Hiccup silba impresionado en cuanto tiene delante de él la famosa casa de la familia Madrigal. Definitivamente es del porte de una buena mansión, tal vez incluso estuviera cerca de ser tan alta como la mansión Slange, no tan extensa en área, pero tampoco tenía mucho que envidiarle, sobre todo teniendo en cuenta el gran espacio que todavía tenían de jardín, podría caber una casa pequeña perfectamente ahí. Anna y Elsa les van explicando a sus parejas que no es que la familia Madrigal fuera de grandes ingresos, solo que llegaban muchos sueldos distintos constantemente, algo propio de una larga familia en la que todos viven bajo un mismo techo.

Mérida los espera a la puerta, tecleando mensajes en su móvil con una sola mano y soltando risillas de vez en cuando, ni Hiccup ni Rapunzel entendían del todo porque la muchacha escocesa confiaba tan firmemente en todo el tema del extraño don de Bruno Madrigal, pero lo cierto es que ninguno de los sabe qué tan descortés sería preguntar directamente.

Los recibe un niño pequeño de unos diez años, sus ojos oscuros son enormes y tiernos, va con trajecito encantador de tonos amarillos y la sonrisa que les regala es gigantesca.

—Hola, soy Antonio, me da gusto volver a veros —tiene una voz tierna y una expresión completamente encantadora, primero saluda con una sonrisa a las amigas de las hermanas Madrigal, que le responden con comentarios similares de lo contentas que estaban de volverse a encontrar con él. Hiccup y Rapunzel lo hacen de diferentes formas, pero ambos se enternecen por la actitud del pequeño niño—. Un placer conoceros a vosotros —dice extendiéndoles una de sus manitas.

—Un gusto conocerte, campeón —responde de inmediato, aceptando su apretón de manos como si fuera un socio de negocios extremadamente importante. Cuando suelta su mano el niño se la ofrece a Rapunzel y ella se apresura en aceptar el gesto.

Una voz masculina llama desde dentro de la gran casa al pequeño Antonio, por lo que el niño se despide con una sonrisa y se apresura en irse a dirección de la voz.

Ve de reojo a Rapunzel con las manos sobre los labios mientras que, por algún motivo, es Mérida quien decide guiarlos por el hogar de la familia Madrigal.

—Anna, creo que quiero tener un niño —susurra de un momento a otro, aferrándose con fuerza al brazo de su novia y provocándole unas carcajadas.

Anna niega con la cabeza. —Es el efecto Antonio, se te pasará.

—¿Pero y si no se me pasa? —pregunta con verdadera angustia, zarandeando un poco a su novia mientras hablaba.

—¿El efecto Antonio? —pregunta con gracia Hiccup, tomando la cintura de Elsa y apretujando su cuerpo contra el suyo, su novia suelta una risilla y tiene la amabilidad de quedarse ahí.

Ella se hunde de hombros, intentando restarle importancia. —Es una broma interna que tenemos, que con lo tierno que es Antonio, cuando lo conoces por primera vez te dan ganas de tener un niño.

—Luego está Kristoff —añade entre risillas Anna—. Que él mismo se ha prohibido venir a la casa Madrigal porque se estaba empezando a deprimir por toda la problemática que supondría adoptar un niño.

—Lo entiendo completamente, es super tierno —lloriquea Rapunzel, aún abrazada a su novia.

Hiccup intenta distraer sus propios instintos paternales que ese niño había sacado a flote, se centra en Mérida, que sigue mirando el móvil mientras los guía sin problema alguno por la casa de los Madrigal.

—¿Y tú qué, DunBroch? —le pregunta repentinamente, logrando que ella lo mire por encima del hombro—. ¿También pasaste por ese efecto?

Es la primera vez que ella se ríe honestamente por algo que él dice, es la primera vez que no parece que en verdad se está burlando de él.

—En casa yo lidio con tres pequeños diablillos, Harris, Hubert, y Hamish. Antonio es un encanto, no lo pienso negar, pero el pobre no tiene efecto alguno sobre mí gracias a esos tres y a mi madre.

Rapunzel es quien hace la pregunta que se le ocurre a Hiccup. —¿Y tu madre por qué?

