Disclaimer: Todo Dragon Ball pertenece al legendario Akira Toriyama (Q.E.P.D.)

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Capítulo 10 Bien, metí la pata (pero sigo viva)

Efesios 6:12:

«Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes».

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El cielo de ciudad Conton se veía por completo despejado, y las estructuras futuristas brillaban bajo la luz del sol mientras Trunks regresaba de su última misión. A pesar de la aparente calma que lo rodeaba, una inquietud persistente se aferraba a él desde que recibió un mensaje urgente en su dispositivo de comunicación: debía dirigirse de inmediato a la Bóveda del Tiempo, donde Chronoa lo esperaba.

Y así lo hizo, apenas cruzó el portal, con el presentimiento de que recibiría malas noticias sobre el Imperio Oscuro. Seguramente habían contaminado otro pergamino y, dado el nivel de la amenaza, necesitaban que él interviniera personalmente.

Al abrir las puertas de la Bóveda del Tiempo, lo primero que vio fue a Chronoa con el ceño fruncido, observando un pergamino que flotaba en el aire por encima de sus manos. La preocupación en su rostro no pasó desapercibida para Trunks, y eso solo aumentó la tensión en su interior.

El pergamino en cuestión se veía algo diferente, pues en su estado de corrupción emitía una energía eléctrica de un color violeta intenso que chisporroteaba en el aire, vibrando como si estuviera a punto de explotar… o, peor aún, de implosionar. Los pergaminos contaminados sí que mostraban signos de inestabilidad, pero nada de esa magnitud.

—Trunks —pronunció Chronoa en voz baja, alzando la vista al escuchar sus pasos—, qué bueno que volviste tan rápido.

—¿Qué está pasando? —preguntó él, deteniéndose a su lado.

La mujer vaciló un segundo, como si no supiera por dónde empezar. Su expresión era de preocupación profunda.

—Este pergamino… —comenzó despacio, luego ganando ritmo conforme narraba— es de tu línea temporal. Vimos a los androides ser controlados por la energía del Imperio Oscuro y… luego de acabar con tu maestro, fueron por ti —finalizó con dificultad. Él ni siquiera se inmutó, por lo que continuó el relato—. Ayer empezó a corromperse, y desde entonces, la situación solo ha empeorado. Y hay algo más...

Trunks la miró de reojo, esperando que continuara, su expresión cada vez más tensa.

—Kioran viajó con dos patrulleros para revertir la corrupción. Pero algo salió mal. El portal se cerró de repente cuando lo cruzaron, y perdimos el contacto con ellos desde entonces. No podemos abrir otro portal ni visualizar qué está ocurriendo. Este pergamino está mucho más contaminado que cualquiera que hayamos visto antes; es como si algo… o alguien… estuviera manipulándolo a un nivel mucho más profundo.

Las palabras de Chronoa cayeron sobre Trunks como un baldazo de agua fría. Por unos segundos, las implicaciones de lo que había dicho quedaron suspendidas en su mente, como si su cerebro se negara a procesarlas. El pergamino estaba corrupto… en extremo corrupto… y Kioran había quedado atrapada en su línea temporal, sin que nadie supiera lo que estaba ocurriendo. La idea lo golpeó con una fuerza que no había anticipado.

—¿Por qué ella? —exclamó, aunque su tono sonó más a un quejido retórico que a una pregunta real—. ¡No tiene el nivel para enfrentarse a los androides!

—Lo sé, pero… era un buen plan. Habría funcionado si no fuera por esta corrupción tan inusual… —Sus ojos se encontraron con los de Trunks, llenos de preocupación—. Ella se ofreció a ir por ti, porque quería devolverte el favor.

—¿Devolverme el favor? —repitió, machacando las muelas con fuerza, la frustración vibrando en cada vocablo—. ¡Pero si no me debe nada!

