El murmullo de la ciudad de Cagliari se mezclaba con el aroma del mar y el calor del sol mediterráneo que comenzaba a descender en el horizonte. Como estarían dos días y dos noches en la ciudad Kagome había reservado un pequeño faro convertido en Airbnb, para pasar una todo un día escribiendo y aprovecharía que el barco había llegado justo al atardecer, para también aprovechar la noche extra con las ideas que iban y venían en su cabeza.
Aunque la noche estaba fresca, decidió ponerse un vestido azul celeste que realzaba sus ojos, se puso unas sandalias sencillas y se hecho un cárdigan blando; termino de organizar la pequeña maleta con algunas cosas esenciales para pasar dos noches en el lugar y su preciada laptop con su libreta de anotaciones; además de no olvidar echar su traje de baño, ya que había quedado de pasar un día tomando el sol en las playas de la ciudad.
El taxi serpenteaba por las estrechas calles empedradas de Cagliari, donde las casas de colores pastel parecían abrazar al visitante con una mezcla de historia y misterio. Kagome observaba el paisaje a través de la ventana, perdida en sus pensamientos. La ciudad tenía un aire antiguo, casi melancólico, que resonaba con la tormenta que se gestaba en su interior. Las luces cálidas de las farolas comenzaban a encenderse, bañando las fachadas con un resplandor dorado que parecía sacado de un sueño.
Finalmente, el vehículo se detuvo frente a un pequeño faro blanco que se alzaba solitario en un promontorio rocoso. Kagome pagó al conductor y salió del coche, sintiendo cómo el viento salado del mar le acariciaba el rostro. Frente a ella, el faro parecía un guardián eterno, testigo de innumerables noches bajo el cielo estrellado. La estructura era modesta pero encantadora, con una cúpula de cristal que coronaba su cima y una terraza circular que ofrecía una vista inigualable del océano.
El anfitrión la esperaba en la entrada, un hombre mayor con una sonrisa amable y ojos que parecían contener secretos de otras épocas. Le entregó las llaves y le explicó cómo abrir la cúpula del faro para disfrutar de las estrellas. Kagome asintió agradecida, aunque apenas escuchó sus palabras; su mente ya estaba imaginando cómo sería escribir bajo ese cielo infinito.
Cuando finalmente entró al faro, el aire cambió. El interior era pequeño pero acogedor, decorado con una mezcla de estilo rústico y moderno que lo hacía parecer sacado de un cuento. Las paredes eran de piedra blanca, y las ventanas redondas dejaban entrar la luz tenue del atardecer, proyectando sombras suaves en el suelo de madera desgastada. En el centro, una cama de dosel con cortinas translúcidas estaba estratégicamente colocada justo bajo la cúpula de cristal. Kagome se acercó y deslizó los dedos por la tela suave, imaginando cómo sería dormir allí mientras las estrellas vigilaban desde arriba.
A un lado de la habitación, había una pequeña mesa con una lámpara de aceite y un jarrón lleno de flores silvestres que desprendían un aroma delicado. Un escritorio antiguo, perfecto para escribir, estaba colocado junto a una ventana que daba al mar. Desde allí podía escuchar el murmullo constante de las olas rompiendo contra las rocas, un sonido hipnótico que parecía invitarla a perderse en sus pensamientos.
Kagome dejó caer su maleta junto a la cama y se sentó en el borde, mirando hacia la cúpula. Con un simple giro del mecanismo que le había explicado el anfitrión, las placas de cristal comenzaron a abrirse lentamente, dejando entrar la brisa fresca de la noche. El cielo estaba despejado, y las estrellas brillaban con una intensidad que parecía casi sobrenatural.
Suspiró profundamente y se levantó para desempacar. Colocó su laptop y su libreta en el escritorio, junto con un bolígrafo y algunos papeles sueltos. Luego se dirigió al pequeño baño adjunto para refrescarse. La ducha era mínima pero funcional, con azulejos blancos y detalles en azul que recordaban al mar. El agua caliente relajó sus músculos tensos, pero no logró calmar la inquietud que sentía desde que había salido del barco.
