Hiccup puede disimular perfectamente lo nervioso que en verdad está. Cuando se asegura que su voz no temblará, señala con un dedo la carpeta abierta y los papeles desperdigados sobre la mesa.
—No quiero ser yo quien lo diga, pero esto se siente ilegal —intenta forzar una sonrisa bromista, pero cuando le cuesta demasiado decide aferrarse a la leve indignación que en verdad va creciendo en su interior—. En plan, tremendamente ilegal.
—Sí y no —responde de inmediato Elsa, sonriendo nerviosamente e intentando llevar su mirada a cualquier otro lugar que no fuera la irritada expresión de Hiccup—. He llamado a uno de los oficiales de policía con los que mi familia tiene una buena relación, le he preguntado qué tan legal era lo que mi abuelo había hecho y... básicamente me dijo que si se tratara de cualquier otro podría denunciarlo sin problema. El problema es que se trata de mi abuelo.
Hiccup finge estar exageradamente disgustado. —Sois asquerosamente ricos —masculla y la irritación —y admiración— era completamente verdadera. La familia Slange no era de las más poderosas, ni las que tenía más dinero, solo eran una de las más estables. Había asumido que la fortuna de los Queens era algo similar a la de su familia, que no acabarían jamás en las revistas ni serían verdaderamente mencionados por los medios porque realmente no destacaban tanto, pero estaban lo suficientemente bien acomodados como para permitirse pasar billetes bajo la mesa y conseguir que sus problemas se esfumaran.
Pero no, los Queens eran mucho más que eso, tanto más que realmente a Hiccup le costaba hacerse una clara idea. Se le ocurría compararlos con la pequeña familia Rosas, lideradas por ese hombre vanidoso y extravagante que cada semana llevaba a cabo las más grandes fiestas del bajo mundo, pero sabía perfectamente que Magnífico presumía de lo que no tenía y que llevaba años fingiendo que sus gastos no estaban a punto de hacer caer todo su imperio. Los Slange era la clase de familia que podían pagar entre las sombras para poder hacer lo que quisieran, los Queens, por otro lado, eran los que hacían lo que querían sin necesidad de pagar, porque sencillamente pedirles dinero a cambio de silencio sería un insulto a su estatus.
Relacionados desde hace años con el jodido Claude Frollo, con tantos contactos en diferentes oficinas de policías, y un imperio legal que no dejaba de crecer y crecer. No tenía ni idea de lo verdaderamente importantes y poderosos que los Queens eran, pero ya empezaba a entender por qué estaban tan inusualmente limpios, no necesitaban a alguien más que se ensuciara las manos por ellos, no necesitaban mancharse con la mugre del crimen y las partes más sangrientas de la sociedad ¿para qué? Si de todas formas las leyes se amoldarían a todos sus deseos. Los Queens eran de ese tipo de familias, de ese tipo de personas, que podían hacer lo que quisieran a la luz del día, frente a mil espectadores, y sencillamente el mundo entero se hundiría de hombros y seguirían su camino.
—Lo sé y lo siento —asiente de inmediato ella, pasándose un mano por el cuello y removiéndose. Se removía inquieta, la jodida heredera de una familia tan increíblemente poderosa... se removía incómoda cuando le recordaban la gran fortuna que algún día tendría bajo su completo control. Observa fijamente como se pasa una mano por el cabello e intenta mil veces acomodarse mejor en su asiento.
Odia el poco control que tiene sobre sí mismo, odia que en un momento tan delicado como este lo único que es capaz de pensar es que Elsa se ve inexplicablemente encantadora e irresistible. Tan nerviosa y avergonzada, con la mirada desviada en una esquina, apretando los labios a punto de que arruinaba un poco el precioso labial con los que los había cubierto, con su cabello platinado cayendo en cascada sobre sus hombros levemente descubiertos en un desorden que le recordaba a cómo quedaba su cabello luego de estar unas cuantas horas revolcándose en cama.
Resopla pesadamente antes de sujetar el listado de crímenes pasados, esos que cometió cuando solo era un niñato estúpido borracho del poder que tan repentinamente le habían cedido cuando le contaron la verdad sobre el negocio familiar.
—¿Doy por hecho que quieres preguntarme sobre todo esto? —pregunta con fingida vergüenza, planeando con tanta prisa excusas decentes que ni siquiera se acuerda de cuidar su expresión.
