Disclaimer: Todo Dragon Ball pertenece al legendario Akira Toriyama (Q.E.P.D.)

.

.

Capítulo 18 El frenesí saiyajin (que no deberías renegar)

Romanos 12:21:

«No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien».

.

Por fin, después de un año y medio de ausencia, Goku estaba de vuelta en casa.

La odisea en Namek había sido solo el comienzo. Después de derrotar a Freezer en su forma final y escapar por un hilo de la destrucción del planeta, Goku llegó casualmente a un rincón del universo que jamás habría imaginado conocer: Yardrat, el planeta habitado por amables criaturas de cuerpos débiles pero técnicas increíbles. Vivió allí por un año, y durante ese tiempo, su cuerpo se fortaleció, su espíritu se templó y su dominio sobre el poder de la transformación en Super Saiyajin mejoró considerablemente. Además, consiguió aprender una técnica muy útil que le sirvió justo en el momento indicado: la teletransportación.

Goku regresó a la Tierra en un momento crucial. Freezer, convertido en un monstruo de metal, había viajado al lejano planeta azul para buscar venganza acompañado de su padre, King Cold. Sin embargo, su cuerpo reconstruido no le otorgaba ninguna ventaja, ya que su nivel de poder era el mismo que tenía cuando aquel odioso saiyajin lo humilló.

Gracias a la teletransportación aprendida en Yardrat, Goku apareció justo frente al antiguo emperador, y no le dio la más mínima oportunidad de mostrar los efectos de la reconstrucción de su organismo. Había aprendido de una manera dolorosa que el diálogo no siempre era el mejor camino; que perdonar la vida a sus enemigos podía significar benevolencia una vez, y estupidez desde la segunda; y porque no le iba a permitir convertir a la tierra en un nuevo Namek, Goku inmediatamente se transformó en Super Saiyajin y de un solo Kamehameha, acabó con la vida de Freezer reduciéndolo a un inocuo polvillo que se disolvió en el ambiente.

King Cold, en cambio, representaba una incógnita peligrosa. Al saber que se trataba del progenitor de su rival más poderoso a la fecha, estaba seguro de que su nivel de pelea podría aumentar en cualquier momento, aunque no parecía superarlo. Goku no iba a arriesgarse a averiguar si estaba en lo cierto o no. Con la lección aprendida en Namek, donde un enemigo acorralado podía ser el más letal de todos, no permitió que King Cold mostrara sus habilidades. No le dio oportunidad de hablar, ni de transformarse, ni de hacer gala de alguna astucia inesperada.

Solo necesitó un golpe que le atravesó el pecho de lado a lado. Y, al igual que a su hijo, lo redujo a cenizas con un poderoso Kamehameha.

Cuando Vegeta, sus compañeros y su hijo se acercaron a él, la amenaza que representaba esa nefasta familia había sido por completo eliminada.

De aquello ya habían transcurrido varias semanas.

Una tarde, Gohan escribía sin descanso sobre el bonito cuaderno que su mamá le regaló. Su habitación era pequeña y sencilla: una estantería repleta de libros que Chichi eligió con esmero, una cama de tamaño modesto y un escritorio de madera que era su refugio para estudiar y dejar volar la imaginación. Su lápiz se deslizaba con ritmo constante sobre el papel, dejando a su paso fórmulas de todo tipo, caracteres ordenados y pequeñas anotaciones en los márgenes, como recordatorios para sí mismo. A su lado, Goku descansaba con los brazos cruzados tras la cabeza, acostado despreocupadamente sobre la cama de su hijo, con una expresión de absoluta tranquilidad.

El silencio era muy cómodo. No necesitaban llenar el ambiente con palabras para disfrutar de la compañía mutua. Habían estado separados durante tanto tiempo que, incluso en la quietud, la presencia del otro bastaba. Gohan trabajaba con diligencia en su cuaderno, avanzando tanto como podía para luego poder salir a entrenar con su padre sin preocupaciones. Era una rutina que le gustaba, no solo porque así su mamá no se molestaba, sino porque era una excusa más para pasar tiempo con él.

Después de varios minutos en los que solo se escuchó el rasgueo del lápiz sobre el papel y la respiración sosegada de Goku, Gohan levantó la vista con un atisbo de duda en sus ojos oscuros.

—Papá… —llamó en voz baja, sin dejar de girar el lápiz entre sus dedos.

El aludido abrió un ojo y lo miró con curiosidad.

—¿Hmm?

—¿Cómo se siente… ser un Super Saiyajin? —preguntó, sin ocultar su inquietud.

La expresión de Goku cambió levemente, aunque su sonrisa no desapareció del todo. Se incorporó a medias, de lado, apoyando un brazo en la almohada y la mejilla en el puño mientras observaba a su hijo con interés.

—Te asustaste, ¿verdad? Cuando me viste. —El niño desvió la mirada, bajando la cabeza hasta casi esconderse tras su cuaderno.

—Un poco… —admitió en susurros—. Tu ki se sentía como si no fuera tuyo. Era… muy denso.

El guerrero asintió, dejando escapar un leve suspiro.

—Es difícil de describir. Pero… imagina que un ser sanguinario despertara de pronto dentro de ti. Como una bestia incontrolable. Eso sentía yo. Me costaba mucho pensar, lo único que quería era… destruir a Freezer. No derrotarlo: destruirlo. Romperlo en pedazos. Es como una rabia que te consume y lo único que puede aliviarla es destrozar a tu rival con tus propias manos. —Goku hizo una mueca y continuó hablando—. Lo pensé mucho durante el tiempo que viví en Yardrat. Creo que los instintos básicos de la raza saiyajin se apoderan de tu mente durante la transformación. Me tomó tiempo dominarlos, pero aún siento como si el corazón se me fuera a reventar dentro del pecho. —Observó la expresión solemne de su hijo y compuso una nueva mueca—. De verdad, explicarlo es raro.

—Te he entendido… o eso creo —matizó, con una sonrisa avergonzada.

—Algún día llegará tu turno, Gohan. No creo que esta transformación sea exclusivamente para mí, seguro que cualquier saiyajin con el entrenamiento adecuado puede conseguirla. Cuando seas más grande, lo intentaremos. ¿Qué dices?

