El siguiente relato presentado a continuación es redactado en comisión por el usuario Unfulanomas de FanFictionNet, siendo un remake de un fic que él mismo escribió originalmente hace un año, dejándolo inconcluso y en mis manos para ser trabajado desde el inicio, por lo que los primeros capítulos serán casi idénticos a los que él mismo publicó hasta su cancelación, quedando por mi parte el extenderlos un poco más y darles una mejor presentación, siendo posiblemente a partir del tercer o cuarto capítulo cuando haya material nuevo, pero siguiendo el concepto encargado. Espero disfruten de la historia tanto como nosotros lo hicimos al redactarla.

Descargo de responsabilidad: El concepto de la franquicia y el anime de "Pokémon" y todo lo relacionado con el mismo pertenecen a sus autores y casas productoras correspondientes: Satoshi Taijiri, Junichi Masuda, Ken Sugimori / NINTENDO, OML inc y Tv Tokyo © 1997.


ANTES

Fastidiado por haber perdido el dinero de mi almuerzo a manos de los bravucones de turno durante el receso, fui a sentarme en uno de los banquillos bajo las escaleras junto a uno de los pocos compañeros de clase que tengo y que son mis amigos: un chico también de quince años, pero a diferencia de mí, su complexión era muy gruesa. En ocasiones él también era el blanco de los matones de la escuela; sin embargo y a su favor, era muy alto, y no tenía que usar unos horrorosos y ridículos anteojos de fondo de botella como yo, por lo que no eran tantas las ocasiones en las que se metía en dificultades.

—¿No me darías uno de tus sándwiches? —le pedí con la confianza habitual que nos caracterizaba—. Volvieron a quitarme lo que traía para comprarme el almuerzo.

Apartando con fastidio la vista de su Game Boy, quizá estaba por decirme que no, pero tras verme, seguro que sintió lástima por mí, el flacucho muchacho que siempre caminaba encorvado sin poder remediarlo. No es que tuviese algo malo en mi columna; simplemente me acostumbré a andar cabizbajo.

—Sí. Está bien.

—Gracias —mientras mordisqueaba el sándwich que agarré de los que tenía a un lado envueltos en servilletas dentro de una bolsa, curioso no pude evitar ver sobre su hombro la pantalla de tonalidades verdes. Eso no parecía el videojuego de Tetris con el que usualmente a veces lo encontraba enviciado durante los descansos—. ¿Y ese juego cuál es?

Un monito pixelado se movía por lo que parecía ser césped, de pronto la pantalla parpadeó haciendo un desagradable sonido de alarma. Entonces la imagen cambió por la de un ave estática. El personaje de mi amigo, en lugar de enfrentarla, le arrojaba algo que parecía ser una tortuga vista de espaldas parada sobre sus dos piernas traseras.

—Condenados pidgeys —rumió para sí mismo antes de responderme—. Es uno de los juegos de Pokémon. El rojo.

Me pareció familiar aquella palabra.

—¿Como el anime que van a estrenar hoy en la noche?

Un tanto presumido, sonrió con cierta burla mientras en el juego seleccionaba de una lista una palabra que decía "Placaje". Lo que me imagino que era la barra de vida del pájaro con un nombre extraño se bajó considerablemente.

—Por cable tiene meses que se estrenó. Pero sí, el anime está basado en el juego. ¿Por qué no le pides a tus papás que te compren uno? Te enseñaría a jugar. Con el cable link que tengo, incluso podríamos jugar juntos.

Suspiré. Lo decía tan fácil, pero la verdad es que los Game Boys no son precisamente baratos, aunque supongo que cuestan menos que los Super Nintendos, consola que le compraron a mi hermano de once años por sus excelentes calificaciones, así como a mi hermanita de siete una de esas muñecas que hablan. Pero aún si el dinero nos sobrara, con las calificaciones que tengo, ya sería un milagro que mis padres por lo menos quisieran darme un regalo en mi cumpleaños.

—Supongo que ni siquiera vas a intentarlo.

Seguro lo dedujo por la expresión que puse.

—Juro que cuando por fin vaya a comenzar a trabajar apenas termine la secundaria, la prepa y la universidad, me compraré un Game Boy, o incluso mi propio Super Nintendo (mi hermano seguía sin querer prestarme el suyo) con todos los juegos que quiera. Lo pondré en mi lista de pendientes de cosas que haré para cuando sea adulto.

—¿Y qué hay de mejor pagarle a un hospital para que te arreglen los ojos? Así ya no tendrías que usar esas cosas que te hacen ver tan tonto.

—Eso es justamente lo segundo que está en mi lista de pendientes.

No me di cuenta en qué momento la pantalla había regresado a su forma anterior con el monito recorriendo un camino, hasta que de pronto volvió a repetirse el suceso anterior, sólo que en esta ocasión el animal en turno que apareció se trató de un ratón. Poco caso le hizo mi amigo, quien finalmente me miró con curiosidad.

—¿Y qué es lo primero que tienes en esa lista? ¿Lo de los juegos?