—Lo siento, Trunks —se disculpó, visiblemente afectada—. Asumo la responsabilidad. Esto es mi error…

—No, no lo es —la detuvo enseguida, inhalando profundamente antes de dejar salir todo el aire en un suspiro pesado.

No quería que Chronoa cargara con una culpa que no le correspondía. En la vida de un Patrullero del Tiempo siempre había dificultades, variables imposibles de prever. No podían controlarlo todo, y para eso los entrenaban, para salir victoriosos incluso en las situaciones de mayor adversidad.

—Trunks… —insistió Chronoa, buscando las palabras adecuadas.

—Lo vamos a arreglar, tranquila —dijo él, su voz firme, pero con un matiz de esperanza—. Confiaremos en que Kioran y los demás están bien. Desde aquí, haremos todo lo que esté en nuestras manos para reabrir el portal y sacarlos de allí. Ese es un mundo muy peligroso…

«Gohan», pensó, la imagen de su maestro inundando su mente. Recordó sus lecciones, su cariño fraternal, su voluntad inquebrantable… y la forma brutal en que había perdido la vida. ¿Qué cambios habría causado la intervención de Kioran? Esperaba que ninguno fuera irreversible. Si algo realmente malo había sucedido, la única solución sería eliminar esa línea de tiempo…

«¡No, eso no!», gritó una voz en su interior, rebelándose contra la idea. Tenía la experiencia suficiente como para encargarse del asunto sin recurrir a medidas tan extremas. Debía confiar en que Kioran había seguido sus enseñanzas y consiguió sobrevivir, sin importar lo que hubiese enfrentado.

Respiró hondo, permitiendo que la calma regresara a su mente. Recuperó el control de sí mismo, su determinación más clara que nunca. Kioran tenía que estar bien. Él se encargaría de traerla de vuelta, a ella y a los patrulleros que la acompañaban, costara lo que costara.

—No pienso rendirme —añadió, mirando el pergamino que seguía emitiendo chispas de energía violeta—. No mientras haya una posibilidad de salvarlos.

Chronoa asintió, intentando proyectar confianza en su leve sonrisa.

—Muy bien. Manos a la obra.

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El dolor la envolvía de manera asfixiante. Cada golpe recibido por parte del androide Diecisiete reverberaba en su cuerpo inconsciente, pero más allá del dolor físico, había algo más profundo que la atormentaba. En ese estado nebuloso, atrapada en la inconsciencia, los recuerdos comenzaron a surgir sin que pudiera retenerlos.

De pronto, se vio en una vasta llanura desolada, un lugar que le resultaba familiar y amenazante. El viento cortaba su piel como cuchillas, y el cielo carmesí se extendía sobre ella como una advertencia silenciosa. Allí estaba Raditz, su presencia abrumadora y oscura dominando el espacio. Kioran, con apenas trece años, luchaba por mantenerse en pie. Sus rodillas temblaban y la sangre goteaba de sus labios, pero se obligaba a levantarse una y otra vez.

—¿Es todo lo que tienes? —la voz de Raditz resonó, cortante y cruel—. ¡Eres patética! ¡No sirves para nada si no puedes luchar hasta tu último aliento!

El recuerdo era vívido, tan real, que Kioran sentía la tensión en cada uno de sus músculos, el agotamiento invadiéndola igual que en aquel entonces. Era uno de los entrenamientos más brutales a los que Raditz la había sometido, uno que la había llevado al límite absoluto. Su cuerpo estaba al borde del colapso, pero él no mostraba compasión alguna. Nunca lo hizo.

Kioran tosió sangre, el sabor metálico inundando su boca. Con un esfuerzo hercúleo levantó la mirada, abrumada por la sensación de no ser nunca suficiente para él…

Pero eso no quería decir que no lo intentara de todos modos.

—P-puedo seguir… —tartamudeó, su voz débil mientras la sangre manchaba el suelo—. Solo… necesito un segundo...

