la Corporación Cápsula —ahora poco más que ruinas— para atraerlo, esperando provocarlo para que saliera a enfrentarlos. Luego, se retiraban por un tiempo, esparciendo terror en otros rincones lejanos del planeta. Ese era el juego de número Diecisiete, un patrón que Gohan había aprendido a reconocer y que planeaba usar a su favor cuando tuviera la oportunidad.

Se preparaba cada día entrenando y fortaleciendo su cuerpo, esperando el momento en que pudiera enfrentarse a él en serio. Había aprendido a utilizar sus numerosas frustraciones para volverse más fuerte, para resistir y ganar eventualmente, porque fallar no era opción. Él tenía que ser el escudo que protegiera lo poco que quedaba de su mundo.

Concentrado, Gohan sintió que el ki de la mujer se detenía. No había llegado muy lejos. Era el momento de informárselo a Bulma, que cocinaba con entusiasmo, aprovechando uno de los pocos momentos de calma que tenían.

—No te apures —le dijo suavemente, acercándose a su espalda—. La chica se fue.

—¿Qué? —Bulma frunció el ceño y se giró hacia él, con la sorpresa reflejada en sus ojos—. ¡Pero todavía está recuperándose! Ni siquiera ha comido...

Gohan mantuvo su expresión serena. Los saiyajines tenían una capacidad de restablecimiento impresionante, especialmente en situaciones críticas. Aunque ella no estaba en plena forma, su energía no tenía fluctuaciones considerables, sino que se mantenía constante. No era una emergencia. En realidad, lo que más le preocupaba era su carácter, que complicaba cualquier intento de ayudarla.

—Tranquila, Bulma. Su ki es estable, y no se ha alejado mucho. Además, piensa en cómo habría sido si se tratara de Vegeta: de haber insistido en que se quedara, probablemente habría peleado contra todos nosotros para irse. Mejor démosle un poco de espacio.

Desde el otro lado de la sala, Trunks, que había estado escuchando la conversación en silencio, dio un paso adelante.

—¿No deberíamos seguirla?

Gohan negó con la cabeza.

—Solo lograríamos hacerla sentir acorralada, y lo último que necesitamos es que se ponga a la defensiva. Déjala estar por un tiempo. Te prometo que, si percibo algo raro o su energía cambia, iré por ella de inmediato.

Trunks frunció los labios, insatisfecho con la respuesta. La preocupación seguía reflejada en sus ojos, como si deseara poder hacer algo más. Gohan notó su expresión y, para tranquilizarlo, se acercó a él.

—Si todo sigue igual en un par de días, la buscaré y me aseguraré de que esté bien. ¿De acuerdo? —El muchacho asintió, y él le revolvió un poco el cabello con afecto.

Bulma observó la interacción entre Gohan y Trunks en silencio, sus pensamientos vagando mientras una sensación familiar la envolvía. Había algo en la manera en que Trunks se comportaba, en ese interés palpable que mostraba por la chica saiyajin, que captó su atención. Se preguntó si no sería lo mismo que ella sentía: la fascinación por conocer a alguien que, ya fuera de sangre mixta o de raza pura, les conectaba de alguna forma con el recuerdo de Vegeta. Esa conexión, aunque pequeña, les hacía sentir que no todo lo que él representaba (un planeta extinto, una raza guerrera tan poderosa como orgullosa) se había perdido.

Para Bulma, Vegeta había sido un misterio en muchos sentidos. Durante el tiempo que estuvieron «juntos» —si es que se podía llamar así a lo que compartieron—, nunca definieron lo que eran el uno para el otro. Simplemente se dejaron llevar, disfrutando del momento sin ataduras, sin expectativas. Trunks fue el mayor regalo que él le dejó, la prueba viva de su breve pero intensa conexión. Aunque su relación con Vegeta no fue lo que muchos considerarían tradicional, ella no lo lamentaba. Habían compartido algo único, algo que nadie más podría entender.

Miró a Trunks de reojo, y el pensamiento de cuánto se parecía a su padre le llenó el pecho de una nostalgia dulce. Por desgracia, su hijo nunca tuvo la oportunidad de conocerle, pues este falleció cuando era solo un bebé. Ni siquiera quedaba una fotografía que le ayudara a encontrar algún rasgo que le recordara a su padre, algún gesto o detalle en su expresión que lo conectara con ese hombre que, según ella y Gohan, poseía una presencia magnética a pesar de su carácter gruñón y su eterna frialdad.

