Este fanfiction está inspirado en Inuyasha, obra original de Rumiko Takahashi. Los personajes, nombres y elementos del universo de Inuyasha no me pertenecen; todos los derechos son de sus respectivos creadores. Esta historia es una obra de ficción sin fines de lucro, escrita con el propósito de entretenimiento y sin intención de infringir derechos de autor

Capítulo 12

Kagome se levantó temprano, más temprano de lo normal. La noche anterior apenas había dormido. Su cuerpo se sentía pesado, su mente aturdida. Pero no podía permitirse el lujo de derrumbarse. No ahora.

Koga la esperaba en la oficina, revisando algunos ajustes en su borrador. Durante un rato hablaron de trabajo, analizando cada detalle, pero Koga no tardó en notar lo apagada que estaba Kagome. Su usual entusiasmo había desaparecido por completo.

Terminada la revisión, fue Kagome quien lo invitó a desayunar. No porque tuviera hambre, sino porque no quería regresar a casa. No quería verlo.

Se sentaron en un café tranquilo. El aroma del pan recién horneado y el café llenaba el ambiente, pero Kagome apenas tocó su taza. Sus dedos la envolvían con fuerza, buscando algo de calor, algo de estabilidad.

Koga la observó en silencio por un momento. Su tristeza era tan palpable que dolía verla así. Finalmente, rompió el silencio.

Koga: —¿Qué pasa?

Kagome levantó la mirada con sorpresa, como si hubiera olvidado que él estaba ahí. Su garganta se cerró un momento, pero luego, con voz baja y temblorosa, dejó salir lo que la estaba consumiendo.

Kagome: —Inuyasha y yo… vamos a divorciarnos.

Koga sintió que su corazón se detenía por un segundo. Su primer pensamiento debió haber sido de alivio. Debería haber sentido que por fin tenía la oportunidad de estar con ella. Pero… no era así.

No cuando la veía con ese rostro. No cuando la tristeza en sus ojos reflejaba cuánto lo amaba todavía.

Kagome: —Ahora podrá estar con Kikyo. Solo falta encontrar la manera de recuperar mi casa y… todo esto habrá terminado.

Koga tragó saliva. Parte de él quería detenerla. Quería decirle que había otra opción. Que no tenía que seguir sufriendo por alguien que no podía amarla como ella merecía. Pero… ¿sería justo para ella?

Kagome no podía ser suya. Porque en su corazón… ya pertenecía a alguien más.

Kagome regresó a casa con el corazón encogido, esperando no encontrarlo allí. No tenía fuerzas para otro enfrentamiento. Pero al abrir la puerta, ahí estaba.

Inuyasha estaba sentado en el comedor. Sobre la mesa, la comida ya estaba servida. La invitó a sentarse con un gesto de la cabeza. No hubo palabras, solo silencio.

Se sentó frente a él, pero no probó bocado. Inuyasha tampoco hablaba, simplemente comía en completo mutismo. No había miradas furtivas, no había provocaciones. Todo estaba vacío.

Hasta que finalmente él habló.

Inuyasha: —Hablé con Myoga.

Kagome levantó la mirada con un mal presentimiento. Él continuó, sin levantar la vista de su plato.

Inuyasha: —Le pedí que me encontrara un departamento. Me mudaré en cuanto tenga un lugar.

Kagome sintió que su mundo se venía abajo.

Lo supo en ese instante. No había marcha atrás. Esta vez, Inuyasha había decidido alejarse de ella de verdad.

Por un segundo, quiso gritarle que se detuviera. Que no se fuera. Que todavía podía elegirla a ella. Pero… ¿cómo pedirle que se quedara cuando él ya había tomado su decisión?

No podía ser egoísta.

Kagome tragó el nudo en su garganta y forzó una sonrisa.

Kagome: —Oh… ya veo.

Inuyasha continuó comiendo sin mirarla, como si cada palabra le costara.

Inuyasha: —Te dejo todos los muebles. Haz con ellos lo que quieras.

Kagome apretó los puños bajo la mesa. Sus labios temblaron. Estaba siendo tan práctico, tan frío. Como si todo esto no significara nada para él. Como si ella no significara nada.

El silencio se extendió, haciéndose insoportable. Kagome miró su plato sin tocarlo. Y entonces, con voz baja, hizo la pregunta que más miedo le daba hacer.

Kagome: —¿Qué les diremos a tus padres?

Inuyasha dejó de comer. Pero no respondió.

Kagome levantó la vista para verlo, pero él no la miraba. Su mandíbula estaba tensa, su agarre sobre los palillos más fuerte de lo necesario.

Y entonces, sin decir una sola palabra, se levantó de la mesa y se fue.

Kagome se quedó sola. Su comida intacta. Su corazón roto.

Kaede sostenía el periódico con firmeza, sus ojos recorriendo las palabras impresas con una mezcla de preocupación y frustración. La noticia en primera plana era lo suficientemente ambigua como para mantener el suspenso, pero para alguien como ella, que conocía bien el mundo del espectáculo y las intrigas detrás de escena, la implicación era clara.

"Una importante estrella del cine se ve envuelta en rumores de infidelidad con su amiga de la infancia. La primicia completa será revelada la próxima semana."

Kaede dejó escapar un suspiro. Su intuición no le fallaba. Sabía que se trataba de Inuyasha. Sabía que este escándalo explotaría y que no habría forma de controlarlo.

En ese momento, alguien llamó a la puerta de su oficina.

Kaede: —Adelante.

Miroku asomó la cabeza, con su típica sonrisa relajada, aunque su expresión cambió en cuanto vio la seriedad en el rostro de Kaede.

Miroku: —¿Me mandaste llamar?

Kaede: —Sí. Pasa y siéntate.

Miroku obedeció, acomodándose en la silla frente al escritorio de Kaede. No tardó en notar el periódico sobre la mesa, pero no dijo nada. Sabía que si Kaede quería hablarle de eso, lo haría.

Kaede: —Dime, Miroku… ¿Inuyasha sigue viéndose con Kikyo?

Miroku parpadeó, incómodo con la pregunta. No era ningún secreto que a Kaede no le gustaba la relación entre ellos dos, especialmente ahora que Inuyasha estaba casado, aunque fuera un matrimonio por contrato.

Miroku: —No tan seguido como antes… pero, sí. Siguen viéndose bastante. Más de lo que me gustaría.