Raditz estalló en una carcajada cruel, su largo cabello ondeando detrás de él. Se acercó a ella con lentitud, como un depredador disfrutando del sufrimiento de su presa.

—¿Seguir? —se burló, gruñéndole casi encima—. Eres débil, igual que tu madre. Lo único que sabes hacer es mendigar. —Sus palabras eran veneno puro—. Un saiyajin pelea hasta las últimas consecuencias, sin remilgos estúpidos. Si tienes que hacer trampa, ¡hazlo! Si tienes que mentir, ¡hazlo! Si tienes que apuñalar a alguien por la espalda, ¡hazlo sin remordimiento! —Reforzó sus palabras encajándole un bofetón que, más que doloroso, sirvió para humillarla todavía más—. ¡Haz lo que sea necesario para sobrevivir y olvídate de todo lo demás! Porque la victoria es lo único que importa. ¿Escuchaste? ¡La victoria es lo que nos define, no importa cómo la obtengas!

Con un golpe brutal, Raditz la lanzó de nuevo al suelo. El impacto resonó en su pecho como si ocurriera en el presente. Esas palabras se grabaron en su mente como fuego: «Haz lo que sea necesario». «La victoria es lo único que importa». Había vivido bajo esa filosofía toda su vida, luchando con cada fibra de su ser para ser fuerte, para demostrarle a Raditz que no era débil, como él siempre decía que lo había sido su madre.

El entorno cambió bruscamente. La llanura desolada se desvaneció, y Kioran se encontró en la habitación que ocupaba en ciudad Conton. La luz cálida del sol entraba por la pequeña ventana, iluminando cada rincón con una suavidad que contrastaba con el caos de sus pensamientos. Pero, en lugar de sentir alivio, la invadió una profunda inquietud. Al centro de la habitación, Trunks la observaba con la misma expresión que ponía durante sus entrenamientos: paciencia y un toque de desafío en sus ojos azules.

—Príncipe heredero… —murmuró Kioran, avanzando hacia él. Pero cuanto más se acercaba, más borroso se volvía su rostro, como si estuviera a punto de desvanecerse.

Entonces, todo se desmoronó de nuevo. El rostro de Trunks desapareció, y en su lugar apareció la figura del androide Diecisiete, con su sonrisa sádica y sus celestes ojos de hielo polar, clavados en ella. Kioran revivió la escena de su derrota, los golpes cayendo sobre ella como martillazos, cada uno recordándole lo pequeña y frágil que era en comparación con la fuerza abrumadora de los androides.

«Raditz tenía razón: soy débil…»

Gritó, un lacerante chillido de rabia y dolor que no encontró eco en la oscuridad. Cayó de rodillas en medio de su delirio, sintiendo cómo su cuerpo y su mente se desmoronaban, atrapada en una espiral de impotencia y desesperación.

Un destello apareció en su apagado subconsciente: la figura de su madre, aquella mujer que apenas había conocido. Por culpa de Raditz no era más que un recuerdo distante; una imagen borrosa, como un reflejo que se disolvía en la bruma, pero estaba allí, sonriéndole con una calma que Kioran no podía comprender. ¿Por qué sonreía? ¿Cómo podía mostrar paz después de todo lo que había sucedido?

Kioran extendió la mano, tratando de alcanzarla, de tocar ese recuerdo frágil y reconfortante, pero la figura se desvaneció como un espejismo, dejándola sola en la penumbra. En su lugar, Trunks apareció de nuevo, esta vez más nítido, con una expresión de preocupación sincera en su rostro.

—Te debo tanto… —susurró Kioran, con la voz rota por el dolor de saberse insuficiente—. Tú me diste la oportunidad de ser más… de pertenecer a algo. Por eso vine. Me crees, ¿verdad?

Mientras las imágenes se entrelazaban en su mente, Kioran sintió una oleada de emociones que la abrumaban, envolviéndola en un torbellino. El deseo de ser fuerte, la culpa por haber fallado, el respeto profundo que sentía por Trunks y, sobre todo, el miedo. El miedo de no estar a la altura, de perder todo lo que había ganado con tanto esfuerzo.