Para su sorpresa, Elsa niega levemente con la cabeza. —Si me hubiera enterado de todo esto de alguna forma menos... —se detiene a penas unos segundos para decidir bien la palabra que quería usar— ¿ilegal? Sí, eso mismo, si me hubiera enterado por ti o por cualquier otra forma que no incluyera a mi abuelo contratando a alguien para investigarte, pues me sentiría más cómoda para preguntarte algunas cosas, pero me siento demasiado culpable como para querer presionarte.
Hiccup parpadea incrédulo, soltando los papeles y apartándolos disimuladamente para que ni siquiera vuelvan a la vista de su angelito. Se apresura en cambiar su expresión para que no fuera tan evidente lo increíblemente aliviado que estaba en esos momentos. Se fuerza también a contener las risillas tontas que se le quieren escapar de los labios... ¿Cómo alguien tan importante y con toda una familia a su alrededor intentando mantenerla completamente encapsulada fuera del peligro podía ser tan... confiada? ¿Cómo podía Elsa Queens, la mayor de las únicas dos nietas de Runeard Queens, un hombre tan precavido y desconfiado, tener tal certeza de que la gente de su alrededor no intentaría lastimarla?
No iba a ser tan idiota para presionar, no iba a ser tan idiota como para fingir más indignación o enojo, no iba a ser tan idiota como para desperdiciar la gran oportunidad que tenía entre manos. Se relaja visiblemente y se pasa una mano por el cabello para pretender que está algo avergonzado.
—La mayoría de estas cosas son estupideces que hice como adolescente —suelta la primera excusa que se le ocurre—, preferiría no tener que rememorar todas las tonterías que en algún momento hice.
Realmente le parece una completa locura que Elsa siga visiblemente mortificada por todo lo que su abuelo había hecho. Y con un buen motivo, realmente aquel pobre hombre iba por el camino correcto al decidir ponerse a investigar a alguien como Hiccup Haddock.
Su único fallo fue habérselo contado a su preciosa nieta, su único fallo fue haber permitido que él se enterara que lo estaban observando.
Pobre hombre, sentenciándose a sí mismo a perder a su inocente nieta en las manos de un demonio encarnado en piel de hombre. Le tenía pena, realmente sentía mucha pena por Runeard Queens, aunque en cierto punto este triste resultado es más que nada cosa suya. Si ese idiota no fuera tan paranoico, si no hubiera limitado tanto las libertades de sus nietas, ellas jamás hubieran sentido recelo por su extremo cuidado, jamás se hubieran confiado tanto... si sus nietas se alejaban de las zonas seguras que él inteligentemente había trazado, era porque esos límites las asfixiaban, porque él los había dibujado demasiado angostos como para que ninguna de ellas intentara traspasarlos tarde o temprano.
Ella se acerca para dejarle un beso en la mejilla, lo que no contenta en lo absoluto a un Hiccup que no ha podido parar de fijarse en sus rojizos labios y su hipnotizante escote... tampoco ha podido dejar de mirar el nuevo collar que tenía.
Tira levemente con un dedo del collar de Elsa para obligarla a mantenerse cerca. —Este es nuevo —susurra contra sus labios, fingiendo que solo le importaba el colgante con forma de copo de nieve con el que jugueteaba.
—Cielo, ¿quieres que me crea que me estabas viendo los pechos por el collar?
Hiccup se permite soltar una risilla algo burlona. —No soy tan descarado como para mentir sobre eso —admite encantado, tirando de ella para llenarle el cuello con besos húmedos, intentando apartar levemente el collar. La escucha soltar algunas risillas, siente que se remueve como si estuviera intentando apartarse, gruñe algo molesto cuando Elsa realmente detiene todo y se aparta de su necesitado cuerpo. Aceptando que esa era la forma más amable de ella para indicarle que no estaba realmente de humor, decide enfocarse una vez más en el tema del collar—. Pero hablando en serio. Es nuevo, ¿verdad?
—Oh sí —asiente de inmediato mientras se hace un moño alto—, un intento de chantaje del abuelo, nada del otro mundo.
—Se ve increíblemente caro —comenta mientras toquetea el colgante, reprimiendo todos los comentarios que en verdad quería soltar, la mayoría de ellos eran demasiado agresivos y bruscos. No solo pronuncia esas palabras porque no tiene más opciones, sino también porque quiere ver un poco la reacción de Elsa. Tenía buen ojo, sabía que esos eran diamantes finamente pulidos, se podía hacer una idea de cuánto debieron de haberle costado a ese paranoico sujeto, quería ver cómo actuaba Elsa ante ese comentario, si realmente lo veía como un despilfarro o algo sencillo.
Para su sorpresa —y su desgracia, sobre todo para desgracia de su billetera—, Elsa le dedica una mirada algo confundida, incluso ladea levemente la cabeza, como un animalillo intentando comprender un comportamiento sumamente extraño.
