Asalto 8 – El pozo de la contienda.
(…)
Solo mirar era exasperante, se fatigaban sus ojos de ver el mismo panorama una y otra vez hasta
que sus retinas se blanqueaban de sueño. Su respiración, opacada por el tumulto de ruidos
ensordecedores, solo hacía prosperar su descontento, llevándolo al límite de su tolerancia.
El sol no era placentero, menos cuando su larga cabellera suelta era un manto negro que adsorbía
los rayos solares. El manto caliente amenazaba con incendiar su espalda si se quedaba más tiempo
bajo el astro incandescente. La temperatura arruinaría su cabello.
Que molesto, se repitió.
Su otro compañero, estaba en las mismas, o peores condiciones. Su fatiga era lamentable, y su
cabello azulado se pegaba a su frente por el sudor, producto del golpe de calor que sufrió hace unos
minutos. Si continuaba por esta senda, volvería a decaer.
Ni hablar de él mismo. No quería presumir, pero su condición física, apenas sobrepasaba a la de un
niño menor de diez años. Solo estar bajo el sol una hora era devastador para su energía limitada.
Y el asunto, o persona que empeoraba todo su día con solo sonreír, tenía su mira en el grupo que
tiraba y aflojaba las riendas de la contienda bajo el inclemente sol.
El príncipe Allen Pendragon, un genio, considerado uno de los más inteligentes para su corta edad,
que sobrepasó todos sus profesores en inteligencia. Tiene el futuro asegurado, pues no cuenta con
hermanos o luchas políticas por el mandato firme de su padre.
Esta persona estaría en la cumbre de la popularidad, de no ser por su carácter punzante que
pinchaba las personas a su alrededor.
Ese genio tenía un exagerado ego. Uno que le parecía ridículo.
A estas alturas, se preguntaba si otro Caballero astral estaría dispuesto a tomar el trabajo en su
lugar...
Cierto, a lo que venían...
— ¡IMBECIL! ¡TE VOY A MATAR!
— ¡ERES TÚ QUIEN VA A MORIR, ANCIAO!
— ¡CIERRA LA BOCA, BASTARDO!
— ¡SUCIO CAMPESINO!
— ¡AHHHHH!
— ¡VAYANSE A LA-
—...
Michell no tenía palabras.
¿Qué era esto?
Delante de sus ojos, una turba de gente se jalaba de los moños y se tiraba de la ropa, tirándose
maldiciones con generosamente a plena luz del día. Era algo que lo dejaba confundido.
Es decir, hace cinco minutos todo estaba tranquilo. La revuelta se alzó de la nada, luego que alguien
empujara por accidente a otra persona.
Para cuando se dio cuenta, la gente se enraizaba en una lucha de malas palabras al bando contrario.
Fue tan rápido que casi le pareció ridículo.
Se resguardaba del sol del mediodía con ayuda del techo que cubría al pozo. Este era pozo
considerablemente grande y espacioso. Era parte vital de la aldea, pues era una de las fuentes
principales de agua.
Era singularmente bonito, si solo se concentraba en la estética. La aldea tampoco estaba descuidada,
y tenía un rico comercio con otros lugares.
Maldición, ¿Cuándo piensan callarse?
Dejó de mover impacientemente la punta de su pie. ¿Cuándo pensaban parar?
— Tch... ¡GUARDEN SILENCIO, MALDICIÓN!
El tumulto reaccionó ante el sórdido grito en dirección del pozo.
Dando unos pasos al frente, su avasallante belleza atractiva para hombres y mujeres cautivó el
aliento de muchos. Su cabellera negra que caía sobre su delgada espalda, sus ojos violetas que se
clavaban en ellos, y su boca fruncida de enojo, hicieron evidentes que lo hicieron llegar a su límite de
tolerancia.
Michell curvó más sus cejas.
Aunque era atractivo, en este momento dejó evidente lo enojado que estaba.
— ¿Hasta cuándo estarán perdiendo el tiempo? ¿No saben su lugar? ¡El príncipe de Eclipse está
presente!
"¿O desean que yo, un Caballero astral, les dé una lección de buenos modales?".
Los murmullos pararon. Nadie se atrevió a decir nada.
Un joven silbido sopló detrás de Michell, él lo ignoró.
Más atrás, estaba Allen se brazos cruzados, con su espalda apoyada sobre uno de los pilares del
pozo.
— No sabía que la princesa tuviera espinas...
— Michell-San es bueno dando órdenes...
Murmuró un Taylor, acurrucado en una esquina.
Allen miró la espalda a Michell, sonriendo.
Actuando familiarmente, se acercó y tomó uno de sus hombros.
A Michell le sudó frío. ¿Qué hacía ese tipo tocándolo?
— Pensar que tendrías tanto respeto por mi nombre. Estoy conmovido.
— Necesito dar una buena imagen al público. Tengo una imagen que mantener.
— Je.
Riéndose entre dientes, el príncipe dio un paso al frente. Dio un aplauso animado.
— Estaremos un cierto tiempo apostados en esta aldea hasta que concluyamos nuestro negocio.
Durante ese tiempo, cualquier altercado será penalizado. ¿Alguna duda al respecto?
El público general no dijo nada. Si el príncipe declaraba que los iba a matar a todos por despecho,
¿qué podrían hacer ellos? Mejor se retiraban en silencio.
La personalidad retorcida del príncipe no era algo público para los de afuera de la capital, pero
pudieron entenderlo con solo oír algunas de sus palabras.
Las acciones de Michell y Allen fueron acertadas hasta cierto grado, resolviendo los problemas de
ese día en particular. Como había tres personas de clase noble vigilándolos – Taylor contaba también
-, nadie intentó ir contra sus órdenes.
El orden se mantuvo por el resto del día. El tránsito de gente que venía a recoger agua era
constante, como la corriente de un río. No hubo altercados que reportar, al menos no lo
suficientemente graves para ser tomados en cuenta.
La Aldea de Merari es una pequeña ubicación puesta al este de Eclipse, de clima tropical. Su
población no pasaba de las 500 personas y denotaba ser un lugar constante de conflictos internos.
Según investigó Michell, esto se produjo por la creación de dos facciones que tuvieron nacimiento
hace unos años.
La facción de Eva, y la facción de Adán
Todos los días la gente se enfrenta para llevar la aldea, según su ideal, en una mejor dirección.
Eva y su gente se llevaba por el pensamiento conservador, pues buscaban mantener las costumbres
viejas y los sistemas pasados de generación en generación, mientras que la facción de Adán buscaba
emprender nuevos negocios y acciones que llevaran modernizaran la aldea
Que ambos ideales chocaran provocaba enfrentamientos hostiles casi todos los días sin falta.
Eva y Adán rara vez chocaban en público, sin embargo, esto no se aplicaba a su gente.
No existía día donde no hubiera enfrentamientos.
Hace 50 años, la población era escasa, menos de 50 personas.
El tiempo ayudó a que aumentaran su número, creciendo poco a poco a través de los años.
El pozo, que en su momento alcanzaba para todos, ahora no daba la talla para tantas personas.
Antes no era mucho problema ir a sacar agua, pero con el incremento de población, los choques se
hicieron naturales. A esto, se le sumó la pertenencia a una facción rival.
La construcción de otros pozos estaba en marcha, pero aún faltaba un tiempo para que culminara y
estos estuvieran disponibles.
Edgar le encargó a Allen resolver la discordia que existía, al hacer que ambas facciones firmaran un
contrato de no agresión entre sí.
Lastimosamente, la terquedad humana nunca era fácil de abordar.
No le expidió fecha límite, así que podría tardar un año si así quisiera.
Pero claro que no estaría conforme con algo así.
No era del tipo que se esforzaba hasta romperse las manos, pero odiaba que lo subestimaran.
Resolveré esto antes de que termine la semana… No, antes de que pasen tres días.
De otro modo, no podía llamarse Allen.
(...)
El barullo del local de comida llenaba sus oídos de una melodía que solo las personas amontonadas
podían hacer.
Por un lugar un niño le pedía a su padre el menú especial infantil, por otro una pareja no paraba de
hablar sobre cosas de su boda, un anciano vertía sus lamentaciones sobre la mesa de la cantina
mientras vaciaba un tarro de cerveza, y una familia pedía comida para cuatro.
Los olores apetitosos abrían el apetito del grupo, quienes dieron todo de sí vigilando que nadie se
peleara durante el día. Debían merecer esto, por lo menos.
Dispersos, los guardas disfrazados de civiles, ordenaban lo que iban a comer, o se ocupaba en otra
cosa, como ligar con una linda chica o beber como si no hubiese mañana. ¿Enserio se tomaban
enserio su trabajo de cuidar al príncipe?
— ¿Puedo tomar su orden?
La muchacha vino a su mesa, agitando sus largas pestañas.
Allen estuvo por abrir su boca-
— Quiero-
Taylor saltó sobre la mesa.
— ¡B-Bistec! ¡Queremos bistec! ¡Algo de pan también estaría bien!
— ¿Eh? Ah, c-claro.
La chica saltó confundida. ¿A qué venía la pasión por una simple orden? Tomó la orden, algo
extrañada, y se marchó.
Taylor suspiró en cuanto se fue.
Allen elevó una ceja hacia Taylor.
— Oye, Tay... ¿Por qué me interrumpiste? ¿No fue eso grosero?
— M-Me disculpo por eso, pero...no quería que acabaras molestando a la camarera... Necesitamos
dar una buena imagen.
— Estoy seguro que no damos la mejor imagen con una niña vestida de varón y un secretario
pusilánime.
— Si el primero es Michell-San, ¿el último soy yo?
— ¿Tu qué crees?
—...
— Eres un buen tipo, pero no das la imagen de ser alguien útil.
—...
Eso dolió.
— Grandes palabras del príncipe que no ha hecho nada increíble hasta ahora...
Dijo Michell, para malestar de Taylor.
¿Oh?
Allen sonrió, acentuando la malicia dentro de sus ojos bicolores.
— Parece que mi presencia no parece agradarte, Chiel. ¿No soy lo suficientemente guapo para ti?
— Dudo mucho que una cara bonita ayude a esconder ese corazón podrido.
— ¿Entonces admites que te resulto guapo?