Kaede cerró los ojos un momento, sus dedos tamborileando sobre el escritorio. Su expresión se endureció y murmuró más para sí misma que para Miroku.

Kaede: —Ya se lo advertí… pero es terco como su padre.

Miroku tragó saliva. Se debatió entre quedarse callado o seguir hablando, pero su boca se adelantó a su cerebro, como siempre.

Miroku: —No quiero hablar de más… pero, sinceramente, creo que Kikyo tiene un problema.

Kaede levantó la mirada, clavando sus ojos en él con curiosidad.

Kaede: —¿A qué te refieres?

Miroku vaciló un segundo, pero decidió seguir.

Miroku: —No entiendo por qué sigue invitando a Inuyasha a salir tanto, sabiendo que está casado. Incluso si sabemos que es un matrimonio por contrato… sigue siendo un matrimonio, ¿no?

El silencio que siguió fue pesado. Kaede entrecerró los ojos y miró fijamente a Miroku. Este sintió cómo el sudor le corría por la nuca. Tardó solo un par de segundos en darse cuenta de su error.

Había hablado de más.

Mucho más.

Kaede no tenía idea del contrato.

Y ahora lo sabía.

El aire en la oficina se volvió sofocante. Miroku tragó saliva y desvió la mirada, como si con eso pudiera borrar lo que había dicho.

Kaede no dijo nada de inmediato, pero sus labios se apretaron en una fina línea. Finalmente, dejó escapar un suspiro y apoyó ambas manos sobre la mesa.

Kaede: —Miroku… ¿qué quisiste decir con eso?

Miroku soltó una risa nerviosa, levantando las manos como si quisiera disipar la tensión.

Miroku: —Eh… bueno… lo que quise decir es que… ya sabes… ellos… están casados y… y...

Kaede no parpadeó, su mirada perforándolo.

Kaede: —Termina la frase.

Miroku sintió que la presión en el ambiente era peor que estar en la línea de fuego de un escándalo de Hollywood. No tenía escapatoria.

Miroku: —Yo…

Se pasó una mano por el rostro y soltó un suspiro resignado. No había marcha atrás.

Miroku: —Kaede… hay algo que deberías saber sobre el matrimonio de Inuyasha y Kagome.

Y con esas palabras, el castillo de naipes estaba a punto de derrumbarse.

Kaede tenía claro cuál era su objetivo: proteger a Inuyasha a toda costa. No solo por su carrera y el impacto mediático de los rumores, sino porque lo conocía desde que era un niño. Sabía que, aunque era terco, impulsivo y muchas veces ciego ante sus propios sentimientos, tenía un buen corazón y merecía un futuro sin escándalos que lo destruyeran.

Sabía que si no intervenía ahora, las cosas se saldrían de control. Así que tomó una decisión firme y se dirigió directamente a la tienda de Kikyo.

El sonido de la pequeña campana resonó cuando Kaede abrió la puerta de la boutique de Kikyo. El ambiente dentro era elegante y tranquilo, con maniquíes exhibiendo prendas de alta costura. Kikyo estaba detrás del mostrador revisando unas telas cuando la vio entrar. Su sonrisa, que normalmente era cordial, se desvaneció al notar la expresión seria de la mujer mayor.

Kikyo supo de inmediato que esto no era una visita casual.

Kikyo: —Kaede… qué sorpresa. ¿Necesitas algo?

Kaede caminó con paso firme hasta el mostrador, cruzando los brazos sobre su pecho.

Kaede: —Necesito hablar contigo, Kikyo.

Kikyo sintió un escalofrío. Algo en la forma en que Kaede la miraba le decía que no sería una charla amena.

Kaede: —Voy a ser directa. Necesito que te alejes de Inuyasha mientras él siga casado con Kagome.

Kikyo abrió la boca para responder, pero Kaede levantó una mano, deteniendo cualquier excusa antes de que pudiera salir.

Kaede: —Escúchame bien. Inuyasha ya te esperó demasiado. Años, Kikyo. Toda su vida giró en torno a ti. Y ahora, cuando por fin tiene algo que puede ser suyo, cuando por primera vez tiene la oportunidad de ser feliz sin estar en tu sombra, tú lo estás jalando de vuelta.

Kikyo frunció el ceño y apoyó ambas manos en el mostrador.

Kikyo: —Eso no es justo, Kaede. Tú más que nadie sabes cuánto nos hemos querido. ¿Cómo puedes pedirme esto? ¿Por qué tengo que seguir esperando?

Kaede no vaciló.

Kaede: —Porque si realmente lo quieres, harás lo correcto por él.

Kikyo sintió que algo en su pecho se retorcía. La dureza en las palabras de Kaede golpeó directamente en sus inseguridades. La verdad era que tenía miedo… miedo de perder a Inuyasha. Siempre había creído que él estaría ahí para ella sin importar qué, que sin importar cuánto tardara en aceptar sus sentimientos, él siempre la esperaría.

Pero ahora, las cosas eran diferentes. Kagome había entrado en su vida. Y aunque ella no quería admitirlo, podía ver que Inuyasha ya no era el mismo. Algo en él había cambiado.

Kikyo apartó la mirada, sintiendo que su garganta se cerraba.

Kikyo: —…No quiero perderlo.

Kaede suspiró, su expresión suavizándose un poco, pero sin perder su determinación.

Kaede: —Si sigues insistiendo en verlo, si continúas jalándolo hacia ti mientras sigue casado con Kagome, terminarás destruyéndolo. Y cuando eso pase, Kikyo, lo perderás para siempre.

Kikyo sintió que su mundo se tambaleaba. Porque, aunque no quería aceptarlo, una parte de ella sabía que Kaede tenía razón. Kikyo no respondió de inmediato. Solo bajó la mirada, sus dedos apretando el borde del mostrador mientras la tristeza se asentaba en su pecho.

Kikyo: —Entiendo…

Kaede asintió, satisfecha con la respuesta.

Kaede: —Haz lo correcto, Kikyo. No por ti, sino por él.

Sin esperar más, Kaede se dio media vuelta y salió de la tienda, dejando a Kikyo sola, con el peso de una verdad que ya no podía ignorar.

El restaurante era un lugar discreto, con mesas cubiertas por manteles blancos y una iluminación tenue. Kaede estaba sentada en una mesa al fondo, con una taza de té en las manos y su expresión inquebrantable. Había citado a Kagome con urgencia, y ahora solo le quedaba esperar a que llegara.

