Unos diez minutos más tarde se pusieron en marcha hacia la Casa de Huéspedes. Al comienzo iban relajados, hasta que Arnold recordó que no había llamado.
–¿Es broma?–dijo Helga–. Tus abuelos deben estar preocupados
–¡Lo sé!–Respondió Arnold, mirando a sus amigos.
–¿Qué dicen de una carrera?–dijo Gerald.
–Estoy dentro–Contestó Helga y, sin esperarlos, comenzó a correr.
Los tres hicieron el camino en menos de cinco minutos. Llegaron casi sin aliento, en especial por el frío.
–Sigues... en forma... Pataki–dijo el moreno, dándole los cinco.
–¿Y qué esperabas? ...soy yo–dijo ella, con orgullo.
Arnold sonrió y abrió la puerta.
–Abuelo, abuela, ya estoy en casa. Gerald y Helga vienen conmigo–dijo.
–¡Eleanor, regresaste!–dijo Gerty con entusiasmo.
–Hola otra vez–dijo la adolescente con una sonrisa incómoda.
–Mañana tendremos una larga conversación, hombre pequeño–Amenazó Phill.–. Pero ¿Qué hacen en la puerta? Pasen, deben tener frío.
Los adolescentes sacudieron sus zapatos y entraron, quitándose los abrigos. Los tres seguían agitados.
–¿Acaso estuvieron corriendo?–Añadió el anciano, preocupado.
–Sí–Respondieron a coro.
–Válgame Dios, estos jóvenes. Hay chocolate caliente
–Gracias, Phill–dijo Gerald.
–¿Cuántas veces tengo que decirte que no me llames Phill?
El chico reía despacio, siguiendo a sus amigos a la cocina.
–Bueno, ya es tarde y ustedes saben dónde está todo en esta casa–dijo el anciano–. Así que buenas noches
–Buenas noches, abuelo y abuela
–Buenas noches, niños–La anciana les sonrió.–. Me alegra que estén aquí acompañando a Kimba–Añadió mirando a Gerald y Helga.
–Gracias por su hospitalidad–dijo Gerald.
–Buenas noches, señor y señora Shortman–Contestó Helga.
Gerald notó que los residentes de la casa tampoco estaban en pie y mientras tomaban chocolate, decidió que era el momento.
–Voy al baño, ya regreso–dijo, poniéndose de pie.
En cuanto su amigo salió de la cocina, Helga miró a Arnold. Tenía la intención de besarlo, pero él claramente no quería lo mismo.
–¿Qué pasa, cabeza de balón?
–Hay algo–Comenzó, rascando su nuca.–que quisiera preguntar
–Escupe–dijo ella.
–¿Realmente consideras a Johnson un amigo? Ya sabes, el del periódico
–¿Joshua?–Ella lo observó.–. Somos amigos... ¿por qué? ¿No será que te da celos?–Lo dijo en broma, pero no le tomó ni un instante creer que había acertado.– ¿Es en serio?
–Espera–Arnold tomó aire.–. Antes que te enfades...
–Oh, créeme que ya estoy enfadada–dijo, cruzando los brazos.
Arnold suspiró.
–Hoy estuvo hablando con sus amigos, sobre hacer una movida y dando a entender que ustedes tienen algo
–¿Qué? Eso es imposible
–¿Por qué?
–Bueno, porque no tenemos "algo", solo somos amigos
–Creo que tendrás que revisar qué clase de amigos tienes
–Escucha, cabeza de balón, la clase de amigos que tenga o deje de tener es problema mío. Si lo que dices es cierto...
–Gerald y Phoebe también lo escucharon
–Lo que sea, tengo que aclararlo con él. No me gusta que esté difundiendo rumores así
Helga bajó la mirada, reflexiva.
–Creo entender por qué lo hizo–Murmuró para sí.
–¿Qué quieres decir?
–No es algo de lo que vaya a hablar contigo, Arnoldo, no es un asunto mío y ciertamente no es un asunto tuyo. Solo puedo asegurarte que estoy lejos de ser su interés amoroso y mucho más lejos de interesarme en él. Y si tengo que mandarlo al demonio por lo que dijo, lo haré–Cerró los ojos.–, pero lo que me enfada en este momento es que pensaste lo peor de mí, ¿no eres tú el que siempre ve el lado positivo de las cosas?
Arnold negó.
