Disclaimer: Todo Dragon Ball pertenece al legendario Akira Toriyama (Q.E.P.D.)

¡Otro capítulo de duración XL! Espero que lo disfruten.

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Capítulo 20 Yo nunca, jamás, lloro (porque es para maricas)

Juan 11:25-26:

«Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?».

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El zumbido constante de las máquinas llenaba el laboratorio, mezclándose con el sonido de las teclas que Bulma presionaba con precisión. Pantallas de monitoreo y planos digitales se desplegaban en la mesa de trabajo, iluminando su rostro con destellos azulados. Gohan, de pie junto a ella, observaba en silencio cómo la científica ajustaba uno de los últimos detalles del proyecto que la había mantenido en vilo durante meses: crear una máquina del tiempo.

—Estoy muy cerca de terminar, lo sé —dijo Bulma, sin apartar la vista de la pantalla, con un cigarrillo encendido colgando de sus labios—. Solo faltan unos componentes, pero nada que no pueda conseguir. Una vez que tenga todo listo, el siguiente paso será crucial.

Gohan asintió. Sabía que ese momento llegaría en pocos años, y que la máquina del tiempo sería la clave para cambiar el destino que conocían, al menos, para aquella línea temporal.

—¿Qué tan cerca? —preguntó, procurando que su tono fuera neutral.

Bulma giró en su silla para mirarlo, sus ojos brillando con determinación.

—Lo más complejo ya lo tengo listo; el plano está casi terminado —explicó, reacomodándose la gorra que solía usar sobre la cabeza para no tener que peinarse—. Pero debemos esperar a que la medicina para la enfermedad del corazón de Goku esté completamente desarrollada. Un químico que conozco, que trabaja en un laboratorio de medicinas clandestino, me contó que están a poco de lograrlo. Cuando llegue ese momento, podrás viajar al pasado… verás a tu papá vivo otra vez…

Gohan mantuvo una expresión serena, pero por dentro, su mente trabajaba a toda velocidad. «No puedo ser yo», pensó, recordando las palabras de Kioran sobre la historia que debía mantener su curso. Sí, le encantaría ver a Goku de nuevo, por supuesto, pero tendría que asegurarse de que fuera Trunks quien tomara ese lugar en el viaje, y hacerlo de tal forma que no levantara sospechas en Bulma.

—Eso suena bien.

—Podremos llegar a tiempo y salvarlo esta vez —prosiguió Bulma—. Quiero que tengas la oportunidad de cambiar las cosas… de cambiar el destino de ese pequeño Gohan de otra línea temporal.

Agradecido, el único descendiente de la familia Son asintió dándole una palmadita en el hombro. Bulma volvió a girarse en su silla y continuó deslizando rápidamente sus dedos sobre el teclado.

—¿Sabes? A veces siento que algo me falta… algo que no logro ver todavía… ¡Ya sé: un buen estéreo! Mi papá habría estado de acuerdo —dijo en broma, soltando una carcajada mientras recordaba cariñosamente al Dr. Briefs que, como la mayoría de los habitantes del planeta, había muerto años atrás.

Gohan se unió a sus risas. Había tanta gente a la que echaba de menos...

Después de un rato, el joven se despidió de Bulma y se dirigió a su casa cápsula para dormir. Ella se quedó porque iba a seguir trabajando, envuelta en un silencio casi absoluto, interrumpido solo por el sonido de las teclas, el zumbido de las máquinas, el tic-tac constante de un reloj que marcaba las horas en un rincón, y el chasquido del encendedor anunciando el cambio de cigarrillo.

La luz artificial iluminaba el espacio, proyectando sombras alargadas sobre los planos y las herramientas desperdigadas en la mesa de trabajo. Bulma, al medio, mantenía los ojos fijos en el esquema de la máquina del tiempo.

Llevaba horas estudiando cada detalle, cada conexión y cada circuito, buscando una respuesta que siempre parecía escapársele en el último momento. Era como si algo fundamental faltara y no lograra identificarlo. El cansancio comenzaba a acumularse en sus músculos, pero su mente seguía alerta, negándose a descansar. Sabía que cada segundo que perdía significaba un día más de lucha, de supervivencia, y esa era una carga que no estaba dispuesta a compartir con nadie.

«¿Qué es lo que me falta?», se preguntó por enésima vez, repasando los cálculos que había hecho, las modificaciones que ya había implementado. Sus manos se movían automáticamente, ajustando líneas en los planos digitales, anotando posibles soluciones y descartando ideas que no llevaban a ningún lado.

El tiempo se desvanecía a su alrededor, y las horas pasaban sin que ella se diera cuenta, demasiado sumergida en sus pensamientos como para prestar atención. Sus ojos se sentían pesados, pero se negaba a detenerse.

En algún momento dejó el lápiz sobre la mesa y apoyó los codos, llevándose las manos al rostro. Cerró los ojos, intentando liberar su mente de la presión que la acosaba. «No puedo fallarles», pensó, recordando las caras de Gohan y Trunks. Apenas terminaran de desarrollar la medicina para la enfermedad del corazón de Goku, Gohan podría viajar, curarlo y regresar con él, permitiéndole derrotar a los androides y acabar de una vez por todas con esos malnacidos. ¡Tal vez el mismo Gohan lograría hacerlo luego de pasar tiempo con su papá! Sería un momento maravilloso, librarse al fin del peligro constante respirándoles en el cuello…

Los minutos se convirtieron en horas, y sin darse cuenta, el primer rayo de luz se filtró por las ventanas del laboratorio. Bulma alzó la mirada, sorprendida al ver que ya había amanecido. El cansancio acumulado en su cuerpo le pesaba, y los años le cobraban factura pues por muy jovial que fuera, trasnochar ya no le sentaba como antes. Suspiró, se estiró y se apartó de la mesa, observando el trabajo hecho durante la noche.

—Bueno, al menos tengo algo —murmuró para sí misma.

Decidió que era momento de tomar un pequeño descanso. Apagó las pantallas y se dirigió a la ducha que tenía en el laboratorio. Dejó que el agua caliente despejara su mente, tratando de apartar las preocupaciones por un momento. Sabía que no podía seguir si no tomaba un respiro.

Después de la ducha, se vistió con ropa cómoda y fue a la cocina. En poco tiempo, Gohan, Kioran y Trunks regresarían de visitar algunos refugios y entrenar por un rato, y sus estómagos saiyajines arrasarían con todo a su paso. Preparó un desayuno abundante, llenando la mesa con platos de arroz, huevos y vegetales, además de frutas, carne y pescado portando una sonrisa al imaginar las caras de los tres al ver el festín.

Apenas terminó de poner el último plato, escuchó el ruido de la puerta al abrirse y las voces familiares llenando el lugar.

—¡Llegamos! —canturreó Trunks, con la energía que siempre lo acompañaba después de los entrenamientos matutinos.

—¡Justo a tiempo! —exclamó Bulma en respuesta—. Siéntense antes de que el desayuno se enfríe.

—Pensé que me iba a desmayar de hambre —agregó Kioran, estirando los brazos como si el esfuerzo físico la hubiera dejado drenada. Claro que nada de eso tenía importancia cuando se trataba de comer.

Gohan fue el último en entrar, con una sonrisa serena y el cabello algo desordenado tras el entrenamiento. Saludó con un gesto amable antes de sentarse junto a los demás, mientras Bulma los observaba con una mezcla de ternura y orgullo.

—¡Se ve increíble, Bulma! Que aproveche —celebró Gohan, cogiendo los palillos y empezando a comer enseguida.

—Solo me aseguro de alimentar bien a tres saiyajines hambrientos. —Y les guiñó el ojo a todos, mostrando un poco de esa Bulma joven y despreocupada del pasado.

Apenas un segundo después, Kioran y Trunks se sumergieron en lo que parecía una competencia silenciosa por ver quién podía devorar el desayuno más rápido. Los platos de arroz y huevos se vaciaban a una velocidad impresionante, y aunque no lo decían en voz alta, era evidente que ninguno estaba dispuesto a perder.

—Ahí vamos de nuevo —murmuró Gohan, rodando la vista hacia las alturas al observar el enfrentamiento.

—Siempre —respondió Trunks con la boca llena.

—¿Ya te das por vencido, pequeño príncipe? —le picó Kioran, con una sonrisa burlona mientras devoraba otro plato de arroz.

—¡Pero es que no me dejas agarrar ni uno!

Era cierto: Kioran tenía una clara predilección por ese alimento. Sin molestarse en levantar la vista, respondió con su característico tono desafiante:

—Cállate, mocoso. Soy la mayor de este grupo y eso me da privilegios.

