He conseguido cruzar. De una pieza, sin tropezar ni caer hacia una muerte segura. Sin sufrir un ataque de histeria y saltar voluntariamente al vacío. Incluso me las he apañado para sorprender a los dos cadetes de segundo año que recogen los nombres de los supervivientes. Es todo tal cual la pequeña Eirin de siete años hubiera soñado.

No estoy feliz.

Cruzar el parapeto me ha supuesto una carga mental y un desgaste emocional que nada tiene que ver con el hecho de haber caminado sobre el vacío, en este momento sería incapaz de sentir ni un ápice de felicidad o satisfacción ni aunque la mismísima Lilith Sorrengail viniera a pedirme perdón de rodillas.

Hace años que me esfuerzo por no dedicarle más de un pensamiento esporádico a lo ocurrido el día que acabó la rebelión, por no pensar demasiado en el desastre tras desastre que he vivido desde entonces. Ahora, esa amalgama de emociones mal procesadas ha caído sobre mí destrozando cualquier intento de entereza que haya podido reunir en los últimos años. Y el maldito detonante ha sido la maldita primera prueba del maldito cuadrante de los jinetes.

Si se vuelve un hábito no creo que vaya a sobrevivir demasiado.

—Hola.

Vuelvo la cabeza sorprendida al notar que me hablan a mí. Me encuentro de frente con una chica más o menos de mi misma altura, con rasgos de una belleza arrebatadora y el cabello de un precioso rubio dorado recogido en una trenza, mirándome con un brillo de reconocimiento en sus ojos azules.

—Hola —replico, mientras el eco de un recuerdo me azuza hasta abrirse paso a mi mente. Aún tardo unos instantes en ubicar ese rostro familiar—. Eres Sloane Mairi.

Es la hija menor de la Coronel Mairi, la última vez que la vi solo era una niña que se deshacía en lágrimas en los brazos de su hermano. Ahora, más adulta, se parece mucho a su madre y es tan evidente que no puedo evitar sentirme estúpida al no haberla reconocido al instante.

—La misma —extiende su mano hacia mí con una sonrisa.

A pesar de la tensión que aun siento sobre mis hombros, me fuerzo a dedicarle una sonrisa.

En Aretia éramos de mundos diferentes: su madre era una jinete con un cargo lo suficientemente importante como para tener un nombre reconocido, no por nada se convirtió en una de las personas más importantes de la rebelión. Y su padre era un noble, no con el mismo estatus de la familia Riorson, pero desde luego existía una notable diferencia con el estatus de mi familia.

Pero eso no fue nunca un problema para Sloane ni para Liam.

Recuerdo vagamente jugar con ellos de pequeña, en el patio trasero de la taberna que poseía mi madre. Sloane me confesó que cada vez que sus padres iban al centro, ya fuera a pasar el rato o a pedir que mi madre cocinara para el evento de turno, pedía acompañarles para poder jugar conmigo. Años más tarde, cuando el ambiente en Tyrrendor se ensombreció, también estuvo conmigo las veces que las reuniones a puerta cerrada se celebraban en el sótano de mi hogar.

Había olvidado que teníamos la misma edad.

—Yo... —balbuceo mientras estrecho su mano.

—Eirin Cormac, ¿verdad? —me dedica una sonrisa tensa—. Siento que sea aquí, pero me alegro de volver a verte.

Asiento con la cabeza y esta vez la sonrisa se desliza a mis labios con más naturalidad.

—Es agradable ver caras conocidas —musito.

Sloane mira discretamente a su alrededor, pero desiste al percatarse de las miradas que recibimos cuando nos reconocen como marcadas, su reliquia también es perfectamente visible con su camiseta de manga corta. Sus hombros se tensan y vuelve a concentrarse en mí.

—Parece que aún queda un rato para que nos llamen, ¿qué ha sido de ti?

Transcurre casi una hora desde que anuncian que setenta y un candidatos han caído por el barranco hasta que comienzan a asignar a los nuevos cadetes a las diferentes alas del cuadrante, tiempo que Sloane y yo invertimos en resumir siete años de nuestras vidas.