–Lo siento, Helga, pero no dudaba de ti–dijo–. Realmente estaba asustado. Ayer te esperé hasta tarde y hoy no fuiste la escuela. Nadie sabía de ti, ni los maestros, ni Phoebe. Cuando lo escuchamos, temí que te hubiera lastimado...
–¿Lastimarme? ¿Joshua? Imposible
–Helga, sé que eres fuerte, pero dijo que cuando llegaron a tu casa no había nadie y me pregunté cómo lo sabría... y si acaso te hizo algo... y con tu llamada del hospital
–Por cierto ¿cómo supieron eso?
–Gerald conoce un truco para devolver los llamados...
«Criminal»
–¿Y pasaste toda la tarde... preocupado... por mí?–Incluso terminar de decirlo le tomó trabajo, porque no podía creerlo.
Arnold asintió.
–Sé que odias que piense que eres débil y sabes que no lo creo, pero incluso tu fuerza y su habilidad tienen límites, Helga. Por favor, no te enfades
–¿Entonces Joshua no te da celos?
–No lo sé... solo sé que la idea de que él te hubiera lastimado...
–Escucha, cabeza de balón–Lo interrumpió–, no tengo idea de si ya has hecho suficientes pruebas para saber qué demonios te hago sentir, pero yo te amo, así que lo último que se me pasaría por la cabeza sería engañarte
–Lo sé, pero dijiste que habías contratado a Stinky para darme celos
–En primer lugar, eso fue en cuarto grado, en segundo lugar, quería llamar tu atención y que te dieras cuenta de que te gusto. Digo, tenía la esperanza de que verme con alguien más te hiciera querer estar conmigo
–Eso suena infantil
–Lo saqué de una película, ¡por supuesto que es infantil! Doi
Arnold no pudo contener una risita.
Ella lo miró: toda la tensión se esfumó de su cuerpo. Sus ojos se encontraron y ella se permitió perderse unos segundos en el maravilloso tono verde.
–Helga–dijo él minutos más tarde, sacándola del trance.
–¿Sí...mmm...?
La chica apenas logró cerrar la boca antes que se escapara un "mi amor"
–¿Puede esto dejar de ser un experimento?
–¿Tienes un resultado?
–Me gustas–dijo él, acariciando su mano–. Me gustas-gustas... y mucho, Helga Pataki
Ella se sonrojó. Esa sí era una declaración.
El chico puso de pie para acercarse y besarla con cariño, abrazándola. Helga le correspondió, rodeándolo con sus brazos por la espalda.
–Por cierto–Arnold la miró un minuto.– ¿No te molesta que sea más bajo que tú?
–¿De qué hablas?
–Bueno... a la mayoría de las chicas prefieren tener novios más altos y una de las cosas que dijo el amigo de Johnson fue que necesitabas un tipo como él
Helga ahogó una risa.
–Podría preguntarte algo parecido–dijo cuando se calmó– ¿No te molesta que sea más alta que tú?
–¿Bromeas? Es más Helga para abrazar
Ella se sonrojó con ese comentario.
–¿Entonces tu eres un novio de bolsillo?
–¡Ey!
–Ven acá, tonto cabeza de balón
Ella lo sujetó por el cuello y volvieron a besarse.
–¡Espera!
–¿Qué?
–¡Me dijiste novio!
Helga se sonrojó por completo y abrió mucho los ojos.
–No te acostumbres–dijo, apartando la mirada.
–Dilo de nuevo
–No
–Por favor
–Que no
–Helga... por favor... por mí...
Ella apretó los dientes un segundo y luego lo miró con malicia.
–Eres un novio de bolsillo
–No me agrada
–Un novio portátil
–¡Helga!
–Un novio hombre pequeño
–¡Basta!
–Tú lo pediste, ahora aguántate
El chico la miró con enfado fingido y luego le dio varios besos en el rostro, antes de volver a besarla, mientras ella reía.
De pronto notaron un "umh umh umh" y se apartaron, incómodos y sonrojados.
Gerald estaba de pie en el marco de la puerta, con las manos en la cintura, moviendo la cabeza de lado a lado con una sonrisa.
–Veo que su charla terminó bien–dijo.
–¡Lo hiciste a propósito!–dijo Helga–. Debí saberlo
–Sí, me extraña que no lo hubieras averiguado antes, sueles estar un paso por delante
–Bueno, me faltaba información para eso. Dime ¿Es cierto lo que escucharon?
