XXXVII. He estado buscando información.
«No hay nada mejor que la locura cuando se la emprende en busca de justicia.»
Angélica Gorodischer.
Abril 2025.
La Ciudadela Infracta le ponía a June los pelos de punta.
Cualquiera creería que una cazadora de sombras como ella, ejerciendo como Inquisidora, se habría curado de espantos, por decirlo de alguna manera. En parte era cierto, pocas cosas podían impresionarla; sin embargo, la Ciudadela no había perdido su efecto desde la primera vez que puso un pie en sus terrenos.
Era difícil no recordar el lugar donde había perdido casi todo en su vida.
—Buenos días, June Theospathi.
La nombrada sintió el saludo como una frase vacía, siendo que ni siquiera había llegado a la Ciudadela como tal, pero no le dio importancia. Las Hermanas de Hierro, como los Hermanos Silenciosos, solían ser inquietantes, lo cual no era enteramente su culpa.
—Buenos días, ¿Hermana…?
La mujer que tenía delante, alta y delgada, lograba mostrarse imponente. Iba ataviada con el mismo vestido blanco que todas sus camaradas; lucía largas trenzas de color cobrizo, tanto sus brazos como sus dedos eran inusualmente largos y los ojos, de un naranja llameante, estaban rodeados de tatuajes, cual místico antifaz.
—Ignacia. Tengo el deber de guiarla, se le atenderá adentro.
June asintió en silencio y comenzó a andar.
Había postergado la visita unos días, los cuales aprovechó en revisar cualquier documento que se tuviera en Idris respecto al tema, pero no descubrió mucho. Como le comentara a Kyoushirou, esperaba que las Hermanas de Hierro contaran con información más concreta, pero empezaba a dudar que fuera así.
Hasta ahora, no se había topado con un arma nefilim con una historia como la de Hauteclaire.
Claro, existían algunas armas con leyendas y propiedades inusuales entre los cazadores de sombras, considerando que todas habían sido forjadas específicamente para acabar con los demonios. Ella misma había tenido la oportunidad de ver, aunque fuera de lejos, unas pocas de esas armas, y se enorgullecía de Némesis, su propia spatha, que había pertenecido a su familia por cinco generaciones, si los registros escritos eran correctos. Precisamente dichos registros le habían dado la idea, por primera vez, de investigar a Hauteclaire en los archivos de Idris.
Fue muy curioso todo lo que encontró… y también lo que no.
—¿Sabe usted algo de mi solicitud, Hermana Ignacia? —se atrevió a preguntar, en cuanto cruzó las puertas de la fortaleza.
La aludida hizo un ruido incierto, ladeando ligeramente la cabeza, antes de mover una mano para indicar un camino a su izquierda. June se movió en consecuencia, creyendo por eso que no recibiría respuesta, hasta que la Hermana Ignacia la miró por un momento por encima del hombro.
—La Hermana Emilia hizo un comentario y me pidió estar presente cuando la atienda.
Ah. Por lo que había escuchado June, esa hermana tuvo de mentora a una de las mejores forjadoras de entre las suyas; además, se decía que había creado algunas armas extraordinarias en la última década.
—Póngase una runa ignífuga, o el calor no le hará ningún bien.
June arqueó una ceja ante eso, pero no tardó en obedecer. Eso solo significaba que estaría cerca de alguna de las fuentes de calor de la Ciudadela.
Cruzaron unos pocos pasillos hasta llegar a un arco de piedra, del cual salía una luz de los tonos amarillos y anaranjados del fuego. June inhaló profunda y lentamente, antes de cruzar el arco tras la Hermana Ignacia.
Tal como había supuesto, el calor la golpeó casi enseguida, aunque un fuego como tal, no era visible por ningún lado. La mayor parte de la luz provenía del fondo de la gran estancia redondeada y era parcialmente bloqueada por quien, si estaba en lo correcto, era la Hermana Emilia.
June no supo qué pensar de que la recibiera con un arma en la mano; específicamente, con algo que parecía una daga de hoja curva, pero decidió no darle importancia a menos que la misma hermana dijera algo al respecto. Hizo una inclinación de cabeza a modo de reconocimiento, viendo a continuación que la Hermana Ignacia iba y tomaba la daga de manos de su camarada, llevándola de nuevo a la fuente de luz. La Hermana Emilia le pidió acercarse con un ademán y ambas, a paso lento, se colocaron a poca distancia de donde la Hermana Ignacia comenzaba a golpear con un mazo, contra un ennegrecido yunque, la hoja curva y al rojo vivo de la daga.