Kagome apareció rápidamente, visiblemente preocupada después de recibir la llamada. Se deslizó en la silla frente a Kaede, con el ceño fruncido, tratando de descifrar el motivo de aquella reunión repentina.

Kagome: —Kaede, ¿sucedió algo? Su llamada sonó muy seria.

Kaede: —Siéntate. No tengo mucho tiempo, así que no vamos a andar con rodeos.

Kagome se removió inquieta en su asiento. El tono de Kaede le puso la piel de gallina. Algo no estaba bien.

Kaede: —Tú e Inuyasha… están casados por contrato, ¿cierto?

Kagome sintió como si le hubieran lanzado un balde de agua fría. Su espalda se tensó y su boca se entreabrió por la sorpresa.

Kagome: —¿Disculpe?

Kaede la observó con una mirada aguda, sin dejar espacio para evasivas.

Kaede: —No te hagas la sorprendida, Kagome. Sé que este matrimonio no es convencional… No me interesa si fue por amor o por contrato. Lo que me interesa es lo que está sucediendo con Inuyasha y su carrera.

Kagome se quedó en silencio, sintiendo un extraño nudo en el estómago. Sus manos se aferraron al borde de la mesa, y Kaede continuó.

Kaede: —No sé si lo sabes, pero su matrimonio ha tenido un efecto negativo en su carrera. Desde que se casaron, su popularidad ha caído. Su última película fue un fracaso, está perdiendo papeles importantes… Y si a eso le sumamos el escándalo que estallaría si el contrato se llegara a descubrir…

Kagome sintió que le faltaba el aire. Sus manos se crisparon sobre su regazo. No sabía nada de eso. No tenía idea de que su presencia en la vida de Inuyasha había traído consecuencias tan grandes.

Kagome: —No… no sabía nada de esto…

Su voz fue apenas un susurro. Su corazón latía con fuerza, preocupada por Inuyasha. Kaede tomó un sorbo de su té, sin apartar la mirada de ella.

Kaede: —Pues ahora lo sabes.

Kagome bajó la mirada, sintiendo el peso de la situación sobre sus hombros. Inuyasha siempre había trabajado duro para llegar a donde estaba. Su carrera significaba todo para él, y ahora… ahora por su culpa estaba en riesgo.

Kaede: —Voy a hacerme la tonta y fingir que no sé que está buscando un lugar donde vivir. Pero quiero pedirte algo, Kagome.

Kagome levantó la vista, con el estómago revuelto. Algo en la expresión de Kaede la hizo sentir que lo que estaba a punto de escuchar no le iba a gustar.

Kaede: —Espera un poco más antes de divorciarte.

Kagome parpadeó con incredulidad. No podía haber escuchado bien.

Kagome: —¿Qué…?

Kaede: —Sé que has tomado tu decisión. Sé que quieres terminar con esto cuanto antes. Pero si te importa Inuyasha, si de verdad te importa, entonces tienes que ser paciente.

Kagome tragó saliva. Sintió la urgencia de decirle que no podía, que ya había tomado una decisión… Pero el peso de las palabras de Kaede la detuvo. Inuyasha… su carrera… todo lo que había construido… ¿realmente iba a ser ella quien lo destruyera?

Su mente se llenó de imágenes de él. Su sonrisa arrogante, sus momentos torpes, sus acciones impulsivas pero genuinas. Y lo más doloroso… el hecho de que, a pesar de todo, ella lo amaba.

Kagome sintió que su pecho se oprimía. Sus ojos picaban con la amenaza de lágrimas, pero se contuvo. Levantó la mirada y asintió con dificultad.

Kagome: —…De acuerdo. Esperaré.

Kaede asintió con satisfacción, pero su expresión no cambió. Sabía que estaba pidiéndole algo difícil, pero también sabía que Kagome era una persona noble. No haría nada que dañara a Inuyasha si podía evitarlo.

Kaede: —Buena elección.

Dicho esto, se levantó, dejando a Kagome sola en la mesa, con una tormenta de emociones en el pecho y una nueva carga sobre sus hombros.

El sol se ocultaba lentamente en el horizonte, pintando el cielo de tonos cálidos mientras el océano se extendía frente a la casa. Las olas rompían contra la orilla con su ritmo constante, llenando el silencio con su murmullo eterno. Inuyasha estaba en el jardín, sentado en la banca de madera, con la mirada perdida en el océano. Su postura estaba relajada, pero su semblante reflejaba una tristeza profunda, una que no podía ocultar ni siquiera de sí mismo.

Kagome entró a la casa y lo vio ahí, cabizbajo, con el rostro apagado, diferente al hombre terco y orgulloso que conocía. Por un instante, pensó en dejarlo solo, en respetar ese espacio que él mismo había creado entre ellos. Pero algo dentro de ella le impidió hacerlo. No quería verlo así, no quería que se sintiera solo, aunque supiera que, al final, sería inevitable.

Se acercó lentamente hasta él y tomó asiento a su lado en la banca. Inuyasha ni siquiera se movió. Ni siquiera la miró. El silencio entre ellos se prolongó, pesado, cargado de palabras no dichas. Finalmente, Kagome decidió hablar.

Kagome: —Inuyasha, ¿has reflexionado en tu comportamiento?

Él alzó ligeramente la vista, pero aún sin mirarla. Kagome continuó con un tono más ligero, buscando disipar la tensión.

Kagome: —Si me pides perdón por todas las veces que me has tratado mal y me has dejado plantada, te perdono y te levanto el castigo.

Inuyasha finalmente volteó a verla con el ceño fruncido, claramente confundido.

Inuyasha: —¿Qué?

Kagome esbozó una sonrisa, aunque en el fondo sentía una punzada de dolor. Sabía que lo que estaba a punto de decir era una mentira, pero necesitaba decirlo.

Kagome: —He estado pensando y… decir que estaba enamorada de ti fue una tontería. No sé en qué estaba pensando cuando te dije eso.

Inuyasha sintió un golpe en el pecho. Sabía que ella estaba mintiendo. Lo había visto en sus ojos la noche anterior, en su voz temblorosa, en la forma en que su corazón se había abierto sin barreras. Pero si esta era la mentira que necesitaban para seguir juntos un poco más, entonces él la aceptaría. Porque la idea de dejarla ir… simplemente no era una opción.