—¡Eres una anciana! —replicó Trunks con una risa burlona, disfrutando cada segundo de su provocación.

Como siempre, Gohan los observaba sin dejar de comer, con el rostro hundido en el plato. Aún no lograba averiguar la edad exacta de Kioran, ya que esta jamás había querido revelarla, y siendo una saiyajin de sangre pura, era difícil de calcular. Recordó que Vegeta le había mencionado una vez, casi como un dato casual, que los saiyajin envejecían lentamente para poder mantenerse en óptimas condiciones de combate durante más tiempo. Pero incluso con eso en mente, Kioran se veía sorprendentemente joven. ¿Tendría poco más de veinte años? ¿Treinta? Era imposible de determinar con precisión.

Mientras tanto, Kioran finalizó su bol de arroz con un movimiento triunfal, lo dejó a un lado y tomó otro completamente lleno, sacándole la lengua a Trunks.

«Cinco años», pensó Gohan con unas risitas internas, diciéndose que ese era el número más cercano a la edad mental de la guerrera… al menos mientras comía.

—¿Vas a dejar que una «anciana» te gane? —preguntó ella, saboreando la pequeña venganza de usar su propia burla contra Trunks.

—¡Pero si no me dejas agarrar nada! —repitió el muchacho, señalando su bol casi vacío—. ¡Tuve suerte de atrapar este!

—¡Si no te pones un poquito más vivaracho, ese va a ser el único plato que te comas! —Sostuvo su tercer bol como si se tratase de un trofeo—. Yo amo el arroz. No me lo vas a… quitar… nunca… —Su voz se apagó lentamente cuando se dio cuenta de la doble interpretación de sus palabras. La incomodidad la golpeó de inmediato.

—¡Ja! —estalló Trunks, aprovechando su desconcierto para arrebatarle el bol justo cuando sus dedos comenzaron a aflojarse—. ¡La hermana mayor no puede vivir sin arroz!

—¡Cierra la boca, m-maldita sea! —exclamó Kioran, roja como un tomate. Incapaz de contenerse, le propinó un coscorrón tan fuerte que el eco resonó por todo el comedor.

Trunks soltó el bol con un quejido exagerado, llevándose ambas manos a la cabeza como si hubiera recibido un golpe letal. Sin embargo, Kioran reaccionó al vuelo, atrapando el bol antes de que el arroz se derramara por la mesa.

—¡Eres un enano insoportable! No quiero escucharte más por hoy. —Su sonrojo no hacía más que intensificarse, y balbuceaba como si quisiera añadir algo, pero no encontrara las palabras adecuadas.

Frustrada, estaba a punto de volver a comer cuando notó algo que la descolocó aún más: Gohan también estaba ruborizado.

—¡Ah no, eso sí que no! ¡Tú… no! —gritó, apuntándolo con los palillos casi en una convulsión, aunque era más por vergüenza que por indignación real. Deseando desaparecer del mapa, los fulminó a ambos con la mirada, imaginándose cómo sería estrangularlos con sus propias manos.

Bulma, que había estado observando la escena desde la cocina, se cruzó de brazos y apoyó su peso contra la encimera, sonriendo. La dinámica entre Kioran y Trunks le resultaba muy familiar de alguna manera. «Esos dos siempre están enfrentándose, parecen hermanos», pensó, mientras la sonrisa en su rostro se suavizaba.

Y tenía razón, porque vivían compitiendo: quién terminaba de comer más rápido, quién podía levantar más peso, quién aguantaba más tiempo sin respirar bajo el agua, quién eructaba más fuerte, incluso quién era más alto. En este último punto Trunks llevaba ventaja de partida ya que, si bien en ese momento tenían la misma estatura, él seguiría creciendo, mientras que Kioran ya se había estancado años atrás. Por supuesto que él se encargaba de echarle en cara ese pequeño detalle cada vez que podía.

—Pero hasta que tengas unos quince años no vas a pegar un buen estirón, así que seguirás siendo un «enano» como yo por un tiempo. Además, no es que tu papá fuera muy alto… —respondía la mujer, sabiendo que mentía, por el puro gusto de preocuparlo. Y lo lograba, aunque Trunks no fuera a admitirlo nunca.

Bulma recordaba cómo Kioran al principio había jurado y perjurado que su estancia en ese mundo sería temporal, que solo estaba de paso hasta que las circunstancias cambiaran. Sin embargo, habían transcurrido más de seis meses desde su llegada y allí seguía, sin prisa por irse. Bulma notaba cómo se había integrado a su pequeño círculo familiar casi sin darse cuenta. Incluso su hijo logró ganársela de algún modo con el correr del tiempo, probablemente gracias a esa competitividad que compartían.

«Es bueno que Trunks tenga a alguien como Kioran a su lado», pensó mientras los observaba. A veces peleaban como hermanos, y otras, se apoyaban en silencio. Era raro y, a la vez, agradable de ver.

Luego, su mirada se dirigió hacia Gohan, quien, tras haberse recuperado de su inconveniente sonrojo, continuó comiendo y observando con una sonrisa divertida las peleas amistosas entre Kioran y Trunks. Bulma no dejaba de notar cómo, cada vez que Kioran lanzaba una broma o se reía, los ojos de Gohan se iluminaban, como si disfrutara más del ambiente que de la comida en sí.

«Pero aún es muy pronto», se dijo ella, guardando ese pensamiento para sí misma.

—Por cierto, Kioran —la aludida levantó la cara del plato para mirarla—: ya tengo casi lista la armadura nueva que me pediste.

—¿En serio? ¡Qué rápida! —exclamó, escupiendo un montón de comida al hablar.

A Kioran no le agradaba seguir utilizando una armadura idéntica a la de Raditz, así que, tiempo atrás, le había pedido a Bulma que le diseñara otra diferente. Se basaron en un modelo más moderno que había visto en los soldados de Freezer, más pequeño, sin hombreras ni protectores en las piernas. Le brindó una descripción bastante detallada e incluso hizo un dibujo… tan lamentable que Trunks se rio durante semanas. El resto quedó en manos de la imaginación de la científica, que se encargó de replicar el resistente y flexible material de su armadura actual, la cual ya había reparado en una ocasión anterior.

—¿Nunca te vas a poner ropa normal? —preguntó Trunks, aprovechando la distracción para robarle un trozo de pescado casi de sus narices.

—Esta es mi ropa normal —afirmó Kioran, torciendo el gesto.

—¿Has visto a la gente de este planeta? Podrías usar algo menos llamativo.

—Yo no soy de este planeta. —Le apareció un tic en la ceja izquierda.

—Y tu cola de por sí ya atrae bastante atención…

—¡No te metas con mi cola!

—¿Dónde se ha visto a alguien vistiendo una armadura día y noche…?

—¡El híbrido lleva ese jodido gi desde que lo conozco y jamás se lo ha quitado!

—¡Porque es un uniforme, no una armadura!

Kioran descargó su rabia dándole un golpe a la mesa con la palma abierta.

—¡Cierra el pico, mocoso! ¡Yo hago lo que se me da la puta gana… y trae acá ese pescado! —exigió a gritos, arrebatándole el trozo que Trunks había robado.

Poco rato después, el chiquillo finalmente dejó los palillos sobre la mesa, rindiéndose ante la voracidad de Kioran.

—Está bien, hermana mayor: ganaste —admitió a regañadientes.

Kioran alzó las manos en señal de victoria, y Bulma no pudo evitar reírse, pensando que, aunque realmente solo estuviera de paso, no podía evitar desear que se quedara todo el tiempo que fuera posible con ellos.

—Espero que con esto tengan energía para el entrenamiento de más tarde —dijo Gohan, rompiendo el momento con una sonrisa—, porque se han comido lo de tres días en unos minutos.

—¡Más vale que estés listo, porque no te dejaré ganar esta vez! —exclamó Kioran, apuntando con los palillos en su dirección. A Trunks lo aplastaba constantemente en comer y siempre intentaba enfocarse en esas victorias, pues muy pronto descubrió que a Gohan no lograría superarlo ni aunque se tragara un jabalí completo. Era un golpe a su ego sin duda, el cual intentaba aplacar tratando de desquitarse en los entrenamientos… en donde volvía a ser superada por él ampliamente.

No había caso.

Gohan clavó sus ojos en ella, mirándola con un mohín inquieto.

—Hoy volviste a tragar en vez de masticar. ¿No tienes hipo? —inquirió, genuinamente preocupado.

