Este capítulo se correspondería con «Primer Encuentro». Transcurre el Martes, 18 de enero de 2005.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
CAPÍTULO 4:
Amenazada – Threatened
—Te quedan veinte días —exclamó Gail Rouse, mientras yo todavía intentaba aplacar los espasmos de mis costillas tras haberme desternillado de risa. Pensaba preguntarle si ella había dibujado el diseño pero aquella frase me desconectó el cerebro de golpe y una ráfaga de adrenalina me recorrió por las venas como si fuera escarcha.
—Disculpa, ¿qué...? —murmuré, sin dar todavía crédito a lo que acaba de escuchar.
—Ayer viniste a Forks, ¿no? —Preguntó, aunque seguro que todo el pueblo supo de mi llegada en cuanto pisé la pista de aterrizaje de Port Angeles. Asentí la cabeza de manera renqueante—. Tres semanas es lo que tarda el organismo como mínimo en aclimatarse a un entorno distinto —explicó ella con una sonrisa discreta—. También es el período que se necesita para acostumbrarse a algo por el resto de la vida, por ejemplo, una dieta, una rutina de ejercicios, un huso horario… O, por otra parte, el tiempo necesario para coger un mal hábito, como fumar, beber alcohol o comer twinkies todos los días, por lo que es mucho más fácil abandonarlo antes de que pasen esas tres semanas.
«¿Qué significa eso?» No concluí si me estaba dando la bienvenida y ánimos para que lo superara; un ultimátum para que abandonara la ciudad o ambas simultáneamente.
—No creo que eso vaya a funcionar conmigo —reflexioné un poco taciturna.
—Cada uno se consuela como quiere —comentó en voz muy baja la chica chippewa, colgando su mochila del respaldo de la silla—. Sea lo que fuere, seremos compañeras de clase en esta asignatura durante el semestre.
Parecía mucho más cordial y relajada desde que me había reído, pero sus movimientos y su forma de mirarme resultaban ser un tanto desconcertantes, como si no encajasen del todo con su disposición y ésta fuera fingida.
Decidí poner mi granito de arena y recomenzar con buen pie esta vez:
—Será un placer —exclamé ofreciendo la mano que antes le había dejado descolgada.
Gail Rouse me devolvió el saludo con un suave apretón... del que tuve retirarme lo más rápido que pude antes de que me desollara la palma de los dedos. Di una sacudida y un gemido de dolor, con la sensación de haberle dado la mano a un trozo de piedra pómez.
«¡Santo cielo! ¡Qué ásperas!» Esperaba que tuviera las manos duras, porque se veían fuertes y robustas. Quizás era tolerable incluso que me estrujara la mano exageradamente como parte del saludo (la típica broma a la novata), pero tenía la piel tan curtida y seca que pensé que alguno de sus callos habría abierto una herida en la mía, demasiado fina.
Me examiné mi pálida epidermis varias veces por ambos lados ya que se me había quedado tan lívida e inerme de la impresión que parecía no circular la sangre.
—¡Oh, lo siento! —Gail Rouse abrió mucho sus ojos azules en una expresión a medias entre consternada y asustada—. Tengo las manos hechas un desastre después de todo el fin de semana jugando con la nieve —se disculpó hundiéndose levemente de hombros y rebuscando rápidamente en su mochila.
—Si no hay sangre, no hay culpa —rebatí levantando la mano, que por fortuna estaba ilesa, para mostrarle que no me había pasado nada grave. Fue en ese preciso momento cuando me percaté de qué es lo que resultaba extraño en sus movimientos.
No me daba la espalda en ningún momento. Ni tampoco interrumpía el contacto visual conmigo. Estaba vigilándome y siendo extremadamente cauta. Había dado un paso atrás por el pasillo para poder coger un neceser del fondo de su bolsa de estudiante, pero lo había hecho sin apenas girar la cabeza, como cuando tomó la manzana durante el almuerzo de su bandeja.
Comprobé mi teoría cuando di dos pasos hacia el asiento libre de la izquierda para dejar mis bártulos encima del tablero, el rostro cordial (y el cuerpo) de Gail Rouse viraron como una veleta al viento al mismo tiempo. Mantuve a propósito la escasa distancia que nos separaba la una de la otra, ya que parecía mantenerla tranquila.
«¡Vamos, Bella, piensa! ¿Algo que aligere el ambiente?» No entendía qué podía motivar su terror hacia mí, pero algo tenía que sacarme de la manga:
—¿Qué fue eso tan escandaloso que hizo el tal Jamie…? ¿Jeremy…?
Soy de lo peor con los nombres.