–Sí y puedo repetirte cada palabra
–Adelante
Después de escuchar los detalles, Helga cerró los puños un momento.
–Creo que Joshua tendrá una visita de la feroz Betsy–dijo.
–¿Estás segura?–Intervino Gerald.–. Es un musculito, no saldrás limpia de eso
–Me he enfrentado a Wolfgang un par de veces. Y sí, termino lastimada, pero él siempre queda peor. Además, estoy mejorando mi técnica. Gracias por contarme, chicos y gracias por no intervenir, este asunto quiero arreglarlo por mi cuenta–Se estiró.–. Cambiando de tema ¿Qué película veremos?
Arnold fue a su habitación por unas cuantas mantas. Ahora que estaba Helga, consideró que era mejor que vieran la película en la sala, junto a la chimenea.
Los tres se instalaron en el sofá. Gerald a un lado, Helga y Arnold al otro, ella abrazándolo, mientras él se recostaba en ella.
El moreno los notaba cómodos y le parecía que la forma en que intercambiaban uno que otro beso era adorable. Le recordaba sus primeras citas con Phoebe y aunque la extrañaba y deseaba que estuviera allí, sabía que podía soportarlo.
La pareja se durmió antes que terminara la película. Gerald no los culpaba, fue un día largo.
Cuando los créditos aparecieron, decidió despertarlos para que fueran a dormir.
–Puedo quedarme en el sillón–dijo Helga de inmediato.
–Olvídalo, este lugar se congela–dijo Gerald, mientras su amigo apagaba el fuego.
–Vamos a mi habitación–dijo el rubio–. El abuelo nos dejó un catre, así que hay espacio suficiente para los tres
Helga tomó su bolso y los siguió escaleras arriba. Era extraño volver a la habitación de Arnold después de lo que había pasado la última vez que estuvo ahí.
«Fue un sueño, Helga, tú lo dijiste, solo un sueño.»
Pasó al baño para lavar sus dientes y ponerse el pijama, que en realidad era un conjunto deportivo con mangas largas, porque no estaba lista para que Arnold la viera en pijama... otra vez. Cuando salió, los chicos la esperaban.
–¿Acaso piensan que me voy a perder?–dijo, molesta.
–Claro que no, Pataki–dijo Gerald y le hizo un gesto a su amigo, que entró al baño pasando junto a Helga y de inmediato cerró la puerta–. Solo hacemos fila por si aparece alguno de los inquilinos
La chica se apoyó en el muro, junto a Gerald, cruzando los brazos.
–Gracias por tu ayuda–Murmuró.
–Ni lo menciones
–Gracias por creer en mí
–Eres la mejor amiga de Phoebe, confío en su criterio. Y también he llegado a conocerte un poco
–Y gracias por preocuparte por mí
–¡Por supuesto que nos preocupamos por ti! Eres nuestra amiga
Helga sonrió con tristeza.
Arnold salió del baño vistiendo un pijama celeste. Gerald entonces entró.
–Adelántense–dijo antes de cerrar la puerta.
Los rubios se miraron y decidieron hacerle caso, pasaron en silencio por el pasillo para no molestar a los residentes de la casa.
–¿Recuerdas el final de la película?–Preguntó Arnold cuando estuvieron en su cuarto.
–No ¿y tú?
–Tampoco–Reía divertido.
–Somos terribles
–Creo que Gerald nos lo tendrá que contar
–Si Pheebs hubiera estado aquí, apuesto que también se habrían dormido
–¿Tú crees?
–Supongo. Fue agradable estar abrazados así
–Helga...
El chico la observó un momento antes de reunir el valor.
–¿Quieres... dormir... conmigo?
–Ni loca
–¿Qué? ¿Por qué no?
Ella se acercó tanto que lo obligó a sentarse en la cama, luego se inclinó hacia él y lo abrazó por el cuello para besarlo de una forma dulce y apasionada. Fue un beso corto, que sin embargo los dejó a ambos sin aliento. Ella apartó su rostro, sonrojada y agitada.
El cálido cosquilleo que recorrió su cuerpo por esos pocos segundos que Helga estuvo así de cerca le bastaron para entender. Había una diferencia enorme entre la forma en que se abrazaron en la sala y ese beso, a solas, en la habitación. Supo de inmediato cuál de las dos sensaciones era más probable si compartían la cama. Pero... ¿no sería diferente cuando su amigo subiera? ¿O acaso bastaría con escucharlo roncar para que dejara de importarles su presencia?