«¡Hijo de puta!», rugió Kioran para sus adentros, odiando el momento en que se le ocurrió comentarle esa estupidez, que por lo visto no se le iba a olvidar nunca.

Bulma los observó a todos mientras reían y discutían, y en ese instante, la calidez que llenaba la cocina fue increíble. Por eso, se le ocurrió una idea.

—¡Ya sé! —exclamó de repente, chocando las manos entre sí con entusiasmo. Todos giraron la cabeza hacia ella—. ¿Por qué no nos sacamos una foto?

Trunks puso cara de desagrado, Gohan se echó a reír, y Kioran arrugó la nariz por reflejo.

—¿Una foto? ¿Para qué? —bufó, envolviendo la cola alrededor de su cintura como si el simple comentario la pusiera a la defensiva—. Nunca me ha gustado eso… siempre salgo con la cara chueca.

—¡Kioran, por favor! —Bulma le dedicó una mirada cómplice, de esas que parecían tener respuesta para todo—. Te vas a ver muy bien, ya lo verás.

—¡Sí, claro! —espetó la saiyajin con sarcasmo, cruzándose de brazos mientras Trunks aprovechaba la oportunidad para echar más leña al fuego.

—No te preocupes, hermana mayor, saldrás con tu cara de siempre: la de un ogro —soltó con una sonrisa socarrona.

Ella intentó encajarle un buen palmetazo en la nuca como respuesta, pero Trunks se apartó ágilmente, riendo a carcajadas.

—¡Voy por la cámara! —anunció Bulma, divertida ante la escena.

Desapareció por el pasillo con pasos rápidos. La cocina volvió a llenarse de ese ambiente distendido, con Trunks eludiendo a Kioran mientras ella trataba de atraparle sin demasiado esfuerzo. Gohan los observaba desde un rincón, apoyado contra el marco de la puerta y una sonrisa dibujándose en sus labios.

—¿¡Qué miras, híbrido!? —gruñó Kioran al descubrir su expresión.

—Nada, nada —respondió él, aguantándose la risa—. Solo pensaba que tal vez deberías practicar tu sonrisa antes de la foto… para que no te salga chueca.

—¡Cállate!

El sonido de los pasos de Bulma regresando interrumpió la escena.

—¡Aquí está! —anunció triunfante, posicionando la cámara sobre el trípode que también había conseguido encontrar—. Ahora solo tenemos que ponernos juntos… —Programó el temporizador sin dejar de sonreír—. Vamos, acomódense. ¡Esto va a quedar perfecto!

Trunks y Kioran quedaron al frente, más por cuestión de altura que por decisión propia. Bulma se acomodó detrás de ellos, colocando una mano en el hombro de su hijo y otra en el de Gohan; y este, tan tranquilo como siempre, se posicionó justo detrás de Kioran sin ocultar su diversión.

Kioran, que tenía los brazos en jarra y la cola firmemente enroscada a su cintura, no dejaba de pensar en lo horrible que iba a verse en la foto. Seguro su cara saldría extraña, con la boca torcida o los ojos entrecerrados en el peor momento. ¿Por qué demonios había aceptado? Se lo preguntó una y otra vez mientras la luz roja del temporizador comenzaba a parpadear lentamente.

Diez segundos.

«Ya, que me jodan, igual voy a salir espantosa», pensó con fastidio, y en su mente imaginó la maldita foto como un cuadro de horror.

Ocho segundos.

Trunks se balanceaba sobre sus talones con impaciencia, casi como si estuviera conteniendo una carcajada por la evidente incomodidad de Kioran.

Seis segundos.

La guerrera seguía con la mandíbula tensa. No quería salir con cara de enfado ni con una sonrisa forzada, pero tampoco tenía idea de cómo lucir bien en una foto. Estaba convencida de que su expresión sería la peor, como siempre.

Cuatro segundos.

Sin previo aviso, sintió una mano posarse suavemente sobre su hombrera. No fue un contacto demasiado pesado, sino algo natural, ligero... La piel se le erizó automáticamente en respuesta.

—Sonríe —le susurró Gohan al oído, con una voz tan serena y cálida que su cuerpo entero pareció recibir una descarga eléctrica.

Su espalda se irguió por reflejo, sintiendo que un escalofrío le recorría la columna de arriba abajo. La sorpresa le hizo inhalar de golpe, y lo peor de todo es que su primer instinto fue hacerle caso. Su maldito corazón, ese órgano estúpido, latió con tal fuerza que por un momento creyó que todos a su alrededor podían escucharlo.

Dos segundos.

El rubor amenazó con subir violentamente a sus mejillas, y su cerebro entró en caos absoluto. No podía permitirse salir en la foto con una expresión estúpida, mucho menos con esa sonrisa boba que estaba a punto de formarse en su cara. ¡No, maldita sea, no! ¡No iba a quedar una prueba tangible de esto!

Un segundo.

El pitido final de la cámara le advirtió que no tenía más tiempo para pensar. Kioran, en un impulso desesperado, logró componer una sonrisa justo en el último segundo, dejando que la leve curvatura de sus labios se formara a medias entre la tensión y la emoción.

Lo curioso fue que, al recordar la forma en que Gohan había dicho esa palabra —con esa suavidad suya, sin burlas ni dobles intenciones—, sonreír no le costó tanto. Apenas un poco.

El sonido del obturador marcó el fin del momento, pero Kioran seguía sintiendo la presión de aquella mano en su hombro. Sin atreverse a mirar a Gohan, apretó los labios en una línea tensa y soltó un leve resoplido para despejar el aluvión de pensamientos que le zumbaba en la cabeza.

Una soberana estupidez. Eso había sido.

—¿Puedo verla ya? —preguntó con la impaciencia pintada en el rostro, dando un paso hacia Bulma como si intentara arrebatarle la cámara de las manos.

—¡No tan rápido! —rio la científica, apartándose con agilidad—. Prefiero que sea una sorpresa. Solo unos minutos y estará lista.

—¿Una sorpresa? —Kioran frunció el ceño, pero Bulma ya se marchaba apresurada hacia la habitación donde guardaba su impresora de fotos.

La saiyajin soltó un resoplido frustrado, y antes de que pudiera calmarse, Trunks aprovechó la oportunidad para atacarla con una sonrisa maliciosa.

—Seguro saliste con tu cara de ogro.

—Cállate, renacuajo cabezón —le espetó, girándose hacia él con la cola erizada.

—¡Oye, no tengo la cabeza grande! —se quejó el muchacho, llevándose las manos a la cabeza como si intentara asegurarse de que se equivocaba—. ¡Gohan, se supone que debes apoyarme!

El sonido de las carcajadas de Gohan llenó la habitación por un largo rato, hasta que, finalmente, Bulma regresó cargando tres marcos de madera idénticos en los brazos.

—¡Aquí están! —anunció, con una sonrisa satisfecha—. Hice tres copias: una para mí y Trunks, otra para Gohan y la última para ti, Kioran.

La saiyajin alargó la mano enseguida, tomando el marco con ansiedad. Durante un segundo, solo pudo observarse a sí misma, examinando cada detalle con detenimiento. Su expresión no estaba torcida, ni parecía enfadada, ni mucho menos incómoda. De hecho, lucía… bien. Hasta bonita, diría ella.

—Vaya… —susurró para sí misma, soltando el aire de golpe como si no hubiera estado respirando bien hasta ese momento.

La curva de su sonrisa, aunque sutil, tenía una naturalidad que no esperaba. Sus ojos brillaban con un destello vivo, y su expresión, en general, parecía más relajada de lo que jamás había visto en un espejo. Tal vez era la luz, o la composición de la imagen… O quizás, pensó con incomodidad, había influido esa estúpida palabra que Gohan le había susurrado en el último segundo.

Fue entonces que el pasado irrumpió en sus recuerdos.

Sí, esa foto… esa foto que acababa de tomarse con ellos era prácticamente idéntica a la que Trunks, el Patrullero, llevaba siempre consigo como un amuleto. La disposición, las sonrisas, incluso la luz que los envolvía… Todo era inquietantemente similar.

La diferencia estaba en quiénes compartían el cuadro.

En la versión de Trunks, ella no estaba. Y evidentemente no iba a estar, porque en aquella línea temporal nunca cruzaron caminos.

Ahora, en esta nueva versión, el espacio que antes solo ocupaba Trunks ahora lo compartía con ella. Le resultaba… extraño, recordar esa foto y superponerla a la que tenía entre sus manos.