— Taylor tiene más encanto...
— ¿Supongo que te gusta la gente inútil? No es mentira que los pájaros del mismo plumaje vuelan
juntos...
— ¿Entonces esa serpiente que tiene de mascota es su mejor amigo? Ambos se parecen mucho...
Sobre todo por lo desagradables que son..."
— ¡O-Oh, miren, ya viene nuestra comida!
El nervioso Taylor dirigió la atención de los chicos hacia la mujer que traía su orden.
—... Hmm.
La guerra fría se dejó para otro momento.
Los filetes jugosos desprendieron un buen aroma, alimentando el hambre del trío.
Taylor observó atentamente cada movimiento del príncipe, como un halcón viendo una liebre en
una llanura abierta.
— No sé si sea adecuado decirlo ahora, pero… ¿deseas preguntarme algo?
— Ah, pues…
— No te cortes y habla… No muerdo, a diferencia de una niña vestida de caballero.
Una mirada asesina provino del otro lado.
— Eh... Si al príncipe no le molesta, me gustaría preguntar si la comida no le resulta desagradable o
de baja calidad...
A fin de cuentas, no podía compararse a la comida de lujo que comía todos los días.
Allen, cortando medio filete, introdujo en su boca la suave carne que goteaba salsa.
— Sea comida de palacio o de una taberna común, comida es comida. No importa quien la prepare,
su destino seguirá siendo el mismo; la letrina.
—…
Uh...
No necesitaba decir algo tan crudo.
— Deja de tener una mirada en blanco y come. Tu comida se enfría. – Dijo Michell.
— Ah, sí, lo siento...
Solo por un momento, se sintió como si hablara con su madre.
Michell, comiendo sin apuros, trazaba contornos de carbón en una libreta pequeña. Lo que estuviera
haciendo era cosa suya, y no parecía querer iluminarlos de lo que hacía.
Taylor tuvo curiosidad, pero no se atrevió a espiar.
Los Caballeros Astrales, aunque eran figuras prominentes dignas de mención, eran misteriosas como
el fondo del mar. Algunos era más amados y conocidos por el público, otros se resguardaban y pocos
sabían de ellos.
Michell entraba en la segunda categoría. No había pruebas de verlo en el frente de la batalla, ni
actuando activamente por el bienestar del reino.
Bueno… No es que el reino fuera a caer solo porque algunos caballeros astrales no se involucraran
demasiado, solo que unos eran más activos que otro, dependiendo de su personalidad.
Deberías olvidarse de eso... En su lugar, debería concentrarme en no desprestigiar el apellido de mi
familia.
Temía que un desliz causara la vergüenza al apellido de su familia.
Su padre depositó una cantidad inexorable de confianza. ¿Qué pasaría si lo defraudaba?
Bueno, tampoco puedo ser tan pesimista.
En ese momento, oyó hablar al príncipe.
— Pero, oye… Tratar con esta aldea será todo un problema. La terquedad humana puede no conocer
límites, y no podremos resolver esto hablando amablemente…
Taylor asintió.
— Ciertamente. Tendremos que esforzarnos para encarar el cariz del problema.
Su apetito regresó brillantemente. La depresión de antes arrebató las ganas de comer de su cuerpo,
pero ahora que cambiaba de mentalidad, volvía a estar en mejor forma.
— Uh… Algunos pensamientos asaltan mi mente.
— ¿Uh? ¿Qué tipo de pensamientos, príncipe?
— Mejor llámame Allen. Es un dolor oírte decir "Príncipe" cada dos por tres.
— ¿¡E-Eh!? ¡No puedo! ¿¡Cómo podría llamarlo de manera tan informal!? ¡Me colgarían vivo!
— ¿Oíste, Chiel? Has eludido la muerte un par de veces.
Se mofó crudamente del pelinegro que comía en silencio. Él solo contestó sin verlo.
— No le temo a la muerte.
— ¿Ves, Tay? – Levantó su mano apuntando hacia arriba. – Chiel tiene una estupenda franqueza
femenina, digo, digna de un chico. Así que suéltate y llámame por el nombre. Si te lo permito, no
creo que vayas a ser penalizado.
— P-Pero yo…
Tartamudeó buscando una salida. Su voz se contrajo de confusión, mirando a los lados.
— Si me vuelves a llamas "Príncipe" o "Su alteza", no tendré reparos en deshacerme de ti ahora
mismo.
— ¿...!? ¡E-Entendido, lo llamaré por su nombre! ¡Allen-Sama debería bastar! ¿No?
Espetó aterrorizado, para placer el príncipe.
La seriedad de Allen se esfumó, regresando a su expresión traviesa.
— ¡Solo bromeaba! No haría algo tan malo como despedirte cuando apenas nos estamos
conociendo, Tay.
—…
Sus ojos divagaron vacíos por el aire, oscuros y sombríos.
No noté hasta ahora que mi vida fue llena de bendiciones.
— Entonces, Tay… ¿No sientes que este trabajo en particular será largo?
— ¿Eh?... – Su letargo tocó fondo. – Uh, creo que sí. Sería ideal que terminara rápido, pero como
estaremos tratando con la naturaleza humana, nada es seguro. Las relaciones de los líderes son
precarias, según hablan los rumores.
— Todo un fastidio ¿no? A veces pienso que no estaría mal tomarnos un descanso.
— ¿Un…descanso?
Las pupilas amatistas divagaron de su libro, pero regresaron a ponerse firmes.
— Claro. Todos aquí podemos tomarnos un día libre, o dos como mínimo. No es que eso vaya a
atrasar el trabajo que tenemos aquí...
—…
Taylor controló su semblante dubitativo.
— No creo que sea recomendable, Pri—… Allen-Sama.
Allen inclinó la cabeza.
— ¿Por qué no?
— No importa cuánto tiempo tome, esforzarnos en resolver las contiendas de las facciones rivales es
la prioridad.
— Uah, pero ahora mismo no me siento en buena forma. Si tanto lo deseas, puedes usar mi título
como mejor te parezca. Pareces confiable, así que no tengo problema en ponerlo a tu cargo.
El desconcierto cruzó por el rostro del joven peli-azul, pero se esfumó al cabo de unos minutos de
deliberación mental, exaltando la imagen digna de un noble.
— Lamento tener que rechazar su oferta, Allen-Sama. Pero si hago eso, este viaje, como la confianza
que depositó su padre en nosotros, será totalmente en vano. El objetivo principal de enfrentar estos
dilemas lejos de la seguridad de nuestros hogares, en la ganancia de experiencia que a la larga le
sirvan como pedestal para regir el reino. Si aceptara el trabajo, estaría faltándole el respeto a su
padre que espera que usted adquiera destreza. Como su secretario, lo asistiré en todo lo que pueda,
así que, bueno...
Su discurso fue un concentrado de oratoria… Pero terminándolo, el sudor goteó de su frente. El
retorcijón de su estómago y el palpitar salvaje de su corazón entenebreció su determinación
demostrada hace poco.
Ok... hasta aquí llegué. Lo siento, papá. No logré durar una semana...
Se lamentó, sabiendo que el príncipe no encontraría graciosa su negativa.
— Bu…
— ¿...?
— ¡Puhahahahaha!
— ¿¡...!?
Unas duras pero alegres palmadas a su hombro lo confundieron.
— Voy a decirle a mi padre que te decapite.
Dijo, con sus ojos oscuros como carbones.
— ¿¡...!?
Su sangre se heló y dejó de fluir. Sintió su mundo ponerse gris.
— ¡Bromeo!
— ¿Eh? ¿Qué?
Allen se pavoneó, sin preocuparse por su confusión mental.
— Eren un buen chico, Tay. Supongo que te conservaré un poco más...
Aventurándose a tomar lo que quedaba de su filete, se lo metió a la boca.
— ¿Q-Qué?
— ¿Aun no lo entiendes? — Michell dejó de escribir y le dio una mirada. — Te puso a prueba. De
haber contestado mal, te habría desechado.
¿¡...!?
¿¡Todo eso fue una prueba!?
Ante su cara pálida, Michell suspiró.
— Por cierto, hace ya un tiempo que me devora la curiosidad por lo que trazas en ese libro.
Dijo Allen, sin nada de tacto.
Michell sonrió altaneramente, como si lo adularan.
— Dado que tiene tanta curiosidad, puede mirar un poco...
Hizo amague para darle el libro a Allen, pero a último minuto se lo entregó a Taylor, quien recibió el
libro con una mirada conflictiva.
— ¿Te han dicho lo encantadora que eres, princesa?
— ¿Realmente?
Taylor, sudando frío, miró dentro del libro.
— ¿Cómo...?
Allí tenía un retrato suyo, portaba su lucidez trazada en carbón y sombras.
Los detalles, como las hebras de cabello, eran atestados de contornos oscuros, claros y medianos
que le ponían profundidad, brillo y sombra. ¿Esto fue hecho en tan poco tiempo? Incluso si tirara
toda su vida en dibujar el rostro de alguien, no podría hacer algo decente.
— Q-Que realista… Los Caballeros Astrales no son la élite por nada.
— Estoy seguro que mi título no tiene nada que ver con que sepa dibujar un poco.
— ¡Esto ya no puede ser catalogado de "poco"!
Estaba a punto de lanzarle otras alabanzas, pero-
¡THINK!
La punta del tenedor se clavó en la mesa, traspasando la tela. El brazo se detuvo a medio camino,
ahora con la manga de la ropa detenida.
— ¿Qué crees que haces?
Escarcha cortante salió de la lengua de Michell, dirigida al príncipe.
Lo que Allen sostenía con su cubierto, era el último trozo de filete que Michell guardaba para el final.
— Estoy seguro que es bastante obvio. Tienes buenos reflejos si pudiste notarme.
— Como si no pudiera notar una rata como tú moviéndose debajo de mi nariz...
Taylor tuvo tanto terror que se desconectó.
Ahora que lo pruebo bien, este pan es muy suave... Me pregunto cuál será la receta... El bistec
también tiene buen gusto, ¿debería preguntar cómo lo preparan?
Desviando sus pensamientos a otros horizontes desconocidos, refrenó su temor y huyó de la
realidad.