—Claro. —Y le sonrió, aunque realmente no le atraía la idea. Pelear no estaba entre sus prioridades, pero no quería decepcionar a su papá—. ¿Y la teletransportación, cómo funciona? ¿Qué se siente? —Era mejor variar de tema.

—¡Muy extraño! Estás viendo una cosa y de repente, todo cambia y ves otra. Pero tienes que asegurarte de tener bien localizado el ki de una persona para aparecer allí. No sé cómo explicártelo, ¿y si mejor te enseño a hacerla?

—Puede ser…

Sin previo aviso, Goku se incorporó rápidamente en la cama, quedando sentado con las piernas cruzadas. Alargó una mano y la apoyó sobre la cabeza de Gohan, revolviéndole el cabello con esa naturalidad que no había cambiado el tiempo que estuvo ausente.

—Bueno, no tienes por qué pensar en eso todavía —le dijo, devolviéndole la sonrisa—. Ni Super Saiyajin, ni teletransportación. Por ahora, solo concéntrate en estudiar, ¿sí?

El pequeño se echó a reír con todas sus ganas.

—¡Eso lo dices porque mamá te regañó para que no me distraigas! —acusó con picardía.

—Bueno, puede ser… pero supongo que tiene razón.

Todavía riéndose, Gohan cerró el cuaderno con un golpe suave y dejó el lápiz a un lado antes de arrojarse a su cuello con toda la energía propia de un niño de siete años.

—¡Oye, oye! —se quejó Goku en broma, dejándose caer de espaldas en la cama con su hijo sobre él—. ¡Ya sé: empecemos a entrenar ahora!

Y el entrenamiento consistió en… resistir las cosquillas que le hacía en el estómago y los costados.

—¡Papá, nooo! —Apenas si conseguía hablar—. ¡No, no, papá, para! —jadeó entre risas, pataleando mientras intentaba escapar de las cosquillas implacables.

Pero Goku no tuvo piedad. Rodaron por la pequeña cama, Gohan tratando de arrancarse mientras su padre lo atrapaba una y otra vez con una precisión imposible. La habitación se llenó de risas infantiles y de sus alegres forcejeos juguetones, como si el mundo entero se redujera a ese instante de felicidad absoluta.

Después de un minuto de risas y jadeos entrecortados por la guerra de cosquillas, más otro minuto en el que Gohan intentó vengarse sin éxito, finalmente se detuvieron para darse un momento de recuperar el aliento.

El niño, echado sobre el torso de Goku, alzó un poco la cabeza para mirarlo de frente. Tenía las mejillas rojas por el esfuerzo y el cabello desordenado.

—Papá… —Él respondió elevando ambas cejas—. ¿Sabes? Creo que sí hay una técnica que me gustaría aprender ahora…

.

.

El cielo despejado y el aire fresco de la mañana marcaban el inicio de un nuevo día en la Tierra. Habían pasado alrededor de dos meses y medio desde la última vez que Kioran y Gohan enfrentaron a los androides, y al pequeño Trunks le dieron el alta en tiempo récord: su pierna rota ya estaba completamente recuperada. Fue una fortuna que el hueso se hubiera quebrado de forma tan limpia. Según el doctor era un milagro, pero tanto Bulma como Gohan sabían que esto iba más allá de lo que él podía comprender; estaba en sus genes de saiyajin sanar mucho más rápido que un humano promedio. Y era un alivio que fuese así.

Mientras duraba su convalecencia, Gohan reemplazó los entrenamientos físicos por unos mentales, en los que obligaba a su pupilo a imaginar diversos escenarios contra los androides y pelear de tal manera que siempre pudiera sobrevivir. Como esto no exigía un esfuerzo físico, y porque todavía le pesaba haberlo preocupado tanto, Trunks ponía todo de su parte para avanzar tanto como fuera posible.

Para cuando pudo volver a ejercitarse con normalidad, ya había logrado buenos progresos, ganándose una felicitación en forma de cariñosas palmaditas en la cabeza.

A petición de Kioran, Gohan se transformó en Super Saiyajin en unas cuantas ocasiones para entrenarla. Él podía intuir el motivo subyacente en la petición: quería convencerse de que su personalidad no sufría un cambio significativo en ese estado. La complació, mostrándole que sí podía mantenerse relativamente en calma.

—De todos modos, tu energía cambia bastante —le acusó en una oportunidad, como si él hubiera negado lo evidente cuando no había dicho ni media palabra—. No tanto como ese día, pero sí se siente distinta.

—Para convertirte en Super Saiyajin, el ingrediente principal es un arranque de ira alimentado por el odio —le explicó entonces, recordando las palabras de su papá al regresar de Namek, y su propia experiencia—. Mientras estoy así, es verdad que no me siento completamente tranquilo. Hay algo dentro de mí que pulsa… Creo que son los instintos básicos de la raza. Con el tiempo he logrado dominarlo.

—Hmmm… —Sí, había notado algo como eso en su enfrentamiento con el androide… y tenía lógica, pero también era cierto que la energía de Trunks, tanto la del Patrullero como la del jovencito de esa línea temporal, no presentaba una variación tan grande en cómo los percibía.

Quizás fuera por el contraste entre Gohan en su estado normal y transformado: en el primero siempre estaba bajo control, mientras que en el segundo parecía luchar por no perderlo.

Ahora que Trunks ya se había recuperado, Gohan volvió a hacer que entrenara con Kioran. El chiquillo no pudo evitar percatarse de que la dinámica entre ella y su maestro había cambiado un poco... O, mejor dicho, era ella la que se comportaba de forma un poco distinta. Ya no discutía tanto, ni era tan borde con él, y sus indicaciones las respondía con gruñidos, no insultos. Eran cambios sutiles, pero él podía percibirlos. Distraído, se preguntaba si la infinita bondad de Gohan había terminado por ablandar su resistencia.

Esa mañana después del desayuno, Bulma se acercó a ellos con un cigarrillo en la boca y un montón de planos bajo el brazo. Por su expresión se le notaba sumergida en sus ideas.