El paisaje cambió una vez más. Volvía a estar en medio de la batalla contra Diecisiete, rodeada por la oscuridad y la agonía. Los últimos momentos del combate eran una bruma en su memoria, confusos y desdibujados, pero el dolor seguía siendo real, punzante, tangible. Y en medio de esa pesadilla, una inquietante voz resonó, mezcla entre Raditz, Trunks y su madre:

Despierta. Aún no has terminado con tu misión.

Todo se desvaneció. El sueño, los recuerdos, parte del dolor… Kioran abrió los ojos de golpe, jadeando al sentir el esfuerzo que le costaba regresar a la consciencia. A su alrededor, se extendía un lugar extraño y desconocido. La luz era tenue, y el aire impregnado de un olor a desinfectante y metal, se filtraba irrespetuosamente en sus fosas nasales.

Parpadeó varias veces, intentando enfocar la mirada. Al fin, sus ojos se detuvieron en un rostro familiar.

—¡Príncipe heredero! —exclamó por reflejo, la voz rasgada propia de quien no la ha usado en días.

Trunks abrió los ojos con asombro y luego giró la cabeza hacia atrás, como buscando una explicación en los demás espectadores de esa escena. Fue entonces cuando Kioran se dio cuenta de que algo no cuadraba. Aquel no era el Trunks que conocía, sino el chiquillo de esa época, apenas entrando en la adolescencia… ¡había logrado salvarlo! Estuvo a punto de sonreír cuando notó que detrás de él se hallaba su maestro, observándola con marcada curiosidad. Esa cara de niño bueno y bobo era inconfundible. ¿Cómo se llamaba?

«¡Maldita sea!», pensó, apretando los dientes, «si ese tipo está vivo, ¡quiere decir que he metido la pata en grande en esta línea de tiempo! Oh, mierda, soy una inútil…»

Frustrada, Kioran desvió la mirada y la enfocó en la figura de Bulma —la reconoció enseguida—, quien también la observaba sin ocultar su curiosidad. En la fotografía que Trunks le enseñó se veía como una mujer bellísima, pero apreciarla en persona solo intensificó esa impresión. Sin una pizca de envidia, Kioran comprendió al instante por qué Vegeta había cedido ante ella hasta el punto de engendrarle un hijo. Y lo reconocía sin reparo: había sido la mejor decisión que pudo tomar.

—¿Estará delirando? —susurró el joven Trunks, dirigiéndose a los demás.

«Sí, joder, sin ninguna duda», pensó Kioran, apretando los labios para contener una mueca irónica. Trunks seguía vivo, a pesar de su enorme fallo con aquel manco al fondo. Al menos hubo algo que hizo bien, y esa pequeña victoria la hizo sentir un poco menos miserable.

El silencio se impuso en la habitación, tenso y expectante, hasta que Bulma lo rompió con un comentario que denotaba perspicacia:

—¿No era Vegeta el príncipe de los saiyajin? Quizás conoce el vínculo entre él y Trunks.

«Bueno, además de hermosa es inteligente», reflexionó Kioran, con una admiración que crecía como la espuma.

—Pero, ¿cómo sabría que Trunks es su hijo? —intervino el otro del cual no podía recordar el nombre.

—Ni idea, es lo único que me pareció que podría tener sentido —admitió Bulma, encogiéndose de hombros.

Kioran supo que era el momento de tomar el control de la situación. Emitió un quejido bajo, como si el dolor la consumiera —en realidad le dolía cada centímetro de su cuerpo, así que no era del todo falso—, y murmuró en tono quejumbroso:

—Están haciendo mucho ruido.

Los tres intercambiaron miradas de nuevo, sorprendidos por su reacción.