No podía precisar los detalles más minúsculos de aquella instantánea que había observado con atención ya tanto tiempo atrás, pero sí lograba recordar lo más importante… y podría jurar que la expresión apacible de Gohan se veía más animada ahora. A lo mejor se equivocaba. O no…

Una risa suave la devolvió al presente.

—¿Ves? Te lo dije —comentó Bulma con una sonrisa—. Saliste muy bien.

Kioran tragó saliva, apartando con esfuerzo una punzada de incertidumbre.

—No está tan mal —murmuró.

Pero sus ojos realmente estaban fijos en Gohan. No lo abandonaron en ningún momento desde que se convenció de que parecía razonablemente atractiva. Algo en la imagen la mantenía atrapada: la inclinación relajada de sus hombros, la curva suave de su sonrisa, la calidez en esos ojos oscuros que parecían contener más de lo que mostraban.

Sin pensarlo, sus dedos se deslizaron lentamente por el borde del marco, acercándose al contorno de su figura. Fue un impulso instintivo, casi como si quisiera confirmar que él estaba ahí de verdad. Pero, apenas la yema de su índice rozó el vidrio, se detuvo en seco, cerrando la mano en un puño sobre el marco.

¿Cómo podía estar reaccionando así ante una simple fotografía? Era ridículo. La incomodidad se enredó en su pecho apretándole las costillas, recordándole que ella no era así. No podía permitirse ser así.

Y, sin embargo…

La imagen no dejaba de provocarle una sensación extraña, como si representara algo que no terminaba de comprender. Un momento inesperado, inmortalizado en esa línea temporal que no era la suya. Y, sin quererlo, un pensamiento atravesó su mente como un relámpago:

¿Terminaría igual que el Trunks de ciudad Conton, guardando esa fotografía como un tesoro? ¿Llevándola consigo incluso si regresaba al futuro, como un recuerdo imposible de borrar?

El simple hecho de considerarlo hizo que la sangre le subiera al rostro.

Fue entonces cuando, de reojo, se dio cuenta de que no estaba sola en su batalla interna. Bulma, Trunks y Gohan la observaban fijamente, estudiando cada uno de sus gestos con una mezcla de curiosidad y diversión apenas contenida.

El rubor ascendió hasta sus orejas.

—¿Qué tanto miran? —espetó, alzando la vista con una mirada desafiante.

—Nada, nada —se apresuró a responder Bulma, aunque la curva de su sonrisa decía todo lo contrario.

—Es que te ves tan concentrada, hermana mayor —añadió Trunks con tono travieso.

—¡Porque estoy pensando qué hacer con esta cosa! —Su gesticulación, en cambio, parecía contar una historia diferente de lo que salía de su boca—. No quiero tenerlos mirándome en mi mesa de noche todo el jodido tiempo, así que a lo mejor meto esto en un cajón hasta que se me olvide su existencia. ¡Y ahora me largo! —Las últimas palabras salieron apresuradas, casi tropezadas, como si estuviera buscando algo más que decir sin encontrarlo.

Dicho eso, giró sobre sus talones y salió del salón con pasos tan firmes que sus botas resonaron en el suelo de baldosas.

La puerta se cerró con un golpe seco.

Las risas volvieron a resonar en la habitación.

—¿De verdad la va a guardar en un cajón? —inquirió Trunks de manera retórica. No se lo creía.

Bulma tampoco, así que negó con la cabeza mientras le acariciaba el cabello a su hijo.

Y Gohan, que todavía estaba riéndose, pensó en que a pesar de todas sus quejas… se había llevado la foto con ella.

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Gohan no era el tipo de líder que lanzaba órdenes sin ton ni son, como si disfrutara del poder que aquello le confería. Cada palabra que decía, cada estrategia que planteaba, tenía una razón de ser, y el tiempo le había enseñado a Kioran que esas razones solían ser correctas.

Durante los entrenamientos, Gohan ya había demostrado ser un líder nato, alguien capaz de inspirar y guiar sin necesidad de levantar la voz. Pero en las misiones, esa cualidad alcanzaba otro nivel. Era meticuloso, sereno y, sobre todo, profundamente consciente de las vidas que estaban en juego. Kioran no podía evitar admirarlo, aunque nunca lo admitiría en voz alta.

Una tarde, mientras visitaban un refugio, Kioran lo observó desde la distancia. Estaba rodeado de niños que se aferraban a él con una confianza absoluta. Gohan les hablaba en voz baja y tranquila, parecía desentonar con el caos que los rodeaba, pero que, de algún modo, encajaba perfectamente.

Ese momento la hizo pensar en algo que había estado evitando deliberadamente desde hacía tiempo: todo lo que Gohan sabía, todo lo que lo convertía en aquel líder había nacido de una necesidad desesperada de sobrevivir en un mundo roto. Esa habilidad no era solo un don innato, sino también el resultado de años de dolor y pérdida.

Un nudo se formó en su garganta, y Kioran apartó la mirada bruscamente. Era inútil lamentarse por algo así, se dijo. Las cosas eran como eran, y no había nada que pudiera cambiar eso.

Al menos, era lo que elegía creer. Mal que mal, era miembro de la Patrulla del Tiempo, su misión era preservar los hechos originales de cada línea temporal corrupta.

O eso se suponía.

Una tarde, luego de haber practicado diversas estrategias evasivas contra los androides, le preguntó a Trunks por qué Gohan siempre entrenaba como Super Saiyajin a solas, si podría enfrentarse a ellos al mismo tiempo como sus oponentes y así incrementar sus poderes más rápido. Cuando entrenaban todos juntos, Gohan no se transformaba y se dedicaba a darles indicaciones a ellos, no a prepararse él mismo.

El chiquillo suspiró, apartando el flequillo de su frente.

—Supongo que es porque no estamos a su nivel. O no. No lo sé —dijo, encogiéndose de hombros.

«Gracias por tanta información», pensó Kioran, chasqueando la lengua con fastidio. No le quedaba más remedio que preguntarle directamente a Gohan, cosa que hizo poco después.

—El entrenamiento que yo sigo es diferente al de ustedes —explicó con las cejas alzadas, sorprendido por el tono acusatorio de la pregunta—. Aún no están preparados para eso, discúlpame.

—Pero parece que no sirve de nada porque seguimos actuando desde las sombras, rescatando gente en apuros y esperando a que los androides se larguen para hacer algo. ¿No deberíamos enfocarnos en una estrategia para derrotarlos, en vez de buscar siempre cómo evitarlos?

Gohan guardó silencio un momento, sopesando sus palabras antes de responder.

—Incluso con una estrategia, debo ser capaz al menos de derrotar a uno de ellos —respondió finalmente—, y no es el caso. Si los enfrentamos ahora, solo conseguiríamos que nos maten.

Kioran apretó los puños, tratando de contener su exasperación. Sabía que Gohan tenía razón, pero no le gustaba ver cómo seguían jugando a la defensiva mientras esas jodidas máquinas seguían matando sin descanso. Y, aunque no lo dijera en voz alta, lo que realmente le preocupaba era otra cosa.

—Y si... ¿y si nunca llegamos a tener el poder suficiente? —preguntó, tratando de ocultar la inquietud de su voz—. Aunque el pequeño príncipe y yo no estemos a tu nivel, podríamos ayudarte.

Gohan volvió a detenerse para considerar lo que ella decía. Luego, la miró con una sonrisa leve y agradecida.

—Ya me ayudan mucho, aunque no se den cuenta —afirmó en tono amable—. Pero hay ciertas cosas que, por ahora, es mejor que me dejen a mí.

Kioran sintió un nudo formarse en su estómago. No le gustaba la idea de que Gohan se enfrentara a los androides en solitario. Solo de pensarlo, algo se retorcía dentro de su estómago, y nada tenía que ver con el hambre.

—Gracias por preocuparte, Kioran —dijo él con una sinceridad que la tomó por sorpresa. Había notado el recelo subyacente en su ademán, como siempre.

—¡No estoy preocupada! —exclamó con un tono más alto de lo que pretendía, intentando sonar convincente, pero las palabras se le atragantaron a mitad de camino—. Solo… quiero decir… ¡Esta conversación se acabó! —rugió frustrada, incapaz de encontrar una excusa lo suficientemente creíble, terminando con un gruñido que traicionaba su nerviosismo.

—Está bien —aceptó Gohan, riendo.

Él esperaba que se apartara para seguir entrenando con Trunks, pero no lo hizo. En cambio, su voz adoptó un tono más confidencial.

—Quiero que me digas cómo llegar a la ciudad donde aparecí.

—¿Eh?