—Por favor, necesito que vayan al mercado por mí —dijo de repente, sacándolos a todos de su concentración—. Estoy por terminar este diseño y no puedo dejarlo para después... ¿Se llevan a Trunks también?

El niño frunció el ceño, claramente en contra de la idea.

—Prefiero esperarlos en la isla y entrenar mientras tanto —respondió encogiéndose de hombros. No le gustaba nada ir al mercado a hacer compras, y no entendía por qué a su mamá parecía encantarle.

Bulma sonrió, porque ya sabía lo que iba a decir incluso antes de que hablara. Volvió su atención a Gohan y Kioran.

—En ese caso, les encargo la compra a ustedes dos —les dijo, extendiéndoles una lista en papel y las llaves del aerocoche—. Ya saben qué hacer. ¡Gracias!

—Espero que no nos equivoquemos al elegir las verduras —bromeó Gohan, cogiendo la hoja y las llaves casi al vuelo—. Vamos, Kioran.

Ella asintió, intentando no mostrar demasiado entusiasmo, aunque lo cierto era que le parecía agradable cambiar un poco de rutina. Desde que había llegado a ese mundo, todo lo que hacía era entrenar (que era su actividad favorita junto con comer, pero también resultaba muy repetitivo), quejarse de las visitas a los refugios, deambular fingiendo indiferencia alrededor de Bulma, Gohan y Trunks, y pensar... Sobre todo, en ciudad Conton, el Imperio Oscuro y cómo pasaba el tiempo sin tener noticias de ninguno. ¿Qué sería de Chronoa y Trunks allá, en ese lejano futuro? ¿Cómo estaría el «viejo pervertido», habría encontrado alguna otra muchacha que acosar?

—¿Kioran? —preguntó Gohan, al ver que había dejado de caminar.

Ella sacudió la cabeza. No podía hacer nada más que seguir allí, viviendo el día a día en un mundo que no era suyo... Y al cual, muy a su pesar, se acostumbraba cada vez más.

—Ya voy, híbrido…

.

.

El bullicio del mercado los recibió apenas descendieron del aerocoche. Gente de todas las edades caminaba de un lado a otro entre puestos de frutas, verduras y productos variados que llenaban el aire con sus deliciosos aromas.

Kioran caminaba a un paso relajado al lado de Gohan, observando cómo, apenas lo reconocían, muchos terrícolas se acercaban a él con sonrisas y palabras de agradecimiento. Algunas personas incluso le ofrecían pequeños regalos u ofrendas. Gohan aceptaba todo con una sonrisa cálida y amable, devolviendo gestos corteses y palabras de gratitud.

—¡Oye, Son Gohan! —gritó un hombre de mediana edad desde su puesto de frutas—. Toma esto, un regalo a nombre de todos. Para que puedas derrotar pronto a esos malnacidos.

El hombre le entregó una bolsa llena de manzanas, y Gohan le agradeció con una inclinación de cabeza.

—Muchas gracias —dijo, con esa serenidad característica que siempre parecía irradiar.

Kioran, en silencio, se dedicaba a observar los intercambios intentando pasar desapercibida. Sin embargo, algo no encajaba. Mientras avanzaban entre los puestos, empezó a darse cuenta de un detalle que, hasta ese momento, había pasado desapercibido para ella: la sonrisa de Gohan, aunque genuina a los ojos de los demás, no le resultaba completamente sincera. Había una leve tensión en su rostro, un brillo apagado en sus ojos que Kioran captó luego de un rato.

La fachada que mostraba era perfecta: el protector afable, el héroe dispuesto a recibir la gratitud de la gente con suma humildad. Pero ella comenzó a percibir algo más. Podía ver cómo tras esa sonrisa se escondía una frustración contenida que en cualquier momento podría desbordarse.

«No está feliz», pensó mientras una mujer mayor se acercaba para entregarle un ramo de flores, agradeciéndole por haber salvado a su hijo de los androides. «Está fingiendo. Pero, si tengo razón, ¿por qué nunca demuestra nada? ¿Por qué tiene que sonreír como estúpido todo el tiempo?».

Kioran frunció el ceño, con los brazos cargados de diversos abarrotes, mientras seguían caminando por el mercado. Gohan se detenía a hablar con cada persona que lo saludaba, siempre paciente, siempre dispuesto a escuchar. Pero la mujer empezó a ver la situación de otra manera: cada palabra de agradecimiento, cada sonrisa que intercambiaba con los demás, no hacía más que añadir peso sobre sus hombros. Era como si, detrás de esa fachada de amabilidad, Gohan estuviera acumulando todo el dolor de los demás.

La gente seguía acercándose, regalándole cosas, agradeciéndole, mientras Gohan continuaba sonriendo y hablando con ellos. Uno, incluso, osó palmear suavemente cerca de su hombro izquierdo, lo cual dejó a Kioran preguntándose con más y más rabia cómo lo soportaba… cómo manejaba esas emociones sin romperse, cómo mantenía ese férreo control sobre sí mismo. Ella no lo habría logrado nunca.

Se detuvieron frente a un puesto de hortalizas, y Gohan comenzó a seleccionar los productos que Bulma les había encargado. Kioran mataba el tiempo oteando los alrededores, pero sus pensamientos seguían enfocados en él. Creía que era un peso demasiado grande como para ser cargado solo por una persona.

Guardando las diferencias, se sentía como la primera vez que lo vio transformado en Super Saiyajin; era un Gohan que no conocía, una faceta más en su personalidad. Un ángulo nuevo que descubrir de él.

Gohan terminó de hacer las compras y volvió a su lado, con la misma expresión serena.

—Ya tenemos todo —anunció, luciendo las bolsas casi con orgullo—. ¿Regresamos?

Ella le dio un asentimiento flojo, pues su mente seguía procesando lo que acababa de descubrir.

—Trae, yo llevo esa otra bolsa —dijo al notar que a él le resultaba incómodo cargar todas con solo una mano, aunque ella ya tenía las suyas ocupadas.

—Tranquila, estoy bien… —Y al ver cómo Kioran le respondía con una especie de rugido bajo, se preguntó si estaría molesta por algún motivo.