—Discúlpanos —dijo Bulma, acercándose a la cama para ajustar la vía, utilizando el gesto como una excusa para observarla más de cerca. Tenía muchísima curiosidad porque nunca había visto una hembra saiyajin—. ¿Necesitas algo? ¿Comida, tal vez? —sugirió, movida por el insaciable apetito de esa raza.

—Sí, y un baño —respondió Kioran, esforzándose por hablar de manera discreta, pues algo en la presencia de esa mujer la obligaba a mostrarse más formal y menos confianzuda de lo que era normalmente.

La científica asintió, secretamente complacida de haberle quitado el catéter urinario que tuvo puesto hasta el día anterior. Su médico de confianza, que llevaba toda la vida en su familia e incluso asistió el nacimiento de Trunks, le indicó que las ondas cerebrales de Kioran habían comenzado a mostrar patrones de actividad más intensos, su respiración era más rítmica, y sus párpados presentaban movimientos involuntarios… lo cual indicaba que pronto iba a despertar.

Haber tomado esa precaución venía del tiempo que pasó con Vegeta, en el cual este le enseñó —a su manera— que todo saiyajin es orgulloso por la sencilla razón de pertenecer a aquella raza guerrera mítica, y que jamás había que subestimar su dignidad. También gruñó que «Kakarot» era la excepción por ser un «blandengue bueno para nada», pero esa era otra historia…

—El baño está justo allí. —Con una sonrisa, señaló hacia una puerta medio escondida en el lateral de la habitación—. Solo ten cuidado de no arrancarte la vía cuando te levantes. Nosotros te dejaremos sola; regresaré en un rato con algo delicioso. Vamos, chicos.

Y, sin dejar de sonreír, empujó a los otros hacia la salida.

Comprobando que habían abandonado la habitación, Kioran hizo exactamente lo que Bulma le había advertido que no hiciera: se arrancó la vía de un solo movimiento y se incorporó en la cama con rapidez.

«¡Epa!», exclamó en su mente cuando todo a su alrededor comenzó a dar vueltas. Tuvo que aferrarse a los bordes de la cama para no perder el equilibrio. ¿Cuánto tiempo había pasado recuperándose? Su cuerpo no solo estaba adolorido, sino agarrotado; sus piernas temblaron al ponerse de pie, y tuvo que apoyarse en la pared para no desplomarse cual saco de papas. Caminó con cuidado hacia el baño, sintiendo cada paso como un desafío.

«Esto es una mierda», pensó, preguntándose si tal debilidad se debía al tiempo que había pasado en cama o si uno de los golpes de ese maldito androide le había afectado algo en la cabeza.

Después de atender sus necesidades y mientras se observaba en el espejo, llegó a dos conclusiones: primero, su rostro estaba mucho mejor de lo que había anticipado, lo cual solo confirmaba que pasó varios días en cama. Y segundo, tenía que escapar de allí de inmediato. Necesitaba regresar a la base de los patrulleros en el futuro, pero la gran pregunta era cómo lograrlo. Sus compañeros habían caído en combate, y no tenía manera alguna de comunicarse con Trunks. Solo le quedaba esperar que él viniera a buscarla; estaba segura de que no tardaría en aparecer…

«Oh, no», se lamentó, notando que su boca seguía algo inflamada, pero por fortuna sin daño permanente. «Príncipe heredero no debe venir aquí, le dolería demasiado ver a su maestro vivo. Espero que Chronoa envíe a alguien más». Para distraerse, enfocó su atención en el hinchado puente de su nariz; se notaba que se la habían recolocado en algún momento… y lo hicieron bien, porque no había rastros de que le fuera a quedar una desviación en el tabique. Perfecto.

Salió del baño con un plan claro en mente. Primero, buscó su armadura y la vistió. «Se ve casi como nueva, tienen que haberla reparado mientras dormía», caviló, más sorprendida de que tuvieran la tecnología necesaria para arreglarla que otra cosa. Luego, inspeccionó rápidamente la habitación en busca de una salida. La puerta por la que habían salido Bulma y los demás no era una opción; corría el riesgo de que la avistaran enseguida e intentaran detenerla de marcharse.