La sonrisa que Allen sostenía no vaciló, y en vez de alejarse, o soltar la comida, abrió su otra mano,
llevándola a tomar uno de los mechones anochecidos de Michell. Con una familiaridad primordial,
besó mansamente el mechón de cabello.
— ¡...!
El enardecimiento de Michell encontró nuevos niveles de irritación, alejándose de su acosador.
El desagrado encontró hogar en su cara, que se retrajo de asco.
Allen se gozó, comiéndose el filete.
La ira de Michell explotó.
Redondeando los diez minutos que le costó a Taylor evitar el asesinato de Allen a manos de su
propio guardaespaldas. El día acabó sin más impresiones erróneas.
Gracias (O por culpa) de las burlas de Allen, el humor deplorable de Michell se registraba como el
más profundo de la humanidad. Taylor tenía que andar en medio de ellos para que no comenzara
una pelea…
Pero si sucediera, él sería el primero en acabar muerto.
…Quizás era mejor quitarse.
Su hospedaje sería en una posada frecuentada por los extraños de otras aldeas o viajeros. Tenía
cierto grado de historia, y su construcción y servicios fueron bien hechos, pero a Taylor le
preocupaba que no fuera del agrado del príncipe.
Hasta ahora vivió rodeado de lujos. ¿Podrá enfrentar esto…?
Dudando de si podría, oyó a alguien mofarse. Era Michell.
— Ah, qué mala suerte, príncipe. Las sábanas acolchadas, las almohadas rellenas de plumas de cisne,
y la habitación lujosa de gran tamaño se quedó allá en su castillo. Espero que pueda dormir sin
incomodarse.
— Lo haré, mi querido Chiel. De todos modos, si tengo problemas para dormir, iré a tu habitación a
tomar tu calor para mi comodidad.
— Lástima que le pondré seguro a la puerta.
— Que amable de tu parte por avisarme. Usaré la ventana, entonces.
El cansancio de Taylor nubló sus pensamientos.
No veo nada, no escucho nada, no siento nada.
(…)
— Quiero que organices una reunión con los líderes de las Facciones, Tay.
En medio del desayuno, la proposición dada por el relajado príncipe dio un inusual aire fatídico.
— ¿Una reunión? ¿Con Eva y Adán?
Dijo Taylor, mordiendo su emparedado de queso y jamón ahumado.
— Sí. Eres mi secretario, hacer cosas como esta te corresponde ¿no?
— Er… sí, cierto. Soy su secretario...
— Pareces haberte olvidado de eso...
— E-Es que nunca antes empleó mi utilidad desde que nos conocimos.
Michell, en lugar de Allen, contestó a su vez que tomaba su emparedado a medio comer.
— Era porque a sus ojos, no tenías valor. En otras palabras, no te encontraba confiable.
— ¿¡E-EH!?
— Chiel tiene toda la razón.
— La prueba de antes era parte de su tasación.
Oh.
...
Así que era eso...
De haber fallado, entonces...
...habría dicho desechado.
Tragó saliva, sintiéndose débil.
— Allen-Sama, quieres que programe una reunión con los líderes de las facciones para hoy, ¿verdad?
— Correcto, Tay. Dependiendo de cómo resulten las cosas, procederé en consecuencia, así que por
favor, que sea para este almuerzo.
¡Eso es rápido! Esas cosas toman tiempo.
Uh, pero como la aldea no es sumamente grande como una ciudad, debería poder contactarlos
efectivamente. Tenía que hacerlo, era un secretario… necesitaba demostrar su valía.
Allen bostezó, teniendo algo de sueño. En la noche anterior se enfrascó en molestar al pelinegro,
buscando cómo colarse a su habitación.
El chico no mintió cuando dijo que puso seguro a su puerta. Incluso bloqueó las ventanas.
¿...?
Abrió los ojos, rígido como una roca.
Mechones de cabello negro le robaron su atención.
Como un fantasma vagando por la tierra debido a sus crímenes y arrepentimientos, caminaba
linealmente fuera de su vista.
PLANK.
Levantándose, la silla se retiró. Michell lo ignoró, pero Taylor inclinó la cabeza.
— ¿Sucede algo, Allen-Sama? ¿Quiere ordenar algo más?
— ¿Por qué solo piensas que solo pienso en comida? Voy al baño, así que esperen sentaditos allí,
¿ok?
— ¿Er…? ¿Claro…?
Qué orden tan extraña, opinó Taylor.
Allen marchó lejos de la mesa.
Irónicamente, en dirección contraria al baño.
(…)
Desviándose del camino al baño, salió del establecimiento por una puerta trasera (La que era usada
para sacar los clientes bravucones o que causaban problemas).
Redondeó sus pasos, llegando a la calle, donde Michel y Taylor no pudieran verlo. Caminó entre la
gente que transitaba, y encontró su objetivo de espaldas a él.
Llevaba una capucha gris, ropa de viajero que lo protegía del sol y el polvo, pero no tenía dudas de
quién era.
Terminando el preámbulo mental que llevaba desde que se desvió de su camino, atajó uno de los
brazos de aquella persona.
— ¿¡...!?
El brazo era delgado, pero de hombre. La persona se giró, encarando a Allen con una supuesta
molestia por ser detenido.
— ¿Qué—…?
Su voz murió antes de salir completa. Su rostro empalideció, y sus labios se resecaron.
Allen sonrió zorruno, subiendo el mentón.
— ¿Qué tal, Noir? ¿Cómo van tus vacaciones?
— A-Allen…
Su enunciación sonó seca y temerosa. No podía esperar más efusividad. No es que su relación fue
pura armonía, pero tampoco podía decir que fuera tormentosa. Simplemente había poco material
para catalogarla de "relación".
Sujetado del brazo, tenía a Noir Pendragon, el hijo prófugo del fallecido hermano del rey, Zewi
Pendragon.
Al poco tiempo de morir su padre, sin presentarse al funeral al que asistieron una gran parte de los
nobles y servidores leales al rey, se fugó sin la menor pista o despedida, solo dejando una nota de
renuncia, tanto a sus deberes, como derechos reales.
La misma persona que lo dejó todo atrás sin ningún sentimiento de pertenencia, estaba ahora
tartamudeando y sudando copiosamente. Su piel de por sí era pálida, pero ahora era igual que el
papel más blanco que haya visto.
Su cabello corto, teniendo un mechón sobresaliente que cubría su frente, salía y ocultaba sus
mejillas, era negro y hosco. Impartía discordancia con el color de sus ojos. El ojo derecho era de un
verde musgo, y el izquierdo de un rojo algo oscuro. Figura enteramente delgada, sin musculatura
formada y una mirada gentil e inteligente, al menos por fuera.
Este era Noir, su primo, que por regalo del cielo no sacó similitudes de su padre lunático, solo la
negrura de su cabello.
Por encima de sus hombros traía una capucha para viajar. A menos que lo hayas visto cara a cara, no
podrías reconocerlo como el hijo del hermano del rey.
Pero él pudo hacerlo, confiaba en su memoria fotográfica que guardaba perfectamente los nombres
y rostros de quienes conocía, aunque los haya visto una sola vez.
Enderezándose, saludó amistosamente a su primo.
— Te veo bien, Noir. ¿Cómo va tu vida de nómada?
Las cejas que temblaban, endurecieron cuando mencionó su fuga, que no era un secreto viral que
muchos supieran. Esto lo colocaba en una mala posición, como un fugitivo que se negó a aceptar su
lugar en la realeza.
Incluso si no sería heredero, podría ocupar un importante puesto que sería casi igual de ventajoso,
pero él lo rechazó todo y se marchó arbitrariamente.
La mirada que Noir sostenía se oscureció.
Separó su brazo del agarre.
— ¿Q-Qué haces aquí, Allen? Normalmente no sales del castillo.
— Uh, ciertamente no soy alguien que ame salir mucho. ¿Supongo que estoy haciendo mi pasantía o
algo así? Pero eso no es lo que importa aquí, la verdadera pregunta es "¿qué estás haciendo tú?".
No entró en detalles. Lo que realmente le interesaba era lo que Noir tenía que decir.
Y no lo encontró con el fin de obligarlo a regresar. Taylor podría, pero él no tenía interés en la vida
de otros, mientras no molestara su modo de vivir.
La boca de Noir masculló gemidos lastimeros, sin realmente decir nada. Su angustia era visible para
todo el que lo viera. Sus cejas, inclinadas hacia arriba, contrastaban su ceño preocupado, y sus ojos
divagaban nerviosos, buscando una salida.
Una sensación de inseguridad arropó al chico, que instintivamente se alejó un poco de Allen.
Allen sonrió de una oreja a otra.
— Ah, que idiota eres, Noir. ¿Por qué esa cara? El viejo no está conmigo. Tampoco tengo intenciones
de obligarte a volver, mucho menos informarte al viejo. Es aburrido meterme en la vida de otro
cuando no supone un beneficio para mí, sabes...
—…
— Además, no me importa si decidiste tirar la toalla. Eres libre de hacer lo que quieras.
— ¿Realmente? C-Creí que harías uso de esto para chantajearme.
— ¿Yo? Como si fuera capaz de algo así...
—…
— Tu silencio me hiere, primo. Además, incluso si quisiera chantajearte, no es que trajeras mucho
dinero contigo.
Otro detalle notable de Noir, era que apenas tomó algo de dinero de las arcas de su padre al
marcharse.
Lo suficiente para vivir unos meses.
— Eres ingenuo, Nori. Si fuera yo, habría barrido todo el dinero del palacio, llevándome todo lo que
fuera de valor.
— No todo el mundo puede ser tan desvergonzado como tú.
Eran sus honestos sentimientos.
— ¿Y bien? ¿Qué quieres de mí?
— Uh, nada. Solo saber cómo te ha ido, nada más. ¿Está mal querer algo de información de un
familiar cuando no lo has visto por un tiempo?
— No me consideras un familiar valioso.
— Que inteligente. Ciertamente no puedo hacerlo cuando no nos hemos visto mucho. En lo único
que coincidimos, es la particularidad de nuestros ojos.
Los dos eran afectados por una alteración en el color de sus ojos.
— ¿Y bien? ¿Cómo te ha ido?
—… — Reprimiendo una mueca incómoda, contestó — Supongo que bien.
— ¿Vas solo?