¿Molesta? Estaba que reventaba. Ya venía muy enfadada por lo que vio en el mercado: la gente depositando en él todo el peso de sus desgracias, y Gohan sonriéndoles como si aquello fuera correcto. ¿Y quién diablos se preocupaba por cómo estaba él? ¿Alguno de esos terrícolas tuvo siquiera la decencia de preguntarle si se encontraba bien, si tenía alguna herida… algo?

Cuando regresaron por fin al aerocoche, Kioran se apresuró a adelantarse para abrirle una de las puertas traseras y que colocara allí las compras que llevaba él. Gohan se lo agradeció de una forma que volvió a espolear el enfado de Kioran, quien arrojó al interior del vehículo sin ningún cuidado las cosas que llevaba. Cerró la puerta de golpe, atravesándose en el camino de Gohan con el rostro deformado por la ira, impidiéndole abrir la puerta del conductor.

—¿Qué pasa? —preguntó él, sorprendido de confirmar sus sospechas: sí que estaba molesta, pero ¿por qué?

Kioran lo estudió por un momento antes de hablar, como si intentara no explotar antes de decirle unas cuantas cosas que tenía atragantadas.

—No entiendo por qué siempre haces esto —dijo finalmente en tono acusador, la mandíbula tan apretada que las palabras se le enredaron un par de veces—. Finges que todo está bien, que no hay ningún problema, pero ¡claro que los hay! ¡Hay demasiados problemas! ¡Y parece que los cargaras todos tú solo!

Gohan se quedó con la boca abierta, estático.

Como no sabía por dónde empezar, Kioran decidió que lo mejor era señalar lo primero que se le venía a la cabeza en ese momento, lo que era evidente para cualquiera, prestara o no atención:

—¡¿Por qué no estás enojado por tu brazo?! —inquirió a gritos, gesticulando con ambas manos.

Él procedió a intercalar miradas entre la saiyajin y su vacío hombro izquierdo.

—¡Porque no pasa nada! Ya me acostumbré a valerme solo con el derecho —respondió, con una amplia sonrisa.

«Deja... ya... de sonreír... ¡carajo!», rugió Kioran en su interior, completamente harta de verlo siempre minimizando las cosas serias.

—Me das náuseas —se quejó, con un veneno que no había soltado en mucho tiempo. Gohan la miró confundido—. ¿Cómo puedes decir eso tan feliz? Estás manco, joder. —La palabra salió de sus labios con una crudeza intencionada, como si quisiera hacerlo despertar de un trance.

El impacto de la palabra «manco» golpeó a Gohan como un bofetón. Su sonrisa vaciló apenas un instante, pero no desapareció del todo. Solo se quedó ahí, inmóvil, con ese brillo en los ojos que Kioran no supo si interpretar como comprensión o resignación.

—Pues... porque no gano nada enfadándome por algo que no tiene arreglo, supongo —respondió finalmente, encogiéndose de hombros.

La mujer soltó un gruñido lleno de frustración que le raspó la garganta y debió tragar saliva para no atorarse. Era como si se estuviera ahogando por las palabras que empujaban para abrirse paso a través de sus cuerdas vocales.

—¡Es esa… maldita falta de carácter lo que hace que todos descansen en ti! ¿Te has dado cuenta? En los refugios, esos terrícolas te quedan mirando como si tú fueras la mágica solución a sus problemas, ¡y lo aceptas! ¡Aceptas que te carguen como a una jodida mula! —Se frenó de golpe para coger más oxígeno, respirando de forma agitada.

Ambos se observaron en silencio por unos segundos. Kioran apretó los puños hasta que los nudillos crujieron, con la mirada encendida por una rabia que ni siquiera ella misma terminaba de entender.

—La gente… la gente hace lo que puede para vivir, ya lo sé. Y se esfuerzan por seguir adelante a pesar de todo —masculló, con la mandíbula tensa, como si le costara admitirlo—. Eso es algo que todavía no entiendo bien… ¡pero no es justo! ¡No tienes por qué hacerte cargo de todo sonriendo como un tarado! ¡No les debes nada, al contrario: todos están en deuda contigo!

Gohan no intentó detener el torrente de palabras. Se limitó a dejar que su frustración golpeara el aire entre ellos, dándose cuenta de que no se esperaba escuchar algo así de ella. Se había sorprendido cuando Trunks, el día después de que Diecisiete le partiera la pierna, le mostró lo observador que era al confesar que se había dado cuenta de cómo él llevaba el peso de todos a cuestas… Pero que él lo notara podía ser incluso esperable, teniendo la relación que tenían.

Kioran, sin embargo, solo llevaba meses allí. Y también había visto esa parte de él. La veía, y al parecer, la frustraba al punto de perder los estribos.

Un pequeño destello cruzó sus ojos negros al tiempo que alzaba su única mano en un gesto de rendición.

—Gracias —dijo, con una calidez inesperada en la voz.

El ceño de Kioran se frunció todavía más.

—¿Qué?

—Gracias por preocuparte.

Ella parpadeó.

Y luego sintió un calor incómodo trepándole rápidamente al rostro, una sensación molesta, como si acabara de ser atrapada en medio de un acto que no quería admitir.

—¡Y-yo no estoy preocupada por ti… idiota! —soltó de inmediato, dando un paso hacia atrás como si Gohan la hubiera acorralado—. Solo me da rabia que seas tan estúpido.

La sonrisa del mestizo se amplió, porque él podía ver más allá de lo que Kioran estaba dispuesta a admitir.

—Lo que tú digas.

El tono ligero de su voz encendió aún más la furia de la guerrera, que lo miró como si quisiera arrancarle la cabeza de cuajo.

—¡Te estoy hablando en serio! Es increíble… —Resopló sacudiendo la cabeza—. Solo pareces un saiyajin cuando están esos putos androides de por medio. El pequeño príncipe se comporta mucho más como uno que tú, y también es un híbrido.

Aunque, si debía ser honesta consigo misma, no quería volver a verlo como esa primera vez que se convirtió en Super Saiyajin. Le molestaba que se mostrara tan pasivo, pero imaginar a Gohan comportándose como Raditz le provocaba un nudo en el estómago.

No… no quería sentirse de nuevo como si no fuera él.

