Disclaimer: Todo Dragon Ball pertenece al legendario Akira Toriyama (Q.E.P.D.).
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Capítulo 8 Familia (recuerdos encerrados en una fotografía)
Juan 15:13:
«Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos».
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Al interior de la Bóveda del Tiempo, Trunks y Chronoa observaban atentamente una pantalla holográfica que proyectaba los innumerables hilos del tiempo, con sus ramificaciones y vibrantes colores señalando cada fluctuación que surgía con las amenazas acechantes.
—El Imperio Oscuro no ha dejado de ser una molestia —comentó el patrullero con ceño ligeramente fruncido, mientras su mirada se mantenía fija en la pantalla.
Ese era uno de sus trabajos principales: analizar las líneas temporales, calculando anticipadamente posibles respuestas ante los numerosos desafíos que representaba ese grupo de enemigos que aún no se presentaban ante ellos del todo. Se le daba muy bien anticipar sus movimientos, si bien él tenía plena claridad de que en cualquier momento podían dar un golpe inesperado, para lo cual debían estar preparados y listos para actuar.
Chronoa asintió con los brazos cruzados sobre el pecho, combinando su aire infantil con un optimismo que parecía nunca acabarse.
—Nos hemos encargado de que no den un golpe realmente importante —señaló alegremente, con una gran sonrisa en su rostro de niña—. Todo lo que hacen es corromper pergaminos de uno en uno, y hasta ahora hemos logrado revertir los resultados negativos y eliminar la corrupción. Eso significa que estamos haciendo bien nuestro trabajo.
Trunks le devolvió la sonrisa. Pensaba en lo mucho que el equipo de patrulleros había logrado, y en cómo Kioran se había integrado a ellos, a pesar de su carácter mañoso y constante malhumor.
—Kioran ha trabajado muy bien —señaló, con un dejo de orgullo que no pudo ocultar, pues como su tutor o maestro, influyó directamente en la forma que continuaba aprendiendo a controlar su fuerza, a canalizar sus instintos—. Sí, tiene un nivel de poder promedio esperable en un saiyajin, pero ha aprendido a usarlo de manera muy eficiente.
Chronoa continuó asintiendo repetidamente, con los ojos cerrados.
—La has preparado muy bien, Trunks. Quizás mejor de lo que crees... —Abrió un poco un ojo y le ofreció una sonrisita astuta—. Aunque debo admitir que cuando recién la conocí, dudé un poco de tu elección. No parecía del tipo que seguiría órdenes.
Trunks no pudo evitar encoger los hombros ante el comentario, como si estuviera disculpándose. Kioran era realmente terca, en especial cuando recién se conocieron; esa obstinación que en un inicio había sido una barrera, con el tiempo aprendió a valorar como parte de su esencia.
—No sigue órdenes fácilmente —matizó—. Digamos que tiene su propio tipo de disciplina. Solo necesitaba a alguien que le mostrara cómo aprovechar sus habilidades... y bueno, una que otra discusión de vez en cuando…
Dejó que la frase quedara en el aire, riéndose internamente por las múltiples confrontaciones verbales que habían tenido desde aquel primer día. Chronoa arqueó una ceja, divertida por la expresión que el rostro de Trunks había adoptado.
—Hiciste bien en elegirla —apreció sinceramente—. Su conexión contigo la ha hecho mejorar más rápido de lo que esperábamos. Creo que ambos se han beneficiado de esa relación.
Él apartó la mirada de la pantalla por un momento, como si las palabras de su amiga lo hubieran tocado más de lo que estaba dispuesto a admitir. Kioran y él… Bueno, decir que eran únicamente superior y subordinada, o maestro y alumna, no parecía englobar el significado de esa relación sin nombre que compartían. No tenía forma ni destino inmediato, simplemente existía algo. Pero su existencia no significaba que se pusiera a diseccionar ese algo en busca de un motivo más allá de lo que era, solo porque le parecía mejor dejar que el tiempo pasara y llevarse una sorpresa el día de mañana… tal vez.
Acostumbrado a mirar hacia el futuro para prevenir desastres, Trunks se permitía en muy pocas ocasiones dejar algo a la providencia. Esta era una de esas excepciones.
—Estoy orgulloso de ella por querer ser mejor… pero no se lo vayas a decir —confidenció, en un tono bajo que asemejaba el confesar un secreto—, es perfectamente capaz de echármelo en cara por meses.
Chronoa se echó a reír con gorjeos agudos y dulces, como si realmente fuera una niña pequeña y no una deidad con millones de años a cuestas.
—Tienes razón —convino entre carcajadas—, ¡todavía no está preparada para un cumplido!
Las líneas temporales continuaron parpadeando frente a ellos, por completo ajenas al intercambio.
