La ciudad descansaba bajo un manto de penumbra, con las luces de los faros iluminando apenas las calles desiertas. El mundo parecía haberse congelado en un instante de tranquilidad, pero lejos de esa calma aparente, algo sombrío comenzaba a gestarse en los rincones más profundos de la mente de Goku.
A una distancia prudente de la urbe, Goku estaba recostado en el suelo de una pequeña llanura, su respiración suave indicaba un sueño aparentemente tranquilo. Sin embargo, sus movimientos comenzaron a agitarse. Su rostro, que normalmente reflejaba serenidad incluso en descanso, ahora se contrajo. Su cuerpo se tensaba, sus manos se cerraban en puños mientras las imágenes de su sueño se volvían cada vez más reales y opresivas.
En su mente, Goku se encontraba atrapado en un lugar que no reconocía, un espacio ajeno al mundo que conocía. Estaba suspendido en el aire, con cuerdas de acero enrolladas alrededor de sus extremidades, inmovilizándolo por completo. Las ataduras no eran simples cuerdas; parecían estar hechas de un metal extraño, oscuro, que emitía un leve resplandor rojizo, y a cada movimiento suyo, estas se apretaban más, clavándose en su piel.
Frente a él, figuras indistinguibles se movían entre las sombras. Aunque sus rostros estaban ocultos, sus intenciones eran claras: comenzaron a golpearlo sin piedad. Cada impacto resonaba como un eco en ese vacío sin fin. Goku intentaba gritar, pero su voz parecía ahogada, atrapada en su garganta. Sus pupilas se dilataban mientras sentía cada golpe como si fuera real. El dolor lo consumía y la impotencia lo desgarraba.
Entonces, entre las sombras, algo lo hizo olvidarse momentáneamente de su propio sufrimiento: a lo lejos, podía ver a Bulma. Estaba allí, de pie, pero no por su propia voluntad. Un par de manos oscuras y deformes la sujetaban del cuello, levantándola del suelo. Sus ojos azules, que siempre transmitían fuerza y determinación, ahora estaban clavados en él. No había gritos ni súplicas, solo una mirada que lo atravesaba.
Goku luchaba con todas sus fuerzas, tratando de liberarse de esas cuerdas de acero, intentando llegar hasta ella, pero era inútil. Solo podía mirarla.
—¡No, no, no! —gritó desesperado, su voz finalmente rompiendo el silencio opresivo del sueño. Pero entonces, como si sus palabras fueran órdenes que el sueño no podía tolerar, todo comenzó a desvanecerse.
Bulma lo miró fijamente, sus labios se movieron, y aunque la distancia era considerable, su voz llegó clara:
—No mires —le dijo resignadamente.
Y en ese momento, el mundo onírico se derrumbó. Goku despertó de golpe, incorporándose bruscamente con una respiración acelerada. Su cuerpo estaba empapado en sudor, y su corazón golpeaba con fuerza dentro de su pecho. Miró alrededor, el ambiente era el mismo: tranquilo, oscuro, pero él no podía sacarse de la mente la sensación de estar atrapado, de verla a ella en peligro.
.
Bulma estaba frente al espejo, absorta en sus pensamientos. La tenue luz de la habitación le daba un resplandor suave, casi etéreo. La bata celeste que llevaba apenas ocultaba la delicadeza de su figura, y su cabello suelto caía en suaves ondas sobre sus hombros. Su expresión, aunque tranquila, reflejaba una melancolía que no podía disimular. Con una mano acariciaba distraídamente una de las cintas de su bata, mientras su mirada parecía perderse más allá de su reflejo.
Un sonido fuerte, casi violento, rompió la calma de la habitación. Bulma se giró de inmediato, con los ojos muy abiertos, buscando el origen del estruendo. Por un instante, todo quedó en silencio de nuevo, pero su respiración se aceleró al ver una figura conocida. Allí, frente a ella, estaba Goku. Su presencia era imponente, pero su expresión era lo que más la impactó. Sus ojos estaban abiertos como platos, y su rostro mostraba una mezcla de urgencia y alivio.
Por un momento, se quedaron en silencio. Bulma se levantó lentamente, sujetando la tela de su bata con las manos. Su voz, aunque tranquila, traía consigo un aire de preocupación y dulzura.
—¿Qué sucede, Goku?
Goku soltó un suspiro profundo, como si al verla de nuevo todo el peso que llevaba encima desapareciera de golpe.
—Solo quería asegurarme de que estés bien —dijo finalmente, con una honestidad que la tomó por sorpresa.
Bulma ladeó ligeramente la cabeza, dejando asomar una pequeña sonrisa. Su rostro se iluminó con un gesto de ternura, y Goku no pudo apartar la mirada. Observó cada detalle de su rostro, desde la curva de sus labios hasta el brillo tenue de sus ojos. Todo en ella le parecía nuevo y familiar al mismo tiempo, como si estuviera viendo algo precioso por primera vez.
Ella bajó la mirada unos instantes, reflexionando, antes de levantar los ojos hacia él nuevamente, sintiendo que había mucho más que decir, finalmente rompió el silencio.
—Te extrañé… no sabes cuánto te extrañé. Perdóname por haberme portado así. He sido una obstinada.
Las palabras lo dejaron expuesto en el asombro. Bulma parpadeó, y por un momento solo pudo mirarlo. Luego, sin pensarlo más, se acercó a él con determinación y lo abrazó con fuerza. Sus brazos se enroscaron alrededor de su torso, y Goku sintió el calor de su cuerpo, el olor dulce y reconfortante de su cabello. No lo pensó dos veces; rodeó su espalda con sus brazos, atrayéndola aún más cerca. Aspiró profundamente, como si intentara grabar cada detalle de ese instante.
Cuando ella se separó un poco y lo miró con una mezcla de timidez y ternura, le preguntó. —¿Me perdonas?
Goku la miró con una expresión que era a la vez cálida y resuelta.
—No tengo nada que perdonarte —dijo, su voz baja y firme— Yo te amo Bulma
Esa declaración, tan sencilla y honesta, la desarmó. Goku no solía expresar sus sentimientos con palabras. Normalmente, su amor se manifestaba en acciones, en gestos simples pero significativos. Sin embargo, esta vez era diferente. Había algo en la forma en que lo dijo, algo en su tono, que la hizo comprender la profundidad de lo que él sentía.