—June Theospathi, has venido a indagar sobre un arma nefilim —dijo a modo de bienvenida la Hermana Emilia, con los ojos fijos en los movimientos de la otra hermana—. Reconozco que es el mejor lugar para ello, pero también intuyo que has venido porque en el exterior no encontraste algo a tu entera satisfacción.
—No lo diría de ese modo —replicó suavemente June, esperando no sonar frustrada o belicosa—. El arma por la que tengo curiosidad ha resultado ser antigua, así que lo poco que hay de ella en el exterior no acaba de explicar algunas… peculiaridades que ha mostrado recientemente.
—Describiste en tu mensaje que se trataba de una espada. ¿Podrías decir lo que sí sabes?
Con el ruido de fondo de los martillazos de la Hermana Ignacia, June asintió una sola vez con la cabeza y recitó, casi palabra por palabra, la descripción oficial de Hauteclaire en los registros de la armería de Alacante, que era donde más datos había recabado de la espada. La Hermana Emilia, al escucharla, arrugó un poco la frente, en señal de profunda concentración.
—La mezcla de materiales no es usual, June Theospathi. Al menos, no en los últimos tiempos, ni en las proporciones que constan en los registros que consultaste. Se usaban más los metales preciosos en la antigüedad, a veces en favor del ornato y no de la utilidad, pero en este caso, parece que el propósito es más similar al de épocas más cercanas a la actual. Hay leyendas de Hauteclaire, además de los registros, pero también las encontraste, ¿no es así?
—Sí. No son gran cosa.
—A simple vista, entiendo que las leyendas puedan resultar demasiado fantasiosas, pero recuerda, «Todas las leyendas son ciertas». Debemos mirar en ellas y descifrar lo que pueda haber de verdad allí.
—Tienes un buen punto, hermana. Si empezamos por lo que se cuenta de su origen, es que Hauteclaire combatió junto a Durendal, ya que sus respectivos dueños, Olivier y Roland, eran compañeros de armas. Hay dos o tres obras mundanas que hablan de Olivier y una de ellas menciona la espada más de una vez.
—Eso haría a Hauteclaire bastante antigua, casi desde los orígenes de los cazadores de sombras, según el calendario actual. Reconozco que la Historia no es mi fuerte, pero por ahora, eso es lo de menos. ¿Hay pruebas de que Olivier existiera?
—No en nuestros archivos, y no me sorprende, hablando de una época tan remota. Se dice que Olivier pudo ser el primer Montclaire y por eso la espada ha pertenecido a esa familia desde… bueno, el expediente más antiguo que hallé donde es mencionada, data del siglo quince. Si hacemos caso, por un momento, a lo que se dice del Olivier que acompañara a Roland, entonces Hauteclaire fue forjada en los inicios de los cazadores de sombras, cuando las Hermanas de Hierro apenas existían o estaban por existir.
—¿Eso qué nos dice entonces? ¿Hauteclaire es una de las espadas de Wayland el Herrero? Los materiales podrían decir que sí, algunos de ellos eran de los que él trabajaba, según lo que se cuenta, pero las Hermanas de Hierro hemos hecho lo posible por estudiar las armas de Wayland que todavía existen y no se ha sabido aquí de una espada como Hauteclaire.
June contuvo a duras penas una mueca. Se había temido algo así, aunque igual hizo el viaje hasta la Ciudadela Infracta, con tal de agotar todas las posibles fuentes.
—Hermana Emilia.
El llamado, notó June, había reemplazado los rítmicos golpes que hasta el momento ejecutara la Hermana Ignacia, quien ahora las miraba con cierto recelo.
—¿Sí? —la Hermana Emilia miró a su compañera, haciendo un gesto para alentarla a hablar.
—En mi vida anterior, sentía una enorme curiosidad por las armas, sobre todo por algunas a las que han llamado «legendarias» —comenzó la Hermana Ignacia, desviando entonces la vista hacia la daga de hoja curva que aún sostenía—. Es parte de la razón por la que decidí ser una Hermana de Hierro en… cierto momento —titubeó por unos segundos, pero su duda debió ser pasajera, pues continuó enseguida—. Hay registros en abundancia de las armas más famosas de Wayland el Herrero, como Excálibur y Cortana, pero de Hauteclaire no, ni siquiera en lo que tenemos aquí, en la Ciudadela. No de su creación, en realidad.
