La Revolución de Mestionora

Coucoucaloura y Schlagziel

–¿Qué es una lista negra, Myneira?

Estaba sentada con los Linkberg, incluidas Hermelinda y Heidemarie, en el comedor de la finca de Karstedt para tomar un desayuno temprano cómo todo lo ha hecho durante todo el primer mes en la sala de juegos. Por las historias que Heidemarie le contara y a juzgar por los dibujos raros que estaban grabados en la base de todos sus platos, vasos, copas y tazas, muy parecidos al círculo de una chica mágica, suponía que estaban evitando a toda costa que ella desayunara o cenara en el castillo. La idea de que temían que la envenenaran le provocó un escalofrío ligero cuando lo pensó, haciendo que en su mente comenzara a sonar el tema de Game of Thrones cada vez que se sentaba a la mesa de la comida en el castillo.

Si alguna vez deseó vivir dentro de un libro, ahora mismo daba gracias a que su deseo no se hiciera realidad. No se veía sobreviviendo en Westerios y tampoco deseaba tener el poder del ducado… o del país. Parecían más problemas de los que estaba dispuesta a enfrentar

–Es una lista de gente o cosas que no son bienvenidas en un establecimiento –explicó mientras le servían un poco más de jugo de phrere en su copa–. Yo soy todavía muy pequeña y apenas he sido bautizada, así que mis socios comerciales, los que son adultos al menos, serán quienes tengan mayor influencia en mis restaurantes por el momento. Supongo que no soy la única que quiere evitar que gente poco adecuada entre y arruine el ambiente en mis negocios.

Sus padres adoptivos, su "hermana mayor" y la familia de su padre de bautizo la miraron con diferentes grados de asombro y entendimiento. La abuela Elvira incluso le sonrió, acercándose un poco más a la mesa sin parecer descortés o poco agraciada.

–Es comprensible, Myneira. Uno siempre prefiere que sus proyectos marchen de la forma más tranquila posible, sin embargo, muchas veces nos encontramos rezando con fervor a Duldzetzen, a Verdraos y Gebotornung para recobrar el ambiente pacífico incluso en casa.

Le costó algo de trabajo comprender bien, pero según parecía, Lady Elvira había necesitado mucha paciencia para que una persona de su casa se comportara, respetara las normas y dejara de ser una molestia en su casa. Myneira miró alrededor pero solo notó que Lord Karstedt se tensaba un poco, mirando a otro lado en tanto sus hijos lo miraban de forma acusatoria y algo… cansada.

'¿Qué hizo este chico para que todos parezcan tan cansados de repente?'

–¿Y tienes a alguien en mente para esta lista negra, Myneira querida? –intervino la abuela Hermelinda de inmediato con su voz suave, haciéndola sonreír.

–Un par de personas, por el momento. He escuchado de cierta… noble que no ha parado de causar problemas incluso a los comerciantes. Da la impresión de que le parece divertido provocar desgracias a otros por medio de la comida y no tiene idea de lo que es un sabor refinado y de buen gusto. ¿Por qué querría a alguien tan terrible en mi establecimiento dando problemas? Tampoco quiero a nadie de su séquito en mi local, así que, estaba pensando si podríamos hacer que mi restaurante del barrio noble pueda funcionar como el de la ciudad baja desde su inauguración.

Heidemarie le sonrió a Eckhart y éste se acomodó cómo si estuviera más curioso de lo que en realidad estaba. El tipo se notaba expectante, sí, pero también estaba siguiendo el plan.

–¿Y cómo funciona o va a funcionar ese local de la ciudad baja, Myneira? –preguntó Eckhart del modo más natural que pudo.

–Con un sistema de invitación. Solo gente recomendada, que haya recibido una invitación y cuyo nombre no se encuentre en la lista negra, tendrá acceso. Ferdinand dijo que podía ayudarme a crear algún artefacto que me permita repeler personas no gratas por medio de las invitaciones cuando plantee esa preocupación para el local de la ciudad baja a finales del otoño, imagino que podría hacer lo mismo para el del barrio noble… cuando pueda hablar con él.

–De pronto, no tengo nada de ganas de estar en esa lista –comentó Cornelius.

–Así que, ¿quieres que Lady Hermelinda y yo te ayudemos a ver qué esa lista sea respetada, Myneira? –inquirió Elvira, descubriendo su intención de inmediato.