— Hh… Puede que sí.
— Mientes.
— ¿¡...!?
Su rostro se contorsionó.
— ¿Cómo…?
— ¿Cómo lo digo? Siempre has sido un chico dependiente, o mejor dicho, te gusta la idea de
depender de alguien. Como tu madre, ni padre, fueron una figura familiar para ti, ansías una persona
que lo sea. Supondría, que encontrarías una persona que pudiera tomar las riendas de tu viaje y
guiarte. De otro modo, no imagino que estés tan lejos de la capital cuando no has salido tanto como
yo. Tu experiencia afuera de la seguridad del castillo es incluso menor que la mía. Yo podría
arreglármelas, pero tú no tienes ese atributo capaz de pensar activamente, a menos que se incluya
otra persona.
La ira brotó en picada de la boca de Noir, que cerró los puños y lo miró fieramente.
— ¡Déjame en paz! ¡Deja de hablar como si lo supieras todo de mí!
Las miradas que atrajo con su arrebato fueron considerables.
Algo rojo por el grito, giró su cabeza a otro lado, negándose a mirar a Allen a los ojos. Sabía que si lo
hacía, acabaría explotando y cayendo ante sus provocaciones.
Aunque fue gritado, Allen no se encorvó con su intención de socavar información de Noir.
— Uh, bueno… supongo que por las molestias…
Escogió una bolsa pequeña, amarrada con un alicate. Adentro tenía 20 monedas de plata, y aunque
no era mucho, era algo que se agradecería.
Se lo ofreció a la luz del día.
— ¿Qu-Qué?
— ¿Qué pregunta es esa? Tómalo, como despedida de tu querido primo.
— ¡...!
Retrocedió renuente a tomar la bolsa.
— Como si fueras a darme dinero sin pedirme nada. No lo tomaré.
— Oh, vamos, Nori. No seas así. Te lo doy de corazón, ¿O dices que tengo problemas financieros?
Quién los necesita eres tú, ¿no es cierto? Acepta mi benevolencia y da gracias.
— No quiero.
— ¿Tu compañero estará de acuerdo? Si les causas atrasos, podría pensar abandonarte.
El matiz que sobresalió de las retinas vidriosas de Noir fue una profunda inquietud.
Que chico tan susceptible. Si quisiera, podría sacar todo tipo de favores, si usaba bien sus cartas.
Noir Pendragon, un chico que se veía inteligente y docto en muchos conocimientos, tenía un lado
sensible y frágil que descomponía todo lo demás. Carecía de la voluntad egoísta que todo humano
tenía para usar sus talentos en él mismo o su propia vida.
Si fuera una mujer, su visión de él sería totalmente despreciativa, pero como era un varón, tenía una
pizca de empatía por su mala relación con su familia.
—…
En un silencio encerrado, estiró su mano y tomó la bolsa de cuero, bajando la cabeza.
— ¿Qué se dice, Noir?
Reprimiendo un gesto molesto, dijo:
— Gracias.
— ¡Ok! Que buen primo soy. Espero que te vaya bien. No olvides usar todo a la mano.
— Sí…
Su orgullo debería estar lastimado, pero poco le importaba. Si dependía de su ego (Que era grande, y
pequeño a la vez), acabaría sucumbiendo ante la dureza de la vida.
Despidiéndose animadamente de él como si fuera su hermano de sangre más querido, retornó con
los chicos.
(...)
La comida se hizo más pacífica una vez Allen salió de escena. Sin nadie con quién chocar carácter,
Michell se tildaba de alguien que rara vez abría la boca. Era del tipo de gente que prefería no
inmiscuirse en los asuntos ajenos.
Ahora no era más que una bestia durmiente, que desayunaba tranquilo.
¿Si en este equipo no estuvieran ambos, entonces sería así de tranquilo?
Era algo que tenía presente, pero que ni loco diría en voz alta.
Estar en compañía de un caballero astral, la élite de la élite, lo hacía pensar que esto era un sueño.
Y su mirada… era de otro mundo. De pestañas afiladas como espadas, y pupilas violetas y serias
como un soldado.
Michell acabó su desayuno aprovechando la paz restante de la salida del factor molesto que era el
príncipe cabello paja. Al menos ahora su comida no le caería mal.
No quería pensar en su tiempo futuro llevándose mal con el príncipe, pero todo en él le disgustaba y
provocada a relucir su mal genio.
Daba respuestas fuertes, hablaba con sátira, y no era nada honesto.
Lo peor de lo peor.
— Mn…
Su plato, vacío, ahora no tenía utilidad, y lo apartó al centro de la mesa.
Contemporáneo a su acción, sus oídos y ojos tuvieron su mira sobre una persona que daba una
imagen solemne.
Un rasgo, que podría decir que compartían, era el largo cabello que cubría sus espaldas.
La hermosura de su rostro daba la sensación de que fue esculpida por un artífice talentoso. Sus ojos
almendra eran suaves, pero portadores de un sentimiento efusivo. Su cabello, más elegante que un
manto de seda, tenía un color lavanda que era brillante a la luz.
El chico en cuestión, recibió una notificación de un encapuchado que se negaba a dar el rostro.
Oh, era alguien de subordinados.
La persona que recibió la información, se incorporó.
Sus eran sombríos.
— Haa... Que dolor. Sería genial si alguien más se encargara de esto... Randall podría...
Exudando molestia por cada poro, abandonó su silla, determinado a hacer lo que se propuso. Su
suave cabellera se balanceó al moverse, y sus ojos vieron la entrada.
Y como así…
Al menos diez personas abandonaron sus asientos al ritmo acelerado del joven, pagando sus
cuentas.
Otro colocó unas monedas de bronce sobre la mesa, haciendo que el chico saliera libremente por la
salida, seguido de su séquito.
El local terminó algo vacío con la ida de la mitad de sus clientes, que eran guardaespaldas del
pequeño chico que no debería traspasar los 20.
El aire hostigado de tensión se fue con la multitud, que regresó el color al establecimiento de
comida.
— ¿Q-Qué…? – Murmuró Taylor, sin encontrar el origen de esta tensión.
Más Michell lo sabía. Presintió algo de ligera oscuridad en la mueca del chico, que se fue
murmurando cosas como "Al menos me encargaré rápido de ellos…".
Algo escalofriante.
— No le prestes atención, Taylor. Vuelve a comer.
— S-Sí.
Sin otra cosa que decir, le quedó obedecer la orden de Michell.
— ¡Ya volví! ¿La pasaron solos sin mí?
La voz estridente y animada trajo relajación el dúo.
— Bienvenido, Allen-Sama. ¿Le fue bien?
— No sabría decirte.
Dijo, zampando los restos de su comida sin mayores dilaciones.
No, siempre actuaba como mejor le parecía.
— ¡Bien, ya podemos irnos!
Aplaudió felizmente, ignorando que Taylor seguía sin terminar su desayuno.
— ¡E-Espérenme! ¡No me dejen!
Devoró a toda prisa su comida, atorándose con ella un par de veces.
Corrió detrás de ellos, dando trompicones.
El trío se dirigió a la salida.
La puerta se abrió, entrando una persona que ninguno de ellos conocía.
La punta de su cabello rosa le hizo cosquillas a su nariz.
La muchacha, un poco más joven que él, se fue a abordar al señor que atendía la tabla de bebidas.
— ¡Holis! ¡Vine por lo prometido! ¡Quiero todos los bollos algodón que puedas meter en la bolsa! No
tienes que darme cambio.
En la mesa tiró en seco una bolsa de dinero.
— ¡Oh, Ura-Chan! Sabía que vendrías.
El hombre le pidió a una chica trabajadora que trajera algo.
Ella obedeció, y trajo una bandeja de metal, con unos bollos de un singular color rosa, tal como el
cabello de la guapa chica. Un olor dulce y a la vez salado pronunciaba su vapor, y la suavidad de su
textura (Que adivinaba a distancia) haría honor a su nombre "algodón".
¿Cómo lograban ese color?
La chica dibujó una linda sonrisa.
— Ey, quieto, semental. No se permite ningún romance durante el trabajo.
— ¿¡...!? ¡N-Nunca pensé nada similar!
(…)
La reunión se convocó a una velocidad íntegramente de diligencia. Alquilaron un salón de la posada,
donde sería la reunión. El administrador se portó comedido con el príncipe, y más cuando avistó la
bolsa de dinero y su tintineo.
El salón, espacioso, y con sillones mullidos, era perfecto para reunirse con alguien y tener una charla
seria. Taylor lo pensó todo cuando lo propuso como lugar de encuentro. Allí estarían lejos de las
miradas ajenas y la presión externa.
Allen apartó un sofá solo para él, y se lanzó de trasero, estirando los brazos y poniendo sus manos
detrás de la cabeza. No era el comportamiento de un príncipe, pero lo motivaba no estar dentro de
su castillo. Era un nuevo tipo de libertad.
Cruzó una pierna.
— Ey, Tay…
— ¿¡S-Sí!?
Dijo el peli-azul, visiblemente nervioso.
— No tienes que estar tan nervioso. Aunque sea tu primer trabajo, no es que no tolere uno o veinte
errores. Incluso si derramas la jarra de té sobre los invitados, no me enojaré.
— Si hiciera eso, yo mismo renunciaría.
Allen sonrió.
— Deja de molestar a Taylor, Allen.
Dijo Michell, serio como siempre.
— ¿No estás nervioso, Chiel?
— Lo único que podría preocuparme es que su incompetencia sea la razón de que tengamos que
lidiar con este asunto por tiempo indefinido.
— Eso es aburrido. Lo normal sería estar nervioso, al igual que Tay.
— No es la primera reunión a la que asisto. A veces mi padre no se encontraba en condiciones de
atender a personas importantes, y tomaba su lugar en las negociaciones.
— Oh…
Taylor, se sostuvo el estómago, poniendo una cala de molestia.
— ¿Qué pasa, Taylor?
— Uh… Comer deprisa no me cayó bien. Me duele el estómago…
— Comer rápido no es bueno para la salud. Debes masticar debidamente tu comida. – Dijo Michell.
— ¿¡Y de quién es la culpa!?
Ah... Le grité. Pensó tardíamente. Se dejó llevar por la emoción.