—¿Tú crees? No es la gran cosa en verdad —comenta, como si nada, como si realmente fuera un detalle insignificante.
Hiccup, para disimular su frustración, suelta una risilla. —Son diamantes, cariño, estoy seguro.
—Oh sí, son diamantes —asiente sin dudar ni un segundo—. El abuelo suele regalarnos cosas de este estilo todo el tiempo, cuando quiere regalar algo verdaderamente caro primero nos llama para saber qué es exactamente lo que nos gustaría, o nos lleva a elegir de la misma...
Elsa finalmente deja de explicar cuando ve la expresión asombrada y burlona de Hiccup, siente sus mejillas enrojeciéndose y fuerza unas toses falsas para tener una excusa para dejar de hablar.
—Sois asquerosamente ricos.
—Lo sé y lo siento.
Hiccup sigue presionando con una sonrisa burlona, y con mejor humor en verdad. —¿Por qué siquiera trabajas? Es obvio que no te han cortado el grifo, princesita.
Con la mirada desviada, Elsa se hunde en hombros. —Por hacer algo más que nada, sino me moriría del aburrimiento.
Elsa resopla molesta en el momento que Hiccup empieza a carcajearse sin parar, le pide como puede que deje de burlarse, pero cada vez que intenta defenderse solo consigue que el ataque de risa de su novio se prolongue con mucha más intensidad que antes. Le toma unos largos minutos de carcajadas poder calmarse lo suficiente para seguir burlándose de su precioso y tremendamente engreído angelito.
—Oh, pobre niña multimillonaria, si no hace algo con las manos se aburre —le dice con una voz tremendamente dulzona mientras le rodea la cintura con los brazos, ella le da un fuerte empujón pero Hiccup mantiene su agarre con firmeza—. Mi pobre niña, que injusta es la vida dándote tanto tiempo libre, hay que ver como sufres, ¿cuándo la gente se preocupará por todos los terribles problemas tienes?
—Vete al demonio, Haddock, que te puedas permitir un apartamento aquí demuestra que estás tan podrido en dinero como yo.
—Cielo si yo dejara de trabajar no tendría el dinero que tengo —le deja en claro, tomando algo de orgullo en el hecho de que él sí que era imprescindible en el negocio familiar, Elsa, como ella misma lo había dicho, estaba allí por hacer algo—. Tú podrías dejar de trabajar toda tu vida y sobraría dinero para tres generaciones más.
Rueda los ojos y resopla, Elsa vuelve a desviar la mirada y no le dedica ni un solo gesto que no sea una infantil molestia hasta que toma su rostro para darle un corto beso en los labios. Parece querer pelear contra la sonrisa que tira de sus labios, pero termina cediendo y soltando una risilla mientras le da un empujón ahora más bien juguetón.
—Recuerda que el sábado salimos para que conozcas a mis amigos —es todo lo que dice mientras se encamina a su habitación, seguramente a darse una rápida ducha, Hiccup asiente varias veces mientras la observa irse.
Se queda mirando a la nada mientras escucha el grifo de la ducha empezando a soltar agua, perdiéndose por completo en sus pensamientos, cuestionándose una y otra vez qué diantres haría para lidiar con el problema que era el molesto y terriblemente influyente Runeard Queens. Por supuesto que ese hombre seguiría investigando sobre él, no necesitaba que Elsa se lo comente para saberlo, ese hombre tendría que ser completamente imbécil como para ver el historial de su adolescencia y quedarse tan tranquilo. Cualquiera, si se fijara en el barrio en el que pasó su adolescencia —aquel donde estaba el casino y donde sus padres le forzaron a estar para que aprendiera a defenderse por su cuenta— podría darle alguna especie de explicación a la mayoría de los cargos en su contra, un chaval en un barrio malo se mete en peleas, se mete en grupos que le obligan a hacer cosas para sobrevivir, podría dar una explicación decente para la violencia, para las amenazas, incluso, si se forzaba un poco, para el acoso —la policía, sin quererlo, le había facilitado las cosas al no especificar qué tipo de acoso había cometido—, pero la extorsión era otro nivel, la extorsión llevaba a demasiadas preguntas, preguntas que Elsa se había negado a tan siquiera desarrollar, preguntas que definitivamente Runeard Queens haría lo que sea para responder.
Necesitaba un plan, un buen plan para deshacerse de la investigación que ese maldito anciano ha comenzado en su contra.
No podía dormir, sencillamente no podía dormir.