—¿Me amas? —preguntó ella con un hilo de voz.
Él la sostuvo con más fuerza y respondió con seguridad:
—Sí. Diría que es más fuerte de lo que pensé, es como… como si te necesitara para sentirme en paz.
La atrajo hacia él una vez más, envolviéndola en un abrazo protector y cálido, poco a poco, Goku sintió que el temblor en su pecho, el miedo persistente de su sueño, comenzaba a disiparse. El ritmo acelerado de su corazón se apaciguó, y su respiración se volvió más tranquila. En ese abrazo encontró la certeza de que ella estaba bien, de que estaban juntos y en ese instante, el peso de sus temores desapareció, reemplazado por una profunda sensación de paz.
Ese sueño no era como los demás. Había algo profundamente perturbador en él, algo que lo dejaba inquieto, como si más que un sueño, hubiera sido una advertencia. Goku se pasó una mano por la cara, tratando de calmarse, pero el recuerdo persistía, y con él, un escalofrío que no lograba disipar.
.
A la mañana siguiente la cálida luz de la mañana iluminaba la fachada de la Corporación Cápsula, mientras el sonido de varios automóviles acercándose rompía la serenidad del lugar. Dentro, Bulma, aún ajustándose la bata celeste, bajaba las escaleras apresuradamente, su rostro resplandeciendo con una mezcla de emoción y entusiasmo. Al abrir la puerta de par en par, la escena ante ella era exactamente lo que había estado esperando: su familia estaba de vuelta.
Frente a los autos recién estacionados, Trunks se bajaba del asiento del copiloto, con una ligera sonrisa en el rostro, aunque reflejando algo de cansancio del viaje. Al verlo, Bulma no pudo contenerse.
—¡Trunks! —gritó, saliendo corriendo para recibirlo.
El joven apenas tuvo tiempo de girarse antes de que su madre lo envolviera en un abrazo apretado. Aunque Trunks intentaba mantener su compostura, no pudo evitar sonreír más ampliamente mientras correspondía el abrazo.
—Hola, mamá —murmuró, dejando entrever el afecto en sus palabras.
Justo detrás de él, el Dr. Brief y la Sra. Brief bajaban del segundo auto. La Sra. Brief, con su típico vestido colorido y su energía habitual, saludaba animadamente, mientras el Dr. Brief ajustaba sus lentes y sacaba un cigarrillo, observando la escena con calma y satisfacción. Pero antes de que ninguno pudiera decir algo, Trunks se quedó inmóvil al levantar la vista hacia la entrada de la casa. Allí estaba Goku, apoyado tranquilamente en el marco de la puerta, con una sonrisa suave y despreocupada.
—¿Goku? —preguntó Trunks, con evidente sorpresa en su tono. Miró de inmediato a su madre, buscando una explicación—. ¿Qué hace aquí? Acaso ustedes…
Bulma, todavía sosteniéndolo por los hombros, rió suavemente y se apartó un poco para mirarlo a los ojos.
—Te lo explicaré más tarde, hijo. Pero por ahora, ¿qué tal si entras y me cuentas cómo te ha ido? —dijo, tratando de suavizar el impacto.
Mientras tanto, los padres de Bulma también miraban a Goku con una mezcla de asombro y alegría. La Sra. Brief, siempre efusiva, levantó las manos y exclamó:
—¡Oh, pero qué maravilla verte aquí, Goku! Esto es algo… inesperado.
El Dr. Brief asintió lentamente, quitándose el cigarrillo de los labios y mirando de reojo a Bulma, como si hubiera entendido algo que no se estaba diciendo abiertamente.
—Vaya, parece que las cosas se han… ¿arreglado? —dijo en tono neutral, aunque no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa de aprobación.
Goku, por su parte, simplemente levantó una mano en señal de saludo. —Hola, Trunks. Es bueno verte de regreso.
—Hola, también me da gusto verte, otra vez— todavía estaba procesando la presencia de Goku en la casa, pero decidió no insistir en ese momento. Miró a su madre con una expresión de curiosidad.
—Mamá, tenemos mucho de qué hablar.
Bulma asintió con una sonrisa, agradecida de que él no presionara por explicaciones inmediatas. Mientras todos entraban en la casa, la Sra. Brief seguía conversando animadamente con Goku, preguntándole cómo estaba y haciendo comentarios sobre lo agradable que era volver a verlo. Trunks, aunque aún intrigado, se dirigió al interior con su madre, dispuesto a hablar con ella más adelante.
.
Mientras Goku y Bulma disfrutaban de una cálida y familiar reunión, aquel se quedó mirando el horizonte llamando la atención de la peliazul.
—¿Sucede algo?— cuestionó ella intrigada.
El la miró atentamente mientras se levantaba e iba camino hacia el jardín, se quedó mirando las estrellas y giró a verla directamente. —Me ausentaré unos días, necesito ir a entrenar—
Ella ladeó su cabeza sin entender. —Pensé que, el equipo estaba a la altura— refiriéndose a la tecnología.
El movió las manos en señal de aliviar cualquier mal entendido. —No es eso, créeme que es muy poderosa, y si me es muy útil, sin embargo, necesito cuerpo a cuerpo, no se pero, necesito estar preparado—
Bulma arqueó una ceja, desconcertada. —¿Estás bien? ¿Hay algo que te preocupe?
Goku se rascó la cabeza y dejó escapar una sonrisa ligera, aunque su mirada delataba cierta inquietud. —No, nada de eso… solo… —hizo una pausa, intentando encontrar las palabras—. Solo que necesito entrenar. Necesito medir mi fuerza contra alguien.
Bulma suspiró, entre resignada y comprensiva. —¿Cuánto tiempo?
Él la miró con una sonrisa cálida, pero genuina.
.