Inuyasha: —¿Eso crees?

Kagome asintió con una leve sonrisa, fingiendo despreocupación.

Kagome: —Sí. Así que, si me tratas mejor, olvidaré lo del divorcio y viviré contigo un poco más.

Inuyasha soltó un leve suspiro y desvió la mirada de nuevo al océano. Su mente estaba hecha un caos. No entendía por qué se sentía así, por qué su pecho dolía cada vez que pensaba en perderla. ¿Desde cuándo Kagome se había vuelto tan importante para él?

Inuyasha: —…Nunca imaginé que esto fuera a ser tan difícil.

Kagome lo miró con atención, esperando que continuara. Su voz era baja, más seria de lo habitual.

Inuyasha: —No sabía que esto era tan difícil para ti.

Kagome se tensó por un segundo. No esperaba esa respuesta. Él continuó, con la mirada fija en el océano, como si las palabras le costaran salir.

Inuyasha: —No sé qué me pasa, pero cuando estoy contigo… siento que no soy el mismo que soy con los demás. Me pareció muy extraño pensar que no estaríamos juntos. Sé que terminaremos divorciándonos, pero… no imaginaba que fuera a ser tan pronto.

Kagome sintió que su corazón latía con fuerza. ¿Eso significaba algo? ¿Inuyasha también estaba sintiendo lo mismo que ella? Se obligó a recordarse que no debía hacerse ilusiones. Él amaba a Kikyo. Siempre lo había hecho.

Kagome: —Eso pasará tarde o temprano. Deberíamos estar preparados para lo que sea.

Inuyasha la miró por fin, con una intensidad que la dejó sin aliento.

Inuyasha: —¿Tú siempre estás preparada para dejarme?

Kagome tragó saliva y, por un momento, pensó en decir la verdad. Decirle que cada día que pasaba junto a él era una lucha constante entre su amor y su realidad. Pero en cambio, sonrió suavemente y respondió con voz firme.

Kagome: —Sí.

Inuyasha no dijo nada. Bajó la mirada, su expresión se endureció. Kagome sintió que su propia respuesta la había herido más de lo que imaginó. Pero no podían cambiar el destino. Su historia tenía un final ya escrito.

Esa noche, cada uno se fue a su habitación con un peso en el pecho, pero al mismo tiempo con una sensación de alivio. Porque aunque sabían que la separación era inminente, aún tenían un poco más de tiempo.

Kagome bajó las escaleras con pasos lentos, todavía adormilada. La luz de la mañana entraba suavemente por los ventanales, iluminando la casa con un resplandor cálido. Se dirigió a la cocina con la intención de tomar un vaso de agua cuando una imagen la dejó completamente sorprendida.

Inuyasha estaba de rodillas en el suelo, limpiando con una esponja y un balde con agua y jabón a su lado. Llevaba puesto un mandil —uno con pequeños estampados de gatos, que Kagome recordaba haber comprado en un impulso sin razón aparente— y su cabello estaba recogido en una coleta alta, con algunos mechones sueltos cayendo sobre su frente. Se veía tan... fuera de lugar.

Kagome se apoyó en el marco de la puerta, cruzándose de brazos con el ceño fruncido.

Kagome: —¿Qué estás haciendo?

Inuyasha se giró hacia ella con una enorme sonrisa, algo completamente atípico en él.

Inuyasha: —¿No se nota? Estoy limpiando.

Kagome parpadeó varias veces, como si su cerebro estuviera tratando de procesar lo que acababa de escuchar.

Kagome: —¿Tú...? ¿Limpiando?

Inuyasha se incorporó, sacudiéndose las manos y quitándose un poco de espuma de la nariz.

Inuyasha: —¡Ajá! Acuérdate, cuando estás ocupada, yo me encargo de las labores del hogar. Así que… estoy cumpliendo con mi parte del trato.

Kagome aún no podía creer lo que estaba viendo. Normalmente tenía que pelear con él para que hiciera algo en casa y ahora… él mismo estaba tomando la iniciativa. Algo aquí no cuadraba.

Inuyasha, sin darle más importancia a su asombro, se dirigió a la estufa y comenzó a colocar platos en la mesa.

Inuyasha: —Anda, siéntate. El desayuno está listo.

Kagome, todavía desconcertada, obedeció y tomó asiento. Frente a ella había un desayuno completo: arroz, sopa de miso, pescado asado, tamagoyaki perfectamente enrollado y una taza de té caliente. No podía recordar la última vez que había visto algo tan bien preparado en esa casa… y menos hecho por Inuyasha.

Mientras ella desayunaba, él siguió con sus labores, moviéndose por la cocina con una facilidad que parecía natural. Kagome lo observó con recelo, mordiendo un trozo de tamagoyaki mientras lo veía lavar y secar los platos con una precisión minuciosa. Demasiado minuciosa. Algo andaba muy mal.

Más tarde, mientras trabajaba en su guion en la computadora, Kagome levantó la vista y volvió a encontrar a Inuyasha limpiando la encimera con una concentración absoluta. Su ceño estaba fruncido, como si estuviera en medio de una tarea extremadamente importante. Pero lo más desconcertante fue cuando se acercó a ella con un vaso de jugo recién hecho y lo dejó en el escritorio.

Inuyasha: —Toma. No tienes que preocuparte por nada más que por escribir tu guion.

Kagome se quedó mirando el vaso, luego a él, luego otra vez el vaso. Nada de esto tenía sentido. Inuyasha era brusco, arrogante y mandón. ¿Desde cuándo era tan… servicial?

Cuando él estaba a punto de regresar a la cocina, Kagome lo detuvo.

Kagome: —¡Espera!

Inuyasha se giró con una ceja arqueada.

Inuyasha: —¿Qué pasa?

Kagome entrecerró los ojos, analizándolo con suspicacia.

Kagome: —Me estás poniendo nerviosa.

Inuyasha: —¿Eh?

Kagome: —Estás limpiando, cocinando y ni siquiera te lo pedí. Todo esto es muy raro en ti.

Inuyasha bufó, cruzándose de brazos.

Inuyasha: —¿Qué tiene de raro que sea amable contigo?

Kagome lo miró con desconfianza, tomó el vaso de jugo y lo inspeccionó de cerca.

Kagome: —Seguro que esto tiene sal o algo raro.