Ella fue a un pueblo del este de Navarra, cerca de Montserrat, acogida por la familia de un lord menor. Por suerte, no parece haberle ido del todo mal lejos de su hogar, sus padres adoptivos parecen personas decentes. Sin embargo, me confiesa con un susurro angustiado que nunca ha hecho nada que la preparara ni remotamente para todo lo que estamos a punto de vivir.

Por mi parte, me tocó ir a la provincia de Deaconshire, mi adopción corrió a cargo de la familia del teniente Hadford. No es realmente un noble, pero tiene el suficiente reconocimiento en el ejército de infantería como para poder asumir mi tutoría. La vida en una gran ciudad con una reliquia de la rebelión en el brazo no es un paseo de rosas, pero al ver su mirada nerviosa y tensa, debo reconocerme que quizás sí me ha preparado un poco más que a ella para todo esto.

Me asignan al Segundo Escuadrón, Sección Llama, Cuarta Ala y acabo plantada al lado de un chico fornido que suda por cada poro de su cuerpo.

Me esfuerzo por mantenerme estoica, pero el nerviosismo se extiende entre todos los cadetes como una enfermedad contagiosa que, junto al sudor pegajoso que el calor húmedo provoca hace que comience a removerme inquieta.

No he podido estudiar nada sobre la organización del cuadrante y lo poco que ha podido explicarme Sloane antes de que me llamaran me resulta caótico y ni siquiera sé cuántos cadetes debería haber por escuadrón. Así que solo puedo mirar mientras las plazas se van agotando poco a poco y rezo a cualquier dios que quiera escucharme para que Sloane acabe a mi lado antes de que estemos completos. Necesito una cara amiga en este infierno tanto como ella.

—No te encariñes. Todos son carne de dragón hasta la Trilla —escucho detrás de mí.

El chico a mi lado se gira horrorizado y yo intento mirar discretamente a los cadetes superiores, estoy segura de que la chica de pelo rosa ha alzado la voz premeditadamente para que la escuchemos. Vuelvo a clavar la mirada en el frente, dividida ante la idea de encontrarme cara a cara con un dragón: la ansiedad, el terror y el odio se retuercen en mi interior, tratando de imponerse.

Y muy al fondo, aplastados por el peso de las otras emociones están el anhelo, la esperanza y el eco del deseo de una niña que no consigo silenciar del todo.

El corazón se me hace un puño cuando Sloane es llamada a la Primera Ala.

Busco su mirada entre la gente, pero me doy cuenta de que evita deliberadamente mirar en esta dirección. Presiono los labios y veo por el rabillo del ojo como el cadete que estaba en la torreta antes del parapeto se aleja para hablar con lo que supongo que es otra líder de Ala. Un minuto después y un intercambio de palabras entre ella y la chica que sostiene el pergamino, garabatea algo en el papel y vuelve a alzar la voz.

—¡Corrección! —anuncia—. Sloane Mairi al Segundo Escuadrón, Sección Llama, Cuarta Ala.

Dejo escapar un suspiro de alivio y vuelvo a buscar la mirada de Sloane entre la multitud. Sin embargo, mira a algún punto detrás de mí con expresión contrita.

—No, me niego, a cualquier escuadrón menos a este.

Intento cruzar mi mirada con la suya, pero la chica alta de trenzas que me recibió en la torreta da un paso al frente.

—¿Te parece que me importa una mierda lo que quieras, Mairi?

—¡No puedo estar en el mismo equipo que ella! —exclama señalando a... miro por encima de mi hombro. Señala a la otra cadete que me recibió en la torreta, la chica con mechones plateados.

Esta vez, la que se adelanta es la chica de pelo rosa y al verla más de cerca me doy cuenta de que su rostro me es familiar. Aún tardo unos instantes en ubicarla: es Imogen Cardulo. Nunca tuve mucha relación con ella en Aretia porque era algo mayor que yo, pero su madre y su hermana fueron ejecutadas junto a mis padres. Katrina Cardulo era la joven que estaba justo al lado de mi madre.

—Deja de faltar el respeto a tu líder de escuadrón y ponte en formación —sisea Imogen dedicándole una mirada aterradora a Sloane—. Estás actuando como una aristócrata malcriada.