–¡Si, por favor! Si mi amado y siempre atento abuelo pudiera ser incluido entre los responsables, sería de gran ayuda. Hija de un candidato a archiduque o no, temo que soy solo una niña pequeña y débil que sigue recuperándose de una larga enfermedad. ¿Quién le haría caso a una pequeña niña que cuelga un cartel de "prohibido el paso" a una puerta o a un local comercial?

Mientras los adultos le sonreían y asentían, Cornelius miraba a todos lados antes de tomar la palabra.

–Pensé que tu socia de la ciudad baja también era una niña cómo tú.

–¿Freida? Si, somos de la misma edad, sin embargo, nuestros tutores legales ante el gremio se harán cargo de la lista negra.

–¿Y quiénes son esos tutores legales, mi niña?

Myneira le sonrió a Bonifatius con toda la inocencia que pudo juntar, cerrando incluso los ojos antes de mirar al techo con la cabeza ladeada, apoyando su mejilla en su dedo para enfatizar la imagen.

–El jefe del gremio de comerciantes y el dirigente de la compañía Gilberta, el señor Benno. La abuela Linda y tía Elvira le han comprado rinshan, velas aromáticas con forma de esculturas e incluso materiales de escritura y algunos accesorios durante las últimas dos estaciones al señor Benno, así que no es un desconocido para la familia.

Cornelius la miraba ahora sorprendido, Eckhart parecía bastante orgulloso y Heidemarie no hacía más que sonreír divertida por los rostros de los hermanos Linkberg. En cuanto a sus abuelos, ambos parecían convencidos, igual que Elvira. El único que la miraba con sospecha ahora era Karstedt.

–Solo por curiosidad, Myneira… ¿A quién deseas poner en la lista negra de los nobles?

–A Lady Verónica y su séquito, por supuesto –sonrió la pequeña con toda la inocencia que pudo reunir ante la pregunta de Karstedt.

–¡No pueden! ¡Es la madre de Aub!

–¿Y eso qué? ¿Abuelo Karstedt, es que no probaste la terrible sopa que nos sirvieron después de mi debut? ¿O los platillos desabridos que nos hacen comer cada día entre clases? La pobre Coucocalura lloraría si la hicieran probar algo tan picante y carente de otros sabores. Ni siquiera la familia que me dio asilo en la ciudad baja me daba alimentos tan carentes de sabor –murmuró lo último para dar énfasis y dramatismo, aprovechando para ventilar algo de su frustración por no verlos antes de tomar aire y levantar la cara–. Yo estaba tan entusiasmada por probar ese legendario pescado que nos sirvieron el día de mi debut y adopción, pero lo único que mi lengua detectó fueron un montón de especias cuyo sabor no solo NO era armónico, sino que además carecía de otra cosa. ¡Y esa mujer parecía tan orgullosa de eso!

»Lo siento, pero no puedo permitir que una persona tan ignorante sobre cómo debe saber la comida pruebe mis recetas. ¡Sería un insulto a las bendiciones que he recibido de la diosa de la cocina! ¿Qué tal que la diosa decide retirarme su bendición por permitir que gente como esa pruebe mis creaciones? ¿Y si pierdo mi sentido del gusto por eso? Lo lamento, pero como doncella del templo y Suma Sacerdotisa no puedo arriesgarme a algo tan aterrador.

El hombre la veía incrédulo, igual que el pequeño Cornelius y el abuelo Bon, que parecían más sorprendidos por la última parte de su discurso que por otra cosa.

–¡Pero, ella…!

–Si mi linda nieta e hija adoptiva prefiere mantener a esa mujer alejada de su mesa, entonces YO la respaldo, Karstedt –vociferó Bonifatius de inmediato, saliendo con demasiada rapidez de su asombro inicial–. Sigo siendo el que se hace cargo del gobierno y la fundación cuando el Aub está ausente, además, es SOLO un restaurante. No es cómo que impedirle el paso vaya a sumir a nuestro ducado en la desgracia o a matar a… Lady Verónica.

Karstedt ya no dijo nada y la conversación de sobremesa se desvió al tipo de dulces que la pequeña llevaría ese día a la sala de juegos. Cornelius era el más entusiasmado con ello, alegrándose en voz alta de no ser Lamprecht, quien se encontraba en la Academia Real en ese momento.

–¿Dónde estuviste? ¡No te había visto desde mi debut y…!

–¡Hermana Myneira, compórtate!

Que Ferdinand dijera eso con su tono usual y su rostro serio mientras le jalaba las mejillas en la entrada del Templo no era algo agradable, aunque sí efectivo. La niña tomó aire antes de dedicarle una mirada cargada con promesas de revancha por ese pellizco sin recibir la usual sonrisa brillante que Ferdinand usaba para ocultar su molestia, preocupándola.