Inuyasha sintió que un tic se formaba en su ceja. Sin dudarlo, le quitó el vaso de las manos y se lo bebió entero de un solo trago, bajándolo con un golpe seco sobre el escritorio.

Inuyasha: —¡Ves! No tiene nada raro. Solo intentaba ser amable contigo por cómo te he tratado, pero olvida que vuelva a ser amable contigo.

Kagome reprimió una sonrisa, disfrutando de verlo perder la paciencia. Se encogió de hombros, retomando su escritura.

Kagome: —Sí, mejor. Cuando eres amable, me pones nerviosa.

Inuyasha gruñó y se alejó refunfuñando, regresando a la cocina con su dignidad por los suelos. Pero, en el fondo, no pudo evitar sonreír.

Kagome se encontraba en la sala, terminando de revisar unos papeles cuando se levantó de golpe y tomó su bolso. Se giró hacia Inuyasha, quien estaba recostado en el sillón con los brazos cruzados detrás de la cabeza, observándola de reojo.

Kagome: —Voy a salir.

Inuyasha bajó los pies de la mesa y se incorporó con lentitud, con una expresión neutral en el rostro.

Inuyasha: —Está bien… pero regresa temprano.

Kagome lo miró fijamente por un segundo, esperando quizá una pregunta más, un reclamo, algún indicio de celos o preocupación… pero él simplemente tomó el control remoto y encendió la televisión sin decir nada más.

Kagome apretó los labios y sin agregar nada más, salió por la puerta.

Inuyasha esperó a escuchar el sonido del motor del auto alejarse antes de levantarse del sillón con un resoplido.

Sintió su corazón acelerarse mientras subía las escaleras, como si estuviera haciendo algo indebido. Aunque no lo era… ¿o sí?

Cuando llegó a la habitación de Kagome, se detuvo en la entrada, observando el espacio con detenimiento. Su aroma estaba impregnado en cada rincón, en las almohadas, en la ropa doblada sobre la cama, en el aire mismo. Sin pensarlo demasiado, avanzó con pasos seguros hasta la cómoda donde ella solía maquillarse.

Abrió el cajón con cuidado y ahí, entre brochas y pequeñas cajas de sombras, dejó el anillo de compromiso que ella le había devuelto aquella noche.

Lo acomodó con delicadeza, como si fuera un objeto preciado que jamás debió haber salido de ahí. Sus dedos rozaron la pequeña joya por un instante más antes de cerrar el cajón suavemente.

Cuando se enderezó, no pudo evitar sonreír. Era una sonrisa mínima, casi imperceptible… pero real. Kagome estaba de nuevo con él. Tal vez no de la forma en la que quería, tal vez no en los términos que desearía, pero eso no importaba. Ella estaba aquí, seguía con él.

Kagome y Koga estaban sentados en un rincón tranquilo de la cafetería, con dos tazas de café humeante frente a ellos. A diferencia de otras ocasiones, en las que Kagome hablaba animadamente sobre cualquier tema, esta vez el silencio reinaba entre ambos.

Koga, con el codo apoyado en la mesa y la mirada fija en Kagome, bebió un sorbo de su café antes de romper el silencio.

Koga: —Hoy estás demasiado callada… No eres tú si no estás platicando sin parar.

Kagome soltó una leve risa, pero no alcanzó a llegar a sus ojos. Bajó la mirada a la taza entre sus manos y la giró con los dedos, como si buscara una respuesta en el reflejo del líquido oscuro.

Kagome: —No es nada…

Koga entrecerró los ojos, inclinándose un poco hacia ella.

Koga: —No me mientas. Si fuera "nada", no tendrías esa cara.

Kagome mordió su labio inferior, dudando por un momento. Podría decirle cualquier cosa para salir del paso, cambiar de tema y fingir que todo estaba bien, pero… no era justo. No con Koga.

Tomó aire y dejó la taza sobre la mesa.

Kagome: —Después de reunir todo el valor para pedirle el divorcio a Inuyasha… resultó que fue en vano.

Koga frunció el ceño levemente.

Koga: —¿En vano?

Kagome asintió lentamente, evitando su mirada.

Kagome: —Tengo que quedarme con él un poco más… No quiero perjudicar su carrera.

Koga no dijo nada de inmediato. Se limitó a observarla, tomando con calma su respuesta. No podía decirle que lo dejara todo y se fuera con él. No podía pedirle que ignorara lo que sentía o lo que le preocupaba. Sabía que, por ahora, en el corazón de Kagome solo existía Inuyasha.

Pero también sabía que llegaría el día en que ella tendría que elegir. Y cuando ese momento llegara… él estaría ahí.

Koga le dedicó una sonrisa serena, sin rastro de enojo ni frustración.

Koga: —Haces lo que crees correcto, y eso te hace increíble, Kagome.

Kagome levantó la vista, sorprendida por la respuesta. Koga solo se encogió de hombros.

Koga: —Y cuando ese divorcio finalmente pase… entonces veremos qué decides.

Kagome sintió su pecho apretarse. No sabía qué responder. Porque aunque Koga esperaba que ella lo eligiera… en el fondo, sabía que su corazón seguía atrapado en un callejón sin salida llamado Inuyasha.

Inuyasha estaba disfrutando de su comida en un raro momento de tranquilidad. La casa estaba en silencio, sin nadie que lo molestara, sin Kagome diciéndole que dejara de poner los pies en la mesa o que no hablara con la boca llena. Se recargó en el respaldo de la silla, disfrutando del descanso, cuando el sonido del timbre de la puerta lo hizo resoplar con fastidio.

Se levantó sin muchas ganas, aún con el mandil de gatitos que había olvidado quitarse después de cocinar. Al abrir la puerta, se encontró con Miroku al otro lado, con su usual expresión de calma y ese aire despreocupado que lo caracterizaba.

Miroku: —¿Interrumpo algo?

Inuyasha: —No, pero no te emociones.

Miroku le lanzó una mirada divertida, bajando la vista al mandil que traía puesto.

Miroku: —Oh, qué lindo… ¿Desde cuándo te gustan los gatos?

Inuyasha se miró a sí mismo y, con una maldición entre dientes, se arrancó el mandil de un tirón antes de dejarlo pasar. Volvió a su asiento y siguió comiendo como si nada, mientras Miroku se acomodaba frente a él y sacaba un guion de su portafolio, colocándolo sobre la mesa.