—Jerome Thibidaux —dijo Gail Rouse, frunciendo un poco los labios al ver que quería palique. Se lo pensó un solo segundo antes de continuar—. Se paseó en cueros por la carretera de La Push porque quería convertir la playa de los Quileute en un espacio para nudistas. Nadie se dio cuenta ya que llevaba un chubasquero semitransparente y creían que iba vestido con un chándal de color beige muy, muy arrugado, pero cuando dejó de llover… Intervino la policía de la reserva y el Jefe Swan tuvo varios problemas técnicos al esposarle y llevárselo arrestado —añadió con una sonrisa muy marrullera, mientras destapaba un diminuto tarro gris perla de crema.
—OK, mensaje captado. Quitaré de mi lista de malos hábitos el pasearme desnuda a la luz de la luna —exclamé haciendo rodar los ojos y encogiéndome de hombros de manera cómica.
—Bueno, si es de noche y nadie te ve… —ponderó de guasa Gail Rouse, siguiéndome la ridícula broma. Me miró de arriba abajo un instante y no pudo evitar soltar una risita, cuando empezó a aplicarse un mejunje de extraño color marrón caramelo en las manos.
Un aroma, dulce y amargo a la vez, captó de inmediato mi interés. Me recordó al desierto y a las lluvias tempestivas del monzón que iban acompañadas de la inigualable fragancia del petricor, el efluvio de la tierra, árida después de meses y meses de sol, al recibir gustosa las primeras gotas de agua.
«¿Ése es un olor que también olvidaré, aparte del sarcasmo?» En Forks el suelo jamás dejaba de estar del todo seco para que se produjera ese singular fenómeno. Desde que había llegado, el salitre del mar, la madera mojada podrida y el lodo estancado, habían saturado todos mis sentidos.
—¿Esa pomada lleva creosota? —apunté con el dedo al minúsculo frasco, quitándome el abatimiento con la súbita curiosidad.
La chica chippewa dio un respingo sorprendida.
—Sí, entre otras cosas, lleva su esencia —explicó reticente, frunciendo su ceño—. Conseguí algunos perfumes en una tienda de Seattle y experimenté un poco con ellos —Dejó el tarro abierto encima de la tarima negra y me lo pasó con la punta de los dedos, de un modo similar a cómo se daría de comer a un león en una jaula, para que lo viera—. Es un viejo remedio ojibwa para las heridas, quemaduras y contusiones que ha pasado de generación en generación. Sólo huele cuando te lo aplicas en la piel —aclaró cuando tomé el frasco gris y no percibí nada de su interior, a pesar de arrimármelo a la nariz.
—¿Puedo probarlo?
—Adelante —me ofreció—. Ponte muy poco, no sé si puede darte alergia —añadió de pronto, preocupada por esa eventualidad y con el rostro desconcertado por sus palabras.
El potingue se asemejaba al azúcar moreno mezclado con gelatina de color rojo, tenía una textura granulosa pero se derritió de inmediato cuando me lo apliqué entre los dedos índice y pulgar de mi mano izquierda.
«Al menos si se me hincha como una pelota de playa, podré seguir escribiendo», pensé en un derroche de humor macabro.
Lo olisqueé en un intento de identificar los aromas que me acudían a la memoria.
—Hhmm, también lleva aloe vera, ¿verdad?
—Sip, mejora bastante la cicatrización y es algo que mis tatarabuelas no pudieron tener.
—Y también hay unas notas acres de incienso y picantes de... ¿flor de hibisco?
—Ya, bueno... sí —musitó parcamente Gail Rouse, cruzándose los brazos extendidos sobre su abdomen, si me hubiera fijado más en ella habría notado que estaba disgustada, pero estaba tan abstraída con el perfume que parecía estar desvaneciéndose a cada latido que mi corazón caldeaba mi piel.
Una nueva capa de olor me recordó al barrio residencial de Phoenix en el que había vivido y a mi vecino, que tenía un invernadero con unas preciosas flores blancas con montones de radios azules que se llamaban...
—Passiflora cerulea —exclamé el nombre científico. Estuve particularmente orgullosa de aprendérmelo, pues una vez lo había buscado deliberadamente en una enciclopedia de flores ornamentales—. O también llamada flor de la...
Gail Rouse ya no pudo contenerse más y dando un paso adelante, cruzando la misteriosa distancia que nos separaba, levantó las manos y las agitó velozmente para que parara.
—¡Eh, Sabueso Swan! —me espetó, llevándose un dedo a los labios y haciendo la señal para pedirme silencio—. Es mi receta ultrasecreta, revela en voz alta un ingrediente más y, como dicen en vuestras películas yanquis de espías, tendré que matarte.
Aunque sus palabras podían parecer groseras y amenazantes, el tono tan caricaturesco y absurdo que empleó me dejó claro que sólo estaba hablando en broma. Su rostro pareció enrojecerse aún más bajo su piel cobriza y los músculos de sus mejillas pugnaban por contraerse trémulamente en una sonrisa inconsciente.
