Dieron las once, pero no se movía. Algo debía de estar mal más allá de lo que saltaba a la vista. Semejante estado debía tener una explicación fisiológica.
Los ojos. Obnubilados. La piel. Sobrecargada. El cabello. Enfermo. Los labios. Ancianos. ¿Lo había visto siquiera beber agua en los últimos tres días?
–Es hora –susurró, y no hubo la más mínima emisión después de ello.
Akane se apretó el borde de la falda mientras el sudor le bajaba por la sien. El bolso en su mano se tornó terriblemente pesado. Había demasiado silencio. La sangre en sus capilares auditivos la aturdía, se sentía fría y la hacía marearse cada vez que movía los ojos. El diluvio de afuera no colaboraba en nada para aliviar su sordera. Cuán oportuno habría sido el estallido del agua contra el cemento, o los cerezos desgarrando las ráfagas de viento. Un goteo, o una brisa. Quería estar segura de que aún había vida ahí fuera.
Takayuki o Shinji deberían haber entrado de improviso y salvarla de esa tortura ambiental. Jamás llegaron. Habían dejado de ir hacía un año.
A lo lejos, como una mancha casi imperceptible, casualmente dibujada en el ventanal, se distinguía la luz sanguínea del atardecer bordeando el sendero que llevaba a la costa. Desde la habitación en el segundo piso, el camino se volvía confuso al pasar entre un bosquejo de cerezos en flor que volvían la tarea de cartografiar el recorrido más compleja de lo normal.
De pronto, oyó un rasguido. Tela sobre tela. Lo vio pivotar el cuello con letargo, sin prestarle la más mínima atención a ella. Sus ojos la ignoraron, la atravesaron sin ningún atisbo de desdén y dieron un giro de noventa grados, hacia afuera, hacia las nubes. Su mano, temblorosa y pálida, se escurrió sobre las sábanas de la cama y acarició con suavidad, incluso con miedo, unos dedos raquíticos y lisos. Se entrelazó con ellos con la misma cautela, y Akane creyó oír un suspiro ahogado, pero fue tan bajo y ambiguo que lo puso en duda. Al segundo, lo verificó horrorizada. El suspiro se transformó en una modulación seca y tambaleante.
–Igual que las estrellas…
Akane tosió un sollozo y se apretó el estómago con una mano. Dejó caer el bolso, y con la otra mano libre escondió su rostro por la mitad. La náusea le pateó los nervios ópticos, y de pronto la cama, la silla y la ventana se mezclaron. Su llanto por fin apagó la sordera. Gimió un insulto, y luego el nombre de su hermana.
Llovía.
La puerta detrás de ella se abrió. Rápida como un balazo tiró de la manija del bolso y se precipitó afuera, a lo largo del pasillo. La voz de su padre resonó apagada poco antes que el quejido de su madre, pero si llegó a percibirlos, nadie lo supo.