Inuyasha: —¿Y eso?

Miroku: —Tu nuevo proyecto.

Inuyasha arqueó una ceja y tomó el guion con indiferencia.

Inuyasha: —¿Es el de la película de Jinenji?

Miroku carraspeó, bajando la mirada. Su mano se deslizó hasta su nuca con evidente incomodidad.

Miroku: —Eh… no exactamente.

Inuyasha dejó de masticar. Su mirada se afiló, analizando el comportamiento de su amigo.

Inuyasha: —¿Qué quieres decir con "no exactamente"?

Miroku soltó una risa nerviosa y agitó la mano en el aire.

Miroku: —Bueno, verás… digamos que… fuiste reemplazado.

Un silencio espeso cayó entre los dos. Inuyasha dejó caer sus palillos sobre el plato y entrecerró los ojos.

Inuyasha: —¿Reemplazado?

Miroku asintió lentamente.

Miroku: —Sí.

Inuyasha: —…

Miroku: —Por Bankotsu.

El sonido de los cubiertos raspando el plato resonó en la mesa cuando Inuyasha apretó los puños. Se inclinó levemente hacia adelante, con los ojos ardiendo de furia.

Inuyasha: —¿Me estás diciendo que me quitaron un papel protagónico para dárselo a ese idiota?

Miroku intentó calmarlo con un gesto de la mano.

Miroku: —¡Vamos, amigo! No es tan grave… Te han dado otro papel en la película.

Inuyasha soltó una risa seca y sarcástica.

Inuyasha: —Ah, claro. Un papel secundario. ¡Como si eso compensara algo!

Miroku suspiró, comprendiendo que no había manera de suavizar la situación. Inuyasha estaba hirviendo de rabia. Su carrera estaba tambaleando y él ni siquiera se había dado cuenta hasta ese momento.

El sonido de su celular vibrando lo sacó de sus pensamientos. Miró la pantalla y frunció el ceño al ver el mensaje de Koga.

Koga: Te espero en el bar de siempre.

Inuyasha resopló, pasando una mano por su rostro. No estaba de humor para ver a Koga, pero tal vez tomar algo ayudaría a calmar la furia que le carcomía el pecho.

El ambiente en el bar estaba cargado de una tensión densa y silenciosa. Inuyasha y Koga estaban sentados en la barra, cada uno con un vaso de whiskey en la mano. Ninguno hablaba, solo bebían en silencio, cada uno inmerso en sus propios pensamientos.

Inuyasha giró el vaso en su mano, observando el líquido ámbar moverse antes de beber otro sorbo. Finalmente, rompió el silencio con su característico tono sarcástico.

Inuyasha: —Me dijiste que me ibas a quitar a Kagome. Se giró un poco hacia Koga, con una sonrisa cínica. ¿Cómo vas con eso?

Koga, sin inmutarse, tomó un sorbo de su whiskey antes de responder con honestidad.

Koga: —No va bien… Dio una leve sonrisa de lado y lo miró de reojo. Pero lo seguiré intentando. Sabes que no me gusta perder.

Inuyasha soltó una risa seca, con burla.

Inuyasha: —Oh, sí. Estoy temblando de miedo.

Koga apoyó el codo en la barra y giró el vaso entre sus manos.

Koga: —Deberías tener miedo… porque puedo sacudir todo tu mundo.

Inuyasha entrecerró los ojos, analizándolo. Había algo en su tono, en su forma de decirlo, que le molestó más de lo que esperaba.

Inuyasha: —¿Así es como crees que vas a conseguir a Kagome? ¿Amenazándome?

Koga negó con la cabeza con una sonrisa sarcástica.

Koga: —No necesito amenazas para eso. Solo tengo que esperar…

Inuyasha apretó los dientes. Koga siempre había sido así, confiado, seguro de sí mismo, y eso lo ponía de los nervios. Pero lo que más lo molestaba era la verdad implícita en sus palabras. No podía perder a Kagome. No quería perderla.

Koga giró el vaso entre sus dedos y habló con un tono más serio.

Koga: —Sé de buenas fuentes que pronto todo lo de tu matrimonio se sabrá en las revistas y noticieros.

Inuyasha sintió que su estómago se hundía. Apretó el vaso con más fuerza, pero trató de mantener la compostura.

Inuyasha: —¿De qué demonios estás hablando?

Koga: —De que en cualquier momento explotará la noticia. Y antes de que eso pase… deja ir a Kagome.

El agarre de Inuyasha en el vaso se tensó, sus nudillos se pusieron blancos. Su mandíbula se apretó con fuerza.

Koga: —No quiero verla lastimada por esto.

Inuyasha levantó la vista con furia contenida.

Inuyasha: —No dejaré que Kagome salga lastimada.

Koga sonrió con amargura y negó con la cabeza.

Koga: —No entiendes nada, ¿verdad? Le dio un trago largo a su whiskey y dejó el vaso sobre la barra con fuerza. No eres tú quien la protege… ella es quien te protege a ti.

Inuyasha lo miró sin responder. Sus palabras golpearon algo dentro de él.

Koga suspiró pesadamente, como si estuviera perdiendo la paciencia.

Koga: —No seas egoísta. Suficiente tienes con tratar de proteger a Kikyo… deja ir a Kagome.

Inuyasha sintió su corazón latir con fuerza, su respiración era pesada. Sus ojos se oscurecieron con una mezcla de enojo y desesperación, pero no podía darle la razón a Koga. No podía admitir lo que su subconsciente ya sabía.

Respiró hondo, tratando de calmar la ira que hervía dentro de él.

Inuyasha: —Gracias por el consejo… Su tono era gélido, sin emociones. Pero yo sé lo que estoy haciendo. Y es mi responsabilidad proteger a Kagome.

Koga lo miró, su expresión era dura, pero en el fondo había tristeza. Sabía que no podía hacer nada más. Pero también sabía que, tarde o temprano, Inuyasha tendría que enfrentarse a la verdad… y cuando lo hiciera, tal vez ya sería demasiado tarde.

Kagome estaba inmersa en su trabajo, sus dedos volaban sobre el teclado cuando el sonido del timbre la sacó de su concentración. Parpadeó un par de veces, confundida, y se levantó de su asiento. No esperaba visitas. Se acercó a la puerta y la abrió con cautela.