–¿Ahora lo entiendes?–dijo ella, bajando la mirada.
El chico siguió sus ojos. ¿En qué momento sus manos la sujetaron por la cintura? ¿Cuándo se colaron por el borde de su ropa?
Avergonzado, la soltó de inmediato, apartándose un poco.
–L-lo siento–Logró decir, evadiendo su mirada.
Helga tomó una de las almohadas de la cama del chico y la arrojó sobre el sillón, sentándose. Observaba como el chico buscaba mantas extra en su armario.
«No debí hacer eso»
«¡Te invita a dormir con él y dices que no!»
«¿Quién eres y qué hiciste con Helga?»
«¡No estoy lista para esto!»
«¡Te invitó a dormir! Maldición, es Arnold, ¡Claro que no quiso decir nada más!»
«Pero... ¿realmente no se da cuenta...? Sus manos acariciándome, apretándome contra su cuerpo, la cálida electricidad que provoca el contacto de sus dedos en mi piel... »
«Y si me recuesto en su cama... ¿Qué sería de mí, embriagada con su aroma? Oh, Arnold, si tan solo supieras que muero por besarte y que descubras los secretos de mi ser mientras recorres cada detalle de mi feminidad... »
«Basta, Helga, tienes que calmarte...»
Gerald tocó dos veces antes de entrar, esperando no interrumpir nada, pero le sorprendió que Arnold le dijera de inmediato que pasara.
Al cerrar la puerta tras de sí vio a Helga instalándose en el sillón, mientras su amigo ponía algunas mantas sobre el catre.
–¿Pasó algo?–dijo, confundido.
–No sé de qué hablas, Geraldo–dijo Helga–. Buenas noches, chicos–Se recostó en el sillón, abrazando la almohada.
El moreno miró a su amigo con un gesto interrogante.
–Todo está bien–dijo Arnold con una sonrisa–. Vamos a dormir–Luego miró a Helga.– ¿A qué hora tienes que estar en el hospital?
–A las diez
–¿Está bien si salimos a las nueve?
–Sí
–Hay que levantarnos a las ocho–Añadió ajustando su alarma.
–A las ocho suena bien–dijo la chica–. Gracias
–Gerald–dijo Arnold.
–No madrugaré un día libre, viejo
–Puedes quedarte a dormir, volveré para almorzar
–Volveremos, cabeza de balón–Se involucró la chica.–, tu abuela me invitó
–Supongo que a esa hora estarás en pie–Añadió Arnold mirando a su amigo.
–Sí–dijo Gerald, bostezando–. Buenas noches
–Buenas noches, Gerald. Buenas noches, Helga–dijo Arnold antes de apagar la luz.
...~...
La alarma despertó a Arnold, pero no a los otros dos. Decidió ir a bañarse y lavar sus dientes antes de despertar a su linda novia. Sonrió frente al espejo repitiendo esa idea. Cuando regresó buscó en su closet y se vistió con la puerta entreabierta. Luego se acercó a ella. Seguía dormida, con la respiración tranquila.
–Helga–Murmuró.
La chica seguía sin despertar.
–Helga, tienes que levantarte–Repitió.
Ella rodó, cubriéndose con la manta.
–Cinco minutos más, mi amor–dijo entre sueños.
«Otra vez»
Arnold se sonrojó. ¿Estaba soñando con él? ¿Helga siempre hablaba en sueños? ¿Alguien más sabía de eso? Definitivamente ella sí.
Una vez que logró calmarse, miró su reloj. Tenían unos cuarenta minutos para salir, esperaba que fueran suficiente. Volvió a intentarlo, esta vez tomando su mano y besando su mejilla.
–Helga–le dijo al oído–. Vamos a llegar tarde
–¿A dónde?–dijo ella, abriendo los ojos un poco, todavía dormida.
Un segundo después lo apartó, asustada.
–¡Qué haces aquí cabeza de balón!–Luego miró el lugar.–. Oh... cierto
Se sentó, estirándose y notó que Johanssen seguía dormido.
–Tiene el sueño pesado–dijo Arnold tras seguir su mirada.
–¿Qué hora es?
–Casi las ocho y veinticinco–dijo el chico.