Pero tampoco podía soportar que se aprovecharan de su ridícula bondad…

Kioran se cruzó de brazos, concentrando la mirada en un punto lejano mientras pensaba. Había algo que quería preguntarle desde que lo vio pelear contra el androide Diecisiete, y pensaba aprovechar la oportunidad.

—Dime una cosa —murmuró, hablando a un volumen razonable por primera vez en lo que parecía una eternidad—: ¿alguna vez has dado rienda suelta a tus instintos de saiyajin? —Gohan la miró con la confusión escrita en el rostro, como si fuese incapaz de comprender la pregunta—. Ya sabes que somos una raza guerrera. Amamos pelear, está en nuestros genes. Pero cuando te vi enfrentar a ese estúpido androide, me pareció que te estabas frenando… —Descruzó los brazos y movió las manos frente a él, como si estuviera dibujando la escena—. Nunca te había visto pelear en serio. Fue increíble… pero, al mismo tiempo, era como si hubieras estado conteniendo una parte de ti. Como si algo pujara por salir…

Gohan desvió la mirada, y aunque su rostro se mantenía sereno, sus dedos se crisparon levemente sobre su muslo. Un movimiento tan ínfimo que solo alguien muy observador habría notado.

No es que nunca hubiera reflexionado sobre lo que Kioran intentaba saber, pero siempre lo había hecho en soledad, ya fuera dentro de su casa cápsula o las escasas veces que visitó el río frente a la casa de sus padres, un lugar en el que no había puesto pie en varios años.

Y ahora, aquí estaba ella, desafiante, implacable… hurgando sin saberlo en lo más profundo de su ser.

Su aversión a la violencia… su rechazo a entregarse al instinto saiyajin… su resistencia a la idea de que su vida debía girar en torno a la batalla… Todo aquello eran tópicos que nunca manifestaba en voz alta. Ni siquiera cuando era un niño y su madre, tan intuitiva, había terminado por moldear en él ese deseo genuino de ser un famoso académico… Deseo que había nacido de forma natural, porque, a diferencia de su padre, a él nunca le gustó pelear.

Y sí, en algún momento de su infancia aprendió a tolerarlo, incluso a encontrar cierto gusto en el entrenamiento cuando lo hacía con su papá o con Piccolo. Pero siempre había sido un medio, nunca un fin. Gohan nunca sintió que ese fuera su camino, ya que no quería ser un guerrero. Lo único que siempre quiso fue poder investigar, descubrir los secretos del mundo, comprender la naturaleza y sus misterios. Pero ese sueño se desvaneció con el caos de los androides. Todos murieron. Podía más o menos lidiar con la muerte de su papá por la enfermedad al corazón, pero lo que ocurrió después no le cabía en la cabeza: su mamá, su abuelo, Piccolo, Krillin, Yamcha, Ten Shinhan, Chaoz… Todos fueron asesinados casi frente a sus ojos.

Y solo quedó él.

Para proteger lo que quedaba del planeta.

Para cuidar y entrenar a Trunks.

Por eso peleaba. Por eso entrenaba. Porque era su obligación. Porque nadie más podía hacerlo.

Porque en ese mundo apocalíptico él era el único que podía hacer frente a la destrucción.

Levantando la cabeza, su mirada encontró nuevamente la de Kioran. Por alguna razón, hablar de esto con ella no le parecía descabellado. Era la primera vez que sentía el deseo de decirlo en voz alta. Quizás porque no lo miraba con la misma admiración ciega que los demás.

Quizás porque ella verdaderamente lo veía.

Y sin darse cuenta, el deseo de contárselo creció dentro de su pecho.

—¿Sabes? Nunca me ha gustado pelear realmente —comenzó a explicar, todo su ademán serio, casi sombrío—. Cuando era niño, actué sin pensar algunas veces. Pasaron cosas que yo no entendía, cosas extrañas... muchos años después lo comprendí: este poder dormido en mi interior era el culpable. —Se llevó la mano al pecho, como si intentara contener algo dentro de sí.

Sus ojos, negros como el océano en la oscuridad de la noche, atraparon la mirada de Kioran, quien sintió como si algo en su interior quedara hipnotizado, sin escapatoria posible. Un guerrero al que no le gustaban las batallas… era un concepto demasiado ajeno a lo que estaba acostumbrada. No obstante, de algún modo cuadraba con Gohan. Tenía sentido. Más o menos.

—Me hubiera encantado que mi papá me enseñara a dominar mi instinto saiyajin —continuó—, pero murió cuando yo tenía casi ocho años. Todo lo que sé lo he aprendido mordiendo el polvo y levantándome otra vez. Algún día, ser un híbrido —matizó enfatizando la palabra, lo que provocó en Kioran una punzada de incomodidad— significará algo más que tener un lado de mí que disfruta la venganza. Perder el control podría significar perderme a mí mismo. Y ese es un riesgo que prefiero no correr.

Ella se mordió el labio inferior con fuerza, aguantando la punzada de dolor que la obligaba a dominarse cuando su impulso natural era atacar o defenderse para no mostrar vulnerabilidad. Pero esta vez era diferente. Entendió que había ido demasiado lejos con sus palabras, y esa sensación de amargura se mezclaba con la incomodidad de sus propias declaraciones. Con una profunda exhalación, agachó la cabeza y caminó hacia el capote del vehículo, en donde se apoyó quedando medio sentada.

Entonces, alzó la mirada. La molestaba sentirse de esa forma, pero a la vez, algo en esa tranquilidad la incitaba a ser honesta, a bajar la guardia. Qué injusto.

—No iba en serio —murmuró entre dientes, como si se hubiera rendido—, lo de llamarte manco y decir que das asco. Lo cierto es que... me pareces fascinante —declaró a media voz, como si le costara admitirlo, sintiendo que la confesión se le atascaba en la garganta.

—¿Y eso? —preguntó Gohan ladeando la cabeza, tal como solía hacer su padre cuando estaba vivo.

Kioran bajó la vista y empezó a jugar con su cola, enroscándola entre sus manos. La punta se movía nerviosamente.

—Renunciar al frenesí saiyajin suena… horrible —admitió, dejando escapar una risa nerviosa que sonaba poco convincente—. No te entiendo, tampoco por qué actúas así, pero... es admirable.