—¿Imogen? —Sloane se sobresalta.

—Ponte. En. Formación —ordena la chica de trenzas puntualizando cada palabra—. No lo diré dos veces, cadete.

Sloane palidece y se abre paso entre los nuevos cadetes para acabar colocándose en el espacio libre a mi izquierda. Le dedico una mirada interrogante.

—Es Violet Sorrengail —explica sin devolverme la mirada, está pálida y una fina capa de sudor le cubre la frente. El apellido me atraviesa las entrañas y resisto el impulso de girar otra vez para estudiar de nuevo su rostro—. Ella provocó la muerte de mi hermano el año pasado.

Exhalo de golpe todo el aire de mis pulmones mientras siento que la sangre huye de mi rostro, tratando de procesar esa información a todos los niveles. Liam está muerto, Sorrengail fue la responsable. Nunca fui tan cercana a Liam como lo fui a Sloane, pero también lo consideraba mi amigo. Tal vez incluso estuve un poco prendada de él cuando era pequeña.

Lo recuerdo tan lleno de luz y vida que no termino de procesar del todo que ya no exista en este mundo, como si Malek no tuviera el poder de reclamar el alma que le diera la gana.

No miro a Sloane, en este momento no soy capaz, pero agarro su mano y le doy un suave apretón.

—Lo siento —musito. Sloane adora a su hermano por encima de todas las cosas.Adoraba—. Lo siento muchísimo.

Sloane asiente con la cabeza pero no responde. A juzgar por el temblor de sus manos, está invirtiendo todo su ser en no romper a llorar delante de todo el mundo.

Nos quedamos quietas, en silencio, estoy tan aturdida que, contra todo pronóstico, apenas puedo reaccionar cuando media docena de dragones se encaraman a lo alto de los muros de piedra. Los miro vacía por dentro, sintiendo que las emociones con las que me debatía hasta hace un momento intentan hacerse eco en mi interior solo para chocar contra un muro. Escucho vagamente los gritos ahogados a mi alrededor y el cadete que se ha presentado como Dain Aetos comienza un discurso que solo escucho a medias. Mi atención se desvía cuando veo como una chica pelirroja de mi escuadrón vomita salpicando el suelo y las botas del que está a su lado, pero no soy capaz de sentir asco al verlo. Tampoco grito cuando los dragones se inclinan sobre nuestras cabezas.

Solo un aguijonazo de miedo que intenta punzar en mis entrañas, abrirse paso hasta mí, pero estoy tan desgastada emocionalmente por todo lo que ha pasado en la última hora que apenas sí puedo sentir una anestesiada sensación de inquietud.

—Si no te mueves, no te pasará nada, Mairi —escucho que susurra Sorrengail detrás de nosotras. Sloane no mueve ni un músculo, pero siento como aprieta los puños y sus labios se convierten en una fina línea blanca—. Como eches a correr te incinerarán.

Esa palabra me trae recuerdos y hace que los muros de insensibilidad en mi interior se tambaleen. Incinerar es una palabra delicada para cualquier marcado: todos hemos visto a nuestros padres arder hasta no ser más que una mancha en el suelo, una sombra humeante de todo cuanto fueron. Casi puedo sentir el calor abrasador que me quemó las mejillas y secó las lágrimas de mis ojos, casi puedo escuchar el rugido de Codagh, cargado de torvo placer, que me quebró el alma.

Inspiro profundamente y me obligo a apartar esos pensamientos de mí, necesito enfocarme en lo que está pasando. Por el rabillo del ojo puedo ver a los cadetes mayores, parecen casi aburridos por el espectáculo. Sorrengail incluso se permite quitar un par de hilos sueltos de su uniforme, como si estar frente a seis dragones solo fuera un lunes normal.

Sonjinetes.

Bien, no correr.

—Un tercio de vosotros estará muerto el próximo julio —Aetos alza todavía más la voz, haciendo que vuelva a concentrarme en él—. Si queréis vestir el negro de los jinetes, ¡debéis ganároslo! ¡Debéis ganároslo cada día!