Al día siguiente Bulma pudo escuchar una voz familiar, la curiosidad ganó su impulso y fue directamente hacia el jardín, sus pasos se detuvieron al observar como aquel estaba con su hijo, ambos conversando, eso la desconcertó y llamó su atención sobre todo la apariencia de Vegeta. En lugar de su habitual traje de combate, llevaba un pantalón negro se vestir y una camisa blanca, algo completamente inusual en él. Era un cambio tan drástico que por un instante se quedó sin palabras. Vegeta, al notar su presencia, giró su cabeza hacia ella. Sus miradas se cruzaron, y el mundo pareció detenerse por un momento, ambos se observaron sorprendidos, pero aquel saiyajin la miró algo desconcertado por la apariencia física de ella, lucía algo demacrada.
Trunks, quien había estado hablando con su padre, se giró hacia Bulma y le sonrió.
—¡Mamá! Papá vino hace un par de horas. Estábamos hablando sobre algunas cosas. —Su tono era despreocupado, pero Bulma seguía demasiado absorta en la imagen de Vegeta como para reaccionar de inmediato.
—¿Un par de horas? —repitió, con el ceño fruncido.
—Sí, tú estabas en el laboratorio y no te diste cuenta —aclaró Trunks, encogiéndose de hombros.
Bulma esbozó una sonrisa nerviosa. —Ah, claro. Estuve tan concentrada que no me di cuenta —dijo, sin quitarle los ojos de encima a Vegeta.
El silencio se hizo palpable. Vegeta parecía querer decir algo, pero sus palabras no llegaron. Antes de que la situación pudiera desarrollarse más, un asistente de la Corporación irrumpió corriendo, interrumpiendo el momento.
—¡Señorita Bulma! —gritó, jadeando— Necesitamos su ayuda en el laboratorio. ¡Es urgente!
—¿Qué pasa? —preguntó, alarmada.
—Es una válvula gigante, parece que se ha soltado algo. Es muy grave.
Bulma miró a Vegeta, quien permanecía impasible, aunque con una ceja levantada. Sin más explicaciones, se apresuró hacia el laboratorio. Vegeta, con una sensación de alerta repentina, decidió seguirla.
Al entrar en el laboratorio, Bulma observó la gigantesca válvula suspendida en el aire. Todo parecía en orden, y eso la confundió.
—¿Esto está perfecto? —murmuró, inspeccionando los paneles de control.
Sin previo aviso, la válvula comenzó a inclinarse. Bulma alzó la mirada justo a tiempo para ver cómo la pesada estructura amenazaba con caer directamente sobre ella. El pánico se apoderó de sus ojos. En un instante, Vegeta apareció a su lado. Con una velocidad sobrehumana, levantó la mano y detuvo la gigantesca pieza de metal. La fuerza del impacto lo hizo retroceder ligeramente, pero se mantuvo firme.
—¿Qué demonios fue eso? —rugió, transformándose en Super Saiyajin para mantener el equilibrio y estabilizar la válvula. Su cabello dorado brillaba bajo las luces del laboratorio, y su rostro reflejaba tanto esfuerzo como ira contenida.
Bulma, temblando, se llevó una mano al pecho mientras trataba de recuperar el aliento.
—Eso… eso es un regenerador experimental. No debería haberse movido así. —Su voz era temblorosa.
Vegeta lanzó la válvula hacia un costado, donde aterrizó con un fuerte estruendo, lejos de cualquier peligro.
—¡¿Cómo es posible que no tengan medidas de seguridad suficientes?! —exclamó. Su voz resonó como un trueno en el laboratorio, y los empleados cercanos retrocedieron, atemorizados, saliendo de el en búsqueda de especialistas.
En eso Bulma se tambaleó y, al sentir que perdía el equilibrio, Vegeta se acercó rápidamente, tomándola por el brazo para sostenerla. Su cercanía era inesperada, pero no había tiempo para cuestionarlo. Bulma se apoyó en él, tratando de calmarse mientras su corazón seguía latiendo a toda prisa.
En el caos de ese momento, los ojos de Vegeta revelaban algo más que ira: una preocupación que él mismo parecía ignorar, pero que Bulma pudo sentir.
Al escuchar la pregunta, Bulma levantó la cara y lo miró. Vegeta frunció el ceño al instante. No podía evitar notar el cambio en su apariencia: su rostro tenía un tono más pálido de lo habitual, con ojeras marcadas que se acentuaban por la tenue luz del laboratorio. A pesar de que seguía siendo hermosa, algo en su semblante no era el mismo. La energía vibrante y desafiante que la caracterizaba parecía haber sido reemplazada por una fragilidad que lo desconcertó profundamente.
Se quedó mirándola en silencio durante unos segundos, asimilando el impacto de lo que veía. Nunca había visto a Bulma en ese estado, ni siquiera en sus peores enfrentamientos o en los momentos más críticos de sus proyectos. Siempre había sido una mujer fuerte, invencible a su manera, y ahora estaba ahí, visiblemente cansada y diferente.
—¿Qué demonios te pasa? —soltó Vegeta, cruzando los brazos mientras su mirada pasaba rápidamente de su rostro a sus manos, que parecían temblar ligeramente.
Bulma intentó sonreír para disipar la tensión, pero el gesto fue débil. Bajó la mirada, incómoda con la intensidad de sus palabras, y respiró hondo. Sabía que él tenía razón en preocuparse. Su cuerpo había estado cambiando, enviando señales que ella, en su mente analítica, aún no lograba encajar del todo.
—No es nada —respondió con voz queda—. He estado trabajando mucho. Supongo que me exigí demasiado.
Vegeta no apartó los ojos de ella. La excusa no lo convencía. Había pasado demasiado tiempo con Bulma como para no notar cuando algo no estaba bien, y esto iba más allá del cansancio normal. Aún sin decir nada, sus ojos dejaron entrever su creciente inquietud.
—¿Exceso de trabajo? —repitió con un dejo de sarcasmo—. ¿Desde cuándo eso te convierte en un peso muerto? Si estuvieras manejando las cosas como siempre, esto no estaría pasando. ¿Qué demonios te pasa, Bulma? —Su tono era brusco, pero no podía ocultar lo inquieto que estaba por verla así.
Ella desvió la mirada hacia sus manos, como si las líneas en su piel pudieran darle alguna respuesta. Su semblante seguía reflejando esa leve palidez, ese cansancio inexplicable. Sin embargo, no quería mostrar debilidad, no quería admitir que algo la estaba afectando más allá de lo que entendía.