«Tal vez podría comer antes de irme». El vacío en su estómago parecía agrandarse más y más conforme pasaban los minutos. Sin embargo, terminó por descartar la idea pues era demasiado arriesgado seguir allí más tiempo. Recordando la cápsula de emergencia que siempre cargaba en el compartimento donde antes guardaba su Scouter, llevó una mano a su cintura y, con alivio, comprobó que aún estaba allí. Había sobrevivido a la batalla. Al menos tendría algo de comida para aguantar un poco más. Con eso, ya no había nada que la retuviera.

La única opción viable era escapar por una ventana alta que, con suerte, no tendría problemas para abrir. Solo necesitaba impulsarse hacia arriba y saltar al otro lado. Esperaba que nadie estuviera prestando demasiada atención, ya que al caer afuera no podría ser completamente sigilosa; y si elevaba su energía para volar, la detectarían de inmediato.

Se encaramó a la ventana, abriéndola con extremo cuidado para no hacer ruido. Al ver la hierba sin vida del exterior, respiró hondo, se impulsó y aterrizó en el suelo, amortiguando la caída lo mejor que pudo y, también, intentando no darse de bruces porque todavía le costaba mantener el equilibrio. Se deslizó entre las sombras, desplazándose con precaución hasta que encontró un claro. Apenas tuvo la oportunidad, se echó a correr con varios tropezones de por medio, sin mirar atrás.

No fue sino hasta que estuvo lo suficientemente lejos que se permitió relajar la carrera hasta convertirla en un trote suave y, con ello, surgieron las dudas. ¿Por qué se había escapado? Si ya había arruinado esa línea temporal; ¿qué más podía salir mal?

«No», se regañó mentalmente, sacudiendo la cabeza. «No debería confiarme. Cambié algo, pero si sigo cagándola, solo haré todo peor… supongo. No sé. A lo mejor es cierto que esta modificación fue tan grande que ya no importa lo que haga…»

Sin embargo, otro contundente pensamiento llegó a barrer bruscamente con los anteriores: ¿cómo diablos iba a regresar al punto en donde la escupió el portal si ni siquiera sabía dónde se encontraba? Deteniéndose lentamente, dio un largo vistazo a su alrededor, intentando identificar algo siquiera remotamente familiar, pero todo le resultaba extraño. No tenía un mapa ni ninguna forma de volver a su punto de entrada. Poco a poco, comenzó a cuestionar la lógica de su plan; ir al lugar en donde apareció originalmente no tenía sentido, ya que los patrulleros podrían localizarla buscando su ki sin importar en qué parte del planeta estuviera.

«¡Qué estúpida! Eso me pasa por tomar decisiones sin haber comido», pensó, frustrada consigo misma y con su incapacidad de razonar como lo haría alguien más experimentado.

Con un suspiro resignado, decidió que lo más prudente era buscar un refugio temporal. Se concentró en recorrer los alrededores de la ciudad desierta y devastada, observando con atención cada rincón en busca de alguna casa que aún se mantuviera en pie, un lugar que pudiera servirle para planificar su siguiente movimiento.

El viento soplaba suave a su alrededor, arrastrando polvillo de los escombros. Era deprimente. Luego de un buen rato, divisó una casa abandonada semidestruida al final de la calle. Las paredes estaban agrietadas y el techo no se veía en buen pie, pero no daba signos de ir a derrumbarse pronto, así que allí podría resguardarse temporalmente.

Se acercó con cautela, asegurándose de que no hubiera algún humano en las cercanías. Empujó la puerta entreabierta con un leve crujido, observando cómo se balanceaba antes de detenerse. Y entró.