Un enorme dragón rojo se balancea detrás de Aetos y sopla una bocanada de aire caliente que apesta tanto que casi me produce una arcada. Eso levanta una nueva oleada de gritos a mi alrededor y por el rabillo del ojo veo como un par de cadetes echan a correr. Clavo firmemente las piernas en el suelo mientras recuerdo las palabras de Sorrengail, que no iban dirigidas a mí pero que igualmente puedo aplicar.

El dragón naranja, ese al que le falta un ojo y que parece tener un grado o dos más de agresividad que sus compañeros, se inclina un poco más y evalúa a los corredores. Su ojo se entrecierra e inhala profundamente, el ángulo de su cabeza gira y... Solo he visto a un dragón exhalar fuego en toda mi vida, pero fue suficiente como para saber qué alcance tiene.

Todos somos objetivos.

—¡Agachaos!

Noto como Sorrengail salta sobre Sloane y yo me dejo caer protegiendo inútilmente mi cabeza con los brazos. Siento la lengua ardiente del fuego pasar tan cerca de mí que me abrasa los brazos, la espalda, las piernas, es tan sofocante que ni siquiera puedo respirar.

De golpe, el miedo vuelve a tomar posesión completa de mí y siento como tiemblo sin control.

Los gritos a mi alrededor se intensifican, alguien se echa a llorar.

Solo espero no ser yo.

La muerte se extiende por el patio, los gritos continúan. Los cadetes mayores son un caos a nuestro alrededor, hablan a voces y creo que hacen recuento de muertos. No solo han caído los corredores.

—¿Estás herida? —levanto un poco la cabeza y veo como Sorrengail sacude a Sloane por los hombros. Al menos parece estar de una pieza—. ¡Sloane! ¿Estás herida?

—No... —balbucea un segundo antes de apartarse de Sorrengail y lanzarse sobre mí—. Eirin, ¿estás bien?

Sacudo la cabeza y dejo que me ayude a incorporarme. Evito mirar mis brazos, que los noto en carne viva y mis piernas tiemblan violentamente, pero al menos puedo tenerme en pie sin ayuda.

La certeza de que no puedo sobrevivir a esto vuelve a abrirse paso a través de mí.

—¡En formación, ya! —la voz del comandante Panchek se escucha anormalmente elevada por encima de los gritos—. ¡Un jinete jamás rehúye el fuego! ¡Ahora!

Y una mierda, un jinete arde igual de bien que la yesca cuando se enfrenta al fuego de un dragón. Me hubiera encantado verlo a nuestro lado, manteniendo la formación y saliendo indemne de las llamas.

El hombre que se ha presentado como el comandante Varrish da un paso al frente y me estremezco al verlo, tengo la sensación visceral de que es cruel y, a juzgar por lo que veo en su rostro, no siente ni un ápice la masacre que acaba de ocurrir.

—¡No solo los de primer año se ganan el reconocimiento en Basgiath! —grita—. ¡Las alas son tan fuertes como su jinete más débil!

—¿Qué acaba de pasar? —murmuro, incapaz de apartar la mirada del comandante Varrish, esperando que en cualquier momento haga un gesto y vuelva a desencadenar otra tragedia.

Sloane clava la mirada en el cielo y su piel adquiere un preocupante tono verdoso. Sigo su mirada y se me corta el aliento al distinguir la silueta de un enorme dragón negro emanando furia en cada uno de sus poderosos aleteos.

—No lo sé.

¡Hola de nuevo!

Lo primero, muchísimas gracias por comentar, me hace mucha ilusión saber que os gusta lo que escribo.

Y, la verdad, no esperaba poder actualizar tan pronto, pero estos días he tenido más tiempo del que esperaba. Intentaré no tardar mucho en ir subiendo capítulos, pero os aviso que no va a ser habitual que lo haga cada dos días.

También os aviso de que quizás tenga que borrarla y volver a subirla porque parece que está habiendo algún problema con la plataforma y la historia no aparece siempre o aparece como inaccesible. Si el problema sigue, tal vez vuelva a publicarla para ver si se arregla (si alguien sabe cómo solucionarlo, por favor que me lo diga).

Opiniones, críticas constructivas y consejos son bienvenidos, me hará mucha ilusión leeros.

¡Nos leemos!