Gohan se rascó la nuca, visiblemente incómodo ante el cumplido.

—Lo dices como si fuera algo extraordinario, pero solo soy quien soy, nada más.

«Extraordinario», pensó Kioran para sí, sin atreverse a expresarlo en alto. «Eres extraordinario, lo admitas o no».

—Quizás la clave esté en dejarte llevar —sugirió.

—No sabes lo que estás diciendo —replicó Gohan, en tono condescendiente.

—Estoy especulando... —Kioran dudó un instante antes de continuar—. Si tienes ese enorme poder escondido en tu interior, quiere decir que también es una parte de ti. No deberías temerle, sino aceptarlo... conocerlo y acostumbrarte a él. —Su entrecejo se comprimió mientras pensaba—. ¿Alguna vez te transformaste en Ōzaru?

—Sí, cuando era pequeño.

—Supongo que nadie te entrenó para dominar la transformación.

—Me cortaron la cola antes de que pudiera aprender.

—¡Por Dios, qué blasfemia! —exclamó, estremeciéndose como un animal sacudiéndose el agua del cuerpo—. Bueno, como sea. ¿Es esa falta de control lo que temes? No creo que llegue a tanto.

Gohan negó lentamente con la cabeza.

—No es solo eso. Es… —suspiró, cansado—. La primera vez que me transformé en Super Saiyajin fue un caos. Tenía diez años, mis amigos y mi maestro habían muerto frente a mí, y no pude hacer nada para salvarlos. Esa transformación me hizo entender lo aterrador que era ese poder. —Se detuvo un segundo, sus ojos oscurecidos por los recuerdos—. Mi papá amaba pelear. Yo lo admiraba y deseaba sentir lo mismo, disfrutarlo como él lo hacía… pero simplemente no soy así. Tengo otro tipo de carácter. Cuando me convertí en Super Saiyajin, sentí lo que él sentía, y me asustó. Si hubiera sido lo suficientemente fuerte habría destrozado a esos androides con mis propias manos, sintiendo en la piel cómo sus vidas se apagaban… Y lo peor es que lo habría disfrutado. Eso no puede ser normal.

Es normal —intervino Kioran con firmeza—. Para nosotros, lo es. —Y se arrepintió al instante, porque realmente no lo pensaba. Simplemente buscaba hacerlo sentir más cómodo con su origen, aunque fuera contándole una pequeña mentira.

—De acuerdo: para los saiyajines de raza pura quizás lo sea. Para mí, un mestizo criado en la Tierra, algo como eso no está bien. Por mucho daño que hayan causado los androides hasta ahora, no disfrutaría verlos morir.

—Pero sí vas a matarlos —quiso asegurarse.

—Solo porque no tengo otra opción. —Gohan bajó la mirada, todo su ademán impregnado de resignación—. No hay nada de bondad en ellos, jamás cambiarán. No puedo dejarlos vivir, pero tampoco gozaré aniquilarlos.

«Maldita sea», pensó Kioran con un rápido chasquido de la lengua. «Este tipo siempre me hace encontrarle la razón».

—Por eso eres extraordinario —murmuró en voz baja, casi para sí misma.

Gohan sonrió ligeramente, ocultando parte de su incomodidad.

—Si eso es lo que crees… Bueno, gracias.

Esa conversación fue algo en lo que Kioran se quedó reflexionando todo el camino de vuelta, mientras Gohan conducía el aerocoche. Había sido una charla reveladora. Pudo conocer otra faceta de aquel híbrido que parecía tener mil aristas, que actuaba bajo la premisa de que cada paso que daba lo llevaba a un resultado premeditado. Pero todo aquello a costa de su tranquilidad, y eso no se le hacía justo. Tenía que mostrar en algún momento lo que realmente pensaba. Tenía que portarse como alguien corriente, tan común y simple como ella…

Luego de eso, pasó el resto del día taciturna. No le gustaba lo que estaba sintiendo, porque no lo comprendía. Gohan era… definitivamente extraño, lleno de matices que, por mucho que se resistiera a la idea, deseaba seguir descubriendo. La intrigaba saber cuál sería su siguiente hallazgo.

Mirando sin realmente ver a través de la ventana de su casa cápsula, se dio cuenta de que la noche ya había caído. Solo entonces fue consciente de que el día se le había pasado en un borrón desde su conversación con Gohan en el mercado. No recordaba nada en particular, ni siquiera qué había comido en casa de Bulma… salvo el arroz, del cual se había devorado varios platos.

Suspiró, dejando que el aire escapara lentamente de sus pulmones. Se sentía atrapada en un torbellino de emociones que no había pedido, en un mundo que no era el suyo, pero que, de alguna manera, había empezado a volverse más familiar de lo que estaba dispuesta a admitir.

«Me estoy acostumbrando a este lugar», pensó, más frustrada que resignada. «Me estoy acostumbrando a ellos…»

Era extraño. Había pasado tanto tiempo viviendo con la certeza de que no pertenecía a ningún sitio, que ahora, cuando algo parecía acercarla a una forma de pertenencia, sentía el impulso de rechazarlo.

Suspiró por enésima vez, ahora con más profundidad, dejando que el cansancio emocional la envolviera por completo. No tenía respuestas por el momento. Solo podía seguir adelante, viviendo el día a día, aunque significara enfrentarse a emociones que no quería sentir. Pero faltaba para eso. Había demasiadas cosas para las que no estaba preparada.

Finalmente, se apartó de la ventana y se dirigió al rincón donde le gustaba encogerse para dormir. No estaba segura de si esa noche encontraría algo de paz en sus sueños, lo único que sabía con certeza era que, aunque quisiera, no podía ignorar los cambios que estaban ocurriendo dentro de ella.

Y Gohan, de alguna manera, era el epicentro de todo.

.

.

—Oye, mamá… —Bulma giró la cabeza hacia Trunks, respondiendo a su llamado mientras él dejaba a un lado el cuaderno sobre el que escribía—. ¿No crees que Gohan parece más feliz? —susurró, porque el mencionado estaba a unos metros de distancia, sentado en el sofá de tres cuerpos del salón leyendo una revista antigua.

