Un par de horas después, Sesshomaru seguía sumido en sus pensamientos cuando sintió nuevamente la presencia de Inuyasha cerca. Esta vez no entró abruptamente; simplemente se quedó apoyado contra el marco de la puerta, observándolo con una expresión extrañamente seria.

—Sesshomaru —dijo después de un momento—. ¿Puedo darte un consejo?

Sesshomaru levantó una ceja ante la inusual actitud de su hermano, pero no respondió, permitiéndole continuar.

—No estires demasiado la cuerda con Kagome —advirtió Inuyasha con tono grave—. Si sigues presionándola así… podrías perderla para siempre.

Los ojos dorados de Sesshomaru se estrecharon peligrosamente ante esas palabras.

—¿Qué estás insinuando? —preguntó en un tono bajo.

Inuyasha dio un paso adelante y lo miró directamente a los ojos.

—Ella no es como nosotros, Sesshomaru. Es humana…. Tiene emociones diferentes, necesidades diferentes. Si sigues tratando de controlarla como si fuera solo una posesión tuya… podrías hacer que te odie.

La palabra "odiar" resonó en la mente de Sesshomaru como un eco ensordecedor. La idea de que Kagome pudiera llegar a odiarlo era insoportable. Pero al mismo tiempo… ¿cómo podía permitirle tanta libertad cuando sabía que otros hombres como Bankotsu estaban al acecho?

—Ella es mía —espetó finalmente Sesshomaru, su voz fría como el hielo—. Y haré lo necesario para protegerla… incluso si eso significa protegerla de sí misma.

Inuyasha suspiró y negó con la cabeza antes de girarse para marcharse nuevamente.

—Solo piénsalo —dijo antes de cerrar la puerta tras él.

Sesshomaru permaneció inmóvil durante varios minutos después de que su hermano se fue. Las palabras de Inuyasha seguían rondando en su mente, pero no lograba encontrar una respuesta clara para ellas. Lo único que sabía con certeza era esto Kagome le pertenecía. Y haría cualquier cosa para asegurarse de que nunca lo olvidara.

El sol de la mañana se filtraba tímidamente a través de las cortinas de la habitación, pintando tenues pinceladas doradas sobre las paredes. Kagome se despertó con una sensación de pesadez en el pecho. La noche anterior había sido un torbellino de emociones: la furia de Sesshomaru, el encierro, la humillación. Ahora, el hambre comenzaba a roerle el estómago.

Con cautela, se levantó de la cama y se acercó a la puerta. Necesitaba salir de allí, aunque solo fuera para buscar algo de comer. Tal vez, si hablaba con algún sirviente, podrían convencer a Sesshomaru de que la liberara.

Extendió la mano y giró el pomo. Nada. Volvió a intentarlo, con más fuerza, pero la puerta permaneció inmóvil. Estaba cerrada con llave. La frustración comenzó a crecer en su interior. ¿De verdad Sesshomaru la iba a mantener prisionera?

Con un suspiro, se resignó a su suerte. Al menos, intentaría conseguir algo de comer. Se acercó a la puerta y comenzó a golpear suavemente, esperando que alguien la escuchara.

Mientras golpeaba, no se percató del leve crujido que provenía de la pared a su izquierda. Una puerta, oculta a la vista, comenzaba a abrirse lentamente, revelando una oscuridad amenazante.

De repente, una mano la agarró del brazo, tirándola hacia atrás con brusquedad. Kagome gritó, sorprendida, y se giró para encontrarse con el rostro sombrío de Sesshomaru. Sus ojos dorados brillaban con una intensidad aterradora.

—¿A dónde crees que ibas? — siseó Sesshomaru, su voz cargada de furia.

— Solo quería algo de comer— Kagome intentó zafarse de su agarre, pero era inútil. La fuerza de Sesshomaru era abrumadora — Tengo hambre— respondió, con la voz temblorosa.

—¿Hambre? — repitió Sesshomaru, con una sonrisa cruel. — ¿O quizás estabas planeando escapar? ¿Acaso crees que puedes engañarme?

—No estaba escapando — insistió Kagome, sintiendo el miedo apoderarse de ella — Te lo juro. Solo quería ir a la cocina.

—Mientes — respondió Sesshomaru, apretando su agarre. — Te he dado todo lo que has querido, y así es como me lo agradeces. Intentando huir como una cobarde.

— Eso no es cierto — replicó Kagome, con lágrimas en los ojos.

La acorraló contra la pared, impidiéndole escapar. Su rostro estaba a solo unos centímetros del suyo, y Kagome podía sentir su aliento frío sobre su piel. Sin embargo el la soltó, dejándola temblar contra la pared. Sus palabras resonaban en la habitación, frías y crueles, como el filo de una espada. Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y salió, cerrando la puerta oculta tras de sí.