—No. Es algo más importante.

—¿Y eso es…?

Noté que a un lado unas chicas se acercaban para subir por las escaleras, cuando lo hicieron alcé la cara con la esperanza de que alguna descuidada anduviera muy por la orilla permitiéndome ver bajo su falda. Nada. Al bajar la vista vi a una chica que notó lo que hice y me miró como si fuera una cucaracha que debiera ser aplastada. Sintiéndome avergonzado, lo siguiente que miré fueron mis pies.

—Casarme y tener hijos, por supuesto.

—Yo en tu lugar primero me arreglaba los ojos y después ya me buscaba a una chica. Te verías mejor y más caso te harían.

—No creo que esté tan mal. Las compañeras de la escuela de mi hermano, cuando van a la casa, me tratan mejor que las chicas de aquí, y son muy bonitas.

Iba a reanudar su partida cuando sorprendido me miró.

—¿Qué edad tienen las compañeras de tu hermano? ¿Doce, trece años?

La chica a la que en particular me refería había cumplido años hace poco. De hecho, acompañé a mi hermano a la fiesta que le dieron sus papás y me la había pasado bastante bien mirándola tanto a ella como a sus amigas, también chicas muy lindas. Precisamente por ello fue que no me costó trabajo recordar su reciente edad.

—Once.

—¡No mames! Sólo son unas niñas.

—También lo soy yo.

—¿Una niña?

—¡No! Me refiero a que también soy un niño… ¡Bueno! No soy un adulto, así que no creo que se vea tan mal. Digo, cuatro años de diferencia no son nada. Mi papá le lleva cinco años a mi mamá incluso, así que si me hago el novio de una de ellas, en unos años no debería de importar mucho, ¿no lo crees?

A juzgar por su expresión, supuse que no lo creía, aunque apreciaba el que pareciera intentar comprenderme. Puedo entenderlo, después de todo, a él quien más le gustaba de la escuela era la maestra de química y no puedo culparlo, se trataba de una mujer muy hermosa, pero no le encontraba mucha lógica el interesarme en ella tanto como mi amigo y otros chicos lo hacían. ¡Era como mínimo diez años mayor que nosotros! Perdón si sueno machista, pero soy de los que piensan que en una relación el hombre es quien debe de ser mayor que la mujer.

Prefiriendo cortar con el tema, mi amigo continuó jugando demostrándome habilidad al hacerlo con una mano, mientras que con la otra tomaba uno de los sándwiches.

—¿Y el anime es bueno? —le pregunté— Como que me llama la atención.

En realidad, gracias a Dragon Ball (tanto el original como su secuela "Z" en emisión), Caballeros del zodiaco, Sailor Moon y Ranma ½, es que todo lo que fuera anime me encantaba. Los diseños de los personajes de Pokémon que podía ver en los comerciales promocionando su estreno para esta noche se veían bien, aunque no estaba seguro del todo de qué iba, más allá de que los personajes eran un niño con gorra con un "Pikachu" que era una especie de ratón o conejo que expulsaba rayos, un chico moreno y mayor de ojos cerrados, y una bonita niña pelirroja que anda en pantaloncillos y blusa amarilla.

—Es divertido. ¿Vas a darle una oportunidad y mirarlo?

—Claro. Mañana te diré qué me pareció. Oye… ¿no me dejarías jugar un poco?

Ahora sí que pareció pensárselo mucho más antes de darme una respuesta. Primero abrió un menú con el que guardó la partida muy rápidamente y sólo entonces me pasó la consola.

Me explicó de qué iba el juego. Era un RPG en lugar de un juego de plataformas, que fue lo que inicialmente me imaginé que se trataba, y se parecía un poco al Zelda o el Final Fantasy, pero me explicó que era mucho menos lineal que aquellos juegos y no sólo se trataba de completar misiones, o en este caso, vencer a los ocho líderes de gimnasio que estaban esparcidos por el mundo donde la aventura se situaba. Principalmente, se trataba de recolectar a los "Pokémons". Ciento cincuenta en total, aunque era imposible juntarlos a todos, sólo a la mayoría, ya que se necesitaría de la segunda versión del juego llamada "Azul" para hacerlo por completo. Esta versión era idéntica a la otra en todo, salvo que en ella aparecían Pokémons que esta versión no tenía y viceversa, algo que me pareció absurdo, ¿por qué no poner todo en un único juego? Hasta pareciera que los creadores pretendieran que forzosamente los jugadores jugaran en compañía de otros y no en solitario. Sin embargo, tenía que admitir que durante los breves cinco minutos que jugué, le encontré su encanto y fue fácil que me enganchara.

—Sí, definitivamente quisiera un Game Boy para jugarlo por mi cuenta, aunque supongo que aunque ahorrara un año de lo que me dan para el almuerzo evitando que me lo quitaran, no podría comprarlo de todas maneras.

Mi amigo apagó su consola y me dijo.

—Pues descárgate por internet una copia del juego.

—¿Se puede hacer eso?