—Volveré a la vigilancia —dijo el joven, cuando notó que Chronoa dejaba de reír por fin.
—Bien, gracias. Realmente te esfuerzas mucho, Trunks. —Le apretó afectuosamente un brazo, haciendo ademán de retirarse de la Bóveda.
Él respondió con una sonrisa de despedida, regresando su atención a la pantalla. Incluso concentrándose en sus fluctuaciones, no pudo evitar que sus pensamientos volvieran a esa orgullosa saiyajin. Desde que la conoció en aquel extraño planeta, su comportamiento evidenciaba algunos cambios mínimos, pero lo que quizás no había notado del todo hasta ahora era cómo su presencia también lo había afectado a él.
Y mientras la Kaio-shin del tiempo empezaba a desvanecerse para ir a dar un paseo por la torre de control, estudió la expresión abstraída de Trunks y adivinó que podría estar llegando a conclusiones muy interesantes.
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El sol comenzaba a declinar sobre la ciudad, bañando los edificios futuristas con un brillo dorado simbólico de paz y serenidad. Lejos de allí, Trunks y Kioran descansaban después de otro día agotador de prácticas, sentados bajo la sombra de un gran árbol proyectado artificialmente por la cámara de entrenamiento.
Kioran, con los músculos tensos tras horas de combate, estiró los brazos por encima de su cabeza, disfrutando del alivio que se extendía por su cuerpo. A pesar del agotamiento, estaba casi radiante por completar un nuevo día de su actividad favorita: pelear… actividad que competía seriamente con su otra actividad favorita: comer.
Sonriendo a todo lo ancho de su boca, por inercia dirigió su mirada hacia Trunks, que descansaba a su lado. Había algo en él ese día, algo diferente. Parecía más relajado de lo habitual, como si el peso de sus responsabilidades hubiera disminuido, al menos por un momento.
De repente, Kioran notó algo que sobresalía de un pequeño bolsillo de su delgada camisa de entrenamiento.
—¿Qué llevas ahí? —inquirió, señalando la esquina de papel que asomaba por un borde.
Trunks, sorprendido por la pregunta, siguió la mirada hacia su objetivo. Con sumo cuidado, sacó un papel gastado por el tiempo, con las esquinas dobladas. Se quedó en silencio por un momento, observándolo como si fuera la primera vez que lo veía.
—Es una foto —dijo finalmente, con un dejo de nostalgia y cariño en la voz.
El tono melancólico de Trunks capturó su atención. Alargó la mano sin dudar.
—¿Puedo?
Él vaciló por un breve instante, preguntándose por qué sentía curiosidad, aunque se la entregó de todos modos. Kioran la tomó con delicadeza, algo inusual en ella, y la sostuvo entre sus dedos como si el papel frágil contuviera más que solo recuerdos plasmados en aquella instantánea.
Acercó la foto a su rostro, queriendo captar cada detalle. Trunks, mucho más joven, sonreía abiertamente. A su lado, un hombre con una cicatriz profunda que atravesaba su rostro, también sonreía. Pese a que le faltaba el brazo izquierdo, su postura desprendía una fuerza inquebrantable que contrastaba con la notoria amabilidad en sus ojos, un hecho que la desconcertó. Junto a ellos, una mujer de belleza impactante, con el cabello de un precioso tono lavanda que la hizo parpadear.
Y entonces, como un rayo, la comprensión la golpeó de repente: el cabello de la mujer era idéntico al de Trunks.
—¿Es tu mamá? —preguntó Kioran, con una voz que sonó distinta a su rudeza habitual. Sus dedos, habitualmente firmes y decididos, trazaron de manera casi inconsciente el contorno del rostro de la mujer en la fotografía. Sentía un nudo en el estómago, un sentimiento extraño al que no estaba acostumbrada. No era común para ella ver una imagen que representara algo familiar, menos si se trataba de una madre…
—Sí, se llama Bulma —respondió Trunks, su tono teñido de una nostalgia que lo arrastraba a un rincón del pasado—. Y él es Gohan, mi maestro. —Hizo una pausa, como si el nombre que venía después llevara consigo un peso especial—. El único hijo de Goku… A quien conoces como Kakarot —añadió, con una mirada que contenía una intención calculada, observando la reacción de Kioran.
—¡Kakarot! —exclamó ella de inmediato. Claro que lo conocía, más o menos, pues apenas había reparado en él cuando lo avistó brevemente durante su primera misión. Sin embargo, lo que recordaba con claridad eran los ocasionales comentarios despóticos de Raditz hacia ese «estúpido» hermano menor que había sido enviado a un planeta remoto y que, según él, lo traicionó al no buscarlo ni reclamar su destino como saiyajin. Kioran siempre había pensado que Raditz exageraba, especialmente porque sabía que Kakarot era un bebé cuando lo mandaron lejos. ¿Cómo iba a contactarlo siendo así?