Gohan siempre insistía en que Trunks había heredado mucho más que el orgullo y la determinación de Vegeta. En sus ojos y en su semblante se veía un claro reflejo de su papá, aunque, probablemente, cuando terminara de crecer le superaría en altura. Bulma sonrió, pensando en lo orgulloso que Vegeta habría estado (en secreto, por supuesto) de ver a su hijo convertido en un guerrero fuerte y determinado a pesar de su corta edad.

Trunks se sintió un poco avergonzado mientras su cabeza era acariciada con afecto por aquella mano grande y áspera, pero no se apartó. Para él, Gohan era más que un maestro o un mentor; era como el hermano mayor que nunca tuvo, y en ocasiones, incluso una figura paterna, a pesar de que solo habían casi diez años de diferencia entre ellos. Él y su mamá eran los pilares de su vida, siendo Gohan la fuente de estabilidad, fortaleza y seguridad que él admiraba profundamente. No se sentía únicamente protegido por él, sino también empujado constantemente a ser mejor, a superar sus propios límites.

En su opinión, Gohan era sinónimo de poder y resolución. No solo era el guerrero más fuerte que conocía, también sospechaba que había algo más en él, un poder oculto que aún no había visto por completo. A veces, se preguntaba si realmente se estaría conteniendo de algún modo, pero siempre terminaba descartando esa idea con rapidez, sintiéndose demasiado joven e inexperto como para comprender algo tan complejo. «¿Qué puedo saber yo sobre esas cosas?», se decía, convencido de que todavía le faltaba mucho por aprender.

Sus pensamientos se desviaron entonces hacia la mujer saiyajin. No podía evitar pensar en ella como una especie de «hermana de sangre», una conexión inesperada que se había materializado repentinamente y que estuvo a punto de morir en sus brazos. El que fuera parte de su linaje lo intrigaba profundamente. Su madre tenía razón en sus conjeturas, si bien faltaría añadir algo más; su interés en ella no era solo por la sorpresa de encontrar a otra saiyajin, sino porque le ofrecía una oportunidad única: descubrir más sobre sus orígenes.

Trunks siempre había vivido con los escasos recuerdos que pudo conectar acerca de Vegeta. A esas alturas de su vida, tenía plena conciencia de que él y Gohan compartían un legado, un lazo saiyajin que los hacía diferentes a los demás humanos. Pero hasta ahora, ese vínculo era una pieza faltante en su vida, algo que no lograba comprender del todo, al ser él y su mentor ambos mestizos. La presencia de esa mujer podría darle una nueva oportunidad de acercarse a esos orígenes, de entender mejor la herencia que le dejó su padre y de conocerse a sí mismo de una manera más profunda. Claro que todo esto no tenía una forma tan específica en su mente, sino que se trataba más bien de su instinto susurrándole al oído, pero el muchacho había aprendido bien a escuchar esos impulsos y seguirlos.

A Gohan le ocurría algo similar a lo que experimentaban Bulma y Trunks, pero en su caso, la sensación estaba teñida de nostalgia y una curiosidad más sutil. Al igual que Vegeta, su padre también fue un saiyajin de raza pura, pero Goku nunca mostró interés en su origen, ni en el pasado de su raza, gracias al golpe en la cabeza que borró su memoria. Para él, ser saiyajin solo se tradujo en la explicación de su deseo innato de volverse más fuerte y enfrentarse a oponentes que lo llevaran al límite; más allá de eso, siempre fue un terrícola más, incluso luego de enterarse de que en realidad había nacido a años luz de distancia.

Gohan creció sin comprender del todo el sentido de pertenencia que se suponía debía experimentar por un legado que, tras la muerte de Goku y la caída de su mundo en manos de los androides, se volvió una especie de sombra que lo acompañaba donde fuera.

La presencia de esa mujer saiyajin lo llenaba de intriga. Era un fragmento de un pasado que no llegó a conocer bien. Gohan se preguntaba si ella podría ayudarle a entender más sobre el origen de ese poder inmenso que él y Trunks compartían, un poder que les distinguía de los humanos y que, al mismo tiempo, los conectaba con esa extraña historia que casi no conocían. Quizás, hablando con ella, él y Trunks podrían llenar esos vacíos sobre su propia naturaleza y sobre lo que realmente significaba ser saiyajin en un mundo que no tenía lugar para ellos.