—Necesito… —Tras vacilar, cambió el sentido de la frase—. He pasado tanto tiempo sin saber nada de la Patrulla del Tiempo que quisiera comprobar algunas cosas por mí misma. Tal vez haya pistas que no vi por… t-tú sabes. —Para su total disgusto, terminó balbuceando al recordar cómo el androide Diecisiete casi la había despachado al otro mundo luego de terminar con la vida de sus compañeros como si se tratase de una maldita broma.

Era una muestra de debilidad, y lo odiaba. Gohan no hizo comentarios sobre eso; simplemente la observó con rostro serio. Sabía lo que esa ciudad significaba para ella, lo que había pasado cuando apareció por primera vez.

—¿Quieres ir ahora o mañana? —preguntó el mestizo tras un rato.

—Cuanto antes, mejor.

—Vamos, entonces.

¿Vamos? —repitió en tono sarcástico—. ¿Y a ti quién te invitó?

—No vas a ir sola —respondió con decisión.

—Los androides no están cerca. No necesito que nadie me acompañe —gruñó, poniendo los brazos en jarra.

—Lo sé. De todos modos, voy contigo. —Y le sonrió con amplitud.

Kioran lo miró con rabia, pero sabía que no iba a convencerlo. A pesar de su naturaleza obstinada, algo en el tono de Gohan le hizo aceptar que, aunque no quisiera admitirlo, no estaba lista para enfrentarse a aquello completamente sola.

—No me caes bien en este momento —suspiró, resignada.

Gohan sonrió levemente. Sabía que esa era su forma de admitir su compañía, aunque fuera a regañadientes.

—Iré a avisar a Trunks.

Sin mucho tiempo para prepararse mentalmente, Kioran se encontró volando tras Gohan rumbo a la ciudad en la que había aparecido ese día que ahora parecía tan lejano. Recordaba cada detalle con nitidez, aunque no estaba segura de si eso era algo bueno o malo. La visión de sus compañeros asesinados no era para nada agradable. Apenas los había conocido, ya que solo coincidió con ellos brevemente, pero eran guerreros que luchaban por su bando, y eso era motivo suficiente para lamentar sus muertes.

Pronto llegaron a la ciudad en cuestión. Kioran notó que estaba más lejos de lo que había supuesto, y se preguntó cómo lograron salvarla a pesar de esa distancia. Sin duda, había sido un milagro. Trunks le dijo en una ocasión que se esforzaron mucho por evitar que muriera, y sumando ese comentario al hecho de que utilizaron la cámara de recuperación con ella, la dejaba en un punto nada satisfactorio. Gohan fue muy claro al decirle que no pensara en ello, pero Kioran no podía evitarlo. ¿Qué pasaría si, por usar la cámara con ella, después Trunks se viera en peligro… o incluso el mismo Gohan? No quería ni imaginarlo.

Aterrizaron sin apenas hacer ruido. Los escombros que alguna vez formaron parte de una ciudad viva ahora eran solo piezas de un paisaje roto...

Kioran caminaba a paso firme, con Gohan siguiéndola de cerca. Sus ojos se movían inquietos, escaneando cada rincón, buscando cualquier pista que la ayudara a entender qué diablos había ocurrido en esa misión, por qué todo tuvo que salir tan mal. No tenía por qué haber fallado: lo único que debían hacer era tomar a Trunks y alejarlo de los androides para evitar que lo mataran por culpa de la corrupción en el flujo temporal, eso era todo. Ni enfrentarse a ellos ni interferir en el curso de ese mundo. Pero el portal en el que viajaron enloqueció, arrojándolos con brutalidad justo frente a los androides. Sus compañeros fueron asesinados antes de que lograra asimilar lo que estaba pasando, y ella quedó sola, haciendo todo lo posible para alejarlos de Trunks. Casi muriendo en el intento.

Pero...

Ahora, mirando la situación con distancia, no podía decir que todo había salido mal. No cuando estaba allí, viva, con Trunks haciéndose más fuerte cada día, y Gohan… Gohan, que se suponía iba a morir el mismo día en que llegó estaba allí con ella, acompañándola en busca de pistas que, pensándolo mejor, quizás era conveniente no encontrar.

Algo en Kioran se agitó con ese pensamiento. Gohan… Sí, ese iba a ser su último día. Y su llegada lo cambió todo.

¿Podía afirmar que para mal? No. No, de ninguna manera. Recordaba haber pensado, durante ese primer entrenamiento ya tantos meses atrás, que casi parecía adecuado el cambio involuntario que provocó en la línea temporal. Un tipo como él, por muy irritante que fuera, era demasiado bueno como para morir. La gente de ese planeta lo necesitaba; Trunks, Bulma, lo necesitaban.

Y ella…

Algo captó su atención entre los escombros lejanos. Las estructuras derrumbadas no eran solo el resultado del paso de los androides, sino de algo mucho más personal. A lo lejos, distinguió el tono verdoso de los uniformes de los Patrulleros del Tiempo.

Tenían que ser sus compañeros de misión.

Kioran se detuvo en seco, con los pies clavados en el suelo. La imagen la atravesó como un cuchillo. No quería seguir avanzando por ese camino.

Y no porque no hubiera visto una buena porción de cadáveres durante las misiones de conquista junto a Raditz, pero tal y como él le reclamó en más de una oportunidad, siempre mataba rápido y sin dejar huellas, ya fuera en su estado base o en su forma de Ōzaru. Claro que eso no justificaba un pasado lleno de sangre, pero ella había comprendido desde muy joven que lo que realmente le gustaba era luchar contra rivales fuertes, no matar sin más por el simple hecho de vender planetas al Emperador Freezer y ganar dinero. Como oponerse a Raditz no era una opción, se dedicó a hacer las cosas a su manera. No podía enmendar sus errores, pero tampoco se iba a torturar por lo que ya no podía cambiar.

Pero esos androides… Esos androides eran realmente sádicos. Mucho más que Raditz; mucho más que cualquier saiyajin, no le cabía ninguna duda. Había visto el brillo psicópata en sus ojos desde el primer momento, y lo reconoció de inmediato. Al menos, sus compañeros murieron tan rápido que probablemente no alcanzaron a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.

—¿Viste algo? —La voz de Gohan la sacó de los pensamientos angustiantes en los que se había sumergido.

Kioran sacudió la cabeza y reanudó la marcha, esta vez tomando otra dirección. El mestizo la siguió sin volver a preguntar, porque su intuición le decía que había visto algo, y que no le había gustado para nada. No podía ver su rostro porque caminaba detrás de ella, pero su cola erizada era un indicador más que claro de su verdadero estado de ánimo.

Siguieron avanzando a través de la ciudad en ruinas, que parecía no tener fin. Kioran pudo encontrar el lugar exacto en el que aterrizó luego de que el portal se cerrara bruscamente, pero allí no había nada. Ni una sola señal del futuro, de ciudad Conton, ni de su misión. Un enorme y vacío nada.

El silencio se adueñó del momento como si se tratara de algo espeso. Gohan permaneció tras ella, escaneando el lugar por costumbre. Sus ojos deambulaban analizando los alrededores, con la esperanza de encontrar algo que pudiera ayudarla.

Fue en ese momento que algo diferente captó su atención: una energía muy pequeña parecía estar moviéndose en su dirección. Era tan débil que podría tratarse de un animal, o quizás un niño. Todos sus sentidos se agudizaron en la búsqueda del origen de esa energía.

Pero antes de que pudiera dar un paso, Kioran se tensó de golpe. Su oído, afinado por años de entrenamiento en entornos hostiles, captó el sonido que escapaba del alcance de Gohan: un llanto amortiguado, tembloroso. Hizo un gesto de silencio e indicó al mestizo que la acompañara sin hacer ruido, comenzando ambos a moverse de manera sigilosa.

Muy pronto vieron lo que ocurría: desde una esquina emergió la diminuta figura de una niña que no tendría más de tres años, caminando torpemente entre los escombros, con el rostro impregnado de polvo y lágrimas.

Kioran se mordió la boca.

—¿Qué te pasa? —le preguntó a la niña, intentando moderar la rudeza habitual de su voz.

La niña se detuvo a unos metros, temblando. Su respiración entrecortada se mezclaba con los sollozos, y sus enormes ojos verdes se fijaron primero en Kioran y luego en Gohan, evaluando si debía confiar en esos dos desconocidos. Finalmente, la necesidad de ayuda venció al temor.

—Mi mamá... —balbuceó, secándose la cara con las manitas sucias— no se ha movido desde ayer... Y el abuelito... el abuelito está muy débil... No hay comida...