Kagome camino hacia su cama; sin embargo, se deslizo hacia el suelo, recargo su espalda en la cama, con la mirada fija la ciudad, se sentía como un pajarito enjaulado, sola.

—¿Por qué? — se preguntó Kagome, una y otra vez, mientras las lágrimas inundaban su rostro. ¿Por qué Sesshomaru la trataba así? ¿Qué había hecho para merecer su desconfianza y su furia?

Recordó la noche anterior, la acusación injusta, el encierro. Revivió cada palabra hiriente, cada mirada fría, cada gesto de desprecio. El dolor era insoportable, como si le hubieran arrancado el corazón del pecho.

— No soy una prisionera — murmuró Kagome, con la voz rota por el llanto. — No soy un objeto que puedas encerrar y controlar.

Pero las palabras sonaban vacías, sin fuerza. La realidad era que estaba atrapada, tanto física como emocionalmente. Dependía de Sesshomaru para su seguridad, para su sustento, para todo. Y ahora, él la había abandonado, dejándola sola con su dolor y su desesperación.

Las horas pasaron lentamente, marcadas por el flujo constante de sus lágrimas. La luz del sol se movió a través de la habitación, pintando sombras largas y tristes sobre las paredes. Kagome permaneció en el suelo, inmóvil, incapaz de levantarse, viendo únicamente como transcurría el tiempo.

Alguien llamó a la puerta. Kagome no respondió. No tenía fuerzas para hablar, ni para enfrentarse a nadie. La puerta se abrió lentamente, revelando a una sirvienta con una bandeja de comida.

—Señorita Kagome — dijo la sirvienta, con voz suave. —Lord Sesshomaru ha ordenado que le traiga el desayuno.

— No tengo hambre — murmuro Kagome mientras negaba con la cabeza, sin levantar la vista del suelo.

—Pero, Lady Kagome... — insistió la sirvienta, preocupada. —Debe comer algo. Estará débil.

—No quiero nada — repitió Kagome, con más firmeza — Por favor, déjame sola.

La sirvienta dudó por un momento, luego dejó la bandeja sobre una mesa cercana y se retiró en silencio. Kagome no la vio irse. Estaba absorta en su propio dolor, en su propia tristeza.

La comida permaneció intacta sobre la mesa. El aroma, que normalmente le habría abierto el apetito, ahora le resultaba nauseabundo. No podía soportar la idea de tragar nada, de siquiera intentar fingir que todo estaba bien.

— No comeré — se dijo Kagome, con una determinación silenciosa. No le daría a Sesshomaru la satisfacción de verla doblegarse ante su voluntad. Se negaría a ser su prisionera, aunque eso significara morir de hambre.

Cerró los ojos y se acurrucó sobre sí misma, buscando un poco de consuelo en la oscuridad. Las lágrimas seguían brotando, pero ahora eran más silenciosas, más resignadas. Había perdido la esperanza. Se sentía sola, abandonada y completamente rota. Y en ese momento, no veía ninguna salida a su sufrimiento.

Horas más tarde, Kagome ya se había dado un baño y traía puesta una de las pijamas que estaban en su habitación; este era un corto vestido blanco de seda con pequeñas cerezas esparcidas por toda este y un hermoso moño que acentuaba su busco, cepillo su largo cabello y de reojo observo la nueva bandeja que la sirvienta había cambiado.

Fruta, trozos de chocolate, un poco de yogurt con granola y miel, junto con una taza de te caliente, que aun humeaba. Pero Kagome se negó a probar bocado. Su estómago rugía en protesta, pero su orgullo era más fuerte. No le daría a Sesshomaru la satisfacción de verla ceder, no después de todo lo que había pasado.

El sonido seco de la puerta abriéndose interrumpió sus pensamientos. Kagome se tensó al instante, fingiendo estar dormida. Pero lo sintió. Esa presencia imponente, ese aire gélido que parecía llenar cada rincón de la habitación. Sesshomaru estaba allí.

— Kagome — dijo Sesshomaru, con una voz que era un susurro peligroso.

Ella no respondió.

Sesshomaru se acercó a ella, con pasos lentos y deliberados. Se agachó y la tomó por el brazo, obligándola a levantarse. Kagome se resistió, pero su fuerza era insignificante comparada con la de él.

—Te he hablado —dijo con un tono que no admitía réplica.

Kagome intentó zafarse, pero era como tratar de mover una montaña. Su fuerza no era nada comparada con la de él.