—Vale, ya paro.
No obstante el aroma del remedio ojibwa parecía haberse desvanecido de sopetón.
Hice un gesto de pellizcarme la comisura de los labios y cerrarlos como una cremallera, antes de tapar el frasco y hacer un amago de devolvérselo. Gail Rouse negó con la cabeza y lo rechazó de inmediato, pero sin moverse para alejarse de mí:
—Quédatelo, tengo más en casa —Al percibir mis reparos, añadió—. Considéralo un soborno para que mantengas la boca cerrada.
«¿Si es un chantaje... es algo así como un-regalo-a-no-devolver?» sonreí ante esa idea tan ridícula.
—Huele y funciona muy bien —la alabé un poco y sus ojos bailaron a mi alrededor con incomodidad. Sé que no debería de estar regocijándome de la manera en que parecía perturbarla, pero no salió corriendo espantada así que lo consideré un paso adelante.
—Mejorar la receta original no fue tan difícil —aclaró un poco la voz—. Antes apestaba mucho debido a la sangre podrida de caribú y era insoportable.
—¿Tiene sangre? —pregunté con un chiflido agudo más alto de lo que me convenía.
—No —subrayó Gail Rouse, mirándome fijamente con la intensidad de sus ojos azules, y arrugando el ceño—. Ése es el único ingrediente que ya no contiene.
Me estaba dejando muy claro que no siguiera intentando adivinar más componentes.
El profesor cruzó la puerta en ese momento y el bullicio de casi dos docenas de alumnos sentándose apresuradamente casi atenuó el sonido repiqueteante del timbre.
Miré una vez más, a mi futura compañera de clase, de forma furtiva mientras avanzaba por el pasillo para presentarme, parecía desconfiada al verle delante de la pizarra.
El señor Banner me firmó el comprobante y me entregó un libro, ahorrándose toda esa tontería de la presentación. Supe que íbamos a caernos bien. Por alguna razón estuvo muy reticente durante unos segundos, en los que miraba fijamente el final del aula, dónde estaba Gail Rouse. Si bien no le quedó otro remedio que mandarme a la única silla vacante del aula con un gesto huraño.
La sonrisa de la chica chippe... ojibwa, quiero decir, era bien amplia esta vez.
«¿Me pregunto...?» Mantuve la mirada fija en ella, mientras tomaba el otro pasillo de camino a sentarme a su lado, quería comprobar qué haría cuando tuviera que pasar por detrás suyo. «¿Giraría rápida su cabeza como los búhos o como la niña del Exorcista?»
No dio signos de alarma esta vez y siguió sonriendo mientras sacaba el libro, el estuche con los bolígrafos y un bloc, de su mochila.
Sea lo que sea lo que antes le había alterado daba la impresión de haberlo superado.
La buena suerte me abandonó inmisericorde, dejándome náufraga justo cuando tropecé con un libro que había en el suelo y al que (todo hay que decirlo) no le había prestado atención, porque mis ojos y mi mente no estaban donde debían. No pude aferrarme a tiempo del borde de la mesa que compartíamos Gail Rouse y yo, me precipité de cabeza a su rostro y cerré los ojos muy fuertemente antes de escuchar el chirrido de su silla.
Sentí el choque blando de mi cara y cómo nos derrumbábamos en una maraña de brazos y piernas intrincados (clavándonos los codos, las rodillas y otras partes de las que no quería ni pensar) al duro suelo del aula. A nuestra caída acompañó el repiqueteo de los bolígrafos, la mochila del caldo de reno y demás cosas suyas, cayendo en cascada sobre nosotras.
Me atreví a abrir los ojos cuando un coro de carcajadas estalló en el aula como una ola ensordecedora. Como no, iba a ser el hazmerreír del instituto los próximos dieciocho meses después de semejante batacazo. Tenía medio rostro apoyado en el duro abdomen de la chica ojibwa y el pie con el que había tropezado se me había quedado trabado con una pata de la silla derribada y la mesa, mientras que su rodilla flexionada me estaba haciendo paté los higadillos.
Seguramente me iban a salir media docena de moretones.
—¡Maldita sea! —murmuró Gail Rouse, cuando intentó incorporarse, pero mi peso se lo impidió. Después añadió más risueña—. Tú sí que sabes atacar cuando alguien está desprevenido, Bella.
Se unió al bullicio de la clase con una risita que pude sentir vibrando en sus tripas, para mi desconcierto me miró con una expresión suspicaz pero indudablemente jocosa.
—¡Basta ya! —bramó la voz del profesor Banner, callando a la clase—. ¡Abigail Rouse, Isabella Swan, recoged todo vuestro estropicio y dejad de hacer el ganso de una vez!