—¿Puedes mostrarnos dónde vives? —preguntó Gohan con dulzura, acercándose a ella e inclinándose un poco para no parecerle tan alto. Su voz era suave, casi como un arrullo, el tipo de tono que podía calmar incluso a un corazón tan pequeño y asustado.

Kioran permaneció en silencio. Algo dentro de ella parecía haberse detenido, como si la visión de la niña hubiera presionado un botón que la congelaba desde dentro. Su mirada se mantenía fija, tensa, pero sus manos se cerraban y abrían con nerviosismo, como si no supiera qué hacer.

La pequeña, todavía temblorosa, apuntó hacia un lugar lejano en dirección al oeste. Su brazo apenas podía mantenerse extendido por el cansancio, y Gohan sintió un nudo en el pecho al imaginar cuánto tiempo habría pasado vagando en busca de ayuda. Así que, con el mismo tono dulce, señaló a Kioran con un leve gesto de la cabeza.

—Mira, la hermana mayor te va a llevar en brazos para que puedas descansar, ¿te parece bien?

El cuerpo de Kioran reaccionó antes de que pudiera pensarlo demasiado: se inclinó un poco y extendió los brazos, sosteniendo a la niña junto a su costado con una facilidad que parecía instintiva. La pequeña se acomodó de inmediato contra su pecho, apoyando la cabeza sobre su hombro con un suspiro agotado.

—Vamos a llegar rápido —aseguró Gohan.

La niña lo miró con los ojos muy abiertos y preguntó con un hilo de voz:

—¿Corriendo?

—Mejor que eso —respondió, señalando hacia el cielo con el índice—. Podemos volar, así que no te asustes si sientes que nos levantamos del suelo.

La niña abrió la boca en un gesto de asombro, pero luego pareció recordar algo y lo miró fijamente.

—¿Eres…? —Su vocecita se hizo más tímida—. ¿Eres Son Gohan?

El mestizo pestañeó sorprendido, pero su sonrisa se ensanchó al instante.

—Sí, soy yo.

La niña lo miró durante un segundo eterno y, por primera vez, sus labios se curvaron en una sonrisa que, aunque débil, brillaba con auténtica esperanza.

—¡Qué suerte tengo! Hermano mayor, todos dicen que puedes ganarle a los androides.

El corazón de Gohan se apretó ante esas palabras, pero su sonrisa no titubeó.

—Eso queremos —explicó con suavidad—. Y ahora vamos a llevarte con tu mamá y tu abuelito, ¿sí?

La niña asintió con entusiasmo y, sintiéndose más segura, se aferró con fuerza al costado de Kioran, como si su mera presencia fuera suficiente para mantenerla a salvo.

—Vamos despacio —le recordó Gohan a la guerrera, que todavía tenía la mente en la luna.

—Ya lo sé… —Su respuesta fue más un reflejo que una confirmación.

Mientras flotaban lentamente, la niña no pudo evitar que su asombro se apoderara de su expresión. Sus ojos brillaban al observar las ruinas de la ciudad desde las alturas.

—¡Mi casita está allá! —exclamó de pronto, señalando hacia un punto en la distancia.

Siguiendo la dirección de su dedo, Gohan y Kioran descendieron hasta aterrizar suavemente frente a una vivienda destartalada. Les había tomado menos de un minuto llegar allí.

—¡Gracias! —La niña casi saltó de los brazos de Kioran antes de correr hacia la puerta, tropezando ligeramente con el umbral, pero recuperándose enseguida—. ¡Mami, abuelito, conocí a Son Gohan y vino conmigo!

La puerta de madera se abrió con un crujido lastimero, revelando una habitación austera con apenas lo necesario para sobrevivir. Dos camas de colchones desgastados ocupaban los lados opuestos del cuarto. En una yacía una mujer inmóvil, los cabellos oscuros extendidos sobre la almohada y los labios entreabiertos en un gesto congelado. En la otra, un anciano de piel curtida y cabello blanco se incorporó apenas, la mirada velada por el cansancio y la enfermedad.

Los guerreros no necesitaban acercarse para entender lo que ocurría: la mujer llevaba varias horas muerta, a juzgar por el color de sus labios y la palidez luctuosa de su rostro.

Kioran pareció despertar por completo. Inmediatamente se llevó la mano al compartimiento de su armadura en que guardaba una cápsula con alimentos de emergencia, la lanzó a un rincón despejado de la habitación y, con un sonido seco y un breve estallido de humo blanco, apareció una pequeña nevera portátil.

La abrió velozmente y de ella sacó una manzana y un plátano; este último lo tendió al anciano quitándole primero la cáscara, y la manzana a la niña, todo en un solo y fluido movimiento.

—Coman —ordenó, de nuevo tratando de no sonar muy brusca—. Nosotros nos encargaremos de lo demás.

La niña asintió con la boca llena, pero tras un par de mordiscos, dirigió la mirada hacia la cama de su madre y preguntó con inocencia:

—¿Y mi mami también puede comer?

Gohan tragó saliva para intentar desatar el nudo de su garganta. Dio un paso adelante, se agachó sobre una rodilla para quedar a la altura de la niña y le acarició con suavidad el cabello enredado.

—Pequeña… —comenzó, buscando las palabras adecuadas—. Tu mami… ya no está aquí.

Los labios de la niña se fruncieron en un puchero tembloroso.

—¿Se fue al cielo?

—Sí, y desde allí seguirá cuidándote.

—¿De verdad?

—Te lo prometo.

Ella parpadeó varias veces, como si intentara asimilar la idea. Luego, con una resolución que le partió el corazón, asintió.

—El abuelito dijo que podía pasar… Y aunque duele mucho, mami está bien, eso es lo que importa.

Gohan asintió, asombrado por la fortaleza en esa niña. Era absurdo cómo infantes de su edad debían enfrentarse a las consecuencias de vivir bajo el continuo asedio de los androides, reaccionando con más entereza que los mismos adultos.

Pero así era el mundo en ese momento, y él todavía no era lo bastante fuerte como para cambiarlo.

No aún.

—Tienes razón —susurró, regalándole una suave caricia con el pulgar a esa mejilla que empezaba a tomar un poco de color por la comida—. Tu mami está bien… Y ustedes también. Los vamos a llevar a un refugio cerca de aquí, podrás jugar con otros niños. ¿Qué dices?

—¡Yay! —exclamó con entusiasmo, gracias a esa capacidad de las almas jóvenes de no quedarse estancadas en el dolor. Y siguió mordisqueando su manzana, apretándola entre sus dedos como si se le fuese a escapar.

—Mi nuera… —susurró el anciano de pronto, apenas logrando hacerse escuchar por la debilidad de su voz—. No quiero irme sin enterrarla…

Kioran, que estaba a su lado, respondió enseguida:

—Yo lo haré, viejo. Cuando los dejemos en el refugio, volveré para darle sepultura. Tienes mi palabra.

—Gracias, señorita. —Sus labios, quebrados y resecos, lograron componer un amago de sonrisa que ella respondió con un breve asentimiento.

—¿Nos vas a llevar volando, hermano mayor? —inquirió la niña, con la boca llena de manzana—. ¿Me puedo ir contigo?

—Claro, Kioran llevará a tu abuelito. —No había terminado aún de hablar, y la guerrera ya estaba envolviendo cuidadosamente al anciano con las mismas mantas en que estaba acostado para poder cargarlo sin hacerle daño.

Gohan extendió el brazo derecho y cogió a la niña, que rápidamente se acomodó cerca de su hombro. Siguió la dirección de su mirada, fija en la figura inmóvil de su madre, cuya silueta parecía dormida bajo las mantas gastadas.

—¿Verdad que mami está bien? —volvió a preguntar, luego de tragar otro bocado de fruta.

—Te prometo que sí. El Otro Mundo es un lugar muy bonito —explicó, recordando lo que Goku le había comentado cuando estuvieron en el hospital recuperándose de la batalla contra Vegeta—, y las almas puras como las de tu mamá reciben un trato muy especial. Créeme.

—Te creo. —Y volvió a concentrarse en su manzana.

Como Kioran ya tenía al anciano bien seguro entre sus brazos, acolchado entre las suaves mantas, ambos salieron por la puerta para dirigirse al refugio más cercano.

—¡Adiós, mami! ¡Voy a echarte de menos! —se despidió la niña, agitando su manita hacia la casa mientras se elevaban.

—La verás en tus sueños, no te preocupes —explicó Gohan, sonriendo para tranquilizar cualquier atisbo de dolor.