La mira de reojo, se ha dormido dándole la espalda, y no porque en su dormido terminó en esa posición, sino que directamente se había acostado así, porque logró convencerla de que era demasiado tarde para que fuera ella sola a su apartamento, porque logró convencerla de no dormirse en el sofá aquella noche.
Rapunzel se puso nerviosa en cuanto ella insinuó tener algo de interés por todo el tema del programa de protección de testigos, su novia intentó pronunciar una y mil excusas, intentó explicarse de cualquier forma que no involucrara contar la verdad, y aunque Anna se disculpó y le aseguró que realmente no tenía que contarle nada, Rapunzel se mantuvo intranquila y avergonzada por todo el resto de la tarde, a la menor de las hermanas Queens le costó horrores conseguir que su pobre rayito de sol pudiera tan siquiera dejar de llorar y pedir perdón por cosas que no explicaba por completo o directamente no explicaba en lo absoluto.
Lo cierto es que no sabía si Rapunzel le estaba dando la espalda porque estaba enojada con ella —y con su metomentodo abuelo— o se sentía de alguna manera avergonzada por el repentino descubrimiento. No quería presionarla, de verdad que eso era lo último que podría querer, pero es que si seguía fingiendo que nada estaba pasando, tal vez Rapunzel llegaría a malinterpretarla y pensaría que estaba enojada o indignada por no obtener una respuesta clara.
Se acomoda para quedar de lado hacia ella, hace un dubitativo amago de acariciarle la espalda, pero se termina arrepintiendo a unos centímetros de su piel. Resopla frustrada, temblorosa, mientras se pasa las manos por el rostro constantemente, apretando con fuerza los labios para que no se le escapara ningún quejido que pudiera hacer parecer que estaba molesta con Rapunzel.
Pega un horrible respingo cuando escucha un tímido y corto sollozo escapando de los labios de Rapunzel. No sabe si ya está dormida o no, no sabe si ha estado llorando todo este tiempo, no sabe si está teniendo una pesadilla, todo lo que sabe realmente es que le da completamente igual la posibilidad de presionarla demasiado, le parece mucho más importante consolarla cuanto antes, le parece mucho más importante mostrarle que está ahí mismo para ella.
Le abraza la cintura y la acurruca contra su cuerpo, intenta hundir su rostro en su sedoso cabello, pero, para su sorpresa, Rapunzel reacciona de inmediato. No llega a fijarse si tiene los ojos abiertos por el brusco movimiento, pero no hace falta ver nada para saber que tiene el rostro empapado por sus propias lágrimas.
Siente sus delicados y temblorosos brazos aferrándose a su cuerpo con fuerza y necesidad, siente el rostro de Rapunzel enterrado contra su cuello, sus manos buscando un lugar bajo su ropa para sentir el candor de su piel... Anna se queda un momento, un solo segundo, completamente quieta, intentando comprender qué era lo que estaba pasando con su pareja. Sabe que no conseguirá nada de información de Rapunzel, no ahora, no luego de la locura que su abuelo decidió hacer, pero, tal vez, algún día esté lo suficientemente cómoda como para contarle todo lo que ese día había decidido guardar.
Le regresa el abrazo y le da un corto beso en la frente, por el momento, eso era lo único que debía de hacer.
El oficial que le había dado una copia de todos sus antecedentes penales se llamaba Sander Nordness, tenía como esposa una elegante y glamurosa mujer que venía de buena familia, tres hijos adultos que habían seguido sus pasos y se habían convertido en miembros del cuerpo policial, solo el menor de ellos, un recto hombre de veintiocho años que pasaba por una complicada situación económica, vivía en el hogar del señor Nordness. A pesar de que estaba cerca de jubilarse y que la herencia de su mujer le aseguraba vivir con completa tranquilidad, había rumores de que Sander Nordness sencillamente todavía tenía la energía y las ganas suficientes para seguir siendo un chucho más del estado.
Sí... un chucho más. Sander Nordness era uno de esos desgraciados con uniforme de policía que movía la colita encantado cuando sus amigos de los altos barrios le pedía entre mimos y sonrisitas uno que otro favor, pero no atendía a las llamadas de auxilio de las gentes de clase baja y el único motivo por el cual no tenía un serio problema por todos las ocasiones en las que abusó de su poder contra población racializada es porque, después de todo, a esas gentes adineradas les convenía demasiado que Sander Nordness siguiera en el puesto que estaba.
Un chucho más pulgoso, rabioso y baboso...