—Ya se me pasará —respondió en voz baja, levantando la vista para mirarlo nuevamente.
Por un momento, ambos quedaron atrapados en un intercambio silencioso. Las palabras no hacían falta; la tensión en el aire decía todo. Vegeta seguía mirándola fijamente, como si pudiera arrancarle la verdad con solo mirarla lo suficiente. Y Bulma sentía su pecho agitarse, no solo por el extraño malestar que había sentido, sino también por la manera en que él se quedaba ahí, inmóvil, observándola con esa intensidad que la ponía incómoda y, al mismo tiempo, le recordaba algo que había querido enterrar hace mucho tiempo.
—Si sigues así, terminarás colapsando —dijo Vegeta finalmente, rompiendo ese silencio cargado de emociones encontradas—. Y no es necesario que te exijas tanto. No tienes que hacerlo todo tú sola.
El comentario, aunque revestido de su tono siempre severo, resonó diferente en ella. Era extraño oír de Vegeta algo que sonaba casi como una advertencia preocupada. Él mismo lo había notado, porque tras decirlo, apretó los labios y apartó ligeramente la mirada, como si lo que acababa de decir fuera más de lo que había planeado compartir.
Bulma lo observó, procesando esas palabras. En ese momento, supo que no todo estaba dicho, ni por parte de él ni de ella. Había algo más, algo que ambos evitaban abordar directamente. Era como si esa tensión no fuese solo preocupación, sino un eco de algo más profundo, algo que se había mantenido enterrado durante años y que, en situaciones como esta, afloraba a la superficie aunque ninguno de los dos estuviera dispuesto a admitirlo.
Vegeta se giró y comenzó a caminar hacia la puerta del laboratorio. Cada paso resonaba como un eco en el silencio tenso que había entre ellos. Bulma, todavía sentada y con las piernas cruzadas, lo siguió con la mirada, desconcertada. Era raro verlo marcharse sin una palabra más, sin un último comentario mordaz. Pero entonces, justo antes de cruzar el umbral, se detuvo. Durante un instante que pareció eterno, no dijo nada. Y luego, con un tono cargado de un sarcasmo lento y calculado, dejó caer las palabras que rompieron el aire como el filo de una hoja:
—¿Y tu gran amante? ¿Dónde está ese idiota cuando realmente lo necesitas?
La pregunta llegó como un golpe inesperado. Bulma arqueó las cejas y, tras unos segundos de incredulidad, entrecerró los ojos con irritación.
—Sabes muy bien lo que está haciendo —dijo, su tono firme, aunque no carente de molestia— Lo mismo que harías tú seguramente.
Vegeta esbozó una sonrisa que no fue más que un leve alzamiento de las comisuras, un gesto tan sutil como exasperante. Y entonces, con su mirada fría clavada en ella, respondió con un tono más bajo, casi como si cada palabra estuviera pensada para ser grabada en su memoria.
—No. No hay punto de comparación.
El silencio que siguió fue denso. Bulma dejó escapar una respiración tensa, sin saber si debía hablar o simplemente esperar a que él siguiera. Pero Vegeta no le dio opción. Avanzó unos pasos, con la calma de alguien que sabe que no necesita apresurarse para ser escuchado.
—No hay comparación en lo que yo estaría haciendo ahora.
La insinuación no pasó desapercibida. Había algo en la forma en que lo dijo, en cómo sus palabras parecían deslizarse con lentitud por el espacio que los separaba, algo que la hizo fruncir el ceño y cruzarse de brazos. Sentía el calor subirle a las mejillas, pero se obligó a mantenerse firme.
—Espero que pronto te aburras de él. —Esta vez la voz de Vegeta adquirió un tinte más cortante—. De verdad espero que esto termine pronto.
Bulma se levantó, confusa y molesta a partes iguales. Levantó la voz, buscando respuestas más claras.
—¿Qué significa eso? —exclamó—. ¿Qué estás insinuando? ¡Deja de hablar en acertijos! ¿Qué es lo que realmente quieres decirme?
Y fue entonces cuando Vegeta se volvió hacia ella por completo, cruzando los brazos. Su postura denotaba la misma arrogancia de siempre, pero algo en sus ojos, en su expresión, iba más allá de la simple burla. Era como si estuviera disfrutando del efecto que causaban sus palabras, pero también dejando escapar algo que ni él mismo quería admitir.
—Significa que ya no eres la misma —dijo, su voz más grave, casi como un susurro venenoso—. Desde que estuviste conmigo, cambiaste. Y aunque te esfuerces en negarlo, aunque intentes convencerte de que él es la mejor opción, tú no puedes olvidarme.
Dejó que esas palabras se hundieran, que el peso de su significado la aplastara antes de girarse una vez más y salir. La puerta se cerró tras él, dejando a Bulma, inmóvil, con la mente hecha un torbellino. Sus labios se entreabrieron, como si quisiera responder, pero no salió nada. Vegeta había pronunciado lo que ella nunca había querido escuchar, y la había dejado sumida en una mezcla de rabia, confusión y una sensación de remordimiento que no lograba comprender del todo.
.
Bulma permaneció inmóvil por unos momentos en la silla, incapaz de procesar del todo las palabras de Vegeta. Un temblor ligero recorrió sus manos, pero no era por rabia. Era algo más. Una sensación de incertidumbre que se le clavaba en la mente como una aguja invisible. Respiró profundamente, pero la ansiedad no cedía. Y entonces, sin pensarlo más, se levantó de golpe y salió de la habitación. Su paso era apresurado, casi desesperado, mientras recorría los pasillos de la casa en silencio. Sus tacones resonaban en el suelo como un metrónomo, marcando el ritmo acelerado de su corazón.
Se dirigió hacia una pequeña sala privada que solo ella usaba. No era como el enorme laboratorio principal lleno de máquinas y herramientas de última tecnología. Este lugar era diferente. Era casi austero, un espacio donde ella trabajaba con fórmulas y experimentos más personales. Apenas iluminado, con una larga mesa de acero y algunos estantes repletos de frascos etiquetados meticulosamente.