—Sí. Es descargarlo junto a un programa especial para jugarlo emulándolo en una computadora.

—Suena bien, pero en mi casa no tenemos internet. Muy apenas mi papá pudo comprar una computadora que de todas formas no nos presta porque la usa para su trabajo.

—Cómprate dos disquetes y yo te paso todo si quieres. Ya es cosa tuya que consigas usarlos en tu computadora.

—¿Y no te regañarían? ¿Cuánto te tomaría descargar todo?

Estaba pensando en la vez que fui a su casa y en el estudio a escondidas intentamos descargar una película pornográfica de casi dos horas que pesaba 70 MB, no parecía verse tan bien como lo haría un VHS pero era lo que había. A los veinte minutos, cuando iba por la mitad, su madre desde la sala descolgó el teléfono y todo se fue al traste. Al final lo que conseguimos fue un regaño porque nos conectamos sin pedir permiso, pero por lo menos no descubrió lo que tratamos de hacer.

—Siguen dejándome conectar media hora en la noche cuando nadie usa el teléfono, pero los archivos del juego y su programa son tan pequeños que bajarlos apenas y me tomaría unos dos o tres minutos.

Le agradecí el gesto. Los disquetes eran baratos y fáciles de conseguir en cualquier papelería. Me comprometí a traérselos mañana. Ya vería luego cómo conseguiría el tiempo para burlar a mi familia y poder jugar en la computadora.

Me alisé el cabello con una mano recordando la cantaleta de mi mamá en la mañana acerca de que ya necesitaba un corte de pelo.

"Dejarme el cabello largo como esos rockeros de la televisión." Eso también iría a mi lista de cosas pendientes que haré para cuando sea adulto.

Bueno. Al menos había una cosa que esta noche podría tachar de mi lista y esa era el ver por el momento el primer episodio del anime de Pokémon, y esperaba en unos días el también jugar, aunque fuese por la computadora, el juego de Game Boy en el que se basaba.


DESPUÉS

Con frustración, me froté la cabeza, específicamente el punto donde mi calvicie se hacía más pronunciada. La alarma de mi celular acababa de alertarme que ya eran las dos de la madrugada y que ya iba siendo hora de que me fuera a dormir. Al final no conseguí poner ni un pie en la dichosa academia Naranja. Sin duda, de todos los juegos de Pokémon, el Escarlata, e imagino que también el Púrpura, son los que tienen la introducción más larga de todas. También está el detalle de que quería primero atrapar a todos los Pokémon posibles del área antes de avanzar en el juego. Casi me acerco a los treinta, pero siento que todavía me faltaron más por ahí. Admito que es endiabladamente adictivo, aunque ahora que me veo obligado a apagar la consola, el sentimiento de culpa y arrepentimiento me golpea, preguntándome cómo es que ajustaré para pagar la renta a final de mes. Tal vez, y a duras penas, hubiese podido ajustarla de no haberme comprado también la edición Violeta que mañana probaré, todo con tal de no perderme nada de la novena generación.

Pesadamente levanté mis ciento veinte kilos de peso del sofá para dirigirme hacia mi habitación, donde al acostarme sin querer desperté a mi esposa tras mover el colchón de mi lado.

—Buenas noches, querida.

Antes de responderme, soñolienta primero tomó su celular de la mesita que tenía al lado para mirar la hora.

—Son más de las dos.

Ignoré el tono de regaño con que me señaló esto y me di la vuelta mostrándole la espalda. Sentí que ella se movió y jugueteó con sus dedos recorriendo mi brazo con estos.

—¿No te quedan energías para algo más? —Me preguntó tratando de hacer un tono sugestivo que no le salió muy bien.

No sé por qué me pedía algo así. El mes pasado, el doctor había sido muy claro al explicarme todo lo relacionado con la impotencia que a mis cuarenta años ya sufría. Lo vi de mal gusto.

—Sabes que yo ya no puedo hacer nada de nada.

Molesta, me dio un golpe en el hombro para luego ella también darse la vuelta ignorándome.

—Y supongo que las manos sólo te sirven para jugar.

Ahora sí que me sentí mal. Por un lado, sabía que la estaba descuidando, ella no tenía la culpa de que incluso si pudiera, me costaría trabajo tener el estímulo adecuado. Aunque la admiraba por tenerlo ella conmigo sin tener problemas con mi sobrepeso o mi falta de atractivo, contrario al mismo problema que yo sí tenía con las mismas características exactamente hacia ella, siendo que no éramos muy diferentes, detalle aparte el que ella fuera siete años mayor que yo, aunque cualquiera podría llevarse la impresión la primera vez al conocernos que quizá me llevaba diez años o poco más, también estaban todas las cosas en las que constantemente chocábamos.

—Tu hermana llamó en la tarde —musitó sin emoción y algo de hastío—. El niño ya nació por si quieres que el fin de semana vayamos a conocerlo.

—Gracias.