–Además de encargarme del trabajo de ambos en el Templo durante tu ausencia y entrenar algunos sacerdotes, estuve ocupado recabando la información que me solicitaste –respondió Ferdinand luego de soltarla, avanzando a su paso y guiando el camino a través de los familiares y piadosos pasillos–. Encontré a alguien que puede ayudarte con lo de la tinta, también me encargué de un par de problemas que surgieron junto con tu nuevo gremio de papel vegetal y tinta. En cuanto al noble con el que tu socia Freida tiene un contrato de concubinato, es una familia laynoble de eruditos, podrían adoptarla, pero temo que tendríamos que pensar en una buena excusa sobre porqué la niña no hizo su debut este año y quizás patrocinarla nosotros. Por otro lado, Fran tiene noticias para ti de parte del jefe Gustav sobre tus empresas y yo tengo algunas preguntas por esto.

El hombre de cabellos azules y ropas blancas le entregó entonces una tabla de madera en lo que esperaba a que les abrieran la puerta a una habitación. Myneira sólo se dejó guiar en tanto leía un par de veces la tablilla en sus manos, deteniéndose luego de leer por cuarta vez para mirar a Ferdinand con algo de angustia.

–¿Esto…?

–Lo discutiremos en mi habitación oculta. Más vale que me expliques cómo fue que conseguiste eso a pesar de todas mis advertencias.

La joven tragó con dificultad. Mocoso o no, Ferdinand podía hacerla sentir muchísimo más incómoda que Benno cuando trataba de aleccionarla o elevaba la voz para llamarle la atención por un desliz.

Mirando en derredor, la pequeña encontró solo miradas de pena y de simpatía por parte de los sacerdotes grises y azules concurridos ahí. No eran muchos, pero si algunos más que la primera vez que ayudó a llevar las cuentas en esa habitación.

La puerta de la habitación oculta de Ferdinand se cerró tras ella. La anticipación la tenía con el corazón cada vez más acelerado y la respiración un poco entrecortada, así que ni siquiera reparó en el desorden de tablillas, papeles, pergaminos, tinta y calderos escurriendo entre la mesa y el suelo sino hasta sentarse en su lugar habitual, esperando a que Ferdinand terminara de atravesar la habitación para acomodarse en la silla de enfrente.

–¿Y bien? –exigió el muchacho con voz potente e intimidante.

Myneira miró de nuevo la tablilla. Una invitación a tomar el té con el Aub.

–No lo sé. Traté de pasar desapercibida. ¡Hice todo lo que me indicaron!

–Ajá, corregir el plan de enseñanza de los profesores no fue algo que se te indicara hacer, tampoco introducir tus materiales de juego o dejar en vergüenza a los chicos que ya están cursando la Academia Real.

Soltando un sonoro suspiro, aferrando todavía la tela cubriendo sus rodillas, Myneira miró un momento al suelo antes de mirar al frente, lanzando una única mirada de reojo al desastre en la entrada.

–Parece que no soy la única que hizo cosas que le dijeron ESPECÍFICAMENTE que no hiciera.

Levantó la mirada. El muchacho se cruzó de brazos y volteó a la ventana tratando de mostrar su molestia y esconder la vergüenza de ser descubierto.

–¡No eres mi madre!

–¡Tampoco soy tu hija! Y por si no me escuchaste, traté de mantener un perfil bajo. ¿También debía fingir idiotez? ¡No es culpa mía que las clases sean tan fáciles y aburridas! Y el abuelo Bonifatius dijo que era mi obligación como la archinoble de mayor rango en ausencia de un candidato a archiduque dirigir la sala de juegos. Por otro lado, se suponía que debías comer y descansar de manera adecuada. Estoy agradecida de todo tu apoyo, pero ESO de ahí me dice que hiciste exactamente lo contrario a lo que te pedí y que por eso no te vi todo este tiempo, además apestas a pociones, ¡hippie! ¡Deberías cuidarte más o morirás de forma estúpida!

La mirada de desdén que estaba recibiendo era idéntica a la de su nieto mayor cuando lo regañó por irse a patinar sin casco y rodilleras… demasiado igual.

–No soy el único que podría morir de forma estúpida si no atiende indicaciones.

–¿A qué le temen tanto? Hay unos círculos raros en mi vajilla, Heidemarie, Eckhart y todos los Linkbergs han estado haciendo de todo para que no coma seguido en el castillo, soy la última en llegar a la sala de juegos y la primera en irse… ¡Y tú estás trabajando solo los dioses saben en qué más!