Aquella frase se clavó en el pecho de Kioran como una flecha. Ella veía a su madre en sueños. O pesadillas. A veces era difícil diferenciarlas. Su mente se llenó de aquella imagen recurrente que por tanto tiempo no supo qué era: el sol cegador («No era el sol», se recordó con furia), la figura difusa de su madre sonriéndole, y la sensación de que, aunque podía verla, jamás podría alcanzarla.

Sacudiendo la cabeza para alejar esos pensamientos, apretó los dientes y se obligó a enfocarse en lo que quedaba por hacer: seguir volando hasta llegar a su destino.

—¿Dónde quieres que entierre a tu nuera, viejo? —preguntó sin rodeos.

El hombre apenas logró abrir los ojos.

—Cerca de la casa, por favor —susurró con un hilo de voz—. Vivió toda su vida en ese lugar… es justo que descanse allí.

Kioran asintió sin decir nada más.

Cuando por fin divisaron las cercanías del refugio, las primeras personas en el exterior alzaron la vista, reconociendo de inmediato la figura de Gohan. El murmullo de su nombre se extendió entre los presentes, y más de una mirada se aguzó al comprender la razón de su visita.

Había logrado rescatar más personas de la tragedia provocada por los dos androides.

Gohan aterrizó con suavidad, inclinándose para dejar a la niña en el suelo, que lo soltó con algo de reticencia. Pero antes de bajarse le dio un beso en la mejilla, dejándole un rastro de manzana que tendría que limpiarse después.

—¡Gracias, hermano mayor!

Gohan respondió revolviéndole suavemente el cabello. Entonces, la niña se giró hacia Kioran y le dedicó una sonrisa radiante de agradecimiento, como si supiera por instinto que esa mujer de mirada intensa no estaba preparada para un gesto tan cercano.

—Anda —le dijo Gohan—, ve con los adultos. Ellos te van a cuidar muy bien. Y no te preocupes por tu abuelito, lo llevaremos a la enfermería. Podrás verlo más tarde.

—¡Sí! —exclamó antes de salir corriendo a saltos. No parecía la misma que encontraron entre los escombros rato atrás.

Kioran se encaminó enseguida hacia la enfermería. Sabía dónde quedaba, así que no necesitaba que nadie la guiara. Gohan la siguió sin decir palabra.

Al llegar, una de las enfermeras se acercó de inmediato al ver al anciano. Mientras Kioran lo acomodaba con cuidado sobre la camilla, la mujer rápidamente le conectó una vía en el brazo para que el suero acelerara su recuperación.

—Ahora voy a regresar a cumplir mi promesa, viejo —le dijo Kioran, poniendo los brazos en jarra—. No se te ocurra morirte también.

El anciano esbozó una sonrisa leve. Su boca se movió como si quisiera decir algo más, pero sus párpados cayeron pesadamente, cerrándose en un sueño profundo.

—Solo está dormido —informó la enfermera rápidamente, notando la rigidez de Kioran al ver al hombre cerrar los ojos.

—Bien —respondió, asintiendo con un leve cabeceo. Sin añadir nada más, giró sobre sus talones y salió del lugar con la misma decisión con la que había entrado.

Gohan se quedó un rato más para dar algunas instrucciones, explicar la situación en que les habían encontrado, y dejarles una cápsula con alimentos y medicinas que siempre llevaba preparada para estos casos. La líder del refugio le aseguró que cuidarían muy bien de ambos. Gohan le agradeció por todo, y salió volando para alcanzar a Kioran.

.

.

Cuando regresó a la casa en ruinas, la encontró cavando rápidamente en el patio de la casa con sus propias manos sin elevar su ki, respetando la medida de no alertar a los androides en caso de que estuvieran cerca. No se trataba de una tarea que le reportara gran esfuerzo a un saiyajin, eso era cierto, pero le habría ofrecido su ayuda de todos modos de no ser porque los movimientos bruscos y afilados de Kioran denotaban una independencia absoluta: quería hacerlo ella, era su asunto, y Gohan iba a respetar su voluntad. Así que se sentó sobre un montón de escombros cercanos, observándola sin romper el silencio, en tanto el viento se encargaba de mecer suavemente sus negros cabellos.

Sin apartar la vista de ella, repasó mentalmente las veces en que había reaccionado de forma similar ante la pérdida, los niños, las madres… sumando las pequeñas pistas que había recogido con el tiempo.

«Dijo que la había criado Raditz, pero nunca la razón. Podría ser que su mamá muriera de manera traumática», discurrió, siguiendo sus movimientos cortantes al romper la tierra. No había manera de confirmarlo, claro. No podía simplemente preguntarle sin que ella levantara una muralla infranqueable entre ambos. Pero Gohan no tenía prisa.

«Tal vez algún día me lo cuente…»

Kioran terminó de cavar. Se internó rápidamente en la casa y regresó pronto cargando el cuerpo rígido de la mujer envuelto entre las sábanas. La dejó caer con cuidado al interior del agujero. Tras una última mirada, empezó a cubrirla con la tierra que antes había apartado. Y al terminar, arrastró un enorme bloque de cemento derrumbado en el patio hasta colocarlo justo sobre la tumba. El sonido de la piedra raspando contra la tierra fue áspero y prolongado, pero finalmente todo volvió a quedar en silencio.

Se dirigió hacia un grifo algo oxidado en el extremo opuesto del patio y lo abrió hasta que el agua empezó a salir, restregándose la tierra de la cara, los brazos y las uñas con más ímpetu del necesario. El agua se volvió marrón enseguida, pero ella siguió frotándose como si la suciedad no se fuera del todo.

Sabía que Gohan estaba tras ella por instinto. Nunca hablaba si no era necesario; nunca interrumpía el flujo de sus pensamientos con alguna pregunta. Simplemente se limitaba a acompañarla como una sombra, pero de luz.

—No entiendo cómo diablos has logrado mantenerte sereno viendo todo este maldito desastre —soltó de repente, su voz más áspera de lo que pretendía, sin dejar de frotarse con el agua.

Hubo un breve silencio antes de que Gohan respondiera:

—Porque lamentarme en un rincón no ayuda a la gente. No pone platos de comida en sus mesas, ni medicinas en sus refugios. —La forma en que lo dijo parecía dar a entender que había reflexionado sobre ello cientos de veces—. No importa cuántas veces me enfrente a esto, siempre será… horrible. Pero si me quedo quieto, si dejo que la tristeza me gane, es una victoria para los androides. Y no pienso darles esa satisfacción.

Kioran cerró el grifo y se volteó hacia él. Su rostro y brazos goteaban el agua que había lavado la tierra y el dolor en ella. Gohan… estaba profundamente herido, pero había aprendido a vivir con ese dolor. Lo había transformado en una fuerza para seguir adelante, para proteger a los que quedaban. No era solo un guerrero, era un jodido sobreviviente y lo había sido toda su vida. Un sobreviviente que había elegido luchar por los demás, no por él, porque a él no le gustaba pelear. Ya se lo había confesado en una oportunidad, y no pudo olvidarlo.

¿Conseguiría alguna vez ser un poco como él? ¿Tener un poco de esa resiliencia?

—Pero —continuó Gohan tras un rato, estudiando su semblante con preocupación—, llorar también es válido. Si lo necesitas, está bien hacerlo.

Kioran apretó los dientes. Otra vez Gohan podía ver a través de ella.

—Yo nunca… jamás… lloro —murmuró con dificultad, como si obligara a cada palabra a salir de sus labios a la fuerza.

Él pestañeó, ladeando la cabeza hacia el lado contrario.

—¿Por qué?

«Porque es para maricas», le respondió sin llegar a vocalizarlo. En cambio, hizo lo único que se le ocurría en ese momento: se encogió en el suelo, rodeando sus rodillas con ambos brazos, odiando lo vulnerable que debía parecer en ese momento.

Gohan se sentó a su lado. Le puso la mano en el hombro. El gesto fue tan suave que ella se estremeció.

—Tranquila, Kioran —la aconsejó, hablando en ese tono bajo que parecía tener un efecto hipnótico sobre ella—. No sientas lástima. Los humanos peleamos constantemente por salir de esta catástrofe.

Kioran chocó la mirada con él. Quiso aferrarse a la fuerza que veía en esos ojos, pero el conflicto interno dentro de ella seguía librándose sin tregua.

—Tú ni siquiera eres humano. —Era lo único que se le ocurrió decir.

Gohan sonrió con esa paz que había terminado por fascinarla… en secreto.

—Me considero uno, aunque sea un mestizo —replicó, su tono cargado de sencillez—. Aquí nací y crecí. Y aquí moriré algún día.