—Porque el día que le dije que empezaría a vivir con Tadashi, me tomó de los hombros, me miró muy fijo a los ojos y me dijo —para la sorpresa de Rapunzel e Hiccup, Mérida pone un tono serio y una voz muy elegante de inmediato, perdiendo incluso su fuerte acento escocés—. Que sepas que lo de tener gemelos o trillizos es hereditario, que se pasa de madre a hija y que no te pienso ayudar en lo absoluto si te embarazas antes de lo esperado con tus propios tres diablillos. Avisada estás.

—¿Y os habéis aclarado ya en lo de tener hijos o no? —pregunta con toda la normalidad del mundo Anna. Rapunzel se pone un poco de los nervios, porque realmente hasta ese día, siempre había evitado esa conversación, no se hubiera imaginado nunca que entre el grupo de amigos de su novia se lo tomaran con tanta facilidad.

Mérida suelta un suspiro pesado mientras acomoda su alocado cabello. —Ambos estamos bastante seguros de que queremos tener hijos en algún momento, pero ahora mismo no. Y con respecto a cuántos tenemos claro que tres son el límite, si en verdad tengo tantas posibilidades de tener gemelos o trillizos la verdad es que no me la quiero jugar.

Hiccup dibuja una mueca en el rostro cuando Elsa se le escapa para acercarse a Mérida. —Mira tú por donde —la escucha reírse mientras ella se cuelga del cuello de la escocesa—. ¿No eras tú la que decía que solo salía con tías para nunca tener hijos?

—Chica, eso fue cuando estábamos en el instituto. En esa época tú jurabas que jamás te pondrías en una relación seria con ningún hombre —le recuerda entre risas, quitándosela de encima—. Y estabas coladita por Dolores, de esto también me acuerdo.

—Deja de recordarme lo de Dolores, por el amor a Dios —reniega con una voz infantil, zarandeando un poco a su amiga—. Menudo lío nos montamos los cuatro.

—¿Los cuatro? —repiten Hiccup y Rapunzel casi al mismo tiempo.

Antes de que Elsa pudiera explicarse, Anna consigue la atención de esos dos. —A ver, tampoco era tan complicado. Primero, Dolores es la prima de Isabela, Luisa y Mirabel, y tiene la edad de Isabela. Mariano es un chico que no conocéis pero que ellas conocen de toda la vida porque los Guzmán y los Madrigal se conocen de toda la vida. Elsa conoce a Dolores y se queda prendada por unlargotiempo por ella —Hiccup y Rapunzel escuchan las quejas de Elsa, pero nadie hace nada por detener a Anna—. Pero Dolores llevaba toda la vida enamorada de Mariano, quien a su vez estaba perdido por Isabela. Cuando Elsa se le confiesa a Dolores ella le rechaza con toda la amabilidad y le suelta una de las mayores perlitas de la historia.

—¿Por qué te lo conté? —se lamenta Elsa, aún apoyada en Mérida.

—Básicamente le dice que lo siente, que no le van las chicas,peroque tiene una prima muy guapa y encantadora.

Rapunzel suelta una risilla al adivinar por dónde van las cosas, pero Hiccup en verdad no está del todo contento.

—Irónicamente es Isabela quien se termina enamorando. Así que por un largo tiempo, Elsa estuvo enamorada de Dolores, Dolores estaba enamorada de Mariano, Mariano estaba enamorado de Isabela, e Isabela estaba enamorada de Elsa. ¡Pero todo salió bien! Bueno, puede que para Isabela no tanto, pero el resto quedó más que contento.

—Hablando de Isabela —luego de mirar la leve molestia en Hiccup, Rapunzel se apresura en cambiar de tema—. ¿Dónde están esas tres? ¿Por qué nos estás llevando tú, Mérida?

—Porque suelo venir de vez en cuando a charlar con Bruno, Mirabel y yo le ayudamos de vez en cuando a atender mejor algunas cosas que ve —responde aquello con tanta simpleza, con tanta normalidad, que las parejas de las hermanas Queens no pueden evitar mirarse de reojo por unos segundos para luego cuestionar a sus novias silenciosamente, ninguna de ellas parece estar dándole importancia alguna a las palabras de Mérida, seguramente porque ya están acostumbradas por completo—. Isabela nunca tiene nada que ver con estas cosas, Luisa justamente a estas horas está entrenando, y Mirabel nos espera en la habitación de Bruno, así que os guío yo.