Su fastidio debía ser contagioso porque no tardó nada en notar el mal humor en el chico frente a ella, lo tensó que estaba su cuerpo entero o cómo su mano no tardó en dirigirse al puente de su nariz, obligándola a mirar al suelo con una punzada de angustia en el pecho.

–Solo estamos tratando de mantenerte a salvo… y fallamos según parece. La nota es clara, lo que es peor, dado que el Aub es quien te está invitando, no tenemos forma de rechazarla esta vez.

–¿Esta vez?

Ferdinand soltó un fuerte suspiro, se puso en pie y caminó hasta su escritorio, moviendo un par de cosas hasta tomar algo, deteniéndose junto a ella y entregándole una serie de tablillas que ella leyó de inmediato.

Todas eran invitaciones a tomar el té con Lady Verónica. Por las fechas, dedujo que la primera llegó a la mansión de Bonifatius al día siguiente de su debut, luego una cada semana, todas solicitando su presencia tres días después de ser enviadas. Había al menos cinco ahí.

Estaba por levantar la vista y preguntar cuando un collar con una piedra bastante bonita apareció frente a sus ojos.

Siguiendo las manos que sostenían aquella joya notó el rostro serio con aquel par de ojos oro pálido cargados de preocupación y cansancio. Dejando las tablillas de lado, Myneira adelantó la mano para tocar el collar un momento y mirarlo mejor.

–Es un amuleto especial. Purificará tu cuerpo si eres envenenada.

Se quedó sin aire, atónita al confirmar sus sospechas.

Un movimiento de Ferdinand la trajo a la realidad. La pequeña se apresuró a retirar su cabello para permitir que le colocara aquella pieza de joyería delicada y cálida, haciéndole pensar en los exámenes médicos que le practicaba aquel muchacho y que la hacían sentir tan cómoda como los chequeos de Heidemarie, aunque de modo diferente.

Cuando soltó de nuevo su cabello y volvió a mirar, el peliazul miraba algo en su mano, luego a ella.

–¿Cómo se siente el amuleto?

–Me siento… confortada, segura también. Muchas gracias.

–¿Puedo ponerte un amuleto más? Aún si confío en el Archiduque, no confío en Lady Verónica y dos amuletos me parecen insuficientes… uno en cada brazo y cada pierna siguen pareciéndome insuficiente pero tampoco sería adecuado ponerte tantos, yo solo...

–Lo sé. Si darme más protecciones te deja más tranquilo, adelante, Ferdinand.

No tuvo que decir más. Él le mostró un brazalete y ella le ofreció su mano izquierda, sintiendo el metal que debería ser frío envolverla con un calor agradable, ajustándose a su muñeca de inmediato cómo su anillo de bautizo alrededor de su dedo anular o la muñequera que llevaba en la derecha.

–Esto va a repeler a cualquiera que intente tocarte con malas intenciones. El que te di antes puede repeler ataques mágicos, pero…

–Gracias, Ferdinand. Haré lo posible por tener cuidado. Estaré bien, lo prometo. Incluso volveré al templo en cuanto acabe la fiesta de té, siempre puedo decir que tengo algo de trabajo pendiente aquí.

Apenas Ferdinand se sentó en la silla para descansar un poco, ella bajó del sillón para escalar hasta quedar de rodillas en la silla y abrazarlo con fuerza, acunando aquella cabeza dura y llena de preocupaciones antes de comenzar a peinarle el cabello.

–¿Myneira…?

–Necesitas un abrazo y luego una buena comida y una noche de descanso. Has hecho todo lo que has podido, Ferdinand. Gracias por tu tiempo y las molestias. ¿Puedes relajarte ahora, por favor?

Lo sintió suspirar y tratar de despegarla de él antes de rendirse y devolverle el abrazo, tomando una enorme bocanada de aire antes de relajarse solo un poco entre sus brazos. Myneira sonrió, apoyando su mejilla en el brillante cabello con aroma a maderas y pociones sin dejar de peinarlo despacio, lamentando no poder jugar del todo a ser la madre que este joven tanto necesitaba.

El día del fuego llegó. La quinta campanada sonaba en la lejanía y Myneira era escoltada de la sala de juegos al ala dónde residía la Chaocipher que tanto daño causó a sus tutores de un modo u otro.

El camino fue lento y tortuoso. El castillo era mucho más grande que el Templo y sus pequeñas piernas junto a su cuerpo frágil no la ayudaban para nada, teniendo que hacer al menos tres altos para tomar un poco de poción reconstituyente y descansar antes de proseguir.