Exclamé sólo por decir algo. En realidad, tampoco tenía ganas de salir el fin de semana. Últimamente el trabajo en el centro comercial se había vuelto muy pesado, y el único plan que tenía para el fin de semana era jugar las últimas ediciones del juego de Pokémon que habían salido recientemente, incluso sin haberme acabado los juegos previos de los remakes de la cuarta generación.

Tal vez no sería difícil convencer a mi esposa de que no fuéramos; a ella no le gustaban mucho los niños, por algo nunca tuvimos ninguno en nuestros ya casi diez años de casados, pese a que eso había sido lo que yo más anhelaba desde muy joven. Y no, no es por el siniestro motivo por el que muchos se imaginarían, al menos aquellos que llegaran a descubrir mi muy "peculiar" gusto tan abierto por las chicas de casi "todas las edades". Juro que genuinamente deseaba tener hijos propios tanto para mantener la descendencia por mi cuenta de la familia, como para sentirme importante para alguien y experimentar el amor paternal puro que podrían darme, eso es todo. Si en toda mi vida nunca me atreví a ponerle ni un dedo encima a ninguna menor, estoy seguro de que mucho menos lo hubiese hecho con alguien de mi propia sangre.

Quizá, a pesar de que juro que me hubiese portado bien y habría hecho mi máximo esfuerzo por ser un buen padre, fue que Dios en su infinita sabiduría prefirió apartarme de la posibilidad.

Tal vez como cualquier otro hombre lleno de seguridad, por el contrario, habría luchado por mi sueño, y habría buscado a otra mujer dispuesta a darme lo que yo quería. Sin embargo, el conocer a mi esposa en sí ya había sido un verdadero milagro. No es como que en el pasado, cuando aún tenía pelo y no estaba tan gordo como ahora, me llovieran las posibilidades para conseguir otra pareja, siendo ella mi primera novia a lo largo de tres años en los que más por costumbre el uno por el otro, que por amor, fue que terminamos casándonos. Tampoco es que ella fuese muy atractiva o que tuviese una personalidad muy atrayente como para que hubiese tenido mejores opciones que no fueran yo. Sencillamente, ninguno de los dos podíamos darnos el gusto de ponernos exigentes para buscar a alguien más. Era estar juntos dándonos compañía, o condenarnos a permanecer miserablemente solos por siempre. Igual traté de hacerla cambiar de parecer a lo largo de los años, al menos hasta que ella llegara primero a los cuarenta, es decir, antes de que yo sufriera de impotencia.

De pronto me llegó una notificación a mi celular, al revisarlo descubrí que venía de una aplicación que me permitía ver anime ilegalmente. Parece que se había subido un nuevo episodio del nuevo anime de Pokémon. Decidí ignorarlo. No estaba muy interesado en siquiera comenzar a ver esa serie desde el inicio, de hecho, ni siquiera había terminado de ver la anterior donde por años el protagonista había sido Ash.

Ciertamente, rememorando los ayeres, el anime de Pokémon me había encantado desde el primer episodio, tanto como para seguirlo asiduamente a lo largo de casi seis temporadas y media. Sin embargo, tuve que aceptar la realidad de que se estaba volviendo muy aburrido al ser la trama de Johto técnicamente la misma que la de Kanto, pero muchísimo más extendida. La de Hoenn apuntaba a ser exactamente lo mismo, sumándole que no me cayó nada bien la sustitución de Misty por May, quien, a pesar de caerme bien y admitir que era muy bonita, seguía fastidiándome el hecho de que trajeran de vuelta a Brock, pero no a Misty.

Los videojuegos, por otro lado, seguían encantándome. Quizá era siempre lo mismo también con ellos, exceptuando la subsaga de Mundo Misterioso, pero me parecían muy entretenidos, agradándome las mejoras gráficas en cada salto generacional y los nuevos pokémons, o los pequeños cambios en las dinámicas. Aunque no abandoné del todo el anime, pues de vez en cuando llegué a ver videoclips o partes de alguno que otro episodio por internet junto a algunos resúmenes, e incluso miré completas algunas de las películas. Todo estaba bien a pesar de continuar siendo un poco más de lo mismo, exceptuando quizá por la saga de Sol y Luna, ya que los juegos de la séptima generación en los que se basaban, también eran distintos, pero la estética de la animación no es que me llamase mucho la atención a final de cuentas.

Con cierto fastidio me volví a levantar al sentir la necesidad de ir al baño. Por supuesto llevé conmigo mi celular.

Mientras estaba ya sentado en el retrete, un curioso golpe de nostalgia me invadió de pronto. Recordé épocas de mi vida mucho más sencillas en las que no tenía que preocuparme por cosas como el dinero. Mi única responsabilidad era aplicarme para sacar adelante mis estudios, en los que francamente no fui muy bueno. Concluí todo hasta la preparatoria, ya que no quise estudiar la universidad, pero al menos me puse a trabajar. Juro que eso fue más por iniciativa propia que por la advertencia de mi padre acerca de que no mantendría a vagos.