—¿En verdad crees en todas estas cosas? —Rapunzel es la que tiene que darle un leve codazo a Hiccup cuando él se atreve a preguntar eso, pero la verdad es que Mérida no se ofendida.

Se hunde en hombros y les regala una sonrisa. —Pues tengo mis motivos para hacerlo. No tengo por qué explicaros nada a vosotros, bastante tengo con ese científico loco en casa para tener que lidiar con más gente.

No comentan nada más, porque en ese momento terminan su caminata y tras unos segundos desde que Mérida llamó a una puerta, Mirabel los recibe con una inmensa sonrisa emocionada y los guía dentro de una habitación iluminada por una leve luz verde. No llegan a ver ventanas por ningún lado, la puerta se cierra tan bruscamente detrás de ellos que Rapunzel no puede evitar pegar un leve brinco mientras Hiccup no puede evitar pensar que aquella habitación parecía una macabra combinación entre las habitaciones de la zona roja de su casino y las habitaciones en el sótano de su mansión.

Como la ve muy alterada, decide soltar otro comentario burlesco para aliviar el ambiente. —Por cierto, ¿esta tontería cuánto nos va a costar?

—Nada —responde de inmediato Mirabel, sin voltearse a verle mientras se hacía un lado para separar las translucidas cortinas de colorines que se encontraban en medio de su camino—. El tío Bruno solo cobra por los típicos rituales esos para abrir tu tercer ojo, o para mejorar tu chacra o esas tonterías.

—Ah, ¿esa es la parte que es una estafa? —el cuestiona con sorna, solo sigue caminando porque Elsa tira de él y cierra la boca en cuanto le dice que se comporte.

Mirabel se hunde hombros. —El tío Bruno dice que todos merecen conocer su futuro, que todo el mundo merece tener la oportunidad de prepararse para lo que se le viene.

—Y la verdad es que no sé cómo hacer el resto de las cosas que se esperan de un vidente.

Rapunzel pega un chillido y un salto enorme cuando se les aparece de momento a otro la encorvada y nerviosa figura de Bruno Madrigal. Tal vez es por la molesta luz, pero sus ojos parecen brillar de un intenso tono verde incluso cuando aquella capucha ensombrece todo su rostro. Tiene ratas correteando por sus pies y escalando su cuerpo, pero aún así es tremendamente sigiloso y al moverse aquellas alimañas se adaptan perfectamente a sus pasos.

Hiccup le sigue con la mirada hasta que siente los aterrados ojos de Rapunzel sobre él. Parece que la pobre intenta ser disimulada, pero en verdad llegan a estar un buen rato preguntándole si deberían estar allí.

—Rapunzel Corona e Hiccup Haddock —Bruno los nombra mientras se acomoda con toda la calma del mundo en uno de los enormes cojines que había en el suelo—. Lo cierto es que había visto vuestras siluetas hace tiempo, pero es bueno finalmente poneros un rostro. ¿Quién de los dos quiere empezar?

—¿No debería usted saber eso ya? —pregunta Hiccup con una sonrisa ladina, cruzándose de brazos y rodando los ojos cuando Elsa le da un manotazo leve en el brazo.

Bruno suelta una risilla nerviosa antes de fijarse en Rapunzel. —Tomaré eso como que lo mejor sería que tú vayas primero.

El hombre extiende su morena mano hacia Rapunzel, quien es animada y reconfortada por Anna para aceptar el gesto. La rubia, con ayuda de Bruno Madrigal, se sienta en el cojín que queda libre y se remueve algo incómoda al darse cuenta de que aparentemente aquel hombre necesitaba mantener el agarre. Se inclina sobre las palmas de ella y empieza a murmurar algunas cosas por lo bajo.

—Si es una lectura de manos, ¿no necesitaría mejor iluminación? —pregunta con nerviosismo, alzando la mirada hacia el verde foco que estaba encima de ellos. Bruno la suelta de momento a otro para arrojar algo que parecía sal tras su espalda y prender una cerilla raspándola contra el suelo.

Hace arder un gran cumulo de hojas resecas que había en el suelo, luego se dirige a unas pocas que reposaban sobre cuatro montículos de arena, y también las hace arder.

Hiccup se inclina un poco hacia Elsa. —¿Entonces es el humo totalmente no alucinógeno lo que hace tener esas visiones?