Pero Michell no cambió su mirada austera.
— Pudiste decirnos que esperáramos.
— ¡Eso hice!
No, no tenía caso. Sus modales murieron en esa taberna.
— Silencio, Taylor. Creo que alguien viene…
— ¿Eh?
Pasos se oían del corredor. Deberían ser sus invitados, que notando la hora cercana al almuerzo, se
apresuraban a venir al encuentro.
Abriéndose la puerta a manos de un hombre de cejas gruesas y bigote, entró una elegante mujer de
cabello marrón oscuro, que cubría su cabeza y espalda. Sus labios, rojos por el labial, solo tonificaban
sus ojos vino tinto.
Agradeciendo al hombre, que era Augusto, un servidor de Allen, pasó adelante.
Michell y Taylor inclinaron la cabeza. Taylor habló primero.
— Le damos la bienvenida, Lady Eva. Agradecemos su respuesta positiva a nuestro llamado.
Ella bajó la cabeza, sonriendo.
— No hay porqué ser tan formales. Debería ser yo quién inclina la cabeza ante el príncipe. Es todo un
honor poder verlo cara a cara.
Inclinándose respetuosamente mientras tiraba de los dobladillos de su vestido, se ubicó en un
asiento acolchado de rojo, tirando su cabello a su espalda como un gesto divino.
Su vestidura, aunque no era ni la mitad de caro que los que llevaban los nobles y aristócratas,
despedía cierto aire refinado y sofisticado, con una gota de madurez.
La mujer debería entrar en sus 25 años, pero no se veían los vestigios de embarazos pasados en su
cuerpo. Era un signo extraño. Las mujeres antes de cumplir los treinta, al menos un porcentaje
mayoritario, contraían matrimonio.
Que una mujer como ella no estuviera casada, o al menos en planes de hacerlo, era algo a deliberar.
Tendrían que esperar la venida del segundo convidado para servir la comida. Sería descortés
comenzar a comer sin él.
Otros pasos vinieron del corredor, pertenecientes al hombre que esperaban.
Abriéndose por el sirviente de mohicano, un sirviente diferente al anterior, fue visto un hombre
como una pared sólida y segura.
Tenía una barba tipo candado, que disponía a su imagen lucidez. Para ser una reunión no pública, su
vestidura era el extremo de la distinción. Llevaba un chaleco negro marrón, y una camisa interna de
blanco, con una pañoleta bajo su cuello. Sus zapatos eran de un cuero negro, y sus pantalones eran
de marca. Ciertamente se reuniría con el próximo heredero del trono, pero ¿eso merecía tal
preparación?
Los ojos cafés del varón rodaron inmediatamente hacia la mujer de pelo castaño.
Allen no se inmutó por ser ignorado. Una sonrisa arrancó como una bienvenida al hombre.
Nuevamente, Michell y Taylor dieron la bienvenida con una inclinación de sus cabezas.
— Sea bienvenido, Honorable Adán. Agradecemos su asistencia a la petición del príncipe Allen.
— No… Es más cómo que no podía rechazarla. ¿Quién podría, de todos modos?
Su respuesta fue muy austera para la vestidura que llevaba. Esto desagradó a la mujer sentada a un
extremo del sillón rojo.
— ¿Crees que esa es una buena manera de hablar frente al príncipe? Deberías contestar de manera
cortés...
— ¿Eh? ¿Es así? No tuve mala intención al decir eso... Mis disculpas.
Ella se giró, obviando sus demás palabras.
(…)
Con los convidados una vez reunidos, la comida fue traída.
Si los guardas eran para proteger la dignidad física de Allen, estos fueron enviados para atender sus
necesidades.
Por supuesto, su padre no le envió más de tres sirvientes. Tampoco podía usarlos siempre, sino en
momentos importantes, como ahora, cuando dar una buena imagen.
El aperitivo era un pie de anguila de primera calidad. Despedía un agradable olor salado, abriendo el
apetito. Allen se preguntaba de donde Taylor sacaría esa comida de primera categoría.
Taylor se peinó el cabello, dando un paso adelante. Sería el intermediario en esta reunión. Allen solo
participaría cuando lo pensara necesario, pero quién debería hablar en cantidad, sería Taylor.
— Buenas tardes, Lady Eva, sir Adán. El príncipe está encantado de que hayan aceptado su petición
de una reunión urgente. Se es permitido degustar los aperitivos.
Adán recibió felizmente la luz verde.
Estiró su mano hacia su plato, pero un azote golpeó en el reverso de su palma. Masculló una
maldición.
Lady Eva no cambió su expresión. Adán la miró en reproche.
Michell y Taylor sudaron, más que extrañados.
Allen sonrió, ignorante del gesto.
— Con las presentaciones aclaradas, yo, Taylor Tundra, presidiré este encuentro como intermediario
del príncipe Allen.
Taylor dejó ir su yo nervioso, y dejó que su lado calculador tomara el control.
Poseyendo una tranquilidad extrema que hizo palidecer su yo pasado, se desenvolvió sin ningún tipo
de tartamudeo.
— El tema a tratar es sobre los altercados diarios a causa del Pozo de Merari. Aunque ya la
excavación de otros pozos está en apogeo, las personas deben acudir al Pozo de Merari hasta que
estos culminen su construcción. Sin embargo, hay una discordia terrible entre personas
pertenecientes a la Facción de Sir Adán y la de Lady Eva. Hasta ahora no se han reportado heridos a
causa de violencia, pero sería cuestión de tiempo hasta que haya informes. La reunión de hoy tiene
como meta llegar a un acuerdo de un compromiso que haga cesar los enfrentamientos de los
seguidores. Si los líderes de las facciones demuestran que está en buenos términos, una parte
mayoritaria de su gente debería seguir su ejemplo.
— Comprendo.
Eva cruzó las piernas, poniendo una mano debajo de su cabello, un gesto seductor y elegante.
Adán asintió automáticamente, con las manos sobre sus rodillas separadas. Su traje se vio algo
opacado por su pose varonil y fuera de la liga.
— Los conflictos internos han tenido lugar desde hace varios meses, y está tomando brío en cuanto
a la rivalidad. Si las cosas continúan su curso natural, los pobladores llegaran al uso de la violencia
como recurso de diálogo. Mantener el orden y la paz es obligación del príncipe heredero, por lo que
tenemos que darle vuelta a esta situación.
Allen clavó la punta del tenedor en la mitad del pie, llevándolo a su boca.
Uh, esto sabe mejor de lo que pensé.
Encantado con la comida, Taylor miró a Adán.
— Tengo entendido que la relación entre ambos… — Señaló sin tapujos — Es menos que ideal. Seré
directo y preguntaré si es posible buscar una concesión, una reconciliación que demuestre que ya no
son enemigos...
Ambos respondieron al mismo tiempo.
— Sí.
— No.
— Eh…
Taylor perdió el habla cuando los líderes dieron una respuesta discrepante.
Eva y Adán se miraron.
— ¿Dijiste que sí? Eva, el príncipe en persona nos ha convocado para resolver los rencores del
pasado. ¿Qué más quieres? Solo tenemos que hacer una tregua y las cosas deberían ir bajando de
intensidad.
Racionó con ella, abriendo las manos, pero Eva mantuvo su pose firme.
— ¿Acaso crees que los rencores del pasado desaparecen así no más? El lado detractor merece
humillarse y mostrar verdadero arrepentimiento. ¿O es que siquiera ves este asunto como algo
serio, sino como algo irrelevante?
— No pongas palabras en mi bosa que no he dicho. Nunca dije eso. ¿Acaso quieres que yo y mi
gente nos arrodillemos y pidamos perdón?
— ¿Cuándo he mencionado tu gente? Con quién estoy hablando es contigo, Adán. ¿No puedes saber
lo que eso implica?
— E-Esperen…
— ¿Ahora de qué estás hablando, Eva? No traigas rencores pasados que no tienen que ver con el
asunto.
— ¿Rencores pasados? ¿Eso son para ti? ¿Cosas del pasado? Yo lo tengo presente cada día. ¿Así de
pequeña es mi existencia para ti?
— ¿Por qué no me escuchas? ¿Tienes idea de todos los problemas que me han traído tu gente? Mi
conciencia no se siente bien. Por eso deseo que resolvamos las cosas lo más pronto posible.
La facción perteneciente a Eva vaciló, mostrando una debilidad momentánea.
— Así que por favor, cede esta vez. Si haces eso, las cosas mejorarán.
Su sonrisa se suavizó al hablarle, pero algo dentro de Eva se calentó.
Su ceño en endureció como la roca, y su boca presionó sus labios hasta ponerlos blancos. Se cerró de
nuevo.
Incluso Adán se sintió conmocionado por este resultado cuando parecía que iba a ceder. ¿Hizo algo
mal?
— ¿"Mejorarán"? ¿Dices que las cosas van a estar bien si bajo la cabeza? ¿Todo el problema
depende de mí terquedad? ¿Qué hay de tu parte en el asunto, Sir Adán?
Esta vez fue el turno de Adán ofenderse.
— ¿¡Ahora me tiras toda la culpa!? ¡Solo quiero arreglar las cosas! ¿¡Por qué lo haces tan difícil!?
— ¿Hacerlo difícil? La única persona aquí que lo hace difícil, eres tú. Pisoteas la confianza de otros
sin sentirse culpable. ¿Cómo esperas que confíe en ti?
— ¡...!
A esto, Adán quedó en silencio, impotente, con sus puños apretados y su labio siendo mordido.
Mirando fijamente sus manos, cerró los ojos en derrota. Definitivamente era imposible ganarle a una
mujer en una discusión.
Si era Eva, la dificultad se multiplicaba con cien.
A vista de este escenario agrio como el limón, Allen sonrió, exento de todo ánimo negro que emitía
la sala.
Con esto, el humor de la sala se puso negro. Eva estrechó sus ojos, que tenían marcas rojizas bajo
ellos. Contuvo sus lágrimas, que vinieron de repente, y apartando la mirada, se levantó.
— ¿Eh? ¿Lady Eva?
— Mil perdones, pero no me encuentro en condiciones para deliberar. Me retiro…
Subiendo su falda deprimidamente, y con su cabeza gacha como perro regañado, se fugó de la
atención de Adán, el que no podía mirarla adecuadamente.