Sacudió esos pensamientos de su mente y volvió a concentrarse en la fotografía. Esta vez, su atención se centró en Gohan. Había algo en su rostro que le resultaba desconcertante. Esa inocencia en sus ojos, casi ridícula para alguien con sangre saiyajin, fue lo primero que la descolocó. Pero había algo más que la inquietaba, algo tenue. Kioran entrecerró los ojos, escrutando cada facción con una intensidad renovada. La línea de su mandíbula, la estructura de su nariz… había una cierta familiaridad allí, demasiado sutil como para considerarla algo real.
Por un segundo, se permitió fantasear sobre cómo se habría visto Raditz sin el resentimiento que siempre dominó su semblante. A los pocos segundos se rindió, porque la semejanza entre tío y sobrino era tan difícil de adivinar, que comenzó a preguntarse si lo estaría imaginando.
—¿Por qué todos le llaman «Goku» si su verdadero nombre es Kakarot? —preguntó, volviendo su atención hacia Trunks.
Durante su instrucción acerca de la historia base de la Tierra, aprendió muchas cosas sobre las hazañas del legendario guerrero saiyajin Goku, no obstante, para Kioran era difícil reconciliar esa imagen con la de Kakarot, razón por la cual olvidaba constantemente que eran la misma persona. Además, este era un buen momento para saber algo que no le habían enseñado.
—Mamá me contó que se golpeó la cabeza cuando era un bebé —explicó Trunks en voz baja, gesticulando con una mano—. Perdió la memoria de todo su origen, incluido su nombre. La persona que lo encontró y lo crio le dio el nombre de Goku.
Kioran asintió lentamente, pensando que eso explicaba por qué nunca intentó comunicarse con Raditz. Sin embargo, su mente seguía vagando, regresando una y otra vez a la figura de Gohan. Algo en él no terminaba de encajar en lo que debía ser un saiyajin, incluso uno híbrido. Se veía demasiado «bueno», demasiado «pacífico» para alguien con sangre guerrera. Quizás solo fuera cosa de la foto. No obstante, había algo más que detestaba admitir: una pequeña voz dentro de ella —una que apenas reconocía— deseaba entender por qué alguien con una apariencia tan sosa y ordinaria significaba tanto para Trunks.
«Un maestro…», pensó, todavía divagando.
—¿Y cómo están? —preguntó al rato, solo por rellenar el silencio, devolviéndole la foto.
El patrullero la tomó con reverencia antes de guardarla de nuevo en el bolsillo de su camisa.
—Mamá está bien. Gohan… —Hizo una pausa y su tono cambió, ahora impregnado de melancolía—. Él murió hace años.
—Ah —balbuceó luego de tragar en seco.
—¿Sabes? Cuando veo esta foto, me resulta muy extraño pensar que ahora soy mayor de lo que era Gohan cuando falleció… Recuerdo muy bien ese día, —continuó, oscilando entre la tristeza y la frustración de esos recuerdos—. Fue un mes después de su cumpleaños veintitrés. Estábamos entrenando cuando los androides atacaron la ciudad cercana. Yo quería ir con él a pelear, pero no me lo permitió. Como era muy testarudo, me noqueó para asegurarse de iba a sobrevivir... —Trunks suspiró, pues le costaba narrar esa historia—. Me salvó, porque yo no tenía cómo salir vivo de esa pelea. Gohan lo supo desde el principio. Tres años después, viajé al pasado por primera vez en la máquina del tiempo que construyó mamá, con la medicina para la enfermedad del corazón de Goku, y pude advertirles a todos lo que iba a pasar. Les di la oportunidad de cambiar el destino, para que no repitieran la historia de vivir en un mundo como el mío, destruido por dos máquinas infernales. Mamá insistía en que, si Goku hubiera estado vivo, los habría derrotado de algún modo. —De pronto, sonrió levemente al recordar un detalle importante—. Pero fue precisamente Gohan quien resolvió todo al final… Era su destino, después de todo.
El peso, la carga en sus palabras, hizo que Kioran bajara levemente la cabeza. Más que tristeza, halló una reverencia y un profundo respeto a todo lo que representaba esa persona, no solo para él sino para el mundo que había habitado.
—Gohan es… era… el guerrero más fuerte, sin ninguna duda —prosiguió, perdido en sus memorias—. Si hubiera tenido más tiempo, si las circunstancias hubieran sido diferentes... Estoy seguro de que habría terminado eliminando a los androides con sus propias manos. Es una pena que no lo lograra...
Otra pausa.
Kioran notó que su acompañante no emergía de sus pensamientos oscuros y, como la inquietaba verlo afligido por el pasado, decidió que ya había sido suficiente de conversaciones incómodas y hechos que no tenían remedio.