Repartidor: —Buenas tardes, ¿aquí vive el 'pollo escritor'?

Kagome frunció el ceño, confundida por el apodo, hasta que la respuesta llegó sola. Sintió su corazón latir con fuerza y una sonrisa se dibujó en sus labios.

Kagome: —Sí… aquí vive.

El repartidor le entregó un enorme ramo de rosas rojas. Eran hermosas, perfectas, de un rojo intenso que parecía arder como fuego entre sus manos. Apenas estaba admirándolas cuando el repartidor levantó la mano para detenerla.

Repartidor: —Espere, señorita, hay más.

Kagome sintió su corazón detenerse un segundo.

"¿Más?"

Antes de que pudiera reaccionar, otros tres repartidores entraron con más arreglos florales, cada uno más grande y hermoso que el anterior. Las rosas llenaron la sala, cubriendo los ventanales con su belleza y un aroma dulce y embriagador.

Kagome apenas podía creer lo que veía. Se inclinó sobre uno de los arreglos, tocando los pétalos suavemente como si fueran frágiles y pudiera romperlos con solo un susurro.

"Tantas flores… todas para mí…"

Su pecho se llenó de una calidez reconfortante, una sensación de plenitud que no recordaba haber sentido en mucho tiempo.

Kagome: —Es… demasiado…

Una risa baja sonó detrás de ella. Kagome se sobresaltó al sentir una presencia cerca. Se giró rápidamente y se encontró con Inuyasha, agachado junto a ella, tan cerca que podía sentir su aliento acariciarle la mejilla.

Inuyasha: —Cláusula de contrato número 105.

Kagome lo miró sorprendida. Su corazón latía desbocado. Su sonrisa era amplia y sus ojos brillaban con una chispa juguetona.

Kagome: —¡Tonto! Solo esperaba una…

Inuyasha: —Estos son por todos los que no te di… y por los que faltan.

Se sentaron en el suelo, rodeados de rosas, sumidos en una burbuja de tranquilidad y felicidad momentánea. Kagome tomó una de las flores entre sus manos y la giró entre sus dedos.

Kagome: —No puedo creerlo, Inuyasha… esto es… hermoso. Pero son demasiadas.

Inuyasha encogió los hombros con una sonrisa despreocupada.

Inuyasha: —Tampoco sé cuánto tiempo más estaremos juntos… Además, a ti no te gusta el helado. Te gustan las flores.

Kagome sintió que su pecho se apretaba. Él recordaba eso. Sabía eso. Lo había escuchado y guardado en su mente sin que ella siquiera se lo pidiera. Nadie… nunca… la había conocido tan bien sin que tuviera que explicarse.

"¿Cómo se supone que me aleje de él cuando hace cosas como estas?"

La felicidad la embargó. Sin pensarlo demasiado, se inclinó hacia él en un arrebato de emoción. Se acercó, sus labios rozaron su mejilla en un beso dulce, demasiado cerca de sus labios, demasiado íntimo. Inuyasha contuvo la respiración, su cuerpo se tensó al instante.

"¿Qué… qué acaba de hacer?"

Por un segundo, el tiempo pareció detenerse. Inuyasha podía sentir el calor de sus labios sobre su piel, su respiración contra su mejilla. Su corazón latió con tanta fuerza que creyó que Kagome podría escucharlo.

Pero algo lo hizo reaccionar. Un escalofrío recorrió su espalda. Un presentimiento oscuro le erizó la piel.

Se giró rápidamente hacia la puerta… y ahí estaba ella.

Kikyo.

De pie en la entrada, con los ojos llenos de lágrimas, su rostro completamente desencajado. Sus labios temblaban, como si quisiera decir algo pero no encontrara las palabras.

Kagome se apartó de inmediato, sintiendo un peso hundirse en su estómago. Inuyasha se puso de pie de golpe, sintiendo que el aire abandonaba sus pulmones.

Kikyo: —Lo siento… Su voz fue apenas un susurro quebrado. Entré porque la puerta estaba abierta…

Kagome bajó la mirada con culpa. Inuyasha extendió una mano hacia Kikyo, desesperado.

Inuyasha: —Kikyo, espera…

Pero fue demasiado tarde. Kikyo giró sobre sus talones y salió corriendo. Inuyasha sintió pánico. Su corazón lo empujó antes de que su mente pudiera procesarlo, y sin pensarlo dos veces salió tras ella.

Kagome se quedó inmóvil en medio de las flores, viendo cómo Inuyasha se iba corriendo detrás de la mujer que realmente amaba. La verdad golpeó su pecho como un puño invisible. No importaba cuánto quisiera creer en esos momentos, no importaba cuánto soñara con quedarse con él… al final, Inuyasha siempre elegiría a Kikyo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no dejó que cayeran. Se abrazó a sí misma, rodeada de las rosas más hermosas que jamás había recibido… y sin embargo, nunca se había sentido tan sola.

Mientras tanto, Inuyasha corría tras Kikyo, su respiración agitada, su pecho ardiendo con cada paso.

Inuyasha: —¡Kikyo, espera!

Kikyo era rápida, sus pasos resonaban en la calle húmeda por la reciente lluvia. Inuyasha maldijo en voz baja, su corazón palpitaba con desesperación. La vio subir a su auto, cerrar la puerta de golpe y encender el motor.

Corrió hasta la ventanilla, golpeándola con la mano.

Inuyasha: —¡No te vayas! ¡Déjame explicarlo!

Kikyo no volteó a verlo, solo fijó la vista al frente, con las lágrimas cayendo por su rostro. Inuyasha sintió el pánico tomarlo con garras frías. Si ella se iba ahora… si lo dejaba sin escuchar…

Inuyasha: —¡Kikyo, por favor!

Kikyo apretó los labios, tragándose el llanto. Sus manos temblaban sobre el volante. Finalmente, con un dolor visible en su rostro, pisó el acelerador.

Inuyasha sintió que su mundo se derrumbaba cuando el auto desapareció en la carretera. Su respiración era pesada, su cuerpo estaba rígido.

Se quedó ahí, en medio de la calle, con la lluvia comenzando a caer de nuevo, empapándolo como si el cielo llorara por él.

Y por primera vez… no estaba seguro de qué o a quién estaba persiguiendo realmente.