Se les había presentado una oportunidad única, una que parecía fruto de la casualidad, y Gohan no tenía la intención de desaprovecharla. Acercarse a la mujer no sería sencillo; su naturaleza independiente y desconfiada ya había quedado clara. Además, estaba el tema del orgullo, pero creía que tenía las de ganar si se portaba paciente y estratégico, como en los combates contra los androides. Valía la pena intentarlo, sin duda.

.

.

Algunos días después, Gohan decidió que ya era momento de visitar a la misteriosa mujer saiyajin; y Kioran, por esas cosas de la vida, se encontraba en un estado de frustración tal que, aunque nunca lo admitiría en voz alta, estaba a punto de treparse por las paredes como una araña. No soportaba la sensación de estar atrapada sin un plan concreto para regresar al futuro, al Nido del Tiempo, a ciudad Conton. La casa en ruinas en la que se refugiaba se había vuelto una prisión, y la inactividad había minado su paciencia hacía mucho rato.

Mientras observaba las murallas semidestruidas y dejaba que su mente se llenara de ideas furiosas, no tenía ni idea de que esa misma tarde estaba a punto de recibir una visita que cambiaría su vida nuevamente, y por completo.

Lo primero que sintió fue un ki muy controlado acercándose. Era como un eco de algo que había percibido antes, pero que no lograba identificar del todo. Esa sensación la inquietó, haciéndola fruncir el ceño.

El ki se detuvo justo a las afueras de la casa. Kioran se quedó inmóvil, su cuerpo en alerta, mientras aguzaba los sentidos. Pasaron unos segundos, y entonces escuchó un golpe suave en la puerta. Permaneció en silencio, sus músculos tensándose. Sus pensamientos comenzaron a correr, barajando posibles escenarios. ¿Quién podría estar allí?

Otro golpe resonó, esta vez un poco más fuerte, pero aún contenido.

—¿Hola? —dijo una voz desde el otro lado.

«Bueno, si fuera el enemigo, no se tomaría la molestia de golpear ni de preguntar», pensó con sarcasmo. Además, esa voz aguda le resultaba familiar, y una parte de ella ya intuía quién era… y que no le iba a gustar lo que vería a continuación.

Con un crujido, la puerta se abrió lentamente y allí, en el umbral, apareció la figura de Gohan. Kioran lo observó, confirmando sus sospechas: era el maestro de Trunks.

«Maldita sea…», pensó, conteniendo un gruñido. ¿Cómo era posible que alguien con sangre saiyajin proyectara tanta tranquilidad? Los saiyajines eran guerreros salvajes, fieros, y en él solo veía paz, como si nada en el mundo pudiera perturbarlo.

Gohan terminó de ingresar cargando una bolsa en la mano. Entonces sus ojos se posaron en Kioran, llenos de una curiosidad y algo que parecía compasión, lo que terminó por molestarla todavía más. No quería la compasión de nadie, mucho menos tratándose de un guerrero que, según ella, no parecía tener el temperamento propio de su raza.

—¿Cómo me encontraste? —inquirió en voz baja, tratando de mantener una inflexión firme y desinteresada. Estaba segura de haber mantenido su energía correctamente oculta, como le había enseñado Trunks.

Gohan le dedicó una sonrisa amable, del tipo que lograba desarmar a cualquiera… pero que a ella le erizó la cola.

—He desarrollado bastante mi percepción del ki —explicó con sencillez, en un tono que casi parecía una disculpa—. Así hemos logrado rescatar a muchas personas que estaban a punto de morir, y su energía era tan débil que los androides no podían detectarla. Puedo sentir incluso animales muy pequeños, como ardillas o peces, si me concentro lo suficiente.

Kioran frunció el ceño, en parte molesta por la respuesta, en parte intrigada por la habilidad que Gohan afirmaba poseer. Esa percepción tan aguda no era común, y aunque le parecía impresionante, no estaba dispuesta a admitirlo.

—Ah. —Fue todo lo que salió de su boca, casi un gruñido.

«¿Así que me encontró por eso? Estúpido tipo con cara de bobo...», pensó, su ceño todavía más fruncido.