—Me parece que estamos apestando. —El tono era solemne, en total contraste con la frase.
Trunks parpadeó, mirándola sorprendido… y terminó riendo sin remedio, especialmente cuando Kioran arrugó la nariz con una expresión de disgusto teatral. Ambos habían estado entrenando intensamente durante horas, y era cierto que el aroma a sudor ya no era nada sutil.
—Sí, tienes razón. —Soltó más risitas, agradecido por la ligera desviación en el tema.
Entonces Kioran, con esa mezcla de descaro y confianza que la caracterizaba, se le acercó un poco más y adoptó un tono sugerente.
—¿Qué te parece si nos bañamos juntos? —propuso, y sus labios se curvaron en una sonrisa atrevida.
Trunks la miró de reojo, acostumbrado ya a sus provocaciones, aunque la familiaridad no reducía la intensidad con la que ella lo descolocaba.
—Tú no te rindes, ¿verdad? —murmuró, tratando de mantener la compostura, aunque la idea lo había tomado extrañamente por sorpresa. Sabía que esto era parte de su juego, pero Kioran siempre lograba tocar una fibra que él intentaba ignorar.
Ella se encogió de hombros con una expresión divertida, luego llevó sus manos hasta sus senos para sujetarlos desde la base, generando un leve pero intencionado efecto de push-up.
—Tengo derecho a proponerlo —manifestó, fingiendo inocencia—. Es muy fácil: nos ensuciamos un poco más, después nos lavamos con cuidado el uno al otro… —Su sonrisa se ensanchó—. Puedo frotarte el jabón por rincones que seguro no alcanzas. Vas a quedar muy limpio —afirmó, casi con orgullo.
Trunks se llevó una mano al rostro mientras ponía los ojos en blanco, intentando ignorar el calor sofocante de su rostro, y que no tenía nada que ver con el entrenamiento. A esas alturas, los constantes coqueteos de Kioran se habían convertido en parte de su rutina, aunque todavía no estaba seguro de cómo reaccionar.
Por inercia, su mente deslizó qué lugares serían esos a los que no alcanzaba él mismo…
—Estás loca —balbuceó, sacudiendo la cabeza con una sonrisa que, a pesar de sus palabras, no podía contener. Siempre conseguía hacerle imaginar tonterías, pero también sabía que eso era parte de lo que la hacía tan… especial.
Ella lo observó con satisfacción, sabiendo que, poco a poco, estaba desgastando su resistencia.
«Vas a caer, príncipe», pensó confiada. «Sé que vas a aceptar. Ya no queda tanto para que lo hagas».
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No pasó mucho tiempo hasta que Kioran descubrió que los apacibles días en ciudad Conton podían ser también desesperantes y monótonos cuando Trunks no andaba cerca y no había ninguna misión en curso. Vivía en una especie de burbuja autoimpuesta, aislada de cualquier ocupación que no fuera entrenar o comer. Acostumbrada a la constante tensión de las batallas, actividades tan mundanas como ver televisión, escuchar música, leer o jugar videojuegos no lograban mantener su atención; el primero la aburría profundamente, el segundo no lo entendía, el tercero era una tortura, y en cuanto a los videojuegos… su temperamento impaciente no toleraba perder, lo que había puesto en peligro más de una consola. El único pasatiempo que lograba sacarla del sopor —aparte de los ya mencionados «entrenar» y «comer»— era montar guardia en la torre de control, esperando con ansias el momento en que el Imperio Oscuro corrompiera otro pergamino. Cada vez que eso sucedía, aparecía una nueva oportunidad de medirse contra enemigos formidables. Ese era el tipo de desafío que encendía su espíritu saiyajin.
Trunks, más que al tanto de ese fuego competitivo, solía enviarla a misiones con regularidad; en general no eran encargos complicados, tan solo pequeñas corrupciones que involucraban uno que otro arreglo menor, lo suficiente como para mantenerla activa. Pero aquel día, sofocante y lento, no había señales de peligro. Kioran resopló con impaciencia, en tanto la punta de su cola se movía de manera hipnótica, reflejando su creciente frustración. Sus brazos cruzados y el hombro apoyado en la mampara de la puerta dejaban claro que estaba al borde de la desesperación. Quien la viera sabría enseguida que su cuerpo clamaba por algo de acción.
Justo cuando comenzaba a creer que nada cambiaría, uno de los monitores parpadeó, mostrando un destello familiar: ¡era el brillo violeta oscuro que prevenía la corrupción de un pergamino! Kioran no perdió un segundo; su cola se envaró y caminó rápidamente hacia el cubículo, dejando un rastro de impaciencia a su paso.
—Es usted, señorita Kioran —la saludó el empleado a cargo cuando la vio acercarse.