—¿De su creación? —June no pudo evitar sonar confundida.
—Sí, es un punto que me pareció confuso —alzando la cabeza, la Hermana Ignacia apretó los labios con firmeza solo un segundo, antes de explicar—, porque los cazadores de sombras solemos enorgullecernos de nuestras armas si tienen historia y tradición a cuestas. ¿Me equivoco, June Theospathi, en que sientes algo así por esa spatha que llevas?
June asintió con la cabeza, llevando sin darse cuenta una mano al pomo de Némesis.
—Eso me hace pensar que Hauteclaire no fue forjada por alguien de renombre, o que su creación no fue tradicional. ¿Oro, plata y adamas? Esos materiales me suenan de las primeras armas de Wayland, pero si se dan las leyendas por ciertas, los tiempos de la vida de Wayland y la existencia de Hauteclaire parecen no concordar.
—Podría significar que, de saber quién la forjó, se podrían desentrañar los secretos de esa espada —concluyó la Hermana Emilia, pensativa.
—De nuevo, eso nos lleva a la antigüedad de la espada, porque si ha existido desde la misma época de Durendal, entonces quien la forjó ya ha muerto.
Se hizo el silencio por un largo instante, lo que permitió a June asimilar todo lo discutido. Por desgracia, no era mucho con qué trabajar, no si añadía lo descrito por los del Instituto de Lyon…
—June, ¿dices que los Montclaire son los dueños de la espada desde siempre? ¿Acaso queda uno que la empuñe?
Asintiendo distraídamente, June casi se perdió las expresiones de asombro de las dos Hermanas de Hierro. No era algo que pudiera verse todos los días.
—En ese caso, el portador actual podría saber algo —se atrevió a decir la Hermana Ignacia.
—Podría, pero en este momento no puedo hablar con él. Quizá… Sí, creo que hay otras personas con las que puedo reunirme, al menos por el momento. Si en la Ciudadela hay alguna interesada, podría mantenerla al tanto de lo que averigüe.
—Las armas son prácticamente nuestra vida, June Theospathi. Si esa espada es tal como se cuenta, nos gustaría estudiarla, como referencia para futuras creaciones que apoyen la tarea de los nefilim. Hermana Ignacia, ¿mencionaste que tenemos registros de Hauteclaire en la Ciudadela?
—Sí, hermana, pero repito, no son muchos y algunos son en un idioma que no entiendo. Por mi interés en las armas y su historia, logré encontrarlos. Si gusta, puedo…
—Por favor, tráigalos.
La Hermana Ignacia asintió, dejó en el yunque la daga que trabajara poco antes y salió de la habitación a un paso que, en cualquier otra persona, June habría encontrado apresurado.
—La Hermana Ignacia hace poco que llegó, en relación con varias de nosotras —comentó la Hermana Emilia mientras esperaban—. Creo que eso la hizo recordar rápidamente algunos de sus hábitos anteriores, lo que nos ha ayudado. Esta consulta ha sido más compleja de lo que esperaba.
—Lo sé, me disculpo por las molestias…
—No te preocupes. Lo intuía, en parte por tu puesto, Inquisidora. Lo otro… Escuché que el actual portador de la espada que investigas le hace segunda.
—¿Eso qué significa? —June miró a la hermana con sospecha.
—Has dicho antes que se han observado características enigmáticas en Hauteclaire. Por lo poco que ha llegado a nuestros oídos, el muchacho Montclaire que la porta es digno de ella.
Eso, pensó June, no podía negarlo.
—&—
Al volver a Alacante, June no esperaba encontrar su oficina ocupada.
Su silla estaba libre, en realidad. Eso le dio un alivio fugaz ante lo que sea que llevara a todas esas personas allí, a tan temprana hora y considerando a una de ellas…
Por alguna razón, su viaje a la Ciudadela le pareció extrañamente relacionado con lo que estuviera a punto de escuchar.
—Buenos días —saludó, en tono neutro y con la expresión más cordial que le salió.
—Buenos días, June. Lamento la hora, pero no creo que este asunto pueda esperar.
—¿Qué es este asunto, exactamente?