El interior de la casa estaba en ruinas: muebles volcados, cubiertos de polvo y fragmentos de cemento. Una ventana rota dejaba entrar un leve rayo de luz que iluminaba las partículas suspendidas en el aire. Kioran sintió un nudo en el estómago, una sensación de vacío que se le hizo extrañamente familiar. Al poco rato la identificó: así se sentía esa clase de desolación en los planetas que Raditz y ella arrasaron en nombre del emperador Freezer.

Suspirando por la nariz, avanzó hasta lo que quedaba de la sala principal, en donde fue cordialmente recibida por un sofá desmoronado y una mesa hecha trizas. Por un instante, dejó que la tristeza del lugar la invadiera, mas pronto se obligó a sacudirse del cuerpo ese tipo de debilidad, que no tenía ni tiempo ni ganas de permitirse.

Llevó la mano al compartimento donde guardaba su cápsula de emergencia para sacarla, pulsó el botón, y con una explosión de humo, la cápsula liberó varias raciones de comida lista para ser calentadas por medio de unas almohadillas especiales que, al golpearse, comenzaban rápidamente a generar calor.

Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra una pared no muy estable, a engullir una de las raciones disponibles para así distribuir las demás en los próximos días, si bien rezaba por no quedarse tanto tiempo allí.

Masticó pensando que el sabor era simple y sin gracia, pero a esas alturas no le importaba. A medida que comía, sus ojos recorrían el espacio, observando las sombras y los restos de lo que una vez fue un hogar. Ya casi ni se notaban los vestigios de esos tiempos mejores, y con cierta ironía, pensó que al menos ese lugar le serviría para reponer fuerzas y trazar su próximo movimiento.

Y así fueron pasando las horas lentamente, como si el tiempo mismo hubiera decidido bajar el ritmo. La noche cayó, envolviendo todo en sombras, y Kioran seguía en la misma posición, sentada en el suelo con las piernas recogidas y los brazos rodeando sus rodillas. Su mirada permanecía fija en una de las ventanas que aún conservaba sus vidrios intactos. Observaba el cielo oscuro a través de ella como hipnotizada. A diferencia de ciudad Conton, donde la modernidad y las luces artificiales ocultaban las estrellas, este cielo se veía vasto y casi intimidante en su profundidad.

Suspiró por enésima vez. Estaba débil, aburrida y, lo peor de todo, completamente sola. La soledad la carcomía por dentro. Había pensado que este aislamiento forzado le daría tiempo para ordenar sus pensamientos, para reflexionar sobre todo lo que había ocurrido y encontrar una manera de regresar a ciudad Conton. La realidad era otra: estar sola únicamente servía para que sus inquietudes se intensificaran.

Antes, la soledad había sido su refugio. En aquellos días de antaño, lejos de Raditz, disfrutaba de su aislamiento como un regalo, un espacio de libertad en el que no tenía que demostrar nada a nadie. Ahora, en cambio, no había nada de esa paz. Solo sentía la monotonía que se extendía a su alrededor como un peso insoportable.

No podía dejar de pensar en la misión que la había llevado a ese mundo; no había fracasado propiamente tal, pero tampoco podía reclamar un éxito aplastante. El portal se cerró justo en sus narices, como si la hubiera vomitado antes de desaparecer, lo que no era excusa para fallar. Ella solo debía evitar el conflicto con los androides y proteger a Trunks de ellos. De alguna forma terminó logrando lo último, pero en lo primero había metido la pata hasta el fondo. Al enfrentarse a Diecisiete no solo arruinó la misión, sino que también alteró el curso de la vida del maestro de Trunks, quien ahora estaba vivo y presente en esta línea temporal.

—Joder… —murmuró para sí misma, entre furiosa y frustrada.

Por costumbre, Kioran bajó la mirada y se revisó los antebrazos, como si esperara encontrar nuevas cicatrices en ellos. Pero no, estaban igual de marcados y horribles que siempre. Bufó desviando la mirada. No valía la pena.