—¡Sshh! —le interrumpió con un siseo rápido, sin apartar los ojos de la pantalla, pues lo que allí se proyectaba le heló la sangre.
Ese era el maestro de Trunks, estaba segura, era muy fácil de reconocer porque le faltaba el brazo izquierdo y también porque lo había visto semanas atrás en la fotografía que este le enseñó con tanta devoción.
Lo observó combatir contra un joven delgado de cabello negro y perder la vida en el proceso, mientras una chica rubia observaba a cierta distancia, pero su mirada estaba fija en algo más. Los rostros de aquellos dos jóvenes se distorsionaron cuando, de pronto, quedaron envueltos en aquella conocida aura maligna de color violeta oscuro. Kioran machacó las muelas, preparándose para presenciar algo que no debía suceder en esa línea temporal.
Frunció el ceño, concentrada en los eventos que se desarrollaban ante sus ojos. «Esos son los jodidos androides Dieciocho y Diecisiete… Una chica rubia y un chico de cabello negro, ambos delgados y muy atractivos», pensó con creciente inquietud. Hasta ese momento, todo se veía «normal», tal como Trunks le había contado sobre el destino de su maestro. Pero el horror vino poco después. Los androides volaron a toda velocidad y, sin previo aviso, se detuvieron frente a un Trunks muy joven, adolescente apenas, desmayado en el claro de un bosque. Kioran recordó de inmediato lo que este le confidenció, la parte en que su maestro lo había noqueado para evitar que enfrentara a los androides, protegiéndolo de una muerte segura.
Lo que ocurrió a continuación rompió completamente esa narrativa.
El de cabello negro agarró a Trunks del cuello con una frialdad aterradora y, sin dudarlo, le atravesó el pecho con un solo golpe de puño.
—¡No! —gritó Kioran, sintiendo cómo la furia le quemaba la garganta. Se abalanzó hacia la pantalla con ambas manos, como si en un acto de pura desesperación pudiera atravesarla y detener esa atrocidad.
—S-señorita, por favor, no la rompa... —suplicó el empleado, temiendo un mítico arranque de ira saiyajin.
Pero ella ni siquiera lo escuchaba. Todo lo que podía ver era la imagen de aquel joven Trunks, el último aliento escapando de su cuerpo, y la frustración que eso le causaba. Una oleada de furia la abrumó por completo. Tenía los puños tan apretados que sus nudillos quedaron blancos.
«No, maldita sea». No permitiría que esa línea temporal fuera corrompida de esa manera.
—Por sobre mi maldito cadáver... —murmuró, cada vez más furiosa.
Su mente escupía una sarta de groserías mientras soltaba el monitor de golpe y salía corriendo de la torre de control, sus pasos resonando en el suelo con furia desatada. Tenía que encontrar a Chronoa cuanto antes.
Voló directo a la Bóveda del Tiempo y allí la halló, tal y como imaginaba, observando el pergamino corrompido con evidente preocupación. La electricidad de color violeta oscuro se arremolinaba alrededor de este, emitiendo chispas que zumbaban en el aire como un mal augurio.
—¡Acabo de verlo! —jadeó Kioran, mientras su presencia parecía hacer temblar el suelo a su alrededor. Chronoa enseguida se giró a verla—. Esos eran los androides de la línea temporal del príncipe heredero, ¿no? Lo sabía… —Apretó la mandíbula cuando obtuvo su confirmación—. Lo mataron, eso no debía pasar. ¡Tengo que ir ahora!
Chronoa levantó una mano con cautela, intentando calmarla.
—Espera, Kioran, tú no tienes el nivel para enfrentarte a ellos. Es mejor que Trunks se encargue de esto…
—Eso lo tengo claro, pero tampoco podemos permitir que príncipe heredero lo resuelva. —Comprimió los puños, controlando su impaciencia—. Sabes que ver a su maestro morir otra vez le dolería demasiado —matizó, en voz queda.
La Kaio-shin desvió la mirada, reconociendo la verdad en sus palabras.
—Mientras venía hacia aquí, estuve pensando en una manera de revertir la corrupción del pergamino... —Las palabras salieron rápidas, sus ojos ardiendo con determinación—. Príncipe me dijo que su maestro iba a morir ese día, así que no debo interferir en eso. Creo que hay una forma de arreglarlo sin un enfrentamiento directo.
Chronoa frunció el ceño, claramente concentrada en sus palabras.
—Te sigo —confirmó, sin ocultar la ansiedad que cruzaba su rostro.
—Lo que debo hacer es impedir que… aquel joven príncipe… sea asesinado. —Kioran vaciló por un segundo, la idea era clara en su mente, pero ponerla en práctica era otra cosa—. Si me lo llevo de allí antes de que los androides sean infectados por la corrupción, no podrán encontrarlo ni matarlo. Hago eso y vuelvo enseguida. No debería haber problemas.