Mientras June iba a ocupar su asiento, empezó a preguntarse de qué se trataría aquello, lo cual supo en cuanto colocó sobre su escritorio un cartapacio de piel que cargaba desde la Ciudadela.
—Se solicita abrir una investigación sobre la muerte de Edward Longford.
June detuvo en seco sus movimientos solo unos segundos. Repasó con los ojos, de nuevo, a los presentes, quienes a su vez le dedicaban miradas firmes, en actitud solemne.
—Saben que eso fue un suicidio, ¿verdad? —comentó, con toda la delicadeza que pudo.
—Según los testimonios, así se clasificó. Hay… sospechas de que pudo no ser así.
—¿Sospechas? No quiero ser insensible ni intransigente, pero no empezaré una investigación acerca de una muerte declarada como suicidio sin algo más que sospechas. En todo caso, si no fue suicido y considerando que falleció en la batalla de la Ciudadela, debió ser un Oscurecido el que…
—No, June. Se está pidiendo una investigación porque se sospecha que no fue un Oscurecido el que lo mató.
Por un momento, la Inquisidora temió que aquello fuera una broma. La historia de Edward Longford era bien conocida, se usaba como uno de los tantos ejemplos de afecto y lealtad incondicionales entre parabatai, por más que algunos imbéciles estuvieran en contra de honrar el enorme sacrificio que el chico Longford se vio obligado a hacer. ¿En serio venían a decirle que no solo podría no haberse suicidado, sino que no murió en combate contra un enemigo?
—Esa es una declaración muy seria —decidió acotar, por si acaso.
—Están conscientes y he escuchado la historia completa, por eso accedí a acompañarlos.
—Si se inicia una investigación y se llega a la conclusión de que esa muerte sí fue un suicidio o que fue una muerte en combate…
—También están conscientes de lo que pasaría en ese caso.
Jun suspiró, inclinándose hacia atrás para apoyarse con cansancio en el respaldo de su silla.
—Me están poniendo en una situación muy complicada, Alec. Es un asunto de hace casi veinte años, ¿por qué hasta ahora lo han traído ante un Inquisidor?
Alec Lightwood hizo un gesto extraño, uno que June interpretó como resignada incomodidad, antes de mirar por un momento a su espalda, hacia el resto de sus acompañantes.
—Hasta ahora, nada había hecho pensar que Edward Longford no se suicidó, June. Ha sido de manera inesperada que surgieron las sospechas. Ya se envió una carta a Kyoushirou, pero igual querían venir en persona a contarte lo sucedido y dejar la última palabra en tus manos.
Eso… June supo que era un enorme gesto de confianza el que estaba recibiendo, casi igual al que representaban los documentos en el cartapacio de piel delante de ella.
—Muy bien —aceptó, buscando materiales de escritura—. Denme una declaración. Según lo que escuche, decidiré si la investigación se abre o no.
Solo esperaba no equivocarse.
—&—
Un par de horas después, como sospechaba, June encontró a Kyoushirou en su despacho con aspecto de estar a punto de arremeter, aunque estaba por ver contra quién.
Esperaba que no fuera contra ella.
—Creo saber a qué has venido —empezó Kyoushirou sin más, tras un gesto de saludo y una invitación silenciosa a que tomara asiento—. Alexander me envió un resumen y que hablarían contigo. ¿Tú qué piensas?
—¿En lo personal? Me inclino a pensar que la acusación tiene fundamento. He hablado personalmente con el tipo y también con otros que lo custodiaron antes de que se lo llevaran los Hermanos Silenciosos. No es realmente agradable y menos si se le menciona a Edward Longford, por la razón que sea.
—Entiendo. ¿Y sobre el resto de las implicaciones?
—Si abro la investigación y las sospechas resultan ser ciertas, no solo estaremos abriendo viejas heridas en varias familias de cazadores de sombras. Empezará la desconfianza en futuras declaraciones de testigos acerca de si alguien muere en combate o no, y por mano de quién. Además, estaremos cambiando parte de la Historia Nefilim Contemporánea, Kyoushirou. Se me ocurrió incluso antes de aceptar tomar declaraciones, que la gente que honra la memoria de Edward Longford tendrá algún tipo de crisis, y los que la denigran dirán que siempre tuvieron razón. Por otro lado, no somos como los mundanos, que tienen todo un conjunto de leyes únicamente para tratar con los asesinatos. Para nosotros se mata o no, los detalles solo son relevantes para dictar la gravedad del castigo. ¿Qué vamos a hacer entonces?