—Hiccup Haddock, si sigues con tus tonterías Mirabel no nos va a invitar a comer, y si yo me pierdo la comida de Julieta Madrigal, tú pierdes tus privilegios de meterte en mi cama... y al gato.

—¿Puedes dejar al gato por una vez en tu vida?

—No, es mi niño y ya te he dicho que en caso de divorcio me lo quedo yo.

No se responden nada más, porque la voz de Bruno resuena por encima de cualquier otra cosa.

—Ah, que madre más cruel te eligió —es lo primero que le dice a Rapunzel—. He visto muchos padres y madres desalmados, pero esta es sin duda la peor...

—Directo a los problemas con mamá, a este punto creo que se me nota en la cara —Rapunzel bromea para aliviar los nervios, le pone un poco incómoda que las palabras de ese hombre se parecieran tanto a las que alguna vez pronunció su psicóloga.

Mirabel, por su parte, va explicándole a Hiccup. —El tío Bruno ve un poco de todo, pasado, presente y futuro, realmente no es necesario que te cuente de tu pasado, pero le gusta tener un poco de contexto para interpretar mejor sus visiones.

—Pobre muchacha —su lenta voz sigue poniéndose por encima de cualquier otra—. Expuesta por una madre que quería controlarte, encarcelada por un padre que quería protegerte, marcada por un solo nombre.

—¿Suele ser tan... críptico? —Hiccup realmente intenta ser lo menos ofensivo posible. Lo ha hecho bien, porque Mirabel solo asiente.

Rapunzel por su lado, empieza a realmente creerse el tema del don de Bruno Madrigal.

—Comprendo que quieras guardar tus secretos, niña. Estás condenada a que todo quien conozca la verdad solo pueda sentir una cosa por ti.

Mérida y Mirabel se miran entre ellas confundidas al ver las lágrimas que empiezan a salir de los ojos de Bruno, no recuerdan que algo así hubiera pasado hasta ahora.

—Pena, por ti solo se puede sentir pena.

Rapunzel no contiene ni el miedo ni la ira al saber de qué estaba hablando. —Oiga váyase a la... —se corta a sí misma cuando al tirar para soltarse del agarre de Bruno Madrigal, este responde apretando más sus manos, acercándola con una firme expresión de preocupación.

—Hay dos hombres que te buscan en este momento —le dice bruscamente, haciendo que las ganas de llorar pellizcaran sus ojos—. Ya los conoces, uno de ellos solo quiere tu amistad, el otro te quiere lastimar. Pero no te preocupes —le dice con más calma, logrando que Rapunzel se confunda lo suficiente como para que deje de tirar del agarre—, no te preocupes, tu presente y futuro está rodeados de peligro, pero es un peligro que no te alcanza, un peligro que no llega a ti. Hay alguien que te quiere lastimar, hay que alguien que te quiere cuidar, no te confíes demasiado, ambos están cubiertos de sangre, ambos vienen de las sombras y succionan toda la felicidad, pero por lo menos uno de ellos te quiere cuidar. Ya sabes por qué, ¿verdad?

Rapunzel aprieta con fuerza los labios mientras intenta calmar su respiración, ante su silencio, Bruno Madrigal responde.

—Porque te tiene pena.

—¿Vale ya con la pena no? Me ha quedado claro —le suelta bruscamente, resoplando y deseando con todas sus fuerzas que nadie notara lo mucho que todas esas palabras le afectan, deseando con todas sus fuerzas que nadie luego le hiciera preguntas.

Mérida, Elsa y Mirabel tienen claro que no preguntarán, porque no son lo suficientemente cercanas como para meterse de esa forma en su vida.

Anna duda si preguntar o no, porque todas esas palabras le recuerdan amargamente a lo ocurrido con el historial de su novia, con los secretos que su abuelo había destapado parcialmente, no quiere volver a verla así, tan asustada, tan dolida por el pasado.

Hiccup no necesita preguntar, ya tiene buena parte de todas las respuestas.

—Te veo... cubierta de la sangre de quien te adora —le dice repentinamente, provocando que todos en la sala se sientan incómodos—. Te veo asfixiada por el peso de la verdad, te veo al borde de un precipicio al que otros te han empujado... pero te veo a salvo, Rapunzel Corona, te veo borrando ese nombre de tu piel finalmente, te veo liberándote de todos esos temores... pero tendrás que enfrentarlos una vez más.