La verdad es que, con todo y que vivo en mi propia casa (bueno, en realidad es un departamento, y tampoco es mío, pero igual soy yo quien paga la renta, y ya veremos cómo saco adelante este mes en el que me gasté el dinero que tenía contemplado para la misma en los últimos videojuegos de Pokémon) nunca terminé de darle mucho gusto a mis padres sobre lo que esperaban de mí, a diferencia de mis hermanos, quienes además de estudiar una carrera, a la larga consiguieron mejores trabajos. Tal vez no mi hermana, aunque, de todas maneras, y como bien me señalaban mis padres, no trabajaba en esa tienda de abarrotes como una simple empleada, sino que ella también era la dueña de la misma junto a su esposo. A nuestro hermano le fue mejor tras conseguir un puesto importante en una empresa, pero él nunca se casó. Y yo... Bueno, no es que ser un intendente en un centro comercial sea muy glamuroso, pero nunca falta el dinero en mi hogar, al menos la mayor parte del tiempo.

Cansado de estar pensando en esas cosas, abrí la aplicación del anime y busqué la serie de Pokémon, específicamente la temporada uno de la serie original. Tras dar con ella, reproduje el primer episodio.

Volví a sentir mucha nostalgia al escuchar el emblemático primer tema de apertura. Luego continuó la escena de presentación, recreando los primeros segundos de la intro de los juegos originales de Game Boy, donde vemos un estadio donde un Gengar y un Nidorino están teniendo un duelo, hasta que el entrenador del Nidorino (que por su silueta se hace evidente que se trata de un miembro del Alto Mando) interviene cambiándolo por un Onix. Luego la escena cambia a donde descubrimos que todo lo anterior estaba siendo transmitido por televisión, siendo visto por un entusiasta niño de diez años llamado Ash Ketchum desde la comodidad de su habitación.

Perdí la cuenta de las veces que he visto este episodio junto con muchos otros de las primeras temporadas. No hay duda de que me estoy volviendo más viejo. Tal vez me quedaría a mirar todo el episodio en el baño, que me siento constreñido, por lo que me está costando trabajo liberar todo lo que tengo dentro. La comilona de pollo frito de la tarde fue muy abundante. Juro que a partir del próximo mes haré más ejercicio y cuidaré lo que como, y esta vez hablo en serio, incluso lo pondré como máxima prioridad en mi lista de pendientes.

Sentí una ligera molestia en el pecho que me obligó a rascarme. La molestia se convirtió en un dolor un poco más pronunciado.

¡De pronto perdí el aire e intenté ponerme inútilmente de pie! No porque no pudiera hacerlo, sino porque por absurdo que suene, finalmente estaba defecando y no quería ensuciar el suelo. Desesperadamente traté de hablarle a mi esposa para advertirle que estaba en problemas, pero la voz me había abandonado como para poder siquiera gritar.

El miedo me abrumaba tanto conforme sentía más y más dolor en el pecho, al mismo tiempo que el ritmo de mi corazón se aceleraba de un modo alarmantemente peligroso. En mi torpeza, no se me ocurrió que podría usar el celular para llamar a emergencias; aunque en todo caso, de haberlo hecho, supongo que nada hubieran podido hacer por mí al ser incapaces de llegar a tiempo para socorrerme.

El celular resbaló de mis manos, y la pantalla se partió contra el suelo en el momento en que se mostraba el título del primer episodio, después de que la mamá de Ash mandara a su hijo a dormir. Mi cuerpo comenzó a ponerse rígido. Lleno de miedo comprendí lo que estaba ocurriéndome conforme exhalaba lo que probablemente sería mi último aliento.

Con enojo e impotencia, comprendí que esto era todo. Iba a morir de un infarto como un calvo gordo de cuarenta años sin hijos, con un empleo mediocre, una esposa que no amaba ni me amaba, empedernido, ya sin amigos desde que terminé la escuela, peleado con la vida y... en el cagadero.

Mi último pensamiento antes de irme no fue dedicado a mi esposa, a mis padres o a mis distantes hermanos, con quienes tampoco es que tuviera una relación mínimamente cordial. Mi último pensamiento, por absurdo que sonase, fue algo como a…

"A Ash Ketchum de seguro jamás le habría sucedido una m*erda como esta."


AHORA

Poco a poco fui despertando en una cama de lo más cómoda. El trinar de unos pájaros de pitido muy grueso y estridente se escucharon de allá afuera. La pesadilla que había sufrido había terminado y daba gracias a que sólo fuera eso. Rodé hacia mi derecha buscando el contacto de mi esposa, pero mi mano al tratar de abrazarla, chocó contra una pared que no debería de estar ahí.

Al abrir los ojos me encontré no en mi cama matrimonial, sino en una individual completamente solo. El techo estaba peligrosamente bajo y al mirar al frente me encontré con un póster que mostraba a los tres pokémons iniciales de la primera generación. A mi izquierda entendí el porqué del techo bajo, pues en realidad era yo quien estaba en una cama elevada dentro de una habitación desconocida, con un pequeño buró al fondo donde por encima de las cajoneras, había una radio y un viejo televisor de cubo quizás de veinte pulgadas. Sobre la orilla izquierda de la cama había una escalera para poder bajar por ella y una burbuja mapamundi. ¿Lo que estaba en el suelo era una almohada con la forma de un snorlax?