Bulma cerró la puerta detrás de ella y apoyó la espalda contra la fría superficie. Intentó ordenar sus pensamientos, pero todo estaba revuelto. Sus manos seguían temblando mientras se frotaba las sienes.
—Esto no puede ser… —murmuró. Su voz era apenas un susurro.
Caminó hacia la mesa y se sentó frente a una bandeja con instrumental médico. Respiró hondo, intentado calmar el pánico que latía en su pecho. Todo esto era absurdo. Ella siempre había sido cuidadosa. Desde que tenía memoria, había tomado todas las medidas para no dejar nada al azar. Pero esa sensación en su cuerpo… el cansancio, la fragilidad, esa constante fatiga que no podía sacudirse… nada de eso era normal.
—Yo siempre soy precavida… Siempre he sido responsable. Esto no puede ser… —se repetía en voz baja, como si las palabras pudieran devolverle la claridad.
Entonces, con movimientos torpes pero decididos, tomó una aguja hipodérmica de la bandeja. No había tiempo para dudas. No tenía tiempo para vacilar. Sabía que la única forma de entender lo que le ocurría era analizar su sangre. En todo lo demás podía equivocarse, pero la ciencia no mentía. Las fórmulas, los reactivos, los análisis… esos eran su refugio. Si algo andaba mal, ahí lo descubriría.
Inserció la aguja en su antebrazo con un poco de torpeza. Nunca le había gustado hacerse extracciones, pero esta vez era diferente. No era por un chequeo rutinario. Era una búsqueda urgente, una necesidad de respuestas que no podía posponer más. Cuando la jeringa se llenó, retiró la aguja y colocó la muestra en un pequeño dispositivo que inició el análisis automáticamente.
Mientras esperaba, se dejó caer en la silla con un suspiro. Su mente iba y venía entre la esperanza de que todo fuera una falsa alarma y el miedo de que algo muy real y muy serio estuviera ocurriendo. Cada segundo se sentía como una eternidad. Sus manos estaban frías, sus labios se presionaban el uno contra el otro en un gesto nervioso. Se abrazó a sí misma, tratando de encontrar algo de consuelo en esa habitación solitaria.
Bulma cerró los ojos y apoyó la frente en la mesa, su mente saltando de un pensamiento a otro, buscando respuestas que aún no tenía.
.
Vegeta caminó con pasos decididos por los pasillos de su casa, pero por dentro, su mente era un torbellino de pensamientos. Apenas cerró la puerta de su habitación, se quitó el traje y se dejó caer en el borde de la cama. Por un instante se quedó ahí, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas frente a su rostro. Sus pensamientos no lo dejaban en paz. La imagen de ella seguía rondándole. No era solo cómo la había visto, sino también cómo se sentía cuando estaba cerca.
Lentamente se puso de pie, se dirigió al baño y dejó que el agua helada cayera sobre su cuerpo. El frío normalmente le ayudaba a despejarse, a mantener la cabeza fría y el enfoque. Sin embargo, esta vez, mientras las gotas recorrían su piel, el recuerdo de su aroma seguía allí. Apretó los ojos con fuerza, intentando borrar esas memorias. "Qué estúpido soy", murmuró para sí mismo.
Se apoyó contra la pared del baño, dejó caer su cabeza hacia atrás, mirando al techo. Aspiró profundamente, como si quisiera llenar sus pulmones de otra cosa que no fuera su presencia, y dijo entre dientes: "La tenía… y la dejé ir". Las palabras resonaron en el silencio del cuarto. Cerró los puños con fuerza, su mandíbula marcada por la
frustración. Había estado recordando lo que había tenido, lo que había perdido, y se dio cuenta de que no podía seguir así. No podía dejar que esas emociones lo dominaran.
Cerró la llave del agua y salió del baño. Se secó de manera mecánica, sin pensar en nada más que en lo que debía hacer. Su mente comenzaba a despejarse, a recordar quién era. Vegeta alzó la cabeza, su reflejo en el espejo lo miraba con dureza, con una mezcla de desprecio y determinación. Empezó a hablar en voz alta, como si esas palabras fueran un mantra, un recordatorio de su propósito.
"Recuerda tus planes, Vegeta," se dijo. "Volverte más fuerte. Conquistar. Conocer nuevos mundos. Gobernar." Su voz resonó más firme con cada palabra. Esto no se trataba de ella, se trataba de él. Se trataba de ser el príncipe Saiyajin que siempre fue, de no permitir que ninguna distracción lo desviara de su meta.
Se vistió con ropa más ligera, pero funcional, y se dirigió a su sala de entrenamiento. Allí, encendió la cámara de gravedad. La gravedad aumentó de forma drástica, y Vegeta sonrió con un toque de arrogancia. Era lo que necesitaba, lo que siempre había necesitado: una manera de liberarse de sus pensamientos a través del esfuerzo físico, de recordar quién era, por qué luchaba, y por qué no podía permitirse caer en las mismas debilidades que otros.
Mientras lanzaba golpes al aire, cada uno más fuerte que el anterior, su voz seguía resonando en el ambiente: "Recuerda tus planes. Volverte más fuerte. Conquistar. Conocer. Gobernar." En esa repetición, en ese ejercicio, Vegeta empezaba a recuperar la claridad. Era el comienzo de un nuevo enfoque, una forma de dejar atrás los pensamientos que lo habían perseguido. Al menos, por ahora.
.
La sala estaba en penumbras, solo iluminada por la luz de una lámpara sobre el mesón. Bulma, todavía en bata, observaba fijamente el resultado del análisis.
Por un momento, todo se detuvo. Fue como si el tiempo se congelara y su mente no pudiera procesar lo que acababa de descubrir. Los resultados se resbalaron de sus manos, cayendo al suelo con un ruido seco. El sonido del vidrio rompiéndose la sacó de su trance, pero no pudo moverse. Se quedó inmóvil, con la mirada fija en el punto donde el frasco se había roto, como si la confirmación que tanto temía estuviera ahí, dispersa en los fragmentos.
Sentía el pecho comprimido, su respiración se volvió pesada y, a pesar de ello, no podía apartar la vista de ese pedazo de papel que yacía entre los cristales. De repente, un torrente de emociones la embargó. Había una chispa de ilusión, una pequeña llama de felicidad al darse cuenta de lo que significaba ese resultado: una vida dentro de ella, una conexión profunda con Goku. Una sonrisa temblorosa apareció en sus labios, pero no duró mucho. Porque junto a esa chispa llegó una sombra.