Sus pisadas contenían un deje de tristeza y desconsuelo. En la discusión se vio intensa y renuente a
perder, pero parecía ahora una mujer derrotada y enfrascada en el fracaso.
Si su meta era hacer sentir mal a Adán, debería sentirse feliz, riéndose dentro de sí por causarle
daño emocional, pero ella parecía la abatida, marchándose con una cara sentimental.
Y es más, Adán tenía una cara de culpa, que incluso a muchos metros se notaría vívidamente.
Taylor se encontraba confundido, sin saber cómo llamarla de regreso. No creía tener la autoridad
para hacerlo.
Michell, iba a lo suyo. Ahora que la mujer se fue, se aventuró a tomar su comida y comerla
velozmente, mientras todos veían a Eva marcharse.
¡CRASK!
De un movimiento impresionante y sórdido, la taza se partió a pedazos cuando fue tirada al piso. Los
trozos afilados se regaron por la alfombra de rojo oscuro, haciendo una vista cristalizada bajo la luz.
Todo el mundo guardó silencio. Tanto sus manos como pies se quedaron quietos.
El dueño de esa acción, fue nada menos que Allen.
Lo que estaba en el suelo era su anterior taza vacía. Ahora que la lanzó con toda su fuerza, era
irreconocible de la preciosidad que fue antes.
Un ambiente duradero de tensión se extendió por los presentes, que solo pudieron tragar saliva.
Cada uno de ellos se preguntaba cuál sería el movimiento siguiente del chico de ojos bicolor.
— Hay que ver… por eso no me agradan las mujeres.
Exponiendo su desinterés con ayuda de un desdeñoso gesto, abandonó su asiento cómodo y
acolchado. Evadiendo los trozos de vidrios rotos, se colocó en una posición cercana a Eva,
obstruyendo su salida a la puerta.
Nadie se atrevió a mover la lengua. Todos no tenían idea de a donde quería llegar Allen con su
muestra de desprecio.
— Eres una mujer desagradable ¿lo sabías?
— ¿Q-Qué?
A Allen no le importó ignorar su desconcierto, e inclinó la cabeza.
— Por culpa tuya las negociaciones se han roto. ¿Cómo piensas compensarme?
— S-Sobre eso, lo pensaré adecuadamente una vez esté más calmada—
— ¿Crees que por pensarlo lo arreglará? Adán estaba de acuerdo con hacer una tregua, pero te
negaste… ¿Entiendes que estás siendo un obstáculo activo para la paz de la aldea?
Eva constriñó sus ojos, reprimiendo un gemido.
— T-Tengo mis propias circunstancias.
— ¿Crees que algo así me interesa? Estoy aquí para lidiar con los problemas del Pozo de Merari, la
cuestión sobre tus sentimientos no entra ni en segundo plano.
Ella cerró los puños con impotencia, intentando buscar algo con qué rebatirle.
— P-Pero yo…
Incluso cuando hizo un vano intento por defender, Allen no se detuvo.
— Aunque los llamamos a esta presunta amable reunión, en realidad no hay espacio para
negaciones. La forma más rápida de arreglar las cosas es deshacerse de uno de los líderes.
Tanto Eva como Adán se asombraron.
— Claro, que eso causará revueltas entre los que son fieles al anterior líder, pero con unas cuantas
sanciones eso se puede arreglar. Si es algo que afectará a su familia, todos guardarán silencio.
—…
Este chico, era un demonio.
— Esta reunión sirvió para saber a quién se eliminaría. Aunque Adán es algo tosco, quién es el
obstáculo más obvio, eres tú.
Ella retrocedió temerosa.
— ¿Q-Qué está diciendo?
— ¿Oh? ¿Pensaste en algo escalofriante? No hablo de matarte, tranquila. Solo de expulsarte de la
aldea, nada más.
— ¿¡Q-Qué!?
Frente a esa condición incluso Adán se levantó, enardecido hasta el cuello.
— ¡Eso es—
Pero Allen opacó su voz con una sentencia final.
— Si te niegas a obedecer, toda su facción será la que sufra. ¿Estás bien con eso?
— ¡Cómo puede decir eso—
La mano de Eva se movió automáticamente hacia el rostro del príncipe.
Allen recogió su muñeca, sin recibir daños de su parte.
Frustrada, detractó su propia incompetencia.
— ¿Te atreves a levantar la mano contra el príncipe? Sabes bien qué castigo obtendrás por una
acción descarada como esa.
Ante el amague de su mano, cerró los ojos, tensando sus músculos de la cara.
¡PAW!
El puñetazo cantó una canción violenta por la habitación, dando un aire de expectación. Allen no se
contuvo en exprimir toda su fuerza en la palma de su mano.
— ¿¡P-Príncipe—!?
Taylor, que estaba por entrar para evitar una confrontación unilateral, fue detenido en seco por
Michell, que lo enganchó de la parte trasera de su cuello. Vale poner en escrito que casi muere
ahorcado.
Por eso perdió unos valiosos segundos para vislumbrar que Adán no se encontraba sentado donde
había estado, en el sillón.
— ¿A—
— ¡Uck!
Adán se apresuró a reponerse, pero el golpe gozó de potencia. Sus piernas no pudieron mantenerlo
más de pie, y no le quedó de otra que arrodillarse. Cuando el público quería saber por qué se
encontraba así, una marca rojiza en su mejilla les dio toda la prueba que necesitaban.
Adán se colocó delante de Eva, para recibir el golpe. Una acción digna de un caballero.
La mejilla golpeada comenzaba a mostrar hinchazón.
Eva, que por fin pudo abrir los ojos, vio al hombre que despreció. Su corazón se volcó de
preocupación hacia su mejilla herida.
— ¡A-Adán…!
Olvidándose de su caro vestido, se arrodilló, tomando el rostro de Adán.
— ¡Tch!
Adán la colocó detrás de él, tomando al príncipe del cuello de su ropa.
— ¡Tú...! ¡Bastardo! ¿¡Realmente ibas a golpearla!? ¡Es una mujer, desgraciado! ¡No me importa si
eres el príncipe o no, no permitiré que lastimes a Eva...!
— ¡A-Adán...! Eva tiró de su brazo, pero Adán sujetó firmemente el cuello de Allen.
Y él...
— Pff.
— ¿E-Eh?
— ¡Jajajajaja! ¡Realmente la amas con locura! ¿No es así, Adán?
— ¿Ah?
La cara que puso Adán fue una obra de arte. De la rabia extrema, a la confusión.
Allen sonrió zorrunamente.
— Pensar que saltarías al frente en cuanto levanté mi mano contra Lady Eva... ¡Eres todo un
caballero, Sir Adán!
— ¿¡Ah!?
El príncipe golpeó su hombro, de aparente buen humor. Su cara severa de antes se esfumó, dejando
puras sonrisas.
— No es que fuera a golpearla de verdad...
— ¿¡...!?
¿¡AH!? ¡Pero el golpe se sintió muy real!
— Sabía que te pondrías en medio, así que deliberadamente coloqué toda mí fuera allí.
¿¡...!? ¿¡Lo hizo a propósito!?
Allen se movió hacia su asiento, tomando una copa de vino
— Entonces… Continuando con lo que decía antes… Creo que será más efectivo retirar a uno de
ustedes del tablero. Causará mucho descontento, pero si hacemos presión las quejas morirán
naturalmente. A largo plazo esto será lo mejor, ya que no podemos conseguir un acuerdo viable.
— ¿Qué? ¿Continuarás con eso?
Adán enrojeció de ira, recuperando el apogeo de antes.
— Claro. Esa es la ruta obvia a tomar.
— ¡No fastidies! ¡Sacarnos a uno de nosotros del tablero no resolverá los problemas por arte de
magia!
— Bueno, los que no se doblegan serán expulsados junto con su familia. Si alguien es tan idiota para
seguir rebelde luego de oír eso, entonces no ama su familia o no la tiene.
— ¡Eso es chantaje! ¡No puedes hacer eso!
— ¿Olvidas quién soy? Si le doy una buena razón a mi padre, seguro que cooperará.
— ¡Mocoso insolente! ¡Ocultándote en la figura de tu padre!
Lleno de ira hasta el cuello, se acercó con deseos notables de golpearlo.
Michell, que no tuvo un papel activo en las negociaciones, se colocó como escudo del príncipe, con
una mirada inexpresiva.
Silenciosamente le dijo al hombre que si alzaba su puño contra Allen, no quedarían saldadas las
cuentas con un solo golpe.
El hombre se sintió amedrentado.
Allen se divirtió, viendo su rostro reprimiendo sus emociones violentas.
— Uh, deberías controlar el tono de voz que usas conmigo. No quisieras terminar sin cabezas,
¿verdad?
— ¡Hk...! Realmente eres...
— Una palabra más, y tomaremos medidas severas, Sir Adán. – Dijo Taylor, entrando en acción.
El enojo de Adán se volvió a encender de manera pasivo, viendo ese niño escudado detrás de sus
sirvientes. Michell envió una mirada represiva sobre Allen, que sonrió y sacó la lengua
burlonamente.
— Ya, ok.
— ¡No puedo creer que seas tan desvergonzado para hacer algo así...! ¡Deberías—
— Adán.
—...estar avergonzado de... ¿Eh? ¿Eva?
Eva tomó su brazo.
A diferencia de antes, ahora se encontraba calmada.
Desvaneciendo la duda de sus ojos, miró arriba.
— Adán…
Taylor y Adán no esperaron que Eva hablara de esa forma controlada y suave.
La calidez de su palma tocó su brazo izquierdo, transmitiéndole sus sentimientos sinceros.
— Creo que sé cómo podemos resolver este dilema. Es bastante sencillo, si lo piensas bien.
— ¿Qué? ¿Cómo...?
— Dijo que tendría que expulsar a uno de nosotros si no conseguíamos reconciliarnos... En otras
palabras, solo necesitamos hacerlo y todo se resolverá...
— ¿¡...!?
— Pero tú... ¿Estás segura?
— Sí. Nuestra lucha infantil provocó agujeros en las relaciones de la aldea. Ambos poseemos la
misma cantidad de culpa. Creo que ya es tiempo de abandonar esta lucha sin sentido.