Por la posición en la que me encontraba, no podía ver cómo era allá afuera por la ventana, cuyas cortinas, así como todo lo que me rodeaba, no recordaba tener. Este lugar, por supuesto, no era mi habitación. Una mezcla de confusión y miedo me dominó. Al fondo había otro mueble con cosas que me eran completamente desconocidas, pero… extrañamente familiares, aunque no podía recordar dónde pude haberlas visto, como una alcancía con forma de clefairy, lo que parecía ser un sacapuntas con forma de poliwag donde en su centro tenía empotrado un lápiz, o colgando cerca de todo, estaba un colgante de cunero con… ¿zubats? Sea a quien perteneciera esta habitación sin duda era un fan de la franquicia.

Dado que acostado no obtendría respuestas, me erguí con la intención de bajar y averiguar cómo llegué a este sitio cuando… noté algo muy fuera de lugar con mi cuerpo. Mi enorme y abultada tripa había desaparecido. De pronto mi torso era delgado, y al levantarme la ligera camisa verde de pechera blanca, vi mi vientre no sólo muy delgado, sino achaparrado, al igual que mis brazos y mis manos al examinarlas… ¡Parecían de niña! Eran muy pequeñas, suaves y sin callos. De un tirón me quité la cobija y la sábana con la que me cubría. Estaba usando un pantaloncillo del mismo verde que ese pijama que juro no poseía, pero lo que tomaba mi atención eran mis piernas, también cortas, suaves, sin ni un solo vello, y mis pies eran muy, muy pequeños también en comparación a mis pies verdaderos. Con horror y teniendo un muy mal presentimiento me moví un poco para bajarme tanto el pantaloncillo como el bóxer que usaba debajo del mismo. No sabría decir si sentí alivio o miedo al comprobar que seguía siendo un varón después de todo, pues aunque tenía un pene, al igual que todo lo demás, no parecía que fuera mío por ser bastante pequeño, y como con mis piernas o mi pecho, tampoco tenía vello allá abajo.

Una vez que me calmé pasados unos segundos, me apuré a bajar por la escalerilla a un lado, notando la cómoda que había detrás de mí. Ya en el suelo de pie y descalzo, la habitación ahora me pareció enorme, o quizás era que evidentemente yo era muy pequeño. Me pasé consternado una mano por encima de la cabeza y… ¡sentí que tenía cabello nuevamente! Y muy abundante, dicho sea de paso

Al pie de la cama había unos tenis y más adelante en el suelo… lo que debió de ser un reloj de escritorio color rojo con un pajarito. Estaba completamente roto.

Con temor miré la puerta y luego me asomé por la ventana. El paisaje me intrigó.

Parecía que me encontraba en una segunda planta a juzgar por la elevación. El patio de esta casa era amplio y por la entrada al mismo parecía que la habitación estaba orientada por el frente. El patio del edificio, donde quedaba mi departamento, estaba en la parte de atrás y siempre se mantuvo cercado, aunque sólo era asfalto, sin áreas verdes más allá de un par de macetas, como por el contrario en su mayoría predominaba en este lugar, donde las flores estaban directamente plantadas en el suelo. Sólo había un tendedero en lugar de una docena.

Más allá, en lugar de una ciudad, se veían a lo lejos unas casas muy apartadas entre sí como lo estaba en la que me encontraba. Parecían edificadas sobre un valle donde los árboles, el césped y las colinas proliferaban en conjunto con la madre naturaleza. Definitivamente me encontraba no solamente en una casa ajena, sino en una ciudad muy distinta a la bulliciosa urbe de donde era, pero… ¿dónde y cómo es que llegué a este lugar?

La idea de salir de esta habitación me aterraba, pero armándome de valor, pues tampoco es que pretendiera quedarme por siempre ahí, abrí la puerta y me asomé hacia un pasillo que conectaba con otras tres puertas y una escalera al fondo. Con nerviosismo me puse en movimiento, y me asomé por la puerta más cercana.

La cama matrimonial en el centro estaba pulcramente tendida y arreglada como todo ahí, desde el clóset hasta la mesita de centro. Había un cuadro de flores con aves que no me detuve a examinar bien por sólo limitarme a dar un vistazo desde la entrada, sobre el buró había una jarra con flores. Las cortinas de la ventana eran rosas. Me alejé de ahí sin atreverme a entrar al sentirme como un invasor.

En la tercera habitación también había una cama, pero no había nada particular en ella, además de un buró y un armario abierto donde no parecía haber nada en su interior. No había ninguna decoración, incluso las sábanas parecían ser sobrias y aburridas, no pareciese que nadie ocupase ese espacio.

La cuarta y última puerta resultó ser el acceso a un baño de azulejos blancos con una tina, un inodoro y un lavamanos con un espejo en la pared por encima de este. No perdí tiempo y me apresuré a entrar para poder verme en el espejo.