La científica, con las manos aún sumergidas en el agua jabonosa, dejó escapar una risita por lo bajo. Sacudió la cabeza con diversión mientras terminaba de enjuagar un plato y lo colocaba sobre el escurridor.

—¿Ah, sí? —respondió con un matiz juguetón, sin apartar la vista de su tarea.

Trunks se echó hacia atrás para apoyar la espalda sobre el respaldo de la silla, dándole vueltas al lápiz entre los dedos.

—Sí, no sé… A lo mejor es solo mi impresión, pero lo veo… más relajado —añadió, buscando las palabras adecuadas para expresar lo que había estado percibiendo.

Bulma no contestó de inmediato. Se tomó su tiempo, enjabonando con esmero una taza mientras su mente procesaba lo que su hijo había dicho. Claro que lo había notado. Desde que Gohan y Kioran volvieron del mercado dos días atrás, algo en él había cambiado de manera sutil: una leve diferencia en sus hombros, algo menos rígidos; en cómo su expresión parecía más ligera… Incluso había momentos en los que, sin darse cuenta, sonreía sin motivo aparente.

Terminó de enjuagar la taza y la dejó a un lado antes de girarse un poco hacia su hijo.

—Lo que yo veo es que tú no terminas nunca de hacer los apuntes del libro que ya deberías haber terminado de leer —le dijo, medio en broma, medio en serio.

Trunks se estremeció y de inmediato volvió a sumergirse en su cuaderno, escribiendo con celeridad.

La cocina quedó en un agradable silencio por un momento, solo interrumpido por el sonido del agua corriendo y el ocasional rasgueo del lápiz contra el papel. Bulma no podía negar que había algo en Kioran que sacaba una faceta distinta de Gohan. Quizás era su forma de ser, su manera de decir las cosas sin filtro… porque no se callaba nunca lo que pensaba y sus palabras emergían sin ningún freno, mientras que ella siempre fue muy cuidadosa a la hora de dirigirse a Gohan, de criarlo cuando Chichi se lo encargó, como si fuese también su hijo.

Tal vez eso le faltaba: alguien que lo remeciera con una honestidad cruda. Bulma había llegado a esa conclusión cuando ambos volvieron del mercado; Gohan con aire reflexivo, y Kioran perdida en la luna. Seguro que conectaron de alguna manera que solo ellos podían comprender.

Fue entonces que el tranquilo ambiente se vio envuelto en una serie de quejidos inconexos, imposibles de descifrar a la distancia, volviéndose cada vez más claros a medida que avanzaban por la casa.

—Ahí viene —suspiró Trunks sin apartar la vista de su cuaderno, entre divertido y resignado.

—¿Qué habrá pasado ahora? —La sonrisa de Bulma se hizo más amplia.

Los pasos apresurados de Kioran resonaron en la entrada de la Corporación Cápsula, y antes siquiera de cruzar el umbral del salón, su voz explotó con total frustración:

—¡Los ciempiés de este planeta son asquerosos!

Desde la cocina, madre e hijo intercambiaron miradas de incredulidad, intentando no reírse. Y Gohan, cuya lectura se vio interrumpida de forma tan dramática, no se contuvo en lo absoluto y se rio con todas sus ganas en tanto dejaba la revista a un lado para prestarle atención.

—¡Es en serio! —continuó Kioran, notoriamente asqueada—. Sabían a lodo. ¡Era como masticar tierra húmeda con patas! —Sacudió la cabeza con desesperación, como si el simple recuerdo le provocara arcadas.

Gohan se pasó la mano por el rostro, todavía carcajeándose.

—Te lo dije. —Ella bufó en respuesta al comentario—. Mejor prueba suerte con los grillos fritos. Seguro te gustan más.

Kioran parpadeó y, por primera vez en la tarde, su expresión cambió del disgusto a un repentino interés. Se inclinó levemente hacia Gohan, casi como si quisiera asegurarse de que no le estaba tomando el pelo.

—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó con un deje de sospecha en la voz.

Gohan se encogió de hombros con naturalidad.

—Los probé hace años. No me parecieron tan malos.

Kioran volvió a pestañear de manera convulsa. Luego, sin previo aviso, sus ojos brillaron con un entusiasmo que rara vez mostraba, y menos en presencia de Gohan.

—¿Por qué nunca me lo dijiste? —saltó, trazando cortes en el aire con su cola inquieta.

—Nunca salió el tema —respondió con sencillez, aún divertido por su reacción.

«Nunca salió el tema» —repitió ella en tono sarcástico, pronunciando todas las vocales como si fueran íes—. ¡Híbrido tonto… haber partido por ahí!

Se dejó caer a su lado en el sofá sin la más mínima delicadeza, subiendo las piernas para cruzarlas y apoyar los codos en ellas.

—Empieza a contarme tu experiencia con los grillos —exigió, con el mismo entusiasmo de un niño descubriendo un nuevo juego.

Gohan se acomodó contra el respaldo, adoptando una postura más relajada. Era imposible no notar la intensidad con la que Kioran esperaba su respuesta, y en un rincón de su mente le pareció gracioso lo mucho que le interesaba el tema.

—Cuando era niño, mi maestro Piccolo me abandonó en el bosque como parte de mi entrenamiento —explicó sin ocultar la nostalgia que le provocaba hablar de ello—. Así que tuve que aprender a sobrevivir con lo que fuera.

Kioran dejó de respirar y su expresión cambió súbitamente, como si un pensamiento la golpeara de lleno.

—¿Qué edad tenías? —farfulló en voz muy baja.

Gohan ladeó un poco la cabeza, sin comprender a qué iba la pregunta, pero respondió sin dudar:

—Cuatro años.

En completo silencio, el rostro de la guerrera fue perdiendo un poco de su brillo inicial. Algo en su mirada se oscureció, y por primera vez en toda la conversación, pareció dejar de pensar en comida.

Gohan reconoció esa expresión de inmediato. Era la misma que había atisbado en su rostro el día en que le preguntó por su madre y él le respondió que había fallecido años atrás.