Las cervezas vacías estaban esparcidas sobre la mesa, testigos silenciosos de una noche donde las palabras fluían con más facilidad que la razón. Kagome sostenía una botella entre sus dedos, girándola distraídamente sobre la mesa, mientras Inuyasha miraba fijamente la etiqueta de la suya, sin leerla realmente.

El silencio pesaba, denso y cargado de emociones no dichas. Finalmente, Kagome rompió la calma.

Kagome: —Lo siento… por lo que pasó hoy.

Inuyasha levantó la mirada hacia ella, sus ojos dorados reflejaban el tenue resplandor de la luz sobre la mesa. Su expresión era serena, pero había algo en su mirada, algo oculto en lo más profundo de su ser, algo que dolía.

Inuyasha: —No fue tu culpa.

Se quedaron en silencio de nuevo. Kagome pensó en insistir, pero el tono de su voz no era de reproche ni de enojo. No parecía culparla realmente. Así que solo asintió y llevó la botella a sus labios. El sonido de la lluvia afuera marcaba el ritmo de sus pensamientos. La brisa entraba por la ventana entreabierta, trayendo consigo el aroma fresco del mar. Inuyasha suspiró y, sin apartar la mirada de la mesa, comenzó a hablar.

Inuyasha: —Conocí a Kikyo cuando tenía nueve años. Fue en unas vacaciones de verano, creo.

Kagome giró su cabeza hacia él, sorprendida por el cambio de tema, pero no lo interrumpió. Sabía que esto no era casual. Él quería decirlo.

Inuyasha: —Después de que perdí a mi hermano… estaba tan enojado con mi padre que decidí que iba a irme de casa. No soportaba estar con él.

Kagome parpadeó, sorprendida.

Kagome: —¿En serio pensaste en fugarte de casa a los nueve años?

Inuyasha soltó una leve risa, una mezcla de nostalgia y tristeza.

Inuyasha: —No… solo era una amenaza infantil que le hice a mi papá. Pero, en ese momento, realmente lo sentía como la única salida. Sin embargo… no lo hice por Kikyo.

Kagome sintió su pecho oprimirse. Sabía lo importante que era Kikyo para él, pero nunca había escuchado esta historia. Nunca había entendido realmente de dónde venía su devoción hacia ella. Algo en su interior temía lo que vendría después.

Kagome: —¿Ella te convenció de quedarte?

Inuyasha negó con la cabeza, con una pequeña sonrisa nostálgica.

Inuyasha: —No. Había estado ahorrando dinero para largarme… pero terminé comprándole un helado a Kikyo con mis ahorros.

Kagome lo miró boquiabierta, sin poder evitar soltar una leve risa.

Kagome: —¿En serio?

Inuyasha: —No podía dejarla llorar.

Kagome bajó la mirada, sintiendo una punzada en su pecho. Desde siempre, desde el inicio, Kikyo había sido su razón. Inuyasha apoyó los codos en la mesa y miró fijamente la botella entre sus manos, su voz bajó un poco, como si estuviera perdido en sus pensamientos.

Inuyasha: —Ese día… le prometí que yo siempre la protegería.

Un silencio. Largo. Pesado.

Y entonces, sus siguientes palabras salieron apenas en un susurro, como si fueran una confesión arrancada de lo más profundo de su alma.

Inuyasha: —Pero siempre olvido esa promesa cuando estoy contigo.

Kagome sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Su corazón latía con tanta fuerza que temió que él pudiera escucharlo. No se atrevió a hablar. No se atrevió a moverse siquiera. Solo lo dejó continuar. Inuyasha bajó la cabeza, exhalando lentamente. Su mandíbula se tensó, como si estuviera conteniendo algo que amenazaba con desbordarse.

Inuyasha: —Cuando Koga me dijo que se quedaría contigo… me sentí terrible. Me dolió tanto que… me sentí enfermo de verdad.

Kagome entrecerró los ojos, su mano apretó el borde de la mesa con fuerza.

Inuyasha: —No tienes idea de cuántas cosas tontas e infantiles he hecho por ti.

Kagome lo miró con los ojos vidriosos, pero él no la miraba. Parecía hablar más para sí mismo que para ella, como si estuviera reconociendo sus propios sentimientos en voz alta por primera vez.

Inuyasha: —Cuando estás conmigo, estoy feliz. Me siento bien. Hablo de muchas cosas sin pensarlo, y siento que soy alguien distinto cuando estoy contigo, no, alguien distinto no, contigo he aprendido a ser yo, a no ponerme una máscara.

Sus manos se cerraron en puños sobre la mesa, sus nudillos se tornaron blancos.

Inuyasha: —Cuando estoy contigo me olvido de Kikyo.

Kagome sintió que el mundo se detenía. Sus labios se entreabrieron ligeramente, incapaz de creer lo que acababa de escuchar. Pero antes de que pudiera decir algo, él continuó.

Inuyasha: —Kagome… siendo honesto… yo siempre te he querido.

Kagome dejó escapar un suspiro tembloroso, sintiendo su corazón explotar en mil pedazos. Pero antes de que pudiera aferrarse a esas palabras, antes de que pudiera creer en ellas… Inuyasha volvió a romperla.

Inuyasha: —Y todos los días intento protegerte.

Kagome apretó los labios con fuerza, sintiendo cómo las lágrimas querían salir de sus ojos. Sabía lo que vendría después. Sabía que no era suficiente.

Inuyasha: —Pero… siento que tengo que cumplir la promesa que le hice a Kikyo.

Kagome cerró los ojos con fuerza, tragándose el dolor. Se obligó a sonreír, aunque le doliera. Se obligó a fingir que no la estaba destrozando con cada palabra.

"Siempre es Kikyo."

Inuyasha finalmente la miró, su expresión estaba llena de tristeza, de desesperación, de contradicción. Como si una parte de él quisiera aferrarse a ella, pero la otra se obligara a dejarla ir.

Inuyasha: —Y tengo que ir con ella.

Kagome sintió que su alma se hacía añicos, pero no podía dejar que él lo viera. No podía permitirle ver cuánto la lastimaba. Así que sonrió, porque era lo único que podía hacer.

Kagome: —Lo entiendo.

Eran las palabras más falsas que había dicho en su vida. Pero, al final, siempre había sabido que esta historia no era para ella. Ella solo era la sombra en la historia de amor de Inuyasha y Kikyo.

Así que sonrió… porque no le quedaba otra opción.