–Me daré prisa
–Puedes tomar un baño, toma–Le entregó una toalla.–. Iré preparar desayuno, así que ve a la cocina cuando termines–dijo, antes de darle un beso en la frente.
Ella se sonrojó. Ni en sus más locas fantasías esperaba que Arnold le hiciera desayuno en ese punto de su relación.
En la ducha recordó que, inspirada por la película, tuvo uno de esos sueños donde estaban juntos: eran detectives investigando una serie de crímenes que terminaban teniendo un origen paranormal y al enfrentarse a un peligro mortal, admitían su mutuo amor, entonces ella encontraba una forma de escapar con vida, salvándolo y ganándose su devoción.
Luego recordó la tontería que había hecho antes de dormir.
–Debe creer que estoy loca–se dijo, mientras se vestía–. No puedo creer que haya hecho algo así. Pataki, tienes que controlarte–Concluyó frente al espejo.
Se peinó como solía hacerlo de niña. Ahora que su cabello era más largo, las dos coletas caían sobre sus hombros, hasta su cintura.
Una vez que estuvo lista tomó su ropa sucia, la hizo una bola, la metió dentro de su bolso y bajó a la cocina. El olor a huevos y tostadas le abrió el apetito.
–¿Necesitas ayuda?–dijo, solo por imitarlo.
–Está casi listo, toma siento–Respondió sin mirarla.
Helga no pensó en insistir.
Arnold sirvió el desayuno y puso un plato delante de ella y otro en el puesto de al lado, apagó todo, sirvió algo de jugo de naranja y se sentó.
–Gracias–dijo ella, mirando el plato–. Solo le falta tocino para ser perfecto–Comentó sin pensar
Arnold de inmediato cambió su mirada.
–Dejé de comer tocino... ya sabes... Abner–Explicó, incómodo.
–Lo siento, no lo pensé–Lo miró.– ¡Por favor! Sabes que no lo diría en serio. Y esto se ve bastante bien, en verdad, mejor que mi cena
–Gracias–Se esforzó por sonreír.–. Tenemos diez minutos
El chico comenzó a comer con una mirada abatida. Ella no podía dejar de mirarlo.
–Arnold–dijo arrepentida–. En serio lo siento, no quise...
–Está bien, Helga, lo sé, es solo que no me gusta pensar que si Abner no viviera conmigo habría terminado en un plato hace tiempo
–Entiendo
La chica había perdido el apetito solo por la idea de hacer sentir mal a su amado cabeza de balón, pero decidió que tenía que comer lo que él tanto se esmeró en preparar.
–Sabes que no es necesario que vayas, ¿cierto?
–Helga
–Adivino–Interrumpió–. Quieres hacerlo
–Exacto
–Solo un tonto sacrificaría la posibilidad de dormir hasta tarde por una chica, en especial por mi
–No es un sacrificio si puedo pasar más tiempo contigo–Sonrió.
–Baboso
–Sí–Confirmó él con una risita.
Con el cambio de ánimo de Arnold, el cuerpo de la chica decidió que era buena idea comer.
Ordenaron la cocina con rapidez y salieron hacia la parada del autobús. Hacía frío, una capa blanca cubría la ciudad y podían sentir como la nieve se hundía bajo sus pies.
–¿Dormiste bien?–Preguntó Arnold.
Helga asintió, incapaz de hablar.
–¿Pasaste frío?
Ella movió la cabeza de lado a lado, concentrada en la fresca capa blanca que cubría el suelo.
–¿Estás nerviosa? Olga estará feliz de verte–dijo.
–No es eso–Murmuró, mientras observaba el tránsito. Estaban cerca de la parada del autobús, pero no lograba divisarlo.–. Respecto a lo de anoche... creo que me excedí
–¿Te refieres a ese beso en mi habitación?
Ella asintió.
–No me molestó que lo hicieras–Admitió el chico, sonrojándose.–. Si soy sincero, sería todo lo contrario–Miró el suelo, reprimiéndose por lo que acababa de decir.
Ella de reojo notó el rubor en el rostro de su amado.
–Lamento si te incomodé–Continuó él–. No sé en qué momento... no intentaba aprovecharme... es solo que cuando estamos cerca... lo siento...
–¿En verdad te gusto... así?
Arnold asintió.
–Aunque creo que no estoy listo para averiguar cómo se siente... digamos... tenerte tan cerca que quisiera perder el control–Medio sonrió.