Cuando al fin la suelta, Rapunzel no pierde ni un solo segundo. Se levanta de un salto y se aparta del grupo al lado de las coloridas cortinas para salir cuanto antes de aquella maldita habitación. Anna grita su nombre mientras corre detrás de ella mientras Mérida intenta entender qué estaba ocurriendo y Mirabel se muere de vergüenza.

—Tío Bruno, ¿qué demonios ha sido eso? —le pregunta con algo de brusquedad—. Jamás había sido... —se voltea rápidamente hacia Hiccup—. Nunca antes había sido algo como esto... yo no... nosotras no... no quería...

Hiccup se hunde de hombros antes de encaminarse hacia el cojín. —A mí no me importa, cualquier cosa deberías disculparte con Rapunzel si lo ves necesario —le entrega con indiferencia sus manos a Bruno Madrigal—. Esto en verdad se ha puesto más divertido para mí.

Apenas ha rozado sus dedos para cuando el hombre ladea la cabeza y la sacude con pena. —Tú tampoco tienes los mejores padres del mundo.

—Qué directo, ¿no quiere contenerse un poco luego de ese espectáculo?

Bruno niega con la cabeza. —No, no, yo cuento la verdad, cuento lo que veo, no me culpes por las cosas desagradables que ocurren o que ocurrirán.

—De acuerdo, dígame, ¿qué cosas desagradables ve en mí?

El hombre no pierde ni un solo segundo. —Una madre que te pone por debajo de su negocio, un padre que te pone por debajo de su esposa. Una vida entera de ser el segundo para todos, has anhelado tanto ser el primero para alguien que ahora no te basta con eso, necesitas ser el único, ¿cómo estar seguro de que te aman si no eres el único en la vida de quién amas?

Hiccup suelta una risilla. —Pero bueno, esto era una sesión de ocultismo, a mí nadie me dijo que me iba a psicoanalizar. ¿Qué es lo siguiente? ¿Me va a diagnosticar con síndrome de Edipo?

—Tienes que aprender a dejar ir, tienes que aprender a soltar, a dar libertad, el fuego se lo llevará todo si no lo haces.

Eso sí que logra sorprenderlo, no mucho, la verdad, pero logra que no se le ocurra algún chiste.

—¿El fuego? —repite alzando una ceja.

Bruno asiente. —Las llamas, las llamas de una ira y un rencor que tú creaste... se lo llevarán todo si no aprendes a soltar, Hiccup Haddock. El veneno de tus colmillos pudrirán todo cuanto amaste si no aprendes a dejar ir.

Se remueve incómodo.El veneno de sus colmillos, las serpientes tatuadas en su cuerpo, esas serpientes que representaban a su familia y sus negocios, arden un poco por el temor de que aquel charlatán supiera más de lo debido.

—¿Qué pasa? —le pregunta con una sonrisa enorme y burlona—. ¿No hay más comentarios sarcásticos?

—Me estaría repitiendo, ¿tiene algo además de una sesión de terapia no pedida?

—Vas a perder a tus dos hijos.

Hiccup se carcajea. —Yo no tengo hijos.

—Vas a perder a tus dos hijos —le repite, con más firmeza—. Y va a ser tu culpa.

—Qué amable que es usted, señor Madrigal, me conmueve tanto que voy a tener que insistirle para que me deje pagarle por sus servicios.

—Vas a perder aquellos que odias —eso no sonaba mal del todo— y a aquellos que amas —debió verse venir eso—. Y va a ser tu culpa.

—Oiga, ¿hay algo que no sea mi culpa?

—No —le responde con simpleza—. Todo lo que te pase, Hiccup Haddock, todo lo malo que veo en tu futuro, es culpa tuya. Te he dicho que aprendas a dejar ir, pero veo que no me harás caso, ni cuando el mundo te lo grite en la cara, ni cuando la vida te dé una segunda oportunidad. No vas a aprender de tus errores.

Hiccup rueda los ojos. —Venga, dígame aunque sea una cosa buena, va a lograr que me deprima.

Le molesta un poco que ese sujeto realmente tenga que concentrarse y pensar un largo rato antes de decirle algo que en verdad no es del todo positivo. —Al menos vas a hacer feliz por un tiempo, mientras todo se destruye a tu alrededor, vas a estar tan cegado por el placer momentáneo que ni lo notarás.