Impactado contemplé al niño de diez u once años que consternado me regresaba la mirada. Por un breve segundo creí que había rejuvenecido a mis mejores días, antes de caer en la cuenta de que ni siquiera entonces tenía aquel aspecto. Si bien de niño tenía cabello, siempre lo mantuve muy reducido siguiendo el reglamento escolar, tanto que incluso me llevaban a la peluquería una vez al mes para cortarlo lo suficiente, y sin embargo aquí la cabellera negra la tenía bastante crecida y despeinada por todos lados. En efecto era delgado, no obeso como cuando morí, pero tampoco flacuchento como lo fui durante mi niñez, y todo esto perfectamente podía verlo con mis ojos sin la necesidad de usar lentes. ¡No necesitaba lentes! Estaba convencido que ninguno de estos rasgos que tenía ahora los tuve alguna vez. El aspecto que ahora tenía me parecía un tanto familiar, pero no podía recordar de dónde había visto esa cara. ¿Un compañero que iba conmigo en clases tal vez de cuando era niño? Entre más me miraba, más seguro estaba de conocer ese rostro, pero el recuerdo de la procedencia se me escapaba totalmente. Mis ojos eran de un café oscuro, tan distinto a mis originales ojos gris oscuro.

Permanecí contemplándome sin poder creer lo que me estaba sucediendo, vagamente tratando de darle forma a alguna explicación acerca de lo que pudo haberme ocurrido, pues si de otra cosa estaba convencido, era que no había soñado lo del infarto, pues se trató de algo demasiado real, tanto que lamentablemente podía recordar el punzante dolor en mi pecho durante aquél momento. En eso estaba cuando de pronto escuché un ruido proveniente de la parte de abajo de la casa. Parecía que no me encontraba solo en este sitio.

Salí del baño intentando darle un orden a mis pensamientos. De pronto supuse que tras morir había reencarnado, aunque eso sería algo extraño, pues sin ser experto en el tema, tenía entendido que de haber sido así, entonces se supondría que debería de haberlo hecho en un bebé recién nacido, no en un niño crecido de quizá diez años. Con temor comencé a bajar por las escaleras hacia la planta baja de donde procedía el ruido sin pasarme por la cabeza que podría encontrarme en peligro. Esta casa tan hogareña no parecía el hogar de un psicópata. Tal vez le generaría una fuerte impresión al ocupante, pero al no representar ninguna amenaza para él, quizá podría incluso ayudarme, si es que no lo alteraba mucho con mi repentina presencia.

Ya abajo, el primer acceso que resaltaba era el que daba hacia el comedor. La mesa era pequeña, pero de buen gusto, así como el mobiliario conformado por algunos gabinetes donde en su interior se podían ver por las puertas con vitrales algunos platos decorativos, sin embargo, en esta ocasión no me detuve tanto a analizar los detalles del espacio, dado que todo mi interés lo tomó la mujer sentada a la mesa que bebía de una taza lo que quizás era un café.

La mujer era sumamente hermosa. Le calculo fácil unos treinta años. Su cabello castaño lo llevaba recogido en una coleta hecha con una liga azul, por la que dejaba que se escapara un flequillo travieso. Era delgada, su rostro tenía unos hermosos rasgos. Vestía una blusa rosa abierta de mangas cortas con broche sobre lo que parecía ser una sencilla blusa amarilla más pequeña. Quedé embobado mirándola, pues sin duda mujeres como ella eran las de mi tipo. Tal y como imaginaba que podría suceder, tan pronto me vio pareció atragantarse con su café para enseguida ponerse de pie asustada y asombrada.

—¡Santo cielo!

Tragué saliva no muy seguro de cómo comenzar a tratar de explicarle quién era y por qué estaba en su casa aparentemente, aunque para lo segundo no tenía ninguna respuesta.

—Ah… Hola… yo…

—¡Mira la hora que es, Ash! ¡Se supone que en este momento deberías de estar ya con el profesor Oak! ¡Creí que ya te habías ido a su laboratorio para recibir tu primer Pokémon!

Juro que me quedé frío por todo lo que me soltó. ¿Oak? ¿Ash?

Y de pronto recordé de dónde había visto la cara del espejo, la cara real de un niño, la cara de un niño de carne y hueso, la cara que ahora yo poseía… la cara animada del protagonista del anime que miré una y otra vez, y que pese a sus múltiples rediseños, conservó lo elemental a lo largo de más de veinte años, y entonces comprendí por qué se me hacía tan familiar, y no sólo se trataba de eso. Tarde me daba cuenta que si esa mujer estuviese haciendo un cosplayer de Delia Ketchum, el que hacía sin duda era el mejor que había visto en toda mi vida por las enormes similitudes que tenía con su contraparte animada, tanto por la ropa como por el gran parecido en su físico.

—¿Pokémon? —Repetí con incredulidad.

—¡Ya date prisa, o te vas a quedar sin ninguno hasta el próximo año!