Por alguna razón desconocida, Kioran reaccionaba de un modo particular ante cualquier cosa que tuviera que ver con infancia, con la pérdida, con la idea de estar solo. Quizás tenía que ver con aquellos años junto a Raditz de los cuales nunca le había dado información. Pero con el tiempo logró intuir algunas cosas, así que decidió que no la iba a dejar quedarse en esos pensamientos que parecían oscuros. No mientras estuviera en su poder evitarlo.

—En fin —continuó con ligereza, volviendo rápidamente al tema original—, probé de todo para sobrevivir. Pero, entre las cosas desagradables que comí, los grillos fritos en grasa de T. rex fueron los más… aceptable. De verdad, nunca pensé que la grasa de dinosaurio pudiera dar un sabor tan peculiar a la comida, ¿se te había ocurrido?

El cambio de tema funcionó. Kioran parpadeó un par de veces antes de centrar su atención nuevamente en lo que decía. Sus ojos recuperaron el brillo entusiasta, y su expresión se transformó en la de alguien que estaba tomando notas mentales con la máxima concentración.

—¿Usar grasa de T. rex? —repitió, con un destello curioso en la voz—. ¡Jamás! Voy a tener que intentarlo.

La forma en que Kioran había vuelto a observarlo era inusual. No con la reticencia con la que normalmente lo trataba, sino con la intensidad de alguien que realmente estaba absorbiendo cada palabra que decía. Como si estuviera grabando la información en su mente para usarla después.

Por alguna razón, al mestizo le pareció divertida la idea.

—¿Y qué no volverías a comer jamás? —preguntó ella de repente, con una curiosidad más genuina que burlona.

Gohan hizo una mueca de disgusto inmediato.

—Una tarántula de río —respondió estremeciéndose por el recuerdo.

—¡Con razón! Las tarántulas son demasiado bonitas para comerlas.

—¡Bonitas! —repitió, echándose a reír por enésima vez. La conversación estaba resultando una experiencia increíble.

—¿Has visto los ojitos tan lindos que tienen?

—Cuatro pares de lindos ojos —ironizó.

—Mamá, tengo miedo —le susurró Trunks a Bulma, quien se vio obligada a abrir por completo la llave del agua para amortiguar sus risitas.

—Oye, híbrido, ¿y cómo descubriste que podías usar grasa de T. rex para cocinar? —inquirió, sus ojos muy abiertos y brillantes.

—Bueno, trabé «relación» con uno de ellos que siempre me perseguía. Hicimos una especie de acuerdo: yo no lo mataba, y él me dejaba comer una tajada de su cola todos los días. Nunca se le terminó de regenerar. Me siento culpable —explicó, más en broma que en serio—. Ya no me quedaba carne y tenía mucha hambre. Solo había grillos; entonces, recordé que mi mamá usaba grasa de animales para cocinar. Y así me las arreglé.

La atención de Kioran no titubeaba ni un segundo, como si cada detalle que Gohan mencionaba fuera un conocimiento invaluable que debía grabar en su mente. Y entonces, sin darse cuenta, empezó a sonreír mientras él seguía hablando.

No una sonrisa irónica ni una cargada de su usual desafío. Tampoco una de esas muecas que usaba para desviar la atención. Esta vez, la sonrisa de Kioran fue distinta. Era auténtica, ligera y llena de un entusiasmo genuino.

Gohan la vio desplegarse lentamente en su rostro. Comenzó en la comisura de sus labios, extendiéndose con suavidad hasta iluminarle los ojos. No hubo reservas ni cálculo en ese gesto, solo una reacción natural, un reflejo espontáneo de la diversión que sentía en ese momento. Era una sonrisa pura, sin dobles intenciones ni escudos que ocultaran lo que realmente pasaba por su mente.

Y Gohan, sin estar preparado para ello, se sintió… deslumbrado.

No lo esperaba. No estaba seguro de qué era lo que lo había golpeado con tanta fuerza en ese instante, pero lo sintió de manera clara, innegable. Fue una sensación cálida, algo desconocido que brotó desde lo más profundo de su interior, como una chispa encendiendo una mecha que ni siquiera sabía que existía dentro de él.

Gohan tragó en seco, sintiendo el peso de ese descubrimiento, aunque sin entenderlo del todo. No apartó la vista de Kioran, como si quisiera asegurarse de que ese instante no se desvaneciera demasiado rápido… y lo hizo con mucho cuidado, porque estaba seguro de que, si ella llegaba a adivinar lo que estaba pasando, se iba a cerrar en banda como siempre.

Desde ese momento, Gohan se propuso lograr que sonriera de esa manera tan increíble más seguido, aunque tuviera que actuar en secreto para que no se diera cuenta de su intención.

Sí, lo conseguiría. No le cabía duda.

No sabía qué era lo que le había pasado en ese instante, ni por qué verla sonreír de esa forma le había removido algo en el pecho. Pero, por alguna razón, sintió que quería seguir viéndola así… a pesar de que una parte de él parecía indicarle que ese deseo podría ser muy peligroso.

.

.

N. de la A.:

¡Ha llegado un nuevo sábado de Más allá! Gracias como siempre a mis queridos lectores que no se pierden actualización.

Estamos en una etapa de la historia que podríamos llamar «profundización»; lo mismo que al principio con Trunks Xeno, ahora toca con Gohan. Es importante porque a partir de aquí podemos notar cada vez más diferencias entre ellos, en la forma que Kioran los ve.

¿Qué técnica le habrá pedido Gohan a Goku que le enseñara?

Hoy conocimos una buena parte de lo que le pasa a Gohan con su poder. Además, Kioran lo hace enfrentarse a reflexiones que no había compartido antes. Bulma, que todo lo ve; Trunks, que es más observador de lo que aparenta… Y claro: los grillos fritos. Ñami XD

Además, está la última reflexión de Gohan sobre la sonrisa de Kioran. La sonrisa verdadera, no la mueca habitual. Es increíble el poder que tiene una sonrisa, ¿no creen?

Si te gustó el capítulo de hoy, ¡no seas tímido/a! Muéstrame tu entusiasmo con comentarios, estrellitas y kudos. ¡Incluso si solo me saludas, estaré muy feliz!

Nos vemos en el siguiente…

Amor y felicidad para todos.

Stacy Adler.