—Deje que le dé un consejo —le dice con gracia mientras se suelta de su agarre sin problema, da por hecho que Bruno Madrigal no tiene nada más que decirle—. Cuando la gente le pide que le diga algo bueno, quieren que les diga que se van a ganar la lotería o algo del estilo.

—Yo no veo esas cosas.

Hiccup rueda los ojos con una sonrisa en el rostro mientras se levanta. —Pues menudo vidente de pacotilla.


Mirabel se desploma bruscamente contra el hombro de Mérida luego de terminar la llamada que había tenido con Anna y Rapunzel. —Jo, me siento fatal.

—Ya te digo —murmura Mérida—, hoy ha estado rarísimo. ¿Le habías visto llorar alguna vez?

—¡No mientras veía el futuro de alguien!

Elsa dibuja una mueca en su rostro. —Oye, pero Rapunzel está bien, ¿verdad? Le han sentado fatal las cosas que le ha dicho, lo peor es que parece que estaba entendiendo a la perfección a que se refería.

—Ha dicho que lo siente por irse así, pero que prefería no hablar del tema en lo absoluto, así que cuando nos volvamos a juntar ni palabra del tema —luego de que sus amigas asientan con firmeza, Mirabel se inclina para ver mejor a Hiccup—. ¿Y tú... cómo lo llevas?

No puede evitar soltar unas risas. —Mirabel, con todo el respeto del mundo, me parece que tú tío solo sabe soltar gilipolleces.

Elsa parece querer regañarlo, pero la menor de las hermanas Madrigal la detiene. —Bueno, cada uno puede decidir si creer o no en lo que tío Bruno les dice. De todas formas me quería disculpar, no suele ser tan... brusco con la gente que viene a ver su futuro. No sé por qué ha comportado así con los dos.

—Tampoco es mentir por convivir —suelta entre risas Mérida, girándose para ver a Hiccup—. Creo que ha sido especialmente cruel contigo para enseñarte algo de modales.

—Voy a hacer honesto y a decir que yo pretendía comportarme, pero me pareció bastante desagradable que retuviera a Rapunzel a pesar de que era claro que quería irse.

—Eso es cierto —acepta de inmediato Mérida—. No entiendo por qué ha insistido con que se quede, nunca obliga a nadie a que escuche todas sus visiones.

—Lo sé, por eso me siento fatal, no entiendo por qué se ha puesto así con Rapunzel —Mirabel suspira pesadamente—. Me siento fatal, hasta ahora todas las sesiones que gente del grupo había tenido con el tío Bruno habían sido más bien positivas y divertidas, de verdad que no lo hubiera propuesto si me hubiera imaginado que iba a ponerse así la situación.

Hiccup frunce un poco el ceño. —¿Divertidas? ¿A vosotras qué os dijo?

—A mí me dijo que veía calma y éxito en mi vida —responde Mérida hundiéndose de hombros—. Que estuviera preparada para cuando mi vida diera un giro inesperado y que lo alterara todo, que me veía sola si no me mentalizaba para cambios abruptos.

—No recuerdo mucho de lo que me dijo a mí —confiesa Elsa—. Sé que habló de un futuro asegurado, lo que creo que es fácil de adivinar sabiendo de qué familia vengo. Pero me recuerdo perfectamente que me dijo que debía tener cuidado con un hombre mayor que se presentaría como mi salvador, que tenía que desconfiar para que no usara a su antojo.

—¿Y hasta ahora te has topado con ese sujeto misterioso? —le pregunta con gracia, a lo que Elsa solo se hunde en hombros, restándole importancia.

—Tal vez y ya me he escapado de él, ¿quién sabe?

Mérida entonces da una palmada mientras detiene bruscamente su andar. —¡Espera! ¡Que me acabo de acordar de otra cosa que te dijo!

Elsa frunce el ceño, confundida. —¿Otra cosa? Estoy segura de que no me dijo nada más.

—No, no, te has olvidado de algo importante —asegura con una de esas sonrisas maliciosas—. Te lo dijo casi al final, ¿no te acuerdas? Que comentó que para él había sido una visión muy repentina —Elsa niega con la cabeza, Mérida resopla antes de volver a mostrar esa sonrisa juguetona—. Te dijo que tendrías dos hijos.