Las palabras de Vegeta volvieron a su mente como un eco distante pero constante: "Nunca me vas a olvidar." Su voz, su mirada dura y llena de orgullo, aparecieron en su memoria. Un escalofrío recorrió su columna. Esa afirmación había resonado en ella más de lo que quería admitir. Vegeta estaba en su pasado, sí, pero era un pasado que nunca había logrado sepultar completamente. Cada vez que pensaba en él, algo en su interior se removía, algo que ahora, al descubrir que estaba embarazada, parecía intensificarse, por el hecho de que era un confirmación de que se acabaría para siempre.
Se apoyó en el borde del mesón, su mirada se desvió hacia la ventana, hacia el vacío de la noche. Un nudo se formó en su garganta y tuvo que contener las lágrimas. ¿Por qué pensaba en Vegeta en un momento como este? ¿Por qué sentía esa punzada de tristeza? Ella tenia la confirmación de que amaba a Goku, lo sabía con cada fibra de su ser y sangre. Sin embargo, también sabía que había una parte de ella que nunca había dejado de sentir por Vegeta. Era algo tóxico y diferente, de ese sentir que dolía, que la confundía, pero que estaba ahí, como una vieja herida que nunca terminaba de sanar, como una navaja que cada que podia con su filo, le cortaba la lengua.
—No… —murmuró para sí misma, girándose lentamente hacia el mesón— No puedo estar pensando en esto.—Trató de convencerse, pero sus palabras sonaban huecas.
Con un suspiro tembloroso, levantó la mirada al techo, buscando respuestas que no llegarían. Se llevó una mano al pecho, justo sobre su corazón, como si quisiera calmar el tumulto que sentía dentro. Y entonces, en voz baja, casi susurrando, se dijo asi misma.
—Él lo sabe…lo sabe…
Sus palabras quedaron flotando en el aire, llenando la habitación de una melancolía que era difícil de soportar. Ella misma sabía que lo que sentía era un absurdo, despues de tanto, despues de tanto horror como podia seguir conservando algo de sentimiento, ni ella lo entendia, solo sabia que ahora Goku era su presente, su luz, la persona que la hacía sonreír y con quien quería compartir su vida. Pero Vegeta… Vegeta era esa sombra que nunca desaparecía del todo, ese fragmento de su corazón que, por más que intentara, no podía ignorar.
Se pasó una mano por el rostro, suspirando pesadamente, tenia que tomar acción, debia hacerlo porque ahora ya no habia marcha atrás y esas sombras del pasado debia desaserlas, y generar esa liberación que ambos necesitaban…
.
Bulma respiró profundamente mientras su nave aterrizaba suavemente en la explanada frente a la residencia de Vegeta. A medida que bajaba, observó el entorno, admirada por lo bien que todo estaba diseñado. Era tal como ella lo había planeado en sus primeros bocetos. Un lugar discreto, funcional y, al mismo tiempo, elegante. Pero su objetivo no era detenerse a contemplar la arquitectura. Subió los peldaños hacia la puerta principal y tocó, esperando que él respondiera.
Pasaron unos momentos. No hubo respuesta.
—¿Será que no está? —murmuró para sí misma. Pero algo en su interior le decía que sí estaba. Simplemente no la había escuchado. Abrió un pequeño compartimiento de su dispositivo portátil, sacó una llave especial y, tras una breve autorización de seguridad, la puerta se deslizó hacia un lado. Entró con cierta vacilación, como si no estuviera segura de que debía hacerlo.
El interior estaba inmaculado. Las líneas de diseño eran limpias, los robots de mantenimiento hacían su trabajo en completo silencio, y todo tenía un orden casi inhumano. Ella fue saludada con un leve bip por una de las unidades y, tras preguntar por Vegeta, le indicaron que estaba en su cámara de entrenamiento. Por un momento dudó en interrumpirlo. Quizás debería simplemente dejar las válvulas y marcharse. Pero antes de tomar una decisión, decidió servirse un vaso de jugo. Tal vez le ayudaría a calmar los nervios.
Mientras tanto, en la cámara de gravedad, Vegeta estaba completamente concentrado. Golpe tras golpe, patada tras patada, perfeccionaba cada movimiento. Su mente estaba despejada de todo excepto de su objetivo: volverse más fuerte, alcanzar un nuevo nivel. Sin embargo, justo cuando iba a lanzar una ráfaga de energía para completar un combo, una sensación conocida lo detuvo en seco. Era un ki que jamás confundiría. Un ki que no esperaba sentir en su territorio.
—¿Qué diablos...? —murmuró, deteniendo el entrenamiento. Sin dudarlo, apagó la cámara, el zumbido de la gravedad artificial desapareció y se dirigió a la fuente de esa energía.
Llegó a la cocina y se encontró con una escena que lo dejó estupefacto. Bulma, de pie junto al mostrador, con un vaso de jugo en la mano, giró al sentir su presencia y le sonrió con esa tranquilidad que siempre lo desconcertaba. Llevaba un vestido rosado que realzaba su figura, y su cabello lacio caía sobre sus hombros, recordándole a épocas pasadas. No era solo nostalgia lo que le provocaba verla así, sino una mezcla de sorpresa y algo que prefería no analizar.
—Hola —dijo ella con naturalidad, como si su presencia ahí fuera lo más normal del mundo. Vegeta la miró de arriba abajo, su ceja alzada en evidente incredulidad. ¿Por qué estaba ahí? ¿Qué la había hecho venir hasta su residencia?
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó finalmente, sin poder ocultar el tono brusco en su voz.
Bulma levantó el pequeño paquete que traía consigo. —Son unas válvulas para la cámara de gravedad. Preferí traerlas yo misma. Es algo delicado.
Vegeta frunció el ceño. —Podrías haber enviado a cualquier empleado. ¿Qué necesidad había de que vinieras personalmente?
Ella dejó el vaso sobre la encimera y lo miró directamente a los ojos. —Quería asegurarme de que todo estuviera perfecto. A veces es mejor hacerlo uno mismo.