–Sería bueno que ya pudieras usar una bestia alta para transportarte, hermanita. Por desgracia, las alas estorbarían mucho en los pasillos y todavía no conseguimos un permiso especial del Aub.

–¿Bestia alta?... ¿Las monturas de los caballeros? ¡¿De verdad puedo tener una antes de entrar en la Academia?!

La risita divertida de Heidemarie y la diminuta sonrisa de Eckhart la hicieron sonreír más, emocionándose ante la perspectiva y sintiendo que la anticipación por conocer a su siguiente objetivo disminuía lo suficiente para que los nervios dejaran de comerle el estómago.

–Lord Ferdinand va a enseñarte cuando vuelvas al Templo para el ritual de dedicación. Estoy segura de que aprenderás en un abrir y cerrar de ojos.

Myneira asintió, sonriendo antes de continuar su camino hasta llegar a la sala donde alguien la presentó y se le permitió el acceso tanto a ella, cómo a sus familiares que de momento hacían de séquito para ella. Aún si Bonifatius y Hermelinda estaban valorando todavía a posibles asistentes, eruditos y caballeros femeninos para ella, la verdad era que solo la pareja de recién casados permanecía a su lado fuera del Templo y de la Ciudad Baja, dándole una sensación de tranquilidad que apreciaba bastante.

Apenas un vistazo a Heidemarie para confirmar y la niña se arrodilló de brazos cruzados frente al Aub de Ehrenfest y su madre. A diferencia del Archiduque, la mujer se mantuvo sentada en su lugar, con el rostro velado cómo una novia de occidente… aún si sus ropas eran rojas y no blancas.

–Lo permito.

–Oh, Ewigeliebe, Dios de la vida, bendice al Archiduque Sylvester de Ehrenfest.

Su anillo le succionó el maná y una pequeña lluvia de luces cayó entonces sobre el hombre que no tardó en sonreír siguiendo los brillos con la mirada, complacido e interesado en el pequeño despliegue de magia y cortesía.

–Toma asiento, por favor. Veo que has traído algo para la fiesta de té. ¿Puedo saber si son galletas?

Sin dejar de sonreír, Myneira se sentó con ayuda de su hermana mayor, la cual no tardó en presentar la fuente con mini hotcakes, miel y pequeños frutos del bosque rebanados con cuidado para simular flores sobre ellos.

Centrándose en imitar a Elvira, Myneira pasó a hacer una prueba de veneno y a explicar la comida. Le habría encantado llevar postres hechos con parue, sin embargo, temía que el Archiduque se encaprichara en quedarse con todos los frutos de invierno, además de que en ese momento no había ni uno. El Señor del Invierno todavía no hacía acto de presencia, aunque según sus abuelos, Eckhart, Heidemarie y Ferdinand, la bestia que desataba la ventisca no tardaría mucho en reaparecer. Esa era, de hecho, la última semana que asistía a la sala de juegos de invierno, luego de lo cual permanecería encerrada en el Templo hasta que la caza de la temible bestia tuviera lugar y el Ritual de Dedicación hubiera terminado.

–Así que tú eres la pequeña que tiene encantado a Ferdinand –inició el Archiduque con una sonrisa que parecía sincera sin perder su porte cómo líder del ducado–. Eres más pequeña de lo que esperaba, ahora que te veo de cerca.

–No deberías hacer tanto alboroto por eso, Sylvester –se quejó de inmediato la mujer del velo sin probar ni uno de los pequeños postres que el Aub estaba devorando con elegancia–. Ese tipo solo busca cómo quitarnos a todos de en medio, ¡solo ve lo que le hizo a mi pobre hermano menor!

–Madre, ya te dije que mi hermano no estaba tratando de quitar del poder al tío Beezewants. Lo que pasó fue solo resultado de los malos manejos del templo por parte de tu hermano.

–¡¿Cómo puedes ponerte del lado de ese bastardo, Sylvester?! ¡Soy...

–Disculpen –intervino Myneira poniendo su mejor cara de inocente y depositando con cuidado su taza de té sobre el plato, imitando los movimientos que Elvira le enseñara los últimos meses e ignorando la repentina sed de sangre a sus espaldas–, ¿el Sumo Obispo Ferdinand es su hermano, Aub?

Sylvester sonrió de inmediato, hinchando el pecho y enderezando la espalda, contrario por completo a la reacción de Lady Verónica, cuya boca lucía torcida detrás de su velo, el cual casi ni se movió cuando su cuerpo entero se tensó antes de que los hombros se le erizaran cómo un gato a punto de atacar.