Sin darme la oportunidad de preguntarle de qué rayos estaba hablando, con prisa se levantó y se me acercó. Me puso una mano sobre el hombro desconcertándome lo alta que era, por lo menos me sobrepasaba una cabeza completa, entonces comprendí que en realidad y por mi presunta edad, era yo el que era muy pequeño, lo que me fastidió un poco.

Dejé que me guiara hasta la entrada de la casa donde a gritos me pidió que me pusiera unos tenis para que me marchara a la de ya. Pese al nerviosismo decidí hacerle caso, y estaba por tomar unos tenis grandes rosas que se encontraban en un pequeño mueble especial que me recordó al que usaban los japoneses, antes de caer en la cuenta de que los míos debían de ser los más pequeños negros con blanco.

—¡Espero que lo consigas! —un poco más calmada me gritó agitando una mano desde el interior de la casa tras sacarme—. En un momento más iré a verte para saber cómo te fue. ¡Suerte, Ash! —Enseguida cerró la puerta.

Ash…

Miré a mi alrededor. No había lo que se dice nada. Habría pensado que la casa estaba en medio de un verde valle alejado de todo, si no fuese por las casas que por la ventana alcancé a ver a lo lejos.

Ash.

Dudé acerca de lo que debería de hacer, pues si bien es cierto que Delia (y ya estaba convencido de que se trataba de la original) me había indicado claramente lo que esperaba que hiciese, mi cabeza se negaba a aceptar de buenas a primeras lo que me estaba ocurriendo.

Yo ya no era… yo.

Yo ahora era… Ash Ketchum.

Y…

Estaba a punto de recibir mi primer pokémon, tal y como le sucedió al personaje original en el primer episodio de la primera temporada.

¡Pero esto era real!

Nada de lo que me rodeaba parecía ser un anime. Todo a mi alrededor era auténtica vegetación. La casa tenía detalles que ningún anime, o cualquier tipo de animación, hubiese podido realizar con tal precisión ni siquiera con ordenador. Yo era una persona de carne y hueso al igual que Delia, quien en lugar de ayudarme u orientarme, debido a la impresión que me causó, dejé que me mandara a…

conseguir a mi primer pokémon de manos del profesor Oak.

Una mezcla de emociones se arremolinó en mi interior: Miedo, confusión y… emoción.

Si esto se trataba de un sueño, o un preámbulo antes de ir al más allá tras haber muerto, tal vez podría entretenerme un poco mientras duraba, en lugar de desperdiciar el tiempo buscando explicaciones que quizá estaban de más, o incluso quedaba la posibilidad de que en realidad no había muerto y me encontraba en coma, siendo que mi mente estaba recreando un muy agradable escenario en el que podría permanecer cómodamente hasta que los médicos averiguaran la forma de reestablecerme. Aunque si quería seguirle el juego este sitio me enfrentaba a un serio problema… no tenía la menor idea de dónde vivía el profesor Oak.

Sintiéndome ridículo, tuve que darme la vuelta para tocar a mi casa, Delia que parecía estar hablando por el teléfono por lo que alcancé a escuchar, se interrumpió para abrirme la puerta.

—Eso fue rápido. ¿No me digas que olvidaste algo?

—Del… —a tiempo conseguí morderme la lengua— ma… mamá, ¿sabes dónde vive el profesor Oak?

Enarcó una ceja confundida, quizá deliberando acerca de si acaso le estaba tomando el pelo, de cualquier modo de forma escueta y rápida me indicó cuál era el camino a seguir, uno muy sencillo que consistía en atravesar una vereda abierta hasta llegar a una señalítica y de ahí cruzar a la izquierda.

—Ya apúrate, hijo. Tal vez el aire fresco termine por despertarte.

Y dicho esto, a paso moderado comencé a caminar cuando… recordé que el Ash original se había ido corriendo desesperado por lo tarde que se le había hecho aquella mañana.

Hace años que no corría, sencillamente mi voluminoso cuerpo aunado a mi peso, que con el tiempo sólo fue en aumento, me lo impedía; además de que casi nunca tenía la necesidad de hacerlo ya sea por alguna apuración en la que no requiriera usar el coche. Una vez hace algunos meses traté de trotar, sólo para dejar de hacerlo a los pocos segundos debido a la fuerte agitación que me produjo, sin embargo, ahora me encontraba, no trotando, sino corriendo a una gran velocidad que ni siquiera durante la secundaria recordaba haber conseguido. La sensación era maravillosa.

Podía sentir que mis pulmones se llenaban de aire limpio, un aire tan distinto al del contaminado ambiente de la ciudad en la que vivía. Después de un tiempo comencé a cansarme, pero aun así continué corriendo, sintiendo que podía exigirle aún más a mi joven cuerpo antes de sentirme verdaderamente agotado.

—¡Yo… soy… Ash… Ketchum!

Me repetía mientras corría al mismo tiempo que rememoraba en mi cabeza los episodios de las primeras temporadas de Pokémon, relacionándolo con el misterioso suceso en el que me vi envuelto.