Inquieta, apretó el abrazo alrededor de sus rodillas, buscando consuelo en esa posición. Cerró los ojos y en su mente se materializó la imagen de Trunks, pero no el muchacho de esa línea temporal sino su Trunks, su príncipe heredero, el líder de los patrulleros. La imagen de él a torso desnudo la hizo sonrojar involuntariamente. ¿Cuánto tiempo había pasado desde aquel entrenamiento en el que se las arregló para romperle la camiseta, solo para disfrutar de la visión de sus abdominales cubiertos de sudor? Él, como siempre, la regañó por no tomarse en serio el entrenamiento, pero Kioran había visto claramente un brillo divertido en sus ojos. Así era su dinámica: ella lo provocaba, él la reprendía, discutían por alguna razón absurda, hacían las paces… y volvían a empezar en un ciclo sin fin.

El recuerdo de esos entrenamientos arrancó una leve sonrisa en sus labios. A pesar de que siempre había sido muy desconfiada, con Trunks logró ceder un poco. Este le había enseñado a luchar mejor, a ser más fuerte, a controlar su ki con una precisión que antes le parecía inalcanzable. Claro, ella seguía siendo rebelde, coqueteando con él solo por el placer de provocar, pero, en el fondo, lo respetaba mucho.

El sonrojo en sus mejillas se intensificó al recordar algunos de esos momentos. Había noches en las que se permitía imaginar cómo sería aparearse con él. Sin duda el resultado sería fantástico; gozarían como si no hubiera un mañana, y luego ya podrían continuar como si todo siguiera igual. Pero ahora, esa posibilidad parecía tan lejana como el tiempo al que pertenecía.

«Príncipe heredero, me encantaría verte», suspiró en su interior, con un dejo de tristeza. «Aunque no debes venir. La he cagado en grande con tu maestro. Espero que puedas perdonarme…»

Bajó la cabeza y escondió el rostro entre sus brazos, tratando de encontrar algo de calor en esa soledad fría. Cerró los ojos, esperando que el sueño la tomara rápido. Tal vez mañana las cosas se vieran mejor. Tal vez encontraría una forma de arreglar todo.

Mientras su consciencia se desvanecía, la imagen de Trunks fue lo último que cruzó por su mente… él y sus abdominales brillantes de sudor.

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N. de la A.:

¡Gracias a todos por sus votos y comentarios! A los nuevos lectores que se han sumado esta semana, y a los que venían conmigo de antes. Su apoyo ha mantenido esta historia en el número uno de la etiqueta Dragon Ball Xenoverse, ¡y en el top de otras etiquetas relacionadas! La tía Stacy está feliz.

Okay, yo anduve «alumbrando» que por fin Gohan se iba a apoderar de su protagonismo, ¡y en este capítulo casi no sale! Qué vergüenza, Stacy, otra vez rompiendo tus promesas xD

Lo que sí les puedo asegurar es que, desde el próximo capítulo, vamos a tener Gohan para hartarnos.

Debo decir que disfruté mucho escribir cómo Raditz «preparaba» a Kioran. Su brutalidad, su forma de ver las cosas, incluso cómo la instaba a hacer trampas sin importar nada más que el resultado final… Creo que quedó bastante IC, es como me imagino que sería Raditz de acuerdo a lo que vimos en los inicios de Z.

(Por cierto: también me reí escribiendo a Kioran frente a Bulma. El «necesito mear» de los primeros capis quedó en el olvido, porque la presencia de Bulma la hace comportarse con más propiedad xD la respeta más que a Trunks jajajaj).

Si te gustó el capítulo de hoy, ¡no seas tímido/a! Muéstrame tu entusiasmo con comentarios, estrellitas y kudos. ¡Incluso si solo me saludas, estaré muy feliz!

Nos vemos en el siguiente…

Amor y felicidad para todos.

Stacy Adler.