Él no respondió de inmediato, pero algo en su mirada la hacía sentir que no le creía. Antes de que ella pudiera decir algo más, Vegeta dio un paso al frente, acortando la distancia entre ambos. La agarró de la muñeca, con cuidado pero firmeza, deteniéndola antes de que pudiera moverse más.
—¿Por qué realmente estás aquí? —preguntó en un tono bajo, casi amenazante—. Tú sabías que estoy solo aquí. Pudo haber venido cualquier otro. Pero viniste tú. ¿Qué es lo que quieres?
Bulma sostuvo su mirada por un momento, sintiendo la tensión palpable entre ambos. Luego, con calma, colocó su otra mano sobre la de Vegeta, suavemente, y lo apartó. —No pienses mal —dijo con voz serena—. No tengo malas intenciones.
Él permaneció quieto unos segundos antes de soltarla, cruzando los brazos mientras giraba la cabeza hacia otro lado. Parecía menos tenso, pero la incomodidad seguía presente en el aire.
—¿Desde cuando me crees tan ingenuo? — cuestiono el alzando una ceja.
Bulma colocó las manos en su cadera y le lanzó una mirada que mezclaba sarcasmo y exasperación.
—Bueno, ¿qué esperas? Sígueme —dijo mientras giraba sobre sus talones, dejando que su cabello corto y lacio se moviera suavemente con el movimiento.
Vegeta alzó una ceja, manteniéndose con los brazos cruzados, y por un instante se quedó allí, observándola. Esa actitud desafiante, tan propia de ella, todavía lo desconcertaba, incluso después de tanto tiempo.
—Estoy apurada, no tengo mucho tiempo para esto. ¿O prefieres que tu preciosa cámara de gravedad se dañe más? —añadió Bulma sin siquiera voltear, avanzando con paso firme.
Vegeta resopló, descruzando finalmente los brazos y comenzando a seguirla. Su paso era calmado, casi como si estuviera midiendo cada movimiento, aunque por dentro se sentía un poco desconcertado por la ligereza con la que ella lo trataba. Ella llegó hasta la cámara de gravedad y, como si fuera algo completamente cotidiano, se colocó unos guantes de trabajo y se inclinó hacia una de las consolas en la parte inferior del aparato.
—No sabía que también eras mecánica ahora —comentó Vegeta, su tono teñido de sarcasmo.
Bulma lo ignoró, agachándose para examinar las conexiones. Desde donde estaba, Vegeta tenía una vista clara de su figura y, aunque no lo admitiera, su mente no pudo evitar fijarse en cómo el vestido se ceñía a cada curva mientras ella trabajaba.
—¿No tenías otra ropa más discreta para venir a verme? —dijo finalmente, con un tono mordaz.
Bulma giró la cabeza, lo miró por encima del hombro y, sin decir una palabra, le mostró el dedo medio. El gesto lo tomó por sorpresa, aunque pronto dejó escapar una leve sonrisa torcida. Esa era Bulma, después de todo: directa, desafiante, y siempre lista para responder de la forma menos esperada.
—No me hagas perder tiempo con tus comentarios idiotas —replicó ella mientras regresaba a su tarea.
Ella continuó ajustando la válvula, pero esta parecía resistirse. Bulma maldijo entre dientes, tratando de encajarla correctamente, pero no importaba cuánto lo intentara, no lograba que encajara del todo. Entonces se acercó más, empujó el componente con el dedo índice y finalmente lo encajó en su lugar con un ligero clic. Satisfecha con el resultado, suspiró aliviada.
Pero cuando giró de repente para salir de esa posición incómoda, se encontró con Vegeta muy cerca de ella, tan cerca que apenas unos milímetros separaban sus rostros. La intensidad en sus ojos la dejó momentáneamente paralizada. Los labios de ambos estaban a un suspiro de rozarse, y el aire entre ellos se volvió pesado, cargado de algo que ni siquiera ella podía definir.
Sobresaltada, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, quedando sentada en el suelo. Su vestido se subió ligeramente en la caída, dejando al descubierto un poco más de lo que ella hubiera querido mostrar. Rápidamente trató de acomodarse, pero no antes de que Vegeta bajara la mirada con esa misma expresión, mezcla de diversión y arrogancia, que siempre lograba sacarla de sus casillas.
—Te lo dije, hubieras venido con algo más discreto—
Bulma no pudo contenerse más. Tras ver la expresión de Vegeta y escuchar su comentario cargado de ese típico sarcasmo suyo, simplemente estalló en carcajadas. No fue una risa ligera o forzada; fue una risa real, auténtica, que resonó en la cámara de gravedad y la hizo inclinar la cabeza hacia atrás, sujetándose el abdomen. Era como si, después de tanta tensión y tantas emociones acumuladas, esa risa fuera el desahogo que su cuerpo necesitaba.
Vegeta, por su parte, parpadeó sorprendido al verla reír de esa manera. No estaba acostumbrado a ese sonido en su vida, y mucho menos a ser el motivo de ello. Por un instante, dejó de lado su ceño fruncido, su habitual expresión seria, y simplemente observó. Aunque no lo admitiera, esa escena era tan extraña como… agradable. No recordaba la última vez que alguien riera así en su presencia, mucho menos por algo que él hubiera dicho.
Lentamente, como si la naturalidad del momento lo arrastrara, Vegeta se dejó caer al suelo frente a ella, cruzando las piernas y apoyando las manos en sus rodillas. La dureza de su postura habitual se relajó un poco, y por primera vez en mucho tiempo, pareció un hombre normal compartiendo un instante inesperado con alguien que conocía demasiado bien.
Bulma, aún entre risas, lo miró de reojo y notó cómo él simplemente la observaba, sin decir nada, como si intentara descifrar lo que pasaba por su mente. La risa fue menguando, pero el ambiente no se llenó de silencio incómodo, sino de una calma inusual, casi reconfortante. Por unos momentos, todo lo demás desapareció: no había conflictos, ni antiguas rencillas, ni planes. Solo estaban ellos dos, sentados en el suelo de la cámara de gravedad, compartiendo un momento tan sencillo como extraño.