–Así es. Ferdinand es mi querido hermano menor, ¿no lo sabías? Me sorprendió bastante cuando eligió una pequeña niña para ser la Suma Sacerdotisa, desde entonces he tenido mucha curiosidad por conocerte, Myneira. Impresionar a mi hermano para que confíe en otros es... Bueno, sería más sencillo que Ewigeliebe derrotara a Leidenschaft para secuestrar antes a Geduldh.

Myneira tomó un sorbo de su té en lo que traducía aquella alegoría. Si se guiaba por las santas escrituras cómo cada vez que le enseñaban un nuevo eufemismo, Lord Sylvester estaba diciendo que era más fácil tener una nevada en verano a encontrar a alguien en quien Ferdinand pudiera confiar. La pequeña bajo la mirada un poco hacia su humeante taza de té sintiendo una calidez inusual inundando su pecho, orgullosa de ser alguien especial y feliz de conseguir algo tan difícil cómo lograr que ese mocoso gruñón la tuviera en alta estima de modo tan abierto.

–El Sumo Obispo Ferdinand es una persona demasiado capaz e inteligente, milord, además de amable a su modo. Imagino que ahora que ha cumplido su trabajo puede deshacerse de su disfraz y volver a su legítimo lugar como Lord Comandante de los nobles caballeros de Ehrenfest.

–¿Disculpa? ¿Disfraz?

Myneira sabía que no era una farsa la estadía de Ferdinand en el Templo. Heidemarie y Eckhart fueron muy claros al explicarle lo que sucedía. Bonifatius y Hermelinda también le habían dejado bastante clara la impresión que tenían los nobles sobre el Templo.

Aquello fue una verdadera revelación en su momento. Mientras que en la Tierra los templos eran el corazón de las religiones y, por tanto, lugares de reverencia (en algunos países más que en otros), aquí no era más que un tiradero para los indeseables.

Prostitución, esclavitud, podredumbre... El Templo de Ehrenfest era considerado por los nobles un lugar sucio y turbio mientras que para los plebeyos era donde uno dejaba sus pequeños pecados previos al matrimonio o a los niños demasiado enfermos para que murieran lejos del hogar... Devoradores o no. En lo que llevaba ahí se enteró de varios niños abandonados que no tenían maná, cómo la pequeña Delia a quién tomaría a su cargo en cuanto fuera bautizada, o Dirk, el único bebé con devorador asilado por el momento en el Templo.

No importaba que ella se sintiera a gusto y en paz trabajando en el Templo y levantando sus empresas desde ahí, pocos podían tener una buena opinión del Templo y no sabía si era un problema local o de todo Yurgensmith, lo cierto es que los nobles que caían en el Templo dejaban de ser nobles.

'Hora de jugar a ser Daenerys Targaryen' pensó la joven mirando a los dos adultos frente a ella con toda la falsa inocencia que pudo fingir.

–¿No fue idea suya que el talentoso Lord Ferdinand se disfrazara de sacerdote para descubrir todas las faltas a la ley que se estaban cometiendo ahí para comenzar a limpiar y mejorar el ducado? ¡Qué mejor modo para obtener pruebas y hacer respetar la ley que colocar a un hombre tan inteligente y astuto en el Templo! Tengo entendido que usted ha tenido que tomar el mando de nuestro ducado debido a la prematura muerte del Archiduque anterior. De verdad pensé que era una genialidad tomar a uno de sus más leales y confiables súbditos para comenzar a limpiar la ciudad de malhechores sin levantar sospechas y que en cuanto Lord Ferdinand terminara de dejar todo en orden volvería a la nobleza para retomar su cargo y sus obligaciones previas.

–¿Ese bastardo...? –siseó Lady Verónica con saña, siendo interrumpida por la fuerte risotada del Aub, quien perdió su porte de inmediato, convirtiendo su postura en la de un niño grande y despreocupado, acercándose más a Myneira por sobre la mesa cuando pudo dejar de reír.

–¿De dónde has sacado semejante idea? No sabía que el tío Bonifatius tuviera un sentido del humor que heredar.

El hombre siguió riendo un poco más. Myneira, por su parte sonrió un poco antes de mirar hacia Lady Verónica y luego al Aub, soltando un pequeño suspiro y poniendo la cara que puso su hija a los ocho años, cuando descubrió que Tetsuo era el hada de los dientes.