—Estaba dormida —mintió, evitando mirarlo a los ojos.

Sesshomaru arqueó una ceja, claramente divertido por su intento de engañarlo.

—Puedo sentir los latidos acelerados de tu corazón desde cualquier parte de este edificio —respondió con una calma inquietante.

Kagome abrió los ojos de golpe, sorprendida y avergonzada. Su rostro se tiñó de un rojo intenso al darse cuenta de su posición: los tirantes de su pijama apenas cubrían sus hombros, dejando su piel expuesta bajo la luz tenue de la habitación. Pero su vergüenza pronto fue reemplazada por una chispa de desafío.

—No quiero hablar contigo —espetó, alzando la barbilla con valentía.

Sesshomaru no respondió de inmediato. En cambio, su agarre se volvió más firme mientras la empujaba suavemente contra la cabecera de la cama. Un pequeño gemido escapó de los labios de Kagome al sentir la presión de su cuerpo contra el suyo.

—No te muevas —ordenó con una voz baja y peligrosa.

Kagome luchó con todas sus fuerzas, pataleando y empujándolo, pero era como intentar derribar una pared de hierro. Sesshomaru la sujetó con una mano mientras que con la otra le tomó el rostro, obligándola a mirarlo directamente.

Sus ojos dorados brillaban intensamente, como si un fuego interno los alimentara. Kagome sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Nunca lo había visto así: tan furioso, tan implacable… tan cerca.

—¿Crees que puedes desafiarme? —siseó Sesshomaru, acercándose aún más a ella. Su aliento cálido rozó su piel y envió una descarga eléctrica por todo su cuerpo—. ¿Crees que puedes ignorarme sin enfrentar las consecuencias?

Kagome intentó apartar la mirada, pero él no se lo permitió. La mantenía cautiva bajo su intensa mirada, como si pudiera leer cada uno de sus pensamientos más profundos.

—Soy tu amo —continuó él, con una voz tan fría como el acero—. Y tú obedecerás mis órdenes.

El corazón de Kagome latía desbocado, pero no era solo por miedo. Había algo más en esa cercanía, algo que despertaba en ella un deseo incontrolable. La mezcla de emociones era abrumadora: confusión, rabia… y una atracción que no podía explicar ni entender.

De repente, Sesshomaru inclinó su rostro hacia el suyo y dejó entrever sus colmillos afilados. Kagome contuvo el aliento al verlos tan cerca, brillando bajo la tenue luz como dagas mortales. Sintió un terror paralizante… pero también algo más oscuro y prohibido: un deseo ardiente por sentirlos contra su piel.

Sesshomaru bajó lentamente hasta su cuello y deslizó su lengua sobre él, dejando un rastro ardiente a su paso. Kagome tembló bajo su toque, incapaz de decidir si quería apartarse o entregarse por completo. Cuando los colmillos rozaron delicadamente su piel, un jadeo escapó de sus labios. Era como si su cuerpo traicionara todos sus intentos por resistirse.

—¿Entiendes ahora? —susurró Sesshomaru contra su cuello, con una voz suave pero cargada de peligro—. ¿Entiendes que soy yo quien tiene el poder?

Kagome asintió débilmente, con lágrimas acumulándose en sus ojos. No podía hablar; las palabras se le atoraban en la garganta. El miedo seguía ahí, pero ahora estaba teñido con un anhelo que no podía controlar ni explicar.

Sesshomaru sonrió ligeramente al ver su reacción. Había ganado… pero no del todo. Había algo en esos ojos oscuros y desafiantes que lo intrigaba, que lo hacía querer más de ella. Más sumisión, más emociones… más Kagome.

—Buena chica —murmuró mientras retiraba sus colmillos y se apartaba ligeramente.

Sin embargo, no rompió el contacto visual. Sus ojos seguían fijos en los de ella, estudiándola con atención. Kagome sintió que estaba siendo desnudada bajo esa mirada intensa, como si Sesshomaru pudiera ver cada rincón de su alma.

Finalmente, él suspiró y se levantó.

—Descansa —ordenó con una voz más suave, casi como si le estuviera concediendo una tregua temporal.

Se dio media vuelta y salió de la habitación sin mirar atrás. La puerta se cerró tras él con un sonido seco que resonó en el silencio.

Kagome permaneció inmóvil sobre la cama, temblando como una hoja al viento. Su corazón seguía latiendo frenéticamente mientras intentaba procesar lo que acababa de suceder. El miedo seguía ahí… pero también algo más peligroso: un deseo incontrolable por ese hombre que ahora sabía que la poseía por completo.

Y lo peor de todo era que Sesshomaru también lo sabía.