"No es que pudiera ganar, de todos modos..."
—…
Sonriendo, entornó sus ojos llenos de cariño.
— Hagamos las paces, Adán.
—...
— ¿E-Eso significa que harán las paces, Sir Adán, Lady Eva?
Dijo Taylor, viendo que a cosa iba por buen camino.
— Sí.
Eva asintió.
— De hecho, vamos a casarnos.
— Ah, ya veo, van a casar...
¿Uh?
— ¿¡UH!?
¿¡Escuchó bien!?
— ¿¡Casarse!?
Se encontró confundido, más Allen silbó sonoramente detrás de él.
— Serás idiota. Estos dos están comprometidos.
— ¿¡Eh!? ¿¡C-Comprometidos!? ¿¡De verdad!?
— En sus dedos tienen marcas de anillo. Es bastante obvio.
— ¿¡...!? ¡Pero no se mencionó nada de eso!
— Por supuesto que no; su familia está en contra del matrimonio, así que se comprometieron en
secreto. Es obvio que esa información no estaría incluida.
¿¡Y cómo sabía él eso!?
— Intuición. Cualquier podría verlo.
—...
Miró a Michell.
— Yo también lo supe desde el principio.
—...
¿Entonces era él el idiota?
— A todas estas, felicidades por culminar su pelea de enamorados. Espero que sean felices y no
causen más problemas, ¿ok?
Dijo Allen a la pareja, que lo miró de soslayo.
— Lo supiste todo este tiempo...
— Sería ciego si no lo notara. Era obvio que estaban peleados por algo personal. Solo necesitaba
alterarlos un poco, para sacar a relucir sus verdaderos colores...
—...
¡Que...ruin!
(…)
— ¡Felicidades!
— Espero que sean felices. Invítenme a la boda.
— ¿¡D-Desde cuándo!? ¡No puedo creerlo!
— ¡Invítenme a la boda!
Esas, y otras voces salían disparadas la multitud, que felicitaba o hacía preguntas apresuradas a la
pareja que dio el anuncio de su relación.
Estos fueron los que pudieron reaccionar e ir con la corriente. El resto, seguía permaneciendo
estático por la chocante noticia de que los líderes de las facciones, Eva y Adán, enemigos jurados,
ahora se casarían en una fecha próxima, pero que por ahora se anunciaron como pareja
comprometida.
Para ellos no era real. Hace poco ellos se odiaban y tenían una rivalidad de pura enemistad. ¿Cómo
llegó eso a ser amor?
Solo algunos entre los ancianos sabían la razón. Ellos felicitaron abiertamente a Eva y Adán,
solicitando invitaciones de paso.
Esa noche se haría una fiesta por el anuncio, donde Adán y Eva pagarían los gastos de comida y
bebida. Toda la aldea fue invitada al festejo, que ahora sería el punto de inflexión para el trato con
sus rivales de la otra facción.
Era algo rígido el trato entre ellos, que no tenían idea de cómo relacionarse ahora que sus líderes
declararon a los cuatro vientos su compromiso. El amor que se conferían era demasiado vívido como
para negar lo obvio. La confusión se alzó sobre los protestantes, pero fueron agasajados con la
comida y bebida de la fiesta. Un poco de licor, y nadie se acordó de nada.
En medio del festejo colocaron una hoguera, un detalle un poco aborigen, pero que funcionaba para
el fuego que tenía la fiesta. Algunas mesas iban repartidas por el territorio, con manteles de colores.
La cantidad de comida y alcohol excedía a lo que podría ver el ojo, y un grupo de personas danzaban
alegremente junto al fuego.
Nadie se atrevería a romper la burbuja de alegría, siquiera los odiosos. Ellos estaban en una esquina.
Luego serían hostigados por el príncipe para no causar revuelos ni contiendas con la otra facción.
Así, incluso si estuvieran descontentos, la presión solucionaría todo antes de que surgiera algo.
Allen aceptó una copa de vino, bebiendo regiamente. Taylor y Michell tenían unos pinchos de carne
con verdura asada que desprendía un agradable olor a res.
— Bueno… Esperar que todos se lleven bien a la primera sería pedir demasiado.
Taylor dijo claramente lo que pensaba, viendo un trío de personas de cada lado, uno del lado de Eva,
y Adán.
— No creas que te he perdonado por robarte mi caballo. Sé que fuiste tú.
— ¿Hasta cuándo pensarás que fui yo?
— Mi caballo desapareció de la noche a la mañana, y tú obtuviste uno al mismo tiempo. ¿Qué
esperas que piense?
— Coincidencia.
— ¡El caballo tenía la marca de mi casa! ¡No informé esto a las autoridades por mi hijo que sale con
tu hija!
— ¡Ya pasa la página, viejo! De todas formas, tenemos que llevarnos bien.
— Lo sé, lo sé. Por eso, regálame un caballo nuevo.
— ¿¡Quieres seguir con eso!?
— ¡Era mi caballo favorito! ¡Mi padre me lo regaló!
— ¡Olvídate de él! ¡Ya es mío!
— ¡...! ¡Entonces lo tenías de verdad...!
El trato no era amigable entre todos, pero todos los soportaban por lealtad a sus señores.
Y la guardia de Allen ponía intimidación visual para que nadie hiciera un alboroto.
— Eh, Michell, bebe un poco.
— No bebo.
— ¿Eh? ¿Eres débil al alcohol?
— Nada de eso. Por más que beba, no logro emborracharme. Eso le quita la gracia a beber.
— Oh. Eso quiero verlo. Podría ganar dinero apostando a tu nombre.
— Un príncipe no debería hablar de apuestas.
Michel, que se encontraba de humor para no salirle con insultos cada diez segundos, mordió otro
trozo de carne asada. Sus ojos miraron acusadoramente a Allen.
— Allen-Sama...
— ¿Sí, Tay? ¿Tienes alguna duda?
— Muchas, pero me importa una en particular.
— ¿Cuál es?
—...
Taylor, guardando un segundo de silencio, habló calmadamente.
— Si Sir Adán no hubiera protegido a Lady Eva, ¿cómo habrías procedido?
— ¿Realmente tienes que hacer esa pregunta? Eso es más que obvio...
Reclinándose en su asiento, dijo sin dudarlo.
Sus ojos se pintaron de oscuras briznas faltas de compasión.
— Me habría desecho de él.
A fin de cuentas, odiaba la gente cobarde.
(…)
Las bolsas acabaron cayendo sobre la mesa.
Orochi miró curioso las cosas que sacaban de ellas, como un niño curioso.
Normalmente Urano le habría dejado el trabajo de hacer las compras a Mistic y Orochi, pero esta vez
decidió ayudar más activamente.
— ¡Mira lo que compré...! ¡Muchos bollos algodón!
Orochi negó.
¿Acaso era una niña? ¿Pensaba que tenían dinero de sobra para comprar dulces?
— ¿Alguna novedad, Mistic?
— Bueno—…
— ¡Oh, claro que sí! La esposa de Tom está embarazada de su segundo hijo. Su esposo está muy
contento.
— Hmm.
Orochi asintió sin darle importancia.
— La señora Claudia se consiguió un novio.
— Que hombre más desafortunado.
— A todas estas, ¿cómo te sientes?
Orochi se removió en su silla. — Bien, supongo...
El problema de las reservas de energía de Orochi seguía sin resolverse. Cada día se ponía al límite
para caminar. Era como un anciano que se forzaba a verse joven para sus hijos y nietos. Recordaba la
recomendación del reposo por unas semanas, pero se impacientaba por no recuperarse antes de
eso.
Una sensación suave rozó en torno a su boca cerrada y pensativa. El polvo azucarado le provocó
cosquillas a sus labios.
Ensalzó sus ojos a Urano, que era dueña del bollo que restregaba en su cara. El polvo de azúcar
empolvó su boca y mejillas.
— ¿Qué?
— Vamos, abre la boca. Estos bollos son deliciosos.
— No me gusta lo dulce.
— Pero bebes café.
— Eso no cuenta como uno. Cómetelo tú.
— Te falta energía ¿Verdad? El azúcar puede arreglarlo. Vamos… Acéptalo, Oro-Kun.
La chica enjuagó sus ojazos violetas en lástima, poniendo su boca como una "U" al revés. Si Orochi
no abría la boca, no podría introducir el bollo dulce incluso si lo frotaba como ahora.
Y entrando en eso, la cara de Orochi ahora tenía polvo casi por todos lados.
Orochi miró atentamente a su compañera, cavilando en sus adentros. Parte de los que decía era
cierto, pero lo que tenía mayor fuerza era su preocupación por Orochi. Urano compró todos esos
bollos, creyendo que al menos podría hacer sentir energizado a Orochi con el subidón de azúcar.
Al final, los bollos no eran para ella.
Sabiendo esto, y teniéndola presión de esos ojos cristalinos, abrió la boca.
— ¡Sabía que cederías!
La suavidad y el azúcar empolvado que quedaba sobre el bollo lo hicieron recapitular sobre su odio
por los dulces, al menos de estos. Era gomoso y elástico, pero dulce y sabroso.
Masticando un poco más, tragó.
La carita suplicante y de grandes ojos de Urano fue otro factor que lo hizo hablar.
— Dame otro.
— ¡Oki!
Le entregó otro.
— Ya debería ir siendo el mediodía. Iré preparando el almuerzo. — Dijo Mistic, tomando los víveres.
— Gracias.
Dijo Orochi, siendo alimentado personalmente por Urano.
Uh, estar débil no es tan malo.
Mistic se escabulló del momento que solo les pertenecía a ellos, entrando en la cocina.
Se encargó de poner todos los ingredientes en orden en el mesón concerniente a la cocina. Pensó en
qué sería mejor preparar el día de hoy. Era un hombre metódico, y prefería algo que le aportara
energía a Orochi.
— ¿Qué haré hoy…?
— ¿Eh? ¿Y esto…?
Las cejas claras de Mistic se contrajeron. Moviendo un producto que no recordaba meter entre sus
compras, lo puso adelante del mesón.
Un enorme cangrejo rojo.
Vio de donde lo sacó, allí había otros dos.