—Bueno, ¿y qué querías? —espetó con brusquedad, cruzándose de brazos mientras lo miraba de arriba abajo, como si intentara intimidarlo. Sus ojos se detuvieron en la manga vacía que colgaba de su hombro izquierdo, y una sensación de molestia la invadió. Por mucho que lo intentara, no podía ignorar el hecho de que había perdido ese brazo de una manera probablemente muy cruel.

Gohan no se inmutó ni un poco. Había interactuado lo suficiente con Vegeta en el pasado como para reconocer esa actitud desafiante y orgullosa. En lugar de molestarle, le producía cierta nostalgia, recordándole tiempos en los que las cosas eran muy diferentes. Su sonrisa se amplió levemente, lo que solo sirvió para irritar más a Kioran.

—Traje algo de comida para ti —explicó, alargando la bolsa hacia ella con naturalidad—. Bulma se lamenta que te hayas escapado el otro día.

Kioran parpadeó, visiblemente sorprendida por la simplicidad de su respuesta. Esperaba una recriminación o algún intento de sermón, pero lo único que recibió fue una oferta de comida. Por un momento, su actitud desafiante vaciló, y se sintió desarmada.

—Ah... —balbuceó por segunda vez, sintiéndose ridícula.

—Bulma es la mamá de Trunks, el chico al que llamaste «príncipe heredero» cuando despertaste, y es una científica muy famosa —explicó, como si también estuvieran allí y los estuviera presentando ante la desconocida—. Yo me llamo Son Gohan.

«Lo único útil que has hecho es recordarme tu nombre», pensó Kioran, poniendo los ojos en blanco sin poder evitarlo. Quizás se le olvidara otra vez, pues no se trataba de un dato importante para ella.

Como Gohan la observaba con cara de esperar algo, como que ella le dijera su nombre y así finalizar las innecesarias presentaciones, decidió que era momento de interrumpirlo antes de que terminara por verbalizar sus intenciones.

—Mira, híbrido…

¿Híbrido? —repitió Gohan en voz baja, como si paladeara el incómodo sabor de aquel vocablo al pronunciarlo.

—… yo no soy nadie —prosiguió sin hacerle caso—, ¿entiendes? No existo. Soy como un fantasma. Haz de cuenta que nunca me encontraste.

Esperó que esas palabras, cargadas de veneno, tuvieran algún efecto en él, que lo sacaran de su tranquila fachada y revelaran alguna reacción que pudiera manejar. Pero no. En lugar de mostrar molestia o incomodidad, Gohan permaneció en silencio, sus ojos fijos en ella, pero sin un rastro de juicio. En su mirada solo había curiosidad, como si intentara desentrañar las razones que la llevaban a adoptar esa actitud defensiva.

La paciencia de Gohan la desarmó de nuevo, y por un segundo sintió que su estrategia se volvía inútil. Quería que se sintiera ofendido, que la enfrentara de algún modo. Pero esa falta de agresividad la dejaba sin recursos. Casi como si, con su actitud serena, él le estuviera ofreciendo una oportunidad para abrirse. Y eso la molestaba más que cualquier otra cosa.

—¿Por qué me miras así? —espetó, en tono irritado—. ¿Esperas que te cuente mis secretos o alguna mierda por el estilo?

—No, solo te estoy escuchando. —Pestañeó con total y verídica inocencia.

«Que me jodan si entiendo cómo tratar a este tipo…»

Ambos se quedaron en silencio, mirándose fijamente durante unos largos segundos que para Kioran se sintieron como una eternidad. Gohan abrió la boca como si fuese a decir algo más, pero la ceja enarcada de la mujer terminó por disuadirlo. Finalmente, desvió la mirada hacia la bolsa de comida que aún sostenía, aprovechando de dejarla a un lado, sobre una pequeña silla que había sobrevivido milagrosamente al caos.

—Procura comer bien —dijo con esa calma irritante que parecía no abandonarlo nunca—. Aún estás débil.

Kioran sintió que una oleada de furia le subía al rostro. Los ojos se le abrieron de par en par, y por un instante, no supo qué decir. La franqueza con la que él hablaba, desprovista de cualquier intención oculta, la descolocó por completo. En toda su vida, nadie le había hablado de esa manera tan… desinteresada; ni siquiera Trunks, y mucho menos Raditz, cuya dureza y brutalidad habían sido todo lo contrario a lo que Gohan le mostraba ahora.