—Lo siento, lo siento, lo siento —farfullé muy bajito, una y otra vez en bucle, mientras empezamos a desenredarnos la una a la otra.
—No te preocupes —dijo Gail cuando pudimos medio incorporarnos acuclilladas—. Errare humanum est.
Reconocí el aforismo a pesar de no haber estudiado latín en mi vida, debía de haberlo leído en alguno de mis libros, pero no pude reírme porque el profesor comenzó a dar la clase. Sólo había visto a gente utilizar latinismos en las películas de abogados y jueces, los adolescentes normalmente no iban hablando como los viejos filósofos de Roma.
—Debería de bordármelo en una colcha —susurré tomando del suelo una regla de medir y un bote de plástico con una tinta negra como la noche que había volcado un poco de su contenido. Eso me llamó la atención... ¿Quién escribe hoy en día de esa manera? Varios de los papeles tenían dibujos al carboncillo (bocetos de criaturas imaginarias, como plantas con tres piernas e insectos con demasiadas alas, que se parecían a las típicas láminas que se podían ver en los mamotretos antiguos de taxonomía), pero otros habían sido perfilados los bordes con esa tinta espesa y estaban mucho más terminados.
Me entretuve un poco viéndolos por encima antes de depositarlos a la mesa de trabajo.
No debí hacerlo.
El percance habría quedado en poco más que una anécdota más que añadir acerca de mi legendaria torpeza. Pero entonces todo se trastocó tan repentinamente como cuando un golpe de viento trae una tormenta al desierto para descargar un torrente letal.
Justo cuando iba a coger uno de los papeles que se había deslizado de una carpeta de color beige para darle la vuelta y darle una ojeada, la mano de Gail Rouse se proyectó vertiginosamente a por él y lo aplastó firmemente contra el suelo.
Me quedé paralizada al verla.
De repente, su cuerpo cambió, ya no era una adolescente que se encontraba agachada en cuclillas para trasegar en el suelo, sino que su postura era tan tensa y feroz como la de un puma a punto de acometer a su presa y desgarrarle el cuello. Ella me estaba mirando con sus ojos azul cielo de Phoenix llenos de desquiciante animadversión. La hostilidad que destilaba su rostro iba más allá de cualquier cosa que hubiera conocido, las fuertes emociones que la dominaron contorsionaban su rostro en una mueca contraída, con los níveos dientes prietos y los labios curvados hacia atrás como una clara amenaza.
Era salvaje y devastador.
De pronto supe qué le había acaecido al pobre Santa Claus del dibujo de antes.
Allí, tras la mesa haciendo de parapeto de las miradas de los alumnos y el profesor, tuve la horrible idea de que podría desaparecer de pronto y para siempre.
Sólo duró un segundo, porque de inmediato la expresión de Gail Rouse se sosegó al darse cuenta de lo que acababa de suceder. Pero, durante ese breve lapso de tiempo, tuve la sensación de haberle visto su alma desnuda al completo, como en el libro "El retrato de Dorian Gray", y que ésta se había quedado a su vez estampada en mi retina cual lienzo en blanco.
Continuará…
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Incienso: Esta planta (nombre científico Encelia farinosa) se le llama así porque antiguamente se utilizaban sus tallos secos como incienso. Es muy común en Arizona.
Creosota: Esta planta (cuyo nombre científico es Larrea tridentata) es traducida al castellano como "gobernadora" en el libro The Host. He mantenido la denominación que emplea Bella en los libros de Twilight por una simple cuestión de continuidad.
Sabueso Swan: En inglés sería «Sniffer's Swan», refiriéndome a un tipo de perro (Sniffer's Dog) que utiliza la policía para detectar la droga y los explosivos. «Husmeadora Swan», sería la traducción más acorde, pero me sonaba mal. «Hound» es la palabra habitual para «Sabueso» en inglés. Sólo utilizo «Sabueso» para mantener la aliteración con la consonante «S».
Apretones de manos, abrazos, besos en la mejilla y anglosajones: un detalle que me llamó la atención la primera vez que leí «Twilight» fue que Bella no mencionara nada extraño acerca de la presentación de Edward el lunes siguiente. Él NO le ofreció un apretón de manos como sería lo normal (y que en la película se ve entre los demás alumnos) en el mundo anglosajón. No hacerlo es MUY grosero para los estándares de ahí. Acá en España es más normal dar un par de besos en la mejilla entre mujeres o entre hombres si son familia que hace tiempo que no se ve. Pero en Estados Unidos lo más básico siempre es el apretón de manos para todas las ocasiones; los besos en la mejilla y abrazos resultan demasiado efusivos para ellos. En el libro «Vida y Muerte» Beau es más perspicaz y nota ese detalle. En este fic he decidido ser más conciso pero puede que haya quedado un poco forzada la escena entre Gail y Bella.