Helga asintió. Ella tampoco, pero decirlo en voz alta le parecía imposible.
El autobús pasó unos cinco minutos después. Hicieron el camino en silencio. Helga se sentó junto a la ventana, apoyando su codo en el borde y su rostro sobre su mano. Arnold, junto a ella, le tomó la otra mano y jugaba con sus dedos enguantados.
No era un silencio incómodo, más bien uno de aquellos donde no había nada importante que decir.
Llegaron con tiempo de sobra, pero por el frío entraron casi de inmediato al hospital.
El chico esperó en la recepción, para darle a su novia un poco de espacio. Ella regresó unos veinte minutos más tarde con su hermana, quien le sonrió como saludo. Parecía apagada y agotada. Eso le causó cierta preocupación, recordaba a Olga como una joven mujer llena de energía.
Tomaron un taxi hasta la residencia Miller. En cuanto entraron a la casa, Olga se sentó en el sillón con un gesto de agotamiento.
–Gracias, chicos, creo que estaré bien, pueden irse
Los jóvenes intercambiaron una mirada y decidieron que se quedarían.
–Miriam vendrá a almorzar contigo, ¿no?–dijo Helga.
–Sí
–Cocinaremos y nos iremos en cuanto llegue–dijo Arnold.
–No hace falta, puedo hacerlo
–Acabas de salir del hospital–La regañó Helga.–. Vas a descansar, no es una sugerencia
Arnold sonrió.
–Debo hacer algunas compras
–Yo puedo ir–Se ofreció el chico.
Olga iba a replicar, pero vio a su hermana de brazos cruzados alzando el lado izquierdo de su ceja.
–Gracias–dijo.
Buscó en su bolso y le entregó unos cuántos billetes. También buscó una libreta y un lápiz, para dictarle la lista.
–Debería ser suficiente
–Entiendo. ¿Hacia dónde debería ir? No conozco muy bien estas calles
Olga le explicó cómo llegar a un almacén en ese barrio, Arnold repitió las instrucciones y asintió antes de salir.
–Es un buen chico–dijo la mayor cuando él salió–. Espero que sepas conservarlo
–¿De qué hablas? Soy una Pataki, debería agradecer poder estar conmigo–Apartó la mirada con orgullo.
Eso hizo reír a Olga y la menor notó que era la primera vez que parecía genuinamente feliz en esos días.
–Hermanita–dijo de pronto– ¿No fue Arnold quien acompañó a Lila a mi boda?
–Sí, ¿Qué con eso?–La menor puso los ojos en blanco, mientras cruzaba sus brazos.
–Pensé que ellos hacían una linda pareja
Helga recordó con dolor la sensación que tuvo ese día.
–Pero ahora que los veo juntos–Continuó la mayor.–, sé que estaba equivocada. La forma en que te mira es tan dulce
–¿Quieres que te prepare un té?–dijo, intentando escapar.
–Me encantaría, hermanita
Cuando Arnold regresó, Helga le sirvió también un tazón de té. Afuera hacía frío. Los tres fueron a la cocina. Olga se sentó apoyando su tazón en la cubierta de la isla, al lado opuesto que los jóvenes ocuparían. Entre los tres decidieron el menú y la mayor les dio instrucciones, pero el chico demostró manejarse bastante bien con las técnicas básicas de cocina, a diferencia de Helga, pero la chica se esforzaba.
–Estará listo en veinte minutos–dijo Arnold.
–Estoy muy agradecida por su ayuda–Sonrió.–. Tomaré un baño antes que llegue mamá ¿Podrían esperar aquí?
–Claro–dijo Arnold.
Cuando Olga se fue, Helga se dejó caer en una silla, abatida.
–Definitivamente odio cocinar–Admitió.
–¿Siempre lo has odiado?–Quiso saber el chico.
–Me gustaba hacer galletas, pero creo que me gustaba más comerlas–Lo observó.–. Quién diría que el cabeza de balón parecería un chef
–Solo hago lo que he aprendido. La abuela y el señor Hyung me han enseñado algunas cosas
Helga sonrió y luego se dejó caer sobre el mesón, cruzando sus brazos y apoyando su cabeza como si fuera a dormir.
Arnold se sentó junto a ella y la imitó, mirándola.
–Hola–dijo con una risita.