—¡Sé cuidar perfectamente de mí misma! —replicó casi sin aliento, aunque sintió que su ira se estaba disipando demasiado rápido—. No necesito que nadie me diga lo que debo hacer.

Gohan no se inmutó ante su explosión. Con la misma paciencia de antes, levantó su única mano en señal de paz. Su expresión permaneció serena, sus ojos fijos en los de Kioran como si le intentara transmitir paz.

—Lo siento si te ofendí —dijo suavemente, sin un atisbo de reproche—, no era mi intención. Estuviste muy débil, por eso nos preocupa que recuperes tus fuerzas adecuadamente.

Kioran apretó los dientes. El enojo que había brotado con tanta violencia se debilitaba rápidamente ante su aplastante sinceridad. Era ridículo lo fácil que lograba desarmarla. Ridículo. Absurdo.

—Está bien —resopló finalmente, mirándolo de hito en hito—. Comeré. Pero vete y no vuelvas.

Gohan la estudió en silencio por un instante, como evaluando cada palabra y cada gesto, antes de asentir lentamente. No insistió, pero en sus ojos, Kioran percibió un destello de preocupación que, aunque trató de ignorar, no pasó desapercibido. Esa mirada, cargada de una genuina compasión, volvió a descolocarla y a enfurecerla en partes iguales.

—Si necesitas algo, eleva un poco tu ki y vendré enseguida —murmuró antes de girar sobre sus talones y salir de la casa, cerrando la puerta con suavidad tras de sí.

Kioran se quedó en silencio hasta que escuchó que la puerta se cerraba por completo. Descruzó los brazos al instante, y un profundo suspiro escapó de sus labios. Esa preocupación… ¿por qué la irritaba tanto? Sentía que la calma inquebrantable y la actitud casi protectora en él la golpeaban en lugares que prefería mantener enterrados y olvidados.

Se llevó una mano al rostro, frotándose los ojos como si quisiera borrar las sensaciones que la invadían. «Híbrido idiota», pensó, tan exasperada como confundida. Todo en él era desagradable, desde su serenidad hasta la manera en que parecía entenderla sin siquiera intentarlo. Pero lo que más la molestaba era esa sensación persistente de que, a pesar de sus esfuerzos por ahuyentarlo, él no se iría fácilmente.

«Bueno, de eso me encargaré después», pensó, intentando convencerse de que podía manejar la situación. Ahora… iba a comer, sí, pero no porque le importara lo que el híbrido pensara. Lo haría porque realmente se moría de hambre, y esa bolsa con comida emanaba un aroma irresistible que le recordaba lo poco que había comido en esos días.

Con un suspiro resignado, se acercó para cogerla. La abrió con un movimiento rápido y se quedó mirando el contenido: un par de contenedores bien organizados, llenos de lo que parecía ser un guiso ya tibio, y bastante arroz. El olor le hizo gruñir el estómago, traicionándola.

—Maldito sea —murmuró, los ojos clavados en la comida, un hilillo de saliva corriendo hacia abajo por su mentón. Y, aunque se dijo a sí misma que no lo hacía por él, no pudo evitar sentir una pequeña punzada de gratitud que se apresuró a aplastar con su enorme orgullo.

Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y comenzó a comer en silencio, cada bocado tenía el sabor del alivio y de la rabia. A pesar de todo, su mente seguía volviendo a ese encuentro, a esa mirada amable que se negaba a desaparecer de su cabeza. Y el arroz… El arroz estaba increíble. Joder. El arroz le recordaba a él, no estaba segura de por qué.

Sacudió la cabeza, decidida a ocupar su imaginación en cosas mejores, como recordar a Trunks.

«Príncipe heredero, ¿qué estarás haciendo ahora?», se preguntó mientras masticaba la comida más deliciosa que había probado en lo que parecía una eternidad. Eran platillos preparados en casa, se notaba, y Kioran deglutió con avidez, casi sin pausas entre bocados.

«Espero que estés bien… y que no me hayas olvidado».

.

.

El pequeño salón de la casa cápsula de Gohan estaba iluminado tenuemente por la luz artificial que colgaba del techo. Afuera, la noche avanzaba con su manto oscuro, cubriendo las ruinas y el silencio inquietante del mundo devastado. Dentro, el ambiente era más cálido, con la organización que caracterizaba a Gohan: muebles sencillos pero funcionales, algunos estantes pequeños repletos de libros de ciencias, y una planta en la ventana que él regaba a veces, cuando se acordaba.