–¿Entonces no fue por eso por lo que mandó a Lord Ferdinand al Templo?... Bueno, supongo que una niña pequeña e ignorante cómo yo no puede comprender en realidad las verdaderas intenciones de los adultos, así que tendré la enorme fortuna de seguir teniendo un tutor digno de la realeza si no va a ser devuelto a la nobleza pronto.

Un breve silencio la acompañó a dar un pequeño sorbo a su té, roto por el delicado sonido de una taza azotada contra un plato y la voz de Lady Verónica.

–Ese... Ferdinand está donde debe estar. En el Templo, con el resto de la escoria del ducado. Un usurpador sediento de poder debe ser retenido en lo más bajo a como dé lugar.

–¡Madre! –interrumpió Sylvester retomando su porte anterior, pareciéndole un perro apaleado a Myneira en cuanto Verónica giró su rostro velado hacia él.

La pequeña tomó aire, incrédula y algo decepcionada por lo que veía.

–El Sumo Obispo Ferdinand es un excelente combatiente, inteligente y hábil en muchas áreas. Si bien las tierras del ducado solo pueden beneficiarse al contar con su enorme capacidad de maná donado durante el Ritual de Dedicación, pienso que sería benéfico para el ducado permitirle regresar a su puesto anterior. Lord Ferdinand es un hombre leal a su ducado. No hay una sola gota de sangre traidora en él. Lord Sylvester, no estoy muy segura de que usted aprecie a su hermano cómo afirma, pero puede quedarse tranquilo. ¡Yo me aseguraré de hacerle comprender su valor y lo haré sentirse apreciado hasta el final de mis días!

El sonido de porcelana quebrándose al tocar el suelo la hizo mirar con atención.

Madre e hijo tenían la boca abierta, mirándola cómo si una segunda cabeza acabara de brotar de su vestido. Lady Verónica ya no tenía taza alguna en su mano o frente a ella y una de las mujeres que fungía como su asistente se notaba atareada limpiando el desastre desde las sombras en tanto otra se apresuraba a servir y depositar una nueva taza de té humeante con el mismo diseño de la anterior. De pronto Myneira comprendía que su propio juego de té tuviera solo dos tazas a pesar de que Ferdinand siempre usaba su propia taza para acompañarla... Igual que todos los otros nobles con los que tenía contacto.

–¿Gracias?

El tono inseguro y desconcertado del Aub casi la hace reír. Se aguantó mirando a la mujer que tantas desgracias parecía causar por todos lados, luego devolvió su mirada, de nuevo, al Archiduque.

–No me agradezca, soy yo quien debe agradecerle. Mi tutor puede parecer despiadado, gruñón y exigente de manera anormal, a pesar de ello estoy muy agradecida por ser tan afortunada de que esté encargándose de mi educación. No pensé que los otros niños del ducado estarían tan atrasados cuando ingresé a la sala de juegos de invierno o que la currícula que manejan los profesores fuera tan lamentable. Supongo que es una suerte que el abuelo Bonifatius me adoptara porque de ese modo puedo reformar y corregir un poco ese pequeño error.

»Claro que no es culpa suya, Aub, usted tiene poco tiempo gobernando. Seguro ha estado más que ocupado manteniendo a flote el ducado y estabilizándolo. Debe ser complicado evitar una guerra civil debido al terrible desabasto de maná y alimentos en zonas como Handelzen o regatear los impuestos de importación y exportación con los otros ducados para que el nuestro pueda gozar de los beneficios adecuados. Eso sin olvidar que, de momento, no hay un candidato a Archiduque en la sala de juegos de invierno. ¿Cómo podría usted saber de las deficiencias en él con todo lo anterior?

Un sorbo a su taza y sintió un pequeño pellizco en su hombro, proveniente de Heidemarie. Al parecer acababa de pasarse con su plan de picar en el orgullo al Archiduque y su madre.

–¿Estamos seguros de que eres una niña recién bautizada y no una adulta de muy baja estatura? –bromeó el Archiduque haciendo señas para que le sirvieran una tercera tanda de hotcakes en tanto su madre seguía picando con movimientos robóticos lo que parecía un puñado de galletas tipo crackets.

–Mi hermana puede atestiguar mi edad real, milord. Lo mismo el Sumo Obispo Ferdinand.

–Supongo que debo agradecerte por todas tus… notables observaciones. Recibir ayuda para mejorar las vidas de los ciudadanos siempre es bien recibida.