—…
¿Cuánto dinero costaría esos tres cangrejos? Si Orochi se enteraba…
...podría incluso morir del shock.
Sonrió resignado.
— Mentiré y diré que fue un regalo. Todo lo que sea para la recuperación de Orochi-San.
En la vida, era necesario hacer sacrificios. Tenía una idea de quién gastó el dinero en estas joyas
culinarias.
Hablaría más tarde con Urano sobre el uso del dinero. No podían derrocharlo.
Ahora que su mente se encontraba más calmada, procedió a cocinar los cangrejos. Comerlos lo
antes posible era lo mejor, para olvidarse de lo que se gastó en ellos.
— Algo de arroz vendría bien…
La próxima vez que Urano fuera con él, se encargaría de vigilarla de cerca. Evitaría a toda costa más
dinero derrochado, o la tensión de Orochi bajaría a grados peligrosos.
Debió comprar los cangrejos cuando se separó de él. Le dijo que se desviaría para comprar los bollos
algodón. Al ofrecerse para acompañarla, fue rotundamente rechazado.
Pensar que usaría ese tiempo para comprar los cangrejos...
Al quedar solo, recordó la persona que encontró en medio de la calle.
Una expresión acomplejada se regó por su rostro amable.
No creí verlo a estas alturas.
(...)
— ¿Qué haces aquí?
Aquella voz no podía retener más rencor y odio, desbordando los sentimientos negativos
visiblemente hacia su objetivo. Sus ojos de ébano conspiraban cómo fulminar activamente a quien
tenía al frente, mientras su boca estaba presionada por la irritación.
Mistic no supo qué responder. Hace un año que no se veían, pero la persona que tenía delante no se
veía contenta. Desbordaba un odio irrefrenable por él, y no sabía tratar con ello. En sus brazos
sostenía dos bolsas de gran tamaño, las compras hechas hasta el momento.
Definiendo a quién lo miraba mal, era un chico casi tan alto como él, algo bronceado, de cabello
castaño oscuro. Un rasgo que lo caracterizaba serían las cicatrices que podían verse en sus brazos o
partes de su piel. Llevaba una capa de viajero, algo degastada pero funcional.
En ningún momento paró de mirarlo fieramente, poniendo un frente de hostilidad.
Si se traspasaran al pasado, las cosas seguían igual, pero ahora su rabia era mayor a hace unos años.
Mirando a los lados, donde no pasaba gente, pensó que era buen momento de hablar. ¿Cómo
debería comenzar…?
Tímidamente, abrió la boca.
— Eh, ¿cómo te ha ido, Frost?
Partió con un saludo casual que se consideraría amistoso.
Frost chasqueó los dedos con desagrado.
— Eso debería decirlo yo, ¿qué haces tú aquí?
La misma pregunta salió de él, más fuerte y dura. El saludo de antes no surtió un efecto positivo.
Mistic sudó. ¿Ahora qué?
No quería problemas, pero Frost no tendría problema en causar un alboroto si podía darle un golpe.
— Eh, ¿estás enojado? Si estás enojado, podemos tratar de hablarlo...
— Por favor, cierra la boca. Eres molesto.
— Ugh...
Cortado a la mitad, Mistic retiró su expresión.
— ¿Me estás siguiendo?
Dijo Frost, para su consternación.
— ¿Por qué dices eso? Estoy haciendo las compras, como puedes ver...
—…
— Y viniendo al caso, ¿qué haces aquí, Frost? ¿La abuela te dio permiso para irte de viaje?
El silencio sepulcral que vino de Frost lo hizo sudar.
— Eh, Frost, Tienes su permiso, ¿verdad?
Frost retiró su mirada. La fiereza que tenía de muro impenetrable se vino ablandando por un
momento. Divagó si hablar o callar, pero concluyó, pero no ganaría nada ocultando la información.
— Falleció.
—… ¿Eh?
El aire drenó el significado grave de la respuesta. El bajo volumen de voz fue el culpable. Solo en este
momento, Frost se vio abrumado por otra emoción que no fuera molestia. Su silencio equivalió a un
minuto de silencio en luto por su abuela.
Mistic se tambaleó, mirando el suelo perdido. La noticia le llegó de golpe cuando creyó que su
abuela estaría bien. Era una anciana dura y estricta, esas que con seguridad vivirían cien años, o más
¿Era cierto que falleció antes de llegar a los 100?
— Y-Ya veo, falleció. Qué pena…
Su corazón se cargó de aflicción, que intentó no reflejar en su mirada. Retrató una sonrisa lastimera
y de condolencia.
— Lamento oír eso, Frost. Ahora supongo que el patriarca es el abuelo.
—…
— ¿Frost?
Frost lo miró molestamente.
— Permíteme corregirme. La abuela y el abuelo fallecieron, al mismo tiempo.
— ¿Ah?
Mistic, de boca reseca, borró su mirada calmada.
— ¿E-El abuelo también? ¿Por qué…?
Frost no dio más detalles de la muerte de la pareja.
— Solo diré que el patriarca ahora es el tío Cooper.
— ¿El tío Cooper? C-Creí que sería alguien más. Su relación no era la mejor con la abuela.
Frost alzó los hombros, zanjando el tema, aun cuando Mistic quería saber más.
— Obviando eso, ¿vives por aquí cerca?
El abrupto cambio desconcertó a Mistic.
— B-Bueno, algo así.
— Uh, ya veo.
— ¿Qué pasa, Frost? Aún no me has respondido sobre por qué estás aquí…
— En palabras simples, escapé de la familia.
— ¿¡Qué!?
Las bolsas estuvieron a pocos grados de irse al suelo, pero Mistic las sostuvo protectoramente.
— ¿Te escapaste?
— Sí.
— ¿Porqué?
— Las nuevas políticas no me gustaron. Aunque la abuela era estricta y algo mala, no pedía lo
imposible. Prácticamente Cooper es un tirano que usa a su antojo los que tiene a su mando. No daré
detalles, pero los planes para convertirme en caballero fueron demolidos.
— ¿Eh?
— Cooper pensó que era más conveniente las apuestas en el bajo mundo si me usaba de gladiador.
—¡...! ¿Por—…
Frost extendió la mano llena de cicatrices, callando a Mistic. Frost no quería oír sus parloteos
inútiles.
— Dije que no daré detalles. Solo quería decirlo… — No quería seguir hablando. — Ahora me retiro.
— E-Espera, Frost.
Mistic, notando el cambio de pies de Frost, lo siguió por su espalda.
— Me gustaría más detalles… Estoy preocupado por ti. ¿Estás bien? ¿Tienes dinero? ¿Qué
dificultades has pasado? ¿Cómo lograste escapar?
Frost rechinó los dientes, tirando su mano como un vendaval hacia atrás. Mistic tuvo que esquivarlo.
Agachando su cabeza y hombros.
— ¡Cállate! ¡No hagas como si fuéramos familia!
Un pesar agobió a Mistic, que no abrió la boca.
— Pero, Frost…
— Soy Froster, no Frost.
Espetó fríamente, empujando un enojo inconmensurable en Mistic. En esa conversación no hubo
lugar para la paz. Froster no quería lidiar con la preocupación de Mistic. Su rostro y voz le molestaba.
— D-De todas formas, ¿A dónde piensas ir? ¿El tío no te está buscando?
— ¿Crees que se molestaría en tanto? Seguro puso sus manos sobre otro que tuviera mejores
aptitudes. Pero no es mi problema. Tampoco el tuyo.
— O-Ok. No insistiré más…
Moría por escuchar más de la historia de su casa, pero el humor de Frost no era el adecuado para
relatar sus vivencias del pasado. Mistic lo supo, y no preguntó más. Renunció a su ambición de
información, y sonrió débilmente.
— De todos modos, cuídate al viajar.
Frost maldijo por lo bajo, y se giró, sin darse la vuelta ni despedirse. Su odio era evidente para él,
pero seguía intentando despedirlo.
— Adiós.
Mistic, mirando su espalda alejarse, recordó que odiaba las capaz o prendas que cubrían todo el
cuerpo.
Y ahora usaba una.
(...)
¿Cómo se llegó a esto? Se preguntó Sylph.
En el salón espacioso, se desenvolvía un inescrutable silencio que era difícil de domesticar. Un
miasma severo ponía a cada uno con una cara tensa. Sus gargantas estaban tiesas y atoradas con lo
que querían decir. Todo el mundo esperaba por lo que diría el jefe de la casa, Etanol.
El hombre elfo, que parecía joven, pero que ya mostraba signos de madurez, tenía las manos
entrelazadas sobre su escritorio, ocultando su mirada de los demás. Sería quien daría el veredicto de
lo que se haría a continuación.
Darkness y Camelia estaban contiguos en unos bancos acolchados. Del otro lado, Sylph, de pie con
Jeremy, el anciano fornido, veían fijamente a Etanol.
Era una reunión entre los implicados del incidente con el cabecilla de la familia. La situación lo
ameritó.
Aunque en la mesa había bocadillos, nadie los tocaba. El nudo en sus estómagos no se los permitía.
Ni Sylph, que era amante de los dulces, podría tragar comida cuando tenía la garganta reseca, y el
pecho agitado de resentimiento. No era una persona resentida, pero ahora no podía perdonar lo
ocurrido con Alexis.
Normalmente, se estipularía que el mayordomo en rango en jefe – Asura – estuviera presente, pero
su persona no estaba por allí.
En otro salón, Asura estaba atendiendo a una chica de sus heridas. Por eso no podía estar presente.
Etanol, rompiendo el silencio, bajó las manos y miró directamente a todos.
— ¿Cómo está Alexis?
— En recuperación... No parece que vaya a mejorar pronto.
Exprimiendo severidad, Etanol estrechó sus ojos rojos oscuros.
— Se debe tener agallas para meterse con un sirviente de mi casa... No dejaré esto pasar, sin
importar quién sea...
Declaró, lleno de ira.
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Tardé día y medio en revisar el capítulo. Cambié detalles y el desglose del problema, pues antes le
faltaba un buen desenlace, al punto que lo leí al principio y pensé "Hmm, esto parece sacado de una
caricatura de bajos recursos". De todos modos, ¿qué tal? Las cosas se explicarán en el siguiente
capítulo, así que esperen con paciencia.