Hiccup podía apreciar la elegancia y el porte de un buen can, podía apreciar ese instinto protector y esos filosos colmillos que no soltaban a su víctima hasta que no recibieran la orden adecuada. Pero ¿los chuchos? No podía sentir nada más que desagrado por esas bolsas de pelos y babas.
El chucho de Runeard Queens... ¿cómo librarse de ese desgraciado sin que a ese cariñoso y atento anciano corrupto le saltaran todas las alarmas?
Es cierto que tenía la gran suerte de que Nordness en verdad no había estado involucrado directamente en ninguno de sus antiguos crímenes, mucho menos en ninguno de los actuales, pero a menos que tuviera alguna forma de rodear su muerte con otra serie de tragedias claramente entrelazadas, lo lógico para el patriarca de la familia Queens sería dar por hecho que había acertado por completo al asumir lo peor de él. Si tan solo hubiera una forma, una sola forma de vincular la muerte de Sander Nordness con cualquier otro ataque, podría estar mucho más tranquilo...
¿Dónde estaban los asesinos en serie cuando uno lo necesitaba? De verdad, parecía que el mundo solo le interesaba complicarle la vida innecesariamente, lo cual era todo un desperdicio de esfuerzo e ideas, él solo ya se complicaba la vida, no necesitaba el incentivo del mundo en su contra.
—¿Necesita algo más, jefe? —pregunta con algo de nerviosismo Eret. Hiccup levanta los ojos de todos los papeles que le habían traído y suelta en ese instante una buena cantidad de humo. Lo ve cambiando el peso de un pie a otro, moviéndose muy lentamente, solo podía darse cuenta en ese momento porque estaba muy centrado en los movimientos.
Sigue mirándolo fijamente por unos largos minutos, únicamente porque sentía que nada estaba bajo control, porque todo se le escapaba de las manos, y lo único que podía manejar era el terrible nerviosismo del pobre Eret, que estaba pálido y seguramente asimilando el hecho de que iban a matarlo.
Le da una corta calada a su cigarro antes de finalmente hablar. —¿Esto es todo lo que pudiste encontrar?
Lo ve tragando saliva con dificultad, era impresionante como palabras tan simples podían hacer temblar de pies a cabeza a un hombre tan enorme como lo era Eret.
El pobre carraspea un poco y todo antes de responderle. —Bueno, todo lo que pude encontrar sin moverme demasiado, me dijisteis que fuera lo más cauteloso posible y yo...
—Oh... ¿así que es mi culpa? —pregunta con una voz dulce y falsamente comprensiva, provocando de inmediato un respingo en el cuerpo de Eret—. ¿Es mi culpa que no puedas hacer bien un trabajo tan sencillo?
—N...no, por supuesto que no, señor —responde, titubeando a cada dos sílabas, temblando tanto que por un momento Hiccup cree firmemente que va a empezar a llorar como un niño pequeño—. Se...seguiré investigando de inmediato, señor, yo...
Lo calla alzando una sola mano por unos segundos.
—No hace falta, se lo encargaré a Astrid, es la única en este jodido lugar que sabe hacer bien su trabajo —responde con simpleza, hundiéndose en hombros y dedicándole una sonrisa de falsa amabilidad para dejarle claro de una vez que, por el momento, no tiene planeado matarlo—. Vete de una vez, vuelve a lo que haces decentemente, Eret, esto nos ha ayudado a los dos a confirmar que solo sirves para dar hostias.
Mientras lo observa huir como alma que se lo lleva el diablo, Hiccup admite para sí mismo que lo cierto es que ya sabía que Eret le servía como matón, como el sujeto gigante que intimidaba a cualquier imbécil que quería pasarse de listo, no mucho más. De vez en cuando su apariencia y su natural galantería funcionaba para atraer a clientes al casino y su zona roja, pero definitivamente especialidad era presumir de sus músculos y su habilidad para pelear. Lo cierto es que solo se lo había asignado a él porque no confiaba en que ningún otro idiota se esforzaría la mitad de lo que él lo haría, a Astrid, quien siempre cumplía cualquier trabajo, no solo podía pedir en aquel momento, Heather se había puesto hecha una furia al enterarse de la amenaza que hace unos días le dedicó por lo que estaba "castigado", lo que significaba que no podía asignarle ningún trabajo a Astrid por una semana entera.
Suspira pesadamente, terminando así con su última calada de aquel cigarro. Chasquea la lengua con molestia al darse cuenta de la hora, llegaría más tarde de lo esperado a casa, encontraría a Elsa dormida y seguramente su precioso angelito estaría demasiado cansado como para dejarle meterse entre sus piernas.
Los dioses lo odiaban.