Chronoa estudió su rostro en silencio durante un largo rato, debatiéndose internamente si le permitía o no realizar tal misión. Sabía lo que esa línea temporal significaba para Trunks. Si Kioran lograba salvarlo, la línea original podría restaurarse, pero el peligro era alto.
—Es demasiado arriesgado, Kioran. No solo por tu nivel de pelea, sino también porque una intervención como esa podría hacer que los androides se vuelvan aún más peligrosos y esa línea temporal correría más peligro que antes. —Se llevó una mano a la barbilla, meditando de manera más profunda en la situación—. Esto es muy raro… que sea ese pergamino… que ocurra justo ahora…
Kioran la dejó divagar, sin inmutarse ante la advertencia. Sus ojos, negros y determinados, permanecieron fijos en los de Chronoa. Sabía que tenía que convencerla.
—No los voy a enfrentar, te lo prometo. —Su tono era firme, pero al mismo tiempo, un leve ruego se deslizó en sus palabras—. Déjame ayudar a príncipe heredero, Chronoa. Por favor.
Esa última palabra salió en un susurro. «Por favor» no era algo que solía decir, le resultaba casi antinatural pronunciar algo así, pero en ese momento no podía darse el lujo de ser orgullosa. Se lo debía a Trunks.
Recordó cómo él la sacó de ese planeta desolado en donde su destino era morir sola, peor que una bestia, aniquilada por un soldado del emperador Freezer. No solo le permitió seguir viviendo, sino que le mostró lo que había pasado con su mamá, e incluso le dio un propósito, una razón más allá de sí misma a la que aferrarse. Gracias a él enfrentaba oponentes que la empujaban al límite, que la hacían crecer. Incluso la confrontación con Raditz, que prácticamente la consumió de furia, la obligó a frenar su instinto más visceral. Trunks le regaló una vida nueva, y ahora, era su turno de pagar esa deuda. Salvar su línea temporal era lo mínimo que podía hacer.
Chronoa permaneció en silencio, reflexionando. Aunque no conocía todos los detalles, podía intuir buena parte de lo que Kioran sentía. La convicción en sus ojos lo decía todo.
Mas la desagradable inquietud no la dejaba en paz. Casi todos los patrulleros de mayor nivel y experiencia estaban encargándose de alguna misión en ese momento, solo quedaban unos pocos en Conton, entre ellos, Kioran…
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, la deidad con apariencia de niña soltó un largo suspiro.
—Está bien —cedió, aunque su tono era precavido—. Pero no irás sola. Te enviaré con otros dos patrulleros de apoyo. Si las cosas se complican, todos saldrán de allí enseguida. ¿De acuerdo?
Kioran asintió, agradecida sin palabras por lograr su aceptación. Confiaba en que Chronoa la entendería, ya que mostrar gratitud no era algo que le saliera de forma natural.
No hubo más dilación; Chronoa se comunicó enseguida con la torre de control, solicitando que dos patrulleros de reserva acudieran de inmediato a la Bóveda del Tiempo para una misión de urgencia.
Pocos minutos después, todo estaba listo y preparado para ingresar al portal, ya abierto.
—Recuerden —los instruyó, moviendo el dedo índice frente a sus rostros—: no deben enfrentar a los androides. Van a ir directamente al claro en que Trunks está desmayado, y lo esconderán para que esos androides no lo encuentren. Con eso, podremos revertir la corrupción. —La advertencia era clara y directa, como la instrucción de un maestro a sus alumnos.
Los tres patrulleros asintieron al unísono.
—Volveremos muy pronto —aseguró Kioran, con su típica sonrisa desafiante, como si aquella misión no fuera más que otro obstáculo que estaba deseando aplastar.
Con la orden dada, los patrulleros cruzaron el umbral del portal, y de inmediato, esa familiar sensación de ser arrastrados a través del tiempo los envolvió. El ambiente se cargó de electricidad, mientras la cegadora luz del portal crepitaba a su alrededor. Durante unos segundos, el mundo exterior desapareció, desintegrándose en una corriente incontrolable de energía. Las paredes de luz y tiempo a su alrededor parecían tener vida propia, vibrando y zumbando, como si el tejido del universo los estuviera transportando.
Un chasquido resonó como un trueno contenido, vibrando en el aire a su alrededor. Kioran sintió un escalofrío recorrerle la columna, y tuvo la clara sensación de que algo andaba mal. Los dos patrulleros a su lado se tensaron al unísono, alertados por la repentina anomalía. La energía del portal, que había sido hasta entonces una corriente estable, comenzó a chasquear con violentos destellos de electricidad púrpura. Las paredes que los rodeaban temblaron, como si algo invisible estuviera intentando deformar la estructura del portal.