–¿Qué hay, cabeza, de balón?–Respondió ella.
–Te ves linda
–Cállate
–Sé que no es la situación ideal, pero me gusta esta parte de ti
–¿Cuál? ¿La que está agotada tratando de sobrevivir otro huracán Pataki?
Arnold se levantó y le ofreció una mano, que ella tomó mientras se sentaba, entonces él se acercó y le dio un beso en los labios, acunando su rostro con la mano libre.
–La parte de ti que decidió ser fuerte para su familia, a pesar de que siempre dices que los detestas
–No te confundas, Arnoldo, los detesto–Evadió su mirada y se soltó de su mano.–, pero sigue siendo mi familia. Y Olga, no importa si se apellida Miller o Pataki, sigue siendo mi hermana y eso cuenta de algo, tú lo dijiste
–¿Yo? Oh... –Arnold recordaba vagamente haberle comentado a Helga algo al respecto.– ¿Sólo te importa porque lo dije?
–Me encantaría decir que sí, pero solo me ayudaste a aclarar un conflicto moral–Volvió a recostarse como antes, esta vez sobre un brazo, dejando libre la mano más cercana a Arnold, con la que le tiró la manga de la camisa.
El chico se acomodó otra vez sobre la mesa, también dejando libre una mano, con la que tomó la de ella, jugando con sus dedos.
–Soy cínica–dijo ella de pronto–. Siempre he preferido esconderme
–¿De qué tienes miedo?
–De todo
–¿Incluso de mí?
–En especial de ti
–¿Qué hice... para que me temas?
–Temo que un día te des cuenta de que estás saliendo conmigo
–¿En serio?
–Despierta, Arnoldo, la mayoría de los chicos preferirían huir de mí
Arnold frunció el ceño.
–Helga, ¿no crees que de verdad puedas gustarme?
–He fantaseado con eso desde que puedo recordar... y siempre he temido que no sea real
–Es real, Helga
–Eres un tonto
Arnold volvió a fruncir el ceño, pero no estaba molesto.
–Helga, si eres cínica, ¿cómo sé que ahora eres sincera?
–No lo sé, tú dime
El chico cerró los ojos un momento.
–Eres cínica cuando haces creer a todos que tienes las cosas bajo control, pero en el fondo tienes miedo, ¿no?
–Bingo
Arnold volvió a reír.
–Me gusta esta Helga que es sincera sin ser sarcástica
–No te acostumbres. Estoy cansada–Pestañeó lento. Lo soltó y acercó su mano al rostro del chico.–. Gracias por estar conmigo
El chico la imitó otra vez acercando su mano al rostro de ella, apartando su cabello para acomodarlo tras su oreja, provocándole un cosquilleo al rozar su lóbulo, lo que la hizo cerrar los ojos con fuerza.
–Cuidar de ti y acompañarte venía con el papel de novio–Se acercó a besarla.–. Además, quiero estar contigo–Añadió.–. Realmente me gusta cada parte de tu vida que me dejas ver, incluso... si no son las mejores, son importantes, porque me ayuda a conocerte y entenderte mejor
Helga sintió que algo dentro de ella se rompía, pero no algo malo, como si hubiera derrumbado una pared y después de mucho tiempo en las sombras pudiera ver la luz.
«Estúpido cabeza de balón»
De pronto él estaba sosteniéndole el mentón y besándola con cariño. Se quedaron así, compartiendo el aliento.
En la mente de Helga las palabras se repetían y la mirada dulce de Arnold parecía sanar una herida que ni siquiera había notado que tenía. Odiaba lo que vendría, no quería volver a llorar delante de él, pero sentía las lágrimas ahogándola, tratando de derramarse. No podía contenerlo más.
Una de las ollas se rebalsó y ambos volvieron su atención a la cocina.
El chico se levantó para limpiar, mientras ella le daba la espalda, secando rápidamente sus ojos.
Arnold limpió todo antes que Olga bajara.
En cuanto Miriam llegó, los jóvenes se despidieron y regresaron a la Casa de Huéspedes.
Gerald apenas se había levantado y todavía parecía somnoliento. Esa tarde vieron otras películas, pero los tres estaban tan agotados que la tarde de cine terminó convertida en una siesta grupal en el sofá a mitad de la tercera.
Más tarde los chicos acompañaron a Helga a casa y acordaron que se reunirían después de navidad, cuando Phoebe regresara.