La palabra «morir» cortó el aire como una daga, haciendo que Kioran se tensara de inmediato. El simple hecho de que mencionara su propia muerte la llenaba de inquietud. Sí, era cierto que había salvado a Gohan de su destino en esta línea temporal, pero eso no lo hacía inmortal. Moriría algún día, y esa idea le provocaba una incomodidad dolorosa. Algo en su pecho se retorció con cada latido, como si el simple hecho de pensar en que él dejara de existir la descontrolara por completo.

Kioran bajó la mirada, su ceño fruncido en confusión. Las palabras surgieron de sus labios antes de que pudiera controlarlas, como un gruñido apenas audible:

—No vas a morirte —sentenció, más para sí misma que para él.

Era una declaración que había salido de la nada, sin haberla pensado, y solo después de pronunciarla se dio cuenta de su peso. El tono con el que lo dijo revelaba una certeza tan visceral que ni ella misma habría reconocido antes. No obstante, se negó a seguir analizando lo que aquello significaba. Estaba harta de pensar y de razonar cada emoción que Gohan provocaba en ella. Como saiyajin, estaba acostumbrada a actuar, a pelear, no a reflexionar sobre sentimientos, y ahora esa confusión comenzaba a darle dolor de cabeza.

Pero con Gohan... todo era diferente. Era él quien lograba sacarla de su status quo, haciéndola reaccionar de todas esas maneras que nunca lograba explicarse.

Y él, que había observado en silencio cada una de sus muecas, esbozó una sonrisa divertida. Podía notar las intensas emociones en el rostro de Kioran, especialmente cuando ella no quería admitirlas.

—Está bien —respondió, sin dejar de sonreír.

Kioran lo miró de reojo, irritada por su tranquila aceptación. ¿Por qué ese híbrido de mirada serena y corazón inmenso se había especializado en desbaratar todo en su interior?

—Tienes que dejar de ser tan jodidamente tranquilo todo el tiempo —masculló, cerrando los ojos por un instante, tratando de recomponerse.

Gohan la miró sorprendido.

—Lo siento, no puedo evitarlo. Es que tú te alteras por los dos —explicó. Su tono inocente no era una burla, sino pura honestidad.

Kioran lo observó con el ceño fruncido, luchando por encontrar una respuesta. Gohan parecía genuinamente desconcertado por su frustración, y eso solo lograba que ella se sintiera más perdida.

—Que te den, híbrido —dijo finalmente, aunque sin acritud. Fue solo una manera de cerrar la conversación sin parecer una tonta—. Tantas peleas con los androides te dejaron tarado.

Y Gohan reaccionó como siempre: echándose a reír.

Ella esbozó una sonrisa muy a su pesar. Habían llegado a la ciudad buscando pistas del futuro, solo para encontrarse con una situación que no esperaban. Si bien todo salió de manera extraña, Kioran no pudo negar que, de una forma retorcida, había logrado descubrir algo.

Solo que todavía no sabía bien qué.

.

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Ciudad Conton…

Trunks, de pie frente a una pequeña cúpula de cristal que albergaba el pergamino del tiempo corrupto de su línea temporal, lo observaba flotar rodeado de una energía oscura y distorsionada que parecía retorcerse como si estuviera viva. Las líneas del tiempo, normalmente claras y precisas, ahora se mezclaban en un torbellino caótico, borrando cualquier intento de lectura.

Al poco rato, Chronoa ingresó también a la Bóveda del Tiempo, deteniéndose a espaldas de él.

—¿Algún cambio? —preguntó en voz baja.

—No… Sigue exactamente igual. Es como si… —Trunks se detuvo, ordenando sus pensamientos antes de continuar—. Es como si todo esto hubiera sido premeditado.

Siempre es premeditado.

—Me refiero a algo más que solo contaminar los pergaminos… —Resopló con disgusto apenas contenido—. ¿Sabes? He terminado por pensar que me estaban provocando directamente al corromper justo este pergamino.

Chronoa se quedó pensativa. Después de lo ocurrido, la corrupción ocasional de líneas temporales se había mantenido con la misma frecuencia de antes, pero ninguno presentaba las dificultades del pergamino encerrado en la cúpula.

—Puede que tengas razón —admitió la Kaio-shin, frotándose la barbilla—. Pero, ¿por qué el Imperio Oscuro buscaría provocarte específicamente a ti?

Trunks se volteó hacia ella, desviando la mirada de la pequeña cúpula por primera vez en mucho rato.

—Quizás esperaban que fuera yo el que terminara atrapado en el pergamino y así dejarme fuera del juego para poder atacar a los demás patrulleros.

—Eso sí tiene mucho sentido… —Luego, en un tono suave, añadió—: Sé que esto es difícil para ti, pero necesitamos seguir buscando una forma de revertir la corrupción. Estoy segura de que Kioran y los demás están bien.

Trunks asintió, pero seguía preocupado. Su mirada se fijó en el pergamino corrupto, su mente navegando por todos los escenarios en los que Kioran y los demás podría estar en peligro. La corrupción del pergamino no le permitía observarlos ni rastrear sus movimientos.

—Si tan solo pudiéramos ver lo que está ocurriendo allí… —murmuró, frustrado.

—Lo resolveremos —le aseguró ella, siempre optimista—. Ya tenemos algunas pistas. No vamos a rendirnos ahora.

Trunks asintió de nuevo, aunque sus pensamientos seguían fijos en un punto distante.

«Kioran… Estás bien, ¿verdad?», se preguntó. No podía dejar de imaginar lo que ella estaría enfrentando. Si se cruzó con los androides… No quería ni pensar el resultado de esa contienda, porque lo tenía todo en contra, incluso con la ayuda de los dos patrulleros que iban con ella. Ninguno era oponente para esas malditas máquinas; ninguno excepto él.

Si el Imperio Oscuro realmente pretendía encerrarlo en el pergamino para lanzar un ataque sobre ciudad Conton, les salió el tiro por la culata, eso explicaría que hubieran continuado la frecuencia de corrupción sin más señales de vida que esa…

Pero no les dejaría ganar, no importaba cuánto tiempo le tomara. Seguiría luchando contra ellos y encontraría la forma de retornar a Kioran y los patrulleros a ciudad Conton a cualquier precio.

El pergamino corrupto destelló con una leve vibración en respuesta, como si estuviera desafiando esa promesa.

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N. de la A.:

Hoy también llegué un poco tarde, ¡pero aquí estamos como cada sábado! Y por supuesto, no puedo quedarme sin agradecerles todo el apoyo que le dan a esta historia, que sigue en el top de varias etiquetas. ¡Muchas gracias!

Hoy tuvimos la primera referencia más explícita a la broma Gohan = arroz XD

Es un juego de palabras sencillo, ya que en Japón al arroz hervido o cocido se le llama así, «gohan» (y también a la comida en general). Entonces, cuando Trunks se queja de que Kioran siempre está comiéndose todo el arroz, ella responde en japonés «Gohan ga daisuki da!», que significa «¡yo amo el arroz!» o «¡me encanta el arroz!», pero con la palabra Gohan de por medio… Eso explica las burlas de Trunks y el sonrojo de Gohan y Kioran.

¿Alguien quiere decirme algo sobre el final? Tuvimos un pequeño vistazo del futuro, de ciudad Conton, de Trunks Xeno. Pero, antes que piensen que el próximo capítulo tratará sobre la Patrulla, les adelanto que no.

De hecho, el próximo capítulo es uno de mis favoritos. Es un vistazo profundo a Kioran, y especialmente, a Gohan. Con mucha humildad les digo que escribí algo que considero precioso, una de las escenas mejor logradas en cuanto a conexión emocional y descripciones que he logrado desde que empecé a escribir en serio. Esta historia me ha desafiado a nuevos niveles, ¡y estoy encantada con el resultado! Más feliz aún de saber que ustedes disfrutan todo conmigo. ¡Gracias de nuevo!

(Y… me pegué un buen llanto escribiendo a la niña y su mamá… me tuve que esforzar para balancear la escena y que no quedara demasiado dramática, porque no quería centrarme en eso. Para dramas tenemos el próximo capítulo, que será puro drama emocional y traumas. Sobre todo traumas).

Si te gustó el capítulo de hoy, ¡no seas tímido/a! Muéstrame tu entusiasmo con comentarios, estrellitas y kudos. ¡Incluso si solo me saludas, estaré muy feliz!

Nos vemos en el siguiente…

Amor y felicidad para todos.

Stacy Adler.