Cuando salió del baño, vestida con un camisón ligero y descalza, el faro ya estaba sumido en penumbra. Encendió la lámpara de aceite y dejó que su luz cálida llenara el espacio. Se sentó en el escritorio y abrió su libreta, pero las palabras no llegaban. Su mente estaba atrapada en los eventos recientes, ella amaba a Bankotsu, o al menos eso se decía.
La verdad es que desde hace algunos meses las cosas no estaban increíbles, contando sus desprecios a sus intentos de seducirlo, los mensajes que había estado compartiendo con Sesshomaru, era fácil hablar con él, de cosas triviales y no tan triviales, el la escuchaba, siempre atentamente, adoraba escuchar su voz cuando enviaba audios, cada que veía su nombre en las notificaciones una sonrisa aparecía en su rostro, cosa que con Bankotsu hace anos no pasaba.
además, se sentía un poco mas que una extraña con sus amigos, aunque la clara conexión no se había perdido, si su publicista no hubiera presionado, no estaría aquí en el crucero y se había perdido la boda de su mejor amiga.
Luego estaban las miradas entre Koga y Sesshomaru; por otra parte quien sabe que mosca le pico a Inuyasha, las cosas parecían tan complicadas que su cabeza comenzaba a doler.
Una ráfaga de viento hizo que las cortinas ondearan suavemente, y Kagome sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Se levantó para cerrar parcialmente la cúpula, pero antes de que pudiera hacerlo, un sonido sutil la hizo detenerse en seco. Era apenas perceptible, como el crujido de unas botas sobre madera.
—¿Esperabas a alguien? —la voz grave y familiar resonó desde la penumbra.
Kagome se giró bruscamente, su corazón latiendo desbocado. Allí estaba él, Sesshomaru, apoyado contra el marco de la puerta con una calma inquietante. Su figura alta y elegante parecía casi irreal bajo la tenue luz de la lámpara. Llevaba una camisa blanca ligeramente desabotonada y pantalones oscuros que acentuaban su porte aristocrático. Su cabello plateado caía en cascada sobre sus hombros, brillando como si atrapara la luz misma.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó ella con voz temblorosa.
Sesshomaru dio un paso hacia adelante, su porte imponente llenando cada rincón del pequeño espacio. Su mirada no se apartaba de ella, como si estuviera trazando cada línea de su rostro, cada curva de su cuerpo.
—No podía dejarte sola —respondió simplemente—. No después de lo que pasó.
Kagome retrocedió instintivamente hasta chocar contra el escritorio. Su mente buscaba desesperadamente una excusa para alejarlo, pero su cuerpo traicionaba su voluntad; cada fibra de su ser parecía gravitar hacia él como si fuera un imán.
—Esto… esto no está bien —murmuró ella mientras bajaba la mirada.
Sesshomaru avanzó hasta quedar frente a ella, tan cerca que podía sentir su calor irradiando hacia ella. Levantó una mano y tomó su barbilla con delicadeza, pero firmeza, obligándola a mirarlo.
—¿Y quién decide lo que está bien o mal? —preguntó con voz baja, causándole una ola de placer—. Tú sabes lo que sientes… lo mismo que yo.
—No… —intentó replicar Kagome, pero su voz se quebró.
Sesshomaru inclinó ligeramente la cabeza hacia ella, sus labios apenas rozando los suyos en un gesto que era tanto una promesa como una amenaza.
—Deja de luchar contra esto —susurró—. No puedes huir de lo inevitable.
Antes de que pudiera responder, él cerró la distancia entre ellos en un beso profundo y devastador. Kagome sintió cómo su resistencia se desmoronaba mientras el mundo a su alrededor desaparecía nuevamente. Solo existían ellos dos bajo el cielo estrellado que los observaba desde la cúpula abierta.
Kagome sintió cómo las lágrimas amenazaban con brotar mientras luchaba contra el torbellino de emociones que él desataba en ella. Pero cuando miró nuevamente esos ojos dorados llenos de determinación y deseo inquebrantable, supo que ya no tenía fuerzas para resistirse.