La peliazul lo observó durante un momento. La tenue luz de la habitación parecía dibujar sombras en su rostro, realzando su expresión severa, pero también había algo más en sus ojos: algo que le recordaba a los días cuando estaban más cerca, cuando él no solo era una figura distante sino alguien por quien había llegado a preocuparse profundamente. Ese pensamiento la hizo apretar los labios y apartar la mirada por un instante, tratando de ordenar lo que sentía. Finalmente, con una voz apenas firme, rompió el silencio.
—¿Por qué siempre crees que sabes lo que siento? —su voz sonaba más tranquila de lo que esperaba, pero llevaba consigo un peso que no podía ignorar.
Vegeta desvió ligeramente la cabeza, mirándola con el rabillo del ojo. Durante un segundo, no dijo nada, como si estuviera evaluando el momento exacto en que debía responder.
—Porque me lo has demostrado muchas veces. —Su tono era áspero, como siempre, pero también había algo de verdad desnuda en él— Tus acciones, tus decisiones, tus malditas miradas… no necesitas decirlo. Es evidente.
Bulma frunció el ceño, cruzándose de brazos. —¿Ah sí? ¿Y qué exactamente crees que he demostrado, Vegeta? Porque si hablamos de acciones, ¿qué hay de las tuyas? —Su voz se llenó de una amargura contenida—. ¿Qué hay de todo lo que hiciste cuando…?
No terminó la frase, pero ambos sabían a qué se refería. Las veces que había tomado decisiones sin importarle las consecuencias, las veces que había dejado un rastro de destrucción a su paso, las veces que había cruzado la línea entre el orgullo y el desprecio.
Vegeta no evitó su mirada. De hecho, parecía desafiarla con la suya. —He hecho lo que era necesario. Y sí, algunas cosas… no fueron las mejores. —Se encogió de hombros, como si admitirlo no fuera más que un detalle menor— Pero aun así, aquí estás. Aquí estás, mirándome, exigiendo respuestas, como si no supieras la verdad. Siempre vuelves, Bulma. Siempre.
Ella lo fulminó con la mirada. —Tal vez porque nunca entendí por qué actuabas de esa manera. Tal vez porque sigo sin entender cómo alguien puede ser tan… tan… cruel y seguir esperando que lo perdonen una y otra vez.
El rostro de Vegeta se tensó, pero no de la forma acostumbrada. No era furia, no era altanería. Por primera vez en mucho tiempo, parecía que sus palabras lo habían alcanzado.
—No necesito que me perdones —replicó él, bajando la voz—.Lo que quiero que entiendas es que lo que pasó no fue solo crueldad. Fue… necesidad. Fue lo que debía hacer en ese momento.
—¿Decapitar a Roshi era una necesidad? ¿Matar a todos esos inocentes lo era? —demandó ella, su voz subiendo apenas un tono mientras sus ojos se llenaban de una mezcla de rabia y tristeza—. Y, aun así, ¿cómo es que sigo aquí hablando contigo? ¿Cómo es que sigo mirándote a los ojos como si…?
—Como si no pudieras olvidarme —interrumpió Vegeta, acercándose un paso hacia ella. Su mirada era penetrante, y en su voz no había arrogancia esta vez, sino una seguridad que la dejó sin palabras—Porque no puedes, Bulma. Porque en todo lo que hice… en todo lo que pasé… tú estabas ahí. Siempre. Cuando perdiste la memoria, cuando no sabías quién eras, ¿a quién mirabas como si siempre hubieras sabido quién era? A mí. ¿Cuántas veces te dije que no te preocuparas por mí, que no me siguieras? Y, aun así, lo hacías. Siempre.
— Tu sabes a quien pertenecen mis sentimientos ahora…— murmuró ella, más para sí misma que para él. Sus hombros temblaban ligeramente, y su respiración era más rápida
Vegeta ladeo los ojos… —Kakarotto no es estupido, él lo sabe, sabe que tu aun guardas algo de sentimiento por mi, por eso es que es tan celoso e inseguro de mi presencia.
—Yo lo amo, es algo que tu nunca vas a entender, ni sabes lo que significa aquel sentimiento—menciono ella con firmeza.
—Si tal vez, tal vez esas malditas emociones y sentimientos te hagan que a pesar de todo, mantener tu decisión de seguir con él, eso ya lo sé, te conozco y se que no lo dejaras—
—¿Qué significa eso? — cuestiono ella totalmente desconcertada por sus palabras.
—Significa —dijo él, su voz baja pero firme— que hay algo en ti que no quiere dejarme ir. Algo que ni siquiera tú puedes negar, aunque lo intentes. Y no puedes negar que, incluso ahora, después de todo lo que he hecho, sigues aquí. Conmigo, a pesar de que tal vez te ganarias el desprecio de tus amigos.
Bulma apretó los puños. Quería negarlo, quería gritarle que estaba equivocado, pero las palabras no salían. Algo dentro de ella lo sabía. Algo dentro de ella reconocía que había una parte de su ser que nunca había soltado esa conexión, no importa cuán tóxica, cuán complicada, cuán destructiva pudiera ser.
Finalmente, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro tembloroso. —Tal vez tengas razón —dijo en un susurro— Tal vez nunca deje de… —diciendo eso suspiro sin poder terminar de pronunciarlo.
Vegeta asintió ligeramente, casi como si esperara esa respuesta. Pero antes de que pudiera decir algo más, Bulma levantó la mirada. Su expresión había cambiado. Había una determinación nueva, un brillo que era diferente al de antes.
—Y es por eso que tengo que decirte esto. Es por eso que tienes que saberlo y he venido personalmente a hacerlo.
Él frunció el ceño, ladeando la cabeza, curioso, expectante.
—Vegeta… —empezó ella, con la voz temblando— Estoy embarazada.
Las palabras cayeron como una piedra en un lago tranquilo, rompiendo la superficie con fuerza. Vegeta se quedó inmóvil, sus ojos clavados en los de ella. Y por primera vez en mucho tiempo, él, el príncipe orgulloso, el guerrero implacable, no supo qué decir.
Continuará…
No se vayan sin dejar REVIEWS!
Nos vemos en el proximo cap.
AMAPOL