Ella asintió y sonrió tal cómo las mujeres de su familia noble le enseñaran, tomando un pequeño bocado de postre con su tenedor para mantener el silencio un poco más. Estaba preparándose para interrogar a Lady Verónica sobre la razón de su insistencia contra Ferdinand cuando el Archiduque mostró una cara decepcionada al no encontrar más de los pequeños hotcakes, carraspeando un poco y retomando su papel de buen anfitrión.

–Pequeña Myneira, debo admitir que mi hermano es… difícil de apreciar. Por una razón el pobre hombre sigue soltero. ¿Si lo devuelvo a la nobleza, te casarías con él?

Lady Verónica rompió una segunda taza de té, ahogándose de una forma muy poco digna en tanto Myneira se quedaba en shock por un momento. Su propia taza todavía en sus manos y su sonrisa social a punto de desaparecer.

–Disculpe, milord. Creo que no le escuché bien. ¿Quiere que me comprometa en matrimonio con su hermano?

–¿Por qué no? Si se mantiene en el Templo, que siga siendo soltero no es algo que deba preocuparme. En cambio si lo devuelvo a la nobleza, temo que va a necesitar una esposa que lo aguante y…

–¡Sylvester! ¡¿Es que acaso eres estúpido?! ¡¿Cómo, en el nombre de la pareja suprema, se te ocurre regresar a ese bastardo sus títulos robados y ofrecerle una esposa?! ¡Y una princesa Leisegang, además! ¡¿Es que quieres que esos…?!

–¡Madre, ¿te importaría comportarte, por favor?!

–¡No, Sylvester! Estás empujando la espada de la vida contra tu propio pecho. ¡Ese maldito bastardo va a robarte el asiento del Aub con ayuda de esos despreciables Leisegang si, además de dejarlo regresar, le das una esposa con sangre de esos…!

Myneira se mordió el labio, respiró hondo y tiró su plato al suelo, sosteniendo su rostro con sorpresa y fingiendo que aquello era un accidente, llamando de inmediato la atención de sus anfitriones.

–Lo lamento. No suelo escuchar tantos gritos e improperios en casa o en el Templo, así que ruego disculpen mi desliz.

Heidemarie estaba ya recogiendo el plato. Eckhart un paso más cerca de ella, el Archiduque un poco pálido y su madre cruzada de brazos con una abierta muestra de desdén.

–No te preocupes. Mi madre es algo mayor y debe estar muy cansada, así que descuida.

–¡Sylvester!

–Por otro lado, no me has respondido a mi pregunta.

Mirando primero a Eckhart, luego a Heidemarie y por último a sus manos entrelazadas en su regazo, Myneira tuvo que poner un esfuerzo extra para seguir sonriendo a pesar de todo, ignorando a la mujer que era escoltada por el tío Karstedt y un par de mujeres caballero fuera de la sala de té.

No estaba segura de sí podría encontrar a Tetsuo. Quería creer que tal vez estaría en la Academia Real porque ninguno de los chicos en la sala de juegos se parecía a él en lo más mínimo. Comprometerse justo ahora podría cerrarle la posibilidad de volver a casarse con Tetsuo si llegaba a encontrarlo… y en verdad extrañaba a ese genio idiota y terco.

Soltando un suspiro pequeño, Myneira miró al Aub tratando de no llorar y haciendo su mejor imitación de niña pequeña e ingenua.

–¿Está seguro de que es correcto preguntarle algo así a una niña recién bautizada? No estoy muy segura de que Lord Ferdinand quiera seguir lidiando conmigo por el resto de sus días.

Una mirada seria por parte del Aub seguida de una fuerte risotada que lo hizo perder su fachada por completo, la descolocó un poco. Con algo de dificultad, Lord Sylvester dejó de reír lo suficiente para enderezarse de nuevo, tomar un sorbo a su té y responder con tranquilidad.

–Tienes razón. Ferdinand podría tomárselo a mal, jajajaja. Se lo propondré después, mientras tanto, te agradeceré que sigas apoyando a mi pequeño hermano en el Templo. Por cierto, ¿crees que podrías mostrarme el orfanato después del ritual de dedicación? Me gustaría mucho ver lo que has hecho con todos esos plebeyos sin hogar.

–Será un placer recibirlo, Aub.

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Notas de la Correctora:

Daenerys Targaryen, personaje principal de la saga de la novela Epica Canción de hielo y fuego, del escritor estadounidense, George R R. Martin.

Notas de la Autora:

Para todos aquellos que estaban preocupados de que Sylvester quería casar a Myneira con Wilfried... el hombre solo tenía que hablar con la niña para cambiar de opinión. Espero que con esto se queden un poco más tranquilos.

Nos leeremos la próxima semana.