—¿Qué está pasando? —preguntó uno, intentando mantener el equilibrio.
Kioran entrecerró los ojos, dando rápidos vistazos a su alrededor, sin saber qué responder.
—¡Maldición! —exclamó, con los brazos abiertos para estabilizarse sin caer.
Sin previo aviso, el portal emitió un estallido de energía que iluminó el espacio con un rugido ensordecedor. La luz que los rodeaba se fragmentó en mil pedazos, como vidrios rotos de pura energía, y, antes de que pudieran reaccionar, se cerró de golpe, dejando tras de sí un vacío silencioso.
El impacto lanzó a Kioran hacia adelante, y cayó de rodillas en el suelo. Se levantó rápidamente, sus ojos recorriendo el entorno con celeridad para tratar de ubicarse. El suelo bajo sus pies era frío, el aire olía a metal quemado. Resultaba sofocante.
Los otros dos patrulleros también habían caído cerca, claramente desorientados por lo que acababa de suceder. Uno de ellos se llevó una mano a la cabeza, intentando recomponerse.
—¿Es idea mía o el portal se cerró? —preguntó.
—Parece que sí... —respondió Kioran, tratando de no aceptar lo obvio, pero la realidad frente a sus ojos era innegable: el lugar donde aterrizaron parecía coincidir con las imágenes que había visto en la torre de control.
Sin embargo, la ausencia del portal, su única vía de escape, era a lo menos preocupante. Y su desaparición, dejando tan solo un rastro de energía estática flotando en el aire, era más preocupante todavía. La sensación de peligro latente se hizo todavía más insoportable.
—Ustedes llevan más tiempo en esto que yo... —señaló en voz baja, tratando de encontrar algo de claridad en medio del caos—. ¿Alguna vez había pasado algo así?
Los dos patrulleros negaron rápidamente con la cabeza. Jamás habían visto algo tan extraño.
Eso solo confirmaba sus peores temores: estaban solos, atrapados en una línea temporal corrupta, sin manera de regresar por sus propios medios, y con los androides merodeando en algún lugar cercano, tal vez demasiado cerca.
—¿Qué opinan, muchachos? —preguntó el otro patrullero—. ¿Seguimos o nos retiramos para planificar una estrategia?
Kioran tomó aire profundamente, obligándose a calmarse. Era difícil mantener la compostura cuando el panorama se volvía más oscuro con cada segundo que pasaba, pero sabía que no podían permitirse el lujo de retroceder. Había una misión que cumplir, y el cierre del portal no era excusa para no llevarla a cabo. Además, el tiempo corría en su contra.
—Yo digo que nos apeguemos al plan —opinó finalmente, sin importarle si los demás estaban o no de acuerdo—. Y lo primero es encontrar a Trunks antes de que lo hagan esos jodidos androides. —A pesar de la tensión, se sentía muy raro pronunciar su nombre, y más raro notarlo bajo esas circunstancias.
Los otros patrulleros intercambiaron una mirada inquieta antes de asentir, tras lo cual comenzaron a caminar. Las ruinas de la ciudad devastada por los androides se alzaban como sombras fantasmales en la distancia a punto de echarse sobre ellos con ferocidad.
Mientras se desplazaban con precaución, una pregunta fugaz cruzó la mente de Kioran: ¿cómo habría sido crecer en un ambiente así, siempre amenazado, sin un solo día de paz? Trunks había vivido esa realidad. Mientras ella siempre tuvo la opción de tomar su nave y escapar del planeta en que estuviera si las cosas iban mal, él no tuvo esa libertad. Sus reflexiones no hacían sino agobiarla más y más.
El cielo sobre ellos se veía oscuro a pesar de ser de día por culpa del humo y las cenizas que flotaban en el aire. A su alrededor, las ruinas se extendían hasta el horizonte, mostrándoles el caos y la destrucción provocados por aquellos sádicos androides.
Ese era el mundo en el que Trunks terminó de formarse; un mundo apocalíptico sumido en el terror.
—No se separen —ordenó uno de los patrulleros—. Chronoa fue muy clara: no debemos enfrentar a los androides. Vamos a caminar, porque volar no es opción.
Ninguno volvió a hablar después de eso. Las palabras parecían innecesarias en un lugar donde cada sonido podía atraer atención no deseada. Kioran sabía que solo tenían una oportunidad de hacer las cosas bien, y no iba a arriesgarse a perderla. Cerró los ojos un momento, intentando encontrar el ki del joven Trunks. No supo si estaba muy lejos de allí o por alguna otra razón, pero no logró identificarlo por más que lo intentó.