Se hizo el silencio y June observó al Cónsul adoptar un semblante pensativo. También, advirtió, sus rasgos se mostraban sombríos, como calculando todo el daño que podría caer encima de los cazadores de sombras en general y claro, sobre ellos en particular, por más que los hechos ocurrieran cuando otros estaban al mando.
—¿Alexander dijo algo de informar al Escolamántico? —preguntó Kyoushirou cuando finalmente salió de sus reflexiones.
—No. De momento, nos ha dejado el asunto a nosotros.
—Mejor así. No quiero pensar en qué se les ocurriría para torcer todo a su favor. Deberían siempre trabajar a favor de los nefilim, pero algunos de ellos ya intentaron antes algo así.
June sabía de qué hablaba, por lo que asintió en silencio.
—Sería muy fácil realizar una investigación discreta y aprovechar la estancia del… individuo en la Ciudad de Hueso para interrogarlo allí con la Espada Mortal. A su castigo actual se añadiría algo, si corresponde, y ahí acabaría todo. Pero no me sienta bien, June. Sobre todo, si resulta que realmente Edward Longford fue asesinado, tengo la sensación de que debería hacerse público quién lo hizo y por qué, y que se sepa que se hizo justicia.
—En eso estamos de acuerdo, entonces.
Kyoushirou suspiró, se reclinó en su asiento y se permitió unos segundos de calma. June pensó que se lo había ganado, dado el asunto que acababan de tratar.
—Abre la investigación, June. Documenta todo y mantenme al tanto. Sin importar los resultados, esto servirá para hacerles ver a los líderes subterráneos de París que su confianza no ha sido en vano. ¿Mencionaron cómo está el muchacho?
—Estaba débil cuando lo dejaron, pero bien atendido. Le escribiré a Jean–Luc, de todas formas debería haberme informado ya de lo sucedido en su Instituto, no sé qué lo retrasaría si los Trueblood y los Sølvtorden llegaron a Londres sin problemas, según Tiberius.
—Bien, avísame si Jean–Luc reporta algo de interés. Pasando a otra cosa, ya que estás aquí, ¿cómo te fue en la Ciudadela?
June dejó escapar un suspiro de resignación que, en otras circunstancias, podría haber contenido. Kyoushirou arqueó una ceja, pero no la apuró y ella lo agradeció, tomándose un momento para formular lo que estaba a punto de decir.
—No obtuve mucho. La Hermana Emilia y la Hermana Ignacia, con quienes traté, llegaron a la conclusión de que, en base a los pocos registros que hay, la línea de tiempo indica que la espada no fue forjada por ninguna de ellas, pero tampoco parece coincidir con los tiempos de Wayland el Herrero. Me prestaron documentos que guardaban en la Ciudadela, pero no tuve oportunidad de revisarlos, porque ya estaban Alec y los parisinos esperándome.
—Si no la forjaron las Hermanas de Hierro ni Wayland el Herrero, ¿entonces quién?
—No lo sé. Ellas creen que debió ser alguien con poco prestigio en la época, pero al mismo tiempo, debió poseer cierta habilidad sobresaliente. Si Hauteclaire alguna vez fue una espada común, haré que fundan a mi Némesis, Kyoushirou. En serio.
A June no se le daba bien el humor la mayor parte del tiempo, pero en ese momento pareció funcionar, a juzgar por cómo el otro apretó los labios, conteniendo una sonrisa.
—De momento, apartemos a Hauteclaire de nuestras mentes —sugirió Kyoushirou—. No es prioritario saber más, a menos que suceda otra cosa.
—¿Lo de París no sería suficiente? —June arqueó una ceja.
—No, al menos hasta que termines tu investigación. No creo que la gente se tome bien, desde el principio, que uno de los nuestros tenga esta… facilidad con los espíritus, y más con la ayuda de una de nuestras armas más antiguas. Mejor centrarnos en lo terrenal, en lo que es más probable que se consiga probar, y conforme avancemos… ya veremos.
June comprendía el razonamiento de Kyoushirou, pero su propia curiosidad la alentaba a no olvidar completamente a Hauteclaire en los próximos días.
Si eso resultaba o no de utilidad en un futuro, estaba por verse.