Trunks, sentado en el sofá de dos cuerpos con las piernas cruzadas, le miraba sin ocultar su intensa curiosidad, como si esperase que Gohan le contara una gran aventura.

—¿Entonces, la encontraste? —preguntó, inclinándose hacia adelante con evidente entusiasmo.

—Así es —respondió Gohan, acomodando el té caliente que preparó rato atrás en la mesita de centro—. No fue fácil hablar con ella… apenas me dejaba terminar una frase. —Su expresión se tornó nostálgica, como si recordara algo familiar—. Se comportó igual que tu padre: terca y orgullosa. Cada vez que intentaba hacerle una pregunta, se adelantaba para interrumpirme, como si no quisiera darme espacio de averiguar nada.

Los ojos de Trunks brillaron al escuchar la mención de Vegeta.

—¡Igual que mi papá! —exclamó, emocionado—. ¿Será fuerte? ¿Ya se había recuperado de sus heridas? ¿Le gustó la comida?

—Espera, espera —intentó detenerlo Gohan entre risas, porque el niño siempre tenía esa manera de entusiasmarse que resultaba muy contagiosa—. Se veía mucho mejor que cuando despertó, ya no tiene la cara inflamada y su ki es completamente estable. Sobre la comida… bueno, me peleó un poco recibirla, no vi que la probara, pero estoy seguro que sí lo hizo apenas me fui. La comida de Bulma es deliciosa, no creo que le haya desagradado.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó tras echar fuera unas risitas, apoyándose en el respaldo del sofá.

Gohan se frotó la barbilla en un gesto pensativo. Su semblante se tornó serio por un momento, antes de que una chispa cruzara su mirada.

—Podríamos… —murmuró, reflexionando en voz alta—. ¿Qué te parece si la invitamos a nuestro entrenamiento de mañana?

Trunks saltó de su asiento. Sus puños se alzaron con entusiasmo, y su energía desbordante llenó la habitación.

—¡Eso sería genial! —exclamó, lanzando golpes al aire con movimientos rápidos—. Le demostraré que soy muy poderoso. ¡Ya lo verá! —Dio un giro sobre sus talones y lanzó un par de patadas, imitando las técnicas que había perfeccionado desde que Gohan empezó a entrenarlo cuando cumplió los ocho años.

Gohan no pudo evitar sonreír ante el entusiasmo de su joven aprendiz. Verlo tan motivado siempre le llenaba de energía, y en medio de la oscuridad, su espíritu luminoso lo mantenía en pie. Admiraba su confianza y esas ganas de superarse a pesar de que habitaban un planeta decididamente hostil.

Mientras Trunks continuaba lanzando golpes a un enemigo imaginario, Gohan lo observó en silencio. En su experiencia, ningún saiyajin se resistía a una buena pelea, un desafío que lo llevara al límite. Era algo que estaba en su sangre. Ninguno se negaría, excepto él, tal vez… o al menos, aquel Gohan que había dejado atrás cuando el mundo se desmoronó por completo ante sus ojos.

.

.

N. de la A.:

¡Gracias a todos por sus votos y comentarios! Y, por supuesto, también a los lectores nuevos que se han incorporado. ¡A todos muchas gracias por mantener esta historia en el top!

¡Y ha vuelto la sección pedida por el público (XD)! Hoy en «Si este fic tuviera japoñol»:

- La palabra que usa Kioran para referirse a Gohan, «híbrido», en japonés sería «konketsu», que significa algo así como «sangre mezclada» y se usa para referirse a los híbridos o mestizos, tanto humanos como animales. Es decir, aquellos seres que tienen una ascendencia mixta. Elegí konketsu y no hafu, porque la primera funciona de una forma más agresiva que la segunda, entonces cuadra con la impertinencia de Kioran. Por eso, Gohan reacciona extrañado de que ella lo llame con tanta repulsa.

Si te gustó el capítulo de hoy, ¡no seas tímido/a! Muéstrame tu entusiasmo con comentarios, estrellitas y kudos. ¡Incluso si solo me saludas, estaré muy feliz!

Nos vemos en el siguiente…

Amor y felicidad para todos.

Stacy Adler.