Sí descubrió un ki muy controlado, como si albergara un gran poder escondido. Frustrada, abrió los ojos y dejó de intentarlo. No tenía cómo saber de quién era esa energía, si bien existía una gran probabilidad que se tratara del maestro de Trunks.
¿No lo habían matado aún? ¿O sí, y ese ki era de alguien más…?
Los minutos se estiraban como algo pegajoso. Sin embargo, a medida que avanzaban, la mujer comenzó a notar algo todavía más extraño: el sonido de los pasos de sus compañeros, que antes resonaba detrás de ella, había comenzado a espaciarse... y luego, simplemente, dejó de escucharlos.
Se detuvo en seco, con el corazón acelerándose en su pecho. Su mente trató de racionalizarlo, de encontrar una explicación lógica. Tal vez se habían retrasado un poco... quizás se estaban ocultando. Pero una inquietud instintiva se apoderó de ella.
—¿Siguen ahí? —llamó en un susurro apremiante, esperando ver las figuras de los patrulleros escondidas entre las sombras que ella oteaba con ansiedad.
Nada.
Kioran entrecerró los ojos, escudriñando la zona en busca de alguna señal, de cualquier movimiento, pero no había absolutamente nada. Era como si hubieran desaparecido, tragados por la oscuridad de las ruinas. Respirando de forma acompasada, se concentró para detectar la ubicación de la energía vital que emanaban… y no percibió nada. Volvió a pensar que algo les hizo eliminar sus presencias, pero su instinto prácticamente chillaba que no era así, que se equivocaba.
Entonces, la fuerza del presentimiento la obligó a volverse.
En lo alto de las ruinas, de pie sobre un bloque de concreto desgastado, los vio. Los androides Diecisiete y Dieciocho la observaban como si hubieran estado esperando este momento toda la vida. Sus sonrisas frías y calculadoras se clavaron en ella como cuchillas.
Kioran tragó saliva, sintiendo cómo la sensación de peligro crecía exponencialmente en su pecho. Los cuerpos de los patrulleros yacían inertes a los lados del bloque, ambos cruelmente decapitados, sus cabezas cercenadas a unos cuantos metros de distancia. Joder. No tuvieron tiempo para luchar, ni siquiera para gritar. Fueron eliminados sin hacer el más mínimo ruido. ¿Cómo diablos lo hicieron?
—Vaya, vaya... —murmuró Diecisiete, el de cabello negro, su sonrisa sicótica impregnada de veneno—. Parece que tenemos un nuevo juguete.
La voz del androide era suave y persuasiva, casual, transmitiendo la promesa implícita de un sufrimiento incalculable. Kioran sintió cómo la ira y el miedo luchaban por ganarse el podio en su interior.
—Puta madre... —masculló entre dientes, una leve sonrisa irónica en sus labios, obligándose a mantener la compostura mientras el sudor comenzaba a acumularse en su frente.
Dieciocho, entre risitas mordaces, ladeó levemente la cabeza sin apartar los ojos de Kioran. Su sonrisa apenas se ensanchó, proyectando una maldad palpable.
—¿Qué dices, hermanito? —preguntó con voz plácida, casi entretenida—. ¿Quieres divertirte un poco con ella antes de ir por Trunks?
El nombre de Trunks resonó en la mente de Kioran, devolviéndole de golpe toda su determinación. Aunque la sangre se heló al escucharlo, y un nudo de pánico le atravesó el estómago, tenía que obligarse a hacer a un lado cualquier sentimiento que no fuera el de pelear con todas sus fuerzas para sobrevivir.
Los latidos de su corazón resonaban en sus oídos. Se había comprometido a no luchar contra ellos, sin embargo, la realidad del momento fue como un bofetón: estaba atrapada en su juego.
La promesa que le hizo a Chronoa ya no tenía ningún significado. No había más reglas, no había más planes, solo la cruda realidad de la supervivencia. Su mente no dejaba de advertirla que no podría ganar, que estaba sola contra dos monstruos… Y allí su orgullo saiyajin actuaba como un escudo, esa parte que nunca aceptaba la derrota, rugiendo con furia desatada.
No iba a dejar que esos malditos androides la usaran como un jodido títere.
Y, por sobre todo, no iba a permitir que llegaran a Trunks.
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N. de la A.:
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Hoy entramos de lleno a un nuevo arco de la historia. Y sí: por fin tenemos referencias a nuestro querido Gohan, aunque fuera indirectamente.
De todos modos, el próximo capítulo estará plagado de acción, palabras malsonantes, y peligro. Mucho peligro.
Si te gustó el capítulo de hoy, ¡no seas tímido/a! Muéstrame tu entusiasmo con comentarios, estrellitas y kudos. ¡Incluso si solo me saludas, estaré muy feliz!
Nos vemos en el siguiente…
Amor y felicidad para todos.
Stacy Adler.
